Al salir a vivir

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Foto del barrio “La Candelaria”, en el centro de Bogotá. (La foto, como toda imagen de éste blog, al menos hasta ahora,
no es mía)

Desde hacía un tiempo desconfiaba de todo. Salía de la casa rápido, casi sin saludar al portero, si acaso un ademán con la mano, y me erguía y caminaba. Miraba hacia delante porque atrás venían los ladrones, o venía mi sombra, y algo quedaba ahí que me hacía darle con más fuerza y llevar cada paso hasta la elongación total de mis piernas.

Me ponía los audífonos por debajo de la chaqueta, buscando que no se viesen mucho, que la gente no supiera que estaban ahí. Y a veces me los guardaba tras un pasamontañas, que cargaba siempre dentro de la maleta. La cosa no estaba para chistes, y Bogotá está lejos de ser siquiera una pésima broma. Aquí la gente se mata por lo que sea, porque morir y matar son las condiciones de la vida. Y la ciudad pide a gritos que alguien termine de hablar, y que el silencio pueble las avenidas y los semáforos. Y por eso es que yo caminaba, sin mirar mucho hacía donde iba, ni pensarlo demasiado. “La inercia te va cargando”, suelo pensar, y entonces agito el paso y cambio de canción y todo vuelve a estar mejor.

Llevaba un par de cuadras transitadas. Siempre dos cuadras para la estación. Dos cuadras que se difuminaban tras la lluvia y los negros nubarrones que poblaban el cielo. Y ahí estaba yo, pasando una tarjeta por la registradora, corriendo al vagón que era, dirigiéndome con tedio a la muerte con cada paso. Luego esperar, esperar…esperar hasta que llegase, y todos se agolpasen y la inercia me tirase contra el bus. Y ya estaba dentro. Perdido entre la música que no terminaba de decir mucho.

Don’t talk to strangers, ’cause they’re only there, to do you harm/Pum/pum/Próxima parada/ y ahí voy yo.

– Quiubo, no lo vi en el bus…¿Qué cuenta?- preguntó una voz conocida. Me quito los audífonos y contesto.

-Nada, marica…aquí, en esto. ¿Y usted qué?

-Nada, nada…ahí.

– Es que uno en esos buses como que ni piensa, ¿no?

– Ufff…- soltó aquel en consonancia con un suspiro- no, parce, no. Uno ya no está como para pensar.

Caminamos algunos pasos. Diego me hablaba de sus problemas. Su papá estaba muy mal, y en la casa todo se había ido al traste. Sólo tenía la Universidad, por muy precario e insustancial que aquello fuese. Los libros eran su remedio, y el fastidio se le extinguía frente al arrume de trabajo. Pero no, no se sentía alienado. Estudiar filosofía no podía alienar a nadie.

-Eso es maricada suya- me dijo mientras caminábamos- la filosofía enriquece…no jode.

-La filosofía es de lo más burgués que hay, así le duela- y sí, le dolió. Ser de izquierda y no ser obrero era una cagada. Las muecas en su rostro lo delataron.

-Pero se requiere de teoría para cambiar la realidad- dijo, después de un rato y un par de sorbos al cigarrillo.

-Esta mierda no la cambia nadie- contesté, viendo a una mujer de unos setenta años vender dulces y demás en un pequeño estante ambulante. Las venas de sus piernas se refugiaban tras las arrugas…azules, de un azul tan amoratado como el cielo que yacía empañado sobre nosotros.

– Pero, ¿y entonces para qué estudia? ¿para ser como los demás?

-No sé…pero toca hacer algo.

-Y para eso es filósofo.

– Nunca lo seré, hombre. Para eso se requiere de estudio, dedicación…y la vida es demasiado complicada como para dedicarse a algo diferente a uno mismo.

-Burgués…

– No, hombre, se llama envidia, y todos la tienen y por ella matan a diario.

Nos despedimos y cada quien siguió por su lado. Diego era un gran tipo, pero el marxismo académico termina por ser oximorónico: se habla desde la legitimación de un sistema que no se quiere. Y aquí, en el tercer mundo, donde toca lo peor de todo y la basura de nadie, la gente vive demasiado preocupada como para no salir de la modorra. Las necesidades son muchas, y siempre son insanables. El estado de necesidad es el motor; aquello que lo mueve todo. Y por eso es que nadie se mata: hace falta algo antes de partir.

Caminé, pensando en mis zapatos azules y en los charcos que pisaba. Pensando en todo, en poco, a la larga, en nada. La gente caminaba a mi lado y se perdía. Sus rostros se encaminaban hacia algo que era diferente; así todos se viesen iguales. Los trabajos, la vida…la ciudad que nunca duerme, y el descanso, el descanso…eso que nunca llega, y uno sigue ahí. Esperando.

– Quiubo,

-¿Ah? ¡Ah!- era Miguel, un viejo amigo de la facultad también- ¿Qué más, parce?

– Nada…aquí, dándole. Esta mierda como que nunca se acaba.

-¿Y para qué quiere que se acabe? A fin de cuentas, luego sólo queda trabajar, y ahí si paila.

– Ni tanto…yo ya quiero dejar a los viejos tranquilos. Y bueno, independizarme.

Miguel vivía con sus viejos. Un par de señores de unos 70 años que padecían todas las enfermedades habidas y por haber. Bueno, casi todas. Se salvaban de las venéreas, aún no se sabe si por piedad, o por cuestión temporal, ahí se entiende. Estaba cansado…como todos, pero aún mantenía la esperanza de hacer algo. Quería ser profesor de colegio, se había matado estos cinco años para eso…y nadie lo entendía. Aquel era el único que deseaba salir de lleno al mundo y darlo todo por una horda de niños desagradecidos. Niños que, seguramente, lo masacrarían al mínimo atisbo de debilidad ( o humanidad, como sea y lo que sea que sean esas cosas). Todos queríamos seguir, especializarnos en algún tema de interés y volver a la universidad a dar clases. O al menos, eso decíamos. Muy en el fondo siempre he creído que lo único que quiero es emborracharme…y que nadie me joda. Y estar ahí, y ver una película, y masturbarme un rato. Y seguir en eso y de vez en cuando escribir y estar ahí. Por que estando ahí es la única manera de no perderse.

Al final todos queríamos un placebo. Un pedazo de calma que entrase y dejase al cuerpo sin aliento. Algunos lo tenían en el sexo, otros lo teníamos en el trago. Otros con la yerba, y así, como todo, cada quién tenía su pequeño espacio, su instante de incapacidad que lo hacía capaz y le ayudaba a seguir.

Hablamos un poco más, pero Miguel siempre se lamentaba demasiado, y yo ya tenía sólo el espacio de mis lamentos. Me despedí, y seguí con los pasos.  Y ahí la tenía enfrente. La universidad. Ese edificio que nos congregaba a todos, y nos dejaba un poco más imbéciles pero sincrónicos con las expectativas sociales. Ahí estaba ese claustro inmundo. Y ahí estaba su hijo, yo, que lo miraba con cierta rabia tierna, con el consuelo de al menos estar ahí y no estar en otro sitio peor. Aunque peor es la vida, y ahí dentro se discutía lo de Europa como si europeos fuésemos los chibchas. Y no, aquí los problemas eran de la carne y de la raza, de la estupidez y de la desidia, y de todo eso que uno vive en el tercer mundo y lo que no alcanza a vivir porque es del 5% que puede ir a una universidad. El resto de la gente come mierda, se la traga y no se atraganta. La saborea, y poco a poco va bajando la cabeza. Luego sólo le quedan los pies, y los arrastra…y no pregunta.

Taj/Taj/los sonidos de la furia/Anyway you want it, that’s the way you need it/ ¡Mauro!/ De nuevo a la ciudad.

Y ahí estaba ella. Tenía una falda negra, y una blusa de igual tono. Su piel blanca alumbraba en medio de la oscuridad de aquel día. Y me saludaba, siempre sonriendo, como si no hubiese pasado nada. Esa era su facultad: ir por ahí, sonriendo. Y de verdad. No como yo; que siempre que lo hacía recordaba el poema de Miguel Hernández. “Eludiendo por eso al mal presagio, de qué ni en ti siquiera habré seguro/voy entre pena y pena sonriendo”. Y así iba, y ella no. Y así habían sido las cosas.

-¡Mauro! ¿Cómo estás? ¡Hace mucho no te veía!- dijo, tras darme un largo abrazo.

-Todo bien, aquí…en lo de siempre. ¿Tú qué, cómo estás?

-Bien, mira que hace poco te llamé y…

-Y no me encontraste. Sí, es que el teléfono ha estado molestando.

-Ahhh, veo. ¿Qué harás ahora? ¿Tienes clase o hueco?

Tenía clase, pero pocas cosas había tenido y muchas me habían tenido.

-No…andaba vagando por ahí.

-¿Te parece si vamos a tomar algo?

-Dale.

Caminamos un par de calles. Ella hablaba, y hablaba…y me contaba de todo, de su vida, de la felicidad, y de lo bien que las cosas le habían ido después de “eso”. “Eso” no era más que un rótulo para nuestra relación; un instante de su vida que había transcurrido hacia cinco años. Y que, en la mía, aún seguía contando.

Nos sentamos en una cafetería. Ella pidió un café, yo…bueno, pedí una cerveza. La necesitaba.

-Y sí, como te venía diciendo… -dijo ella. Sonriendo. Y apuñalando.

-¿Te acuerdas del poema ese? , “El rayo que no cesa”, el de Miguel Hernández- pregunté.

-Sí, tu me lo mostraste hace un tiempo…

-Ajá. Hoy no he parado de pensar en un par de versos.

-¿Cuáles?

– Sólo me sé dos estrofas. Pero hay una que me pesa siempre…

-¿Cuál?

-“Me voy, me voy, me voy pero me quedo/pero me voy, desierto y sin arena/adiós amor…”- dije, tras tomar aire- y ahí sigue.

– Ese verso es bonito. A mí siempre se me quedó ese pedazo que decía “una querencia tengo por tu afecto/ una querencia de tu compañía”…

-“Y una dolencia de melancolía/por la ausencia del aire de tu viento”.

-Sí, pero te sabes más de dos…

-Más o menos. Es que es bien bonito.

– Pero ven, ¿Cómo siguió todo? ¿Estás bien?

-Sí, ahí voy…

Hablamos de todo. De nada, porque la incomodidad podía y tan sólo queríamos levantarnos. Ella se fue a clase, o al menos eso dijo. Yo me quedé ahí, debajo de un parasol, viendo a la gente transcurrir y perderse en sus preocupaciones. Todo era tan artificial que ya el fuego no podía quemar nada. Pedí otra cerveza, y seguí ahí sentado.

-Me voy, me voy…pero me quedo. Pero me voy.

El cielo se abrió, y brotó lluvia. Y en La Candelaria los carros esquivaban los charcos que descendían por la montaña. La gente corría por las aceras, refugiándose de todo. Nadie quería mojarse. Se estaba bien así. “Todo está muy bien así…para ellos”, repetí para mis adentros. Me bajé la cerveza de un sorbo, y pedí otra. Ya tendría tiempo, o puede que no. Y seguiría estando aquí. Pendiente de nada, pero pendiente.

La gente corría con cierto gesto malhumorado. Nadie quería estar ahí. Por un momento, la ciudad había muerto. Ella se había ido, junto a todo lo demás, y sólo quedaba el lamento del silencio, que se escurría por las calles llevándose la basura. Yo estaba ahí, viéndolo todo.

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Diario de un imbécil.

sauza

“Ay, acaso el cañón de la escopeta influyera en la brújula desviándola.
Me ha ocurrido también este año. No sé qué pensar. Tal vez fuera el destino”
Knut Hamsun.

Aquí de nuevo. Sin hambre, sin sueño, con todo en la cabeza y nada para hacer. Bueno, más bien, mucho para hacer. Intentaba escribir algo sobre un tipo. Vamos, uno de esos a los que todo les sale bien. Pero me sentí falso, muy falso, y me hice una paja y me acosté un rato en la cama. A lo lejos, sonaban alto y fuerte unas campanas. El sonido rebotaba contra las ventanas, y la vida y lo demás parecía estrellarse contra todo. La cabeza era una manzana roída por gusanos. O bueno, un queso despedazado por ratas. Así está mejor.

Lunes. Mañana martes. Luego miércoles. Jueves. Viernes. Y así todo sigue.

Me estremecía ver esto: una cama, el televisor, algunos libros regados por ahí…y la botella, lejos, en la nevera. Había perdido mi capacidad con el tiempo. Antes podía aguantarlo todo: un tipo de mil resacas. Ahora, un par de tragos ya me ponían a vomitar. A veces creía que alguien se burlaba de mí en la distancia…lejos, sentado en su sofá, prendía la televisión y ahí estaba yo: lleno de todo, absorto ante nada, cansado de ir por ahí y de morbosear mujeres y decir más de una estupidez. Ese nunca se aburría. Mi estupidez duraba bastante rato. Y yo no sabía cuándo era que se iba a terminar.

7:00 AM. Madrugada/Cagar/Bañarme/Dientes/Ropa/Juzgados/Reporte/casa/una mierda. Se escribía en alguna parte.

Me levanté de la cama. Fui a la nevera. Jim Bean, o Sauza. “Sauza está bien”, pensé. Me serví un vaso, y volví a esta puta silla. Las palabras se estrellan contra la cabeza, y mañana hay trabajo, y clases, y demasiada mierda para hacer que ya ni sé por qué carajos es que la hago. Nada tiene sentido. Sólo el licor, y el te hace perder el sentido. De resto todo puede irse. Incluyendo las mujeres. Pero que me dejen el recuerdo, así sea. A veces, sentado en esta silla, viendo hacia la ventana, subiendo los ojos hacia el techo, estrellándome contra las paredes, pensando en nada, la brisa se me escurre por las manos y del baño de al lado se asoma una cagada por el escape de olores interconectado. Las cagadas de mi amigo son tan fuertes que me río. Y luego pienso en mañana, y me callo, y sigo escribiendo todo esto.

Antes escribía sobre algo. Un tipo que salía de la casa, se encontraba con una mujer, la invitaba a salir, y luego tenían sexo. Todo demasiado espectacular. Tan falso que me sentí tan lejos de Colombia, tan opuesto a mí, que me dolió todo. Hay que ser demasiado imbécil para confiar en esto. Demasiado fuerte para seguir viviéndolo, y aún más recio como para no renunciar.

El desespero me pudo, y ahí fue cuando fui a la cocina. Escribí un par de palabras más, y me pudo el desespero. Llamé a un amigo:

-Imbécil…-dije.

-¿Qué hacés, escoria?

-Nada, aquí…

-No empecés con tus estupideces.

-No, no es eso…sólo estaba aquí- dije, mientras tomaba un trago- haciendo ni mierda.

-Vos no hacés un culo nunca.

-No, pero bueno…hoy sí como que todo se me fue a la mierda.

-¿Qué te pasó?

-Nada. No sé…¡mierda!

-Tenés que calmarte.

-Sí, pero no es tan fácil.

– Mirá, vos necesitás más marihuana…y ya. Tenés que calmarte.

-No, no es eso…

-Llámame ahora, putazo.

-Hablamos pues…

Tun/Tun/Tun/La vida yéndose por el sifón/Ring/Ring/Algo que despierta.

-¿Haló?

-¿Andrés?

-Sí- contesté- ¿Quién es?

-Mira, hablas con Juanita- dijo, tras tomar un respiro que colmó todo el auricular- la de Estética.

-¡Ah, sí! ¿Cómo estás?

-Bien, mira, te llamaba a preguntarte por el trabajo.

– No han dicho nada. Al menos dentro de lo que sé.

-Ok, bueno…

-O/oye, Juanita.

-¿Si?

-¿Alguna vez te has despertado y visto directo la pared?

-¿Qué me dijiste?

-Que si alguna vez te has despertado y has visto directo a la pared.

– No te entiendo bien- dijo, mientras algún ruido se asomaba por la bocina.

-Te decía que tuvieras feliz noche-grité.

-¡Gracias! ¡Descansa!

Tun/tun/tun/de vuelta a esto.

Me quedé ahí sentado. Viendo directo la pared. Blanca, de un blanco negro que sólo podía darlo la noche. Nunca gris. Era blanca, y contrastaba con el negro y me dejaba ahí frente a la pantalla titilante. “La gente escribe sobre cosas impresionantes”, pensé, mientras veía La peste de Camus sobre la mesa. Y sí, todos los grandes escribían sobre cosas brutales. Excepto si se era Bukowski, que podía escribir cualquier estupidez y hacerla vibrar bien adentro. Pero yo no soy Bukowski, y tampoco me interesa serlo. Soy demasiado débil como para serlo. Pero aún tengo colmillos, y no he perdido todo. Tengo estas palabras que se vomitan sobre el teclado, y la gente, y los amigos, y todo el resto de hijos de perra que me joden a diario y me recuerdan mi precaria condición.

Apagué el televisor, y me asomé por la ventana.

Un perro. Una mujer. Un parque solo. Un balón que se revienta contra las paredes de una cancha de microfútbol. Años que vienen y que nunca regresarán. “Se era más feliz cuando era niño”, volví a pensar. Y me mandé otro trago como para dejar de pensar y dedicarme a esto. A todo esto, y dormir, y hacerme tres pajas, y de pronto mañana sonreír como un imbécil y estudiar lógica, y aparentar que todo va a estar bien.

Respiro.

Un hombre se asoma con una linterna por el parque. Mira hacia todas las direcciones. Se sienta. Apaga la luz. Se acuesta sobre la hierba y de sus labios se asoma una chispa. Un porro, tal vez. Sonríe. Siento que sonríe. Mira al cielo. Todo le parece poco. O al menos eso veo. Tal vez soy yo el que le falta mucho. O demasiado poco. Cierro la persiana.

Miro el reloj. 10:10. Toda una vida que no termina de correr. Intento seguir con la historia que escribía, pero Francisco (así se llama el maricón perfecto) es demasiado estilizado como para ser descrito por mi absoluta tosquedad. Bebo otro sorbo.

“Pienso en mañana.

Abro la persiana.

Cuento las estrellas, como si fuesen mis ganas.

“Quedan pocas”.

Desciendo.

Pum/Pum/Pum.

Ya diré mañana.

Me lanzo sobre la cama.”

Nadie jamás escribió esto. Miro al suelo, y bebo otro sorbo.

Aún queda algo.

eunuco

De derecha a izquierda: Milton Valencia (Compañero de desgracia), Santiago Ramírez y Yo (Andrés Mauricio Cabrera).

Estaba ahí, en lo que era un día como cualquier otro. Siete de la mañana, sonido de la alarma, cagada rancia y semidormido. Baño sin refregarme lo suficiente. En especial los huevos. Café para despertarme, y espera por el bus. A las ocho en punto en la oficina.

– Cabrera- dijo la jefe del consultorio- ¿Ya presentó la demanda en el juzgado?

-¿Cuál, doctora?

-La del divorcio…-dijo mientras escarbaba unos papeles- El que era por mutuo acuerdo.

– ¿El de la señora Castro?

-Sí- respondió rápidamente- ese, o cualquiera. El del mutuo acuerdo.

Nunca se acordaba de los nombres. La gente eran pequeñas cifras que se escurrían en las estadísticas que se publicaban a final de año. Aquel era el consultorio que más consultas recibía entre todo el resto de universidades de la ciudad. Consultas mal llevadas, pero a la larga, el que más tenía. Parte de ir “Adelante en el tiempo” era acaparar. Acaparar, acaparar. Nunca dar nada. Mostrarse por encima del resto. A pesar del resto.

-Ehh..sí, es el de la señora Castro.

-Usted sabe que eso no me importa-contestó mientras lamía la punta de un lapicero- Lo que importa es llevar el caso.

– Está bien.

-Pero no me ha contestado…- replicó mientras veía mi expediente- ¿Ya llevó la demanda al juzgado?

-Pensaba ir ahora mismo.

-Tarde como siempre.

-Nunca es tarde para un juzgado colombiano.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ahora vuelvo.

Nunca era tarde. La justicia en Colombia estaba tan desarraigada que ni Nemqueteba (Dios Muisca de la justicia) ni Temis (Editorial de libros jurídicos) se sentían conformes en sus espacios. Todo era un asco. Ir a un juzgado era una experiencia de alto riesgo: No se sabía en qué momento un “colega” me robaría la billetera. O me dejaría sin casa. O jodería otra familia. Aquello era el patíbulo, y yo fungía de mensajero del más ramplón inquisidor.

Me dirigí allí con paso firme. No quería ver a ninguna parte. La garganta me quemaba, y el sudor se empezaba a escurrir por mi traje. La corbata era la cuerda que mantenía sujeto a todo ello: Aprisionado, desgastado. Sentía cómo la sangre hervía mientras cada pie se ponía en dirección a aquel sitio. Cada centímetro era una dosis pequeña de asco, de muerte lenta. Esto de ser un eunuco, vil practicante sin tarjeta profesional, era aún más nefasto que ser abogado. Al menos ellos tenían el privilegio de conocer las empanadas más grasosas de la ciudad.

-Disculpe- le dije a un tipo que estaba ahí sobre la calle- ¿Este es el Nemqueteba?- pregunté, señalando un edificio con cierto aspecto solemne.

-Jajaja, no, mire- contestó- es ese de ahí.

-¿Esa mierda?

-Esa misma, joven.

Era una porquería. Sabía que la justicia en Colombia era un invento, pero aquello era aún más risible: Un viejo edificio sostenido por mocos. Sus cimientos eran tan débiles como la “paz” o la “vida”, o demás derechos de mierda que se “respetan” en la “Constitución”. Y sí, como buen estudiante de derecho, en algún momento creí que los abogados eran gente decente, respetable. Me los imaginé en elegantes oficinas, con suntuosos trajes e ideales aún más grandes. Me los imaginé como en La Ley y El Orden, luchando contra los políticos corruptos. Me los imaginé intentando cambiar el estado de cosas nefasto que vivíamos. Pensé que aquellos vivían para buscar el bienestar de la comunidad. Eso pensé a los diecisiete años. A los veintidós, el paisaje era brutalmente contrario. Me encontraba en un ascensor que olía a mierda con pachulí, y la gente hablaba de la “carpintería” y “técnica” que se requería para llegar lejos en la profesión.

-¿Para cuál piso, joven?- me preguntó un viejo de corbata y bigote a lo Hitler.

– Diecisiete, por favor.

-Ah…va para donde el doctor González.

-Creo que sí.

-¿ No lo conoce?

-No…- contesté, mirando a una mujer acomodarse el escote para que se viese más abultado- De hecho, es la primera vez que vengo.

-Vea…pues lo más fácil es que le lleve una “cervecita”- contestó, con cierto tono servil y delincuencial que sólo un abogado podía conocer. Era como un sello en sus culos. La marca que debía mostrarse con más orgullo ante sus “colegas”.

– Jajaja, gracias, pero no.

-Créame…la va a necesitar.

Al bajarme, sentí un leve olor a mierda. Pero no era una mierda normal. Olía a MIERDA. Una especie de diarrea condensada tras el olor a alcohol y aceite para bebés. Aquello parecía más un campo de concentración para niños pequeños que una guardería. Tras unos vidrios, podían verse a diversos niños esperar a sus madres. Todos tenían esa cara que sólo se tiene en un juzgado: Cansancio, y más cansancio. Algo había mal en todo aquello. Los juguetes eran de colores, y pequeños televisores rompían el sonido de los pasos y las filas que se armaban para revisar la carpeta de notificaciones. Casi todos lloraban, buscando sin suerte a sus madres entre aquel tumulto de lascivos encorbatados y prostituidas secretarias. Los expedientes pasaban rodando en pequeños carritos de rodachines que golpeaban a la gente. Todos gritaban. Eso era el caos. Hobbes tuvo razón. El estado de naturaleza era el caos organizado. El estado de naturaleza era una jauría de abogados en un juzgado.

-¡Mamá! ¡Mamita!- gritaba un niño tras aquella jaula de cristal.

-¡Con permiso, con permiso, este es mi puesto!-gemía una abogada de abultadas tetas.

-¡Respete, malparido!- chillaba el que seguramente era el mejor abogado del piso.

Eso era la muerte. Todos contra todos. Todos con una gran cantidad de papeles untados de mierda en el maletín. Todos tenían maletín de cuero. El cuero caliente huele. Y huele al sudor acumulado. El sol penetraba por la ventana. Y la luz se refractaba contra los rostros de cada uno de los que allí hacían cola. Una mujer ponía sus tetas sobre mi espalda…calientes, calientes. Quería chuparlas. Quería romper ese escote. El imbécil de adelante restregaba su pene contra una gorda de falda. Todos contra todos. Un tipo gritaba las horas que llevaba allí parado. Yo no llevaba más de cinco minutos y ya estaba más adelante que el. Astucia. O más bien, insolencia. Insolencia y falta de cordura. Estar allí era de enfermos. El secretario del juzgado repartía los expedientes con la velocidad de un mandril entrenado a base de quemones de cigarrillo.  La vieja me seguía restregando las tetas, pero de seguro no quería tirar conmigo. Un hijo de puta hablaba de los mil procesos que llevaba. Todo era un asco. Mentira. Todo esto era la justa medida de lo que toda esta caterva de hijos de puta merecían. Esto era Colombia. Y nada más. Los niños gritaban. ¡Mamá! ¿Qué mierda hice para merecer esto? Y nadie se inmutaba. Llegó mi turno. El calor era insoportable. El aire se había hecho denso, cortante. Sentía mi nariz desprendida, desahuciada. El olor a colonia confulaba con el de la mierda de los niños para recrear el infierno.

“Dante no era colombiano. Dante era un hijo de puta italiano. Se la meneaba por Beatríz. Nunca conoció un juzgado. Dante no era colombiano…” repetía en mi cabeza con violencia. Sentí los ojos desviados. Las pupilas se habían derretido en el infierno. Unas tetas sobre mi espalda. El de enfrente meneándola contra un culo gordo.

-¿Qué necesita?

-Na..blr-contesté, viendo como se derretía- proceso 8475.

-Ya va- dijo el hijo de puta, sin inmutarse.

-¿Castro y Sánchez?

-Sí, mi-rrda. Ese.

-¿Qué le pasa?

– Nada.

Revisé lo más rápido que pude. No había nada. Una demanda que debía ser quemada. Un pedazo de papel que se le cagaría la vida a una pareja. El derecho en sí mismo. El mecanismo de regulación de la estupidez humana. Por y para la estupidez humana. Un discurso hecho dominación. Abolición. No había dignidad en eso. Se separarían, y todo sería una farsa. Aún se querían, yo lo sabía. Todo era por el dinero. Por esa mierda que se cambia en un supermercado. El papel higiénico de los bancos. Esto era justicia: Justa medida, inequidad.

BLRIUTYT/BURBHG/Los sonidos de la justicia.

-¿Qué putas le pasa?

– ¡Ajj, malparido! ¡Era mi traje Arturo Calle!

-¡No podré volver a la oficina!

Todos gritaban. Eso era el caos. El vómito era el desecho de mi alma. Estaba muerto. Pero al menos me les había cagado el día. Todo allí estaba mal. Todo merecía ser quemado. Eso, el consultorio, sus eunucos, los abogados. Pensar que los derechos duran hasta que el papel se extingue. Aquel edificio, lleno de grafitis y de papeles viejos, era el nido de la más alta “alcurnia” de hijos de puta que el país tenía. Casi todos nuestros presidentes habían sido abogados. Todo tenía sentido. La incoherencia tiene sentido, si se le ve a los ojos. Vomité, vomité hasta que mis intestinos implosionaron.

Al salir, vi mis zapatos manchados de vómito. Aún quedaba mucho de “Motley”: Aún debía vomitar más. Giré a la derecha, y en la esquina, recordé que no había conocido al juez. “Nunca le llevaré la cerveza, de eso estoy seguro”, pensé, mientras me quitaba la corbata.