Diario de un imbécil.

sauza

“Ay, acaso el cañón de la escopeta influyera en la brújula desviándola.
Me ha ocurrido también este año. No sé qué pensar. Tal vez fuera el destino”
Knut Hamsun.

Aquí de nuevo. Sin hambre, sin sueño, con todo en la cabeza y nada para hacer. Bueno, más bien, mucho para hacer. Intentaba escribir algo sobre un tipo. Vamos, uno de esos a los que todo les sale bien. Pero me sentí falso, muy falso, y me hice una paja y me acosté un rato en la cama. A lo lejos, sonaban alto y fuerte unas campanas. El sonido rebotaba contra las ventanas, y la vida y lo demás parecía estrellarse contra todo. La cabeza era una manzana roída por gusanos. O bueno, un queso despedazado por ratas. Así está mejor.

Lunes. Mañana martes. Luego miércoles. Jueves. Viernes. Y así todo sigue.

Me estremecía ver esto: una cama, el televisor, algunos libros regados por ahí…y la botella, lejos, en la nevera. Había perdido mi capacidad con el tiempo. Antes podía aguantarlo todo: un tipo de mil resacas. Ahora, un par de tragos ya me ponían a vomitar. A veces creía que alguien se burlaba de mí en la distancia…lejos, sentado en su sofá, prendía la televisión y ahí estaba yo: lleno de todo, absorto ante nada, cansado de ir por ahí y de morbosear mujeres y decir más de una estupidez. Ese nunca se aburría. Mi estupidez duraba bastante rato. Y yo no sabía cuándo era que se iba a terminar.

7:00 AM. Madrugada/Cagar/Bañarme/Dientes/Ropa/Juzgados/Reporte/casa/una mierda. Se escribía en alguna parte.

Me levanté de la cama. Fui a la nevera. Jim Bean, o Sauza. “Sauza está bien”, pensé. Me serví un vaso, y volví a esta puta silla. Las palabras se estrellan contra la cabeza, y mañana hay trabajo, y clases, y demasiada mierda para hacer que ya ni sé por qué carajos es que la hago. Nada tiene sentido. Sólo el licor, y el te hace perder el sentido. De resto todo puede irse. Incluyendo las mujeres. Pero que me dejen el recuerdo, así sea. A veces, sentado en esta silla, viendo hacia la ventana, subiendo los ojos hacia el techo, estrellándome contra las paredes, pensando en nada, la brisa se me escurre por las manos y del baño de al lado se asoma una cagada por el escape de olores interconectado. Las cagadas de mi amigo son tan fuertes que me río. Y luego pienso en mañana, y me callo, y sigo escribiendo todo esto.

Antes escribía sobre algo. Un tipo que salía de la casa, se encontraba con una mujer, la invitaba a salir, y luego tenían sexo. Todo demasiado espectacular. Tan falso que me sentí tan lejos de Colombia, tan opuesto a mí, que me dolió todo. Hay que ser demasiado imbécil para confiar en esto. Demasiado fuerte para seguir viviéndolo, y aún más recio como para no renunciar.

El desespero me pudo, y ahí fue cuando fui a la cocina. Escribí un par de palabras más, y me pudo el desespero. Llamé a un amigo:

-Imbécil…-dije.

-¿Qué hacés, escoria?

-Nada, aquí…

-No empecés con tus estupideces.

-No, no es eso…sólo estaba aquí- dije, mientras tomaba un trago- haciendo ni mierda.

-Vos no hacés un culo nunca.

-No, pero bueno…hoy sí como que todo se me fue a la mierda.

-¿Qué te pasó?

-Nada. No sé…¡mierda!

-Tenés que calmarte.

-Sí, pero no es tan fácil.

– Mirá, vos necesitás más marihuana…y ya. Tenés que calmarte.

-No, no es eso…

-Llámame ahora, putazo.

-Hablamos pues…

Tun/Tun/Tun/La vida yéndose por el sifón/Ring/Ring/Algo que despierta.

-¿Haló?

-¿Andrés?

-Sí- contesté- ¿Quién es?

-Mira, hablas con Juanita- dijo, tras tomar un respiro que colmó todo el auricular- la de Estética.

-¡Ah, sí! ¿Cómo estás?

-Bien, mira, te llamaba a preguntarte por el trabajo.

– No han dicho nada. Al menos dentro de lo que sé.

-Ok, bueno…

-O/oye, Juanita.

-¿Si?

-¿Alguna vez te has despertado y visto directo la pared?

-¿Qué me dijiste?

-Que si alguna vez te has despertado y has visto directo a la pared.

– No te entiendo bien- dijo, mientras algún ruido se asomaba por la bocina.

-Te decía que tuvieras feliz noche-grité.

-¡Gracias! ¡Descansa!

Tun/tun/tun/de vuelta a esto.

Me quedé ahí sentado. Viendo directo la pared. Blanca, de un blanco negro que sólo podía darlo la noche. Nunca gris. Era blanca, y contrastaba con el negro y me dejaba ahí frente a la pantalla titilante. “La gente escribe sobre cosas impresionantes”, pensé, mientras veía La peste de Camus sobre la mesa. Y sí, todos los grandes escribían sobre cosas brutales. Excepto si se era Bukowski, que podía escribir cualquier estupidez y hacerla vibrar bien adentro. Pero yo no soy Bukowski, y tampoco me interesa serlo. Soy demasiado débil como para serlo. Pero aún tengo colmillos, y no he perdido todo. Tengo estas palabras que se vomitan sobre el teclado, y la gente, y los amigos, y todo el resto de hijos de perra que me joden a diario y me recuerdan mi precaria condición.

Apagué el televisor, y me asomé por la ventana.

Un perro. Una mujer. Un parque solo. Un balón que se revienta contra las paredes de una cancha de microfútbol. Años que vienen y que nunca regresarán. “Se era más feliz cuando era niño”, volví a pensar. Y me mandé otro trago como para dejar de pensar y dedicarme a esto. A todo esto, y dormir, y hacerme tres pajas, y de pronto mañana sonreír como un imbécil y estudiar lógica, y aparentar que todo va a estar bien.

Respiro.

Un hombre se asoma con una linterna por el parque. Mira hacia todas las direcciones. Se sienta. Apaga la luz. Se acuesta sobre la hierba y de sus labios se asoma una chispa. Un porro, tal vez. Sonríe. Siento que sonríe. Mira al cielo. Todo le parece poco. O al menos eso veo. Tal vez soy yo el que le falta mucho. O demasiado poco. Cierro la persiana.

Miro el reloj. 10:10. Toda una vida que no termina de correr. Intento seguir con la historia que escribía, pero Francisco (así se llama el maricón perfecto) es demasiado estilizado como para ser descrito por mi absoluta tosquedad. Bebo otro sorbo.

“Pienso en mañana.

Abro la persiana.

Cuento las estrellas, como si fuesen mis ganas.

“Quedan pocas”.

Desciendo.

Pum/Pum/Pum.

Ya diré mañana.

Me lanzo sobre la cama.”

Nadie jamás escribió esto. Miro al suelo, y bebo otro sorbo.

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Mercenario no remunerado.

mercenario no remunerdao

Demasiado trabajo
Demasiadas hojas
Sobre la mesa.

No hay mañana,
Sólo presente.

Trabajo,
Y más trabajo,
Nada más.

El reloj se pierde
Y los suspiros se cuecen
En la cafetería,
Todos miran distraídos
Hacia el techo
De vez en cuando bajan la cabeza
Tienen miedo,
No quieren que los vean
Perdiendo el tiempo.

Esta es mi vida,
Nunca lo deseé,
Me han faltado huevos
Muchos huevos
Para no caer en esto.

Aún puedo escapar,
Abro la puerta,
Todos salen detrás.

Aún puedo escapar,
Me queda tiempo
Lo entiendo,
De todo esto,
Saldré,
Escaparé
Con los cuervos mordiendo
La espalda,
Y las heridas abiertas,
Para llenarlas de sal.

Dispararé a la ventana
No habrá reflejo,
Me incendiaré la cabeza
En la peor de las resacas.
Estaré solo
Habré perdido,
Habré seguido
Resucitaré.

Beberé unos tragos
Recordaré la época
En que fui mercenario
No remunerado.

A nadie le ayudé.

Menos mal los perros
Mordemos,
Así sea  a las patadas,
O quizás de un golpe,
De rabia.

Nadie destruye a un hombre
Si no es escupiendo
Sus migajas.

Yo me las como
Hasta que explote el vómito,
Y nada siga igual.

¿Qué harán los demás?

Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

Noticias y Basura.

Prendo el televisor y espero que todo cambie. No, miento… eso nunca ocurrirá. Sin embargo eso quería. Llevaba varios días buscando empleo y ya se habían cumplido meses sin recibir un salario. Mis ahorros eran el reflejo de las estadísticas que miles de eruditos analizaban en noticiarios y que todos entendían: estaba jodidamente quebrado.

En la T.V hablaban de una posible solución a la crisis, que los mil TLC’s que firmó el país ya estaban dando frutos y que miles de empresas necesitaban de mi, de todos, de los colombianos. Yo tenía aquello en mente y cada mañana salía a la calle con una carpeta con más de 30 hojas de vida para repartir en diferentes oficinas. Desde cajero hasta delincuente, mis prerrogativas laborales eran tan precarias como los chistes que salían los sábados en la noche en un canal nacional.

La cosa era lo de siempre.

-Eh…disculpe, quisiera presentarme para la vacante que tienen en el área de empaque de alimentos- preguntaba casi esperando el rechazo. La afirmación era tan repulsiva como la gorda que se retorcía tras aquella silla de pasta negra que sólo se encuentra en una oficina. Le llamaban secretaria, para mi era tan sólo una hija de puta y ya. Otra de tantas que llegará a prepararse una arepa bañada en aceite y luego verá algún Reality de moda. Probablemente el Gran Hermano, Protagonistas de Novela, Me follé a tu hermana, Cago en Reversa. Yo que sé.

Se visten de negro y miran para todos lados con aquella mirada entrecortada, distante. Su voz es casi tan monótona como el almizcle en su cabeza y yo tan sólo quería un puto trabajo.  Era necesario, para mi aquello no me dignificaba. El trabajo no dignifica, antes bien, jode. Y mucho. Pero da dinero y con eso se come. Se pagan las facturas, se consiguen putas, te jodes en trago y luego el fin de semana sales a un restaurante bonito donde por 10 centímetros de carne te cobran lo que no tienes. Y pagas doble, porque te han enseñado que estar solo es de idiotas y por eso tienes que tener una mujer oliéndote los pedos cada vez que transites por tu vida.

– Lo siento, ya han ubicado a una persona en aquel puesto. Si quiere bien puede dejarnos su hoja de vida y nosotros con gusto lo contactaremos- repetían y repetían. Incansables, insatisfechas. Casi tan frígidas como sus maridos. Máquinas humanas utilizadas para recibir la ira de los insatisfechos clientes. Porque nadie daba la cara, y los jefes siempre andan ocupados jugando al golf, yendo a los burdeles, atiborrándose de Whiskey en la oficina y demás mierdas que uno quisiera hacer.

– Ok, muchas gracias. Estaré al pendiente de su llamado- Y te retiras y ya está. Sabes que nunca van a llamarte y que si no encuentras un trabajo pronto te van a patear el culo por no pagar el arriendo. Y luego en la calle ya nada te salva: hueles mal, tienes mala facha… y ya eres un desecho y no mereces nada. Tus oportunidades para conseguir un empleo formal se redujeron de 0.2% a 0% de la noche a la mañana. Dedícate a vender dulces.

Mientras en el televisor hablaban de la crisis en Irak. Luego de Siria, Bolivia, Perú, etc. Nunca de Colombia. No, aquí no hay crisis. Aquí vivimos en un estado de miserableza constante que no merece ser nombrado. Pronto saldremos, “estamos en vía de desarrollo” gritaba un energúmeno disfrazado de servidor del pueblo hace unos días.

Venían los deportes. Muchos tipos. Muchos balones. Poca trascendencia. No tenía con qué comer pero tenía que seguir un equipo de fútbol: ojalá Millonarios, que le transmiten todos los partidos. O Nacional, que gana todos los torneos. Para ver si me siento ganador y se me olvida que no tengo comida pero sí un equipo. ¡Coño, soy un hombre!.

Y luego me muestran un par de tetas. Me cuentan que Angelina Jolie se fracturó una teta por practicar kickboxing en la cama de Jenifer Aniston. Que Brad Pitt por fin reconoció su mórbida fascinación por los coyotes de Angola y que su próxima película será sobre la satisfacción anal en los bares rusos. Todo guay. ¡Genial, mierda, GENIAL JAJAJA!.

TODO GENIAL.

Y luego mil novelas. Todas hablan de gente que prospera. Vienen de abajo, pero luego compran Ferraris y se bañan en piscinas de lujosas casas. Al parecer son suyas, igual que los yates y demás joyas que se atiborran en sus cuerpos. “Una riqueza tan falsa como el oropel que se destila de sus ojos” pienso cada vez que veo aquello. Enseñanza de la noche: todo está jodido, el mundo, la economía, tu vida. Tranquilo, come mucha mierda y luego llegará alguien que te dirá que has sufrido y te llenará de licor y buena vida hasta los huevos.

Valiente consuelo de puta mierda. Rezagos de un cristianismo barato que aún sobrevive.

Luego abría la prensa y maldecía. “El BBVA REPORTA UN ALZA. LA ECONOMÍA VA EN ALZA” ESTABLECIÓ PERRO DE MIERDA, GERENTE DE LA MENCIONADA ENTIDAD.

A la otra página lo contrario.

“SE INCREMENTAN LOS EMBARGOS PERO SE AUMENTA LA PROPIEDAD EN ARRIENDO. ECONOMÍA EN ALZA”

“VALE MIERDA LO QUE DIGAN: ESTAMOS GANANDO”ASEGURÓ PEDRO CANTINAS, DUEÑO DE LICORES MEOENCIMA. 

“LOS HIJOS DEL PRESIDENTE SON INOCENTES” DIJO MONSEÑOR PEDÓFILIA HAMBRIENTA, JUEZ DE LA NACIÓN. ” TAN SÓLO SE QUEDARON CON TIERRAS INHÓSPITAS” SENTENCIA SU EMINENCIA.


Y entonces todo mejora. Al parecer. Eso dice la prensa. Y yo sé que no es así. La gente en la calle lo sabe. Todos mienten. Todos. Bueno, excepto el tipo de la licorera: todos bebemos del hastío. Estamos jodidos. Cansados. Y ahí fue que salí a la calle e hice lo que hice.

“Y por eso es que nada importa y yo tan sólo cogí un revolver y maté a todos esos hijos de puta, ¿comprende?” Rezaba el testimonio de Cabrón Insatisfecho, implicado en el asesinato de los senadores que conversaban bajo unos licores en las amplias y exclusivas chimeneas del Club El Nogal.

Y así fue que empecé mi día, leyendo aquella noticia del pobre Insatisfecho. “¿Qué me queda a mí?” me pregunté mientras encendía la T.V.

El café.

Te levantaste,
Pensando que era de mañana,
Y encontraste,
Que la risa no había tocado tu ventana.

Las lagañas,
Te rasgan las entrañas,
Y de tus ojos,
Sólo emanan lágrimas,
Pesadas,
Algunas cansadas.

Tus pies avanzan lentos,
Tropezando,
Alejándose poco a poco de la cama,
Inseguros,
Añorando los días en que tenías calma.

¿ En qué momento la viviste?,
¿ Cuándo te perdiste en su mirada?,
Son esas preguntas,
Las que hoy callas,
En un café instantáneo,
Barato.

Como tu,
Lo que ha sido,
Yace Marchito,
Desahuciado,
Interrogado.

Eres la duda nunca resuelta,
Que te surgió una noche,
Que no dormiste,
Que hubo un sólo reproche,
¿Cuándo te fuiste?,
¿Para dónde y con quién?,
Son las hebras que hilvano,
En un barato café.