El camino de un sueño

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Soñé con el día
En que todo sería
Como quisiera.

Imaginé el calor
De la tarde
Golpeando la ventana.

Me enamoré del rojo
De un vestido,
Y preferí hablarle al viento,
Entenderme con sus grises
Suspiros.

Quise aferrarme al recuerdo
De la tierra arenosa,
A los jardines de cardos
Y espinos,
Y deseé ver el triste amarillo
De los pájaros sobre la hierba.

Hoy,
Mientras todo se ha ido
Y el crujir de los cristales
Me trae de vuelta los abrazos
Que nunca fueron,
Una pared blanca interroga
Las negras estrellas de la noche.

En algún momento,
El llanto de los hombres retorna
A la tierra,
Y los ladridos de un perro
Marcan el camino a casa.

Y los hombres,
Aferrados al recuerdo,
Perderán de vista el cielo,
Y sus ojos se posarán
Sobre la última de las
Aceras.

Y volverán de eso
Para contar historias:
Palabras desinhibidas
Que incinerarán las noches,
Brasas que no comprenderemos
Y terminaremos por llamar
Delirios o sueños.

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Un amigo

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Solía venir por las tardes a hablarme,
Era un tipo de esos que
No esperan mucho,
Que se han conformado
Con lo que les toca.

Venía por las tardes y hablábamos,
No recuerdo cuándo ni dónde
Nos conocimos.
Pero empezamos a hablar,
A contarnos nuestras vidas,
A jugar.

En esa época jugábamos,
Eludíamos el presente
Y las pocas responsabilidades.
Creíamos que podríamos
Con todo,
Que no había nada
Difícil o imposible.

No buscábamos vernos,
Pero lo hacíamos de vez
En cuando.
Normalmente, el venía
A mi casa,
Me contaba sus problemas.

Solía inventar mucho.
En su vida,
No había nada difícil
Ni imposible,
Todo le era dado.
Yo hacía que le creía
Y le contestaba sonriente.

Solía hablarme de sus
proezas femeninas,
De sus primeros pasos
En las eternas jornadas
Del cortejo.
Me contaba de sus
Primeros tragos,
De todo lo que bebía
Y follaba,
Lo hacía con gracia.
Yo sonreía y
A veces asentía.

Sabía que me mentía
Pero no solíamos
Hablar de eso.
Todas esas historias
Eran tan sólo un escape:
Una elusión al presente,
Un paraíso al que no
Teníamos entrada,
Pero que podíamos imaginar.

Con el tiempo,
Mi amigo dejó de ir a mi casa.
Ya no reíamos juntos,
No nos decíamos nada.
A veces,
Solíamos vernos y
Recordar el pasado:
Nos reíamos de las verdades
Hechas mentiras,
Y de las mentiras que,
Por conveniencia,
Convertimos en verdades.

Sé que aún podríamos hablar
De lo mismo,
De lo que querríamos
Y de lo que conseguiríamos.
Aún aspiraríamos a los
Regojos que otros han logrado.

Hace tiempo que no sé de él,
Y espero siempre
Recordar su nombre.
Reírme de sus mentiras
Para no recordar las mías,
Y que todo le salga bien.

Para que nunca más
Desee hablar conmigo,
Y yo no tenga que imaginar
Nada aparte de lo
Que ya tengo.

Lento caminar.

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He empezado a sentir
Que las cosas, las palabras,
Remiten a un vacío.
Y que el llanto habla de lo poco
Y los hombres tienden a conformarse
Con mucho.

He empezado a sentir,
Que no hay lugar para la risa,
Y que las tenues sonrisas
De los transeúntes,
Se vuelven abrazos lejanos,
Que infunden terror.

He visto los ojos de la gente
He sentido ternura y desidia
Y, casi siempre,
Me he detenido en mis zapatos,
Los veo trastabillar, ir de uno en uno,
Conducirse como pueden,
Entre infinidad de pasos
Que transitan las aceras.

A veces,
He sentido que vivir es un traspiés,
El caminar ebrio y desorientado
De los niños al crecer.
Y que las palabras no dicen nada,
Más allá del rostro de la gente
Al enunciarlas.

Así,
Me veo algunas veces hablando,
Riendo, llorando,
Caminando en círculos,
Buscando a la gente
En la infinidad de las paredes.
Veo sus retratos,
Y sigo con mis pasos,
Retando a la suerte,
Soñando vivir.

Boy’s don’t cry

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El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

Tarde en la noche

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Es tarde en la noche
Y el frío empieza a entrar
Por la ventana.

Lo siento recorrer toda la habitación
Golpear directo contra la carne
Hasta hacerla crepitar.

Me detengo en los latidos del tiempo
En el sonido de la noche,
Que todo lo destruye,
Con su arrogante silencio.

De vez en cuando,
Suspiro y perforo
El cuerpo del viento,
Lo siento quebrarse ante
Mis párpados,
Como la luz de las farolas
Contra los charcos de la calle.

A veces me detengo
Y miro hacía el techo.
Su níveo resplandor
Enceguece los días
Que faltan por vivir.
Me hace retorcerme
Hasta querer roer el
Calendario,
Hasta querer penetrar
De lleno en el curso
De mi vida.

“¿En qué momento se perdió todo?”
Me pregunto,
Y afuera siento que el frío se aleja
Y la gente corre hacía algún lado.

“¿En qué momento se perdió todo?”
Me sigo preguntando,
Y siento la lengua temblar
Bajo el peso de las palabras dichas.

Toda una vida,
Todo el transcurrir
De una precaria desidia
Me ha hablado de mí.
Me ha dicho quién soy.

Me ha abrazado en las noches,
Me ha dado cobijo,
Me ha besado cuando más
Solo he estado.

He querido a quiénes me han odiado
Y he repudiado a mis seres más queridos.
He querido romper mis propias barreras
Para verme superado por mis propias metas.

He sido lo que no he querido,
A pulso,
Sin resquemor,
Como las luces perdidas
Que ya no se distinguen en el cielo.

Apunté demasiado lejos
Quise todo lo que estaba aquí
Y que nunca fue para mí.

Y a veces,
Sólo a veces,
Me quedo contemplando
El níveo cielo,
De un oscuro cuarto
En algún apartamento
Entre varias palabras
Fragmentos de vida
Arena que dice,

Que he estado aquí.
En medio de todos,
Buscando dónde,
Siquiera
Volver a vivir.

Cierro las ventanas,
Espero que nadie me vea,
Espero que todos estén durmiendo,
Que el mundo se quede
Tendido ante mí.

Vuelvo a soñar,
Me tocó la carne,
Y siento el temblor
Quedarse con todo.

Y sólo quiero
Detenerme en el suelo,
No murmurar
Ni afirmar nada.

Dejar que todo sea.
Dejar que, con todo,
Algo se muera,
Y la dicha se quede
Retorciendo el pasado,
Hasta hacerlo sangrar.

Y que todos,
De cuando en cuando,
Podamos reír.

Entre sueño y vida

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Sueño que he vivido una vida
Lo sueño tanto que empiezo a cansarme.
Sueño, por ejemplo, que son las dos de la mañana
Dos y cuarto, para ser exactos,
Sueño que he esperado a alguien
Que ese alguien nunca ha llegado.

Sueño que han pasado los días
Sueño que me he detenido en algún punto
Sueño que he volteado a mirar
A mis espaldas,
No he visto a nadie,
Sólo a mí mismo
Esperando…
Esperando…
A que algo pase,
Y nada nunca
Termina de pasar.

Ahora, mientras sueño y vivo por igual
Un teléfono suena en algún apartamento
Lo siento perforar las paredes de mi cuarto
Lo siento hasta que sangra
Y nadie más puede oírlo.
Lo sé,
Lo sé porque nadie más lo está viviendo
Algo me lo dice.
Me estaré volviendo imbécil
Entre sueño y vida.

Ahora, mientras vivo y sueño entre quejidos
Una pareja se mira en el espejo
Lo sé, de nuevo, nadie tiene porqué
Decírmelo.

Son las dos de la mañana
Y mientras sueño
Siento que los días
Escurren sus cimientos.
Luego vuelvo a enterrarlo todo
Y narro pequeñas historias
Entre la almohada y el techo.

Y luego recuerdo
Que he soñado una vida
Y nunca he vivido un sueño.
A pesar de estar viviendo
Siempre
Entre pasos indecisos,
Entre pasos que danzan
A merced del camino,
Me he visto soñando…
Para no caer dormido.

Para no tener que repetírmelo
Justo antes del cansancio.

P.O.R.N.O

condon

La televisión
Otro punto negro
Nada más que besos
Sin pudor
Y no hay nadie
Para agitarse,
¿Y dónde has estado
Que no quieres mi amor?

Te lo pregunto
Porque últimamente
Siempre es así
Uno mismo
Contra la pantalla
Del computador
Siempre ausente
Titilante
Pixeles
EXCITANTES
Y te cambio el nombre
Con el video
Que sigue
Desde Mila
Hasta Jenna
Siempre Ava
A veces Puma
Otras veces
Sin nombre
Pero con dulzura
Te sumerges en el salto
Y yo sigo
Siempre
Cavilando
CALIBRANDO
El agite de la mano
Derecha, izquierda
Los roles se cambian
Y la tensión se exalta
O baja
Dependiendo de la premura
Del azote
Y el tubo se atornilla
A lo que seguirá:
Pensamientos inconclusos
Sueños que no serán
Y como la vida
Pronto tendrá su final.

Publicidad, Avisos sin más
Mucho sexo
Mi falo es pequeño
Indica una ventana
Que salta sin avisar
Inclemente
Insultante
Me recuerda
Que no, no será
Que si fue, ya no es
Y siempre podré tener
A Mila
Ava
Jenna
Sea una enfermera
Como otra enferma
En traje de preescolar.

Siempre y cuando mire
Siempre y cuando siga allí
Una membresía
Una mejor oportunidad
Puedo ver más
Pagando lo que no tengo
Gratis son los polvos
Que no terminan de cuajar.

Hermano
No estás listo
Esas mujeres no existen
Nunca las encontrarás
Sigue buscando
Muere jalando
Que algún día,
Puede,
Tal vez
O ni mierda
Puede ser
Las encontrarás.

Mientras tanto compra
La tarjeta es dinero que no te toca
Agítalo
Con premura
Sin demasiada necesidad
Siempre estará allí
Tras la pantalla
Esperando al amo
Que se rasga las entrañas
Inocencia asesinada
Mujeres maltratadas
Bajo la frustrada fidelidad
Que el cuerpo no consigue
Que no espera encontrar.

Y no, algún día te casarás
No será Mila
Ni siquiera Jenna
Menos Devine
Espera que te quiera
Ten un hijo
Paga la factura
La mierda de universidad,

Sigue trabajando
Muere sin piedad.

Porque P.O.R.N.O es
Aquello que nunca
Tendrás
La mierda que no cuentas
Que te cuesta tragar
El condón tirado
La esperma que muere
Sin germinar.


La vida misma
Las balas que no mataron
Eso es P.O.R.N.O
Lo que no tengo
Lo que me quitaron
La vida que se sigue
Y que no he matado.

¿Tienes lo mío?
¿O también te estás
Burlando?

Sueños: Memorias de algún cuerpo roto.

DiadeMuertos03

Me quedé aquí pegado
Con los pies a la tierra sembrados
Bañados por el cemento que todo lo une
Que todo lo detiene.

Estoy estancado
No hay cielo que alumbre, para todos aquellos como yo
Sepultados bajo alas de alquitrán, que al volar
Pronto se desmoronan
Cual pan en el chocolate
Como la luna desperdiciada
En una noche sin estrellas.

¡Y no puedo volar!
Estoy aquí, perdido en un bar
Con las pupilas estremecidas
Con los sueños en un frasco desbocado
Uno que sólo puedo romper
Para verme a mí mismo

Volar, volar para no volver
Como las mariposas sin viento
Asentado en este mundo sin cimientos
Que se cuece a mis anhelos
Y me deja a la merced
De todas esas víboras, serpientes sin miedo a renacer
Que trabajan en grandes sitios, que no tienen nada para hacer
Sueños sepultados, anís entrecortado
Estoy de vuelta allí, donde todo comenzó
Allí, donde algún día creí volar
Para luego sentir el frío pavimento
Golpearme la tez, reventar los deseos que algún día tejí
Antes de irme, del único lugar
Donde la paz era un pequeño precio a pagar
Ante tanta intranquilidad.

“¿Para qué me fui? ¿Por qué nunca me quedé?”
Digo mientras pienso, que a la ciudad de neón sólo me une
Su tierna desazón, el aroma de sus bares
El fracaso en el que antes navegare
Y en el que hoy estoy sumergido.

“¿Para qué me fui? ¡Por qué mierda no estoy allí!”
Grito, cortándome la garganta
Con las penas que nunca debieron salir
En medio de aquel bar
En esta vida, que ojalá,
Tuviera fin
¿Tiene fin?
Pienso mientras recuerdo
Que mañana sale el sol
Que de noche se quiebra el cielo
Y seguiré siempre solo
Como águila que la mece el viento.

Tuve un sueño…lo de siempre.

Tuve un sueño en el que nada tenía sentido. Bueno, para eso son los sueños. O para eso el licor, o las mujeres, o las facturas. Nada tiene sentido, pero es necesario. Todo fue súbito, intento recordarlo pero sólo me vienen imágenes fugaces. Como si hubiese estado demasiado borracho. Como si fuese demasiado bochornoso para ser recordado.

Recuerdo un cuarto bañado en sangre. Las paredes tenían ese moho pesado que se incrusta como una capa sobre el blanco que algún día tuvieron los muros, y que se camufla junto al rojo oscuro de la sangre podrida.

Escenas que sólo se ven en un matadero o en una vagina con periodo. O en mi sueño, mierda.

Estaba allí y no entendía nada. Sentía unos gritos a lo lejos, como si alguien más estuviese muriendo en aquel sitio. Pensé en una calle y era casi lo mismo. La gente gritaba y se perdía en sus lamentos, otros sólo corrían de lado a lado sin pensar en nada. Demasiado asco, demasiadas preocupaciones.

Me encontraba con un tipo de bata blanca y un tapabocas de metal, que por algún extraño motivo, era el que más me inspiraba confianza del lugar. Todos eran iguales. Sólo se veían sus rostros blancos ( demasiado pálidos) y sus cabellos canosos. Rezagos de un negro que alguna vez se tuvo, tal vez. Debajo de la bata se asomaban un par de gastados tenis Nike. Esa referencia de Michael Jordan que ni con la estrella de los Bulls vigentes pudieron ser vendidos.

Todos los tenían. Muchas camillas. Mucha gente. Demasiada sangre.

No encontré, ojos así, como los que tienes tú/ Baby, Baby, Baby Oh!/ Seré tu amante bandido, ¡bandido!/Aullidos del infierno.

Todos cantaban. Absolutamente todos, excepto el tipo de la bata blanca y el tapabocas de metal. Aquel sólo me veía, indagando en mi rostro con cierta curiosidad. No había pensado en ello, pero yo era el único que no estaba en una camilla. Tampoco tenía zapatos Nike y mi bata era de un rojo oscuro que se asemejaba a la sangre.

– ¿Qué es esto?- pregunté.

– Nada. Lo de siempre.-Contestó el tipo de la bata blanca.

Lo de siempre. Y bueno, tenía sentido. Ahora que lo pienso puede que lo tenga. El gran supermercado social se descomponía ante mis ojos y yo no me daba cuenta. Todos cantaban mierda que no es buena pero que en algún lado sonó muchas veces y que ahora todos asumen como verdad revelada.  Daba asco.

Intenté hablar con uno de aquellos imbéciles, pero al intentar hacerlo me desperté en otra sala. Al parecer estaba durmiendo, o dormitando, o quien sabe qué putas hacía ahí. Puede que una paja con los ojos cerrados. Yo que sé.

– ¿Qué pasó?- le pregunté al tipo de la bata blanca, que ya no estaba.

– Nada. Lo de siempre.- Contestó una enfermera que de la cadera hacía arriba estaba bestial. Digna de un sueño, la muy puta. Lástima que sus pies eran una especie de tentáculos que botaban una baba extraña.

Nada es perfecto. Todo es lo de siempre. ¡Ah, usaba Nike!

Intenté levantarme pero no podía. Los ojos se me cerraron luego de la aguja. Supe que era una aguja porque sentía un pinchazo en el cuello. No podía hablar.

Luego sólo vi una imagen, que se repitió hasta que me desperté e intenté calmarme con algo de cerveza. Había un imbécil que repetía algo frenéticamente, sin inmutarse por la sangre que le salía de la boca.

Preámbulo de la constitución: Colombia es un Estado social de derecho en forma de República unitaria…/ El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte/ Paris Hilton tuvo una erección luego de comprar un perro. Dicen que el can la tenía tan seducida que al final desistió de usarlo para su nuevo traje/ Nadie será sometido a torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes. -Gritaba un imbécil que sangraba, en algún lugar de una habitación. Su rostro era igual que el de los anteriores: pálido y de cabellos canosos.

Luego tan sólo escuché: “Ahh..es el nuevo, quítenle el nombre. No lo necesita. Tan sólo que repita…lo de siempre”. Creo que era el hijo de puta del tapabocas metálico. Ya no era necesario.

Me desperté, y busqué una cerveza en la nevera. Estaba, por algún extraño motivo, demasiado asustado. Casi temblando. Demasiado vivo. Al final sólo sería lo de siempre.

De ida.

He visto como la descomposición se gesta
En las avenidas y en los bares, prófuga
Hija del desmadre,
Mientras miramos el cielo y los faros no nos dejan tocar las estrellas
Y tan sólo vemos el vaho de los cuerpos hacinados
Navegar en el aire.

Me he perdido horas en las que pienso
Que en la calle las basuras se acumulan
Y los sueños yacen rotos
Tras las jeringas y los cigarrillos
Que nos pasamos por la vida
Cansados
Extraviados
Nadando entre el cemento
Aguantando el ardor
Los callos en los pies son prueba del sudor
De la sangre
Un cuerpo que pide otra copa de alcohol
Mientras sigo en un bus
Atravesando con los ojos la ventana
Viendo mi mirada atrofiada
Tras las luces de una ciudad desolada
Que en su asomo sólo grita despojos
Pitidos, aullidos, ira, quejidos
Lamentos de un siglo marchito
Mientras las paradas se acumulan
En el trayecto de los días
Vidas perdidas
Y sólo queremos llegar a casa
Aterrizar la cabeza contra la almohada
No pensar
Destruir la casualidad
Dormir en la costumbre
Nunca despertar

Quedarnos en lo fácil,
Conformarnos con respirar.