Faldas cortas.

warhol-banana

Esas mujeres de faldas cortas
Y sonrisas maliciosas
Que miran y que matan
Y que siempre maltratan.

Esas mujeres de faldas cortas
Que se ponen la mano en la entrepierna
Y no cruzan del todo las piernas
Esas que sonríen,
Cuando sabe que uno ve
Lo que no debería
Y es, el momento de algo
Y ellas ríen
Y siguen con su trago.

Esas mujeres que beben con mesura
Pendientes de los demás
Y que poco hablan, casi nada
Susurran cosas al oído
De esos con quienes se han corrido
Y siguen igual…
Viendo a la gente
Abriéndose un poco la blusa
Y calentando las erecciones
Sepultadas bajo el jean.

A esas mujeres,
Mujeres perversas
Les temo.
Nunca están del todo ahí
Lo saben todo
Saben joderme
Podrían joderme
Si quisiera perderme
Se las metería de frente
Nublaría la mente
Y al azotarse los cuerpos
Venírmeles adentro
Quemar sus cimientos.

Esas mujeres de faldas cortas
De piernas largas
Sonrisas maliciosas
Tienen poder sobre mí,
Y no me importa.

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Suficiencia.

Borrachos-Vincent Van Gogh

Nunca he bebido lo suficiente
Pero sí sé que lo he hecho
Con suficiencia.

Las palabras brotan al compás del anís
Del whiskey, del baccardí
De lo que haya en el instante
Sea ginebra o Jaggermëister
La sonrisa siempre
Está allí.

Nunca he bebido lo suficiente
No pretendo hacerlo
Beber es vivir,
Rehusarse a morir
Beber es luchar contra todo aquello
Que quiere martillar
Las ilusiones, los pesares
Eso que lo hace a uno
Seguir.

Beber es pelear
Pelear consigo mismo
Hasta que los sueños se hacen realidades
En la crueldad del instante
En que la inconsciencia es la otra puerta
Hacia la consciencia.

Beber, beber
Beberé hasta que el hígado se muera
Hasta que las vísceras estallen
Hasta que los niños sean hombres
Y los hombres sean niños
Beberé hasta que el vómito sea mi aullido
El aullido contra el silencio
Y los cuervos se desparramen sobre mí
Y no vean más que un cuerpo
Luchando
Jugando
Siguiendo
El trayecto
Existiendo.

Beberé
Beberé hasta que nadie más esté allí
Hasta que los muertos me sirvan las copas
Y los vivos no compren Jack Daniel’s
Beberé al ritmo de Pantera,
De Black Sabbath
De Def Leppard
Beberé con la misma mueca

El fastidio no se irá.

Beber es resistir
Es no resignarse a seguir,
Como todos
Como esos que creen que están bien
Que se resignan a tener un carro
Y cumplir los horarios del trabajo.

Beber es conocer el lado oscuro
Ese que sale en los mejores momentos
En los momentos más obtusos
Ese que en las sonrisas
Siempre tiene tiempo
Para recordar las desdichas.

La bebida es guía
La guía hacia sí mismo
Ese que se esconde
Tras los modales
Y los laberintos
De la consciencia;
Beber es de valientes
Tan de valientes que hay que andar con miedo
Los borrachos no tenemos tiempo
Para los pendejos
Que se toman dos copas y ya están viendo
El reloj,
Buscando un taxi
Sintiendo las sábanas
Oliendo el rocío
Sin pensar en mañana.

Beberé
Beberé hasta que los oídos me sangren
Y la música sea el aullido
Y mis gritos convulsivos
Estallen más allá del inodoro.

Beberé mientras sigo vivo
Beberé más allá que los míos
Me aguanten en el camino,
Beberé para estar solo
Para retorcerme en este cuarto
Para poder pensar en todo
Para reunirme con mi yo más lascivo
Para sentir que por un momento
Estuve vivo.

Beberé hasta que las palabras estallen
Y ustedes, los que no lo hacen
Tengan miedo.

Iré por ustedes, hijos de puta
Iré por ustedes
Y les diré todo eso que piensan
Eso que piensan mientras callan
Y cagan en sus baños.

Iré por ustedes mientras todos los abrazan
Les recordaré qué son
Qué desecho son
Les recordaré que yo,
El beodo
Sigo allí.

En este cuarto sin luces
Con la resaca que estalla
Y no importa,
Si mañana no respiro
Si mañana estoy ahorcado
Sometido al etanol
Sumergido en el licor.

No importa
Mientras este grito
Brote de algún sitio
Mientras sepa que aún
No estoy perdido.

Mientras sepa que aunque muerto
Borracho estuve
Siempre vivo,
Y nunca rehusé
Ni una puta copa
De vino.

Por la carretera…

Pasto y verdor camuflado de ese  dorado quemado, sonriéndome se encuentran los chamizos a lado y lado, ¿de dónde?, me preguntan aquellos que ya no se encuentran, ¿hacía dónde?, me pregunto, entre las señales que ya no dan tránsito a la existencia. Respiro, buscando algo que en la cornisa de la vida me abrigue bajo el calor de un manto. Y es que en el paisaje tan sólo la hierba se dibuja, bajo el sonido de la noche: aquel que sin reproche, adormece a los perdidos y desorienta a los prevenidos, como si no existiese más que el coche, y la carretera.

Son 80, ochenta pesares que oscurecen la vía, aquella que creímos construir en el transcurso de nuestras vidas, comprando, gastando, vendiendo, transmitiendo pesares y desdichas, placebos que no logran curar la palabra dicha, y que a la larga, se transforman en prisas ante los relojes que predican los finales, de la caricias, de las sonrisas.

“Compré una casa”, me decía, como si hubiese cumplido con todo: como si el cemento hubiese sepultado los anhelos, los sueños que se tuvieron pero que sucumbieron ante el coqueteo de la avaricia, de una sociedad facilista que pedía aceite, podrido, gastado, para el engranaje de una máquina que no retribuye, pero que engaña e ilusiona bajo los hilos de la vida simple, adormeciendo los brazos fuertes y destruyendo las convicciones que creen nadar contra-corriente.

80 kilómetros por hora, por minuto, por segundo. 80 tragos que supieron amargos, como cuando se toma whiskey caliente, como cuando el vodka se reposa bajo el sol, y carraspea la garganta, cuchillo para las entrañas. Y es que no se ve nada, la lluvia abruma y la carretera es oscura.  “La vida se me fue como el Mustang”, pienso, recordando cuando tenía el cabello para dejarme sorprender por el viento. 180 alegrías por minuto, por segundo, mientras el licor anudaba mi cabeza al volante y me recordaba agachar la cabeza, viendo morenas, rubias, sucumbiendo y rodeando mi sexo de caricias, de mordiscos, de furia. Era la juventud, aquel regalo que la existencia da para protegerte de la miseria, del futuro, de aquel momento con el que sueñas para luego querer despertar y romper con todo. Con el carro, con la casa, con tu esposa y con la perra de tu hija.

Y es que si, no sólo cambió el transcurrir de los días, también se fueron tu Mustang, el compañero de 180 vidas que no creíste cambiar pero que tu esposa, la que fue delgada pero ahora cree navegar entre faldas apretadas, mientras sus piernas escurren celulitis y el sexo ya no le agrada. Si, yace a un lado entre quejas y sollozos, esperando que los 20 de otro hombre la resuciten: que su cuerpo toquen y sus ojos desorbiten.

Y si, mi hija es una perra. Una golfa, de aquellas cuyo busto sirve para conquistar el mundo, que heredó aquellas miradas que su madre tenía cuando prometías más que un Mustang y un apartamento de soltero. Pero no vale la pena hablar de eso, cuando pequeñas luces oscurecen más la noche, como si el sólo centellear fuese suficiente para aplacar las ráfagas de miseria, de dolor, que crecen con cada kilómetro que se avanza: en el velocímetro, en la vida.

¡Maldita sea!, la vida avanza pero el tormento no descansa. 120 caminos destruidos, en los cuales crecieron los billetes que confundiste con destino. 120 historias, de aquellas ideadas bajo las noches en las que el sexo no era nada, y el cuerpo no yacía bajo la carroña de los placeres inconclusos, de los que tenían días para cumplirse y noches para afianzarse. 120 kilómetros, por hora, por minuto, por segundo, y no hay ya focos ni señales que indiquen camino distinto que el descanso, de aquel que muere, del que yace, del que ya nada espera más que el cierre de sus ojos, que el crujir de la carne bajo la llama, que muerde fuertemente al que vive acicalándose el aceite que le impide navegar, entre las dichas y caricias de las caídas, entre las grises praderas que en la noche la luna tiñe de azulado goce, descendiendo entre el negro de aquellos mares que el miedo no conoce. No se puede graznar cuando se tiene cuerpo de hombre, cuando la naturaleza no dotó con la elegancia de los gansos.

150, ciento cincuenta recuerdos, que recuerdan el vomitivo olor de la mancha que se esparce en la silla del copiloto.  “35 años de buen ciudadano para permitir que sea naranja y morado”, me digo, como si fuese aquel un rezago del alma, una exhalación de lo escrito y no dicho, de lo percibido y de lo que me creí prohibido. Es asco lo que se siente cuando se existe un día pero se respiran más de la cuenta.

Recto, entre la lluvia y el aullido de la tierra, entre el zumbido de las puertas que se desajustan como la existencia que se tuvo, y es que a la larga, los amigos terminan siendo réplicas entre el mar de sus defectos. Ya no hay Mustang, aquel deportivo que brillaba carmesí ante las avenidas dispuestas a sostenerte; con todo y la resaca, con todo y el desperdicio. Es una van de esas familiares, de aquellas que se compran cuando se aspira a vivir aburrido, entre la familia, bajo el peso del “trabajo duro”, y es que es duro por llenar de cobardía a los que de lleno a la vida sonreían. Nadie lo dice, pero cuando tienes vodka y vas a 150 en una van, la vida te lo cuenta, mordisqueándote el sexo toscamente, burlándose de las rubias de tu pasado.

– Conduzca despacio, curva a 300 metros-. Avisa la vida, a los que trabajaron “fuerte”, a los que no son escorias, a los que sin gallardía bajaron la cabeza y recibieron los golpes sin llanto. Sin fuerza, sin levantar los brazos. Y que entre la brisa y la lluvia, la última se lleve mis recuerdos y pesares, y que la recta que transcurre borre las desviaciones absurdas, las que se imponen sin reserva y por convención, bajo las cadenas de lo “socialmente permitido”. Que se joda, ¡que se joda la risa que no tuvo caricias que arrullasen su vigilia!.

170 despertares, 170 amaneceres, 170 sepulturas, para aquel que renunció a la risa y sacrificó las fantasías que desprendían a la vida de la carga de la monotonía, del mal del añorar prohibido: del refugio que bajo el pretexto de ser vigía, se encargó de destruir la esencia que su existencia protegía.

Que sea el último sorbo, de una vida que transcurrió bajo sumo reposo, siendo curvas las rectas que prometían riesgo, que prometían sueños y renunciaban al desprecio. Entre el negro y el más profundo silencio, hoy la curva fue recta, como los anhelos que esperaron atrás del trabajo duro, del sueldo agobiante, del matrimonio inconcluso, del morbo de lo cotidiano. Hoy salgo del sobre, vida, para existir como la brisa: ajena al tacto, rebelde al que no la acaricia…

Anders Marriuce, 1990-2012, rezaba el epitafio del futuro abogado…

Que la brisa…

Que la brisa se lleve los días, para que el rayo de la mañana no destruya la armonía de mi cama. Que la brisa se lleve los días, para que con ella mueran los gallos y demás anunciantes de un nuevo amanecer. Que la brisa se lleve los días, para que con ello los lamentos desaparezcan, y las tinieblas sean la cortina que eclipse el despertar.

Que la brisa se lleve los días, para así dejar de pensar en ellos, en la rutina, en la caída, en la comida. Que con la bruma desaparezca todo ello, incluso las caricias y las sonrisas fingidas, esas que ya no tienen cabida en la tumba de los miserables. Que la brisa le sirva de arrullo, para que el sol abandone la fuerza de sus latidos y se deje arriar bajo las mansas aguas del crepúsculo, dejando descansar a los que ya la vida desdeña.

Que la brisa se lleve los días, para que con ella los cobardes no tengan que llorarle a la madrugada, ni afrontar una despertada. Que despeje los rostros y abra paso a la risa, cuando ya la vida la ha hecho trizas. Que la brisa se lleve los días, para que los infelices no maltraten sus recuerdos con el venir de los amaneceres, para que los navegantes no se vean sumergidos en la marea, y con ello más lejos de su familia, de la arena, de la tierra que aún los posee.

Que la brisa devuelva las caricias, de aquellos que al despertar ya sólo tienen desdichas para recordar, y que borre la malicia de aquel que besando al alba sólo tiene para conmemorar su miseria: aquella que en todos los cuadros se ve igual, enmarcada entre rojos azulados, naranjas grisáceos y llantos entrecortados.

Que la brisa aleje los amaneceres, atardeceres y anocheceres, de aquellos que al vivir ya no encuentran delicia,  aquellos cuya vida dejó de ser primicia y ahora sólo quiere ser un pie de página en la esquina del cementerio. Que devuelva los gatillos: aquellos que no mentían, que devolvían a la existencia la dignidad misma antes de decretar despedida, antes de llorar entre las risas, entre la miseria de la vida misma…