A propósito del discurso de Vallejo

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Fernando Vallejo ha recitado palabras contundentes:

“Los campesinos de Colombia atropellados por todos:
por el ejército,
por las guerrillas,
por los paramilitares,
por los mayoristas,
por los minoristas.
Engañados por los políticos,
por los curas,
por los santos: por vos.
Abandonados
a su suerte
por esta mala patria.”

Tras escucharlo me pregunto:
¿Qué queda de Colombia?
Cadáveres disolutos en mareas de sangre
Intestinos aferrados a los marcos de las iglesias de los pueblos
Rostros percudidos por el paso del tiempo, por la ingratitud,
Muerte tras muerte sepultada bajo nuestra comida
(Sí, abono, para nuestra comida)
Colombia es todo lo que se quiso de ella:
Un estado de caos permanente
El llanto de una madre al llegar a casa:
Ver que sus hijos han partido,
Se han ido,
Sea con el ejército
O la guerrilla,
A morir;

Colombia es lo que es, a pesar de todos,
Y gracias a todos:
La avaricia de los pocos que se ríen de los muchos,
La mediocridad: siglos y siglos de lo mismo,
Por lo mismo,
Gracias a los mismos.

Y pensamos que todo va a cambiar,
Que la juventud, sí, esa misma juventud
Que por más de doscientos años ha luchado
Por todo,
Y ha terminado siendo,
La causa de todos los problemas
En su madurez,
Cambiará.

Somos los errores de nuestros padres
El llanto de nuestras madres
La desesperanza de nuestros niños
La modorra de nuestros adultos.

Nada nos importa,

Vivimos entre la muerte
Con fusiles al hombro
E historias de guerra para contar
Cargamos con nuestros muertos
Como si del amor se tratase.

Aquí sólo germina la violencia…
Aquí, y más allá de las fronteras:
Somos el cáncer de una tierra sin madres
Precarios,
Deficientes
Furiosos
Hasta la médula.

De la madremonte, el mohán
El Poira, la Patasola,
Y demás mitos,
Sólo quedaron las historias de muerte
De guerras, de juventudes convalecientes
Y ancianos apaciguados,
Nos quedan doscientos años más de barbarie,
Hacia delante
“Con mano firme
Corazón grande”.

Los mitos de la selva ahora son las andanzas de rostros confusos
Atragantados por la violencia
Que vomitan balas que se estrellan a la nada:

Se mueren los de siempre.
Los que no han debido ser
Los que siguen siendo.

Y a pesar de todo,
Vallejo,
Y yo,
Y los que sean,
No tienen palabras suficientes para decirlo:
La locura es aún mantenerse,
Esperar algo,
Sentir amor por los símbolos patrios.

Locura es no huir…
Repartimos los muertos como si de pan se tratase,
Y santiguamos a los héroes antes de matar.

Somos esto:
Y lo que el sufrimiento calla,
No es capaz de hablar.

¿Hay alguien que de verdad crea
Que deseamos la paz?
Seguimos matando,
Siendo que nunca
Aprendimos a amar.

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Tan sólo otro diálogo sin paz.

Bebo una cerveza mientras en el mundo pasan cosas. En las noticias se habla de una posible nueva conversación. Timochenko asegura que de Colombia sólo quedará el nombre, mientras Santos tartamudea incansablemente. Su lengua es un nudo ciego que se aprieta con cada balbuceo.

Todo es demasiado estúpido. Lo sé, estoy seguro. Demasiado estúpido. Muy hecho mierda para ser verdad. La paz es tan sólo otro concepto vano que existe sólo como aspiración. Los hombres nacieron para matarse. Pero eso no importa porque puedo beber una cerveza. Me baja fría y siento el retorcer de los huesos, como si luego viniera una ola de calor que me recordara que estoy vivo. Y en Colombia. Tercer mundo. Mucho asco.

Al levantarme, le pregunto al barman si debo algo.

– Nada, tranquilo… pagó hace un rato. Además luego pagaremos todos….usted me entiende- contesta mientras limpia un vaso de cristal con un pañuelo percudido por el mugre.

– ¿Ah? ¿Qué quiere decir?- pregunto intentando guardar los gases. Sin embargo, la sinfonía de mis eructos me delata.

– Nada… tranquilo-.

Salgo y doy unos tres pasos. En la calle, la gente se pregunta si habrá una zona de despeje. Lo sé porque los gritos sobrepasan el aullido de los carros y el ruido de las pisadas. A mi eso no me importa, pero no deja de joderme.

Caminar/Rápido/Sin freno/ Cabeza al suelo. Pensamientos dispersos.

-Ojalá Santos se acuerde de todas las cagadas de Pastrana- dice un viejo que se rasca el pene  con furia.

–  Ojalá… pero con las FARC no se sabe. Y con Santos sí que menos- contesta un tipo de traje negro y corbatín. Me recuerda al pinguino de Batman. Gordo y estúpido. Demasiado grasoso.

– JAJAJAJAJA-

Se escapa un aullido de alguien que nada le importa.

– Ehh… ¿qué es la risa, maricón?- pregunta el pinguino al pendejo de la cerveza.

– Nada en especial… es sólo que creo que todos y nadie tiene razón- digo mientras escapo.

Es lo mejor. Escapar/Emigrar/Largarse bien lejos. Dejar este sitio y poder volver a respirar.  Pienso todo ello mientras camino. Los pensamientos pasan fugaces y recuerdo un instante en el que todo parecía tener sentido: Caminaba por un parque y pateaba una pelota. No miraba para arriba porque el cielo era incapaz de tocarme. Tan sólo pateaba aquel balón. De repente sentí que algo me tocaba. Al alzar la vista, me di cuenta de que tenía un muro enfrente. Un puto muro. Casi tan grande como los dos mundos que se joden a tiros diariamente en Colombia.

Tras varios pasos decidí subir la mirada. Sentía el pecho en llamas y no encontré más licor en la botella.

– ¡Pase, pase! ¡El mejor show en vivo! ¡Las mejores chicas de Bogotá!- gritaba un tipo con un megáfono en una esquina.

Entré, pero antes crucé miradas con el imbécil de la entrada. Sabía que el tendría la respuesta.”¿Podré escapar?” pensé mientras mis ojos enfocaban aquel negro acuoso de los suyos.

– Un buen polvo lo cura todo- Exclamó mientras cruzaba la puerta y bajaba los escalones hacía aquel lugar.

Era un sitio pequeño que olía a vómito añejo. Decidí sentarme en la barra y pedir otro trago. El cantinero afiló una mirada sobre mi rostro, tal vez dudando de si tenía el suficiente dinero como para poder estar allí.

-¿Cómo ve lo de los diálogos?- preguntó sin verme a los ojos, como si la preocupación no se encarnase en aquella voz quebrada que salía de su boca- Digo por aquello de que ya la guerrilla amenazó con la guerra…-.

– Quien sabe… al final todo se reduce al puto polvo- exclamé mientras deslizaba un billete en el culo de una rubia.

Tras un largo sorbo de cerveza, me paré y decidí aceptar mi destino.