El camino de un sueño

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Soñé con el día
En que todo sería
Como quisiera.

Imaginé el calor
De la tarde
Golpeando la ventana.

Me enamoré del rojo
De un vestido,
Y preferí hablarle al viento,
Entenderme con sus grises
Suspiros.

Quise aferrarme al recuerdo
De la tierra arenosa,
A los jardines de cardos
Y espinos,
Y deseé ver el triste amarillo
De los pájaros sobre la hierba.

Hoy,
Mientras todo se ha ido
Y el crujir de los cristales
Me trae de vuelta los abrazos
Que nunca fueron,
Una pared blanca interroga
Las negras estrellas de la noche.

En algún momento,
El llanto de los hombres retorna
A la tierra,
Y los ladridos de un perro
Marcan el camino a casa.

Y los hombres,
Aferrados al recuerdo,
Perderán de vista el cielo,
Y sus ojos se posarán
Sobre la última de las
Aceras.

Y volverán de eso
Para contar historias:
Palabras desinhibidas
Que incinerarán las noches,
Brasas que no comprenderemos
Y terminaremos por llamar
Delirios o sueños.

La sonrisa en la ventana

 

El frío de la tarde
Se ha volcado en el
Negro de la noche.

No queda nadie fuera.
Y las luces blancas
Lucen desnudas,
En una noche sin
Estrellas.

Cierro los ojos e
Indago en mi reflejo:
Me imagino en la ventana
Y siento la oscuridad de mis
Ojos bailar,
Como mariposas en la noche.

Dibujo mi sonrisa contra
Mis párpados,
Y no encuentro un lienzo
Que capte mis movimientos.

Estoy atrapado entre el
Azul de algún vestido,
Que habita en mis
Recuerdos,
Y el rojo de la tierra
En algún lugar desértico.

Lo rememoro todo,
Demasiado claro,
Y sé que, muy pronto,
Lo olvidaré.

Abro los ojos…
Y sé que ya todo
Se ha ido.
Que no encontraré
El negro y el cobre,
Ni el violeta de
Mis pasos.

El recuerdo me ha perseguido
Para morir esta noche:
Sonríe en una esquina y
Se desparrama como las esquirlas
Del carbón abrasado.

Aferrado al rugir de un
Pájaro negro y violeta,
La noche se pierde…
Y yo con ella.

Y nunca termina de ser
Una vieja imagen:
La vida de una risa
Tallada en la ventana.

 

 

Grises luces

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La alegría está perdida
En una noche sin luces
Y estrellas oscuras.

De gente intranquila
Que camina decidida
Hacía ninguna parte.
Cada quién vive como
Puede,
Cada quien muere como
Vive.

Hoy ya nadie camina
En el azul intranquilo
De las grises luces,
En el negro de todos los
Días y el blanco de ningún
Cielo.

Hoy todo está en silencio,
Y la misma melodía
Se retuerce en su
Rojo trastabillar.

Nadie la oye,
Y la noche sigue impávida,
En el negro del
Recuerdo,
De nuestros
Mejores días.

Un amigo

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Solía venir por las tardes a hablarme,
Era un tipo de esos que
No esperan mucho,
Que se han conformado
Con lo que les toca.

Venía por las tardes y hablábamos,
No recuerdo cuándo ni dónde
Nos conocimos.
Pero empezamos a hablar,
A contarnos nuestras vidas,
A jugar.

En esa época jugábamos,
Eludíamos el presente
Y las pocas responsabilidades.
Creíamos que podríamos
Con todo,
Que no había nada
Difícil o imposible.

No buscábamos vernos,
Pero lo hacíamos de vez
En cuando.
Normalmente, el venía
A mi casa,
Me contaba sus problemas.

Solía inventar mucho.
En su vida,
No había nada difícil
Ni imposible,
Todo le era dado.
Yo hacía que le creía
Y le contestaba sonriente.

Solía hablarme de sus
proezas femeninas,
De sus primeros pasos
En las eternas jornadas
Del cortejo.
Me contaba de sus
Primeros tragos,
De todo lo que bebía
Y follaba,
Lo hacía con gracia.
Yo sonreía y
A veces asentía.

Sabía que me mentía
Pero no solíamos
Hablar de eso.
Todas esas historias
Eran tan sólo un escape:
Una elusión al presente,
Un paraíso al que no
Teníamos entrada,
Pero que podíamos imaginar.

Con el tiempo,
Mi amigo dejó de ir a mi casa.
Ya no reíamos juntos,
No nos decíamos nada.
A veces,
Solíamos vernos y
Recordar el pasado:
Nos reíamos de las verdades
Hechas mentiras,
Y de las mentiras que,
Por conveniencia,
Convertimos en verdades.

Sé que aún podríamos hablar
De lo mismo,
De lo que querríamos
Y de lo que conseguiríamos.
Aún aspiraríamos a los
Regojos que otros han logrado.

Hace tiempo que no sé de él,
Y espero siempre
Recordar su nombre.
Reírme de sus mentiras
Para no recordar las mías,
Y que todo le salga bien.

Para que nunca más
Desee hablar conmigo,
Y yo no tenga que imaginar
Nada aparte de lo
Que ya tengo.

Demasiado pronto

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Estábamos de frente a la luna
Y al mar de todas las luces
De toda la gente,
De la ciudad.

Bebíamos y reíamos, murmurábamos
En voz baja lo que seríamos en el mañana.
Nos abrazábamos de vez en cuando,
Cada uno de nosotros,
Nos decíamos que todo iba a salir bien.

Habíamos jurado no caer en la trampa
De todas las vidas,
A reír más que el resto
Y a no pensar con miedo.
Habíamos visto las estrellas de esa noche
Pulverizarse en las mañanas,
Habíamos querido ser más que esos niños
Haciéndole promesas a la caída de los astros.

Hoy,
El sol golpea contra la ventana
Y no hay nadie en la calle.
Y recuerdo esas noches,
En las que las tenues luces blancas
Iluminaban con furia
Cada paso transitado,
Cuando todo era nuestro:
La ciudad,
El ruido,
El calor del viejo río,
Esas promesas que marchitan sin morir
Para recordar lo que hemos sido,
Para servirnos de miedo,
Para defraudar y complacer
A todos y a ninguno.

Y tiendo a sentirme viejo
Demasiado pronto,
Entre calles que no he conocido
Y retratos de gente que
Aún extraño.

¿Dónde están?
¿A dónde hemos
Partido?

 

 

Negro sobre negro

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A veces sueño
Con un barco meciéndose
En la arena.

De vez en cuando
Cierro los ojos y veo metáforas
De la vida, que terminan
En soliloquios de muerte.

Palabras que se agitan en gargantas
De viejo roídos por el tiempo,
Versos que no dicen nada y
Que no traen más que el dolor
Tras el sufrimiento,
Negro sobre negro,
Cuerpos inertes de
Personas aún vivas.

A veces sueño,
Y me veo sentado
Acariciándome el cabello,
Sintiendo el palpitar del sol,
La fría caricia del silencio.

Y los gritos de mi madre
Ya no me alivian,
Y las viejas memorias
De los días pasados ya no
Se materializan:
No encuentro los lugares
Y los rostros son
costras que arden
Bajo la piel.

A veces río
Para rimar con la calma
Muerta de los versos,
Como los recuerdos
Alegres que
Trastabillan en balbuceos.

Como anteriores esperanzas
Que no significan nada.

Y todo es más que
Negro sobre negro,
Pero no lo comprendo,
Como el hogar que ya
Entre pasos que se pierden
No encuentro.

Desmiembro el silencio en tiernas palabras
En breves quejidos,
Que superen las carencias
De los días pasados,
De alegrías futuras,
Cuando todo no sea más que
Cualquier cosa,
Y no queramos
Decirnos nada.

Entre sueño y vida

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Sueño que he vivido una vida
Lo sueño tanto que empiezo a cansarme.
Sueño, por ejemplo, que son las dos de la mañana
Dos y cuarto, para ser exactos,
Sueño que he esperado a alguien
Que ese alguien nunca ha llegado.

Sueño que han pasado los días
Sueño que me he detenido en algún punto
Sueño que he volteado a mirar
A mis espaldas,
No he visto a nadie,
Sólo a mí mismo
Esperando…
Esperando…
A que algo pase,
Y nada nunca
Termina de pasar.

Ahora, mientras sueño y vivo por igual
Un teléfono suena en algún apartamento
Lo siento perforar las paredes de mi cuarto
Lo siento hasta que sangra
Y nadie más puede oírlo.
Lo sé,
Lo sé porque nadie más lo está viviendo
Algo me lo dice.
Me estaré volviendo imbécil
Entre sueño y vida.

Ahora, mientras vivo y sueño entre quejidos
Una pareja se mira en el espejo
Lo sé, de nuevo, nadie tiene porqué
Decírmelo.

Son las dos de la mañana
Y mientras sueño
Siento que los días
Escurren sus cimientos.
Luego vuelvo a enterrarlo todo
Y narro pequeñas historias
Entre la almohada y el techo.

Y luego recuerdo
Que he soñado una vida
Y nunca he vivido un sueño.
A pesar de estar viviendo
Siempre
Entre pasos indecisos,
Entre pasos que danzan
A merced del camino,
Me he visto soñando…
Para no caer dormido.

Para no tener que repetírmelo
Justo antes del cansancio.

Sólo a veces (y muy de vez en cuando)

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¿Sabes?
A veces busco en mis cuadernos viejas hojas
Eternos retazos de algo que te debí haber escrito,
Y no lo encuentro…
Pareciera ser que nunca han existido.

Me conformo con desparramar las hojas sobre la almohada
Buscando entre las hojas el recuerdo que no sabe a alquitrán
Y me deja tranquilo, pero no, no está
Ya no está.

Te busco de vez en cuando en eternas palabras
Que se quiebran al instante en que son retomadas,
Viejas palabras que se pierden en la sonrisa más ingrata
En el suspiro prolongado, la mirada que se cae y se agita
El cuerpo que se cuece en sudor.

Te he buscado demasiado tiempo
Nunca supe encontrarte.

Me aferré a lo dicho, a lo hecho
A lo vivido y a lo que pudo ser,
A los días sumergidos en intermitencias
A las palabras pronunciadas con sabor a muerte
A un par de reminiscencias que siempre me atacaban
Por la espalda, a mansalva
Justo antes de dormir.

Te he buscado demasiado tiempo
Y ahora sé que nunca te encontré
Nunca supe encontrarte.

Mas te sigo buscando
A pesar del tiempo
A pesar de los esfuerzos.

¿Dónde estás?

From Neiva, con amor.

Neiva

I

Tengo quince años, o bueno, eso al menos es lo que me han dicho. Quince recién cumplidos. Según el cálculo, debo de tenerlos. Nací el 2 de Junio de 1990, y es el año 2005. Debo tenerlos. Pero poco se recuerda cuando se empieza a vivir, igual que se imposibilita el recordar los días que siguen a la muerte. Entonces digo que tengo quince años, para no entrar en dudas que no puedo contestar.

El verdadero problema está cuando se quiere licor.

-¿Cédula de ciudadanía?- pregunta el tendero. Un tipo de unos veinticinco años, de piel morena y barba espesa.

Lo miro a los ojos. Lo suelto sin más:

-Dieciocho-digo, tras un terremoto en el “ocho”. La garganta ha fallado. -No, mierda…

-Es menor de edad- contesta.

-Sí.

– Bueno, son quince mil.

Desembolso el dinero, y me alejo contento.

La botella ha costado cinco mil pesos más, pero bueno, eso no importa. Somos varios, y la ansiedad se ciñe a los rostros. La gente mece las piernas, las sacude con la fuerza de mil cucarachas asesinándose entre sí. Me miran. Me miran con aparente calma. Los dientes les rechinan como si fuesen a implosionar. Todo es cuestión de tiempo. Los miro, y lo suelto sin más:

-Costó quince mil…subió de precio hace poco.

-¡Qué va!- contesta Julián.

Lo miro, y bajo la cabeza.

-Sin barba no creen una mierda- replica Juan Diego.

– Sin barba…- contesto.

Nos quedamos en silencio. Las mariposas danzan en la noche, tocándose y apartándose, como si fuese la corriente del viento la que las alejase de manera constante. Miramos hacia el cielo. Un par de estrellas. Demasiadas. Demasiadas estrellas. La luna pareciera querer absorberlas a todas. Miramos hacia allí. Nos quedamos un buen rato en eso, hasta que Juan interrumpe:

-¡Puta! ¿Alguien sabe abrir esta mierda?

Y entonces volvemos a la botella.

II

“Todo sea por la cerveza”, gime Daniel. Lo grita como si fuese a morir tras las palabras. Necesitamos anotar tres goles. Tres goles, y ganaremos una canasta de cerveza. Treinta botellas sudando bajo el peso de su propia temperatura. Pienso en eso, hasta que Bernardo desenfunda un tiro desde la esquina izquierda de la cancha. Me lanzo sin pensar en la caída, con los ojos fijos en la pelota y la mente puesta en la cerveza. Me la imagino cayendo por la garganta. Estiro un poco más los brazos.

PUM.

PUM.

CLOKJJ.

-¡UFF!-grita Daniel.

-Mierda…-atina a decir Gustavo.

-Nos salvamos- contesto. De manera maquinal. La pelota se desliza por el lado contrario de la cancha. El palo retumba… como si el peso de sus días fuese a desmoronarlo.

Perdemos el partido. Lo perdemos por tres goles más. Nos miramos a los rostros.

-Bueno…otra vez será- dice Daniel. Mira hacia el suelo. Es demasiado bueno para el resto de nosotros.

-No tuvimos suerte- contesto.

-Sí… como que últimamente no tenemos suerte.

-Sí…

Y pienso en ella. Hace unos días la había invitado a salir. Me rechazó, y siguió bailando. Me sentí un imbécil. Perder es siempre ceder…hasta que uno ya no se acuerda de qué era ganar. Pero eso es la vida: se va moldeando el carácter, se va perdiendo el ímpetu…hasta que, un día,  ya no se recuerda nada más; aparte de  lo que debe hacerse al día siguiente. Y se sonríe…para no llorar.

Un perro ladra en la calle. Me pregunto por la sencillez de los días pasados. “Diecisiete”, repito, de manera maquinal.

“Diecisiete”.

“Diecisiete”.

Y vengo perdiendo desde hace tiempo, y debo escoger qué haré por el resto de mi vida. La universidad será una mierda, si ni siquiera puedo ganar un partido de micro-fútbol.

De seguro me voy a equivocar. De seguro.

Guardo los guantes, y me alejo caminando. La noche me cobija y el sudor se escurre por el cuerpo. He tirado el dinero de la apuesta sobre la maleta de Gustavo. Me tiemblan las piernas. Me tiemblan… como si fuesen mi consciencia.

III

Escojo ser abogado a falta de talento alguno. Siempre quise ser cantante, pero no, mi voz era el resultado de mi pereza: lánguida, desgastada por un rasgado que en nada se asemejaba al de Axel Rose, siquiera al de Belladona.  También quise estudiar literatura, o filosofía, pero mis padres esperaban que yo fuese alguien con mucho dinero y poder. “Escojo ser abogado a falta de dignidad”, pienso, mientras termino de llenar el formulario de inscripción.

Lo relleno sin pensar demasiado. Todo conduce a mis padres: sus ocupaciones, edades, capacidad para pagar la matrícula…

No preguntan por mí. Y está bien.

Lo dejo sobre la mesa. Una señora me mira. La miro. Nos miramos. Tiene una verruga en la cara. Nota mi fijación en aquel punto negro, rodeado de pelos aún más negros. Se retuerce, centra sus ojos en mi acné. Sonríe.

-Entrevista a las dos de la tarde- contesta. El estrépito del sello contra la hoja me dice que algo está ocurriendo. Que ya no hay vuelta atrás.

Sonríe.

Sonrío.

Me alejo corriendo. Tomo el bus.

Lanzo todo nada más entrar al apartamento: la maleta, un par de avisos publicitarios que se desparraman sobre el suelo de madera. Aún no es mi casa, pero tendré que acostumbrarme a llamarle así. Aunque sea a fuerza de la costumbre. Me bajo la bragueta, y la sujeto con fuerza. Sé qué va a llegar.

Me limpio con los avisos. Bajo el líquido, una mujer sonríe. Me ama. Me invita a amar la universidad.

IV

Han pasado 5 años desde que entré a la Universidad. Tengo 23, o bueno, eso creo, a falta de información más precisa. La edad no dice mucho: una talla más de pantalón, un par de vellos negros sobre la cara. El cabello más corto. Y nada más para contar.

Ahora estudio Filosofía, Filosofía y Derecho. Juré graduarme algún día, y me levanto con la firme convicción de lograrlo, al menos, la mayoría de los días. Es domingo…en la noche, y sí, mañana será complicado. La semana siempre es complicada…sobre todo si se tienen que llevar casos judiciales. El derecho, lejos de legitimar la vida del hombre, lo enfrenta a lo que no debiese ver: burocracia estúpida, gente estúpida, casos estúpidos, problemas estúpidos…y nada de inconformidad. La gente está contenta, porque es más fácil ser estúpido y llevar esa clase de problemas, que lidiar con cuestiones más complicadas.

Porque me complico demasiado, tiendo a perder. Y pierdo desde hace un buen tiempo. Pierdo los casos a sabiendas de lo fácil que es. Y entonces, al mirar a los ojos a los jefes, a esa gente que pierde sus días encerrados en esa oficina, mirando para el techo, meciéndose en medio de casos que poco importan, de gente que nada vale, de gente como yo… sin mirar siquiera a la calle, repito: “yo soy el error”.

“Yo soy el error”.

Tal vez, seguramente, yo seré el imbécil. Y en una sociedad de ganadores, soy un perdedor.

“Soy el error”.

Reviso la carpeta de los procesos…y me propongo hacerlo bien esta vez.

Ring/Ring/Conmoción

-¿Haló?- exclamo.

-Sí, ¿David?

-Sí, con el.

-Ah…-replica, tras sorber un poco de aire- ¿Todo bien?

-Sí…

-Quería saludarte. Saber cómo estabas.

Ella. Sonrío. De vez en cuando, se tiene una buena oportunidad. Y el mundo pareciera sonreír, y la gente pareciera ser un poco más amable, y los perros ya no muerden, y los gatos no se cagan sobre la ventana de la habitación. Y entonces, uno siente que es momento de reivindicación, y sonríe, esperando que pase algo más, y que los días devuelvan algo que disuelva la inconformidad.

Nunca ocurre, pero se sigue esperando. “Esperar, del sustantivo esperanza”.

-Todo bien-contesto- Sí…pues he estado ocupado.

-Claro…debe ser difícil estudiar dos carreras.

-Bueno, no tanto…cualquiera es abogado.

-Pero filosofía debe ser pesadísima, ¿no?

-Uno termina por acostumbrarse…

-Qué bueno…

Hablamos de todo un poco. De nada. Hablamos de nada a falta de un todo que respalde las palabras. La quiero, la quiero más que cualquier recuerdo que haya tenido antes. La quiero a falta de un suceso más dignificante en una vida diluida por grises pálidos. Por un par de mordidas y un par de risas estruendosas. La quiero como si fuese de día. La quiero a falta de un momento de tranquilidad. Beso sus labios, a pesar de no haberlos tocado nunca. Los beso, recordando. Y la quiero con eso, y con todo lo que nunca pude vivir.

– Te quiero- le digo, justo antes de colgar.

-Y-yo también- contesta, a falta de algo mejor qué decir.

Me quedo con eso. Me quedo con eso. A pesar de todo, y gracias a todo. La quiero. Sonrío. De vez en cuando sonrío. Y entonces la vida me devuelve algo. Y dejo de pensar. Y vuelvo a vivir.

Salgo de la casa en busca de cerveza. En busca de la risa, que de vez en cuando adormece la conciencia.

Me pierdo en eso. Así nunca logre nada. Así, cada día, me sienta más lejos de todo, y me encuentre en un sitio donde sólo las cucarachas me saludan. La gente va demasiado deprisa. La gente se masacra todos los días. Y yo, que sólo río, confío. Confío en que le vaya bien.

Así a mí no me vaya mejor.

VI

Y pienso:

Soy todo eso
Y lo que no hicieron de mí.

Ellos vinieron.

 

ELN

Un día llegaron
Estaban armados,
Prendieron las alarmas
Venían por nosotros, ellos, los “otros”,
Se escuchaban disparados,
Desgarrándose en gritos,
Tenía un bate en las manos, se mecía compulsivo
Las uñas se deslizaban, en la boca, en los labios,
Se rompían al quiebre,
De la quijada contra la mente,
Sangre en los labios,
Era el momento,
De la derrota,
Era el momento,
No nos quedaba de otra.

Mi padre, grande, viejo
Escopeta en sus hombros,
El peso del alma en su arma,
Mujer con revólver, solloza y tira palabras,
Más rápidas que las propias balas,
Y el silencio.

Se oyeron aullidos
El ruido perdido,
En el frío,
Frío de Neiva,
Frío caliente, agresivo.

Luego fue silencio, y la ventana,
La luz sobre la ventana,
Ellos saltaban,
Sin verme,
Oculto,
Tras la persiana,
Eran de carne,
Carne que mata.

No quedaba nada.