Entre sueño y vida

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Sueño que he vivido una vida
Lo sueño tanto que empiezo a cansarme.
Sueño, por ejemplo, que son las dos de la mañana
Dos y cuarto, para ser exactos,
Sueño que he esperado a alguien
Que ese alguien nunca ha llegado.

Sueño que han pasado los días
Sueño que me he detenido en algún punto
Sueño que he volteado a mirar
A mis espaldas,
No he visto a nadie,
Sólo a mí mismo
Esperando…
Esperando…
A que algo pase,
Y nada nunca
Termina de pasar.

Ahora, mientras sueño y vivo por igual
Un teléfono suena en algún apartamento
Lo siento perforar las paredes de mi cuarto
Lo siento hasta que sangra
Y nadie más puede oírlo.
Lo sé,
Lo sé porque nadie más lo está viviendo
Algo me lo dice.
Me estaré volviendo imbécil
Entre sueño y vida.

Ahora, mientras vivo y sueño entre quejidos
Una pareja se mira en el espejo
Lo sé, de nuevo, nadie tiene porqué
Decírmelo.

Son las dos de la mañana
Y mientras sueño
Siento que los días
Escurren sus cimientos.
Luego vuelvo a enterrarlo todo
Y narro pequeñas historias
Entre la almohada y el techo.

Y luego recuerdo
Que he soñado una vida
Y nunca he vivido un sueño.
A pesar de estar viviendo
Siempre
Entre pasos indecisos,
Entre pasos que danzan
A merced del camino,
Me he visto soñando…
Para no caer dormido.

Para no tener que repetírmelo
Justo antes del cansancio.

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El perseguidor.

william blake

I

Si hubiese hecho algo en aquel momento, seguramente ahora no estaría escribiendo. Seguramente estaría pensando, desgarrando la almohada con pensamientos vanos que se estrellarían contra el techo de la habitación. Seguramente, pero no fue así. No le dije nada en su momento. No le dije siquiera que me esperara, o que me diese una oportunidad de aclarar las cosas. No, no lo hice. Y así, ahora estoy sentado en esta silla, desparramando palabras contra la pantalla; con el dolor en las vísceras y el aroma a dolor que destila la resaca. Estoy aquí, no hice nada.

II

Si tuviera que hablar de mí, sería seguramente insoportable. Andrés, Andrés Herrera, veinticinco años, hombre, soltero. Más allá de eso, no sabría dar información precisa. Todo está ya en la cédula, en los diversos documentos que se desparraman en inhóspitas oficinas del Estado. Y a nadie le importan.  Todos estamos demasiado ocupados como para ocuparnos en otra cosa que no sea nosotros mismos.

Camino. Camino de vez en cuando, a falta de trabajo, a falta de tranquilidad…deslizo mis pies sobre la calle. El pavimento se tuerce en siluetas de furia tras mis pasos. Pero yo sigo caminando. “¿Por qué empecé, preguntas?” No lo sé. No sabría explicarlo. Pero un día ya estaba ahí, en la calle de enfrente de la casa, caminando. Al final, terminé siguiendo a la gente que me parecía interesante: mujeres recién casadas de cabello liso y ojos claros; jóvenes con ojos ansiosos y miradas lascivas en busca de droga…entretención, placebo, lo que fuese; oficinistas que en las noches, luego de salir de su trabajo, deslizan sus espesas cabelleras rubias al desatar los lazos, cambiando la mirada; hombres que se detienen en las esquinas a mirar a la nada…y se pierden en los colores, las faldas, sin siquiera percatarse del sol.

Y la lista podría continuar, pero no, no tiene sentido. Sólo puedo decir que me dediqué a eso por unos tres años. A falta de trabajo, a falta de esperanzas…bajo el vacío de la vida, mí propia vida, que no me ofrecía nada al final del día. “¿Cómo me mantuve, me dices?” De la renta. De los pocos ahorros que había cultivado en el pasado. Como te decía, caminar fue mi hábito.  Pum/pum/y la acera se clava en tus pies, y no hay destino fijo, y el cuerpo se desliza capturando rostros que se despedazan en la memoria para nunca más existir. Pero, muy de vez en cuando, surge alguien que refulge entre los avisos y las luces, y el rumor de los autos. Y algo cobra sentido, a pesar de mí, y de lo poco que me queda por hacer aquí.

Y entonces, lo sigo. Hasta que me canse, o alguien con más fulgor surja de entre las cenizas de los autos. Después me tengo a mí mismo… y lo que queda del vacío.

III

Al principio sólo era caminar. Ir de un lado a otro, de la casa al centro de la ciudad, pasando por avenidas de luces desteñidas y soledad, soledad absoluta. A veces torcía por calles desconocidas: sitios que parecieran extinguirse al caer la noche , para luego morir. Prostíbulos ubicados al final de una panadería…en donde, creías, era el baño de los propietarios; pequeñas librerías que se extinguen en medio del rugido de los motores, soportando el tiempo… como si las páginas de sus libros fuesen el último acto de emancipación posible; a veces, incluso, me encontraba con bares detrás de casas desvencijadas por los años. Sitios en ruinas al borde de la acera, con puertas blancas y oxidadas que, al mínimo golpe, se abrían. Y todo era un mundo nuevo, y parecía haber algo oculto detrás de la propia vida que se escondía en la ciudad, a los ojos de todos.

Náufragos. Sólo así podía describir a la gente que allí se veía: de tez blanca, demasiado blanca, y ojos felinos y brillantes. Miradas agotadas por la vida, mas no sin esperanza. Cuerpos delgados que se estremecían al más mínimo roce de vida: olfatos desarrollados para captar la furia existencial y recibirla con tranquilidad. Poco hablan, poco les importa lo que pasa “afuera” (como varias veces escuché mencionar a lo que existía más allá de estos sitios),  menos aún les importas tú. Están ahí, a la espera de “algo”. Y ese “algo” es diametralmente opuesto en todos los casos, dependiendo de la persona de la que se trate. Viven bajo la inercia, eso sí, sin simpatía por la estupidez. Y están ahí, como tú, y te conocen sin siquiera haberte hablado.

La ciudad esconde a sus muertos en estos sitios, sus náufragos, para que nunca hablen y sus “mensajes” queden sumergidos al final de la botella.

IV

Empecé a interesarme por las personas, antes que por los espacios, el día que conocí a M. Ustedes saben de quién hablo (la prensa se encargó de hacer más ruido del habitual con el caso). Y, aún así, las fotos del periódico nunca lograron captar su verdadera presencia: la tibieza de los ojos, la rudeza de los labios rojos que sonríen bajo el peso níveo de los dientes, la cintura delicada y los senos sencillos, no muy grandes, tampoco demasiado pequeños. Ella, sí, M. Fue ella la que me llevó a perseguir personas: esperaba encontrar “eso”; aquello que se agitaba al más mínimo roce de los ojos y que aturdía las vísceras hasta la implosión. Deseaba encontrarlo…mas no lo hallé en nadie más que ella, a pesar de un par de “falsas alarmas” que estremecieron mi vida por un par de días.

M. M. M, la mujer que caminaba con paso agitado y sin ninguna preocupación. La misma que se levantaba a las 6:00 am, para luego prender la televisión. Esa que, camino a la oficina, compraba el pan en la panadería francesa del centro de la ciudad. Ella, sí, ella. Alguna vez chocamos en la calle, y sentí el aroma de su perfume: de seguro Carolina Herrera, sí, de seguro. Tú, M, aquella que prefería desnudarse al entrar a casa. Lo supe todo de ti, todo lo que la distancia permite saber. Mas nunca te conocí. Sabía que te gustaba la comida japonesa (¿Cómo no suponerlo después de que ibas todos los fines de semana?), y que preferías a James Dean por encima de todos los mortales (¿Crees que nunca vi el afiche que estaba encima del televisor?). Supe todo lo que podía saber…así, a lo lejos, sumergido en la penumbra de algo que no merecía ver la luz.

Tal vez debí decírtelo. Me llamo Andrés, Andrés Herrera. Soltero, 25 años…

Pero no.

VI

La seguí hasta el hartazgo. Hasta saber todo lo que podía. Recopilé todos los datos que pude: Qué buscaba en un hombre, sus escritores favoritos (London, Poe, Baudelaire), sus películas favoritas (Apocalypse Now, Eraserhead, Barry Lyndon), sus más profundos miedos…y sí, la soledad, eso que le era tan propio, como todos los que transitábamos sin más por la ciudad. Olvidé decir que M era cliente habitual del Suburban, uno de estos lugares donde los náufragos encuentran navío hasta que llega la hora de volver a algún sitio. Ella era uno de ellos, pero tenía “hogar”. Sabía que, al final del día, siempre tenía su casa. Tenía un sitio a donde volver, amigos con los cuales hablar, un trabajo en el que se sentía satisfecha. Era parte de todos, pero sólo estaba ahí para observar. Observaba, desde el momento en que se sentaba en la barra hasta que decidía bailar con el primero que tuviese las agallas de pedirlo. Luego, sin más, se iba. Se iba para volver a donde siempre debía de haber estado. Aunque luego regresaba, y yo ya estaba allí.

Una de mis normas era nunca volver al mismo lugar…pero M me hizo revalidar aquella decisión. Sólo podía estar donde estaba ella, sólo allí. Solo, allí.

VII

Cualquiera hasta aquí creería que la amaba. Mas no. No la quería en lo más mínimo. No se puede amar si se olvida el propio rostro; menos aún, no se puede querer sino se tiene un lugar al cual volver al final del día. Tal vez la admiraba. Sí, “admiración” es la palabra. Ella estaba allí, como yo, tan sólo observando. Buscando algo que se extraña aún si nunca se ha tenido de frente. Pero seguía su vida, continuaba con el ritmo de una persona eminentemente productiva. Y yo no. Yo tan sólo caminaba, para luego regresar al viejo apartamento y dormir.

Por eso escribo ahora. Ayer, por fin, logré sentarme a su lado, y hablar:

-¿Vienes siempre, eh?- le dije, mientras señalaba al barman para que viniese hacia mí.

-¿Ah?- replicó, luego de volverse hacia donde yo estaba.

-Sí, te he visto un par de veces, aquí. En el bar…bailando, y tomando algunas copas.

-¿Te conozco?

-No, bueno, ttt-al vez. Te he visto un par de veces, aquí, y estuve tentado a hablarte- hice una seña de despedida, y me fui levantando del taburete.

-Tranquilo, quédate…-me dijo, sosteniendo mi muñeca con sus manos.

-Está bien.

-¿Sabes? Yo también te he visto. Aquí, y en muchos lugares.

-¿Ahh si?- contesté, sintiendo el ardor en la garganta y la sangre escurriéndose por los poros de la espalda.

-Sí. Te he visto desde mi ventana, mientras me quitaba la ropa o preparaba algo para comer. Te he visto en la esquina de mi oficina, sentado en el viejo parque. Siempre con gorra roja y gafas oscuras, ¿Eh?- y sonreía. Sonreía como si siempre lo hubiese sabido todo. Y no le importara, porque poco importa lo que alguien sin rostro puede llegar a observar.

-Mi-mmmierda.

-Siempre sales a las 4 de la mañana. Tomas una ducha rápida, cocinas un par de tostadas y luego te apuras a ir hacia mi casa. Esperas a que prenda la luz, y te asomas por el ventanal que da hacia la calle. Algunas veces entraste…dejé la puerta abierta de la ducha, nunca hiciste nada. Luego, tan sólo me seguías…y ese era tu día. ¿No es así?- y la memoria se empantanaba con viejos retazos de los días pasados. Allí estaba yo, viéndolo todo. Desde sus ojos, desde la nada que me señalaba sin recordarme siquiera quién era. ¿Acaso soy el espejo de los pasos de alguien más? ¡Puta vida! Y sí, ella sonreía…calculándolo todo.

-Sí…

-¿Sí qué?

-Soy yo.

-Siempre lo supe.

-Yo…

-Nada.

Y se fue, sin dejar siquiera rastro tras los strovers que se cruzaban en mis pupilas. Intenté volver a su casa, pero no…nunca pude volver. Los pasos se retrotraían al instante de empezar la marcha. Un par de veces, incluso, intenté llegar en un taxi. Pero fue imposible. Lo que había sido el edificio de M ahora era tan sólo un solar vacío en medio de una calle desolada. La vieja panadería y el restaurante japonés también se habían esfumado. Al preguntar a varios de los que, a mí juicio, parecían transeúntes habituales de la zona, me encontré con que nunca habían estado allí.

M no existía. Y no sé siquiera por qué le llamo así; si nunca conocí su nombre. M es la partícula de una vida que nunca existió: el retablo sobre el cual grabé los pasos de una vida que, siquiera, existió. Por eso escribo ahora, y por eso también los diarios escribieron sobre mí. “El hombre que deambula por el parque central”; “El loco de las avenidas de la muerte”; “M de Muerte”, rezaban los titulares de la prensa. Todos saben de mí, y yo soy parte de todos. Y no sé nada de mí. Y me llamo Andrés, Andrés Herrera…

Escribo, porque tal vez así encuentre algo sobre lo cual construir algo nuevo. Pero no, tan sólo soy Andrés, Andrés Herrera. 25 años, soltero. No sé a donde ir, ni siquiera  a donde volver. ¿Existió? ¿Fue real? ¿Qué mierda pasó aquí?

Y sigo escribiendo. Esperando a que sean las 10. Pero todo está muy blanco.

Y nunca.

Nunca

Entra la luz.

Un matrimonio feliz…

Cuadro de Velpister Peter Jensen

Dibujo de Velpister Peter Jensen.

Miguel nunca se asombraba. No tenía por qué. Aquello era la radiografía de sus días, el espejo que siempre lo dejaba pendiente. O más bien, en su propia e inclinada pendiente. María lo veía. Le pasaba un café. Inclinaba la bandeja sobre la mesa, lentamente, dejando que sus senos se escurriesen un poco más allá de la ingratitud del brassier.

-Amor… cuidado te caes- dijo Miguel, mientras sus ojos divagaban tras el balón. Se preguntaba si Milan sería mejor que Piqué, o si un hijo de Puyol podría ser igual de feo a su padre, eso sí, contando con la buena genética de su madre.

-Tranquilo, sólo quería traerte un café- contestó mientras se abultaba los senos contra el escote. En el suelo, una cucaracha se paseaba en dirección al sifón del baño  de huéspedes. “Tendré que arreglarlo”, pensó María. Siempre para sus adentros. Como si pensar fuese tan sólo un desliz de personalidad.

-Ya…gracias, bebe- exclamó Miguel, mientras su mano se estiraba en dirección al mullido culo de su esposa.

-¡Ay!, ¡Amor!-.

-Casillas no coge una, y el puto Barcelona está que nos lo clava-.

-¿Clavar?-.

– Sí, mierda… meter gol. No entiendes un carajo. Deberías ver fútbol, para ver si te culturizas-.

Piqué se la pasaba a Messi. Messi corría. Siempre corría. “Como un perro tras la pelota” pensaba María. Nunca lo decía. “¡COMO UN CRACK, MIERDA, COMO UN CRACK!” gritaba Miguel. “¿POR QUÉ MIERDA ES DEL BARCELONA? ¿POR QUÉ?” rugía Miguel. No lo entendía. La televisión enfocaba a Pep. “Puto Pep, ese sí que era un 5”. Pero el tenía a Mourinho, que no era más que un “portugués de mierda”. Lo odiaba.

-¡MARÍA, CARAJO! ¡QUIERO UNA PUTA CERVEZA!- dijo Miguel, viendo como un par de gotas de saliva se escurrían por el control del televisor.

-¡Ya voy, mi vida!- contestó María, bajándose un poco el escote y ajustándose la falda más a la cadera.

– El hijo de puta de Messi nos va a joder, ¡mi-mi-mierda! ¡MARÍA LA CERVEZA, ORCA MALPARIDA!-.

– ¿Qué me dijiste?- preguntó María.

– Mujer, mujer…sólo quiero una cerveza. Eso es todo. El resto me lo guardo. Si no te gusta, bien puedes largarte-.

– ¿Por qué nunca puedes decirme nada bonito, Migue?-.

– Si tuvieras un culo bonito, te lo recordaría todos los días- replicó Miguel, mientras se rascaba los testículos.

– Ya no eres el de…-.

– ¿El de qué?- interrumpió Miguel.

– El de…bueno- contestó María, mirando hacia el baño de huéspedes. El sifón parecía estar bien. Tal vez sólo era cuestión de llamar al fumigador. “No se puede vivir con cucarachas. Siempre terminan aplastadas” pensó- el de antes.-.

-Tú tampoco. Mira, te lo voy a poner así. Fácil. ¡SENCILLO!. Para que no me jodas. Yo trabajo. Tú no. Yo gano. Tú no. Yo quiero ver un PUTO PARTIDO CON CERVEZA, ¡Y MI MUJER NO SIRVE NI PARA ESO! ¡MIERDA, NO ERES SHAKIRA! ¡NO ERES NADA! ¡OTRA GORDA HIJA DE PUTA MANTENIDA Y DERRENGADA!-

Plaj/ajj/¡Ay!/¡PERRA DE MIERDA!/Tan sólo una caricia.Tan sólo un matrimonio.

-¡Miguel! ¡P-p-pero qué mierda!- gritó María, sintiendo su mejilla arder. El golpe había sido seco, preciso, muy de Miguel. Igual que sus piropos. Igual que los primeros besos.

-¡Eso sí te gusta! ¿No? ¡TE GUSTA, SÍ, ARRÁSTRATE, COMO UNA PUTA CUCARACHA!- contestó Miguel. Alzando de nuevo el brazo. María se retorcía. Sus ojos eran un par de canicas que se estallaban contra las ventanas del apartamento. Su boca era tan sólo un manchón rojo, una esquirla, un recuerdo perdido bajo las sábanas prematrimoniales.- ¡ANDA, VEN… ARRÁSTRATE, MUEVE EL CULO!-.

-¡Hijo de puta!- contestó María mientras veía a su marido. Miguel, el buen muchacho. El amigo de todos. El más querido del barrio. Aquel que dejaba el trabajo para llamarla, para enviarle un ramo de flores. El mismo que…

PUM/PUM/¡Ouj!/¡A MI NO ME INSULTAS, PERRA!/Los suspiros del primer bebé. 

Diciembre 24 de 1986.

– ¡Amor, ya casi está la comida!- dijo María tras tomar una copa de vino.

– Qué bien, ¡No puedo creer que sea nuestra primera navidad juntos!- contestó Miguel, acercándose lentamente a su mujer.

María. Su mujer. Aquella del cabello café. Ojos azules. Un culo hermoso. Y ni hablar de sus tetas. María, la mujer que siempre había merecido. La única capaz de ser su esposa. Su cintura era suave, delgada…eléctrica. Al tocarla, sus manos se escurrían y su boca volvía a la persecución: su boca le era esquiva. Sus labios se mecían entre los suyos, pero las lenguas no se tocaban. María, qué putita. Luego te rompo el culo. Iremos al estadio. No, no quiero muebles rosados para la sala. La nevera está bien… ¿Para qué más grande?, no, no quiero ir a donde tu mamá. La noche es para los dos…

La vida era para ambos. Pero no sé qué pasó.

Noviembre 10 del 2005.

-¡Me largo, no me aguanto más esto!-.

– Lárgate zorra…lárgate. Ve con tu mamá. Llórale al viejo hijo de puta que te parió- dijo mientras le pisaba la cara.

María odiaba esas botas. Las putas Brahma. Siempre tan fuertes. Brillar la punta de metal costaba su buen tiempo. Su tiempo no valía. Las botas costaban doscientos mil pesos, y eso que en descuento. “Una ganga, María…una ganga, cuídalas más que tu vida” contestaba Miguel cada vez que ella le decía que las lustrara él mismo. Eran pesadas. El metal pesaba, y eso que sólo estaba incrustado en la punta. Era frío. Sus manos lo sentían, siempre tras el trapo. No había querido conocerlas…al menos no, tan de cerca.

Praj/Tak/Tak/ Los sueños de un matrimonio.

No habían tenido hijos. No sabían por qué. Según Miguel, los médicos de la ciudad eran hinchas de Millonarios. Y si lo eran, sólo podían ser unos farsantes. “Unos mierdas, María…unos mierdas” contestaba cada vez que ella le sugería acudir a alguno. María no entendía muy bien qué era lo que pasaba. Se sentía joven, bella…sana. El sexo no dejaba de estremecerla. El empuje la condenaba a arquearse…sacudirse incrustada, saltando bajo la pendiente del pecho de su marido. Sus besos eran cálidos, potentes… lo sabía. El amor se escurría en hematomas, en pequeños cráteres que se abrían tras el paso del volcán. Saltaba… saltaba. Miguel se sacudía. La abrazaba fuerte, se escurría. Cerraba los ojos.

Ya fue, mi vida. Ya fue…

-¡TÚ SABES QUE NO PUEDES VIVIR SIN MÍ!-.

-¡Me largo! ¡Ya no seré más tu esclava, Miguel!-.

Tu/tu/PUM/El sonido del despertar. 

La puerta se cerró. Diecinueve años se habían ido al traste. Piqué se la tocaba a Xavi. Iniesta se iba por la banda. Pase a Messi. Pared con Iniesta. Villa en el área. Pedro acompaña.

-¡Y ya fue, señores!, Messi…centro, Villa, ¡GOOOOL! ¡GOOOOLAZO DEL BARCELONA! ¡VILLA A LOS OCHENTA Y SIETE! ¡Y EL REAL QUE NO RESPONDE!- Rugía el televisor.

María no contestó. El Real tampoco. La llamó. Cinco veces. Una por minuto. Añadieron dos. El partido se acabó. Su cerveza también. Fue al congelador. “Mierda…no hay cerveza” pensó. Se levantó, fue a la nevera. Vio el sticker de las compras sobre el mesón de la cocina. Lo leyó:

Para el supermercado:

  • Dos paquetes de cerveza: Águila o Costeña.
  • Tres pacas de Marlboro rojo.
  • Tocineta y huevos.
  • Tres botellas de aguardiente. Ojalá Néctar.
  • Dos botellas de vino tinto.

Era la letra de María. Era roja. La tinta era negra. No tenía nada… se había ido. No tenía nada… y ya habían cerrado el supermercado. No había respondido. El Real había perdido. Fue al baño, y prendió el último cigarrillo. Al final, los sorbos eran cada vez más rápidos. Al comienzo lentos, en la mitad constantes, luego fuertes, apretujados, rápidos…atosigados. Lo escupió. Y María se había ido. “¿Y ahora qué?”, pensó, mientras apagaba el televisor.

De las pajas y otras amistades.

barbet bukowski

“Joder, Allen,la vida no vale la pena, todos lo sabemos, y casi todo está mal, pero no podemos hacer nada al respecto, y vivir es el paraíso” Carta de Ginsberg a Jack Kerouac.

Acababa de perder un amigo. Lo sabía, esas mierdas nunca antes habían pasado. Yo nunca pensé en convertirme en una rata que apuñala por la espalda, menos aún con alguien que es como mi hermano. Menos pensé que todo se debiese a mi imprudencia, y en especial, a la vacía y vana “confianza” que creí existir entre Paola y yo. Paola, mi “gran” novia…

Me desperté con un calor asqueroso. Los rayos del sol parecían descomponerse con ira contra mi ventana, dejando un tenue vaho que con el tiempo se asemejaba al leve roce de un pedo hirviendo en una sala de sauna. Unas espesas gotas de sudor caían de mi espalda, tan espesas, que alcancé a creer que un adolescente celebrando sus quince se había venido en cálido y fuerte chorro sobre mi cuerpo. Menos mal no había sido así.

Caminé hacia la cocina, necesitaba un poco de agua. Sentía que mi garganta era una pared erosionada, irritada por la ingratitud del paisaje que la circundaba. Bebí…bebí un buen chorro, hasta que un fuerte terremoto sacudió mis entrañas. Sentí que andaba en una montaña rusa, y que los carritos chocaban contra las paredes de mi estómago, rebotando para todas partes. Como un buen puño, de esos que estallan los pulmones contra los huesos y lo dejan a uno tirado en el piso como un perro.

-UFFF…MIERDA. Casi muero.- dije luego de correr por toda la sala y depositar un hermoso mojón en la tasa del inodoro.

Ring/Ring/Ring/¡Quién será!/ Bruuu/ Los sonidos del culo en pleno ascenso.

– ¡Malparido! ¡Nunca pensé que me pudiera hacer eso! ¡Hijo de puta!- gritaba una voz conocida, corroída por la ira…por una rabia que yo no entendía, pero que luego compartiría. Era un hijo de puta, lo había sido, lo soy.

-¿Qué fue huevón? ¿Qué pasó? ¿Por qué está tan puto?- dije, intentando calmar a mi amigo- ¿Qué hice?.

– ¡Hágase el imbécil! ¡Usted sabe bien qué hizo!…- contestó, mientras golpeaba algo que parecía a madera. Si, seguramente era madera- ¿Por qué putas le contó eso a Paola?-.

-Pero qué- pregunté, mientras me subía los pantalones- ¿Qué fue lo que le conté a ella?-.

– Mis vainas…lo de Sofía. ¡Usted sabe que a mí esa mierda me parte el culo!- gritó, estallando en llanto. Le había dolido…yo era su único amigo, su hermano, y la había cagado.

Un sórdido silencio se apoderó de la conversación. Nadie hablaba, casi parecía que la línea se hubiese caído, que los teléfonos se  hubiesen perdido en el más alucinante trance y que necesitasen de un polo a tierra: un exorcista, siquiera un chamán que los trajera de vuelta. En el mundo todo seguía, mi cabeza era un laberinto de retazos: me veía tomando nuevamente en el jardín, gritando mierdas al cielo, abrazado a mi amigo en beodo afecto:

Noviembre 25 del 2005

-¡Imbécil…usted es co-como mi hermano!- gritaba, mientras se bajaba un largo sorbo de aguardiente.

-¡Usted también…en esto estamos juntos! ¡Para lo que necesite, ahí estaré!- contesté aquella noche, preso en la sinceridad que sólo el licor sabe brindar.

Enero 27 del 2007

– Ya, por fin se acabó esa mierda- dijo Miguel, mientras miraba el cartón de grado- Ahora toca trabajar, ver qué carajos hacemos en la vida…-.

-Si, bueno…igual ahí toca seguir, luchando contracorriente, como siempre- le dije, mientras las esquirlas de hielo del aguardiente rozaban con contundencia las paredes de mi garganta- ¡bruhghgh! ¡Ah-jhora nos toca seguir…el mundo siempre está bien, siempre, desde que uno esté con los hermanos!…

Y no me equivoqué. Aún creo que estoy en lo cierto.

Nunca fui un tipo de muchos amigos, pero Miguel siempre me había dado su mano. Fuera en las buenas, o en las malas, siempre había estado cerca brindándome su apoyo. Nunca pensé en cagarla, pero en la vida muchas son las acciones que, previsibles o imprevisibles, terminan por romper la frágil burbuja de afecto que ata a los más cercanos seres. Constantemente he pensado que la amistad, lejos de ser algo místico, es el nexo que une a dos personas que decidieron seguir su vida, sin más promesas que las acciones que se ejecutan en beneficio de ambos; curiosamente, de manera desinteresada. Sin esperar más que un buen insulto, o una buena cerveza de vez en cuando.

Diciembre 24 del 2011

– ¡Yo a esa hiju-jueputa la amo!- dije tras un corto sorbo de whiskey que acababa de sepultarme esa noche.

-¡Frress-co, igual el tiempo pasa…igual LAS PUTAS ZORRAS! ¡ESAS PASSAN, SE PASEAN POR MIL VERGAS DIFERENTES-.

– ¿Eso e-es consuel-o?- pregunté, intentando calmar el mareo.

– ¡Jaajj! ¡El mejor de to-oodos!-.

– ¡Lo mejor si-m-empre serán las pajas!- grité, alzando la cerveza. Viendo como la espuma chorreaba las paredes del apartamento… sin que me importara.

BRUUHHHJJJ/AJJUAJJ/¡ME VOMITÓ LA PUTA CHAQUETA!/¡Que pena, Mig-uburuty/ ¡JUUUEPUTA!/El peso de los recuerdos lacerando con fuerza.

Domingo 13 del 2013

-¿Para qué mierda le dijiste eso a Sofía?- pregunté, sintiendo como de mi boca se desprendían pequeñas esquirlas de saliva golpeaban el teléfono.

-¡No lo dije con mala fe… pero entiende, Andrés, ella es mi amiga! ¡Tenía que contarle!-Respondió aquella morena de sonrisa cálida, pero para mi desgracia, poco sincera.

-¡Jajajajaja! ¡Y yo le cuento a Miguel las mordidas que le pegas a mi puta verga! ¿Acaso le cuento esa mierda?- grité.

– No, pero no es eso..- respondió con cierto deje en la voz, como si fuese a llorar- ¡No seas así!-.

– ¡SOY COMO SE ME DA LA PUTA GANA, Y TÚ LO SABES, MIERDA!-.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la rabia rompiendo las paredes.

Me senté, tiré el teléfono hacia un lado. “A la mierda los celulares, sólo sirven para joderle a uno la vida” pensé, mientras aquel aparato se desparramaba contra la pared. Los pedazos volaban, y con cada trozo que caía al suelo, un nuevo recuerdo afloraba. Sentía unas ganas asquerosas de cerveza, ojalá de un licor más fuerte. No tenía, no lo había.

Ring/Ring/¿Quién mierda llama al teléfono de la casa?/La duda ante la realidad.

-¿Haló?-.

– Quiubo…- Respondió Miguel.

-¿Qué más?-.

– Ya más tranquilo…-.

– Que pena, de verdad, la cagué… no debí haber dicho eso-.

– Sí, bueno… ya pasó-.

-Me alegra escuchar eso-.

– ¿Qué, hoy unas cervezas?-.

-¡De una!-.

Y me levanté. Al final, uno siempre está solo, inserto en los problemas y aturdido por los golpes que a la mandíbula le profiere la vida y sus víboras, esas que con gesto amable se acercan, con palabras bonitas, maquillaje que se borra con la mínima gota de agua, como mierda que se esparce en una noche lluviosa. Después de todo, sólo se tiene el afecto de las cervezas, de las incontables acciones que suceden entre dos sujetos que, para su gracia o desgracia, se conocieron en el camino. En el camino que nadie quiere…pero que es el que se transita. El que toca transitar. “Al final, un amigo es como una buena paja: es lo único que queda”, me dije para mis adentros. Y entonces vi  a Jenna saltar sobre un negro, y me metí a bañar. “Ojalá hoy tengamos buen trago”, pensé, mientras el agua caía. Mientras con ella, al menos un problema se diluía.

En un pueblo cualquiera…

PAISAJE DE NEIVA

“En un país donde mandan los cerdos, todos los cerdos suben rápido… y los demás vamos jodidos, si no somos capaces de coordinar nuestras acciones: no necesariamente para Ganar, sino más que nada para no Perder del todo. Nos lo debemos a nosotros mismos, y a esa tullida imagen que tenemos de nosotros como algo mejor que una nación de ovejas aterradas… pero, sobre todo, se lo debemos a nuestros hijos, que tendrán que vivir con nuestra derrota y todas sus consecuencias a largo plazo”
 
Hunter S. Thompson.

En un pueblo cualquiera, azotado por el bramido de cuarenta y cinco grados centígrados sobre los rostros de sus habitantes, Infierno González caminaba. En su recorrido, guturales aullidos brotaban de su boca, conjugados con un olor a queso rancio y fríjoles descompuestos.

–          ¡Pueblo que Niebla! ¡Llegó su salvadora!- gritaba, extraviada, con los ojos en franca posesión lunática.

Nadie salía. El sol era tal que la gente prefería revolcarse en sus cuartos, bajo el aullido de los aires acondicionados. Sólo unas pocas señoras incautas, que en ese momento regaban las plantas de sus antejardines, se fijaron en el espectáculo. Ellas y don José, oriundo de la ciudad y tendero de confianza de toda la población.

-¡Pueblo que Niebla! ¡He venido a acabar este infortunio!- sollozaba, mientras algunas lágrimas de sangre (que luego se descubriría que eran de salsa de tomate diluida) brotaban de su rostro-  ¡Es momento de que veamos nuevamente la luz del sol!-.

– ¿A qué se refiere, Infiernito?- preguntó Doña Mantenida, mientras acariciaba su girasol favorito.

– ¡Doña Mantenida! ¡La niebla nos está matando! ¡La niebla y la lluvia!- gimió aquella, mientras un leve sudor se empezaba a asomar por sus axilas.

– Pero Infiernito, hija, si aquí nunca llueve…-contestó dicha señora, mientras conectaba su manguera al grifo- mire mijita, ya ni siquiera sale agua de la llave-.

– ¡Entonces, aparte de quitar la niebla y la lluvia, removeré el sol…y daré agua a toda la población, de este pueblo que niebla, y que todo hasta aquí me dio!- contestó aquella, sonriendo y mirando en todas las direcciones. Las señoras, amas de casa en su mayoría, celebraron con gritos de júbilo las propuestas de su vecina.

Y así siguió. Fue pasando por todas las calles de la ciudad, y a cada quién, como buena mesías, le prometía la salvación. A don Julio y demás cultivadores de arroz, les propuso eliminar las plagas que asolaban sus cultivos y triplicar las ganancias recibidas. A Don Julián Tavera, ingeniero de discutida reputación, le propuso adjudicarle todos los contratos que surgieran en su gobierno, a cambio de una pequeña contraprestación que se usaría, decía aquella tras varias risas y unos buenos pedos bucales, “en el mantenimiento de mi boca. Ya sabe, los políticos hablamos mierda, pero tampoco podemos destilarla”. Y así con todos. A los niños daba dulces, al resto de políticos de la ciudad algunas dádivas, que variaban dependiendo del caso. Eso sí, nadie perdía…

Nadie, excepto la ciudad, perdía.

Y así quedó electa. Tras un festín de lechona, aguardiente, ladrillos, prostitutas, Infierno González sería congraciada por la ciudad como gobernante in detrimento vitalicio. Como buena abogada que era, en su discurso fue enfática:

“Hasta que no logre arreglar mi problema bucal, no hablaré…estaré callada, meditando los millones de dólares que rob/usaré en el progreso de la ciudad. Pueblo que Niebla, erradicaré, no sólo la lluvia, también el río, las praderas, los cultivos de arroz, las obras públicas, el sol, la dicha, los niños, la educación. Si me proponen traer un mar, tampoco lo dejaré. En este pueblo nadie merece nada, excepto verme a mí…cagando plata”.

Todos aplaudían. El aguardiente hacía efecto, y de los rostros de los habitantes  del pueblo surgía una sonrisa perdida que, en conjunto con unos ojos brillantes y desviados, conjuraba el advenimiento del nuevo mesías. Los pocos sobrios, un poco confusos por las palabras de la indignataria, intentaban hacer sentir su descontento, más las prostitutas los callaban con profundos besos que terminaban en lengüetazos directo a los cuellos. Pronto, se les veía confusos, aturdidos, con el labial escurrido por toda la cara y con pequeñas cortaduras en la garganta, de donde un manantial de sangre brotaba. Infierno al ver aquella digna oportunidad económica, postró a dos de sus lacayos (reconocidos periodistas del lugar) a que colocasen baldes bajo las gargantas, a fin de luego vender la sangre.

“Todo vale, mis amigos. Todo vale…y en donde hay un político, hay un negocio” contestaba a sus esbirros.

Y las madres gritaban, y el pueblo rebosante de aguardiente se conjuró en una bella orgía que desató la magia más “opita” de todas: Don Juan con doña Carmelina, luego don Aristóbulo con la mencionada, Carmelina con Adriana, Adriana nuevamente con Juan, Sonia con Evaristo, Evaristo con su hija…y así, en tan magno lazo, el Pueblo que Niebla estrechó sus nexos bajo la hermosa cinta roja de los destellos carnales.

Pero nadie tocaba a Infierno. Los más borrachos (y valientes) lo intentaban, pero su aliento era tal que un dragón de Komodo era un principiante en términos de descomposición bucal.  Aquella, en su desespero, intentó pagarle a las prostitutas para que la besasen, pero aquellas, confundidas por la anterior orden de desangrar a los sobrios, se vieron escasas, y valga aclarar, poco entusiastas con la idea. Infierno, desesperada, introdujo sus viscosos dedos bajo la falda, y gritó:

-Pueblo que Niebla, les he dado todo, les he dado nada. Aquí me tienen, y con estos dos dedos, cierro la velada…ya mañana haré de este cielo un lugar para Infierno-.

Y se fue, rodeada de diez mil escoltas cargados con armas de asalto. Pero, fue allí donde alguien gritó más que todos:

–          ¡Doña Infierno, sepa que aunque Pueblo que Niebla esté sumergido en todo esto, yo aún estoy armado, y dispuesto a defenderme!- gritó Don José, el tendero, con un viejo Colt que había sido de su abuelo.

–          ¡Pero tranquilo, Josesito! ¡Si yo lo que tengo son diez mil motivos para que usted esté conmigo!- dijo Infierno, depositando diez mil billetes de dudosa originalidad en el bolsillo del tendero.

–          ¡A mí no me compra, yo soy un ciudadano de bien!- gritaba el hombre, mientras los escoltas lo amordazaban y le introducían los billetes por su recto.

–          ¡Ya mañana trataremos de “enderezar” un poco mejor las cosas, Josesito!- escupió la gobernante, mientras se alejaba a su mansión en Ciudad Patraña, vecino condado donde los políticos vivían.

Y de repente nevó, y el pueblo calló. A las seis de la mañana el sol salió, y tras varios ladrillos, poco a poco todos vieron que un nuevo gobierno llegó: Infierno era tan sólo otro nombre para denominar a lo que en mi tiempo, se le decía corrupción.

El espantapájaros.

Detrás de todo nos escudamos
Inmersos en la seguridad de la nada
En la oscuridad de nuestros propios placeres
Nos vemos abrigados
Descansados y nunca apesadumbrados
Deseamos los días en que jamás pensamos
Perdidos, escudados.

Seguimos allí
Extraviados ante nuestros ojos
Detrás de las esfinges que edificamos
De la seguridad de nuestra casa
Llave en mano
Puerta cerrada
Nos armamos con mil balas
Y no podemos sonreír
El miedo es tal que la risa
Es tan sólo un devenir de la desdicha
Que se cuece en la intranquilidad
Con el respiro
Tras el fracaso de nuestra realidad.

Tras ello nos vemos refugiados
Sentimos la sangre hirviendo y el temor
Nos sacude el más mínimo ruido
Tiembla nuestra razón
Con calmantes, sedantes
Pastas para calmar la desazón
Sentimos el peso de la cobija
Prendemos el televisor

Somos libres, así el mundo se pudra a nuestro alrededor.

Y al final
A nadie le importa
Si vivimos
Si la luna amanecerá
Detrás de todo
Nos escondemos tras el maizal
Un espantapájaros
Creamos para siempre abandonar

Nuestras alas cortas
La dicha que está más allá del respirar.