Noche

Kirchner (15)

Empieza a resultarme extraña
Esta calle, sus esquinas,
La transito rápido e indistinto
Cada paso es un reclamo contra el tiempo,
Cada suspiro es un insulto contra mí mismo.

Desespero, arranco con la boca la hiel
De mis orillas,
La piel, cercenada y rojiza,
Estalla entre mis dientes:
No sabe a nada,
A nada más que risa.

Camino de frente al cielo
Piso estrellas y girasoles,
Son baldosas que no conocen mi fiesta,
Mi baile particular,
Y mis pies se deslizan sobre el viejo
Tapete negro,
Que no alcanzaban mis ojos.

Soy otra luz en el firmamento,
El dolor de una madrugada,
El aullido de un perro que ya
Se ha ido, que no
encuentra su casa.

Ladro de cara a las estrellas,
Mi rostro se baña en rocío,
Espero a que amanezca,
Mis palabras son fuego que
Escribe crepitando,
Riendo y llorando mientras
Siento la madera.

Y sé que, en algún momento,
Hasta la noche teme,
Su suspiro es el abrazo del
Sonámbulo,
Que se estrella con la almohada.

La noche sabrá vencerme,
Sus besos serán fríos.
Cuando ya no hayan estrellas,
Buscaré cobijo en las esquinas
Del corazón,
Ladrando y mordiendo basura
Seré querido.

Esperaré el fin de mi baile,
Las estrellas me conocen
Solo,
Mis ojos serpentean su brillo
Ninguno sabe de alegría.

El sonido de mis pasos

KIRCHNER AUTORETRATO CON MUCHACHAS 1914-15.EXPRESIONISMO

Cada vez que miro para atrás
La gente sigue con sus saltos
Y en los andenes,
Los pasos no retumban.

Cada vez que miro para atrás
La gente acelera,
Se siente el quiebre de sus piernas
Mientras perros orinan en las esquinas
Y alguien se detiene al pasar.

Cada vez que miro para atrás
Los pasos se apretujan sobre la baldosa
Y de vez en cuando una se levanta
escurre agua por los lados,
Como sangre a presión
Como saliva entre la risa
Como un abrazo de madre
Como el beso de un muerto
Como el lamido del perro
Como alguien que grita
Para no ser oído.

Cada vez que miro para atrás
me detengo en mis pasos,
miro hacia el suelo
Busco no quebrar las baldosas,
Que sustentan mi camino…
No quiero temblar.

Cuando miro para atrás
Y no hay nadie que me vea
(Nadie que me oiga)
Me detengo en el sonido de mis pasos
En el quiebre de mis hojas.

Dicen de dónde vengo
Saben adonde habré ido,
Se precipitan a la muerte
Me entregan un latido.

Sigo caminando
Recostándome a mis espaldas
Para no escuchar el ruido.

El perro de los ojos azules.

04-Edvard Munch-Head of a Dog. 1930s. Oil on canvas. 46 x 38 cm. Munch Museum, Oslo, Norway

Baste aclarar que los perros son los seres más nobles
Hermosos, leales
De todo lo que hay.
El lado oscuro de la moneda:
En el otro se mata la humanidad.

“And we sleep together like
that
with our
secret pact
and it’s nice enough to
make a man
weep, but I don’t
weep, do
you? ” Charles Bukowski.

Hay un pájaro azul en mi corazón
Que nunca salió
Lo dijo Hank
Primero
Mucho mejor que
Lo que podría llegar a decirlo
Yo.

Pero, digamos, que tengo el perro de azul
El perro de los ojos azules
Que se clava en mis pupilas
Y me hace volver…
Volver sobre los pasos
Escarbar sobre las huellas
Cortarme con las piedras
Del viejo cementerio.

El perro de los ojos azules me sonríe
En imágenes pasadas, imágenes que se cruzaban
Con otras de aguardiente, anís, gente que se quebraba
Al instante de aparecer
Como cristales impolutos,
Que no estaban ahí, que no podrían soportar
El paso de los días.
Y un mundo que se abría de piernas
Para que lo penetrara.

El perro de los ojos azules me miraba
Me enseñó a amar
Y con eso me dio un trago
De autodestrucción.

El dolor y el amor
Servidos en una copa
El amor iba primero
Un amor tranquilo, sereno,
Con demasiado por hacer
Con todo por hacer
Y lo otro, que vino después
Me sentó de lleno
Me enseñó a temblar

Me puso en mi sitio
Me trajo oscuridad.

Pero a la vez cierta calma
Los días de sol, de 40 grados de angustia
Se trasladaron por áridas montañas
De 20 grados.

La ciudad trajo otra gente
Otra vida
La misma rabia,
Un nuevo dolor,
Lo mismo de siempre.

Pero nunca olvidé al perro de los ojos azules
Me lo enseñó todo
Me dejó cicatrices
Nunca las lamió
Eran carne cruda
En descomposición.

Y entonces
Bukowski lo dijo primero.

El pájaro azul.

Yo me quedo con el perro
De largos cabellos ondulados
Hebras castañas que llegaron a amarrar
La locura
Dejarla en tranquilidad.

Ella no lloró.
Yo fui el que lloré.

No había nadie más
Puede que otros.

¿Lloraré, otra vez?
Le pregunto a Hank
Para que conteste
Con otro animal.

Me lo sigo preguntando
Tras cada sorbo de anís.
Me lo sigo preguntando
Cada fin de año
Mordiendo las uvas
Para luego escupir.

¿Amaré?
Es la moneda
La que está por caer.

La muerte a las espaldas.

klee paul

Una cosa y la otra llevaron a nada. Juan se estremecía nada más de ver lo que nos había pasado: Ahí, en medio de todo, hablando de nada. Ambos balbuceando al sabor de un café que cada vez estaba más espeso. Las palabras eran cortas, distantes…la gente pasaba a nuestros lados. Todo parecía ir demasiado rápido y nosotros estábamos demasiado estáticos. Me encontraba bebiendo un sorbo, cuando él se dispuso a hablar:

-Esa vaina nos va a matar- dijo, mientras miraba hacia todas partes.

-¿Qué cosa?

-Tú ya sabes, no preguntes por preguntar.

Al fondo, la radio sonaba con potencia. Una vieja canción de Motley Crüe tronaba al fondo. Si la memoria no me falla, como casi todo en estos días, sería Home sweet home. Me recordó a mi ciudad natal. Al sur, tan al sur que el sol golpea de frente y la gente anda sin pantalón largo y saco. La gente sonríe, porque con el calor, sonreír es lo que queda. Y ahí estaba yo: En medio de un bar, hablando de nada, viendo a la gente pasar, tomando un café amargo y espeso.

-Nos va a matar…-repitió.

-Nada, hombre- le dije- No hay nada que nos pueda matar. Al menos nada que llegue de improvisto.

-¿Te das cuenta de lo que dices?

-Sí-contesté, buscando con los ojos algún rostro, alguna seña amiga en medio de lo desconocido. Rostros uniformes se mecían de mesa a mesa, rostros con vestidos diferentes que hablaban de lo mismo y miraban de la misma manera.

– No lo sabes. Y nunca lo sabrás.

 

Juan era de esos tipos que poco hablaba. Sus gestos eran el retrato del malestar o del aprecio, de lo cercano y de lo ajeno. Uno sabía que era sincero porque todo le causaba una impresión inmediata; y la impresión se repetía con la misma experiencia vivida. Habíamos sido amigos por veinte años. Veinte años que se dividían en demasiados recuerdos, en demasiadas vivencias, tristezas, alegrías, vergüenzas. Sobre todo vergüenzas. La amistad era burlarse de la vergüenza ajena. Era saber que siempre se tenía un espejo en el cual visualizar las carencias propias. Si ser amigo no era conformarse con lo precario de la propia vida, nada podía serlo. Juan lo sabía. Yo, Miguel Sánchez, también lo sabía.

– Fue culpa de la mujer- decía, señalando con el cigarrillo hacia el suelo- Fue culpa de la mujer, Miguel. Y ahora ya sólo nos tenemos a nosotros.

– Pues si…-contesté- pero no es sólo eso. No es sólo eso, hombre. Desde hacía tiempo todo estaba muy mal. Muy mal, Juan. Tan mal que hoy ya ni podemos hablar de eso.

– ¿Qué queda, hermano?- gimió mientras prendía el siguiente cigarro- ¿Qué queda?

-Pues no mucho. Sólo nos queda luchar.

María había sido nuestra amiga desde hacía unos diez años. Se había ido hacía unos pocos días. Había muerto. Y la gente poco la mencionaba, pero para nosotros seguía tan viva como la tristeza, como la sonrisa de estar disfrutando de la compañía del otro. Juan siempre la había querido. La quería…y nunca se lo había dicho. Ella lo sabía. Esas cosas, no sé cómo, ella siempre las sabía.

– Deberíamos quemarlo todo.

-¿Quemarlo?

-Sí, quemarlo.

-No comprendo qué quieres decir.

-Deberías alejarnos, hermano- contestó Juan- Alejarnos y seguir cada uno con su vida.

– Pero es que ahora es cuando…

-Cuando nada. María lo era todo.

Nos despedimos, y salimos cada uno por su lado. Juan tomó la quinta y avanzó, creo, hasta la sexta, de allí iría hacia su casa. Yo cogí la derecha, y al final no llegué a otro sitio más que un viejo bar de Hard-Rock donde me emborrachaba cuando era joven. Pedí una Poker, y me senté.

-¡Ehh!! ¡Miguel!- gritó una vez aguda que venía del fondo.

– ¡Catalina!

-¡Hombre! ¡Cuánto tiempo!

-Sí…demasiado, diría yo.

-¿Cómo te ha ido? ¿Qué ha sido de tu vida?

-Nada… pues bien, igual que siempre.

Catalina había sido mi vecina durante unos diez años. Habíamos hablado un par de veces, e incluso, alguna vez intercambiamos unos discos de heavy. Nunca nada pasó de allí. Y ahí estábamos ahora. Dos perfectos desconocidos jugando a ser los mejores amigos.  Las cervezas transcurrieron, y los recuerdos se refugiaron en rostros y canciones genéricas, de acordes precisos y monótonos que no quebraban nada. La gente era una masa uniforme que se desplazaba hacia los rincones más inesperados de la cabeza. Rostros sonrientes, maliciosos, hervientes… con el dolor entre los ojos y las miradas extraviadas.

Cerveza.
Cerveza.
Cerveza.

Glup
Glup
Glup.

Me despedí de ella. Estaba ahí, tirada, viendo hacia la nada. Dormida. Ya no quedaba mucho. Compré un sorbo de aguardiente, y caminé. Caminé mientras la luna gritaba bien arriba, y en la cabeza la vida estallaba. Hay que estar lleno de vida para morir con los ojos abiertos. Llenos de vida están los muertos que se han resignado. La vida es lo que les duele. Les duele tanto que nunca se suicidan.

Las luces de las farolas temblaban. Temblaban bajo cuarenta grados de calor. Bajo la vida que se escurre, y sólo queda otro sorbo. Bebía sin más que la memoria automática, el reflejo de la casa, el perro esperándome en la entrada. Bebía con los pasos a la espalda, y la vida por delante. Llegó un punto en el que no pude, y me lancé sobre la acera. Dormí. Dormí y no recordé nada. Un perro se colaba en mi retina, batiendo su cola.

-No han ssii-do buenos días.

-No lo hannn sido.

Y el animal sólo me miraba.

-¿Qué nos queda?- le pregunté.

Y corrió. Corrió como si hubiese visto a la muerte. Bebí otro trago. María me miraba. María, la que escuchaba Iron Maiden y algo de los Guns. María, la misma María de Pablo. La mía. María. Ahí estábamos sentados. Cerré los ojos. A lo lejos, el perro bebía de un charco. Sus ojos brillaban… se incineraban frente al agua.

Y el anís me quemaba la garganta, y las vísceras se retorcían. Respiré.

– Nadie pudde matarnos, perro- Le dije, mientras me mandaba una mano al bolsillo- Nadie puede matar al que le falta un trr-ago.

Estaba frío. El bolsillo estaba frío. Luego no sentí nada.