Lágrimas en el cielo

HopperEdward-ElevenAM-Mujerdesnudae

Las gotas que se estrellan contra la ventana
Deseando entrar, abrir una puerta,
La puerta que no conozco,
Pero que sé que existe.

Las gotas estallan, no sólo contra el cristal,
También contra la cabeza
Y devuelven la certeza
De que nada va a cambiar
Que si todo sigue igual,
Algo debe estar por morir
Y ya no se podrá seguir
Aquí.

Se escurren contra la ventana
Suplicantes, deseando escurrirse por las vísceras
Yo sólo miro
El cristal.

Me entretengo con su muerte,
Con el hecho de que, tal vez,
Así se escurre la carne
Contra la tierra
En suspirantes latidos agonizantes
Contra el cristal de la memoria.

Y la gente llora
Como no se ríe
Cuando el cielo se lamenta.

Miro las gotas
A falta de sangre.
A falta de memoria
A falta de alguien más
A quién mirar.

A falta de un consuelo
A falta de una sonrisa que se esgrima
De cara al sol.

Miro las gotas
A falta de ser.

El cielo que gime
Y yo que me quedo
Viendo la ventana.
Susurrándole a la vida
Que se acuerde…
De mí.

Mientras escribo pretextos
Para seguir así.

Advertisements

From Neiva, con amor.

Neiva

I

Tengo quince años, o bueno, eso al menos es lo que me han dicho. Quince recién cumplidos. Según el cálculo, debo de tenerlos. Nací el 2 de Junio de 1990, y es el año 2005. Debo tenerlos. Pero poco se recuerda cuando se empieza a vivir, igual que se imposibilita el recordar los días que siguen a la muerte. Entonces digo que tengo quince años, para no entrar en dudas que no puedo contestar.

El verdadero problema está cuando se quiere licor.

-¿Cédula de ciudadanía?- pregunta el tendero. Un tipo de unos veinticinco años, de piel morena y barba espesa.

Lo miro a los ojos. Lo suelto sin más:

-Dieciocho-digo, tras un terremoto en el “ocho”. La garganta ha fallado. -No, mierda…

-Es menor de edad- contesta.

-Sí.

– Bueno, son quince mil.

Desembolso el dinero, y me alejo contento.

La botella ha costado cinco mil pesos más, pero bueno, eso no importa. Somos varios, y la ansiedad se ciñe a los rostros. La gente mece las piernas, las sacude con la fuerza de mil cucarachas asesinándose entre sí. Me miran. Me miran con aparente calma. Los dientes les rechinan como si fuesen a implosionar. Todo es cuestión de tiempo. Los miro, y lo suelto sin más:

-Costó quince mil…subió de precio hace poco.

-¡Qué va!- contesta Julián.

Lo miro, y bajo la cabeza.

-Sin barba no creen una mierda- replica Juan Diego.

– Sin barba…- contesto.

Nos quedamos en silencio. Las mariposas danzan en la noche, tocándose y apartándose, como si fuese la corriente del viento la que las alejase de manera constante. Miramos hacia el cielo. Un par de estrellas. Demasiadas. Demasiadas estrellas. La luna pareciera querer absorberlas a todas. Miramos hacia allí. Nos quedamos un buen rato en eso, hasta que Juan interrumpe:

-¡Puta! ¿Alguien sabe abrir esta mierda?

Y entonces volvemos a la botella.

II

“Todo sea por la cerveza”, gime Daniel. Lo grita como si fuese a morir tras las palabras. Necesitamos anotar tres goles. Tres goles, y ganaremos una canasta de cerveza. Treinta botellas sudando bajo el peso de su propia temperatura. Pienso en eso, hasta que Bernardo desenfunda un tiro desde la esquina izquierda de la cancha. Me lanzo sin pensar en la caída, con los ojos fijos en la pelota y la mente puesta en la cerveza. Me la imagino cayendo por la garganta. Estiro un poco más los brazos.

PUM.

PUM.

CLOKJJ.

-¡UFF!-grita Daniel.

-Mierda…-atina a decir Gustavo.

-Nos salvamos- contesto. De manera maquinal. La pelota se desliza por el lado contrario de la cancha. El palo retumba… como si el peso de sus días fuese a desmoronarlo.

Perdemos el partido. Lo perdemos por tres goles más. Nos miramos a los rostros.

-Bueno…otra vez será- dice Daniel. Mira hacia el suelo. Es demasiado bueno para el resto de nosotros.

-No tuvimos suerte- contesto.

-Sí… como que últimamente no tenemos suerte.

-Sí…

Y pienso en ella. Hace unos días la había invitado a salir. Me rechazó, y siguió bailando. Me sentí un imbécil. Perder es siempre ceder…hasta que uno ya no se acuerda de qué era ganar. Pero eso es la vida: se va moldeando el carácter, se va perdiendo el ímpetu…hasta que, un día,  ya no se recuerda nada más; aparte de  lo que debe hacerse al día siguiente. Y se sonríe…para no llorar.

Un perro ladra en la calle. Me pregunto por la sencillez de los días pasados. “Diecisiete”, repito, de manera maquinal.

“Diecisiete”.

“Diecisiete”.

Y vengo perdiendo desde hace tiempo, y debo escoger qué haré por el resto de mi vida. La universidad será una mierda, si ni siquiera puedo ganar un partido de micro-fútbol.

De seguro me voy a equivocar. De seguro.

Guardo los guantes, y me alejo caminando. La noche me cobija y el sudor se escurre por el cuerpo. He tirado el dinero de la apuesta sobre la maleta de Gustavo. Me tiemblan las piernas. Me tiemblan… como si fuesen mi consciencia.

III

Escojo ser abogado a falta de talento alguno. Siempre quise ser cantante, pero no, mi voz era el resultado de mi pereza: lánguida, desgastada por un rasgado que en nada se asemejaba al de Axel Rose, siquiera al de Belladona.  También quise estudiar literatura, o filosofía, pero mis padres esperaban que yo fuese alguien con mucho dinero y poder. “Escojo ser abogado a falta de dignidad”, pienso, mientras termino de llenar el formulario de inscripción.

Lo relleno sin pensar demasiado. Todo conduce a mis padres: sus ocupaciones, edades, capacidad para pagar la matrícula…

No preguntan por mí. Y está bien.

Lo dejo sobre la mesa. Una señora me mira. La miro. Nos miramos. Tiene una verruga en la cara. Nota mi fijación en aquel punto negro, rodeado de pelos aún más negros. Se retuerce, centra sus ojos en mi acné. Sonríe.

-Entrevista a las dos de la tarde- contesta. El estrépito del sello contra la hoja me dice que algo está ocurriendo. Que ya no hay vuelta atrás.

Sonríe.

Sonrío.

Me alejo corriendo. Tomo el bus.

Lanzo todo nada más entrar al apartamento: la maleta, un par de avisos publicitarios que se desparraman sobre el suelo de madera. Aún no es mi casa, pero tendré que acostumbrarme a llamarle así. Aunque sea a fuerza de la costumbre. Me bajo la bragueta, y la sujeto con fuerza. Sé qué va a llegar.

Me limpio con los avisos. Bajo el líquido, una mujer sonríe. Me ama. Me invita a amar la universidad.

IV

Han pasado 5 años desde que entré a la Universidad. Tengo 23, o bueno, eso creo, a falta de información más precisa. La edad no dice mucho: una talla más de pantalón, un par de vellos negros sobre la cara. El cabello más corto. Y nada más para contar.

Ahora estudio Filosofía, Filosofía y Derecho. Juré graduarme algún día, y me levanto con la firme convicción de lograrlo, al menos, la mayoría de los días. Es domingo…en la noche, y sí, mañana será complicado. La semana siempre es complicada…sobre todo si se tienen que llevar casos judiciales. El derecho, lejos de legitimar la vida del hombre, lo enfrenta a lo que no debiese ver: burocracia estúpida, gente estúpida, casos estúpidos, problemas estúpidos…y nada de inconformidad. La gente está contenta, porque es más fácil ser estúpido y llevar esa clase de problemas, que lidiar con cuestiones más complicadas.

Porque me complico demasiado, tiendo a perder. Y pierdo desde hace un buen tiempo. Pierdo los casos a sabiendas de lo fácil que es. Y entonces, al mirar a los ojos a los jefes, a esa gente que pierde sus días encerrados en esa oficina, mirando para el techo, meciéndose en medio de casos que poco importan, de gente que nada vale, de gente como yo… sin mirar siquiera a la calle, repito: “yo soy el error”.

“Yo soy el error”.

Tal vez, seguramente, yo seré el imbécil. Y en una sociedad de ganadores, soy un perdedor.

“Soy el error”.

Reviso la carpeta de los procesos…y me propongo hacerlo bien esta vez.

Ring/Ring/Conmoción

-¿Haló?- exclamo.

-Sí, ¿David?

-Sí, con el.

-Ah…-replica, tras sorber un poco de aire- ¿Todo bien?

-Sí…

-Quería saludarte. Saber cómo estabas.

Ella. Sonrío. De vez en cuando, se tiene una buena oportunidad. Y el mundo pareciera sonreír, y la gente pareciera ser un poco más amable, y los perros ya no muerden, y los gatos no se cagan sobre la ventana de la habitación. Y entonces, uno siente que es momento de reivindicación, y sonríe, esperando que pase algo más, y que los días devuelvan algo que disuelva la inconformidad.

Nunca ocurre, pero se sigue esperando. “Esperar, del sustantivo esperanza”.

-Todo bien-contesto- Sí…pues he estado ocupado.

-Claro…debe ser difícil estudiar dos carreras.

-Bueno, no tanto…cualquiera es abogado.

-Pero filosofía debe ser pesadísima, ¿no?

-Uno termina por acostumbrarse…

-Qué bueno…

Hablamos de todo un poco. De nada. Hablamos de nada a falta de un todo que respalde las palabras. La quiero, la quiero más que cualquier recuerdo que haya tenido antes. La quiero a falta de un suceso más dignificante en una vida diluida por grises pálidos. Por un par de mordidas y un par de risas estruendosas. La quiero como si fuese de día. La quiero a falta de un momento de tranquilidad. Beso sus labios, a pesar de no haberlos tocado nunca. Los beso, recordando. Y la quiero con eso, y con todo lo que nunca pude vivir.

– Te quiero- le digo, justo antes de colgar.

-Y-yo también- contesta, a falta de algo mejor qué decir.

Me quedo con eso. Me quedo con eso. A pesar de todo, y gracias a todo. La quiero. Sonrío. De vez en cuando sonrío. Y entonces la vida me devuelve algo. Y dejo de pensar. Y vuelvo a vivir.

Salgo de la casa en busca de cerveza. En busca de la risa, que de vez en cuando adormece la conciencia.

Me pierdo en eso. Así nunca logre nada. Así, cada día, me sienta más lejos de todo, y me encuentre en un sitio donde sólo las cucarachas me saludan. La gente va demasiado deprisa. La gente se masacra todos los días. Y yo, que sólo río, confío. Confío en que le vaya bien.

Así a mí no me vaya mejor.

VI

Y pienso:

Soy todo eso
Y lo que no hicieron de mí.

¿Casa?

 ParaOskarPanizza_191718_leosobrelien

De un tiempo para aquí
No quiero salir de casa
Estoy intranquilo
Pensamientos
Confundidos
Y la mierda que no baja
Y todos quieren que salga
Que esté tranquilo
Que sonría
Así sea
Sin gracia.

De un tiempo para acá
No encuentro casa
Estoy perdido
Y la mierda no baja
¿Dónde está el consuelo?
¿Dónde está la rabia?
¿Esa que nunca
Me abandonaba?

De un tiempo para acá
Estoy lento
Los placeres
Se cuecen secos
Y la mierda
Que no baja
Se escurre
Por la garganta
Y entonces
No hay cerveza
Ni licor
Que calme
Las entrañas
Y todo se pierde
En la mirada al suelo
En el golpe del zapato
Contra el cemento
Suave
FRÁGIL
Extraviado.

Y entonces
¿Qué me calma?
¿Sigo vivo?
Sólo queda el consuelo
De la hoja en blanco
Basura que se escurre
En la pantalla
Titilando.

Puede que algún día
Las balas se agiten
Y la tranquilidad
Encuentre consuelo
Sea en una reja
Sea bajo una cama
Escondido
Tras las persianas

Puede que algún día
Todo salga
La pantalla esté llena
Letras disparadas
En ráfagas anisadas
Y sólo quede
La intranquilidad
Esa de siempre
El impulso inconsciente
Y alguien me diga

“Aún tienes esperanza”.

Aún tienes esperanza.
Aún tienes esperanza.
Aún tienes esperanza.

La gente
Sólo se mata.

Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.