“El hombre que cuida”, de Alejandro Andújar

Título original: El hombre que cuida.

Año: 2017.

Duración: 85 min.

País: Rep. Dominicana.

Dirección: Alejandro Andújar.

Guion: Alejandro Andújar, Amelia del Mar Hernández.

Música: Omar Silva.

Fotografía: Gabriel Valencia.

Reparto: Héctor Aníbal, Fiora Cruz, Paula Ferry, Eyra Aguero Joubert, Archie Lopez, Héctor Medina, Yasser Michelén, Julietta Rodriguez.

Productora: Coproducción Rep. Dominicana-Puerto Rico-Brasil; Cultura Capital / El Balcón Producciones / Tempero Filmes do Brasil. Distribuida por Caribbean Films Distribution.

Género: Drama.

Sinopsis

Juan es el hazmerreír del pequeño pueblo de pescadores de Palmar de Ocoa, desde el día que su mujer le pego los tarros. Ya no se dedica a la pesca, si no, a cuidar una ostentosa mansión de una familia adinerada de la capital. Encerrado en esa casa, Juan se ha aislado del mundo y no quiere salir de ahí, para no encontrarse con su mujer. Una tarde, el joven hijo del dueño, se aparece junto a un amigo extranjero y una chica del pueblo que acaban de conocer. Durante el transcurso del fin de semana, Juan se ve obligado a tomar decisiones que afectarán el resto de su vida. (FILMAFFINITY).

Ficha extraída de Filmaffinity.

 

El hombre que cuida

 

El hombre que cuida

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

 

“El hombre que cuida” viene siendo una película sencilla, lineal, que pareciera pretender emular la cotidianidad y sus reveces. Su premisa es sencilla: un joven llega a la casa de verano de su familia para pasar un fin de semana en compañía de un amigo y unas muchachas. Tras ver que tan sólo una muchacha arriba al lugar, lo que pretendía ser una fiesta frente al mar termina por ser mera bebida y conversación. El joven, arquetipo del “yuppie” sin encanto, resiente la situación: ¿cómo es que él, el estudiante de universidad norteamericana, vuelve a República Dominicana para saberse solo? ¿Es que no es suficiente con lo que él significa? Porque, a veces, hay gente que cree que por el hecho de existir en una nube de privilegios su existencia es privilegiada. Y no, ni mucho menos. La lotería natural concede muchas otras cosas; pero no hace que una vida valga más que otra.

En este escenario, dos personajes son fundamentales: Juan, el vigilante de la casa, y Karen, una muchacha de la zona a la que aparentemente el dueño de casa y su amigo conocieron de camino al lugar. Antes que cualquier cosa, “El hombre que cuida” es un retrato de la opresión cotidiana: a todo momento, la figura del “patrón”, del hombre que manda en una casa que no habita pero posee, en contraposición al cuidandero, ese que tan sólo habita en el espacio de forma instrumental, se manifiesta para evidenciar que existen voces que merecen ser escuchadas y otras que no; con todo y que su único valor radique en el dinero. Desde un primer momento, Juan se preocupa por la situación: no es bueno ingerir tanto licor; menos aún con gente que parece ser desconocida. Pero no es escuchado. Su palabra es burla; su presencia, un vilipendio: estar allí es indiscreto; a menos que sea llamado para realizar una labor. Juan es un instrumento; no un ser humano digno de respeto, al igual que Karen.

Ahora bien, la función de la muchacha es otra bien distinta: si Juan está para complacer al propietario con los quehaceres de la casa y la comida, Karen está para ser consumida. Su existencia es la del objeto que, fetichizado por la industria de la cultura (su imagen es la de la muchacha exuberante, carente de recursos, que está para un “one night stand” y nada más que eso), se complace en exhibirse para luego ser devorado. Tras esto, a ella tan sólo le resta ser desechada. En este punto, la película evidencia la gran distancia que existe entre el mundo que habitan Juan y Karen, oriundos de la zona, y Richi y sus amigos (después arribará otra muchacha, amiga de Juan desde la infancia, a la residencia): unos están para ejercer la libertad; mientras que otros, los oprimidos, están para ofrecer aquello que les es solicitado. En este contrapunto, la libertad debe comprenderse como un ejercicio irreflexivo, caprichoso, sin consecuencias: la riqueza se permite la ligereza de la extravagancia, el jolgorio de la excentricidad. Si para el pobre un gesto implica derroche, para el rico es falta de decoro; si una palabra ofende, el rico la concibe como excentricidad; si el exceso lleva al desastre, el rico considera que la basura debe limpiarse. La cárcel no es una opción; como tampoco lo es el hecho de hacerse responsable. El mundo fue hecho para aquellos que son dueños de la tierra. No se paga por cadáver ajeno en residencia propia.

Por el contrario, la pobreza acarrea responsabilidades; además de las apetencias que son propias de dicha condición. Al respecto, el personaje de Juan resulta interesante: recluido a las afueras de su pueblo, deambulando entre pasillos solitarios de una casa que no le es propia, trabaja esperando algún día tener una casa propia para él y su esposa. Sin embargo, su reclusión trae consigo la pérdida de su matrimonio. Juan, figura ausente de la vida del pueblo, ve cómo sus ilusiones se marchitan una a una: la casa, que debía ser de ambos, ya no será para el matrimonio. Su esposa le ha sido infiel con otro hombre del pueblo y ha dejado sus enseres en la puerta de la casa de recreo en la que trabaja. De ser un hombre trabajador, Juan pasa a ser el hazmerreír del lugar: es un “cornudo”, un vago que vive en las montañas, ermitaño de la nada, de la vida de otra gente que lo desprecia.

Sobre esto último, reconozco haberme sido difícil dejar de pensar en Iris Marion Young y sus caras de la opresión: Juan se ve oprimido por el empleo que tiene. En medio de su soledad, las palabras que suele escuchar vienen de las bocas de sus patrones, quienes aprovechan para ordenarle cada cosa que se les ocurre. Las constantes órdenes que recibe, además del abandono que es propio de su trabajo, lo condenan a ir perdiendo lentamente la expresión y la capacidad para tomar decisiones fundamentales para la vida. En los momentos críticos, Juan suele mantener una postura acorde a las circunstancias. Ahora bien, sus acciones, siempre titubeantes, dependen de la aprobación de los dueños de la casa; para quienes, en últimas, Juan siempre será el responsable de los males ocurridos. Asimismo, la película enfatiza en los titubeos del protagonista: las palabras parecieran no existir al momento en que la adversidad adviene; sea porque la vida se derrumba en la soledad del paraíso ajeno, o fuese el caso que el lenguaje se extravía al momento en que es necesario contradecir a quien paga el salario. Juan, carente de poder, no decide, no habla: su existencia está condenada a la servidumbre, y los siervos, para sus patrones, no piensan; tan sólo obedecen. Tal vez sea la honestidad que desborda el personaje de Juan la que salve la película. De lo contrario, estaríamos frente a otro drama juvenil sin mayor fundamento que la entretención.

Calificación: 4 de 10.