Baile en la noche.

Dance in the rain

La mano, contraída y desgarrada por la rabia, chocó directamente contra mi cachete. Estaba caliente…pesada. El aire se movía al compás de la fuerza: De esa fuerza que destruía la inacción propia de la vida. Los músculos se contraían tras el azote del aire. La masa se movía, convulsiva, casi al borde de dispersarse por el aire. Sangre. Sangre. Demasiada sangre fluyendo por la boca. El óxido se apoderaba de la lengua, y el sabor a plata empezaba a aparecer. Rabia. Rabia…el hijo de perra quería matarme. Vamos, que todo el mundo quiere matarse. Todo el mundo sale de la casa para matar y no terminar matándose. Es la ley de la vida: O matas, o te matan, o te suicidas. Pero se nace para morir, y la autodestrucción es el camino diario.

Aquel imbécil se retorcía en su propia eje. Movimientos convulsivos, pies separados…torax desajustado del movimiento de pies. Yo no sabía mucho de boxeo, pero el tipo tenía los pies bastante separados, igual estaban sus manos. Era mi momento, estaba confiado. Y la confianza es la peor consejera cuando se pelea. Cualquier pelea debe ser desconfiada: La agresividad y el miedo…el miedo sobre todo. Debe tenerse miedo para moverse con potencia y rabia. Y controlar la rabia, que si no se la lleva la confianza.

– ¡Vamos, maricón! ¡Alzando las manos, pues!-gritaba el tipo. Era un poco más alto que yo. Al rededor de 1.90 metros. Era acuerpado…músculos inflados. Arete en la oreja izquierda.

-Pl/lpluj- dije, sintiendo la sangre salir de la boca. Un gargajo rosado, incinerado, se salía de mis fauces y se estrellaba contra el pavimento. La luz le alumbraba directamente…y los colores se difuminaban y la esperanza se me iba perdiendo. Tenía el pecho caliente, pesado…sentía el fuego de algunos golpes incrustado bajo la piel. Ardía. La piel se movía perversa, en súbitos escapes de irreflexión y estupidez. Le señalaba a él donde golpear, donde seguir asestando…La supervivencia no se corresponde al dolor. El ser humano es débil: Se muestra temeroso, impaciente, ansioso…y su cuerpo lo denota también. Nacimos, evolucionamos para ir al médico. No nacimos para andar solos. Por eso es que no aguantamos sin aire acondicionado, sin loción…

No tenemos espacio para la reflexión.

Pum/Pum /Intermitencias fugaces/¡Mierda!/Los sonidos de la calle.

-¡Ven, ven, maricón!- gritaba el orangután.

-Maricón tu culo.

-¿Ah?- decía el tipo, mientras lanzaba algunas miradas al aire…mientras gritaba algunos chistes, mientras me acababa. -¿Qué mierda dijiste?

-¡MALPARIDO MARICÓN!-Grité, sintiendo el aire agitarse, las risas convulsionarse bajo los rostros amarillos, acariciados por la luz de la farola de aquella esquina. ¡UUUUUHHHHHHH! Gritaba la gente. Querían circo, y ya tenían domador y payaso.

Taj/Plaj/ Las sonrisas al atardecer/ Preludio de un relato no contado.

La cara me ardía. Y las piernas me temblaban, como una quinceañera que ha perdido su virginidad. Temblaban, como un acordeón, como el estómago de un borracho al borde de vomitar. Óxido. Óxido. Y el sabor amargo colándose entre las vísceras. Miedo, miedo de seguir ahí y terminar muerto. La fuerza de ese alguien, que se alzaba imbécil, estúpido, pero más apto…más fuerte. Podía con todo, lo esquivaba todo. Le lanzaba puños a la derecha, izquierda, a la cara, al torso, patadas…y una mierda. El cuerpo se me retorcía, y los ligamentos de mi rodilla izquierda bailaban y chocaban. El cruzado estaba extinto, y la rótula iba de adelante/atrás/adelante/atrás. El dolor era insoportable…

Mi mano se agitaba, como queriendo agarrarse de alguien. Recordaba los viejos Rings, las viejas peleas…ya no quedaba nada. Nunca fui bueno, nunca pude superar el miedo. No pude temer para superar el dolor. Y temer para esquivar. Temí para quedarme paralizado, y volver al rato luego de los puños. Peleaba recibiendo, recibiendo golpes y, tras un buen rato, contestando. El cuerpo renacía cuando más perdido me sentía, y la cabeza bombeaba y bombeaba palabras que se repetían en el aire, que se desprendían del agite intempestivo de las manos aprisionadas. La esperanza se contraía en los puños, y el guante empezaba a ser garante de libertad.

Pero en las calles no hay campanas, ni entrenadores, ni gente jugando a ser peligrosos…No hay nada de eso. Hay enemigos, trago, y miedo. Mucho miedo. Miedo a lo que uno no tiene, y lo que siempre otros tendrán.

Me levanté. Lancé dos golpes que se asemejaban a un jab: Un jab desesperado y flojo, recto, sin mucha fuerza. Directo al rostro/Esquivados. Lo esquivaba todo. Era una bestia.

-¿Pero qué pasa, eh? ¿Qué pasa, malparido?- gritaba, lanzando un par de golpes al aire- ¿Qué pasa, eh, maricón? ¿Qué pasa que ya no abres la geta, eh?

Patada. Esquivada, directo al pecho. El aire que estalla contra las cejas. Rojo. Rojo tan oscuro como el negro que se desparrama en el ojo izquierdo. Rojo…mierda, el rojo. El rojo que es naranja pero negro contra la luz. El piso que se descompone. Las piernas que tiemblan…

No había nada qué perder. Tampoco nada para ganar. No había nada. Un hombre, contra otro, y ya. Eso era la vida: Una lucha corriente, tan corriente que todos la tenían y nadie la aprovechaba. Sólo unos pocos…unos pocos que muchas veces eran llamados “locos”. Y si estar loco no era ser como todos, no entiendo la locura. Así la gente dijese lo contrario.

Tiré un par de golpes, y asesté uno a la cara. Sentí su piel tersa, sin rasguños, posarse contra mi mano. Una piel inmaculada que se desparramaba contra el aire, contra el puño que arrancaba desde abajo. Un gancho de derecha, o al menos un remedo de eso. Ahí estaba toda mi fuerza. Toda la voluntad de la vida se desperdigaba en una postura de pies, firmes, rectos… no muy separados. La espalda recta que se avecina con fuerza desde abajo. El torso inclinado, la cintura que gira hacia arriba…

Plaj/Plaj/PUM/La vida en sobremesa.

El Bum/Bum de los bajos se entrecruzaba con las luces desperdiciadas de los carros. Las farolas aullaban en contra de la brisa y los gritos de la gente. Ambos en el suelo. Aquel me miraba con rabia…pero con miedo. El golpe había dado de lleno. Sangraba por la nariz… y no estaba acostumbrado. Sus ojos alumbraban tras la luz que se colaba entre sus brazos. Brazos que se cruzaban en torno al rostro. El orgullo se desvanecía como el agua que se escurría tras las alcantarillas. Lo veía. Ahí, en medio de todos, viéndose caído…con las piernas temblando. No conocía que era eso: Le faltaban golpes. Le faltaba perder, y para perder hay que correr y pelear y seguir peleando hasta que algún día se gana, y luego se vuelve a perder. Y se pierde más de lo que se gana, y se vive con cierto miedo que sabe a óxido y sal. La sal que escurre de los poros y se estrella con los ojos, con la boca…y se mezcla y se cae, y se vierte sobre la calle. “Le faltaba perder”, pensé yo, viéndolo ahí.

Pero a mí eso no me faltaba. Había perdido con las mujeres. Había sepultado mis aspiraciones bajo un título/prospecto de abogado. Era lo que era: Un tipo incipiente, cobarde…que contrariaba todo y no actuaba para nada. Una rémora que vive de sus sueños y de sus inalcanzables aspiraciones. Cobardía.

Cobardía.

Me levanté, y caminé lo que más pude. Me alejé a paso rápido, con la sensación de sentir los cuerpos atiborrarse a mis espaldas. Persecución. El delirio de haber ganado cuando se debía haber perdido. “La vida no era justa, pero justa nunca será la vida” pensé, huyendo…buscando un sitio donde sentarme, comprar un trago. Tras varias cuadras, llegué a un estanco de neones verdes y rojos.

-Buenas noches-dije, mientras sentía la carga dispersarse en todos los músculos del cuerpo- ¿A cuánto el Doble Anís?

– 20 la media, 30 la botella- Contestó el vendedor. Un gordo de cabello largo. Tendría unos 20 o 30 años. Tal vez más, tal vez menos.

– La botella, por favor.

-O/ok Pp-ero ¿Qué mierda?- dijo el gordo.

-Nada… una pelea-contesté.

-Se nota.

– Creo que perdí.

-¿Cree?

-Sí, eso creo.

– Y el otro, ¿Ganó?

– No, creo que no…

De fondo, Pantera estallaba contra las botellas y las rejas del sitio. Sólo se necesitaban cinco minutos, cinco minutos a solas o con alguien o con todos para estallar. Para morir, renacer, o seguir estando igual. Se necesitaban cinco minutos… y todo podía cambiar. La vida era eso: Una oportunidad que se daba, se desechaba o se perdía. Y al final uno seguía allí, peleando contra nada, pretendiendo existir.

Tomé un sorbo de aguardiente, y me fui caminando. De lejos era cuando más terror causaba Phil:

Agony is the price 
that you’ll pay in the end 
domination consumes you 
then calls you a friend.

Y la bebida sabía a óxido, un poco de sal, y el dulce perdiéndose en la garganta. Con los pasos cortos y la cabeza refugiada en la distancia. La luz incineraba la mañana… y ya no tenía a dónde ir.

 

Al fondo de la cisterna.

cagadeo

Entonces uno se despierta, y sigue cansado. Sigue tan cansado que los párpados duelen y de los ojos brotan lágrimas. El cuerpo se entumece, se entumece tanto que al moverse duele cada fibra…cada hueso. Entonces uno termina por levantarse, y todo el mundo ya está viviendo. Yo sigo viviendo. Igual que todo, igual que ellos.

Me metí a bañar. En el fondo de la cisterna, había un tierno mojón de la noche anterior. Casi peludo, casi humano. Casi hablante. Estaba vivo, el pequeño. Sus gritos eran sutiles vapores que inundaban el cuarto. Estaba tan vivo que el olor había percudido mi nariz en forma de sangre. Sangraba. Pequeñas gotas se escurrían por el lavamanos. No sé si fue por la mierda, o por el trago de la noche anterior, o por todo eso, o porque no me quería levantar, o porque soy un imbécil y sigo pensando en… no sé. Pero sangraba, sólo un poco, eso sí, pero sangraba.  Bajé la tasa, y recordé que yo había sido el último en cagar la noche anterior. Un pequeño flashback. Tan pequeño que no había bastado para salvar a aquel oscuro y oloroso descendiente.

-¡Hijo, vamos tarde!- gritó mi mamá.

-Voy, voy…

-¡Ajj, siempre hay que rogarte para todo!

-Ya, ¡Ya va!

Y ahí estaba. Una buena mujer. Tan torpe como buena. Adorable, y yo la adoro. La ducha estaba caliente. Empecé metiendo la cabeza, pero pronto sentí el licor llegándome a la cien y estallando nuevamente. Quería caerme un rato, dormir ahí…pero no podía. Tenía que salir. Era necesario para todos, menos para mi. Y todos son mayoría.

Me dediqué a pensar, mientras el agua me caía por la espalda y el culo, si poco a poco iba perdiendo algo. Tenía esa sospecha desde hace algún tiempo. Todo a medias. Vida a medias. Amigos a medias…Y yo seguía corriendo, y caminando, y golpeando, y siempre me echaba para atrás, y recibía un jab, una derecha, la quijada al otro lado, los amigos a un lado, todos riéndose, yo riéndome. Y así era la comedia de mi vida.

¡AHHHHH!/¡PUTA!/Iccch/La muerte está rondando.

Me había quemado. No sé en qué momento, pero me había movido, y el agua se había calentado, y el pene, el descanso, lo que sea, se había movido y había entrado en aquel torbellino de agua incinerada bajo el gas. Sentí la quemadura. Ardía. Ardía tanto que sentí que no podría volver a tener sexo. Sólo un momento…por sólo un momento. Salí de la ducha. A la mierda el jabón, el pelo, las axilas, el culo…A la mierda todo. Yo sólo quería mantener lo poco que me hacía estar tranquilo.

-¡Daniel, rápido!

-¡Ya voy, jueputa, ya voy!

-¿Pero en qué andas? Llevas como media hora ahí metido.

– ¡Nada, nada juep- nada!

-¡Rápido que usted sabe cómo es su papá!

-¡Jueputa, María, ahora no, ahora no!

-¡No me hable así, culicagado!

Y golpeó la puerta. La golpeaba, y yo sólo podía mirarme las gónadas. Dos huevos revueltos. Ya no había cáscara. Estaban ahí, agonizantes…rojos. Demasiado rojos. Los tocaba, y dolía. Me escupí encima de ellos. Corrí la saliva poco a poco por encima, los acariciaba y no sentía nada. Intenté masturbarme un par de veces. Y nada. No se levantaban. Decidí echarme un poco de agua encima y dejar así.

Salí. Afuera todo el mundo gritaba. Teníamos que salir rápido. Un velorio, y un almuerzo. No sabía qué era peor. De seguro el almuerzo porque al menos los muertos no hablan. Y los vivos tienen demasiadas estupideces para decir. Y uno no termina por saber qué es lo bueno y qué es lo malo.

Salimos de la casa. Nos montamos en el viejo Chevrolet. Un Chevy del 80. Rojo. Tan rojo que quemaba cuando se veía de frente al sol. Y yo pensé en eso mientras me subía y miraba la pintura percudida y mis huevos estaban rojos y me iba a morir y no quería dejar las pajas y el sexo porque aún me quedaba mucho. Poco y mucho de todo.

-Vamos al velorio de Cátulo. Es familiar de todos aquí. Le dio un infarto.- dijo el viejo. Mi papá.

-No tengo ni idea de quién es- contesté.

-Da igual, es familia.

-No lo conozco…-dije mientras encontraba las palabras exactas- es más, me parece irrespetuoso ir allá a saludar gente que no conozco, que no me importa, y ser tan canalla de decir que me compadezco por su dolor.

– Usted no entiende nada, mijo. No entiende nada, y mientras siga así, va a comer mierda toda su vida.

– No es eso. Me parece irrespetuoso. Es pura lambonería ahí. A los velorios va la gente que conoció a la persona y la quiso en vida, o si fue cercano a los familiares. El resto sobra y estorba.

-¡Usted lo que es un hijueputa que no entiende nada! ¡Malparido, poco solidario! ¡María, este hijueputa sólo vive para el y por el!

-¡Ni me imagino cuando nos muramos!- respondió mi madre con ese tono falso de lástima que podía romperme las pelotas.

-¡Nos va a tirar a un geriátrico y se va a beber la plata, el malparido!- replicó el viejo.

– Lloren, entonces. -conteste.

Y de seguro yo no haría nada de eso. Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Pero era un tipo aborrecible y detestable tan sólo por tener un criterio diferente. Y así había sido toda mi vida. O se estaba con ellos, o contra ellos. Más bien, o se estaba a favor del viejo, o en su contra. Para él, el mundo se dividía en dos clases de personas: Los triunfadores y duros, como el, y el resto. Y si uno piensa eso, la fina línea entre el diálogo y el insulto se desvanece al cruzar más de dos palabras.

– ¡María, a este malparido lo que falta es comer mierda en la vida! Para que vea que uno tiene razón en todo.

– Pero hombre, ¡Si sólo dije que me parecía irrespetuoso ir a un velorio sin sentir nada por los que están ahí!

– Ay si, respeto. Respeto de ni mierda. Usted es un irrespetuoso y la vida se encargará de cobrárselo todo en un futuro.

Ellos bajaron del carro, yo me quedé ahí afuera de la funeraria. Me ardían los huevos. De la rabia, y de la quemadura. Odiaba tener que pasar las vacaciones de esta manera. Casi todo el tiempo. Y eso que esta vez habían sido pocos los encontrones entre ambos. Y yo siempre salía peor librado. Y con todo, no quería estar en Bogotá y prefería ver al muerto y darle un beso y recibir los puños y las patadas de todos los familiares por ser un vil hijo de puta irrespetuoso. Tenía ganas de estar en ese ataúd. Tenía ganas de salir corriendo. De tirar los zapatos en algún punto, y correr hasta que las yagas de los pies estallasen y no quedase más que detenerse y ver en dónde se estaba. Ojalá fuese bien lejos. Neiva ya no es lo que fue. Antes estaba uno tranquilo…ahora, sencillamente, todo parecía ser menos fastidioso que lo que podía ocurrir en Bogotá. Y la gente era aún más estúpida que en Bogotá, y las generaciones se extinguían bajo los 40 grados que se asomaban a diario.

Y mis amigos ya no lo eran, y las mujeres cada día estaban más buenas, más culonas, más tetonas, terriblemente lascivas desde los 15…y uno no tenía ni el dinero, ni la fama, ni el carro, ni la parla, ni nada, para llevarlas a la cama. Uno sabía desde que las veía. Y yo no es que fuese un tipo feo. Era un imbécil como cualquier otro. Incluso, muchas veces era mejor que los cretinos con los que ellas andaban. Y entonces los veía con esas camisas, con esos tragos, con su carro, con muchas estupideces para hablar que yo no sería siquiera capaz de preguntar…y se veían contentos, sanos, tranquilos, felices. Y yo sabía que no era feliz y que ellos sí. Y a veces, en medio de una solapada arrogancia, pensaba “¿por qué putas ellos son felices y yo no?” Y entonces me veía, y contestaba, para adentro, bien para adentro, hasta que el corazón se agitase y la calma se perdiese en el mismo instante: “No soy tan diferente. O yo que sé.” Y entonces alcé la cara, y me di cuenta que el problema no era tener eso que ellos tenían. El problema era que yo no quería tenerlo, y que todos querían (y pretendían obligarme) a quererlo. No quería ser como ellos. No quería sus cosas, ni su ropa. No quería tener un carro. No quería tener que someterme a la estupidez trascendental de un diálogo sobre ropa de marca y viajes a extranjero. No quería ser como ellos. Pero quería ser feliz, y ellos lo eran. Sin muchas complicaciones. Lo eran. Y no era el carro, ni la plata, ni la ropa, ni su estupidez, el origen directo de su felicidad. O tal vez si.

Hay gente que nace para eso. Para ser feliz, y ser exitosa, y chupar pijas y sonreír de manera automática y no entender nada. Y trabajar. Trabajar hasta que los huesos se escurran y tengan una casa y una finca donde descansar. Y yo no quería nada de eso. Lo odiaba. Creo que moriré joven, para no tener qué retractarme de decir todo esto ahora.

Cuando me desperté, estaba justo en la mesa de comedor. Del gran club de Neiva. Ahí estaba yo. Poca gente alrededor, por suerte. Muy poca. Todos hablaban muy fuerte y se saludaban de mesa a mesa con grandes sonrisas. Luego se sometían en oscuros silencios que se rompían con algunos susurros. Hablaban de todo el resto, y competían por verse mejores. No toleraban ver un mal traje, o una barriga más grande. Pero las cirugías poco se comentaban. Todos parecían tener una. Pero, eso si, si el bisturí había dejado sus cicatrices más de la cuenta, todos hablaban de eso. Dos viejas que estaban al lado comentaban algo al respecto:

-Mira, ahí va Mercedes, mírale esa cara, ¡Pero qué horrrrror!

-Si… ¡Horrible! ¡Y tan bonita que era cuando joven!

-Eso les pasa por ponerse botox por todas partes.

– Pero claro. Yo tengo un poquito pero es por salud.

-Claro mija. Por salud si toca ponerse lo que sea.

-Sí, por eso también me hice el bypass.

-Eso está bien. Yo me operé el tabique para prevenir. Por si acaso.

Y todos hablaban de lo bien que vivían, y los platos llegaban, y yo miraba a los meseros: Agotados, desgastados, perdidos, desamparados, y en algún momento, tal vez, sus vidas tuvieron un sentido y ahora andaban ahí lamiéndole el culo a toda una partida de malparidos cuyo único mérito era tener la plata y la estupidez suficiente para  querer entrar a aquel hueco. Ellos me veían, y sentía el odio. Me olían como uno de ellos. Y eso me hacía pensar que, efectivamente, puede que yo estuviese más de ese lado. Pero eso no podía ser así. “Contra ellos, contra ellos” pensé. Y entonces un mesero me preguntó:

-¿Tiene problemas con la sopa muy caliente?

-No, fresco. ¿Es que aquí alguien lo tiene?- contesté.

– Sí, no falta…-y sonrió.

-Esos sólo merecen que les escupan la comida.

Y se fue. Y eso me hizo sentir algo mejor, porque el tipo ya me hablaba de otra manera y no se escuchaba como un autómata diseñado para dejar comida que no es suya en la quijada de animales que desprecia. Seguía estando contra ellos, y eso me agradó. En el mar de la vida todos nos quitábamos el plato de la boca y despreciábamos a los peces pequeños que aún tenían la boca abierta dispuesta a tragar y combatir. Pero nos alegrábamos con las rémoras que viajaban solas comiéndoselo todo. Ya no nacen tiburones. Los tiburones están muertos. Ellos comían hombres, y los hombres sobrevivieron. Se extinguieron los más fuertes sólo porque los débiles se agruparon y atacaron sin previo aviso. Y si hay tiburones, yo conozco un par, y esos tienen miedo. O se cansaron, y se largaron. Y hoy me toca correr como los leones y matar en la tierra. El mar es para los débiles. Y aquí sigo y aquí estaré.

Me levanté de la mesa y caminé hacia un baño cercano. Los huevos me ardían muchísimo más que antes. Salí y hablé con el mesero que me había atendido. Le pedí una bolsa con hielo. Me preguntó para qué la quería. “Tengo una herida…está inflamada” contesté. “No me dejan regalar hielo si no es con bebida, pero tranquilo, ya le traigo un poquito” replicó. Al volver, tenía un vaso lleno de hielo y una servilleta con una especie de linimento ahí. “Es pomada para heridas, échese un poquito por si algo”. “Muchas gracias” contesté. Me fui corriendo al baño y me dejé un rato el hielo. Lo ponía por un pequeño instante, y gemía del dolor, y me levantaba los cubos y veía eso cada vez más rojo. Al rato decidí aplicarme el remedio que me había dado aquel tipo. Sentí cierto alivio al ponérmelo. Como que sí servía.

Al salir, vi a un tipo buscarle problema al mesero que me había ayudado. Lo tenía sujeto del cuello de la camisa, y en cualquier momento le atizaría un golpe en toda la cara. Miré al mesero. Era mucho más grande, más fuerte. El otro tipo era un viejo gordo sin un diente. El orgullo de un hombre se le refleja en los ojos. Y aquel mesero tenía la cabeza gacha, los ojos desorbitados, los labios estrujados…y algo se estaba muriendo ahí, en ese gesto, en esa cara. Y puede que eso mismo se hubiese muerto antes, pero la esperanza hace que de los golpes la gente se resucite con la debida fuerza, y aquel tipo ya había pasado por eso y no quería perder su trabajo. De seguro tenía familia, o puede que no hubiese tenido la posibilidad de nada más…

-¿Qué pasa?- le pregunté a un viejo que vi justo a la salida del baño.

-Nada, que el malparido mesero le regó la sopa encima a la falda de la esposa del tipo ese.

-¿Sólo por eso le va a dar?

-¿Le parece poco? Es una falda blanca y si se para se le ve todo. Luego ¿Qué será capaz de decir la gente?

-A la mierda la gente- contesté mientras lo empujaba con fuerza.

Me escurrí como pude. Corrí hacia allí. De repente, me vi en medio de un gran círculo. El mesero me miraba. Se notaba que no sabía bien qué hacía yo ahí. El otro tipo me veía. Me miraba con complicidad, como si fuésemos amigos y yo lo entendiese. Me acerqué. Me sonreía aquel viejo. Su sonrisa estaba manchada por una mueca estúpida de regocijo. Miraba a todas partes. Todos lo veían, y el era el centro de atención. Lo había logrado. Eran sus quince minutos de fama. A costa de otro. A costa de un otro que la única culpa que tenía era la de ganarse la vida sudando en los días festivos, donde todos debían descansar y pasarla bien. Una gran mayoría lo animaba a romperle la cara al mesero. La otra porción, o era indiferente, o sencillamente no quería involucrarse demasiado por alguien que no valía la pena.

-¡Mesero hijueputa!-gritaba un viejo de camisa roja.

-¡Imbécil, se la tiene ganada!- decía otro.

– ¡A mi me hacen eso y lo hago echar!- escupía una señora.

PUM/PUM/Redención.

El puño había salido disparado con fuerza. Como en las épocas en que entrenaba boxeo. Un gancho directo al estomago. Sentí las vísceras batiéndose intempestivamente. El cuerpo se retorcía en quejidos y pequeños rastros de baba sobre el suelo. Ahí estaba esa cucaracha.

TRAJ/PUM/ De vuelta.

Me había llegado con fuerza. Directo al rostro. Caí, y me levanté como pude. Lancé un par de puños al aire, sin ver muy bien. Golpeé, sin fuerza, pero en la cara y eso algo hace. Corrí como pude. Salí de ahí. Luego, no sé cómo, terminé al lado de los viejos. Nos montamos al auto. Nadie hablaba. En la emisora, una mujer llamaba a quejarse de la falta de trabajo. Nadie le daba trabajo. O si en algún momento llegaba, era para trabajos de medio pelo como cocinera o mesera.

-¿Para qué se metió?- preguntó el viejo.

-Le iban a romper la cara a un pobre huevón que no había hecho nada- contesté.

-Le tiró el vaso a la falda de la vieja.

-No fue con intención.

-Pero fue un imbécil. Se la tenía ganada.

-Eso es muy poco para ganarse esa mierda.

– Usted no sabe nada. Ojalá le hubiesen roto la cara por meterse en eso. Hay que aprender a estar en el lugar que a uno le corresponde.

-Mi lugar hace tiempo es diferente al suyo. Al de ustedes.

-¡No pues, el diferente, el rebelde! Madure, madure que la vida lo va coger y lo va a aterrizar y cuando se de cuenta va a estar comiendo mierda solo sin nadie que lo respete.

– Dudo que eso pase. Y si pasa, pues no deseo ni mierda de todos esos malparidos.

Me bajé del carro. Me gritaron algo por la espalda. Un insulto. Mi futuro. Mi papá era bueno haciendo predicciones sobre mi futuro. Una de mis hermanas decía que él tenía la capacidad para acabar con la vida de sus hijos. A aquello lo llamaba “maldiciones del padre”. Yo no creía en eso, pero sí que estaba seguro de que gran parte del miedo que todos sentíamos era por su personalidad dominante y brutal. Cumplía con sus obligaciones, y de vez en cuando daba a entender que estaba feliz con uno ahí. Pero era un tipo de lo más brutal. Creo que todos le temíamos, a pesar de la edad. Ya estaba viejo, pero seguía siendo fuerte. Era un tipo duro. Uno de esos que aguanta las cicatrices sin lamentarse. De esos que se lamen las heridas y les echan sal encima. Y no hay lágrimas.

Ahí había un viejo tiburón. Un león que los golpes lo habían domado. Una persona que tenía un potencial extinto. Que ahora vivía en su monotonía para mantener una familia. Tampoco le disgustaba. Era respetado, admirado. Pero yo no quería eso. Yo quería estar tranquilo, y escribir. Escribir hasta que en algún punto todo cobrase sentido. Y caminar sin más rumbo que mi cabeza y mi consciencia. Y abrir las fauces para que las moscas se me caguen en la boca. Y luego escribirlo. Lentamente, sintiéndolo. Si no duele, no existe. Y si no existe, no merece ser escrito. El cielo era un infinito. La vida también. O eso dependía de los grilletes que uno estaba dispuesto a asumir. Yo ya había visto mi futuro, y tenía miles. Tenía tantos que sin habérmelos puesto ya me pesan. Y entonces uno se levanta cansado, angustiado, y nunca descansa. Y de vez en cuando un buen trago algo cama, o crea llamas. Y todo se quema y de las cenizas uno se burla y arma nuevas fogatas. Mi papá tenía razón. Yo sería un perdedor. No sería cómo él (al menos no en muchísimas cosas), ni como mi madre, ni como nadie en ese puerco sitio. Yo pelearía y me abriría campo con las manos y luego lloraría si me duele más de la cuenta. Y me levantaría y buscaría a los que fuesen y me vengaría. Me vengaría de la vida, de mi vida, de todo lo que duele y enferma. Y entonces sanaría con más dolor que antes y extrañaría los tiempos pasados en que todo estuvo bien y fui un imbécil y fui feliz. Y pensaré en esa gente y ellos me mirarán y hablarán y dirán que fracasé. O me uniría a ellos y fracasaría. Con ellos o sin mi, distante y diametralmente parecido al viejo.

Y yo habré escrito mil y un cosas. Y no seré un puto abogado. Y el cartón de filósofo no me servirá más que para saber que estudié algo que quise, quiero, que sirve o que tal vez no llega a nada. Y me mirarán mal y yo les romperé la cara con versos que sangran y puños que estallan.

Y que cuando todos me miren, sientan el miedo. El miedo que siento al ver al viejo. Pero yo no estaré ahí para causarlo. Que lo sientan si les toca. Yo haré lo que tengo que hacer. Mi futuro ya esta escrito y falta culminarlo. No hay sueños. Hay pelea. Y peleando se llega. A cualquier sitio. A ninguna parte. Y es que a veces, uno se levanta cansado, jodido, magullado. Y se mira los huevos y piensa en clavarse tres pajas para desentenderse de todo. Y a mi ya me duelen. Pero esos renacen. Y luego uno sigue cansado y se las clava.

Luego renace.

Sparring Callejero…

pantera

Camino, camino por que no hay más lío
Los problemas se disuelven en la cabeza
Mientras estallan, como estrellas fugaces que se pierden
Y resurgen, en la cercanía de la resaca.

Camino, no porque esté tranquilo
Porque mis pies son dos hierros que arrastro
Y después de todo, siempre hay un hijo de puta en carro
No muy barato, no muy caro
Que intenta pasarme por encima
No pita, se baja, siempre acelera

Cuando al verme, pienso en todo:
Mi vida, mis papás, la ciudad,
Y toda la mierda que antes me jodía
Que parece tan pequeña, que no tiene cabida
En un imbécil que ve tras de sí sus días.

Parpadeo, pego un insulto
“Hijo de puta, casi me mata”
Grito como si nada, bastante tranquilo
Sin ánimo de nada
Ya la noche estuvo larga
Y tras de mí cargo dos ojos
Que se pierden
En la calidez de las luces
En una botella sin mayor fondo
Que unas cuantas babas rancias
Que sorbo hasta que siento el alboroto.

PUM/PUM/Dos puños
Dos en la cara, no me caigo, aguanto
Sigo boxeando
Vivir es aguantar sin aire
Vivir es perder, siempre perder
Es no caer derrotado
A ningunos pies
Mantenerse intacto, sembrar una sonrisa
No me caigo, aguanto
El hijo de puta me insulta, no entiendo, hay mucha policía
TIENE mucha policía el hijo de puta
Sus escoltas me tiran para atrás
“Tranquilo, ya fue”
“Todo está bien”
Y Juan lanza puños, y yo entiendo que sí,
Que ya fue,
Nos van a matar
Estoy borracho, y muy tranquilo
Puto cobarde
¡MIERDA COBARDE!
Me echo para atrás
Le digo a Juan
“Ya fue…larguémonos”
¡Pero si le pegaron, imbécil!
Tranquilo…le digo
Sonrío,
El carro arranca
Y yo sigo caminando
Siempre perdido
Sin trastabillar del golpe
Con el ego herido, siempre bien jodido
Y sólo pienso, que soy un cobarde, que nunca tiro un puño
Que soy muy calmado, que mi orgullo se compra en un supermercado
Por eso nunca fui bueno boxeando, no hay orgullo
Y camino…hacia la casa,
Me tiro a la cama
Me clavo una paja
Suelto una lágrima
“Mañana sale el sol”, pienso mientras creo
Que de los puños que me dan
Sea sólo un jab o un puto uppercut
Nunca hay respuesta
Sólo un saco almidonado
Dispuesto a ser golpeado
Ojalá,
Hasta quedar magullado.

Porque vivir vuelve a cualquiera
Un puto desgraciado.