Al fondo de la cisterna.

cagadeo

Entonces uno se despierta, y sigue cansado. Sigue tan cansado que los párpados duelen y de los ojos brotan lágrimas. El cuerpo se entumece, se entumece tanto que al moverse duele cada fibra…cada hueso. Entonces uno termina por levantarse, y todo el mundo ya está viviendo. Yo sigo viviendo. Igual que todo, igual que ellos.

Me metí a bañar. En el fondo de la cisterna, había un tierno mojón de la noche anterior. Casi peludo, casi humano. Casi hablante. Estaba vivo, el pequeño. Sus gritos eran sutiles vapores que inundaban el cuarto. Estaba tan vivo que el olor había percudido mi nariz en forma de sangre. Sangraba. Pequeñas gotas se escurrían por el lavamanos. No sé si fue por la mierda, o por el trago de la noche anterior, o por todo eso, o porque no me quería levantar, o porque soy un imbécil y sigo pensando en… no sé. Pero sangraba, sólo un poco, eso sí, pero sangraba.  Bajé la tasa, y recordé que yo había sido el último en cagar la noche anterior. Un pequeño flashback. Tan pequeño que no había bastado para salvar a aquel oscuro y oloroso descendiente.

-¡Hijo, vamos tarde!- gritó mi mamá.

-Voy, voy…

-¡Ajj, siempre hay que rogarte para todo!

-Ya, ¡Ya va!

Y ahí estaba. Una buena mujer. Tan torpe como buena. Adorable, y yo la adoro. La ducha estaba caliente. Empecé metiendo la cabeza, pero pronto sentí el licor llegándome a la cien y estallando nuevamente. Quería caerme un rato, dormir ahí…pero no podía. Tenía que salir. Era necesario para todos, menos para mi. Y todos son mayoría.

Me dediqué a pensar, mientras el agua me caía por la espalda y el culo, si poco a poco iba perdiendo algo. Tenía esa sospecha desde hace algún tiempo. Todo a medias. Vida a medias. Amigos a medias…Y yo seguía corriendo, y caminando, y golpeando, y siempre me echaba para atrás, y recibía un jab, una derecha, la quijada al otro lado, los amigos a un lado, todos riéndose, yo riéndome. Y así era la comedia de mi vida.

¡AHHHHH!/¡PUTA!/Iccch/La muerte está rondando.

Me había quemado. No sé en qué momento, pero me había movido, y el agua se había calentado, y el pene, el descanso, lo que sea, se había movido y había entrado en aquel torbellino de agua incinerada bajo el gas. Sentí la quemadura. Ardía. Ardía tanto que sentí que no podría volver a tener sexo. Sólo un momento…por sólo un momento. Salí de la ducha. A la mierda el jabón, el pelo, las axilas, el culo…A la mierda todo. Yo sólo quería mantener lo poco que me hacía estar tranquilo.

-¡Daniel, rápido!

-¡Ya voy, jueputa, ya voy!

-¿Pero en qué andas? Llevas como media hora ahí metido.

– ¡Nada, nada juep- nada!

-¡Rápido que usted sabe cómo es su papá!

-¡Jueputa, María, ahora no, ahora no!

-¡No me hable así, culicagado!

Y golpeó la puerta. La golpeaba, y yo sólo podía mirarme las gónadas. Dos huevos revueltos. Ya no había cáscara. Estaban ahí, agonizantes…rojos. Demasiado rojos. Los tocaba, y dolía. Me escupí encima de ellos. Corrí la saliva poco a poco por encima, los acariciaba y no sentía nada. Intenté masturbarme un par de veces. Y nada. No se levantaban. Decidí echarme un poco de agua encima y dejar así.

Salí. Afuera todo el mundo gritaba. Teníamos que salir rápido. Un velorio, y un almuerzo. No sabía qué era peor. De seguro el almuerzo porque al menos los muertos no hablan. Y los vivos tienen demasiadas estupideces para decir. Y uno no termina por saber qué es lo bueno y qué es lo malo.

Salimos de la casa. Nos montamos en el viejo Chevrolet. Un Chevy del 80. Rojo. Tan rojo que quemaba cuando se veía de frente al sol. Y yo pensé en eso mientras me subía y miraba la pintura percudida y mis huevos estaban rojos y me iba a morir y no quería dejar las pajas y el sexo porque aún me quedaba mucho. Poco y mucho de todo.

-Vamos al velorio de Cátulo. Es familiar de todos aquí. Le dio un infarto.- dijo el viejo. Mi papá.

-No tengo ni idea de quién es- contesté.

-Da igual, es familia.

-No lo conozco…-dije mientras encontraba las palabras exactas- es más, me parece irrespetuoso ir allá a saludar gente que no conozco, que no me importa, y ser tan canalla de decir que me compadezco por su dolor.

– Usted no entiende nada, mijo. No entiende nada, y mientras siga así, va a comer mierda toda su vida.

– No es eso. Me parece irrespetuoso. Es pura lambonería ahí. A los velorios va la gente que conoció a la persona y la quiso en vida, o si fue cercano a los familiares. El resto sobra y estorba.

-¡Usted lo que es un hijueputa que no entiende nada! ¡Malparido, poco solidario! ¡María, este hijueputa sólo vive para el y por el!

-¡Ni me imagino cuando nos muramos!- respondió mi madre con ese tono falso de lástima que podía romperme las pelotas.

-¡Nos va a tirar a un geriátrico y se va a beber la plata, el malparido!- replicó el viejo.

– Lloren, entonces. -conteste.

Y de seguro yo no haría nada de eso. Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Pero era un tipo aborrecible y detestable tan sólo por tener un criterio diferente. Y así había sido toda mi vida. O se estaba con ellos, o contra ellos. Más bien, o se estaba a favor del viejo, o en su contra. Para él, el mundo se dividía en dos clases de personas: Los triunfadores y duros, como el, y el resto. Y si uno piensa eso, la fina línea entre el diálogo y el insulto se desvanece al cruzar más de dos palabras.

– ¡María, a este malparido lo que falta es comer mierda en la vida! Para que vea que uno tiene razón en todo.

– Pero hombre, ¡Si sólo dije que me parecía irrespetuoso ir a un velorio sin sentir nada por los que están ahí!

– Ay si, respeto. Respeto de ni mierda. Usted es un irrespetuoso y la vida se encargará de cobrárselo todo en un futuro.

Ellos bajaron del carro, yo me quedé ahí afuera de la funeraria. Me ardían los huevos. De la rabia, y de la quemadura. Odiaba tener que pasar las vacaciones de esta manera. Casi todo el tiempo. Y eso que esta vez habían sido pocos los encontrones entre ambos. Y yo siempre salía peor librado. Y con todo, no quería estar en Bogotá y prefería ver al muerto y darle un beso y recibir los puños y las patadas de todos los familiares por ser un vil hijo de puta irrespetuoso. Tenía ganas de estar en ese ataúd. Tenía ganas de salir corriendo. De tirar los zapatos en algún punto, y correr hasta que las yagas de los pies estallasen y no quedase más que detenerse y ver en dónde se estaba. Ojalá fuese bien lejos. Neiva ya no es lo que fue. Antes estaba uno tranquilo…ahora, sencillamente, todo parecía ser menos fastidioso que lo que podía ocurrir en Bogotá. Y la gente era aún más estúpida que en Bogotá, y las generaciones se extinguían bajo los 40 grados que se asomaban a diario.

Y mis amigos ya no lo eran, y las mujeres cada día estaban más buenas, más culonas, más tetonas, terriblemente lascivas desde los 15…y uno no tenía ni el dinero, ni la fama, ni el carro, ni la parla, ni nada, para llevarlas a la cama. Uno sabía desde que las veía. Y yo no es que fuese un tipo feo. Era un imbécil como cualquier otro. Incluso, muchas veces era mejor que los cretinos con los que ellas andaban. Y entonces los veía con esas camisas, con esos tragos, con su carro, con muchas estupideces para hablar que yo no sería siquiera capaz de preguntar…y se veían contentos, sanos, tranquilos, felices. Y yo sabía que no era feliz y que ellos sí. Y a veces, en medio de una solapada arrogancia, pensaba “¿por qué putas ellos son felices y yo no?” Y entonces me veía, y contestaba, para adentro, bien para adentro, hasta que el corazón se agitase y la calma se perdiese en el mismo instante: “No soy tan diferente. O yo que sé.” Y entonces alcé la cara, y me di cuenta que el problema no era tener eso que ellos tenían. El problema era que yo no quería tenerlo, y que todos querían (y pretendían obligarme) a quererlo. No quería ser como ellos. No quería sus cosas, ni su ropa. No quería tener un carro. No quería tener que someterme a la estupidez trascendental de un diálogo sobre ropa de marca y viajes a extranjero. No quería ser como ellos. Pero quería ser feliz, y ellos lo eran. Sin muchas complicaciones. Lo eran. Y no era el carro, ni la plata, ni la ropa, ni su estupidez, el origen directo de su felicidad. O tal vez si.

Hay gente que nace para eso. Para ser feliz, y ser exitosa, y chupar pijas y sonreír de manera automática y no entender nada. Y trabajar. Trabajar hasta que los huesos se escurran y tengan una casa y una finca donde descansar. Y yo no quería nada de eso. Lo odiaba. Creo que moriré joven, para no tener qué retractarme de decir todo esto ahora.

Cuando me desperté, estaba justo en la mesa de comedor. Del gran club de Neiva. Ahí estaba yo. Poca gente alrededor, por suerte. Muy poca. Todos hablaban muy fuerte y se saludaban de mesa a mesa con grandes sonrisas. Luego se sometían en oscuros silencios que se rompían con algunos susurros. Hablaban de todo el resto, y competían por verse mejores. No toleraban ver un mal traje, o una barriga más grande. Pero las cirugías poco se comentaban. Todos parecían tener una. Pero, eso si, si el bisturí había dejado sus cicatrices más de la cuenta, todos hablaban de eso. Dos viejas que estaban al lado comentaban algo al respecto:

-Mira, ahí va Mercedes, mírale esa cara, ¡Pero qué horrrrror!

-Si… ¡Horrible! ¡Y tan bonita que era cuando joven!

-Eso les pasa por ponerse botox por todas partes.

– Pero claro. Yo tengo un poquito pero es por salud.

-Claro mija. Por salud si toca ponerse lo que sea.

-Sí, por eso también me hice el bypass.

-Eso está bien. Yo me operé el tabique para prevenir. Por si acaso.

Y todos hablaban de lo bien que vivían, y los platos llegaban, y yo miraba a los meseros: Agotados, desgastados, perdidos, desamparados, y en algún momento, tal vez, sus vidas tuvieron un sentido y ahora andaban ahí lamiéndole el culo a toda una partida de malparidos cuyo único mérito era tener la plata y la estupidez suficiente para  querer entrar a aquel hueco. Ellos me veían, y sentía el odio. Me olían como uno de ellos. Y eso me hacía pensar que, efectivamente, puede que yo estuviese más de ese lado. Pero eso no podía ser así. “Contra ellos, contra ellos” pensé. Y entonces un mesero me preguntó:

-¿Tiene problemas con la sopa muy caliente?

-No, fresco. ¿Es que aquí alguien lo tiene?- contesté.

– Sí, no falta…-y sonrió.

-Esos sólo merecen que les escupan la comida.

Y se fue. Y eso me hizo sentir algo mejor, porque el tipo ya me hablaba de otra manera y no se escuchaba como un autómata diseñado para dejar comida que no es suya en la quijada de animales que desprecia. Seguía estando contra ellos, y eso me agradó. En el mar de la vida todos nos quitábamos el plato de la boca y despreciábamos a los peces pequeños que aún tenían la boca abierta dispuesta a tragar y combatir. Pero nos alegrábamos con las rémoras que viajaban solas comiéndoselo todo. Ya no nacen tiburones. Los tiburones están muertos. Ellos comían hombres, y los hombres sobrevivieron. Se extinguieron los más fuertes sólo porque los débiles se agruparon y atacaron sin previo aviso. Y si hay tiburones, yo conozco un par, y esos tienen miedo. O se cansaron, y se largaron. Y hoy me toca correr como los leones y matar en la tierra. El mar es para los débiles. Y aquí sigo y aquí estaré.

Me levanté de la mesa y caminé hacia un baño cercano. Los huevos me ardían muchísimo más que antes. Salí y hablé con el mesero que me había atendido. Le pedí una bolsa con hielo. Me preguntó para qué la quería. “Tengo una herida…está inflamada” contesté. “No me dejan regalar hielo si no es con bebida, pero tranquilo, ya le traigo un poquito” replicó. Al volver, tenía un vaso lleno de hielo y una servilleta con una especie de linimento ahí. “Es pomada para heridas, échese un poquito por si algo”. “Muchas gracias” contesté. Me fui corriendo al baño y me dejé un rato el hielo. Lo ponía por un pequeño instante, y gemía del dolor, y me levantaba los cubos y veía eso cada vez más rojo. Al rato decidí aplicarme el remedio que me había dado aquel tipo. Sentí cierto alivio al ponérmelo. Como que sí servía.

Al salir, vi a un tipo buscarle problema al mesero que me había ayudado. Lo tenía sujeto del cuello de la camisa, y en cualquier momento le atizaría un golpe en toda la cara. Miré al mesero. Era mucho más grande, más fuerte. El otro tipo era un viejo gordo sin un diente. El orgullo de un hombre se le refleja en los ojos. Y aquel mesero tenía la cabeza gacha, los ojos desorbitados, los labios estrujados…y algo se estaba muriendo ahí, en ese gesto, en esa cara. Y puede que eso mismo se hubiese muerto antes, pero la esperanza hace que de los golpes la gente se resucite con la debida fuerza, y aquel tipo ya había pasado por eso y no quería perder su trabajo. De seguro tenía familia, o puede que no hubiese tenido la posibilidad de nada más…

-¿Qué pasa?- le pregunté a un viejo que vi justo a la salida del baño.

-Nada, que el malparido mesero le regó la sopa encima a la falda de la esposa del tipo ese.

-¿Sólo por eso le va a dar?

-¿Le parece poco? Es una falda blanca y si se para se le ve todo. Luego ¿Qué será capaz de decir la gente?

-A la mierda la gente- contesté mientras lo empujaba con fuerza.

Me escurrí como pude. Corrí hacia allí. De repente, me vi en medio de un gran círculo. El mesero me miraba. Se notaba que no sabía bien qué hacía yo ahí. El otro tipo me veía. Me miraba con complicidad, como si fuésemos amigos y yo lo entendiese. Me acerqué. Me sonreía aquel viejo. Su sonrisa estaba manchada por una mueca estúpida de regocijo. Miraba a todas partes. Todos lo veían, y el era el centro de atención. Lo había logrado. Eran sus quince minutos de fama. A costa de otro. A costa de un otro que la única culpa que tenía era la de ganarse la vida sudando en los días festivos, donde todos debían descansar y pasarla bien. Una gran mayoría lo animaba a romperle la cara al mesero. La otra porción, o era indiferente, o sencillamente no quería involucrarse demasiado por alguien que no valía la pena.

-¡Mesero hijueputa!-gritaba un viejo de camisa roja.

-¡Imbécil, se la tiene ganada!- decía otro.

– ¡A mi me hacen eso y lo hago echar!- escupía una señora.

PUM/PUM/Redención.

El puño había salido disparado con fuerza. Como en las épocas en que entrenaba boxeo. Un gancho directo al estomago. Sentí las vísceras batiéndose intempestivamente. El cuerpo se retorcía en quejidos y pequeños rastros de baba sobre el suelo. Ahí estaba esa cucaracha.

TRAJ/PUM/ De vuelta.

Me había llegado con fuerza. Directo al rostro. Caí, y me levanté como pude. Lancé un par de puños al aire, sin ver muy bien. Golpeé, sin fuerza, pero en la cara y eso algo hace. Corrí como pude. Salí de ahí. Luego, no sé cómo, terminé al lado de los viejos. Nos montamos al auto. Nadie hablaba. En la emisora, una mujer llamaba a quejarse de la falta de trabajo. Nadie le daba trabajo. O si en algún momento llegaba, era para trabajos de medio pelo como cocinera o mesera.

-¿Para qué se metió?- preguntó el viejo.

-Le iban a romper la cara a un pobre huevón que no había hecho nada- contesté.

-Le tiró el vaso a la falda de la vieja.

-No fue con intención.

-Pero fue un imbécil. Se la tenía ganada.

-Eso es muy poco para ganarse esa mierda.

– Usted no sabe nada. Ojalá le hubiesen roto la cara por meterse en eso. Hay que aprender a estar en el lugar que a uno le corresponde.

-Mi lugar hace tiempo es diferente al suyo. Al de ustedes.

-¡No pues, el diferente, el rebelde! Madure, madure que la vida lo va coger y lo va a aterrizar y cuando se de cuenta va a estar comiendo mierda solo sin nadie que lo respete.

– Dudo que eso pase. Y si pasa, pues no deseo ni mierda de todos esos malparidos.

Me bajé del carro. Me gritaron algo por la espalda. Un insulto. Mi futuro. Mi papá era bueno haciendo predicciones sobre mi futuro. Una de mis hermanas decía que él tenía la capacidad para acabar con la vida de sus hijos. A aquello lo llamaba “maldiciones del padre”. Yo no creía en eso, pero sí que estaba seguro de que gran parte del miedo que todos sentíamos era por su personalidad dominante y brutal. Cumplía con sus obligaciones, y de vez en cuando daba a entender que estaba feliz con uno ahí. Pero era un tipo de lo más brutal. Creo que todos le temíamos, a pesar de la edad. Ya estaba viejo, pero seguía siendo fuerte. Era un tipo duro. Uno de esos que aguanta las cicatrices sin lamentarse. De esos que se lamen las heridas y les echan sal encima. Y no hay lágrimas.

Ahí había un viejo tiburón. Un león que los golpes lo habían domado. Una persona que tenía un potencial extinto. Que ahora vivía en su monotonía para mantener una familia. Tampoco le disgustaba. Era respetado, admirado. Pero yo no quería eso. Yo quería estar tranquilo, y escribir. Escribir hasta que en algún punto todo cobrase sentido. Y caminar sin más rumbo que mi cabeza y mi consciencia. Y abrir las fauces para que las moscas se me caguen en la boca. Y luego escribirlo. Lentamente, sintiéndolo. Si no duele, no existe. Y si no existe, no merece ser escrito. El cielo era un infinito. La vida también. O eso dependía de los grilletes que uno estaba dispuesto a asumir. Yo ya había visto mi futuro, y tenía miles. Tenía tantos que sin habérmelos puesto ya me pesan. Y entonces uno se levanta cansado, angustiado, y nunca descansa. Y de vez en cuando un buen trago algo cama, o crea llamas. Y todo se quema y de las cenizas uno se burla y arma nuevas fogatas. Mi papá tenía razón. Yo sería un perdedor. No sería cómo él (al menos no en muchísimas cosas), ni como mi madre, ni como nadie en ese puerco sitio. Yo pelearía y me abriría campo con las manos y luego lloraría si me duele más de la cuenta. Y me levantaría y buscaría a los que fuesen y me vengaría. Me vengaría de la vida, de mi vida, de todo lo que duele y enferma. Y entonces sanaría con más dolor que antes y extrañaría los tiempos pasados en que todo estuvo bien y fui un imbécil y fui feliz. Y pensaré en esa gente y ellos me mirarán y hablarán y dirán que fracasé. O me uniría a ellos y fracasaría. Con ellos o sin mi, distante y diametralmente parecido al viejo.

Y yo habré escrito mil y un cosas. Y no seré un puto abogado. Y el cartón de filósofo no me servirá más que para saber que estudié algo que quise, quiero, que sirve o que tal vez no llega a nada. Y me mirarán mal y yo les romperé la cara con versos que sangran y puños que estallan.

Y que cuando todos me miren, sientan el miedo. El miedo que siento al ver al viejo. Pero yo no estaré ahí para causarlo. Que lo sientan si les toca. Yo haré lo que tengo que hacer. Mi futuro ya esta escrito y falta culminarlo. No hay sueños. Hay pelea. Y peleando se llega. A cualquier sitio. A ninguna parte. Y es que a veces, uno se levanta cansado, jodido, magullado. Y se mira los huevos y piensa en clavarse tres pajas para desentenderse de todo. Y a mi ya me duelen. Pero esos renacen. Y luego uno sigue cansado y se las clava.

Luego renace.

Manifiesto literario: Sinceridad y rabia.

desierto

Alguna vez intenté escribir algo
Que fuese bonito
Que una mujer lo viese y dijera
“Mierda, ¡Qué tipo más lindo!
Pero me sentí falso,
Muy falso
Y preferí ir por una botella
Antes que venderme por un culo.

Alguna vez intenté escribir algo para agradar
Para que la gente dijera
“¡Por fin dejaste esa depresión que cargas!”
“¡Ya dejaste de insultar!”
Pero no pude
Me llené de asco
Perdí el interés en lo que escribía
A la mitad del párrafo
Y lo leí
Tan desinteresado, tan poco motivado
Y prendí el computador
Para ver a Mila Kunis
Mover el culo ante la pantalla.

Y por eso, siempre que mi mamá
Mi papá
Mis amigos
Los desconocidos
Me dicen
“¡Para qué mierda escribir, para qué masacrar el lenguaje de esa forma!”
“¡Lleno de insultos, sexo, y demás!”
Yo les digo, sin saber por qué
Debería lanzar un puño
Haber si se callan la puta boca
Que es mi vida, que es lo que me pasa
Que si mis días fueran color de rosa, o una película de Sandra Bullock
(Sin tantas tetas, ni un cabello tan rubio)
Yo andaría feliz, sin escribir
Haciéndome hermosas pajas en la mañana
Antes de salir:
A trabajar 
A estudiar
A pagar facturas
A morir
A seguir muriendo 
lentamente
Pretendiendo vivir.

Y no tendría necesidad, esta maldita necesidad
Que me da, que está muy clara, que no tiene rodeos
¡PUTA VIDA! ¡COBARDÍA ENFRASCADA!
En pequeñas letras, que para muchos no significan nada
Que para mí son todo
Mi vida, en pequeños trozos
Mi vida, con toda su mierda
Con la sinceridad que trae cualquier despojo
Que ya no quiere mentir
¡QUE QUIERE VIVIR!
Y no pretende lamer más culos
No quiere agradar más
Sólo quiere desahogarse contra la pantalla
Titilante,
Desgastada
En letras que se funden en llamas
En el desierto de la vida
Ese que todos los días
Obliga a bajar la cabeza
Ceder el paso
Sonreír por cobardía
No mearse en el que sólo causa antipatía

Y entonces, vienen y me dicen
“¿Para qué mierda escribes, eh?”
“¿Por qué decir todo eso?”
“Tan personal, tan de adentro”
“Como si tu vida, fuera un libro abierto”
Y bueno, yo sólo puedo contestar
Que no tengo un revólver
Que a muchos que quisiera,
Matar
No puedo
Que de todas las mierdas que pasan
Muertes, corrupción, crímenes de Estado
Y demás males del mundo
Tanta falsa ilusión
Tanto McDonald’s ayudando a la descomposición
Soy sólo otro eje, otra tuerca
En el gran engranaje
De un mundo sembrado en campos de huesos
Que sólo erige
Nuevos cementerios
Y no soy mejor, que esos que critico
Que esos que son “felices”
Que encontraron la felicidad en la inercia
En la falta de autocuestión
En el mismo miedo
Ese que todos los días los empuja
Los mueve al trabajo, a pagar las facturas
A sonreírle al jefe, a no quejarse por nada
A dejar que el erario público sea otra arca privada
De un par de hijos de puta
Que nada comparten, que escupen migajas
Monumentos de ignorancia.

Por eso
Cuando ustedes me dicen
Por qué escribo
Por qué me expongo tanto
Por qué alejo a tanta gente, con tanto
PUTO vocablo
Yo digo
¿Qué mierda haces, poeta?
Que a mucho le escribes, que nada te dejas
A ti mismo, intranquilidad que no cesa
YO CONTESTO
Con los huevos en las manos
¡ME IMPORTA UNA MIERDA!
¡ASÍ LES DUELA SU ALEGRÍA,
MI RUGIDO NO CESA!
¡ASÍ SE QUEMEN LAS PESTAÑAS
CON LA RABIA QUE EMANA
DE TODO MI CUERPO
QUE EN LAS LETRAS SE QUEMA!
Tengo dos puños
Tengo una rabia
Que nunca cesa.

Y no son ustedes
Es su felicidad
El gran problema
Esa felicidad pendiente
Indecente
Que nunca se critica
Que nunca se siente

No soy un robot
No escribo para la gente
Es la necesidad
LA MALDITA NECEDAD
La que me mueve a hablar
A escupir todo aquello
Que me falta
Que no puedo lograr.

Porque en la vida hay muchas balas
Pero hace falta un arma
Para disparar.

¡Fracaso!

Francis Bacon - Portrait of Lucian Freud on Orange Couch 1965

¡Fracaso!,
Has nacido bien corto, has nacido bien majo
Eres el mismo destajo, que conocí alguna vez
Muerto de sed.

¡Fracaso!
Nos masturbamos alguna vez, te freíste la vida
Me besaste los pies, eres la mierda que,
QUE,
Nunca tuvo sus pies
Y hoy mueres por algún momento
Junto a mi ser.

¡Fracaso! ¡Fracaso!
Hoy nos hemos visto
Me besaste el culo, me jodiste la verga
Mordiste mi ser, lo dejaste hecho crudo
Carne sin adobo, ser que no es despojo

Y hoy aquí, mañana en ningún tiempo
Ser que se diluye, vida que no es
Sincera, vida que no es
PLACENTERA
Y hoy aquí, mañana en la leja-nía
Soy el mundo
Con toda su puta mierda.

Ámame, botando la cisterna
Ámame, revolcándome
En la sartén, meando mi cerveza.

Llueve

gato37

Llueve
Afuera la gente se muere
Los perros lloran, los ladrones se esconden
Los enfermos se clavan tres pajas
Yo soy la mierda de siempre.

Llueve, el mundo no puede ser un lugar peor
El mundo es la mierda que se mueve a todas partes
Como un pulpo, un gran consolador
Uno que vibra y se quiebra en pedazos
Uno que nunca nos tira un puto orgasmo
Vida de mierda, ¿Cuándo me tirarás una mano?
¿Cuándo una satisfacción?
¿Cuándo una puta paja, que calme la desazón?

Llueve, en sus casas los muertos gimen de gozo
Se retuercen en sus camas, el frío no es más que otro aliento incoloro
Sus vidas se destilan en blancos y azules, en trabajos aburridos y polvos mal dados
En un despertador que truena a las 6 AM, en un desayuno a las 6:30
Un bus a las 7, una rubia sin piernas a las 7:30
Una puteada a las 8, el sonidos del jefe revolcando sus propios demonios
5:00 PM, has vuelto a la vida
5:00 PM, el ciego encuentra la salida, llega a su casa, se clava tres pajas
Prende el noticiero, come un sandwich, se mira a los ojos,
El espejo miente, los muertos tienen mejillas coloradas
Los muertos pesan 120 kilos, se quitan el maquillaje: rubor, pestañas
Los muertos usan traje, también corbata
Los muertos usan loción, los muertos ven Friends y uno que otro Fuck-Show,
Los muertos son iguales, la muerte es un don
La muerte es el regalo de la tierra, el embrión de ningún Dios
La muerte es el descanso, placebo contra el “alrededor”
La muerte es estar vivo sin tener control
La muerte es estar tranquilo, cuando todo está jodido
La muerte es pagar a un banco para que decida nuestra puta suerte
Muertos viven, muerto soy
¿Qué carajo me queda en el congelador?

¿Qué factura queda, que chute me queda?
¿Qué programa hay, cuál es el nuevo profeta de la realidad?
¿Messi, Cr7, la de las tetas, la película sin mirar?
¿Cuándo será que me tocará?

Llueve, y yo soy la mierda de siempre
Afuera la tierra sigue su curso, el movimiento indecente
Tira para abajo, para arriba
Afuera un perro se mea en una esquina
Escampa, los violadores salen
Los ladrones comen una empanada, toman un café
Y yo estoy en la casa, veo la T.V
Películas de los 80’s, ¡una mierda para hacer!
Escribo esta mierda, un poema quebrado
Me toco un testículo
“Mierda…ya estás vivo” pienso al verme en el espejo
Bajo la cremallera
Izo mi bandera, calor que rompe el silencio
Me agito con la noche,
Soy uno con el mundo:
Afuera escampa, adentro el agua lava, quema, huele amarga
TRACK/¡AHHH MIERDA!
Una sábana mojada a los veintidós
Poema sincero,
La mierda de siempre pero con otro color.

4:00 AM, WELCOME TO THE HELL…

Superhéroe del siglo XXI

boccioni

Bogotá se cae a pedazos. Bogotá está llorando, la ventana da cuenta de eso. El cielo se desmorona mientras pienso qué voy a hacer. Truena, la mierda de siempre: los recuerdos bañados en lluvia se deslizan por la ventana mientras el granizo intenta romperla. “Lo que te hace feliz luego termina por matarte” pienso mientras me revuelco un rato más en la cama.

Ring/Ring/¡Mierda! ¿quién putas es?/ Los sonidos de un imbécil en busca del silencio.

-Hola- pregunté mientras me acomodaba el pene. Siempre se puede morir de un corte directo a la lengua. Ni hablar de las putas cremalleras.

– ¿Sí, hola? ¿Hablo con el señor Miguel Sanabria?- contestó un autómata tras algún escritorio lleno de teléfonos. Putos callcenters.

– No, el murió…creo que se atragantó con una pizza, o algo así-.

– ¿En serio? ¡Uff! ¡Disculpe, mi más sentido pésame!- dijo sin ningún atisbo de dolor en la voz. Pura y franca hipocrecía. No lo culpo, no se puede querer al desconocido. Igual, a veces es más fácil odiar al conocido, como que con el tiempo se alcanza a ver más mierda de la que uno está dispuesto a soportar: resabios, mañas, costumbres chocantes y todo lo que implica tener consciencia del lugar en que se está parado en el mundo.

– No…tranquilo. Soy su hermano, estamos devastados…- dije intentando calmar la risa.

– Bueno…¡espero tenga una feliz tarde!-.

– Sí, creo que me pediré una pizza…¡hasta luego!-.

– Pe/pero, ¿no era que su hermano había muerto atragantado con una?- preguntó, captando la broma. Su voz destilaba ira: oración tras oración parecía comprender mejor su posición de imbécil en el planeta. Tan sólo otro gordo tras un escritorio de alguna vieja oficina del centro de Bogotá.

– Siempre se puede morir de un infarto post-paja- contesté, no sin antes soltar una leve risa.

– ¡HIJO DE…!-.

Tun/Tun/Traackk/El sonido de las mierdas al caer.

Me reí un rato. Pobre imbécil, jodido tras una silla, buscando vender algún seguro, algún plan de telefonía celular. Otro más que trabaja para que algún otro mucho más lejos viva como un rey sin mover un puto dedo. No éramos diferentes, lo único era que el había sido hoy el entrevistador, yo el entrevistado. En la vida sólo se cambia de papeles, de roles. En la vida se juega con una misma máscara que va cambiando con las perspectivas que se tienen enfrente. De resto somos la misma basura. Cagamos, tomamos, inhalamos:

Nos masturbamos. Así la verga se nos caiga a pedazos.

Decidí hacerme una buena paja. Hacía frío, el día estaba jodídamente lluvioso como para pegar un salto a la calle. Quería algo de aguardiente, pero las provisiones se habían agotado hace unos buenos días. Me quedaba media botella de vino, un tinto argentino que no estaba nada mal. Lo bebí de dos sorbos, antes de disponerme a los placeres del sube-baja. Si algo bueno tiene la “auto-contemplación” es que no importa dónde ni cuándo, siempre se puede disponer a sentirse bien con uno mismo.

Mi pene era una bandera mal izada. Mi pene era el reflejo de un soldado de mil batallas sin ninguna medalla. Mi pene era una casa embargada y a punto de rematar. Mi pene era ¡Ah! ¡MIERDA!

Plaj/Tin/Tin/Arriba-abajo/Arriba-abajo/ El soldado cae en una batalla de aeróbicos televisivos.

Cerré los ojos. El mundo era un lugar mejor. El mundo siempre era más tranquilo luego de una paja. La gente no lo entendía, a veces parecía que aquello les molestase. Pero la calma que venía tras el agite de las vísceras y el retorcer de los ligamentos, desparrámandose en cálido chorro sobre el pecho, lo valía. Lo valía todo. Eso sí, mejor era cogerse una mujer, pero no siempre se encuentra alguna dispuesta a perder el tiempo bajo un ariete disuelto en cortos pero sustanciales encuentros.

Me limpié con una camisa que luego lancé a un rincón del cuarto. Cerré los ojos un buen rato… esperando a que algo pasara. La lluvia había mermado, pero aún se sentía el leve golpeteo sobre la ventana. Me perdí un rato, dándole pequeñas caladas a un cigarrillo que se había encontrado con mi boca. Estaba cansado, dormí un rato.

Me despertó un sueño de mierda. Se la estaba chupando a un negro mientras Ava Devine despuntaba con un dildo mi blanco culo. La cosa no podía ser peor, de fondo sonaba I wanna be sedated de los Ramones, dando paso al aluvión de chorro blanco que se colaba tras mis cejas. Sentí lástima por aquellas que se la habían  tragado, por otras tantas que les había caído directamente a los ojos. El blanco se hacía negro, el negro sabía blanco. Sinestesia. Grité

¡PUTA VIDA! ¡NEGRO HIJO DE PUTA!

Estaba solo. En mi cuarto. Era de noche, prendí la radio. Un bajo se agitaba en un slap furibundo, podía verlo: golpes fuertes, chocantes, rabiosos. Una guitarra se colaba, buscando su lugar, “¡PUTO SOLO! ¡MEGADETH!”. No había nada mejor que Trust.
Me puse otra camisa y salí a la calle. Afuera, un imbécil intentaba coger un bus. Olía a mierda, agitaba su brazo frenéticamente, buscando que alguien lo viese: buscando que alguien se detuviera a contemplarlo. De su axila se desprendía un aroma dulzón, una mezcla de sudor y loción barata que se cocía debajo de aquel traje. Los putos oficinistas, con la mierda de siempre. Los putos y olorosos oficinistas, con su mirada agobiada y su cara estreñida, con sus axilas sudorosas y sus comentarios pseudo-inteligentes, pseudo-intelectuales, post-apocalípticos.

Sentía lástima y asco por ellos. Sentía unas ganas de hacerme una paja y llenar la calle con mi esperma, dejar de lado las basuras y la mierda que se escurría bajo tierra, en numerosas tuberías que acabarían en algún río, en mi carne, en mis verduras, en mi cerveza, ¡EN MI MALDITA CERVEZA!

Corrí hacia la tienda más cercana. Unas dos cuadras, mas o menos. Me detuve, hice la pregunta que nunca falla, la que siempre llena de esperanza los días en que todo se fue a la mierda…los días en que se tiene qué trabajar, maldición bajo la cual los oráculos de la libertad claman la emancipación del hombre, su evolución. La tergiversación más cínica, lo que no cuenta la prensa es que el puto trabajo lo deja a uno desgastado, jodido, con los músculos magullados y la cabeza inundada de inodoros y noticias…

-Señor, ¿a cuánto la botella de aguardiente?- pregunté, intentando retomar el aire.

– A veinte mil…- contestó con cierto aire resentido. Con cierto aire que me recordó que hoy era martes, y que aquel tipo tenía que trabajar al otro día. Me envidiaba, lo sabía.

– Regáleme una, también unas cervezas, por favor-.

-¿Cuántas?-.

– Unas seis…si puede también póngame una botella de vino en la bolsa, por favor- contesté con cierta preocupación. Le debía dinero, el hijo de puta se acordaba. Rió. Era su momento de vengarse.

– Claro, ¡claro!- gritó entre bufidos que se asemejaban a una risa- pero…me debe treinta mil pesos, vecino-.

– Tranquilo, coja hoy el sobrante y mañana traeré el resto- dije, intentando ocultar el resto de billetes que tenía en la billetera.

– Hum…¡JAJAJAJAJA, NI MIERDA, O PAGA TODO O NI MIERDA!- Gritó, lanzando golpes sobre el mostrador. De su boca se escurría una baba verdosa, espesa, casi coagulada. El hijo de puta se había vuelto loco, no lo culpo, para eso es el mundo. Estamos encarcelados bajo el seguro social, el trabajo, los impuestos, las facturas y toda esa mierda que impide clavarse un buen trago o una buena cagada sin complique.

– No tengo, pero como le acabo de decir, mañana le traigo todo-.

– ¡NI MIERDA, BORRACHO CABRÓN!-.

– ¡A LA MIERDA SU PUTO TRAGO!- grité, no sin antes escupir en el suelo.

Al salir, me percaté de que el resto de estancos estaban cerrados. “Estoy jodido” pensé. Sabía que al llegar sólo me esperaba un apartamento oscuro, un gato pedorro, una alacena plagada de cucarachas, y un puto televisor. “¡Carajo! ¡A esta hora sólo dan las putas noticias!” grité para mis adentros. Caminé, las dos cuadras que me habían tirado a aquella puta tienda. Las dos cuadras que me separaban de la insatisfacción del trabajo, de las facturas, de las bombas que caían a diario en este país de mierda. Bogotá nunca será un lugar para descansar. Bogotá no es más que otro cementerio más sobre el cual follar.

Al entrar, saludé al gato y me fui corriendo al baño. Una cagada bien espesa se asomaba, caliente, de las buenas. Prendí un cigarrillo. Corrí la persiana. “Ojalá alguien la huela…ojalá” pensé mientras mi culo eructaba.