Despedida

Van Gogh. Habitación.

I

Se despidió…
Nos despedimos.
Cruzó el umbral del cuarto
y se detuvo un momento:
Observó los gatos…
En silencio dialogaron.

Lo sé… o creo saberlo.

Cruzó la puerta.

II

Sus dedos surcaron mi cabello,
Sus palabras hablaron de otros tiempos:
“Te queda bien”, me dijo, tal vez sonriendo.

No lo sé. No lo supe.

Existo sin saber,
Sé estar, sé correr,
Corro con el viento a las espaldas
Y el dolor inscrito en mis pupilas.

“Mañana será otro día”
“El lunes trabajaré…
El martes igual”.

Cerraré la puerta a todo esto.
Despediré recuerdos y ahogaré alegrías
El cielo es un mar de islas que no se reconocen
Que se cruzan y se tocan
Para disolverse.

Islas blancas que gimen y lloran
Y su llanto es lluvia
Que trae vida.

No sé por qué pienso esto…

El día brilla y un pájaro negro
se posa en un pino:

Nos conocemos de antes…
Ambos hemos rozado con el cuerpo
Las espinas del estío.

Me mira y, de forma queda,
Suelta de nuevo el alma
Hacia esas islas que recorro
Cuando salto al vacío,
Abandono el mundo y sueño.

Sueño…
Sueño…

Y luego vuelvo a vivir.

III

Algunos cabellos rozan mi piel,
Tiñen el blanco de las sábanas
De un caríz distinto.

No son míos, por supuesto,
Lo sé porque se hilvanan y forman constelaciones,
Y el sol rebota contra ellos…
Son impenetrables.

“El fuego no se mezcla,
Sólo crece y abraza lo que no desea
Crepitar”.

Revuelvo esos cabellos y los suelto al viento,
Aguardo a que un ave
Los arrastre a su nido.

Son hebras de vida,
Flores de tiempo no recorrido,
Sonrisas de media tarde
Para aquel que está tranquilo.

Cierro la ventana,
Sólo quisiera ser transeúnte
De las noches de invierno:
El frío me cobija,
Me arrastra a un árbol de cerezo
Y en sus hojas anido.

Pero mis alas son de hierro,
Y en sus esquinas dos cuchillas
Se encargan de rasgar el cielo.

No vuelo,
Temo.
No vuelo,
No vuelo,
No vuelo,
Cruzo el telón cuando arrastro el alma,
Los pájaros temen encontrarme,
Quisiera abrazarlos…

Quisiera un abrazo.

Pero no vuelo,
Rasgo el cielo y de su tela brota
Lluvia anaranjada,
Porque vuelo entre recuerdos,
Y ese es el color de esas hebras de cabello…

Los encuentro en esta puta isla
Que es mi almohada.

Quisiera reír…
Quisiera…

Pero ella cruzó la puerta
Y yo permanecí

Aquí.

No hay tiempo para la tristeza…ni para el olvido

MIRÓ, Joan_El pájaro relámpago cegado por el fuego de la luna, 1955_674 (1976.82)

A Osvaldo Soriano,
Por regalarme la entrada.

No hay tiempo para la tristeza
Ni para el olvido,
No hay tiempo que guarde
La calma de los vivos.

No hay tiempo para la alegría
Ni para el letargo,
Sumidos deambulamos con las luces apagadas,
Transeúntes de otros días
Que recorrimos calles y aguardamos en frías esquinas
La paz espiritual de la farola,
En la parada del bus.

(Prendo la luz,
La mano, mecánica,
Se ciñe a ese click instantáneo
Y no aguardo nada).

No hay tiempo para el recuerdo
A la sombra del techo,
Lo que ayer fueron estrellas calcinando
Las brasas del cielo,
Hoy no es más que una pared blanca
Dispuesta a sepultarme.

(Prendo la cafetera y espero.
Miro la luz rojiza que tiñe
La Bogotá de otros días,
De otras calles).

No hay tiempo para la vida
Ni para la muerte,
Soy un punto suspensivo
Aguardando el final,
¡Y que el párrafo me borre!
Y que sobre las hojas de mis diarios,
De mis pasos por el mundo,
Se reescriba otra suerte
Para aprender a vivir.

No hay pena ni olvido
Ni alegría ni llanto
Ni temor ni angustia
Ni dolor ni canto.

Somos fango arrastrándonos sobre la pendiente,
Pasos enterrados en ciénagas deshabitadas
Cuerpos que navegan entre pantallas
Pudriéndose en su duermevela.

Soñé que fui pájaro y crucé la calle 138,
Un pájaro inmenso, azul, de pico dorado,
Que cimbraba el alma
En cada cornisa,
Temiendo caer.

Así de estúpido es esto.

Así de rápido
Perdí el mundo.

(Bebo otro sorbo de café…


El mundo se ha hecho
Blanco,
Y temo y río
Por las montañas de autos
Oxidándose en ese inframundo bogotano
Que anida en el subsuelo de los edificios).

“Todo esto es estúpido”,
Me digo,
“Todo esto…”
Persisto.

Abrazo una luna metálica,
Quiebro un sol tallado en madera.

Todo esto es estúpido.

Todo esto…

Y la vida,

De repente.

Siembro en el aire,
Con arcilla de cerezas
Un girasol rojo,
Para que el calor vuelva
Y mi cuerpo se levante.

Los gatos me lamen.
Se aferran a mis manos,
Acarician el barro
Que traigo encallado
Debajo de la piel.


El vuelo del pájaro azulado

Campo-de-trigo-con-cuervos

Ya viene de vuelta la noche
Como aquel pájaro azulado
Cuyo manto y vida recorren
La perduración del graznido.

Su vuelo arrecia y sus plumas
Son los pesares de la mañana:
Eso que se olvida nada más
Abrir los ojos.
En sus alas,
Se arropan las nubes y muere
El sol.

Su graznido baña de fuego
Las estrellas
Y su sangre es la estela
Que recorre el cielo.
El pájaro que veo en las noches
Ya no teme,
Ni reconoce su quebranto:

De él sólo queda el peso
De su viento
La quietud y su abrazo
Su naufragio en el
Firmamento.

Por eso, a ratos lo llamo,
Lo espero de noche y admiro
Sus plumas,
negras y azuladas
Mientras crepitan como el fuego.

Hubo un día en que el graznido
El temblor de sus alas
Recorrió la espesura del reloj
El yermo en que escribí
Las horas para saberme vivo.

Ahora,
En la quietud de una noche estrellada
Presiento su abrazo y
Tiemblo:

Su cielo no es el mío.
Ya sabré hallar consuelo.

Retomo el silencio
De una posible madrugada
Y dibujo el rojo mancillando el negro
Dispuesto a retratar
Qué queda de su recuerdo:

Vuelo y alma
no son más que una misma cosa:
La cadencia del náufrago
Bajo el cielo infinito.

Y sé que no soy otra cosa
Que ese pájaro,
Trastabillante ante las luces
Que rastrillan el cielo
Surcando avenidas azules
Sobre el gris del pavimento.