Recuerdos: otro epitafio.

casa-abandonada

Volver siempre había sido una cuestión vital: volver a un trago, volver a la casa, volver al trabajo, volver a mí mismo. Sobretodo a mí mismo. Volver a Neiva, mi ciudad natal, me reportaba siempre una especie de dejo tranquilo que me sometía a los vapores de mis más oscuros miedos. Hoy no era la excepción.

Me levanté de la cama con algo de resaca, la noche pasada se incrustaba en mi cabeza como una fugaz brisa. Caminé hacia la cocina y me tomé una jarra de agua de un sorbo. Fue allí cuando intenté por primera vez en el día sentirme acompañado:

-¿ Mamá?- grité, no sin antes rellenar la jarra nuevamente.

– ¿Mamá? ¿Papá?-.

“¿Mamá? ¿Papá?” me pregunté. No sabía qué significaba aquello, pero lo sentí como una puñalada directamente al corazón, al principio afilada, luego bastante oxidada. Allí, en medio de aquella casa, recordé un instante que nunca dejaría de machacarme la cabeza cada vez que llegaba, de vuelta, a aquel lugar. Me había despertado, y había intentado llamar a mis papás. Por aquel entonces tenía unos siete años, y siendo franco, me costaba bastante estar solo. La soledad era para mi como una caja de juguetes desconocidos, o puede que un cajón atestado de teléfonos celulares. Me incomodaba, me hacía percibir más de cerca la luz oscura que reposaba sobre la vieja sala de muebles de madera corroídos por el tiempo…

Grité, grité un buen rato. Luego vi llegar a los viejos en la desvencijada camioneta Nissan que teníamos por aquel entonces. La luz de sus farolas golpeaba de lleno, y de los ventanales de la entrada, una luz serena se posaba sobre mi rostro y me secaba las lágrimas. Sonreí, estaba vivo, de vuelta con ellos.

“¿Mamá? ¿Papá?” me volví a preguntar, para mis adentros, como si el roce de las palabras con la vida fuera una señal más de mi estúpida inseguridad. Tenía veintidós años, y no podía creer de qué manera aquellas dos palabras, en medio de esa casa, mi puta casa paterna, me hacían estremecer. Mi garganta se oxidaba, mis pupilas se dilataban y se desenfocaban, no pude ver… me senté. Allí, en medio de todo. Allí, atrapado entre mis recuerdos, dilatado en mis más profundos pesares sin siquiera poder identificarlos.

Pensé en todo, en cuando tenía 16 años y el mundo parecía un sitio amable, tranquilo, con sonrisas para todos lados. Había sido un imbécil, pero había sido feliz. “Tal vez el requisito para la felicidad sea ser un cretino” pensé, mirando para el techo, enfocándome en la antigua lámpara de la sala. En aquella casa, en aquella ciudad…había sido un tipo congraciado con su puta existencia, que estaba llena: que estuvo llena por un breve instante. La recordé a ella, con esos ojos que desfilaban entre el verde y el azul, a veces grises, a veces tiernos, a veces con ganas de arrancarme los huevos. La vi, la sentí por un breve momento en el sofá de la sala, volteé la cabeza, la vi en el sillón del segundo piso, junto a la biblioteca. Sentí su boca por un breve, tal vez un largo, instante…

Trak/trak/ El sonido de la memoria ante el espejo.

Llamé a Juan, un viejo amigo del colegio que vivía a unas cuantas cuadras de mi casa. Deseé estar lejos, tomarme unas cuantos aguardientes y bajarlos con cerveza. Necesitaba licor, necesitaba largarme de aquel puto sitio que antes me había dado paz. Necesitaba estar lejos…

– ¡Imbécil!- grité, sin lograr ocultar la emoción que suponía encontrarme con aquella voz, así fuese en la distancia del teléfono.

– ¡Ehhh! ¡Malparido! ¡Milagro que llama!- dijo con cierta alegría.- ¿Ya está en Neiva?-.

– Sí…ando en mi casa- contesté, intentando calmar la voz.- que, ¿hoy unos tragos?-.

– No puedo…- replicó con cierto desdén.- Ahora me voy con los viejos a una comida.

– Ok, está bien… ¡Estamos hablando, hermano!- le dije.

– ¡Sí! ¡Mañana hablamos para hacer algo!- respondió.

Tun/Tun/Tun/ El sonido de la soledad.

Allí, en medio de todo. Adentro, lejos de cuanta mierda pasaba fuera; como si la tranquilidad fuera un estado inherente a cuatro paredes circundantes, como si los problemas no se guiasen por la magnitud que otorga el que los tiene. Me sentí un imbécil aún más grande: ¿A qué le huía?.

¿A qué le huía?…

A nada, a mí mismo, a mis recuerdos: aquellos que en cobarde arrebato había sepultado para luego erigirlos bajo el monumento del pasado. Afuera, la gente se moría, trabajaba, pagaba facturas, se moría, los mataban, caían bombas, los jodían…y yo, adentro, tirado en la mitad de la sala de la casa, viendo hacia el techo, suplicando no recordar una mierda más…

Puto cobarde. 

Lloré, lloré como nunca. Me sentí solo, y el verme allí adentro, inmerso entre las fotos, entre los imágenes que se trasponían en mi cabeza, me hizo sentirme aún más imbécil. Intenté hacerme una paja, pero no pude… era difícil, el pene no se paraba, como si una inercia superior lo sujetase en su minúscula presentación. El porno no servía, y ante la luz de la pantalla la noche ya empezaba a atacar. Miré el sillón que tenía a un lado, la recordé, enfundada en una camisa azul que hacía juego con sus ojos, la besé, le pregunté nuevamente lo que en aquel dos mil siete me había sido negado:

– ¿No quisieras seguir?…-

-No, tú te vas… y bueno, las relaciones de lejos no funcionan- su voz se entrecortó, miró al suelo, sostuvo de nuevo su cerveza- Luego conocerás más gente… y puede que ya no me mires de la misma forma.

– No es eso…¿Cómo puedes decir eso, sin siquiera intentarlo?- pregunté, bajándome un buen sorbo de cerveza que pasó caliente. Aquello me hizo desear un poco de aguardiente, que por desgracia ni hoy, ni ese día, tenía.

– Ya lo decidí… lo siento- dijo, mientras se iba. Su cabello se agitaba conforme a una leve brisa que se colaba por el ventanal. Con cada paso que daba, las escaleras rechinaban, como si al irse hasta la puta casa llorara.

– Adios…-contesté- te quiero.

– Tranquilo…- replicó, deteniéndose sobre uno de los escalones- siempre podemos ser amigos, ¿no?-.

– Si…¡Claro!- dije mientras una sonrisa se posaba sobre mi cara.

Pum/Pum/Too young, to fall in love, too young to fall in love/ El despertar bajo la guitarra de Nikki Six.

Nunca cambiaría, el resultado siempre sería el mismo. Aquella casa se había transformado en un ajedrez cuya partida estaba destinada a repetirse eternamente; dejándome a mí como perdedor perpetuo. Aquello era la vida, aquello era el recuerdo. Me sequé las lágrimas y reí como un niño: me reía de todo, de los cuadros, del computador, del sillón que antes me había dejado con los recuerdos atiborrados dentro del culo, siendo que aquel era el mancillado por mis hermosos pedos.

Aquello era la vida, y yo había decidido ser su amigo:
Cobarde, Imbécil.

Me reí…y luego de un rato me hice una paja, como en el 2007: llena de mierda, viendo a las maduras que nunca me soltarían un beso, siquiera una cogida de teta… dormí un buen rato, y llamé al Peludo, otro viejo amigo:

– Que, ¿hoy unos tragos, hijueputa?- pregunté.

-¡Claro perra! ¡Ya paso por ti para que nos peguemos una rasquita! ¡Como los viejos tiempos!

– ¿Pura old school?-.

– ¡Claro marica! ¡Ya voy y llevo unas perras para que dejes de hacerte tanto la paja!-.

– ¡Esooo!! ¡Aquí nos vemos!- contesté.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la noche, el sonido de las fichas saliéndose del tablero. El sonido de la risa, del licor y de la resaca vespertina  El sonido de la vida…navegando otra vez fuera del carril.

Neiva, 28 de diciembre de 2012.

Block-Fucker.

Entré pensando que nada conseguiría. Los callos de los pies me ardían, y a la larga la gente parecía ofuscada por algo que nadie entendía. Se paraban, absortos frente a la realidad misma, y no sabían que escoger. Era todo un frenesí: el piso del local parecía agrietarse con cada pisada rabiosa que se daba. La gente no acababa de entender el por qué de su propio enfado, y las miradas se cruzaban desde la cornisa de sus ojos, en ese reojo que parecía querer fulminarlo todo.

Yo no entendía que hacía allí. Ni tampoco quería asimilarlo. Quería salir y ya, largarme donde no tuviese que sentir la presión de ese dulzón aroma que venía de una mujer vieja, cuyas raíces negras relucían ante el precario rubio que intentaba descifrar su propia falsedad. No quería ser ella, o al menos no tener el cabello negro, y para ello tenía que usar ese perfume que sentía que quemaba mi nariz. Maldita puta, y aparte usa un traje negro, como si viviese con pesar de sí misma. Ojalá volviera pronto a su féretro, de donde nunca debió haber salido.

La gente se amontonaba, y yo ya empezaba a sentir el mareo. Alguien fumaba un cigarrillo sin filtro, se notaba porque se camuflaba con el ya pre-existente olor a marihuana. Por otro lado, un niño lloraba, al parecer, se había cagado en sus pantalones. Lo sé porque se había tensado una carpa café en su culo, y el olor se desparramaba en medio del ya dulzón aroma del perfume de la vieja, y de repente me quebraba la nariz el puto cigarrillo ese que parecía querer desintegrarse en el culo del pequeño.

Yo seguía allí, y me preguntaba si yo no olería a algo. Eso me irritaba, y me daba cierto temor. Criticaba, como si mi cuerpo no viviera en constante descomposición, como si en las mañanas a todos no nos oliera la boca a pescado bañado en mierda de perro, adobado con agua de sifón de residencia estudiantil. Y no te asustes si de la boca te sale un pajazo, maldito cabrón.

Me sentía en una marcha al averno, sazonada bajo el aroma a pollo frito que venía de algún lugar de aquel local. Destilaba grasa, y me preguntaba si el que se lo tragaba no habría ya muerto atragantado en un mar de aceite refrito. Hubiese sido lo mejor, porque ya sentía que caería desvanecido en medio del perfume barato, y de la mierda del pequeño. El pollo parecía marcar la decadencia de nuestra especie.

Todos gritaban, nadie parecía querer moverse, y ya la gente parecía caer en aquel delirio existencial que implica el ver desvanecer el tiempo en una fila de un local comercial. Yo me preguntaba si aquello podría durar más, al menos lo suficiente como para no tener que llegar a la casa y ver a mi mujer despierta, peleando como siempre:

– ¡Pero que son estas horas de llegar!, ¿ no le da pena ni con sus propios hijos?-.
– No amor, la fila estaba infinita, vieras que…-.
-¡ Me importa un carajo la fila del puto sitio ese!, ¡ me cansé de tener que mandarme la puta mano todas las noches allá abajo, me mamé de tener que  ver el desfile de mis dedos en aquel monte virgen, HIJO DE PUTA, SOY VIRGEN POR DESUSO!-.
– Pero tranquila, amor, hoy si, hoy-.
– ¡ Hoy ni mierda, a la sala pedazo de malparido, a dormir con el perro, para ver si a ese si follas!-.

Y era así siempre, y yo ya me había cansado. Ese desfile de preocupación y angustia que representaba para mi aquella fila, me hacía pensar en que de seguro preferiría limpiarle el culo al niño que se fermentaba en sus propias heces, antes que tocar nuevamente a mi esposa. Y no, no es que fuera marica, ni que con los años ya no se me parara. Cada mañana veía realzar mi mastil, luchar contra las inclemencias del tiempo, y tener que templar el jean cada mañana. No era fácil, le dolía, pero luchaba con valentía hasta que tenía que montarme en el carro. Allí la presión atmosférica lo hacía caer por su propio peso, y no por el desgaste que él esperaba. Pobre.

– Pero esperen señores, ya vamos a atenderlos. Si, ya escuché, si sé que tienen más cosas que hacer. No, tranquilo, el baño está en la esquina, pero no use el lavamanos para limpiar el popis de su hijo. No, si, espere…- decía la cajera, intentando dar orden a todo aquel caos, cual director de sinfonía manco y sordo.

La gente se impacientaba, y ya empezaba a escuchar lo de siempre  “vieja hijueputa, mueva ese culo, que para algo le pago”, “¿ es que mi plata no vale o qué?”, ” pero señorita, atienda que ya llevamos no se cuanto tiempo”, y así con todo. Variando los insultos como la cultura del que lo profería, aunque bueno, en aquel pedazo desterrado del tercer mundo y cercano al infierno la cultura yacía como concepto sepultada en una llanura de obras públicas inconclusas, rebosantes de cemento fracturado.

Llegó mi turno, e intenté parecer decente, un Voltaire en medio de aquellos Susos*, un Dumas entre aquellos Mendozas. Hablé con cordialidad, y con un tono austero:

– Señorita, disculpe, quisiera llevar esto- Y al abrir la boca sentí como la saliva se había estancado en las comisuras de mi boca, y salía aquel fermento de pepino añejo que olía peor  que mi esposa en las mañanas.

– Buena noche, ¿ tiene tarjeta de cliente frecuente?- preguntó, intentando alejar su cara del vaho producido por mi boca, intentando huir a aquella fragancia a pedo refrito. La muy puta, si supiera que el mentol del chicle que permanecía enredado en sus dientes, apretujado contra sus braquets, estallaba en suspiros de carne molida antigua y salsa carbonara espesa de varios días. La muy perra, aunque no podía dejar de ver sus tetas. Perra.

– Si claro, aquí tiene- le dije, mientras me hacía el que me agachaba para coger la tarjeta y los cinco mil pesos que costaba aquello, descifrando el enigma de su busto entre los pesares de mi ariete y el cosquilleo ligero de una caricia que emanaba de mi cola.

– Muy bien, lleva…-

– Gracias señorita, yo sé que llevo, muchas gracias- le dije, intentando huir a aquella expresión de asco y repulsión que emanaba de esa boca ensangrentada por el roce de los alambres.

Avancé, caminando sin ver la calle, refugiándome en el paquete que tenía entre mis manos. Hoy sería nuevamente humano, hoy volvería a ser uno con mi ser. Al abrir la puerta, vi a mi esposa gemir en el sofa, inyectándose placer entre una jeringa y unos dedos huesudos de uñas largas que intentaban no rasgarle el sexo. La esquivé, mientras maldecía mi existir ” hijo de puta, cómeme, cómeme, aquí estoy, ¡hijo de puta, ven para acá que hoy me rompes el culo!, ¡ QUE OTRA ZORRA TE DICE ESO!”.

Cerré la puerta del cuarto de un portazo, y me concentré en lo que había comprado. Los gemidos emanaban del televisor con fuerza impecable, y como siempre Jenna Jameson hacía que mi ariete y yo nos concentrásemos en no romper la pantalla bajo la espesa ráfaga blanca que salía disparada, desesperada, huyendo a aquel cuerpo. Queriendo vivir y destruirse a sí misma lejos de mi ser. Renegando de su obra, siempre creí que al ver a los niños lloraba, ” era un mal lienzo… eso te pasa por pintar borracho”, se decía, la muy puta…