En un pueblo cualquiera…

PAISAJE DE NEIVA

“En un país donde mandan los cerdos, todos los cerdos suben rápido… y los demás vamos jodidos, si no somos capaces de coordinar nuestras acciones: no necesariamente para Ganar, sino más que nada para no Perder del todo. Nos lo debemos a nosotros mismos, y a esa tullida imagen que tenemos de nosotros como algo mejor que una nación de ovejas aterradas… pero, sobre todo, se lo debemos a nuestros hijos, que tendrán que vivir con nuestra derrota y todas sus consecuencias a largo plazo”
 
Hunter S. Thompson.

En un pueblo cualquiera, azotado por el bramido de cuarenta y cinco grados centígrados sobre los rostros de sus habitantes, Infierno González caminaba. En su recorrido, guturales aullidos brotaban de su boca, conjugados con un olor a queso rancio y fríjoles descompuestos.

–          ¡Pueblo que Niebla! ¡Llegó su salvadora!- gritaba, extraviada, con los ojos en franca posesión lunática.

Nadie salía. El sol era tal que la gente prefería revolcarse en sus cuartos, bajo el aullido de los aires acondicionados. Sólo unas pocas señoras incautas, que en ese momento regaban las plantas de sus antejardines, se fijaron en el espectáculo. Ellas y don José, oriundo de la ciudad y tendero de confianza de toda la población.

-¡Pueblo que Niebla! ¡He venido a acabar este infortunio!- sollozaba, mientras algunas lágrimas de sangre (que luego se descubriría que eran de salsa de tomate diluida) brotaban de su rostro-  ¡Es momento de que veamos nuevamente la luz del sol!-.

– ¿A qué se refiere, Infiernito?- preguntó Doña Mantenida, mientras acariciaba su girasol favorito.

– ¡Doña Mantenida! ¡La niebla nos está matando! ¡La niebla y la lluvia!- gimió aquella, mientras un leve sudor se empezaba a asomar por sus axilas.

– Pero Infiernito, hija, si aquí nunca llueve…-contestó dicha señora, mientras conectaba su manguera al grifo- mire mijita, ya ni siquiera sale agua de la llave-.

– ¡Entonces, aparte de quitar la niebla y la lluvia, removeré el sol…y daré agua a toda la población, de este pueblo que niebla, y que todo hasta aquí me dio!- contestó aquella, sonriendo y mirando en todas las direcciones. Las señoras, amas de casa en su mayoría, celebraron con gritos de júbilo las propuestas de su vecina.

Y así siguió. Fue pasando por todas las calles de la ciudad, y a cada quién, como buena mesías, le prometía la salvación. A don Julio y demás cultivadores de arroz, les propuso eliminar las plagas que asolaban sus cultivos y triplicar las ganancias recibidas. A Don Julián Tavera, ingeniero de discutida reputación, le propuso adjudicarle todos los contratos que surgieran en su gobierno, a cambio de una pequeña contraprestación que se usaría, decía aquella tras varias risas y unos buenos pedos bucales, “en el mantenimiento de mi boca. Ya sabe, los políticos hablamos mierda, pero tampoco podemos destilarla”. Y así con todos. A los niños daba dulces, al resto de políticos de la ciudad algunas dádivas, que variaban dependiendo del caso. Eso sí, nadie perdía…

Nadie, excepto la ciudad, perdía.

Y así quedó electa. Tras un festín de lechona, aguardiente, ladrillos, prostitutas, Infierno González sería congraciada por la ciudad como gobernante in detrimento vitalicio. Como buena abogada que era, en su discurso fue enfática:

“Hasta que no logre arreglar mi problema bucal, no hablaré…estaré callada, meditando los millones de dólares que rob/usaré en el progreso de la ciudad. Pueblo que Niebla, erradicaré, no sólo la lluvia, también el río, las praderas, los cultivos de arroz, las obras públicas, el sol, la dicha, los niños, la educación. Si me proponen traer un mar, tampoco lo dejaré. En este pueblo nadie merece nada, excepto verme a mí…cagando plata”.

Todos aplaudían. El aguardiente hacía efecto, y de los rostros de los habitantes  del pueblo surgía una sonrisa perdida que, en conjunto con unos ojos brillantes y desviados, conjuraba el advenimiento del nuevo mesías. Los pocos sobrios, un poco confusos por las palabras de la indignataria, intentaban hacer sentir su descontento, más las prostitutas los callaban con profundos besos que terminaban en lengüetazos directo a los cuellos. Pronto, se les veía confusos, aturdidos, con el labial escurrido por toda la cara y con pequeñas cortaduras en la garganta, de donde un manantial de sangre brotaba. Infierno al ver aquella digna oportunidad económica, postró a dos de sus lacayos (reconocidos periodistas del lugar) a que colocasen baldes bajo las gargantas, a fin de luego vender la sangre.

“Todo vale, mis amigos. Todo vale…y en donde hay un político, hay un negocio” contestaba a sus esbirros.

Y las madres gritaban, y el pueblo rebosante de aguardiente se conjuró en una bella orgía que desató la magia más “opita” de todas: Don Juan con doña Carmelina, luego don Aristóbulo con la mencionada, Carmelina con Adriana, Adriana nuevamente con Juan, Sonia con Evaristo, Evaristo con su hija…y así, en tan magno lazo, el Pueblo que Niebla estrechó sus nexos bajo la hermosa cinta roja de los destellos carnales.

Pero nadie tocaba a Infierno. Los más borrachos (y valientes) lo intentaban, pero su aliento era tal que un dragón de Komodo era un principiante en términos de descomposición bucal.  Aquella, en su desespero, intentó pagarle a las prostitutas para que la besasen, pero aquellas, confundidas por la anterior orden de desangrar a los sobrios, se vieron escasas, y valga aclarar, poco entusiastas con la idea. Infierno, desesperada, introdujo sus viscosos dedos bajo la falda, y gritó:

-Pueblo que Niebla, les he dado todo, les he dado nada. Aquí me tienen, y con estos dos dedos, cierro la velada…ya mañana haré de este cielo un lugar para Infierno-.

Y se fue, rodeada de diez mil escoltas cargados con armas de asalto. Pero, fue allí donde alguien gritó más que todos:

–          ¡Doña Infierno, sepa que aunque Pueblo que Niebla esté sumergido en todo esto, yo aún estoy armado, y dispuesto a defenderme!- gritó Don José, el tendero, con un viejo Colt que había sido de su abuelo.

–          ¡Pero tranquilo, Josesito! ¡Si yo lo que tengo son diez mil motivos para que usted esté conmigo!- dijo Infierno, depositando diez mil billetes de dudosa originalidad en el bolsillo del tendero.

–          ¡A mí no me compra, yo soy un ciudadano de bien!- gritaba el hombre, mientras los escoltas lo amordazaban y le introducían los billetes por su recto.

–          ¡Ya mañana trataremos de “enderezar” un poco mejor las cosas, Josesito!- escupió la gobernante, mientras se alejaba a su mansión en Ciudad Patraña, vecino condado donde los políticos vivían.

Y de repente nevó, y el pueblo calló. A las seis de la mañana el sol salió, y tras varios ladrillos, poco a poco todos vieron que un nuevo gobierno llegó: Infierno era tan sólo otro nombre para denominar a lo que en mi tiempo, se le decía corrupción.

Neiva es otra sucursal del infierno.

madridsereno2

Estábamos ya algo borrachos y Juan Diego ya no hablaba. Las botellas de aguardiente habían desfilado por nuestras manos sin mayor detención. No teníamos mucho dinero, tampoco trago que aguantase los ánimos que se tenían. Bebimos, bebimos de un sorbo hasta que el licor rebosase nuestras bocas y los ojos se dilataran y cerraran en breves e intempestivos aullidos.

– ¡Marica! ¡Miren las luces!- dije, poniéndome de pie, trastabillando un poco.

– ¡Jajajaja! ¿Otra vez la misma emoción?- preguntó Filip, tras tomar un leve sorbo de cerveza.

-Jajajaja ¡Marica, miren…todos, vengan, se ve toda la ciudad!- seguí repitiendo, como un niño de 5 años en una tienda de juguetes.

Todos se levantaron. El primero en hacerlo fue Filip, que casi se cae tras pisar la esquina de un escalón. Luego vino Mario, que tras intentar no parecer borracho ante Paula, pisó mal y su culo se hizo uno con el pavimento. Juan no se movía, estaba ya jodido por el trago y su cuerpo se había flexionado en una posición de meditación profunda: cabeza gacha, manos juntas, ojos desorbitados, rodillas cruzadas…y un olor a licor y fríjoles que empezaba a anunciar que pronto un nuevo niño vendría al mundo: uno verdoso y corrosivo.

Blaj/Ugruttug/El sonido de la revelación.

-¡PUTA VIDA! ¡MALPARIDO! ¡AJJ!- gritó Filip, retorciéndose súbitamente.

-¿Qué fue? ¿Qué pasó?- pregunté asustado, devorando con mis ojos la escena en busca de una posible respuesta.

– ¡MALPARIDO JUAN, ME VOMITÓ, MIERDA!-.

– JAJAJAJAJAAJAJAJAJA, ¡imbécil! ¿para qué le da más trago?- indagó Mario mientras deslizaba su mano sobre la cintura de Paula.

– NO CREÍ, EL HIJUEPUTA ME PIDIÓ Y LO VI BIEN-.

– Bien vuelto mierda…será- contesté, mirando de nuevo la ciudad.

Neiva siempre sería un lugar mejor. Allí, en medio de aquella terraza, había visto tantas veces mi cabeza catapultada sobre lo vivido, como si las luces fueran pequeños cofres donde hubiese guardado los mejores años de mi vida. De repente, una ráfaga de aire con sabor a Doritos amargos me trajo de vuelta al presente. Volteé a mirar, y me encontré con Filip saltando de un lado a otro, quitándose la camisa para meterla en un grifo a toda presión.

– ¿Qué tal anda, Juan?- pregunté, intentando denotar alguna mejoría tras el vómito.

– Uff…perrita, pues bien. Siempre luego de vomitar uno como que vuelve a renacer-.

– Sí…bueno, me alegra-.

-¿Y qué, cogemos para el mirador de Los Lagos?- dijo Mario.

– ¿Ahora?- respondió Filip.

– No, marica…ojalá el próximo año- contestó Mario.

– ¡De una! ¡Aguanta mucho!- dije mientras ayudaba a Juan a levantarse.

– Sí… eso vamos y luego llevamos a Juan a la casa en el carro de Filip- respondió Mario nuevamente.

– Está bien, vamos… ¡Pero ustedes se cargan a ese hijueputa!- gritó Filip señalando a Juan.

-JAJAJA, ¡ESO!!- dije mientras me tomaba de un sorbo el resto de la botella.

En el camino, decidimos hacer una breve parada a un estanco que había cerca de la casa de Paula. Tras esculcar todos los bolsillos, billeteras, y rincones de ambos carros (“uno no sabe, tal vez pudiese haber una moneda” había dicho Filip) encontramos lo suficiente como para otras dos botellas de aguardiente y tres cervezas. Nada menos, nada mal. Aquello era suficiente como para llegar al mirador y perdernos un rato, viendo las luces…buscando unas buenas risas. Filip y yo íbamos en la parte delantera, mientras que Mario y Paula discutían algo en la parte de atrás. De vez en cuando, todos nos congregábamos alrededor de la botella y nos bajábamos un trago, a veces corto, casi siempre largo.

-¡Uff!.. ¡nos vendieron esa mierda hirviendo!- exclamó Filip, intentando mantener el volante derecho mientras se retorcía.

– Sí, yo no sé cómo es que sigo tomando… ¡ustedes me quieren emborrachar! jajaja- dijo Paula, alejando a Mario con su brazo.

– Mierda, sí- dije mientras me percataba de que andábamos saliendo de la ciudad-vengan, ¿acaso donde queda ese sitio?-.

– Por el lado de los moteles, ahí uno sube a una colina y se ve todo…- me contestó Filip.

-Brutal…-.

Seguimos otro buen rato, mirándonos y riéndonos como unos imbéciles. De un rato para acá, Paula hablaba de algún tipo con el que siempre había querido tener sexo. Mario la interrumpía de vez en cuando, intentando que aquella se fijase en el. Filip y yo sólo nos reíamos. Ambos conocíamos bien a Paula y sabíamos que aquella mujer era de esas que te calienta un rato y luego te deja con los huevos a punto de implosionar.

Puros huevos fritos.

-Llegamos- dijo Filip, señalando la ciudad.

-Bestial-.

-¡Se ve hermosa!-.

– Mierda, sí..-.

Y todos corrimos. Nos hicimos en la parte más alta, y nos dedicamos a ver las luces mientras lo que quedaba de ambas botellas corría por nuestros cuerpos. Los sorbos eran largos, las pupilas se dilataban y las risas rompían directamente la calma que desprendía aquel lugar: en medio del monte, rodeado de los árboles y unas pocas casas…

UNAS PUTAS CASAS.

– ¡MARIHUANEROS! ¡DROGADICTOS! ¡VAYAN A FUMAR  A OTRO LADO!- gritó, de repente, bien de repente, una vieja imbécil en bata.

– Señora, tranquila…no estamos metiendo nada, estamos aquí viendo las estrellas, nada más. No tenemos música siquiera, tranquila…- dije, intentando calmar un poco el ambiente.

– ¡SÍ, CLARO…YO LOS ESCUCHÉ HABLANDO DE METER MARIHUANA! ¡DE MATAR GENTE! ¡VIOLAR, MATAR! ¡DELINCUENTES!- gritaba, escupiendo hacia todas partes, con los ojos desorbitados, presa del más profundo pánico.

-Tranquila, ¡Nadie ha dicho eso!- contesté, viendo que la imbécil repetía constantemente lo mismo, sin siquiera escucharme- ¡mierda! ¿acaso de qué putada tenemos cara?-.

– ¡ASESINOS! ¡JUAN, AMOR, VEN, VEN! ¡HAY UNOS HIJUEPUTAS DROGADICTOS EN LA PUERTA DE LA CASA!-.

– Señora, mire…yo no me he tomado un trago, y estoy con ellos. Ya nos íbamos a ir cuando usted salió y dijo todo eso, de verdad, tranquila- dijo Paula, intentando calmar la situación. De repente, un imbécil un poco más alto que yo (tal vez de un metro ochenta y cinco) salió de la casa. Traía una guayabera blanca, y sandalias. Tenía cierto aire de narcotraficante barato, mejor dicho, de traqueto de pueblo inocultable.

– ¡QUIÉN HIJUEPUTAS INSULTÓ A MI MUJER! ¡QUIÉN, QUIÉN FUE EL HIJUEPUTA DROGO QUE ANDABA GRITANDO!-.

– Yo… y la cosa es que esa vieja sale, nos insulta, y luego quiere que le de un beso en la puta vagina y me largue- contesté, parándome de frente a el- y ni imbécil que yo fuese…-.

– ¡Malparido, esto es propiedad privada, yo compré todo…no pueden estar aquí!-.

– Propiedad privada es de la reja para allá, que es su casa; de resto es vía pública y podemos estar- repliqué.

– ¡NI MIERDA, NO PUEDEN ESTAR AQUÍ, ESTO ES PROPIEDAD PRIVADA!-.

Fue en ese instante cuando Juan, Filip y Mario reaccionaron. Paula estaba temblando, aquellos sencillamente estaban callados. Di media vuelta, y busqué en ellos un signo de respaldo a mis palabras. Estaban pálidos…como si la muerte se les hubiera aparecido y les hubiese besado lentamente los labios. Giré rápidamente  viendo a aquel imbécil desenfundar un arma y apuntarme. Recordé las palabras de mi viejo, que siempre las ha usado: “las armas son para matar…el que las saca y no las usa, tiene miedo…”

“Tiene miedo”, me dije a mí mismo. Disimulando el puto miedo. Tenía ganas de estallar a llorar y arrancar el carro. No podía, el imbécil estaba igual. Recordé el boxeo, pensé en mi máxima, la de todo buen perdedor: “me levanto, caigo…siempre hay otro round”. Tal vez no vería el otro, pero salté hacía el, poniéndome a un paso de su cara.

– IMBÉCIL DE MIERDA, MÁTEME- grité, mirándolo a los ojos. Veía sus pupilas dilatarse, su frente sudaba frenéticamente.-.

– ¡MALPARIDO, ME HE CARGADO MIL CAGONES COMO USTED-.

– JAJAJAJA, pedazo de mierda… ¿quién es el que necesita un arma para hacerse respetar de unos universitarios?- le dije, viendo su rostro retorcerse entre la furia y el miedo. Sentí miedo, me vi muerto. Vi a mi madre llorar frente al féretro, a mi viejo jurar matar a aquel hijo de perra. Estaba muerto…o eso creí.

– Motley, nos vamos- dijo Filip.

– Está bien…igual este imbécil ya se meó en los pantalones-.

Dije sin pensar, creyendo que todo seguiría igual: sin problemas, en la misma conformidad. El imbécil enfundó el revolver, mientras todos nos enfilábamos hacia los carros. El mundo seguía igual, con el imbécil sin ganas de matar. No había meado. Fue allí cuando corrimos hacia los autos. El silencio se rompió hasta que Filip habló.

-Marica…casi nos matan. En especial a Motley-.

– Ufff, sí..- contestó Mario.

– Menos mal calmé algo a la señora- dijo Paula, bostezando un poco.

Y el sol salió. Y en aquellos carros nos desfilábamos con alguna cercanía al infierno: inquietos, pesados. Casi extraviados. Ya era de mañana, ya era el otro día, y yo seguía en mi madrugada. Filip me dejó en mi casa, me despedí de Paula y de Mario. Me hice tres pajas. “Ya mañana la cosa cambia”, pensé, mientras un porro fumaba.

Recuerdos: otro epitafio.

casa-abandonada

Volver siempre había sido una cuestión vital: volver a un trago, volver a la casa, volver al trabajo, volver a mí mismo. Sobretodo a mí mismo. Volver a Neiva, mi ciudad natal, me reportaba siempre una especie de dejo tranquilo que me sometía a los vapores de mis más oscuros miedos. Hoy no era la excepción.

Me levanté de la cama con algo de resaca, la noche pasada se incrustaba en mi cabeza como una fugaz brisa. Caminé hacia la cocina y me tomé una jarra de agua de un sorbo. Fue allí cuando intenté por primera vez en el día sentirme acompañado:

-¿ Mamá?- grité, no sin antes rellenar la jarra nuevamente.

– ¿Mamá? ¿Papá?-.

“¿Mamá? ¿Papá?” me pregunté. No sabía qué significaba aquello, pero lo sentí como una puñalada directamente al corazón, al principio afilada, luego bastante oxidada. Allí, en medio de aquella casa, recordé un instante que nunca dejaría de machacarme la cabeza cada vez que llegaba, de vuelta, a aquel lugar. Me había despertado, y había intentado llamar a mis papás. Por aquel entonces tenía unos siete años, y siendo franco, me costaba bastante estar solo. La soledad era para mi como una caja de juguetes desconocidos, o puede que un cajón atestado de teléfonos celulares. Me incomodaba, me hacía percibir más de cerca la luz oscura que reposaba sobre la vieja sala de muebles de madera corroídos por el tiempo…

Grité, grité un buen rato. Luego vi llegar a los viejos en la desvencijada camioneta Nissan que teníamos por aquel entonces. La luz de sus farolas golpeaba de lleno, y de los ventanales de la entrada, una luz serena se posaba sobre mi rostro y me secaba las lágrimas. Sonreí, estaba vivo, de vuelta con ellos.

“¿Mamá? ¿Papá?” me volví a preguntar, para mis adentros, como si el roce de las palabras con la vida fuera una señal más de mi estúpida inseguridad. Tenía veintidós años, y no podía creer de qué manera aquellas dos palabras, en medio de esa casa, mi puta casa paterna, me hacían estremecer. Mi garganta se oxidaba, mis pupilas se dilataban y se desenfocaban, no pude ver… me senté. Allí, en medio de todo. Allí, atrapado entre mis recuerdos, dilatado en mis más profundos pesares sin siquiera poder identificarlos.

Pensé en todo, en cuando tenía 16 años y el mundo parecía un sitio amable, tranquilo, con sonrisas para todos lados. Había sido un imbécil, pero había sido feliz. “Tal vez el requisito para la felicidad sea ser un cretino” pensé, mirando para el techo, enfocándome en la antigua lámpara de la sala. En aquella casa, en aquella ciudad…había sido un tipo congraciado con su puta existencia, que estaba llena: que estuvo llena por un breve instante. La recordé a ella, con esos ojos que desfilaban entre el verde y el azul, a veces grises, a veces tiernos, a veces con ganas de arrancarme los huevos. La vi, la sentí por un breve momento en el sofá de la sala, volteé la cabeza, la vi en el sillón del segundo piso, junto a la biblioteca. Sentí su boca por un breve, tal vez un largo, instante…

Trak/trak/ El sonido de la memoria ante el espejo.

Llamé a Juan, un viejo amigo del colegio que vivía a unas cuantas cuadras de mi casa. Deseé estar lejos, tomarme unas cuantos aguardientes y bajarlos con cerveza. Necesitaba licor, necesitaba largarme de aquel puto sitio que antes me había dado paz. Necesitaba estar lejos…

– ¡Imbécil!- grité, sin lograr ocultar la emoción que suponía encontrarme con aquella voz, así fuese en la distancia del teléfono.

– ¡Ehhh! ¡Malparido! ¡Milagro que llama!- dijo con cierta alegría.- ¿Ya está en Neiva?-.

– Sí…ando en mi casa- contesté, intentando calmar la voz.- que, ¿hoy unos tragos?-.

– No puedo…- replicó con cierto desdén.- Ahora me voy con los viejos a una comida.

– Ok, está bien… ¡Estamos hablando, hermano!- le dije.

– ¡Sí! ¡Mañana hablamos para hacer algo!- respondió.

Tun/Tun/Tun/ El sonido de la soledad.

Allí, en medio de todo. Adentro, lejos de cuanta mierda pasaba fuera; como si la tranquilidad fuera un estado inherente a cuatro paredes circundantes, como si los problemas no se guiasen por la magnitud que otorga el que los tiene. Me sentí un imbécil aún más grande: ¿A qué le huía?.

¿A qué le huía?…

A nada, a mí mismo, a mis recuerdos: aquellos que en cobarde arrebato había sepultado para luego erigirlos bajo el monumento del pasado. Afuera, la gente se moría, trabajaba, pagaba facturas, se moría, los mataban, caían bombas, los jodían…y yo, adentro, tirado en la mitad de la sala de la casa, viendo hacia el techo, suplicando no recordar una mierda más…

Puto cobarde. 

Lloré, lloré como nunca. Me sentí solo, y el verme allí adentro, inmerso entre las fotos, entre los imágenes que se trasponían en mi cabeza, me hizo sentirme aún más imbécil. Intenté hacerme una paja, pero no pude… era difícil, el pene no se paraba, como si una inercia superior lo sujetase en su minúscula presentación. El porno no servía, y ante la luz de la pantalla la noche ya empezaba a atacar. Miré el sillón que tenía a un lado, la recordé, enfundada en una camisa azul que hacía juego con sus ojos, la besé, le pregunté nuevamente lo que en aquel dos mil siete me había sido negado:

– ¿No quisieras seguir?…-

-No, tú te vas… y bueno, las relaciones de lejos no funcionan- su voz se entrecortó, miró al suelo, sostuvo de nuevo su cerveza- Luego conocerás más gente… y puede que ya no me mires de la misma forma.

– No es eso…¿Cómo puedes decir eso, sin siquiera intentarlo?- pregunté, bajándome un buen sorbo de cerveza que pasó caliente. Aquello me hizo desear un poco de aguardiente, que por desgracia ni hoy, ni ese día, tenía.

– Ya lo decidí… lo siento- dijo, mientras se iba. Su cabello se agitaba conforme a una leve brisa que se colaba por el ventanal. Con cada paso que daba, las escaleras rechinaban, como si al irse hasta la puta casa llorara.

– Adios…-contesté- te quiero.

– Tranquilo…- replicó, deteniéndose sobre uno de los escalones- siempre podemos ser amigos, ¿no?-.

– Si…¡Claro!- dije mientras una sonrisa se posaba sobre mi cara.

Pum/Pum/Too young, to fall in love, too young to fall in love/ El despertar bajo la guitarra de Nikki Six.

Nunca cambiaría, el resultado siempre sería el mismo. Aquella casa se había transformado en un ajedrez cuya partida estaba destinada a repetirse eternamente; dejándome a mí como perdedor perpetuo. Aquello era la vida, aquello era el recuerdo. Me sequé las lágrimas y reí como un niño: me reía de todo, de los cuadros, del computador, del sillón que antes me había dejado con los recuerdos atiborrados dentro del culo, siendo que aquel era el mancillado por mis hermosos pedos.

Aquello era la vida, y yo había decidido ser su amigo:
Cobarde, Imbécil.

Me reí…y luego de un rato me hice una paja, como en el 2007: llena de mierda, viendo a las maduras que nunca me soltarían un beso, siquiera una cogida de teta… dormí un buen rato, y llamé al Peludo, otro viejo amigo:

– Que, ¿hoy unos tragos, hijueputa?- pregunté.

-¡Claro perra! ¡Ya paso por ti para que nos peguemos una rasquita! ¡Como los viejos tiempos!

– ¿Pura old school?-.

– ¡Claro marica! ¡Ya voy y llevo unas perras para que dejes de hacerte tanto la paja!-.

– ¡Esooo!! ¡Aquí nos vemos!- contesté.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la noche, el sonido de las fichas saliéndose del tablero. El sonido de la risa, del licor y de la resaca vespertina  El sonido de la vida…navegando otra vez fuera del carril.

Neiva, 28 de diciembre de 2012.

Azul: Diario de un recuerdo.

van gogh

Te recuerdo
En la comisura de la boca
En la lengua que se mueve lánguida
Atrapada en el mar de saliva
Que está seca y dulce, sin sal que la bañe.

Te recuerdo
En el azul de la noche
Azul de tus ojos, azul de aquel vestido
Azul que mata y quema, azul que sigue vivo
Azul que no es lapislázuli, azul que no es zafiro
Azul que eres tú, Azul que sigues siendo
Azul que no oscurece, que brilla…
Lejos, en la cercanía de la memoria.

Te recuerdo
No porque te quiera, antes te lamento
No porque te sienta, la carne quemada ya no prende
Soy carbón, heridas que no cesan, botellas que se atragantan
En la garganta, y me quedo en el reflejo
Del cristal que tengo entre las manos
Bajo un sorbo, aún no estoy tan quebrado
De cicatrices mi cuerpo he remendado.

Te recuerdo
No porque te quiera, ya no somos los de antes
No porque te quiera, los días pasan y somos otros dos dementes
Otros más que esperan la aguja, su roce con la muerte
Y te recuerdo, no porque te quiera
De amarte ya me he muerto, y aún quedo inmerso en todo esto:

Descontento y sin espejo en el cual reconocerme,
Dejado al asco, sonrisas que se bañan frágiles en el crujir de la quijada
Que escupe rabia, que se quiebra en vanas palabras
Y no te quiero, quererte es un rezago
Quererte es tragar la mierda de estos cinco años
Y que aún saboreo a cucharadas
Dóciles y dulces cucharadas
Sonrisas espesas
¡Putas puñaladas en la espalda!

¡Putas puñaladas que se sumergen en carne rancia!

 

Por eso te recuerdo
Porque para amarte ya no tengo tiempo
Porque quererte fue un anhelo
Porque de lo vivido aún conservo los momentos
En que sonreímos, en que la brisa tenía su rumbo
Y yo no tenía sed, no tenía sed
Sed que baja, anís que se cuece lento
Pupilas que se dilatan
Y por eso te recuerdo
Porque odiarte nunca fue un supuesto
Porque amarte me hizo un obseso
Porque el recuerdo mata,
Frenesí cinético,
En la tibieza de la cercanía más ingrata:

Aquella que estando lejos, se percibe más cercana
Aquella que en la sonrisa se dibuja la desdicha
Botellas rancias, risa quebrada
Te recuerdo, con el querer apretujado
En el cierre de mi boca
En el azul que desprende el cielo.

Por lo que fuiste,
Por lo que me diste
Te recuerdo,
Así mañana maldiga el infierno
Así mañana bese de nuevo el cielo.

Neiva, ciudad de los recuerdos. Diciembre 15 de 2012. Cinco años se ha llevado el viento.

Loree y demás mierda. Vivencias de Motley.

 

Motley habla de las cosas que le pasan todo el tiempo. Se toma una cerveza y piensa que es tal vez es sólo un orgasmo la diferencia entre la realidad y la fantasía. Motley se pierde en los momentos en que tal vez todo fue mejor. Sin embargo, hay uno que se incrusta en su memoria y lo hace perderse en la infinidad del pasado:

– Hola…¿Cómo estás?- preguntaba una voz sumergida en las dudas.

– Bien, ¿y tú?- contestaba un imbécil sin sospecha.

– Nada… quería hablar contigo-.

– ¿Qué pasó?-.

– ¿Seguro que nunca me has puesto los cachos? ¿ Nunca me has mentido sobre alguna mujer?- casi que aseguraba la voz al otro lado del teléfono. De fondo Bon Jovi. De fondo pura mierda. Por mí que me maten, vida hija de perra.

– No…¿por qué preguntas eso?, no te entiendo-.

– Nada…tan sólo curiosidad- Exclamaba una voz suspirante tras la linea del teléfono.

– Nunca pasó, tranquila-.

– Sabes que te quiero, ¿no?-.

– Claro que lo sé, yo también te quiero… y mucho-.

– Pues… de eso quería hablarte-.

– ¿Ah?-.

– Ya no es lo mismo de antes…ya no te quiero- dice la voz distorsionada a las diez de la mañana. Un puto sábado. Maldita infame. 22 de Diciembre. A la mierda.

– Pero…- exhala un imbécil tras 45 grados de mierda. Traga el aire e intenta disimular la estupidez- ¡Yo te amo! ¡ Te quiero mucho! ¿Segura?-.

– Es mejor que terminemos, Motley- Asegura una voz imperturbable. Casi tan infranqueable como el puto desayuno que tuve esa mañana. Unos huevos con champiñones, como si el gourmet se cocinase bajo el mal gusto.

– ¡YO TE QUIERO!- grité ese día, como un imbécil. Como si la línea no captase mejor el mensaje en voz baja. Como si las palabras no se distorsionasen tras el umbral de la precaria irrealidad del teléfono.

– Es mejor que dejemos así, Motley…- dijo tras una bocanada de aire. La interlocutora tenía una puta voz hermosa, tan suave como los recuerdos que se destrozaban con cada remembranza instantánea en aquel instante.

– ¡Dímelo a la cara, MIERDA, DÍMELO EN LOS OJOS!- grité olvidando la cordura. Dije pensando en una paja. Perdí el tiempo pensando en un mañana.

– Es mejor así, Motley… Es lo mejor.-.

Y así terminó un puto ciclo de mi vida. En ese instante decidí bajarme una puta botella de aguardiente que tenía en la nevera. Recuerdo que tenía la mitad vacía porque el peludo se había mandado un buen sorbo la noche anterior. Me callé y decidí tomarme lo restante. Tras el sorbo, mi mente se perdía en el día de mi grado. Los 17 años habían sido un momento irreemplazable.

No deseaba sexo. No deseaba nada más que Loree. No quería más que sus ojos azules incrustados dos noches antes en mi vida. No pedía más que un instante donde pudiera besarla. Cosas que pasan, mierda que influye, vida que sigue y se jode al instante.

Decidí poner algo de música. Cambiar a Bon Jovi. Poner algo de Metallica, pero Nothing else matters sonó y mi mente se perdió. La guitarra acústica rememoraba los instantes. La guitarra era demasiado suave. Los momentos volvían mientras la mente retrocedía con furia.

Eterno Retorno.

Y allí lo perdí todo. No entendí muy bien. Creo que bajé a la cocina y preparé algo. Tal vez una carne con arroz. Lo supongo porque era de lo poco que había en la alacena. Lo pensaba mientras bajaba una cerveza cinco años después. Cinco putos años después y aún sin demasiada información.

Nunca volvimos a vernos. Loree siguió su vida y yo me perdí en la mía. No podía escuchar demasiada música. Todo era muy suave. Cada acorde era un instante en la fiesta de graduación de un imbécil que no superaba el hecho de ser tirado a un lado. Ella no volvería y yo cambiaría. Cinco putos años después lo notaría.

Varias veces quise buscarla. Las cuatro cuadras que nos separaban en distancia eran un obstáculo de dos minutos en la moto de mi hermano. Sin embargo, aquello era demasiada adrenalina para un prepuberto de 17. Demasiada aún para un pseudoabogado de veintidós  Demasiada mierda para el imbécil de los 17 y 22.

Nunca lo hice, pero en mi cabeza el instante se repitió muchas veces. Desde besos a cachetadas, desde instantes a sólo puñaladas. Divisé una vida con y sin ella. Pero nunca ocurrió. Nunca hice nada. Los días pasaron y yo tan sólo leía. No sé muy bien qué, no recuerdo ni mierda. Yo tan sólo estaba en la biblioteca de mi casa aguardando los días. Pensando en las noches y fornicando con los reproches.

No recuerdo un carajo.

A los días ( no sé cuantos), un amigo organizó una despedida en mi honor en su casa. Tenía que irme a Bogotá a estudiar y el detalle era tan sólo otro momento para recordar e intentar forjar una sonrisa. Acepté, como quien desea olvidar y retratar tan sólo la sonrisa.

Tras varias copas, Johny ( el organizador) me preguntó algo:

– Marica… no es para tanto.  Deje tanta mierda- Mencionó tras tomar un buen sorbo de cerveza.

– Marica…yo a esa vieja la amo- grité mientras el anís me bajaba espeso y directo al estómago.

– Igual está solo…supere eso. Ella no era para usted- dijo mientras observaba la luna. Una menguante tras un largo día caluroso. Recuerdos imborrables.

– Olvidarla es dejar atrás lo más bonito de mi vida…- dije titubeando, cuidando las palabras.-Y lo más hijo de puta, lo más duro-. exclamé tras varias lágrimas. La cerveza bajaba rancia y el aguardiente era tan sólo un pretexto para seguir allí.

Tras pocos sorbos salí de allí. Los pasos eran largos y en mi cabeza la distancia se acrecentaba tras cada pequeño trazo. Decidí guardar el aliento, pegarle una patada a un puto poste. Doblarme en varios pedazos.

– ¡MIERDA!- aulló un imbécil mientras recordaba el instante en que había adquirido su puta condición.

Neiva, 18 de Enero de 2007.

San Pedro: Poema dedicado a Neiva.

Dicen que llegó Junio,
Hay aromas venideros,
Las calles impacientes,
Retumban a un son guarapero,
La gente lo saluda,
Con rostro sincero,
Y le gritan ¡Venga compadre emborrachamos a San Pedro!.

Sírvame el asado,
Con insulso y oreja e’ perro,
Pero deme un verraco trago,
¡Un aguardiente para el voleo!

Las mujeres en los balcones,
La riata y un sombrero,
Que me ensillen el caballo,
¡Que el anís anuncia  el festejo!.

Bajemos el guayabo,
Con cerveza y aún más guaro,
Que la garganta sienta el anisado,
Al son de un Sanjuanero.

Y que al llegar Julio,
Desprendiéndose en silencio,
Retumbe tiple y tambora,
Para decir que allí estuvo San Pedro.