Demasiado pronto

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Estábamos de frente a la luna
Y al mar de todas las luces
De toda la gente,
De la ciudad.

Bebíamos y reíamos, murmurábamos
En voz baja lo que seríamos en el mañana.
Nos abrazábamos de vez en cuando,
Cada uno de nosotros,
Nos decíamos que todo iba a salir bien.

Habíamos jurado no caer en la trampa
De todas las vidas,
A reír más que el resto
Y a no pensar con miedo.
Habíamos visto las estrellas de esa noche
Pulverizarse en las mañanas,
Habíamos querido ser más que esos niños
Haciéndole promesas a la caída de los astros.

Hoy,
El sol golpea contra la ventana
Y no hay nadie en la calle.
Y recuerdo esas noches,
En las que las tenues luces blancas
Iluminaban con furia
Cada paso transitado,
Cuando todo era nuestro:
La ciudad,
El ruido,
El calor del viejo río,
Esas promesas que marchitan sin morir
Para recordar lo que hemos sido,
Para servirnos de miedo,
Para defraudar y complacer
A todos y a ninguno.

Y tiendo a sentirme viejo
Demasiado pronto,
Entre calles que no he conocido
Y retratos de gente que
Aún extraño.

¿Dónde están?
¿A dónde hemos
Partido?

 

 

Canciones en la noche

klee-thun

He visto al sol desparramarse
Bajo el viento que se estrella
Sobre las cunetas.

Y en la calle, la gente
Divaga entre pasos y carcajadas
Entre el llanto y la misericordia
Ese odio tan querido
Por el hecho de sentirse vivo.

He visto las palabras atragantadas,
Las vidas que cambian
Al compás de ladridos
De bocas humanas.

Y me he visto a mí mismo
Al final de los días
Al principio de mis noches
En el medio de las risas:
Buscando en el sol
Un refugio a la tierra,
Y abrazando el polvo
Para no terminar dormido.

Entre aullidos que ya la noche
No espera, y el calor
De la hierba ensangrentada,
Siento las magulladuras
De la vida,
De un trastabillar como
Cualquier otro,
Y un tierno existir
Que no puede ser de nadie,
Que es sólo mío
Que rasga una canción en las noches
Y no pretende decir mucho.

He visto las palabras
Morir contra las tristes farolas
De las calles solitarias.
Cuando ya no hay nadie
Y los que mueren
Quieren vivir,
Suelto al viento mis murmullos
Hasta sentirme feliz.

Y espero ese
Triste soliloquio de todos,
Las breves promesas
Que gimen en el viento
Y se retuercen bajo el sol.

No sabía de qué estábamos hablando

Railroad Sunset Edward Hopper

Llevaba un buen rato hablando con mi padre y no sabía aún de qué estábamos hablando. Sus palabras se entrecortaban nada más al salir de la boca y, de vez en cuando, un grito llegaba desde afuera, anunciando alguna cosa que no tenía muy clara. Igual, era noche de viernes, y la gente va gritando sin más por la calle. Pero sí, llevaba un buen rato hablando con mi viejo, y no habíamos llegado a nada de mérito.

-Hijo, hijo…ponme atención- me dijo, tras moverme el hombre para que me levantara.

-¿Ah?

– Ponme atención, hijo. Hemos tenido nuestros problemas, pero…pero…ya sabes, todo se va a solucionar.

-Sí, claro, papá.

-Todo se soluciona. El problema es esa música que oyes, hijo…hijo, sí, esa música.

-La música no tiene ningún problema, papá.

– Claro que lo tiene. Suena demasiado… no sé, duro- Y mientras me iba sirviendo un poco más de ese viejo aguardiente añejado por el peso de los años.- Te pone intranquilo.

– Estoy cansado, viejo. Estoy tan jodido que ya no quiero seguir tranquilo.

Tras varias horas de diálogo, habíamos llegado al mismo monólogo etílico de todas las veces. No nos gustaba lo que veíamos. No nos gustaba saber que teníamos que convivir con alguien tan cercano, pero, a la vez, tan repudiable. Papá se estaba haciendo viejo….y yo, bueno, yo me estaba haciendo un zángano. Tenía veinticuatro años, y poco había hecho por mi vida. Aún seguía siendo un mantenido, con todo y que me esforzaba por labrar un buen camino.

-El problema es, y fue, esa música, hijo. Antes parecías más tranquilo, más calmado…ahora, no, ya no, ya no tienes esa calma. Estás jodido por esa música.

-El problema  no es de la música, papá.

-Sí lo es- dijo, tras interrumpirme y mandar  un largo vaso de aguardiente directo al estómago- lo es. Es esa música que no dice nada, esa música que está tan lejos…

-¿Lejos de qué?- le dije, y me arrimé un poco hacia la botella. Ya quedaba poco para pararme e irme.

-Lejos de lo que importa. Esa música fue la que te jodió la vida, hijo. Fue el comienzo de todo.- dijo, y en sus ojos se empezaba a vislumbrar el goteo de las lágrimas pasadas.

Todo nos había sido difícil. Si bien yo había rendido lo suficiente como hijo, siempre fui aquello que no se esperaba. Mis pasos habían sido zancadas directas al abismo o, al menos, así habían sido vistos por mis viejos. Me empecinaba por caminar en sentido contrario: batiéndome contra las paredes y tapándome la boca para no gritar. Pero el tiempo me había jugado un ultimátum: ya me quedaba poco para seguir así, para seguir siendo el mismo de todos estos años pasados. Ya tenía la edad suficiente como para hacer algo por mi propia cuenta. Lo sabía…lo sé. Y quisiera no tener que tomar decisiones en otra hoja en blanco. Ya duele suficiente tener que pasar de página.

Me despedí del viejo, y salí directo a la calle. Allí había lo mismo de siempre: gente que bebía en las viejas tiendas de mesas plásticas que habían sobre la avenida principal del barrio; mujeres esperando taxis hacia algún destino que no me incluía a mí, y que, de seguro, les traería de vuelta a sus casas tras varios días; autos con la música a tope, como si no importase nada más que lo que había dentro de ellos. Caminé. Caminé sin más que el peso de mi cuerpo y un par de lagañas que se me metían en los ojos y me hacían lagrimear.

-¡Miguel! ¡¿Qué haces?! ¡Vamos a hacer algo, imbécil!- gritó Francisco. Él había sido un viejo amigo de toda la vida: compañeros de colegio, compañeros de licor, compañeros de hazañas y de banda. Habíamos sido lo poco que quisimos ser. Pero, eso sí, Francisco sabía llevarlo con mucha más dignidad que yo. Sabía que había jugado sus cartas…que todo lo que había pasado en su vida, había sido suyo, siempre, a todo momento, como si nada ni nadie más importase. Su vida era suya…y sus ojos daban fe de ello. Brillaban entre más oscura estuviese la calle.

-Nada, Pacho. Acabo de salir de la casa. El viejo andaba diciendo un sermón de esos que no se le entiende nada. “El problema es esa música”, y mierda de esa. No sé qué mierda tendrá en contra del Hard-Rock, pero lo nombra a todo momento, como si vivir fuese cuestión de la música que se oye, mierda…

-Jajaja, ¡Pobre marica!, el Hard-Rock no es un problema. Pero no, tu problema es seguir en esa casa. Jugando a sus juegos de viejo acomodado. Deberías venirte para la calle. Acá se pasa mejor…

Miguel llevaba un buen tiempo viviendo de trabajos miserables. Tras fracasar en varias carreras y diferentes universidades, decidió largarse de la casa e intentar vivir de manera tranquila. De vez en cuando, pasaba por su casa  y hablaba con sus viejos. Era su prueba: ir a donde los viejos, verles la cara, ver la alacena, ver su antiguo cuarto. Luego, sólo se despedía gritando al cerrar la reja metálica de la casa: “No me verán volver, al menos no a vivir”. Su prueba era hasta que la muerte le llegase a alguno de los dos bandos: él o sus viejos. Y a ellos no les quedaba mucho.

-Hasta luego, Francisco- le dije, y sin más, decidí seguir caminando.

-Pero si apenas nos vemos, eh, Miguelín. Todavía podemos coger una buena juerga…

-No, hoy no.

Nos despedimos. Me costaba ver a alguien que podía tirar su pasado a la caneca para luego ir a retarlo, hacerle fieros, reírsele aún con miedo en la cara. Francisco, ese que antes podía correr sin miedo, ahora volvía a casa de vez en cuando…esperando, aguardando a que pasase algo. Estaba jodido de miedo, y sólo por eso, gritaba tan alto que los oídos de cualquiera no podían aguantarlo.

Neiva era una ciudad pequeña. Demasiado pequeña…angosta, llena de calles sin salida y luces intermitentes. Neiva era lo que había tenido toda mi vida, y luego había desechado nada más al irme a Bogotá. Lo que había amado con furia, ahora era tan sólo un apéndice, un pie de página en una vida que ya no tenía un sitio al cual llamar “casa”. Me fastidiaba su gente, tan conforme con cualquier mierda que se atravesase. Me jodía ver a mis antiguas amigas, con esos ojos atiborrados de maquillaje, y las sonrisas quebradas. Habían visto demasiado, y yo me había perdido en algún momento para ser tan sólo un pie de página en su pasado. Me jodía ver a mis viejos…cansados, jodidos, asustados de la vida que habían escogido y de lo poco que habían fallado. Creían saberlo todo, mas no sabían nada. Siempre creí que los viejos aprendían con los años… que la vida dejaba sus cicatrices, y que ya no bastaba con verlas para saber que se había vivido. Pero ellos las habían olvidado, y ahora se embadurnaban de crema para no dejar ver los años.

Caminaba. Sentía como los pasos se agujereaban sobre el cemento caliente. La gente empezaba a andar más rápido: hacia sus casas, hacia las fiestas…camino a lo mismo de todos los viernes, para luego volver a hacer lo mismo de todos los lunes. Con los años, la vida se iba haciendo la repetición de los días, y de las noches, y en las tardes se sentía la angustia, pues cada vez dormíamos más temprano. Hijos de puta…

Hijos de puta…

Había llegado al mirador de la Gaitana. Ahí estaba. En medio de una luz cansada por el peso de la noche. Olí unos buenos porros… y quise estar lejos, a pesar de sentirme tranquilo bajo ese aroma. Aquel no era un buen sitio para estar a esa hora.

-Pfff…….Pffff……… Uhj.

-¿Hmm?- Y miré hacía todas partes.

-¿Migue? ¿Miguelín? ¿Qué hace por acá, huevón?- y el aliento a mata golpeaba directo a la cara.

-Diego, ¿Pegándolo tan temprano?

-Nunca es tarde, Miguelín. Nunca es tarde…

Diego había sido el guitarrista de la banda que tuve hace varios años. La rompía…casi que podía sentirse miedo de escuchar sus acordes. La velocidad de sus dedos, de sus ojos, se había ido perdiendo con el tiempo. En algún punto, vendió su guitarra y decidió dedicarse de lleno a ingerir lo que fuese. Luego dejó la casa. Había robado demasiado como para seguir viviendo tranquilo.

-¿Qué hace acá?- Volvió a preguntar.

-Ni mierda… no sabía de qué estaba hablando con el viejo, y luego no supe cómo llegué aquí- contesté.

-Es mejor no hablar, marica. Es mejor no hablar. Termina uno por sentir dolor de las palabras…

– No sé, parce. No sé. Yo a veces creo que el problema es uno, y que los demás están muy bien, bastante bien. Tan bien que pueden vivir tranquilos y acostarse a dormir sin preguntarse vaina alguna.

-Los de nuestra generación quedamos jodidos, ¿No?, terminamos por ser lo que no habíamos querido- y las esquirlas del porro parecían querer hallar combustión en el asfalto.

– Terminamos…¡Uff! Esa palabra sí que es jodida.

-Nos hemos ido acabando de a poco- y Diego, ese que siempre había sonreído sin tener que volver a mirar sus pasos, ahora intentaba no llorar.

– Toca es seguir, y estar tranquilo.

-Yo siempre que sigo, lo vuelvo a prender- y en sus dedos ya se deslizaban varias pastas que se quebraban sobre la palma de su mano- No quiero dejar esta mierda.

-Yo no quisiera dejar la vida.

-Calmado…

-Nadie está lo suficientemente calmado.

– Respírelas, respírelas tranquilo. Ya luego todo se pasa. O, si no, la vida termina por pasar. Eso fresco- contestó entre risas.

Y ya casi que sentía la modorra que venía antes de la explosión. Había jurado no aguantar el día, quebrarme en algún punto. Pero todos ya estaban lo suficientemente quebrados, y no había suficiente campo como para poder dormir tranquilo. Me despedí, y caminé de vuelta hacia donde todo había comenzado.

Luego apagué la luz, y me recosté…esperando aguantar hasta que algo pasase. Hasta mañana, o hasta que me cansara. Dispuesto a no tener que hablar, y a  no encontrar respuestas.  A morder por los bordes el tiempo que me quedaba.

From Neiva, con amor.

Neiva

I

Tengo quince años, o bueno, eso al menos es lo que me han dicho. Quince recién cumplidos. Según el cálculo, debo de tenerlos. Nací el 2 de Junio de 1990, y es el año 2005. Debo tenerlos. Pero poco se recuerda cuando se empieza a vivir, igual que se imposibilita el recordar los días que siguen a la muerte. Entonces digo que tengo quince años, para no entrar en dudas que no puedo contestar.

El verdadero problema está cuando se quiere licor.

-¿Cédula de ciudadanía?- pregunta el tendero. Un tipo de unos veinticinco años, de piel morena y barba espesa.

Lo miro a los ojos. Lo suelto sin más:

-Dieciocho-digo, tras un terremoto en el “ocho”. La garganta ha fallado. -No, mierda…

-Es menor de edad- contesta.

-Sí.

– Bueno, son quince mil.

Desembolso el dinero, y me alejo contento.

La botella ha costado cinco mil pesos más, pero bueno, eso no importa. Somos varios, y la ansiedad se ciñe a los rostros. La gente mece las piernas, las sacude con la fuerza de mil cucarachas asesinándose entre sí. Me miran. Me miran con aparente calma. Los dientes les rechinan como si fuesen a implosionar. Todo es cuestión de tiempo. Los miro, y lo suelto sin más:

-Costó quince mil…subió de precio hace poco.

-¡Qué va!- contesta Julián.

Lo miro, y bajo la cabeza.

-Sin barba no creen una mierda- replica Juan Diego.

– Sin barba…- contesto.

Nos quedamos en silencio. Las mariposas danzan en la noche, tocándose y apartándose, como si fuese la corriente del viento la que las alejase de manera constante. Miramos hacia el cielo. Un par de estrellas. Demasiadas. Demasiadas estrellas. La luna pareciera querer absorberlas a todas. Miramos hacia allí. Nos quedamos un buen rato en eso, hasta que Juan interrumpe:

-¡Puta! ¿Alguien sabe abrir esta mierda?

Y entonces volvemos a la botella.

II

“Todo sea por la cerveza”, gime Daniel. Lo grita como si fuese a morir tras las palabras. Necesitamos anotar tres goles. Tres goles, y ganaremos una canasta de cerveza. Treinta botellas sudando bajo el peso de su propia temperatura. Pienso en eso, hasta que Bernardo desenfunda un tiro desde la esquina izquierda de la cancha. Me lanzo sin pensar en la caída, con los ojos fijos en la pelota y la mente puesta en la cerveza. Me la imagino cayendo por la garganta. Estiro un poco más los brazos.

PUM.

PUM.

CLOKJJ.

-¡UFF!-grita Daniel.

-Mierda…-atina a decir Gustavo.

-Nos salvamos- contesto. De manera maquinal. La pelota se desliza por el lado contrario de la cancha. El palo retumba… como si el peso de sus días fuese a desmoronarlo.

Perdemos el partido. Lo perdemos por tres goles más. Nos miramos a los rostros.

-Bueno…otra vez será- dice Daniel. Mira hacia el suelo. Es demasiado bueno para el resto de nosotros.

-No tuvimos suerte- contesto.

-Sí… como que últimamente no tenemos suerte.

-Sí…

Y pienso en ella. Hace unos días la había invitado a salir. Me rechazó, y siguió bailando. Me sentí un imbécil. Perder es siempre ceder…hasta que uno ya no se acuerda de qué era ganar. Pero eso es la vida: se va moldeando el carácter, se va perdiendo el ímpetu…hasta que, un día,  ya no se recuerda nada más; aparte de  lo que debe hacerse al día siguiente. Y se sonríe…para no llorar.

Un perro ladra en la calle. Me pregunto por la sencillez de los días pasados. “Diecisiete”, repito, de manera maquinal.

“Diecisiete”.

“Diecisiete”.

Y vengo perdiendo desde hace tiempo, y debo escoger qué haré por el resto de mi vida. La universidad será una mierda, si ni siquiera puedo ganar un partido de micro-fútbol.

De seguro me voy a equivocar. De seguro.

Guardo los guantes, y me alejo caminando. La noche me cobija y el sudor se escurre por el cuerpo. He tirado el dinero de la apuesta sobre la maleta de Gustavo. Me tiemblan las piernas. Me tiemblan… como si fuesen mi consciencia.

III

Escojo ser abogado a falta de talento alguno. Siempre quise ser cantante, pero no, mi voz era el resultado de mi pereza: lánguida, desgastada por un rasgado que en nada se asemejaba al de Axel Rose, siquiera al de Belladona.  También quise estudiar literatura, o filosofía, pero mis padres esperaban que yo fuese alguien con mucho dinero y poder. “Escojo ser abogado a falta de dignidad”, pienso, mientras termino de llenar el formulario de inscripción.

Lo relleno sin pensar demasiado. Todo conduce a mis padres: sus ocupaciones, edades, capacidad para pagar la matrícula…

No preguntan por mí. Y está bien.

Lo dejo sobre la mesa. Una señora me mira. La miro. Nos miramos. Tiene una verruga en la cara. Nota mi fijación en aquel punto negro, rodeado de pelos aún más negros. Se retuerce, centra sus ojos en mi acné. Sonríe.

-Entrevista a las dos de la tarde- contesta. El estrépito del sello contra la hoja me dice que algo está ocurriendo. Que ya no hay vuelta atrás.

Sonríe.

Sonrío.

Me alejo corriendo. Tomo el bus.

Lanzo todo nada más entrar al apartamento: la maleta, un par de avisos publicitarios que se desparraman sobre el suelo de madera. Aún no es mi casa, pero tendré que acostumbrarme a llamarle así. Aunque sea a fuerza de la costumbre. Me bajo la bragueta, y la sujeto con fuerza. Sé qué va a llegar.

Me limpio con los avisos. Bajo el líquido, una mujer sonríe. Me ama. Me invita a amar la universidad.

IV

Han pasado 5 años desde que entré a la Universidad. Tengo 23, o bueno, eso creo, a falta de información más precisa. La edad no dice mucho: una talla más de pantalón, un par de vellos negros sobre la cara. El cabello más corto. Y nada más para contar.

Ahora estudio Filosofía, Filosofía y Derecho. Juré graduarme algún día, y me levanto con la firme convicción de lograrlo, al menos, la mayoría de los días. Es domingo…en la noche, y sí, mañana será complicado. La semana siempre es complicada…sobre todo si se tienen que llevar casos judiciales. El derecho, lejos de legitimar la vida del hombre, lo enfrenta a lo que no debiese ver: burocracia estúpida, gente estúpida, casos estúpidos, problemas estúpidos…y nada de inconformidad. La gente está contenta, porque es más fácil ser estúpido y llevar esa clase de problemas, que lidiar con cuestiones más complicadas.

Porque me complico demasiado, tiendo a perder. Y pierdo desde hace un buen tiempo. Pierdo los casos a sabiendas de lo fácil que es. Y entonces, al mirar a los ojos a los jefes, a esa gente que pierde sus días encerrados en esa oficina, mirando para el techo, meciéndose en medio de casos que poco importan, de gente que nada vale, de gente como yo… sin mirar siquiera a la calle, repito: “yo soy el error”.

“Yo soy el error”.

Tal vez, seguramente, yo seré el imbécil. Y en una sociedad de ganadores, soy un perdedor.

“Soy el error”.

Reviso la carpeta de los procesos…y me propongo hacerlo bien esta vez.

Ring/Ring/Conmoción

-¿Haló?- exclamo.

-Sí, ¿David?

-Sí, con el.

-Ah…-replica, tras sorber un poco de aire- ¿Todo bien?

-Sí…

-Quería saludarte. Saber cómo estabas.

Ella. Sonrío. De vez en cuando, se tiene una buena oportunidad. Y el mundo pareciera sonreír, y la gente pareciera ser un poco más amable, y los perros ya no muerden, y los gatos no se cagan sobre la ventana de la habitación. Y entonces, uno siente que es momento de reivindicación, y sonríe, esperando que pase algo más, y que los días devuelvan algo que disuelva la inconformidad.

Nunca ocurre, pero se sigue esperando. “Esperar, del sustantivo esperanza”.

-Todo bien-contesto- Sí…pues he estado ocupado.

-Claro…debe ser difícil estudiar dos carreras.

-Bueno, no tanto…cualquiera es abogado.

-Pero filosofía debe ser pesadísima, ¿no?

-Uno termina por acostumbrarse…

-Qué bueno…

Hablamos de todo un poco. De nada. Hablamos de nada a falta de un todo que respalde las palabras. La quiero, la quiero más que cualquier recuerdo que haya tenido antes. La quiero a falta de un suceso más dignificante en una vida diluida por grises pálidos. Por un par de mordidas y un par de risas estruendosas. La quiero como si fuese de día. La quiero a falta de un momento de tranquilidad. Beso sus labios, a pesar de no haberlos tocado nunca. Los beso, recordando. Y la quiero con eso, y con todo lo que nunca pude vivir.

– Te quiero- le digo, justo antes de colgar.

-Y-yo también- contesta, a falta de algo mejor qué decir.

Me quedo con eso. Me quedo con eso. A pesar de todo, y gracias a todo. La quiero. Sonrío. De vez en cuando sonrío. Y entonces la vida me devuelve algo. Y dejo de pensar. Y vuelvo a vivir.

Salgo de la casa en busca de cerveza. En busca de la risa, que de vez en cuando adormece la conciencia.

Me pierdo en eso. Así nunca logre nada. Así, cada día, me sienta más lejos de todo, y me encuentre en un sitio donde sólo las cucarachas me saludan. La gente va demasiado deprisa. La gente se masacra todos los días. Y yo, que sólo río, confío. Confío en que le vaya bien.

Así a mí no me vaya mejor.

VI

Y pienso:

Soy todo eso
Y lo que no hicieron de mí.

Aires cansados.

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Ahora que llegan
Estos tiempos de aires
Pesados, cansados,
En medio del mismo cuarto,
De la misma casa,
De las mismas cosas y personas,
No queda de otra,
No queda más que,
Levantar el brazo,
Llevar  la copa
A los labios,
Y quedarse ahí.

Esperando,
Esperando a que pase algo.

Como si algún día,
Algo pasase.
Como si algún día
Las cosas cambiasen
Y todo fuese mejor.

Y ahí vuelvo a levantar la copa,
Y todo parece dilatarse,
Hasta que no hay ruido,
Hasta que no quedan juzgados,
Ni mujeres, ni trabajo,
Ni gente, ni carros,
Ni viajes, ni Neiva,
Ni nada.

Y sólo queda el dolor,
Inerte, en esa misma posición
Clavándose adentro,
Sirviendo otro trago
Riendo en el silencio,

Y estoy ahí,
En la sala,
Con todo,
Para nada.

Y vuelvo a empezar
Para nunca morir.

Ellos vinieron.

 

ELN

Un día llegaron
Estaban armados,
Prendieron las alarmas
Venían por nosotros, ellos, los “otros”,
Se escuchaban disparados,
Desgarrándose en gritos,
Tenía un bate en las manos, se mecía compulsivo
Las uñas se deslizaban, en la boca, en los labios,
Se rompían al quiebre,
De la quijada contra la mente,
Sangre en los labios,
Era el momento,
De la derrota,
Era el momento,
No nos quedaba de otra.

Mi padre, grande, viejo
Escopeta en sus hombros,
El peso del alma en su arma,
Mujer con revólver, solloza y tira palabras,
Más rápidas que las propias balas,
Y el silencio.

Se oyeron aullidos
El ruido perdido,
En el frío,
Frío de Neiva,
Frío caliente, agresivo.

Luego fue silencio, y la ventana,
La luz sobre la ventana,
Ellos saltaban,
Sin verme,
Oculto,
Tras la persiana,
Eran de carne,
Carne que mata.

No quedaba nada.

 

Al fondo de la cisterna.

cagadeo

Entonces uno se despierta, y sigue cansado. Sigue tan cansado que los párpados duelen y de los ojos brotan lágrimas. El cuerpo se entumece, se entumece tanto que al moverse duele cada fibra…cada hueso. Entonces uno termina por levantarse, y todo el mundo ya está viviendo. Yo sigo viviendo. Igual que todo, igual que ellos.

Me metí a bañar. En el fondo de la cisterna, había un tierno mojón de la noche anterior. Casi peludo, casi humano. Casi hablante. Estaba vivo, el pequeño. Sus gritos eran sutiles vapores que inundaban el cuarto. Estaba tan vivo que el olor había percudido mi nariz en forma de sangre. Sangraba. Pequeñas gotas se escurrían por el lavamanos. No sé si fue por la mierda, o por el trago de la noche anterior, o por todo eso, o porque no me quería levantar, o porque soy un imbécil y sigo pensando en… no sé. Pero sangraba, sólo un poco, eso sí, pero sangraba.  Bajé la tasa, y recordé que yo había sido el último en cagar la noche anterior. Un pequeño flashback. Tan pequeño que no había bastado para salvar a aquel oscuro y oloroso descendiente.

-¡Hijo, vamos tarde!- gritó mi mamá.

-Voy, voy…

-¡Ajj, siempre hay que rogarte para todo!

-Ya, ¡Ya va!

Y ahí estaba. Una buena mujer. Tan torpe como buena. Adorable, y yo la adoro. La ducha estaba caliente. Empecé metiendo la cabeza, pero pronto sentí el licor llegándome a la cien y estallando nuevamente. Quería caerme un rato, dormir ahí…pero no podía. Tenía que salir. Era necesario para todos, menos para mi. Y todos son mayoría.

Me dediqué a pensar, mientras el agua me caía por la espalda y el culo, si poco a poco iba perdiendo algo. Tenía esa sospecha desde hace algún tiempo. Todo a medias. Vida a medias. Amigos a medias…Y yo seguía corriendo, y caminando, y golpeando, y siempre me echaba para atrás, y recibía un jab, una derecha, la quijada al otro lado, los amigos a un lado, todos riéndose, yo riéndome. Y así era la comedia de mi vida.

¡AHHHHH!/¡PUTA!/Iccch/La muerte está rondando.

Me había quemado. No sé en qué momento, pero me había movido, y el agua se había calentado, y el pene, el descanso, lo que sea, se había movido y había entrado en aquel torbellino de agua incinerada bajo el gas. Sentí la quemadura. Ardía. Ardía tanto que sentí que no podría volver a tener sexo. Sólo un momento…por sólo un momento. Salí de la ducha. A la mierda el jabón, el pelo, las axilas, el culo…A la mierda todo. Yo sólo quería mantener lo poco que me hacía estar tranquilo.

-¡Daniel, rápido!

-¡Ya voy, jueputa, ya voy!

-¿Pero en qué andas? Llevas como media hora ahí metido.

– ¡Nada, nada juep- nada!

-¡Rápido que usted sabe cómo es su papá!

-¡Jueputa, María, ahora no, ahora no!

-¡No me hable así, culicagado!

Y golpeó la puerta. La golpeaba, y yo sólo podía mirarme las gónadas. Dos huevos revueltos. Ya no había cáscara. Estaban ahí, agonizantes…rojos. Demasiado rojos. Los tocaba, y dolía. Me escupí encima de ellos. Corrí la saliva poco a poco por encima, los acariciaba y no sentía nada. Intenté masturbarme un par de veces. Y nada. No se levantaban. Decidí echarme un poco de agua encima y dejar así.

Salí. Afuera todo el mundo gritaba. Teníamos que salir rápido. Un velorio, y un almuerzo. No sabía qué era peor. De seguro el almuerzo porque al menos los muertos no hablan. Y los vivos tienen demasiadas estupideces para decir. Y uno no termina por saber qué es lo bueno y qué es lo malo.

Salimos de la casa. Nos montamos en el viejo Chevrolet. Un Chevy del 80. Rojo. Tan rojo que quemaba cuando se veía de frente al sol. Y yo pensé en eso mientras me subía y miraba la pintura percudida y mis huevos estaban rojos y me iba a morir y no quería dejar las pajas y el sexo porque aún me quedaba mucho. Poco y mucho de todo.

-Vamos al velorio de Cátulo. Es familiar de todos aquí. Le dio un infarto.- dijo el viejo. Mi papá.

-No tengo ni idea de quién es- contesté.

-Da igual, es familia.

-No lo conozco…-dije mientras encontraba las palabras exactas- es más, me parece irrespetuoso ir allá a saludar gente que no conozco, que no me importa, y ser tan canalla de decir que me compadezco por su dolor.

– Usted no entiende nada, mijo. No entiende nada, y mientras siga así, va a comer mierda toda su vida.

– No es eso. Me parece irrespetuoso. Es pura lambonería ahí. A los velorios va la gente que conoció a la persona y la quiso en vida, o si fue cercano a los familiares. El resto sobra y estorba.

-¡Usted lo que es un hijueputa que no entiende nada! ¡Malparido, poco solidario! ¡María, este hijueputa sólo vive para el y por el!

-¡Ni me imagino cuando nos muramos!- respondió mi madre con ese tono falso de lástima que podía romperme las pelotas.

-¡Nos va a tirar a un geriátrico y se va a beber la plata, el malparido!- replicó el viejo.

– Lloren, entonces. -conteste.

Y de seguro yo no haría nada de eso. Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Pero era un tipo aborrecible y detestable tan sólo por tener un criterio diferente. Y así había sido toda mi vida. O se estaba con ellos, o contra ellos. Más bien, o se estaba a favor del viejo, o en su contra. Para él, el mundo se dividía en dos clases de personas: Los triunfadores y duros, como el, y el resto. Y si uno piensa eso, la fina línea entre el diálogo y el insulto se desvanece al cruzar más de dos palabras.

– ¡María, a este malparido lo que falta es comer mierda en la vida! Para que vea que uno tiene razón en todo.

– Pero hombre, ¡Si sólo dije que me parecía irrespetuoso ir a un velorio sin sentir nada por los que están ahí!

– Ay si, respeto. Respeto de ni mierda. Usted es un irrespetuoso y la vida se encargará de cobrárselo todo en un futuro.

Ellos bajaron del carro, yo me quedé ahí afuera de la funeraria. Me ardían los huevos. De la rabia, y de la quemadura. Odiaba tener que pasar las vacaciones de esta manera. Casi todo el tiempo. Y eso que esta vez habían sido pocos los encontrones entre ambos. Y yo siempre salía peor librado. Y con todo, no quería estar en Bogotá y prefería ver al muerto y darle un beso y recibir los puños y las patadas de todos los familiares por ser un vil hijo de puta irrespetuoso. Tenía ganas de estar en ese ataúd. Tenía ganas de salir corriendo. De tirar los zapatos en algún punto, y correr hasta que las yagas de los pies estallasen y no quedase más que detenerse y ver en dónde se estaba. Ojalá fuese bien lejos. Neiva ya no es lo que fue. Antes estaba uno tranquilo…ahora, sencillamente, todo parecía ser menos fastidioso que lo que podía ocurrir en Bogotá. Y la gente era aún más estúpida que en Bogotá, y las generaciones se extinguían bajo los 40 grados que se asomaban a diario.

Y mis amigos ya no lo eran, y las mujeres cada día estaban más buenas, más culonas, más tetonas, terriblemente lascivas desde los 15…y uno no tenía ni el dinero, ni la fama, ni el carro, ni la parla, ni nada, para llevarlas a la cama. Uno sabía desde que las veía. Y yo no es que fuese un tipo feo. Era un imbécil como cualquier otro. Incluso, muchas veces era mejor que los cretinos con los que ellas andaban. Y entonces los veía con esas camisas, con esos tragos, con su carro, con muchas estupideces para hablar que yo no sería siquiera capaz de preguntar…y se veían contentos, sanos, tranquilos, felices. Y yo sabía que no era feliz y que ellos sí. Y a veces, en medio de una solapada arrogancia, pensaba “¿por qué putas ellos son felices y yo no?” Y entonces me veía, y contestaba, para adentro, bien para adentro, hasta que el corazón se agitase y la calma se perdiese en el mismo instante: “No soy tan diferente. O yo que sé.” Y entonces alcé la cara, y me di cuenta que el problema no era tener eso que ellos tenían. El problema era que yo no quería tenerlo, y que todos querían (y pretendían obligarme) a quererlo. No quería ser como ellos. No quería sus cosas, ni su ropa. No quería tener un carro. No quería tener que someterme a la estupidez trascendental de un diálogo sobre ropa de marca y viajes a extranjero. No quería ser como ellos. Pero quería ser feliz, y ellos lo eran. Sin muchas complicaciones. Lo eran. Y no era el carro, ni la plata, ni la ropa, ni su estupidez, el origen directo de su felicidad. O tal vez si.

Hay gente que nace para eso. Para ser feliz, y ser exitosa, y chupar pijas y sonreír de manera automática y no entender nada. Y trabajar. Trabajar hasta que los huesos se escurran y tengan una casa y una finca donde descansar. Y yo no quería nada de eso. Lo odiaba. Creo que moriré joven, para no tener qué retractarme de decir todo esto ahora.

Cuando me desperté, estaba justo en la mesa de comedor. Del gran club de Neiva. Ahí estaba yo. Poca gente alrededor, por suerte. Muy poca. Todos hablaban muy fuerte y se saludaban de mesa a mesa con grandes sonrisas. Luego se sometían en oscuros silencios que se rompían con algunos susurros. Hablaban de todo el resto, y competían por verse mejores. No toleraban ver un mal traje, o una barriga más grande. Pero las cirugías poco se comentaban. Todos parecían tener una. Pero, eso si, si el bisturí había dejado sus cicatrices más de la cuenta, todos hablaban de eso. Dos viejas que estaban al lado comentaban algo al respecto:

-Mira, ahí va Mercedes, mírale esa cara, ¡Pero qué horrrrror!

-Si… ¡Horrible! ¡Y tan bonita que era cuando joven!

-Eso les pasa por ponerse botox por todas partes.

– Pero claro. Yo tengo un poquito pero es por salud.

-Claro mija. Por salud si toca ponerse lo que sea.

-Sí, por eso también me hice el bypass.

-Eso está bien. Yo me operé el tabique para prevenir. Por si acaso.

Y todos hablaban de lo bien que vivían, y los platos llegaban, y yo miraba a los meseros: Agotados, desgastados, perdidos, desamparados, y en algún momento, tal vez, sus vidas tuvieron un sentido y ahora andaban ahí lamiéndole el culo a toda una partida de malparidos cuyo único mérito era tener la plata y la estupidez suficiente para  querer entrar a aquel hueco. Ellos me veían, y sentía el odio. Me olían como uno de ellos. Y eso me hacía pensar que, efectivamente, puede que yo estuviese más de ese lado. Pero eso no podía ser así. “Contra ellos, contra ellos” pensé. Y entonces un mesero me preguntó:

-¿Tiene problemas con la sopa muy caliente?

-No, fresco. ¿Es que aquí alguien lo tiene?- contesté.

– Sí, no falta…-y sonrió.

-Esos sólo merecen que les escupan la comida.

Y se fue. Y eso me hizo sentir algo mejor, porque el tipo ya me hablaba de otra manera y no se escuchaba como un autómata diseñado para dejar comida que no es suya en la quijada de animales que desprecia. Seguía estando contra ellos, y eso me agradó. En el mar de la vida todos nos quitábamos el plato de la boca y despreciábamos a los peces pequeños que aún tenían la boca abierta dispuesta a tragar y combatir. Pero nos alegrábamos con las rémoras que viajaban solas comiéndoselo todo. Ya no nacen tiburones. Los tiburones están muertos. Ellos comían hombres, y los hombres sobrevivieron. Se extinguieron los más fuertes sólo porque los débiles se agruparon y atacaron sin previo aviso. Y si hay tiburones, yo conozco un par, y esos tienen miedo. O se cansaron, y se largaron. Y hoy me toca correr como los leones y matar en la tierra. El mar es para los débiles. Y aquí sigo y aquí estaré.

Me levanté de la mesa y caminé hacia un baño cercano. Los huevos me ardían muchísimo más que antes. Salí y hablé con el mesero que me había atendido. Le pedí una bolsa con hielo. Me preguntó para qué la quería. “Tengo una herida…está inflamada” contesté. “No me dejan regalar hielo si no es con bebida, pero tranquilo, ya le traigo un poquito” replicó. Al volver, tenía un vaso lleno de hielo y una servilleta con una especie de linimento ahí. “Es pomada para heridas, échese un poquito por si algo”. “Muchas gracias” contesté. Me fui corriendo al baño y me dejé un rato el hielo. Lo ponía por un pequeño instante, y gemía del dolor, y me levantaba los cubos y veía eso cada vez más rojo. Al rato decidí aplicarme el remedio que me había dado aquel tipo. Sentí cierto alivio al ponérmelo. Como que sí servía.

Al salir, vi a un tipo buscarle problema al mesero que me había ayudado. Lo tenía sujeto del cuello de la camisa, y en cualquier momento le atizaría un golpe en toda la cara. Miré al mesero. Era mucho más grande, más fuerte. El otro tipo era un viejo gordo sin un diente. El orgullo de un hombre se le refleja en los ojos. Y aquel mesero tenía la cabeza gacha, los ojos desorbitados, los labios estrujados…y algo se estaba muriendo ahí, en ese gesto, en esa cara. Y puede que eso mismo se hubiese muerto antes, pero la esperanza hace que de los golpes la gente se resucite con la debida fuerza, y aquel tipo ya había pasado por eso y no quería perder su trabajo. De seguro tenía familia, o puede que no hubiese tenido la posibilidad de nada más…

-¿Qué pasa?- le pregunté a un viejo que vi justo a la salida del baño.

-Nada, que el malparido mesero le regó la sopa encima a la falda de la esposa del tipo ese.

-¿Sólo por eso le va a dar?

-¿Le parece poco? Es una falda blanca y si se para se le ve todo. Luego ¿Qué será capaz de decir la gente?

-A la mierda la gente- contesté mientras lo empujaba con fuerza.

Me escurrí como pude. Corrí hacia allí. De repente, me vi en medio de un gran círculo. El mesero me miraba. Se notaba que no sabía bien qué hacía yo ahí. El otro tipo me veía. Me miraba con complicidad, como si fuésemos amigos y yo lo entendiese. Me acerqué. Me sonreía aquel viejo. Su sonrisa estaba manchada por una mueca estúpida de regocijo. Miraba a todas partes. Todos lo veían, y el era el centro de atención. Lo había logrado. Eran sus quince minutos de fama. A costa de otro. A costa de un otro que la única culpa que tenía era la de ganarse la vida sudando en los días festivos, donde todos debían descansar y pasarla bien. Una gran mayoría lo animaba a romperle la cara al mesero. La otra porción, o era indiferente, o sencillamente no quería involucrarse demasiado por alguien que no valía la pena.

-¡Mesero hijueputa!-gritaba un viejo de camisa roja.

-¡Imbécil, se la tiene ganada!- decía otro.

– ¡A mi me hacen eso y lo hago echar!- escupía una señora.

PUM/PUM/Redención.

El puño había salido disparado con fuerza. Como en las épocas en que entrenaba boxeo. Un gancho directo al estomago. Sentí las vísceras batiéndose intempestivamente. El cuerpo se retorcía en quejidos y pequeños rastros de baba sobre el suelo. Ahí estaba esa cucaracha.

TRAJ/PUM/ De vuelta.

Me había llegado con fuerza. Directo al rostro. Caí, y me levanté como pude. Lancé un par de puños al aire, sin ver muy bien. Golpeé, sin fuerza, pero en la cara y eso algo hace. Corrí como pude. Salí de ahí. Luego, no sé cómo, terminé al lado de los viejos. Nos montamos al auto. Nadie hablaba. En la emisora, una mujer llamaba a quejarse de la falta de trabajo. Nadie le daba trabajo. O si en algún momento llegaba, era para trabajos de medio pelo como cocinera o mesera.

-¿Para qué se metió?- preguntó el viejo.

-Le iban a romper la cara a un pobre huevón que no había hecho nada- contesté.

-Le tiró el vaso a la falda de la vieja.

-No fue con intención.

-Pero fue un imbécil. Se la tenía ganada.

-Eso es muy poco para ganarse esa mierda.

– Usted no sabe nada. Ojalá le hubiesen roto la cara por meterse en eso. Hay que aprender a estar en el lugar que a uno le corresponde.

-Mi lugar hace tiempo es diferente al suyo. Al de ustedes.

-¡No pues, el diferente, el rebelde! Madure, madure que la vida lo va coger y lo va a aterrizar y cuando se de cuenta va a estar comiendo mierda solo sin nadie que lo respete.

– Dudo que eso pase. Y si pasa, pues no deseo ni mierda de todos esos malparidos.

Me bajé del carro. Me gritaron algo por la espalda. Un insulto. Mi futuro. Mi papá era bueno haciendo predicciones sobre mi futuro. Una de mis hermanas decía que él tenía la capacidad para acabar con la vida de sus hijos. A aquello lo llamaba “maldiciones del padre”. Yo no creía en eso, pero sí que estaba seguro de que gran parte del miedo que todos sentíamos era por su personalidad dominante y brutal. Cumplía con sus obligaciones, y de vez en cuando daba a entender que estaba feliz con uno ahí. Pero era un tipo de lo más brutal. Creo que todos le temíamos, a pesar de la edad. Ya estaba viejo, pero seguía siendo fuerte. Era un tipo duro. Uno de esos que aguanta las cicatrices sin lamentarse. De esos que se lamen las heridas y les echan sal encima. Y no hay lágrimas.

Ahí había un viejo tiburón. Un león que los golpes lo habían domado. Una persona que tenía un potencial extinto. Que ahora vivía en su monotonía para mantener una familia. Tampoco le disgustaba. Era respetado, admirado. Pero yo no quería eso. Yo quería estar tranquilo, y escribir. Escribir hasta que en algún punto todo cobrase sentido. Y caminar sin más rumbo que mi cabeza y mi consciencia. Y abrir las fauces para que las moscas se me caguen en la boca. Y luego escribirlo. Lentamente, sintiéndolo. Si no duele, no existe. Y si no existe, no merece ser escrito. El cielo era un infinito. La vida también. O eso dependía de los grilletes que uno estaba dispuesto a asumir. Yo ya había visto mi futuro, y tenía miles. Tenía tantos que sin habérmelos puesto ya me pesan. Y entonces uno se levanta cansado, angustiado, y nunca descansa. Y de vez en cuando un buen trago algo cama, o crea llamas. Y todo se quema y de las cenizas uno se burla y arma nuevas fogatas. Mi papá tenía razón. Yo sería un perdedor. No sería cómo él (al menos no en muchísimas cosas), ni como mi madre, ni como nadie en ese puerco sitio. Yo pelearía y me abriría campo con las manos y luego lloraría si me duele más de la cuenta. Y me levantaría y buscaría a los que fuesen y me vengaría. Me vengaría de la vida, de mi vida, de todo lo que duele y enferma. Y entonces sanaría con más dolor que antes y extrañaría los tiempos pasados en que todo estuvo bien y fui un imbécil y fui feliz. Y pensaré en esa gente y ellos me mirarán y hablarán y dirán que fracasé. O me uniría a ellos y fracasaría. Con ellos o sin mi, distante y diametralmente parecido al viejo.

Y yo habré escrito mil y un cosas. Y no seré un puto abogado. Y el cartón de filósofo no me servirá más que para saber que estudié algo que quise, quiero, que sirve o que tal vez no llega a nada. Y me mirarán mal y yo les romperé la cara con versos que sangran y puños que estallan.

Y que cuando todos me miren, sientan el miedo. El miedo que siento al ver al viejo. Pero yo no estaré ahí para causarlo. Que lo sientan si les toca. Yo haré lo que tengo que hacer. Mi futuro ya esta escrito y falta culminarlo. No hay sueños. Hay pelea. Y peleando se llega. A cualquier sitio. A ninguna parte. Y es que a veces, uno se levanta cansado, jodido, magullado. Y se mira los huevos y piensa en clavarse tres pajas para desentenderse de todo. Y a mi ya me duelen. Pero esos renacen. Y luego uno sigue cansado y se las clava.

Luego renace.

Eso que no se pudo escribir.

Grosz

Hace unos días había intentado escribir algo. Me senté, con varios tragos en la cabeza, y lo escupí. Tenía huevos, bastantes huevos…pero no los había batido lo suficiente. En vez de ser mierda sólida, aquello no era más que polvo licuado en el agua. Similar, pero diferente, a una cagada de borracho.

Había intentado escribir sobre una fiesta de hace unos tres años. Esa vez, me emborraché de tal manera que me oriné desde el balcón. Tuve la mala suerte de que el chorro le cayó directo en la cabeza a un hijo de puta bien grande y su novia. Ella gritó. Los del apartamento gritaron. Todos gritaban. Yo grité. Grité riendo. JAJAJA. Hijos de puta. Luego me molieron a golpes. Y me levanté y fui por un taxi. Fin del día.

No pude escribir sobre aquello. Me costó. Me costó como si hubiese estado escribiendo en alemán. Las palabras se entrecortaban, y todo iba muy mal ahí. Un par de frases ingeniosas le daban algo de sentido al texto. Pero nunca lo suficiente. Siempre, en esto de escribir, termina faltando algo. No es que yo sea bueno, creo que tengo cierto talento, pero creo que lo importante son los huevos. Meterle huevos hasta que las paredes se rompan y uno esté ahí, viendo y leyendo. Leyendo sin vergüenza, y con dolor. Si no duele, nunca ocurrió.

Últimamente me jodía la cuestión del trago. Desde mi cumpleaños, la cosa se había agravado. Un par de escupitajos sanguinolentos, y unas resacas bestiales. Cosas anormales. Nunca me pasaba. Eso nunca me pasaba. La resaca era lo de menos. Nunca dejaría el licor, ya lo tenía más que decidido. Sin licor es imposible sonreír. Y sin sonrisas, difícilmente hay vida. A menos que se sea oficinista. Pero aquellos gargajos rosados me asustaban. Era poca la sangre, pero sabía como si de allí brotase un manantial. Sabía que eso no estaba bien, pero también sabía que de ninguna otra manera podía estarlo. Nunca se está del todo bien, a veces se aguanta, otras sencillamente se derrumba. Aquí estoy yo, vida hija de puta.

Hace dos días, antes de intentar escribir eso, había estado en una fiesta. Una de esas fiestas del “Campestre”. La mayor cloaca de la ciudad. El sitio donde se fraguaban las conversaciones más insulsas e imbéciles del planeta. El epicentro de la idiotez y la adulación. La miseria y la ignorancia se acrecentaban con el costo del vehículo, de igual manera que con el tamaño de la silicona. Nunca se tiene suficiente esposa. Nunca. Siempre le cabe un poco más de silicona. Sino es en el culo, es en las tetas. Pero siempre cabe.

Ahí estaba yo. Que no era ni mejor ni peor que ellos. Sólo uno de otra especie diferente. Ellos se habían conformado. Yo seguía peleando, y pelearía hasta que la sangre que escupiera fuese más que la saliva.

-¡Tiempo sin verlo!- gritó una voz conocida- ¡Como a usted no le gusta nada!

-¡Jajaja! ¡Donde hay trago estoy yo!- dije.

-¿Qué más? ¿Qué ha hecho?

Daniel. Un viejo amigo del colegio. Estudiaba derecho en la misma universidad a la que yo iba. Tipos diferentes…bastante. Pero amigos. Y aquel siempre había estado en los momentos jodidos, a pesar de no ser de los más cercanos. Fue al velorio de mi hermana, y sólo por haberme saludado ese día, merece mi respeto por el resto de mi vida. Era un buen tipo. Diferente, eso sí.

-Nada…-contesté- aquí, con los viejos.

-¡Ahh! Yo si dije- contestó mientras me servía una copa- A usted no le gustan estas vainas.

-Este circo no es lo mío.

– Jajaja ¡Relájese y ya!

-No puedo- contesté, tras bajarme aquel guaro caliente- No con tantos  perros de estos  por aquí sueltos.

Me senté con el. Siempre me recibía con agrado. Tenía su propio trago, y me servía. A veces whiskey, a veces aguardiente. Siempre servía. No importaba cuánto le hubiese costado. Y sonreía. Sonreía con verdadero agrado de verme. A mí me agradaba eso. El tipo siempre había sido un gran amigo. Me sirvió otra copa, y me presentó a los mismos imbéciles que todos los años me presentaba:

-Andrés- dijo, tras chocar las copas- le presento a Guarno.

– Qué hay, Guarno.

– Y este es Felipe.

– Todo bien, viejo.

– Y este…

Y así con todos. Hasta llegar a las mujeres. Algunas estaban bastante bien. Pero sabía de entrada que no se fijarían en mí. Yo sobraba allí. Resaltaba en ese ambiente. No era mi espacio, y ellas lo sabían. Lo sabían hasta el punto de despreciarme. Me preguntaron un par de cosas (Qué hacía, a qué me dedicaba, qué me gustaba…) y mis respuestas no ayudaron mucho. Quería el trago, y hablar un rato con Daniel. Preguntarle por el resto de gente, qué se habían hecho…para dónde habían ido.

– Diego está bien- me dijo- atareado con el trabajo, la clínica…toda esa mierda.

-¿Ya se graduó?- pregunté.

-Si, ya. Está ganando muy bien.

– ¿Y el negro?

– Bien- me dijo, rellenándome la copa- Ese sigue igual.

-¿Igual?

-Sí, igual.

-¿Cómo así?

-Pues igual- me dijo, mostrándome el culo de una de sus amigas- Ese sólo sirve para comer viejas buenas. Y ser mantenido.

-Grande el negrito.

-Eso dicen.

Seguimos hablando. Le pregunté por los suyos, y el por los míos. Habíamos sido amigos de colegio. De hecho, el fue mi primer amigo en el colegio. Un tipo amable y servicial. Buen central y seis. Igual de confiable dentro y fuera de la cancha.

Diferente.

Y ya.

Estuve así un buen rato hasta que decidí volver a mi mesa. Había dejado una de las dos botellas que había comprado. La otra ya me la había bebido hace un buen rato. Me senté. Bebí, bebí hasta que los ojos empezaban a cansarse y el calor azotaba con más fuerza. Sentía mi cuerpo hervir a más de 50 grados. A pesar de que el clima estaba a unos 40 apenas. 40 en la noche. Neiva es el infierno. Y yo soy feliz, así sea por un instante, ahí. Siempre ahí. La negra no lo entendía. Ninguna de las anteriores lo entendían. Las mujeres poco entendían de la tierra…y de la calma. Las mujeres no conocen la calma.

-¡Malparido!- grito otra voz familiar- ¡Siempre tomando solo!

-Jajaja, hijo de puta, siéntese y afinamos esta mierda.

-Vale- contestó, mostrando lo más hermoso de la creación- Y aquí traigo esta.

Gigante el Jack Daniel’s. Gigante. Simplemente brutal. Sabía que iba a terminar bien. Rodrigo. Siempre buen tipo. Habíamos tocado juntos en una banda de hard rock hacia unos siete años. Virtuoso en la guitarra, estúpido en el resto de cosas. Su vida iba…era feliz. O al menos eso me dijo, y le creí. Le creí. Un tipo como el merecía ser feliz.

-Todo bien…-me dijo, tras mandarnos una copa de mi aguardiente- Pues en la Universidad, también. Pero nada raro.

-Marica…usted debió irse a USA también. Aprender guitarra a fondo.

-Ya fue…

-Sí, pero ahora va a ser administrador.

-Tampoco es tan malo.

-Podía ser guitarrista…

-Ya fue…

Y ya había sido. Hablamos de todo. De Carlos Hernán (que incluso se sentó un rato con ambos, y regaló tequila a fondo), del negro, del Manri. Ya poco sabíamos de todos. Poco sabía de la mejor gente que había conocido en la vida. Poco me había importado los mejores momentos de mi vida. Poco me importó el futuro. Y ahora, este presente. Este presente ante el cual las lágrimas brotan, y la saliva se baña en sangre. El presente que no conoce futuro. Pero que conoce la lucha. Luchar hasta romperlo todo. Hasta que levante la cabeza y sólo quede el sol. Y no tenga que ver para abajo.

Compré otra botella de aguardiente, me despedí de Rodrigo, y caminé. Caminé. Caminé dándome tumbos con todos. Un par de hijos de puta me buscaron pelea. No ocurrió nada. Habían conocidos por todas partes. Y algunos me salvaron el culo. Seguí, pensando…en nada, en algo. Pensé en todo. Pensé en Laura. En el presente. En Tatiana. En lo que me quedaba. Lo que ya no tenía.

Al menos hoy, ese día, sonreía. Luego, no sé cómo, lo olvidé.

Eso que llamo hogar.

Motley-Crue-Home-Sweet-Home-330486

Estoy aquí
Con Motley Crüe
De fondo
Viendo las estrellas
Viendo la vida
Pasar ante los ojos.

El cielo está
Rojo
Tanto que
Pareciera sangrar
Y eso es lo que
Hacen los vivos
Los que beben un trago
Y escuchan
Motley Crüe
Cuando todos
Duermen.

La ciudad muere
Pero aún así
Algunos gritamos
Escupimos
Sangramos
Celebramos
Que la mierda no tiene
Sentido
Ni lugar
Pero que sigue.

Vivir es sangrar
Y llorar
Cuando se está feliz
Vivir es perder
Y recordar
Para luego
Vengar
Lo que no fue
Lo que debe ser.

Y por eso
Escucho Motley
Y pienso en mi casa
Varios kilómetros
Al sur
En el prado amarillo
En los arrozales
En el Doble Anís
En mis perros
En las mujeres
Buenos culos
Hermosas tetas
Y en las calles
En las que bebí,
Bebo
Y pienso
Morir
En etílica
Ensoñación.

Recuerdo al Peludo
A Romero
Al Pastuso
Fabio
Vanegas
La gente
Con la que
Crecí
Y viví
Lo que aún sigue:

Y es que no soy
Feliz
Ni estoy
Tranquilo
Pero la casa,
Neiva
Tiene eso
Que pareciera diluir
La frialdad
Del alma
Que en las noches
Estalla
Y quiere
Avanzar
Hacia el otro lugar.

Ese del que muchos
Hablan
Pero que nadie conoce
Bien.

Y aquí estoy
Escuchando Motley Crüe
Home Sweet home
En mi camino
Trastabillando
Pero de pie
Siempre de pie
Y viendo las luces
De la ciudad
Las que no tiene
Bogotá
Las que sus nubes
Ocultan
Y nunca se verán.

Y yo que les digo
No soy feliz
Tampoco estoy
Tranquilo
Pero es esta mierda
La que sigue
Y mientras tenga
La casa
Los perros
Los amigos
Mujeres
Con bellas tetas
Y grandes culos
Estaré allí

Desviando las balas
Escapándome
De las miradas
Encerrado
Tras las persianas.

Escribiendo.
Escribiendo.
Dos pajas.
Sigo
Escribiendo
Con la botella
Estallando
En mi garganta.

Y esta risa
Que no es
Alegría
Pero si
Alivio
Para seguir
En el camino.