Faldas cortas.

warhol-banana

Esas mujeres de faldas cortas
Y sonrisas maliciosas
Que miran y que matan
Y que siempre maltratan.

Esas mujeres de faldas cortas
Que se ponen la mano en la entrepierna
Y no cruzan del todo las piernas
Esas que sonríen,
Cuando sabe que uno ve
Lo que no debería
Y es, el momento de algo
Y ellas ríen
Y siguen con su trago.

Esas mujeres que beben con mesura
Pendientes de los demás
Y que poco hablan, casi nada
Susurran cosas al oído
De esos con quienes se han corrido
Y siguen igual…
Viendo a la gente
Abriéndose un poco la blusa
Y calentando las erecciones
Sepultadas bajo el jean.

A esas mujeres,
Mujeres perversas
Les temo.
Nunca están del todo ahí
Lo saben todo
Saben joderme
Podrían joderme
Si quisiera perderme
Se las metería de frente
Nublaría la mente
Y al azotarse los cuerpos
Venírmeles adentro
Quemar sus cimientos.

Esas mujeres de faldas cortas
De piernas largas
Sonrisas maliciosas
Tienen poder sobre mí,
Y no me importa.

Eso que llamo hogar.

Motley-Crue-Home-Sweet-Home-330486

Estoy aquí
Con Motley Crüe
De fondo
Viendo las estrellas
Viendo la vida
Pasar ante los ojos.

El cielo está
Rojo
Tanto que
Pareciera sangrar
Y eso es lo que
Hacen los vivos
Los que beben un trago
Y escuchan
Motley Crüe
Cuando todos
Duermen.

La ciudad muere
Pero aún así
Algunos gritamos
Escupimos
Sangramos
Celebramos
Que la mierda no tiene
Sentido
Ni lugar
Pero que sigue.

Vivir es sangrar
Y llorar
Cuando se está feliz
Vivir es perder
Y recordar
Para luego
Vengar
Lo que no fue
Lo que debe ser.

Y por eso
Escucho Motley
Y pienso en mi casa
Varios kilómetros
Al sur
En el prado amarillo
En los arrozales
En el Doble Anís
En mis perros
En las mujeres
Buenos culos
Hermosas tetas
Y en las calles
En las que bebí,
Bebo
Y pienso
Morir
En etílica
Ensoñación.

Recuerdo al Peludo
A Romero
Al Pastuso
Fabio
Vanegas
La gente
Con la que
Crecí
Y viví
Lo que aún sigue:

Y es que no soy
Feliz
Ni estoy
Tranquilo
Pero la casa,
Neiva
Tiene eso
Que pareciera diluir
La frialdad
Del alma
Que en las noches
Estalla
Y quiere
Avanzar
Hacia el otro lugar.

Ese del que muchos
Hablan
Pero que nadie conoce
Bien.

Y aquí estoy
Escuchando Motley Crüe
Home Sweet home
En mi camino
Trastabillando
Pero de pie
Siempre de pie
Y viendo las luces
De la ciudad
Las que no tiene
Bogotá
Las que sus nubes
Ocultan
Y nunca se verán.

Y yo que les digo
No soy feliz
Tampoco estoy
Tranquilo
Pero es esta mierda
La que sigue
Y mientras tenga
La casa
Los perros
Los amigos
Mujeres
Con bellas tetas
Y grandes culos
Estaré allí

Desviando las balas
Escapándome
De las miradas
Encerrado
Tras las persianas.

Escribiendo.
Escribiendo.
Dos pajas.
Sigo
Escribiendo
Con la botella
Estallando
En mi garganta.

Y esta risa
Que no es
Alegría
Pero si
Alivio
Para seguir
En el camino.

Fiebre y temblor.

El-banco-solo-de- parque

Llovía. Los truenos eran ráfagas de luz que se escurrían por la persiana y asustaban a los perros. Las alarmas de los autos se disparaban, y el frenesí se aumentaba con el agite de las sombrillas cayendo sobre el pavimento. De vez en cuando, el semáforo se ponía en rojo, y tras volver a dar paso, las bocinas eran estruendos que competían contra el agite de las gotas contra las ventanas. Algunos gritaban, yo no entendía, era una simple lluvia.

Pero bueno, eso lo dice el que está adentro. Refugiado, escondido bajo las sábanas  con una cerveza en la mano.El gato saltaba por la habitación. Intentaba encontrar su lugar en aquellos precarios 88 metros cuadrados. No lo había, me miraba. “Maricón, quítate de la cama” parecía ordenarme con aquellos rabiosos ojos azules. Pero no me importaba. Deslicé una nalga hasta que se salió de las sábanas, y escupí un hermoso suspiro que el felino rehuyó con rapidez. El cuarto había adquirido ese aroma a fríjoles y carne trajinados, adobados con cerveza.

-¡Buufff! Huele a mierda- dije mientras me levantaba.

Desde hacía algunos días, constantes temblores azotaban el cuerpo. Como si los llamase, aquellos incordiaban el más mínimo movimiento físico. A veces eran tenues, controlables, como cuando alzaba una lata de cerveza o me mandaba el café a la boca en la mañana. Otras veces, las extremidades se sacudían con tal fuerza que lo único que bastaba por hacer era sentarse en la banca más cercana. Cerraba los ojos. Aguardaba. El temblor se trasladaba a las manos, que se buscaban pero que no lograban fundirse. Cuando acaba, un pequeño trueno se repartía por el cuerpo, haciéndome retorcer, y algunas veces, gemir.

-Hey, Hunter, la comida- dije mientras vaciaba un poco de Whiskas en el plato. El felino me miraba con extrañeza: temblaba. Me sacudía y la purina se desparramaba por toda la cocina.

-Amigo… pero come, no me mires así- dije mientras recogía las pepitas con una servilleta.

El animal estaba inquieto. Parecía asquearle la comida; o mejor, parecía asquearle mi presencia.  Aquel saco de carne empezaba a ser molesto, a estar demasiado descompuesto. Pero no importaba. Era necesario. Lo suficiente como para bajar el Whiskas de la alacena y servirlo en el plato junto al agua.

Lo sobé. No cerraba los ojos. Ya había terminado de comer, y lo sobé, y no cerraba los ojos. El animal me odiaba. Hunter, mi buen amigo de cinco años, me odiaba. Me miraba, sus pupilas se dilataban al presenciar mi tez blanca, mis labios sanguinolentos y estrujados.

Lo dejé quieto y salí.

En la calle, la gente se estrellaba una con otra para entrar a un famoso restaurante. La cola parecía interminable, y la paciencia también. Todos gritaban cosas del estilo de “¡MIERDA! ¿Y es que mi plata no vale?” “¿Cuándo carajos nos dejan entrar?” “¡NO VUELVO A ESTE SITIO!”; y cosas del estilo. Al otro lado, unos niños jugaban fútbol con una pelota de cuero cuyos buenos años habían pasado hace un buen tiempo. Lo noté por sus canillas rojas, maltratadas por el golpe al balón. Todos gritaban, eso sí, cosas más alegres: “A los dijes” “Hazme famoso” “Triangulando”, etc. Me senté en aquel parque. Busqué un cigarrillo en la chaqueta, y tras varios toqueteos en los bolsillos, descubrí uno partido en el izquierdo. Fumé, mientras veía a los niños correr y la vida parecía haberse perdido en algún momento de los días. Mis pensamientos eran estrellas fugaces que pasaban y no dejaban más que el rezago de un imbécil enfermo. Temblé, estaba sudando.

-Hola- dijo.

-¿Qué hay?- contesté, algo incrédulo.

– Todo muy bien- dijo mientras se recorría el cabello con la mano- ¿Es usted del barrio?-.

– Sí, vivo a unas dos cuadras de aquí-.

– Muy bien… yo también, vivo en una casa aquí a la vuelta-.

Nos detuvimos en los niños un buen rato. Un rubio cabalgaba con la pelota en dirección al arco contrario. Tras de sí, tenía a un defensa regordete y a otro gafufo, que corrían agitando sus vísceras en bufidos entrecortados. Ahora, sólo lo separaba del triunfo un muchacho espigado con buen semblante de portero. Disparó. Fuera.

Fuera. Como todo en la vida, fuera. Nunca dentro. La pelota se había ido/¿Dónde me fui?.

– Me llamo Juliana, ¿y usted?-.

– Daniel, pero puede decirme Motley-.

-¿Como la banda, eh?-.

-Sí, bueno…los apodos son de las pocas cosas que quedan de la universidad- contesté, mirando hacia la cancha. Ya no habían niños.

-¿No le gustaría ir a tomar algo al bar de la esquina?- preguntó, interrogando con cautela mis ojos- bueno, ponen rock y música que de seguro le gustará…

-Sí, vamos-.

No había entendido por qué había aceptado. Nunca me gustó tratar con desconocidos. En sí, con ninguna persona. La gente, por lo general, sólo quiere joderte. Normalmente te roban, o te quitan un riñón, o la sífilis, o el sida, o Hunter muerto, o los temblores.

TRAAAJAJJAJAJAJA/TRAJJAJJAJAJA/QUUIIKKKKK/QUUIIIIIK/ El agite de las vísceras contra el ventilador.

-¿Estás enfermo?- preguntó Juliana al llegar a la mesa. Traía dos cervezas frías.

– Sí, desde hace unos buenos días cargo con unos temblores asquerosos…- contesté, percatándome de que tenía una bonita sonrisa- y con fiebre, mareo, bueno, todo eso-.

-Deberías ir al médico- dijo,inclinándose un poco sobre el asiento.

-Sí… ya fui, al parecer es un simple virus. Pero la mierda tiene sus buenos días, y pareciera que me fuera a matar-.

-Jajajaja, ¡Qué exagerado!-.

– Jaja, no es broma…-.

Hablamos de todo un poco. De su vida, era estudiante de literatura, le gustaba Borges (viejo de mierda), pero también gozaba con Raymond Carver. Vivía sola, por aquello de que sus padres eran nativos de Cali, donde mantenían a su vez todos sus negocios. Le gustaba el alternativo, aunque aborrecía lo mierda que se había vuelto Metallica luego del Black album. “La voz de James ya no es la misma”, me dijo cuando le pregunté cuál era el miembro que más se había ido al traste en la banda. Concordamos, y bueno, así con muchas cosas. Por mi lado, le comenté que prefería Megadeth toda una vida a Metallica, que Phil Anselmo me daba miedo y que era el cantante más bestial que había escuchado, y que sí, como mi apodo indicaba, también me gustaba el glam metal. Me gustaba John Fante y Sallinger, entre muchos otros. Y sí, quería ser un escritor, o ya lo era, y no lo sabía. Perdía mi tiempo contra la pantalla del computador. Tenía un blog.

-¿Esa no es música de maricas?- me preguntó al indagar por el origen de Motley.

– Jajaja, bueno, no faltará el que la escuche sólo por eso-.

– Tú no tienes cara de eso…- dijo, sonriéndome lentamente. Sus ojos eran negros, demasiado negros. Su piel muy blanca.  Tenía unas pocas pecas en los pómulos.

Las cervezas corrieron, igual que las risas. Éramos un par de imbéciles desilusionados de la vida. Dos ratas más nadando en una alcantarilla que no parecía acabarse nunca, que no quería desembocar en el vertedero. Esperábamos el vertedero. Esperábamos el revolcón con la mierda, para ver si lo sucio nos hacía espabilar y coger un nuevo rumbo. ¿Había un nuevo rumbo?, no lo sabíamos. La cerveza nos lo había contado en un par de borracheras bestiales que se habían quedado en el olvido. Ambos teníamos veintidós años que habían desfigurado lentamente nuestros rostros. Ella aún se conservaba bella, me costaba verla a los ojos. Yo, por mi parte, tenía un tic en ambas piernas, que antes de los temblores, me hacía agitarlas rápidamente. Caminaba gibado, incordiado, con una sonrisa que era más falsa que un billete con la cara de Luigi.

Pero había algo que nos hacía estar juntos. Las sonrisas eran cálidas, sinceras. Poco más que luces en la oscuridad del bar. Las palabras eran sólo dilatadores de emociones, cables que servían para forjar un nexo metafísico incomprendido.

Duramos un buen rato hablando, hasta que, a eso de las tres de la mañana, nos sacaron a todos del bar. Decidí acompañarla a su casa, era tarde, y bueno, podía pasarle algo. Además, quería estar un rato más.

-¿Cómo te gustan las mujeres?- preguntó.

-Normal…con culo y tetas, supongo-.

-Jajaja, ¡Imbécil!, eso no es a lo que me refiero-.

– Jeje, bueno, no sé… siempre he sido torpe para eso. No busco nada en especial-.

– Ni que fueras marica-.

-BFFF, jeje, no. Bueno, me gusta el contraste del negro con el blanco- dije mientras me detenía en sus ojos y su cabello.

– ¿Me estás insinuando algo?-.

– Nada, nada…-.

Al llegar a su casa, ella aguardó. Me vio un rato. Buscaba sus llaves. Sabía que estaban en el bolsillo izquierdo. “Quiere algo más” pensé, pero esas cosas no pasan en la vida real. Abrió. Me miró con ojos que invitaban, pero la inercia me hizo darle un beso cerca de la boca y despedirme. Nos dimos nuestros números de celular. Me di media vuelta:

-¡Tenemos que seguir hablando!- me dijo, mientras cerraba la reja que daba contra la calle.

– ¡Claro, fue un gusto!- contesté.

Al llegar a casa, una fuerte cagada se asomó en mis intestinos. Me senté, y de ellos regurgitaban cavilaciones y demás esperpentos en guturales exclamaciones. Me limpié, y preparé una ducha con agua caliente. Hunter me miraba: ya no me tenía asco. No temblaba, y la garganta se había aclarado. Ya no tenía ese aliento a pastas rancias y a cadáver descompuesto. La boca me olía a cerveza, a vivo, a un tipo que anda con mujeres de cabello negro y piel blanca.

– Hunter, ya sé que me odias, o bueno, al menos te daba asco verme así. Pero bueno, eres mi hermano, ya sabes, y así como me joden tus vómitos de pelos; a ti te molesta mi tembladera. Ya no la tengo, o eso creo- le dije mientras le servía un poco más de agua.

-Hunter, conocí una vieja, y ya sabes, no es fácil. Creo que había química… Me anotó su número. Pero algo me dice- titubeé- que no la volveré a ver en la vida.

Y sí, al otro día la llamé. Al parecer, ella estaba prendida y no había anotado bien su número en mi celular. Unos pocos días después, decidí pasar por su casa: un enorme aviso rojo indicaba que ella se había ido, que el sitio estaba solo y “en arriendo”. O no quería volver a verme, yo que sé. Unos tres días, mas o menos a la misma hora del día del encuentro, fui con Hunter a ese parque. Los mismos niños, los mismos árboles, la misma gente apretujada en el restaurante, los mismos carros, el mismo smog. Pero nunca, nunca Juliana. Nunca la misma mujer.

Nunca más la volvería a ver.

Lo real fue recuerdo. Otra botella de Jack.

– ¿Para qué mierda viniste si no haremos nada?- le pregunté mientras se acomodaba el brassier y las bragas.- Sabes que me emputa quedar iniciado…-.

– ¡Ah, fue tu culpa!, medio te toco y ya estás desabotonándote el jean… es como cuestión de calmarse- contestó aquella de ojos claros y piel nívea. Sus ojos se turnaban entre el azul y el verde con cada cambio de ánimo intempestivo que surgía del momento.

– ¡JUEPUTA, SI LO TOCAS ASÍ SEA MÁNDATELO A LA BOCA!- Gritó un imbécil que intentaba controlar una erección entre su furia.

– Ya…está bien. Siempre es lo mismo, sólo quieres sexo y ya- Decía tras dar varias caladas al cigarrillo. La habitación se hacía más pequeña tras el humo que parecía consumirlo todo. Sus ojos estaban extraviados, ausentes, lejanos.

Todo se había ido a la mierda, y el lo sabía.

Desde hacía varios días que nadie entendía muy bien lo que ocurría. La relación se suscribía a la costumbre y no parecía que ninguno de los dos estuviese inconforme con ello. De hecho, hasta hace unas dos semanas ambos parecían estar bastante contentos, tanto que sus cuerpos destilaban sexo y faltaba el tiempo para suplir los momentos. Ni Luisa ni Javier lo entendían muy bien. Pero era lo que había.

Aquel día habían decidido pasar una tarde juntos y conversar algunas cuestiones que parecían estar jodiendo la relación. Monotonía, distancia, lazos estropeados por el devenir del tiempo, etc. Tan sólo se habían dicho excusas estúpidas que ninguno iba a aceptar por su misma falta de coherencia. No era esa mierda y ambos lo sabían.

– Amor… ¿tú sabes que te amo, no?- preguntó Luisa.

– A veces pareciera que no- Contestó Javier mientras se abotonaba la bragueta.

– Es que no entiendes… todo estaba muy bien, pero de un momento a otro ya no me siento yo misma, pareciera que Luisa Correa se hubiese ido muy lejos y que ahora sólo quedase una extraña- Dijo tras un sorbo a la cerveza. Sus manos temblaban un poco, algo inquietas.

Paj/Shhh/El sonido de las latas al caer. 

– ¡MIERDA, LA CERVEZA!-.

– Disculpa… no ando pendiente. ¿Si ves?, es lo que te decía-.

– ¿Ahh?-.

– ¡POR ESO TE DIGO, NECESITO UN HOMBRE QUE ME ESCUCHE, QUE ME ENTIENDA Y ME VALORE!- Exclamó tras unos ojos verdes que poco a poco se llenaban de un tinte rojizo.

– Jajajajaja, ¡la mierda de siempre!. Tu no necesitas ni mierda, ¡ni siquiera hablas, carajo!. Supuestamente tenías algo que decirme, pero ni eso… al llegar me cogiste como si nada hubiera ocurrido y luego me frenaste cuando te bajé la mano a las bragas. ¡NO ENTIENDO UNA MIERDA!- Gritó mientras tiraba un vaso contra el suelo.

– ¡Si ves! ¡Ya estás gritando otra vez!- Dijo Luisa mientras una lágrima se dibujaba en su rostro.

Javier lo sabía. Todo era mierda/farsa/estupidez/hipocresía. Todo era tan sólo un show que la muy puta había previsto en el camino a su casa. Se notaba, ni siquiera le había tomado mucho tiempo. Todo era forzado, previsible. Bastante empalagoso.

Y entonces decidió perderse un instante en sus pensamientos. La cerveza bajaba espesa por su garganta mientras los recuerdos se dibujaban nuevamente en su memoria, como si fuese una realidad que aún hoy se seguía viviendo.

Diciembre 22 del 2007.

La bella y la bestia se sujetan de la mano mientras caminan por una pista de baile en la que ya no queda nadie. Al parecer todos se habían ido. El imbécil tomaba una botella de vino mientras la puta le recordaba que su traje era blanco y que cualquier mancha sobre el sería fatal. No importaba, eso era tan sólo un anexo de un gran instante. Lo importante era estar allí, sujetar su mano, verla a los ojos y disfrutar de la compañía mientras el licor hacía su efecto.

– ¿Me quieres?…-

-¿Ah? ¿Ah?-.

Septiembre 18 del 2012.

– Ya no me quieres, ¿no?- Preguntó Luisa mientras se acomodaba los pantalones. Estaba de pie y la historia ya necesitaba su desenlace.

– ¿No quieres bailar?- Indagó Javier tras un largo trago de cerveza. De la comisura de sus labios se escapaba una pequeña baba que ya empezaba a coger espesura.

– Ya estás borracho otra vez…-

1, 2, 3 pasos. 3 campanas. 2 Instantes.

– Adios, Javier…Espero seas feliz-.

– ¡Pero si aún nos queda el amanecer! ¡Mierda!…-.

La puerta se cerró. Nuevamente estaba allí, solo, perdido entre los recuerdos. Ya no había con quien bailar. Tomó otro sorbo de cerveza y decidió esperar.

“Tal vez en algún momento nos volvamos a encontrar” pensó mientras se servía un trago de whiskey. Lo odiaba, pero no le quedaba nada más. La odiaba, pero la necesitaba para continuar. Al final sólo tenía aquella botella de Jack.

De la risa y la farsa.

Martillando la cabeza con dudas
Suena música de género cordura
Pero en el desliz de sus acordes
Yo no quiero sonreír.

Mirando la luna desnuda
Mis ojos bailaban con premura
Sobre unos párpados ya cansados
Y un cuerpo sin licor.

Y no podía sonreír.

Luego tras una cama
Mil mujeres desfilaban
Recuerdos que saben a basura
Y tras los besos y acordes procuran
Hacerme sonreír

Pero sus vidas son tan tristes
Como los sorbos de anís
Que bajaban espesos
Por la garganta.

Y luego de todo
Yo sólo pensaba
Que no podía ser feliz
Que todo estaba rancio
Jodido
Y yo no quería sonreír
Aunque puede que luego
Todos se burlen de mi.