Últimas preguntas

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¿Has acabado
De reír?
¿Has terminado
De llorar?
¿Has querido
Seguir así?
¿Has deseado
Vivir?
¿Has pretendido
Otras cosas?
¿Has manifestado
Amor?

¿Qué has hecho?
¿Qué has dejado
De hacer?
¿Qué no has
Querido?
¿Qué pretendes de
Ti?

¿Has terminado
Las preguntas?
¿Has abrazado,
Reído, saludado
A la muerte?
¿Qué has sido
En el recorrido?

¿Qué quedará de ti,
Cuando ya no estés?
¿Qué serás cuando
Sólo persista la
Idea?

¿Cuál será
La última de las
Palabras?
¿Cuál la última
De las imágenes?
Si la vida es
El recurrente y
Desafortunado
Tránsito de todas
Nuestras precarias
Instantáneas,
¿Cuál será el gesto
Definitivo?
¿Qué diremos al
Ver descomponerse
El último de los gritos?
¿Cómo se pulverizarán
Las ilusiones
Y las risas?

¿Qué debo preguntar
Antes de haber
Muerto,
Cuando sienta que
Aún abrazo la risa?

Negro sobre negro

lastfut

A veces sueño
Con un barco meciéndose
En la arena.

De vez en cuando
Cierro los ojos y veo metáforas
De la vida, que terminan
En soliloquios de muerte.

Palabras que se agitan en gargantas
De viejo roídos por el tiempo,
Versos que no dicen nada y
Que no traen más que el dolor
Tras el sufrimiento,
Negro sobre negro,
Cuerpos inertes de
Personas aún vivas.

A veces sueño,
Y me veo sentado
Acariciándome el cabello,
Sintiendo el palpitar del sol,
La fría caricia del silencio.

Y los gritos de mi madre
Ya no me alivian,
Y las viejas memorias
De los días pasados ya no
Se materializan:
No encuentro los lugares
Y los rostros son
costras que arden
Bajo la piel.

A veces río
Para rimar con la calma
Muerta de los versos,
Como los recuerdos
Alegres que
Trastabillan en balbuceos.

Como anteriores esperanzas
Que no significan nada.

Y todo es más que
Negro sobre negro,
Pero no lo comprendo,
Como el hogar que ya
Entre pasos que se pierden
No encuentro.

Desmiembro el silencio en tiernas palabras
En breves quejidos,
Que superen las carencias
De los días pasados,
De alegrías futuras,
Cuando todo no sea más que
Cualquier cosa,
Y no queramos
Decirnos nada.

Carritos contra el pavimento

house-by-the-railroad

Me encontraba sentado allí desde hace un par de horas. Enfrente, tenía una pared blanca que se encontraba en directa colisión con una luz nívea que le daba de lleno. De vez en cuando, me veía alzando la cabeza del diario que tenía entre las manos y veía de frente aquel muro infranqueable, tan absolutamente claro que me ardían los ojos nada más al verlo. Si intentaba mirarlo de manera plena,  sentía que una leve mancha negra se iba apoderando de aquella pared hasta el punto de sumergirla en la más absoluta oscuridad. Cuando sentía que aquello iba a ocurrir, intentaba seguir con el crucigrama que estaba completando. Sólo necesitaba distraerme un poco, saber que todo iba a estar bien, que era lo normal que ella se estuviese demorando tanto en ese recinto de mierda. Un niño no viene al mundo en un abrir y cerrar de ojos; antes bien, nacer tiene que ser de las cosas más difíciles que pueden llegar a vivirse. Incluso, podía llegar a ser un evento absolutamente traumático, pues nadie lograba recordar en lo más mínimo nada de lo vivido en ese momento. Capaz que el cuerpo humano se había preparado durante siglos para olvidar todo aquello, al igual que la muerte.

Fumé un poco a escondidas de la enfermera del piso y me levanté de allí.

“Seguro que hay un momento en la vida de todo hombre que es mejor no recordar” Me vi pensando mientras avanzaba por ese pasillo angosto y repleto de camillas y demás instrumentos e insumos médicos. “Quiero decir, pareciera como si hubiese instantes en los que recordar fuese algo absolutamente prohibido”, pensé, mientras me veía hundiendo el botón número 1 de aquel viejo ascensor. No sé por qué era que estaba pensando en algo así, más aún cuando, en cualquier momento, mi niño abriría los ojos en esa pequeña salita en la que se encontraba. Pensé en María, María Ré, mi esposa. Ella había sido la que había tenido la idea de tener al niño. Recuerdo cómo me dijo que un niño sería aquello que nos ayudaría a sobreponernos a la carencia de sentido que experimentábamos con respecto a nuestra relación.

Lo recuerdo perfecto.

– Ale, yo sé que te amo, que aún te amo- me dijo, tras apagar el cigarrillo contra el cenicero de la encimera.

– Yo lo sé, María. Pero siento que, tal vez, ya no deberíamos seguir juntos.- me detuve un instante y la miré directo a los ojos- Siento como si ya hubiésemos vivido muchísimo tiempo, como si ya no nos quedara mucho más para vivir. Como si estuviésemos aguardando el cajón cada uno, ¿Sabes?

Se sentó. Bebió un poco de café y me observó detenidamente con aquellos grandes ojos negros en un gesto que me pareció que oscilaba entre el desprecio y el cariño absolutos.

– ¡Pero si sólo tenemos 30 años! ¿Cómo puedes decir algo así?- gimió.

-Así me siento. Sentí que debía decirlo.

– A veces es bueno tomar un nuevo aire…- contestó luego de beber un poco más de café- No sé, encontrar un nuevo trabajo, irnos a otra ciudad, puede que, incluso…

-¿Incluso?

– Puede que tener un niño nos sirviera. Llevamos demasiado tiempo intentando. El doctor dijo que, tras el tratamiento, era un poco más probable que se logre la fecundación…

-Creo que eso del niño es de las cosas que más nos ha afectado. ¿Sabes? A veces me pregunto cómo es que existe tanto niño que no recibe amor, que es abandonado en basureros, que es golpeado u obligado a trabajar…mierda- Me veía en el reflejo del vidrio de la encimera- Mierda. Nosotros sólo queremos traer a un niño para que sea feliz al mundo- me detuve, buscando las palabras que se adecuaran al peso de esa idea que tanto me corroía- Para que fuese feliz junto a nosotros. ¿No? Sólo de eso se trataba.

Sólo de eso.

Bajé del ascensor y enfilé los pies en dirección a uno de los bares que se encontraban a un par de cuadras de la avenida principal sobre la cual se encontraba el hospital. No importaba cuál fuese. Sólo quería estar allí, leer otro periódico, no pensar demasiado. Tal vez beber un par de Vodkas. De tanto en tanto, alzaba la cabeza para cerciorarme que iba en la dirección correcta. Si bien había visto un par de veces aquellos bares, no sabía si, en efecto, quedaban tan cerca como los recordaba. Caminé…hasta que me vi enfrente de una juguetería. En aquel momento, recordé aquello que María constantemente decía: “faltan demasiadas cosas para atender al bebé. Cosas que iremos comprando de a poco”. Si bien nos habíamos acondicionado lo suficientemente bien para atender al niño una vez naciese, éramos conscientes que aún le faltaban un par de juguetes y, tal vez, un par de prendas más. Decidí ver si había algo a precio decente y fui hacía allí.

-Hola,-me vi diciéndole a una joven rubia de unos 23 años- quisiera ver los juguetes para bebés que tienen aquí.

-Claro, venga por este lado- me dijo para luego dejarme allí solo.

Allí estaba enfrente de todos esos carritos y cajas de cubos para los niños. En la esquina de la estantería, había un par de libros para colorear y unos juegos de herramientas. Todos esos juguetes estaban dentro de sus cajas. Cajas en las que bebés, casi siempre blancos, jugaban y sonreían con profunda alegría. “¿Cómo es que puede uno llegar a sonreír así?” pensé tras intentar seleccionar alguno. “Y todo tan pronto. Como si luego ya no se pudiese seguir así”. Quise un trago. Quise salir de allí y no tener que ver volver al hospital. No quería que María me sonriese con el niño entre los brazos. No quería verlo llorar. No quería verlo sufrir. No quería saber que, en algún momento, ese niño tendría que ser alguien como yo.

Alguien como yo. Vida hija de perra.

Como yo.

Me decanté por un par de carritos y salí de allí en dirección a uno de esos bares. Por momentos, me preguntaba si de verdad esos bares se encontraban en algún sitio cercano. Ya iba siendo necesario tomarse un vodka. Tal vez dos o tres. No sabía bien por qué lo necesitaba, pero veía mis piernas temblar tras cada paso y sentía la necesidad. “Tener un niño debería alegrarme. Debería llenarme de seguridad” me vi susurrando a la espera del cambio del semáforo. “Todos los padres que buscan tener un niño asumen los momentos previos con una sonrisa en la puta cara. Yo debería estar así”.

Tras un par de cuadras, me vi enfrente de un antro pequeño de sillas de plástico en el que sólo tenían cerveza y aguardiente. Decidí comprar una media y una cerveza. El tiempo transcurrió, y no recuerdo demasiado bien en qué momento fue que terminé con aquello. Sólo puedo decir que, de vuelta al hospital, la luna se posaba de frente a mi cara y me señalaba el camino. Miré el reloj de pulsera que tiempo atrás María me había dado. Eran las 7 y 30 de la noche. Presioné el botón y, súbitamente, las puertas se abrieron para escupirme de vuelta a esa pequeña sala de espera de paredes blancas que se hacían negras. Me senté y vi de lleno la bolsa con los carritos. Se veían bien. Tras un breve instante, imaginé al niño reír mientras chocaba esos carritos sobre la mesa de la sala del apartamento. Tal vez María lo regañase, aunque, probablemente, eso no ocurriese. Ambos sonreirían. Serían más felices.

Pensaba en todo ello hasta que, de un momento a otro, una mano se posó súbitamente sobre mi hombro. Subí el rostro. Era un doctor de unos 50 años. De rostro afable, con canas y la piel algo curtida por el paso del tiempo. Sonrió sin demasiado ánimo. Se le veía cansado.

-¿El señor Alejandro Fresneda?- preguntó.

-Sí, ese soy yo.- contesté con torpeza mientras me levantaba de la silla.

-Hicimos lo que pudimos.

-¿Qué ocurrió?

-Hicimos lo que pudimos-repitió-. Fue una operación difícil. Como usted sabe, algunos embarazos llevan consigo ciertas complicaciones. Aunque ese no era el caso de su esposa. Todo parecía bien, no sabemos con certeza qué fue lo que ocurrió…

-¿Intenta decirme que murió?- pregunté.

-Sí…por desgracia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

-¿Y el niño?- articulé tras intentar en vano aclararme la garganta.

-También murió.

Me desplomé sobre una de esas sillas. Aquel viejo decidió sentarse a mi lado y consolarme. Un par de enfermeras vinieron e hicieron lo suyo. Todo esto era una mierda. Pregunté qué era exactamente lo que la había matado, pero nadie parecía tener una respuesta de fondo. Al parecer, el viejo que tenía a mi lado no había sido el cirujano de María. Aquel todavía estaba en la sala de partos.

Me levanté. No sabía qué haría, ni hacía donde iría. Tal vez fuese a ducharme al apartamento. Hace días que no lo hacía. Puede que fuese donde Miguel. La verdad, ya no sabía qué hacer. “Tal vez lo más duro de la muerte era que unos sufrían mientras los otros ya no tenían qué pensar” susurré mientras introducía la llave del carro. “Seguro están mejor”. “Sí, seguro”.

Salí del parqueadero y aceleré por toda la autopista. En algún momento, lancé los carritos contra el pavimento y cerré los ojos. Los sentía despedazarse contra las ruedas, volar y golpear directo contra el parabrisas. Todo se estaba rompiendo y yo sólo podía acelerar. Imaginé los pedazos luego de que yo hubiese pasado por allí, y ya nadie supiese qué era aquello que estaba estrellado de lleno contra el pavimento.

El día de la muerte (toda una vida).

George Grosz. To Oskar Panizza

A veces pienso en el día
En el que estaré muerto.
Me los imagino a todos llorando,
Algunos riendo,
Otros mirando directo hacia el suelo.

Recordarán lo bueno que fui,
Dirán que nada fue justo conmigo,
Creerán que nunca hice nada malo,
Obviaran mis errores
Mis pesares,
Creerán en las mentiras
Y rellenarán los vacíos
Con tiernas palabras
Que desconozcan todo ese otro lado,
La belleza de la triste amargura,
El rencor de los días felices.

Me imagino a mi madre abrazando a mi padre,
Me imagino a mi hermano besando la frente
De un cuerpo gélido,
Que lentamente dejará de parecerse a mí.
Imagino a mis amigos,
A los lados,
Pensando en todo lo bueno,
Lo triste,
La pasión y la gloria de una vida,
Los lamentos de algo que ya no está allí.

Los recuerdo a todos;
Y los quiero borrachos.
Espero que así sea.

Mientras la vida termine por morir
Y no quede nada más para lamentar.
Y se haya quedado
Un cuerpo sin nada que sufrir.

He pensado en la muerte
Y no he visto nada más
Que la tristeza del hombre.
He respirado en la herida de la victoria
He querido con resentimiento
He añorado no tener que levantarme
He querido sembrar muerte y recoger vida.

He querido y he odiado lo que he podido,
Y, en los días,
Las caricias se pierden en un rostro
Que busca cariño
Y que no quiere,
Verse del todo perdido.

He pensado en la muerte
He querido no estar aquí,
He odiado mi vida,
He odiado lo que sido,
Me he contentado con palabras transparentes
Que se extravían en el níveo arrullo de la pared.
He extrañado los versos que no he escrito,

He querido ser mejor,
No he querido lo que he sido.

Con todo,
He visto a la muerte,
Y en noches como esta,
La he tenido entre los brazos.
Nos hemos besado,
Nos hemos querido,
No quisimos separarnos.

Pero queda seguir,
A pesar de todo,
Contra la furia de la vida,
Y el silencio de los pasos.

Toda una vida
Que no alcanza a ser vivida
Y que puede anticiparse.

Toda una vida…
Y no hay caminos
Sin luz que calcinen
Las estrellas.

Movimiento sin salida

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-No sé bien qué es lo que se mueve, pero créeme-me dijo, sin detenerse siquiera en intentar enforcarme- se mueve.

Llevábamos tiempo encerrados. Y el tiempo es algo que lentamente, y muy de repente, se disuelve. Ya no teníamos idea de lo que había sido, de lo que sería, y tan sólo nos teníamos el uno al otro para buscar algo en medio de aquel oscuro silencio. Pasábamos los días hablando…cada vez menos, cada vez de manera más distante. Las palabras se disolvían en cuanto recordábamos las salidas: esas salidas que, por desgracia, sabíamos que existían pero que no teníamos idea en dónde se encontrarían situadas. A veces, sentía la respiración de Juan atravesarme todo el cuerpo, corriendo desde las orejas hasta el cuello. Me besaba… me besaba lentamente, pero nunca pude sentir lujuria alguna en sus movimientos. Sus besos se desperdigaban sobre la rugosa piel…lentos, casi sin saliva. Eran los rastros de la vida: lo poco que quedaba de ambos…una seña tras la precaria luz que se colaba por la rendija.

– No sé, Juan. Ya hemos sentido lo mismo antes.

-¿Qué cosa?- dijo, acercándose un poco más hacia mí-¿Qué hemos sentido?

– Esto. El movimiento.

-No…esta vez es diferente.

-Siempre lo es, Juan- Contesté, acercándolo con el brazo.

-Confía- y se levantó. Llevaba varios días sin levantarse. Puede que años…meses, lo que fuese. Llevábamos tiempo estando allí, y ni siquiera recordábamos las razones que nos habían tirado en donde estábamos. Con el tiempo, la suerte se convirtió en una carcajada que se quebraba contra las paredes de aquel pequeño y húmedo cuarto. Las risas eran los estrépitos que quedaban a la nada…a ese instante de calma que sepulta cualquier forma de esperanza.

-¿Para qué te levantas? Antes lo intentamos, y nunca había nada allí: las mismas sombras, hombre…

– Estoy cansado…mierda.

-Yo igual, pero no tiene sentido levantarse para mirar la misma superficie. No hay nada nuevo.

-No, no lo hay…-y su cuerpo se empinaba, para ganar un poco más de altura y alcanzar la rendija- No hay nada nuevo.

Fue justo cuando Juan descendía que logré captar algo: no había mucho para ver, menos aún había manera de escapar de allí. En el transcurso de los días, habíamos palpado las paredes sin encontrar siquiera señal de material diferente. No había nada que indicase una puerta, una salida. ¿Qué había sido del “afuera”? ¿Qué quedaba de eso? No podía recordarlo. No tenía ni idea de qué había sido de todo eso…

-Juan-le dije, rodeándolo con los brazos- ¿Recuerdas algo? De antes, de lo que “éramos”, o, siquiera, si fuimos…

-Debió pasar algo, lo sé- y de sus ojos brotaban la ira y la impotencia de los años cansados- Debió pasar… no puede ser que llevemos tanto tiempo para nada.

-A veces creo que hemos vivido para morir, simplemente.

-¿Simplemente? ¿¡Te parece eso simple!?

-No sé…no sé. Tal vez es demasiado complicado. O sí, puede que sea sencillo. Tan sencillo como la muerte…como lo que hemos pasado aquí.

Podía sentir su mirada clavarse en mis ojos. Podía sentir el peso de los años, el ardor en las pupilas y los días que aún nos quedaban por vivir. Podía sentirlo todo…y, casi, sentía ganas de llorar. Las viejas tradiciones del sufrimiento habían hecho llaga en mi pecho, habían destrozado lo poco que nos quedaba:  lo que había sido de Juan…Pero no lloré, a pesar del abrazo silencioso de la muerte. No habíamos vivido mucho, pero, al menos, seguíamos vivos.

-¡Espera! ¡Espera!- me dijo, acercando su rostro contra mi pecho. La ira se estrujaba en tiernas gotas saladas que caían hacía la nada, hacía aquello que teníamos o nos tenía.

-¿Qué pasa?

-Espera…esperemos.

-¿Esperar a qué?

– A nada. Esperemos a la nada.

Me senté sobre el cemento mojado. Ya tendría tiempo para sopesar los días sin recurrir a Juan. Hasta que el tiempo terminase por matarse del aburrimiento.

Lágrimas en el cielo

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Las gotas que se estrellan contra la ventana
Deseando entrar, abrir una puerta,
La puerta que no conozco,
Pero que sé que existe.

Las gotas estallan, no sólo contra el cristal,
También contra la cabeza
Y devuelven la certeza
De que nada va a cambiar
Que si todo sigue igual,
Algo debe estar por morir
Y ya no se podrá seguir
Aquí.

Se escurren contra la ventana
Suplicantes, deseando escurrirse por las vísceras
Yo sólo miro
El cristal.

Me entretengo con su muerte,
Con el hecho de que, tal vez,
Así se escurre la carne
Contra la tierra
En suspirantes latidos agonizantes
Contra el cristal de la memoria.

Y la gente llora
Como no se ríe
Cuando el cielo se lamenta.

Miro las gotas
A falta de sangre.
A falta de memoria
A falta de alguien más
A quién mirar.

A falta de un consuelo
A falta de una sonrisa que se esgrima
De cara al sol.

Miro las gotas
A falta de ser.

El cielo que gime
Y yo que me quedo
Viendo la ventana.
Susurrándole a la vida
Que se acuerde…
De mí.

Mientras escribo pretextos
Para seguir así.

La muerte a las espaldas.

klee paul

Una cosa y la otra llevaron a nada. Juan se estremecía nada más de ver lo que nos había pasado: Ahí, en medio de todo, hablando de nada. Ambos balbuceando al sabor de un café que cada vez estaba más espeso. Las palabras eran cortas, distantes…la gente pasaba a nuestros lados. Todo parecía ir demasiado rápido y nosotros estábamos demasiado estáticos. Me encontraba bebiendo un sorbo, cuando él se dispuso a hablar:

-Esa vaina nos va a matar- dijo, mientras miraba hacia todas partes.

-¿Qué cosa?

-Tú ya sabes, no preguntes por preguntar.

Al fondo, la radio sonaba con potencia. Una vieja canción de Motley Crüe tronaba al fondo. Si la memoria no me falla, como casi todo en estos días, sería Home sweet home. Me recordó a mi ciudad natal. Al sur, tan al sur que el sol golpea de frente y la gente anda sin pantalón largo y saco. La gente sonríe, porque con el calor, sonreír es lo que queda. Y ahí estaba yo: En medio de un bar, hablando de nada, viendo a la gente pasar, tomando un café amargo y espeso.

-Nos va a matar…-repitió.

-Nada, hombre- le dije- No hay nada que nos pueda matar. Al menos nada que llegue de improvisto.

-¿Te das cuenta de lo que dices?

-Sí-contesté, buscando con los ojos algún rostro, alguna seña amiga en medio de lo desconocido. Rostros uniformes se mecían de mesa a mesa, rostros con vestidos diferentes que hablaban de lo mismo y miraban de la misma manera.

– No lo sabes. Y nunca lo sabrás.

 

Juan era de esos tipos que poco hablaba. Sus gestos eran el retrato del malestar o del aprecio, de lo cercano y de lo ajeno. Uno sabía que era sincero porque todo le causaba una impresión inmediata; y la impresión se repetía con la misma experiencia vivida. Habíamos sido amigos por veinte años. Veinte años que se dividían en demasiados recuerdos, en demasiadas vivencias, tristezas, alegrías, vergüenzas. Sobre todo vergüenzas. La amistad era burlarse de la vergüenza ajena. Era saber que siempre se tenía un espejo en el cual visualizar las carencias propias. Si ser amigo no era conformarse con lo precario de la propia vida, nada podía serlo. Juan lo sabía. Yo, Miguel Sánchez, también lo sabía.

– Fue culpa de la mujer- decía, señalando con el cigarrillo hacia el suelo- Fue culpa de la mujer, Miguel. Y ahora ya sólo nos tenemos a nosotros.

– Pues si…-contesté- pero no es sólo eso. No es sólo eso, hombre. Desde hacía tiempo todo estaba muy mal. Muy mal, Juan. Tan mal que hoy ya ni podemos hablar de eso.

– ¿Qué queda, hermano?- gimió mientras prendía el siguiente cigarro- ¿Qué queda?

-Pues no mucho. Sólo nos queda luchar.

María había sido nuestra amiga desde hacía unos diez años. Se había ido hacía unos pocos días. Había muerto. Y la gente poco la mencionaba, pero para nosotros seguía tan viva como la tristeza, como la sonrisa de estar disfrutando de la compañía del otro. Juan siempre la había querido. La quería…y nunca se lo había dicho. Ella lo sabía. Esas cosas, no sé cómo, ella siempre las sabía.

– Deberíamos quemarlo todo.

-¿Quemarlo?

-Sí, quemarlo.

-No comprendo qué quieres decir.

-Deberías alejarnos, hermano- contestó Juan- Alejarnos y seguir cada uno con su vida.

– Pero es que ahora es cuando…

-Cuando nada. María lo era todo.

Nos despedimos, y salimos cada uno por su lado. Juan tomó la quinta y avanzó, creo, hasta la sexta, de allí iría hacia su casa. Yo cogí la derecha, y al final no llegué a otro sitio más que un viejo bar de Hard-Rock donde me emborrachaba cuando era joven. Pedí una Poker, y me senté.

-¡Ehh!! ¡Miguel!- gritó una vez aguda que venía del fondo.

– ¡Catalina!

-¡Hombre! ¡Cuánto tiempo!

-Sí…demasiado, diría yo.

-¿Cómo te ha ido? ¿Qué ha sido de tu vida?

-Nada… pues bien, igual que siempre.

Catalina había sido mi vecina durante unos diez años. Habíamos hablado un par de veces, e incluso, alguna vez intercambiamos unos discos de heavy. Nunca nada pasó de allí. Y ahí estábamos ahora. Dos perfectos desconocidos jugando a ser los mejores amigos.  Las cervezas transcurrieron, y los recuerdos se refugiaron en rostros y canciones genéricas, de acordes precisos y monótonos que no quebraban nada. La gente era una masa uniforme que se desplazaba hacia los rincones más inesperados de la cabeza. Rostros sonrientes, maliciosos, hervientes… con el dolor entre los ojos y las miradas extraviadas.

Cerveza.
Cerveza.
Cerveza.

Glup
Glup
Glup.

Me despedí de ella. Estaba ahí, tirada, viendo hacia la nada. Dormida. Ya no quedaba mucho. Compré un sorbo de aguardiente, y caminé. Caminé mientras la luna gritaba bien arriba, y en la cabeza la vida estallaba. Hay que estar lleno de vida para morir con los ojos abiertos. Llenos de vida están los muertos que se han resignado. La vida es lo que les duele. Les duele tanto que nunca se suicidan.

Las luces de las farolas temblaban. Temblaban bajo cuarenta grados de calor. Bajo la vida que se escurre, y sólo queda otro sorbo. Bebía sin más que la memoria automática, el reflejo de la casa, el perro esperándome en la entrada. Bebía con los pasos a la espalda, y la vida por delante. Llegó un punto en el que no pude, y me lancé sobre la acera. Dormí. Dormí y no recordé nada. Un perro se colaba en mi retina, batiendo su cola.

-No han ssii-do buenos días.

-No lo hannn sido.

Y el animal sólo me miraba.

-¿Qué nos queda?- le pregunté.

Y corrió. Corrió como si hubiese visto a la muerte. Bebí otro trago. María me miraba. María, la que escuchaba Iron Maiden y algo de los Guns. María, la misma María de Pablo. La mía. María. Ahí estábamos sentados. Cerré los ojos. A lo lejos, el perro bebía de un charco. Sus ojos brillaban… se incineraban frente al agua.

Y el anís me quemaba la garganta, y las vísceras se retorcían. Respiré.

– Nadie pudde matarnos, perro- Le dije, mientras me mandaba una mano al bolsillo- Nadie puede matar al que le falta un trr-ago.

Estaba frío. El bolsillo estaba frío. Luego no sentí nada.

 

 

Todos se irán.

the-plague-1898

Un día todos se irán
Y yo no me habré ido
Se irán con sus pocas cosas
Pocos recuerdos, quijadas rotas
Y se esfumarán bajo el cemento.

Todos les rezarán
Todos les recordarán
Se acordarán de lo  bueno,
Obviarán lo malo
Llorarán el recuerdo
Y lo tirarán sepultado
Al son de la madera crujiente
O de los huesos que se hunden
En el barro…

Un día todos se irán
Lo sé,
Se irán los que quise,
Los que no, también
Se irán con sus pocas cosas
Nos dejarán sin nada
Y cada día se estará más solo
Y no habrá vuelta atrás
Esperando, esperando a que algo pase
A que el malestar llegue de pronto
O de frente
Y todo se acabe
Y no quede más que rezar, para los imbéciles,
O llorar, para los demás.

Unos pocos nos quedaremos
Arrancándole las flores a los cementerios
Rememorando lo bueno, lo malo
Sobre todo lo malo
Que es lo que enaltece
Al espíritu humano:
No se es hombre por bueno
Inviable es la existencia,
Se es hombre por defecto
No queda de otra
Y a eso se juega.

Cuando queden pocos
Recordaré lo que pueda
Y arrastraré el féretro
Mirando al cielo
Si hubo Dios, si lo hay,
Que venga y me chupe los huevos.

No hizo nada,
No nos quiso
Pudo hacerlo.

Sembraré el resentimiento
Recogeré los frutos
Si hubo Dios
No lo culpo:
El corazón es de alquitrán
Nuestra risa de oropel
Más falso que todo.

Tan falso, siempre,
Después de todo.

Por eso recordaré
Que tras las avenidas
Los carros, las luces, las autopistas
Están, los que están
Los que se fueron
Yo, pendiente
Del momento
Del suspiro
Del polvo,
Sea muerte.

Con la muerte.

Después de todos
A pesar de todos.

Tan sólo un árbol amarillo…

klee

El árbol se mecía
Como las dudas y las penas
Se movía, casi muerto
Al borde del lamento
Y yo, allí
Sólo lo miraba.

Se retorcía en su propio eje
Las raíces pesaban
Como los años en la vida
Y del niño que jugaba
Y era feliz
Llegó al adolescente
Que perdía, y lamentaba
El pretender seguir
Estar siempre,
Allí.

Perder.

Sabía que algún día
Ese árbol se caería
El viejo amigo
Se molería
Contra la tierra
Y no resistiría.

Lo sabía
Lo había visto
En mi abuela y otros viejos
Que morían con la lengua afuera
Y con la sensación de felicidad
Enfrascada en una mueca.

Lo sabía
Como los niños que cargan
Su pena en  un arma
Y las mujeres que huyen
Con la ilusión en sus brazos
Lo sabía;
El árbol tenía ese mismo gesto
Ese mismo rostro
El mismo abatimiento
Llevaba mucho vivo,
Tanto que merecía
Estar muerto.

Y lo veía, a los quince años
Con los mismos ojos
Que a los veintidós lo recuerdo
Demasiado muerto
Para seguir vivo
Demasiado humano
Para no ser de cemento.

Y algún día
La brisa lo tumbó.
Yo quedé de pie
Recogiendo sus despojos
Las flores amarillas, blancas
El verde desparramado
La sangre que llama…

Había algo que quería
Irse con él.
Ese mismo algo que muere
Día a día
Sin que yo sepa
Muy bien
Por qué.

Amando la soledad

Grosz

Amando la soledad
Encerrado en este cuarto
Perdido entre unos trastos
Que hablan de mí.

Sumergido en todo esto
Con los ojos cansados
De cambiar canales
Y pasar por mi vida
Sin vislumbrar
Señales
Que sirvan de guía.

Amando la soledad
Mientras las escopetas eructan
Y los niños desarman fusiles
Mientras los soldados se multiplican
Y las guerras van y vienen
Mientras las vidas se pierden
Y los impuestos se incrementan
Como si no hubiese sitio
Suficiente
Para tanta gente.

Amando la soledad
Aferrado a ella
Borrando el pasado
Incinerando el presente
No hay futuro,
Sin ella
Y el pasado es tormento
Y el amor son tres pasos
Hacia la botella
Consumido, ya bebido
Sangra el anís
En la garganta
Y me pregunto
¿Dónde se ha ido?

¿Dónde se ha ido?

Y no hay nadie que conteste.

Solo
Solo
Raído
Perdido
Entre la gente
Solo
Mientras los árboles tiran frutos marchitos
Y los perros me muerden por la espalda
Mientras busco una sonrisa en un vaso de agua
Pero esta yace
En una botella de aguardiente
Mientras los sueños se esfuman
En un cigarrillo que se extingue
Sin llegar a nada.

Amando la soledad
Detestando el instante
Volviendo a detestarte
Amando el poder odiarme
Sonriéndole a la muerte
Bebiéndome los escaparates
Perdiendo ante la vida
Jugando a existir.

Amando la soledad
Me inclino hacia la cama
Cierro los ojos
“Ojalá nunca
Llegue mañana”

Apago la luz.