Instante.

angelus novus

“Now I watch the falling rain
All my mind can see
Now is your face”

Pantera.

Tenía una resaca asquerosa. Había bebido unas dos semanas seguidas, y ya la comida no parecía querer entrar. Los trozos chocaban contra las paredes del estómago, y este parecía querer implosionar…vomitaba, y parecía que todo volvía a empezar. Aquel día había tenido que ir a la universidad. El imbécil de Bancarios había decidido que el examen fuese oral, y por ello tocaba vestirse de manera “elegante”. Bien, me hice tres pajas, me puse una camisa de cuello, y un pantalon de drill. Iría en tenis, ¡Si quería zapatos que me chupara los huevos!

Bueno, el examen había transcurrido normalmente. Preguntas estúpidas, respuestas poco sinceras. Descripción del robo por vía legal. A la larga, había aprendido que el sistema jurídico colombiano siempre beneficiaba a los bancos: ¿Que constituiste un préstamo y pusiste tu casa en embargo? ¿Que no puedes pagar? ¡Me importa un orto!. Todo importaba un orto. Todo, menos el banco.

-Mmm…- vociferó aquel gordo de traje- Díaz, ¿Verdad?

-Sí- contesté- Castro Díaz.

-Bien…- dijo mientras revisaba unas preguntas. Su cara era maliciosa. Quería joderme.- Bueno, dígame cómo funciona el mecanismo de regulación bancaria.

– Pues…- dije mientras pensaba alguna estupidez para decir- No sé, no entiendo bien la pregunta, profesor.

– Es bastante clara…- Masculló, tocándose al tiempo el bigote- ¿Cómo funciona el mecanismo de regulación bancaria?.

– Pues…está la ley, que faculta a las superintendencias a realizar un control preventivo sobre las entidades. Asimismo, están las directivas, etc etc.

– Bien. ¿Y es efectivo el control?.

– Sí, siempre es efectivo. Tanto así que la gente está en la calle, imagínese.

– ¿Qué insinúa?.

– Que siempre gana el banco. Y que por eso es que estamos todos jodidos.

– Tiene cero, retírese.

Me largué de ahí, no sin antes recordarle a aquel imbécil toda su ascendencia. Valía mierda si me expulsaban. Ya no quería estar allí, ni en ningún lado. Sólo quería estar solo, bien lejos de tanto hijo de puta abogado servil. Quería cantidades abismales de cerveza y aguardiente. Quería un computador, quería historias para contar… quería ser escritor, y había algo que no estaba cuajando en aquella lógica. De un tiempo para atrás, mi vida se había convertido en la consecución de los frustrados sueños de mis viejos. Debía ser abogado, ojalá penalista. Debía hacer una especialización en ello. Una maestría, doctorado. Debía tener una gran firma. En algún momento, tenía que ser político. Ojalá de alto rango. Debía salvar el país. Debía solucionar todas las causas perdidas sobre las que se erigía Colombia. Había que tener una familia. Mi esposa debía ser rubia, de bonitos senos y estupidez chocante. Tenía que operarle el culo, era imperativo.

Debía ser todo lo que no quería, pero bueno, poco importaba lo que yo pensaba.

O eso pensé. Aunque, por algún extraño motivo, aún no podía morirme. Había algo de mí ardiendo adentro, quemando todo lo que no era propio. Estaba aquella fuerza que me obligaba a discutir, a pelear…a la contra, contra todo. Aún habían palabras que escupir, y yo estaba dispuesto a jalar el gatillo. No quería esa vida. Quería ser escritor. Quería entender por qué mierda era que vivía así. La escritura era catarsis: Las letras saltaban violentas, como balas. Ahí estaba mi vida: desfigurada, ficcionalizada…pero era mi vida. Era mía. Quería entender por qué mierda, siempre que escribía, me calmaba por un leve instante. La lectura era tormenta, era la guerra contra mí mismo, contra la mierda que pasaba a diario. La lectura era la masturbación que quedaba tras el día. La lectura era necesaria…

Al llegar a casa, me acosté a dormir. Sentía unas ganas irresistibles de clavarme una paja, pero el cansancio me pudo y en poco tiempo mis ojos se nublaron. Al cabo de unas dos horas, el vómito me levantó con furia. Corrí hacia el baño, y jalé la cisterna. El vómito fluía en su propio laberinto, en el espiral hacia el infierno. Con sus pares. Todo parecía encontrar su lugar, menos yo. O eso creí en ese momento.

Abrí la maleta. Allí estaba. Relucía el acero. La luz lo hacía parecer amable…destellante. Algo había de hermoso en aquel revólver, pero yo no entendía. Lo miré un buen rato, hasta que sentí escalofríos y lo guardé. Sentí la fuerza de la muerte penetrar con furia. Me asusté. Siempre estaba asustado.

Llamé a una vieja, que siempre que la llamaba, salía corriendo a chuparme el pene:

– ¿Claudia?

– ¿Miguel?

-Sí, ¿Qué hay?

-¡Tiempo sin hablarnos!, ¿Cómo estás?

-Bien, ¿Y tú?

-Todo bien…¿En qué andas?

– Nada, aquí aburridita en la casa.

– Ahh, vea pues…yo te tenía plan.

– ¿Qué me tienes? ¡Ah!

– Ven a mi casa, ¿Qué dices? Nos tomamos algo…preparamos algo, y ahí vemos que sale…

– Mmm…Migue, ahora ando saliendo con un tipo- dijo, haciendo pequeñas pausas entre palabras- No sé… no me parece bien.

– El no se va a enterar.

– Mmm… bueno, dale. Me baño y salgo para allá.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la reivindicación.

Decidí afeitarme. Llevaba un buen tiempo sin hacerlo, y ya la barba parecía salirse de su cauce. Me regué con colonia los huevos (uno nunca sabe), y fui a la tienda a comprar una caja de condones.

Ring/Ring/Ring/Las voces escurriéndose por el sifón.

– ¿Hola?- dije.

– ¿Migue? Hola.

– ¿Qué pasó?

– No podré ir…no me siento bien con esto. Sabes, todo parece ir bien…no la quiero cagar. Por una vez, no la quiero cagar.

– Tranquila, está bien. No tienes por qué darme explicaciones.

– No, no es eso…pero quiero que me entiendas. Todo está fluyendo, el me quiere, yo creo que también estoy empezando a sentir lo mismo. Sabes que me gustas, pero parecieras aprovecharte de eso. Sólo me llamas para eso, lo sabes.

– ¿Para qué?

-Para tirar, ¡Mierda, ni que eso fuera novedad!

– Ya, tranquila. Adiós, que te vaya bien con todo.

-Mi-mi…

Tun/Tun/ De vuelta a la realidad.

Me devolví a casa. Ya no tenía nada qué hacer en aquella droguería.  Prendí la grabadora, sonaba Pantera. Cemetery Gates, para ser exactos. Llevaba escuchando esa canción un buen tiempo. Semanas, meses, no sabía. Pero la escuchaba todo el tiempo. Había algo en ella que me hacía estremecer, que me decía aquello que debía destruir. Pensé, como otras tantas noches, por qué mierda me encontraba así. No sabía muy bien qué era lo que me pasaba, o más bien, sí sabía, estaba hecho mierda y quería acabar con todo. Lo que no sabía eran los motivos. Nunca me había faltado nada. Era un vil mantenido: el esbirro de los sueños de mis viejos. Tenía que llevarlos a cabo. Pero a cambio tenía comida, techo, dinero. Si dijera que me faltaba algo, sería un mentiroso. Lo tenía todo. Al menos materialmente.

El problema estaba en mí: Algo faltaba. Lo primero era ella. Me jodía verla feliz, me jodía verme cada vez peor…y verla a ella, siempre, mejor. Odiaba mi carrera, sentía que estudiaba para convertirme en todo lo que más había despreciado: un lacayo de un sistema que mantenía la inequidad bajo el manto del “progreso”. Todo iba mal, y mi profesión era mantener el estado de cosas. Reformular el discurso: Cambiar los asesinos por hadas, la mierda por caviar, los sueños por Estado. Por polícias. La libertad por una “cajita feliz” de McDonalds. Era el hijo de puta más amado en medio del caos: Era un abogado.

Fue allí cuando decidí abrir la maleta nuevamente. La hija de puta brillaba más bonito que antes. La luz de la ventana se colaba directo hacia el acero, formando un arco iris que se difuminaba al más leve movimiento….Estaba solo. Nadie podía detenerme. De fondo, el solo de Dimebag rugía.

Believe the word
I will unlock my door
And pass the cemetery gates

Me lo puse en la cien. Estaba frío. Quería llorar. Cerré los ojos. Miré, miré hacia afuera: Un niño jugaba con una pelota. La pateaba contra una pared. No tenía a nadie con quien jugar. Lloré. Vi a mi perro batir la cola. Vi a mi madre llorar. A mi viejo cargar el féretro. Vi a todos mis amigos llorar borrachos. Vi a Vargas lamentarse. Vi a Milton putearme con dolor. Vi a una zorra a la que me había tirado un par de veces. Vi mis escritos, perdidos en un blog de mierda que nadie leía. Vi una tumba con flores. Odiaba las flores. Vi a un viejo orinar en un parque. Vi el supermercado, vi al Peludo acompañándome a comprar trago. Vi a Laura sonreírme. Vi sus ojos, los vi…cambiaban de tono. Vi a Jenna Jameson saltar sobre un negro. Vi aquel viejo libro de Aldous Huxley que había perdido. Me perdí en la botella de aguardiente que había estallado contra la barra de un bar. Escuché Poison mientras me la jalaba alguna vez. Me pegué una cagada leyendo a Bukowski. Le había dicho a Julián que teníamos que vivir en algún momento juntos. Había que escribir. Teníamos mucha mierda que contar, y aún no era momento para morir….

Pum/Pum/Pum/Despertar.

El gato se había golpeado contra el vidrio de la ventana. Nunca lo hacía. Me miraba. Sus ojos eran azules, podía verme allí, alzando aquella puta arma. Sentí asco. Lo lancé, lo tiré con todas mis fuerzas. Había caído en la esquina del cuarto. Por suerte, no se había disparado. Tenía un revólver, y no había sabido usarlo. El gato se había acercado. Me miraba… parecía querer decirme algo. Lo abracé, y lloré un buen rato. Fue allí cuando entendí que aún habían vidrios que debía romper. Que aún me quedaban palabras para escupir, que estaba joven…. tenía que vivir. Tenía que vivir. Debía salir de todo eso. Los barrotes eran de cristal, y yo tenía el cuerpo de metal.

Me hice tres pajas, y por un corto instante, fui feliz.

Aceptación.

colegio

I

Pateaba un balón. Lo pateaba contra un muro, y aquel se devolvía. Era una de esas viejas pelotas Mikasa, de rombos negros y blancos. La mía ya no era ni blanca, ni negra. Era de un gris sucio, percudido por el roce con el pavimento. En ciertas zonas, una seña negra o roja se asomaba, como una ráfaga de fuerza impregnada en la esfera. De seguro eran las marcas del zapato.

Estaba solo. Y golpeaba aquel balón en medio de una cancha sin un alma para tirar un pase, o hacer una jugada. No era muy bueno. Nadie juega con los que no son buenos. Por aquel entonces, estaba empezando a comprender que la aceptación dependía de algo externo a mí: La gente. Lo que siempre había ignorado en mi pequeña burbuja de dibujos animados y comida chatarra me reclamaba su entendimiento. Me costó. Mucho. Me costó mucho más de lo que creí.

Por aquel entonces, acababa de ingresar a un colegio de curas del Opus Dei. La disciplina era absoluta, y mis compañeros eran viejos amigos del jardín. Yo había sido el infiltrado, el engendro que había ingresado en la probeta para infectarlo todo. Mi principal había sido llegar en cuarto de primaria a un colegio en el que todos ya eran amigos.

-¡Buenos días!- dijo el profesor, un tipo moreno y bajito, de peinado militar- Saluden a Andrés, su nuevo compañero de salón.

– ¡Hola!- gritaron todos con desgano. Un grito flojo, mañanero, adormecido.

– Hola…- contesté, mirando para el suelo.

– Espero lo traten muy bien…- dijo el profesor- Viene de un colegio más suave, más sencillo…necesita de su ayuda y amistad.

Mientras caminaba, todos aquellos niños de ojos saltones y mirada segura me examinaban de los pies a la cabeza. Algo en mí les causaba una sensación de asco e indecisión. La lástima era el componente principal del cóctel de emociones que se depositaba tras las pupilas de aquella jauría. Me había tocado avanzar hacia una silla ubicada en la última fila del salón, en toda la esquina junto a los casilleros. En el recorrido, ojos desafiantes se mantenían ante mi mirada inquieta. Bajé la cabeza. Sentí náuseas. Algo en aquel sitio no estaba bien. Me senté junto a un pálido niño de brackets rojos y mirada desorbitada. Mientras me acomodaba la maleta, aquel me abordó:

-¿Qué hay, nuevo?- me dijo con una sonrisa maliciosa.

– Bien…mucho gusto, Andrés- contesté.

– Ya nos dijeron. Tú mismo lo dijiste. ¿Acaso eres imbécil?- preguntó, haciendo especial énfasis en la última palabra.

Imbécil. Imbécil. Una de las tantas palabras mágicas que marcarían mi desgano.

– Sí, bueno…disculpa- dije mientras sacaba un cuaderno de la maleta.

– ¿Un cuaderno de los motorratones?- dijo mientras llamaba con señas al resto de niños- ¿Naciste el siglo pasado? ¡Esa mierda la veía mi hermano de veintitrés años!.

– Me gustan…- contesté, intentando mantenerle la mirada al tipo-los vi de pequeño con mi hermano.

PUM/PUM/Bienvenido a la vida.

– ¿Eres un mariquita, no?- exclamó mientras se revisaba los nudillos- ¡Párate, mariquita, párate, aquí no tienes hermanito que te salve el culo!

Los golpes habían sido secos. Duros. Directos a la oreja izquierda. Perdí el equilibrio. Caí. No los vi venir. El tipo había sido rápido. Era casi de mi estatura, pero el doble de rápido. Intenté pararme, pero el golpe me había dejado aturdido. Volví a caer. Sentí el peso de todo el cuerpo atornillarse a mis rodillas. Temblaba. Temblaba mucho, y aquellos niños se reían. Se reían y no paraban. Yo era el nuevo. El imbécil. Un mariquita incapaz de asestar un golpe, de restablecerse y salir a tumbar al otro al suelo y clavarle unos buenos directos al rostro. Aquello era la vida, el primer encuentro. La salida de la burbuja era una jauría de infelices escupiéndome en la cara.

II

Al cabo de un rato, me levanté con algunos problemas. Sentía que mi oreja implosionaría en cualquier momento. El golpe me había rozado parte de la cara, y ya empezaba a sentir la hinchazón por el lado de la mejilla y los labios. Pero eso no me dolía. Al menos no tanto. Más me ardía mi dignidad, y la impotencia. En efecto, era un mariquita. Sí, era un imbécil. No, no debía confiar en nadie. Sí, la gente no era buena. Había que andar con cuidado. ¿En dónde mierda me había metido?

¿Dónde carajos estaba?

La pregunta era fácil, su respuesta aún más. Mientras me limpiaba un poco de sangre que me brotaba de la oreja, un tipo de ojos verdes y cabello rubio me habló. Era mucho más alto que yo, y por algún motivo sonreía. Sonreía, como si fuésemos amigos.

– Tranquilo… así es al comienzo- me dijo mientras me estiraba una mano para apoyarme- luego ya te dejarán tranquilo.

– Sí, bueno…no esperé que algo así me pasara el primer día.

– Me llamo Daniel.

– Andrés, aunque creo que es imbécil que te lo repita.

Daniel fue mi primer amigo. Era un buen tipo. De los mejores del curso, pero también un seis excelente en la cancha de fútbol. Yo no era muy bueno, por aquel entonces jugaba de delantero y no podía hacerle un gol siquiera al arco iris  Pero Daniel me aguantaba. Me tiraba algunos pases en los descansos, antes de que los demás niños lo invitasen a jugar un partidito de microfútbol. Aquel era el adiós  y yo volvía a aquella vieja cafetería en la colina. Los veía jugar. Reían. Reían tan alto que sentía que los huesos se me quebraban por dentro. Estaban cerca, pero muy lejos. Eran parte de algo en lo que yo era un extraño, un infiltrado que buscaba entrar a golpes a un ring sin contrincante. El espectáculo estaba dado, y ya los espectadores conocían la obra. La comentaban fuerte, se reían. El comediante gritaba. Nadie escuchaba. El comediante era el imbécil que los miraba jugar desde la cafetería de la colina.

En algunas ocasiones, intenté acercarme, eso sí, siempre detrás de Daniel. José, el dueño de la pelota, saludaba a Daniel con un rápido movimiento de mano, y le decía que eligiese los equipos. Más de una vez, Daniel preguntó si yo podía jugar:

– Muchachos, nos falta uno para completar los dos equipos.

– Sí…pero no parece haber nadie- contestó José, viéndome mientras hacia algunas jugadas con la pelota.

– Invitemos a Andrés- aseguraba Daniel, viendo los rostros incrédulos de todos- al menos así estamos todos completos.

– ¿Andrés? ¿De verdad crees que voy a dejar que ese maricón le pegue a mi balón?- contestó José.

– Vamos… el tipo es buena gente, no se mete con ustedes.

– No, ninguno de nosotros juega con maricas. ¿Cierto, muchachos?.

-¡Sí!- contestaron algunos en coro.

– Dejen al nuevo solo…que juegue con el pasto de la cafetería- dijo un tipo de gafas y acné percudido por toda la cara.

Dejen al nuevo solo
Déjenlo
La mierda
Se deja 
Sola
Nadie la toca.

Sólo el que la tiene
En el culo
Atiborrada.

Ese día hacía un sol genial. Me había alistado para jugar, y por ello me había puesto los tenis Nike. Pero el sol se esconde cuando en lo oscuro se vive. Puto Opus Dei. Putos compañeros de mierda. No culpaba a Daniel, era un amigo. Pero jugar con el mismo imbécil todo el rato, a menos que seas marica, es desesperante. Fue en ese instante donde vi la biblioteca. En realidad, aquello era tan sólo un pequeño cuarto con algunos libros.

-¿Qué buscas?- me preguntó un viejo que esculcaba una repisa.

-Nada…no tengo qué hacer- contesté.

– ¿Te gusta leer?.

-No, o bueno, no sé.

– Mira…este te puede gustar.

En ese instante, el viejo subió a un butaco pequeño, desde donde me alcanzó una historieta de Ásterix y Óbelix. Me entretuve con los dibujos, y aunque era mucho mejor patear el balón, aquel instante hizo que el tiempo se desvaneciera sin necesidad de un minutero. La aguja se había extraviado en algún sucio rincón de aquel sitio. Sólo estaba Ásterix. Óbelix. Sólo habían un par de amigos, y bueno, estos no se irían al primer llamado a la cancha de microfútbol.

La soledad consiste en el hecho de observar y ver manchas. Percibir a la gente desde su misma animalidad: Pesados, descompuestos, extraviados. Soledad es estar en un sitio donde sólo se causa asco. Soledad es mirar para el techo para no escuchar, para perderse de los gritos y de las demás señas que el mundo agita ante los ojos. Estar solo es aprender a depender de sí mismo. Eso es lo que era.

Me levanté, y miré el reloj: 10:00 Am. Ya era hora de volver a clase.

III

La siguiente clase era la de Educación Física. El profesor era un viejo gordo, con aspecto cervecero y todo menos atlético. La gente se quitaba la sudadera y se quedaba en pantaloneta. Todos reían, comentaban algo acerca de una falta que había sido penal en el partido del descanso. Nadie sabía que yo estaba allí, o si lo sabían, les importaba un culo.

-¡Jóvenes, hagan chichí, popó, y nos vemos en la cancha!- gritó aquel viejo.

– ¡Síiiii!- gritaron todos.

Me alisté, y salí detrás del resto. Estaba asustado. O no, tal vez no era eso. Sentía un hormigueo extraño en el estómago. Sentía que era fuerte, que tal vez algo pasaría. No sabía qué, pero aquello me motivaba. También me asustaba. Sabía que sería un intento: 50-50. Si no era ahora, nunca sería aceptado. Los golpes serían diarios. Sería un marica. Nunca me respetarían. Ignorado, ignorado.

Ignorado.

– Daniel, Bernardo- dijo el viejo regordete- escojan equipos.

– ¿Quién elige primero?- preguntó Bernardo.

– Usted, dele- contestó Daniel.

– Listo…- dijo mientras su mirada recorría la cara de todos- Escojo a Iván.

– Miguel.

– José.

– David.

Y el décimo sería: Andrés. El último. Bernardo me había escogido.

-Nuevo…serás arquero, métele huevos- me dijo, viéndome a los ojos con una sonrisa.

– Nunca he tapado. Soy delantero.

– Eres una mierda, nuevo, no eres nadie. Serás arquero, y métele huevos, que ya sabemos que eres un marica.

Me planté. No tenía guantes. La pelota parecía de cuero de vaca: áspera, pesada, cuarteada. Me rajaría las manos. No importaba. Esos hijos de puta no me dejarían tranquilo si no hacía algo para que me respetasen. Cada partido era de cinco minutos: tres equipos. Treinta minutos de fútbol. Si ganábamos, tendríamos la posibilidad de ser los reyes de la cancha, y continuar contra otro de los equipos de Daniel. Podían cambiarme. Tenía que taparlas…tenía qu–

-¡GOOOOL HIJUEPUTA!- gritó José, segundos después de empezar el partido.

-¡Mierda nuevo, pendiente, que si nos hacen otro nos sacan!- gritó Bernardo.

-¡Está bien!- dije, enfocándome en el balón.

Seguía la pelota. La seguía como un perro tras el hueso. Como un vagabundo tras un porro. La seguía sin pestañear, me movía rápidamente, acomodándome, previendo posibles disparos. Algo fluía. Algo parecía ir bien..

-¡Se fue, nuevo, cógela!- dijo David.

Me estiré, mis pies volaron del piso en un leve salto. El sol me rastreaba las pupilas, me calcinaba la cabeza. No vi nada. Intuía que iría hacia aquel lado. Estiré los brazos.

Plaj/Tuc/¡BUEEEEENA!/El sonido de la aceptación.

La había sacado. El balón había ido hacia un lado, esquinado. Mi mano lo había tirado al corner. Sonreí. Sonreí mirando al cielo. Sonreí viendo al sol, veía luz, y un punto oscuro en el centro. Dios era el hueco del culo en medio del firmamento, ¿Cuándo cagaría otro meteorito?.

-¡Bieen nuevo, bien, la hiciste!- me dijo Bernardo, mientras me golpeaba un hombro.

Los otros me miraban. Confusos, extraños al momento. Algunos sonreían, pero les incomodaba verme contento.

-Fue suerte.

– Sí, pura suerte.

-Ya mañana será el mismo maricón de siempre.

Y sí, puede que hubiese sido suerte. Pero desde ese día, me le tiré a todos los balones. A todos los golpes. A todos los escupitajos. Me lancé a la deriva, asesté unos golpes. Siempre terminaba vapuleado. Pero al menos, después de todo, algunos me miraban diferente. Casi todos con  desprecio, asco, odio. Algunos pocos, con respeto. Y aquellos fueron mis amigos. Los que aún hoy mantengo quince años después.

Golpear, ser golpeado, perder…perder, caer, volver, estar de pie.

Bogotá, 8 de marzo de 2013.

Fiebre y temblor.

El-banco-solo-de- parque

Llovía. Los truenos eran ráfagas de luz que se escurrían por la persiana y asustaban a los perros. Las alarmas de los autos se disparaban, y el frenesí se aumentaba con el agite de las sombrillas cayendo sobre el pavimento. De vez en cuando, el semáforo se ponía en rojo, y tras volver a dar paso, las bocinas eran estruendos que competían contra el agite de las gotas contra las ventanas. Algunos gritaban, yo no entendía, era una simple lluvia.

Pero bueno, eso lo dice el que está adentro. Refugiado, escondido bajo las sábanas  con una cerveza en la mano.El gato saltaba por la habitación. Intentaba encontrar su lugar en aquellos precarios 88 metros cuadrados. No lo había, me miraba. “Maricón, quítate de la cama” parecía ordenarme con aquellos rabiosos ojos azules. Pero no me importaba. Deslicé una nalga hasta que se salió de las sábanas, y escupí un hermoso suspiro que el felino rehuyó con rapidez. El cuarto había adquirido ese aroma a fríjoles y carne trajinados, adobados con cerveza.

-¡Buufff! Huele a mierda- dije mientras me levantaba.

Desde hacía algunos días, constantes temblores azotaban el cuerpo. Como si los llamase, aquellos incordiaban el más mínimo movimiento físico. A veces eran tenues, controlables, como cuando alzaba una lata de cerveza o me mandaba el café a la boca en la mañana. Otras veces, las extremidades se sacudían con tal fuerza que lo único que bastaba por hacer era sentarse en la banca más cercana. Cerraba los ojos. Aguardaba. El temblor se trasladaba a las manos, que se buscaban pero que no lograban fundirse. Cuando acaba, un pequeño trueno se repartía por el cuerpo, haciéndome retorcer, y algunas veces, gemir.

-Hey, Hunter, la comida- dije mientras vaciaba un poco de Whiskas en el plato. El felino me miraba con extrañeza: temblaba. Me sacudía y la purina se desparramaba por toda la cocina.

-Amigo… pero come, no me mires así- dije mientras recogía las pepitas con una servilleta.

El animal estaba inquieto. Parecía asquearle la comida; o mejor, parecía asquearle mi presencia.  Aquel saco de carne empezaba a ser molesto, a estar demasiado descompuesto. Pero no importaba. Era necesario. Lo suficiente como para bajar el Whiskas de la alacena y servirlo en el plato junto al agua.

Lo sobé. No cerraba los ojos. Ya había terminado de comer, y lo sobé, y no cerraba los ojos. El animal me odiaba. Hunter, mi buen amigo de cinco años, me odiaba. Me miraba, sus pupilas se dilataban al presenciar mi tez blanca, mis labios sanguinolentos y estrujados.

Lo dejé quieto y salí.

En la calle, la gente se estrellaba una con otra para entrar a un famoso restaurante. La cola parecía interminable, y la paciencia también. Todos gritaban cosas del estilo de “¡MIERDA! ¿Y es que mi plata no vale?” “¿Cuándo carajos nos dejan entrar?” “¡NO VUELVO A ESTE SITIO!”; y cosas del estilo. Al otro lado, unos niños jugaban fútbol con una pelota de cuero cuyos buenos años habían pasado hace un buen tiempo. Lo noté por sus canillas rojas, maltratadas por el golpe al balón. Todos gritaban, eso sí, cosas más alegres: “A los dijes” “Hazme famoso” “Triangulando”, etc. Me senté en aquel parque. Busqué un cigarrillo en la chaqueta, y tras varios toqueteos en los bolsillos, descubrí uno partido en el izquierdo. Fumé, mientras veía a los niños correr y la vida parecía haberse perdido en algún momento de los días. Mis pensamientos eran estrellas fugaces que pasaban y no dejaban más que el rezago de un imbécil enfermo. Temblé, estaba sudando.

-Hola- dijo.

-¿Qué hay?- contesté, algo incrédulo.

– Todo muy bien- dijo mientras se recorría el cabello con la mano- ¿Es usted del barrio?-.

– Sí, vivo a unas dos cuadras de aquí-.

– Muy bien… yo también, vivo en una casa aquí a la vuelta-.

Nos detuvimos en los niños un buen rato. Un rubio cabalgaba con la pelota en dirección al arco contrario. Tras de sí, tenía a un defensa regordete y a otro gafufo, que corrían agitando sus vísceras en bufidos entrecortados. Ahora, sólo lo separaba del triunfo un muchacho espigado con buen semblante de portero. Disparó. Fuera.

Fuera. Como todo en la vida, fuera. Nunca dentro. La pelota se había ido/¿Dónde me fui?.

– Me llamo Juliana, ¿y usted?-.

– Daniel, pero puede decirme Motley-.

-¿Como la banda, eh?-.

-Sí, bueno…los apodos son de las pocas cosas que quedan de la universidad- contesté, mirando hacia la cancha. Ya no habían niños.

-¿No le gustaría ir a tomar algo al bar de la esquina?- preguntó, interrogando con cautela mis ojos- bueno, ponen rock y música que de seguro le gustará…

-Sí, vamos-.

No había entendido por qué había aceptado. Nunca me gustó tratar con desconocidos. En sí, con ninguna persona. La gente, por lo general, sólo quiere joderte. Normalmente te roban, o te quitan un riñón, o la sífilis, o el sida, o Hunter muerto, o los temblores.

TRAAAJAJJAJAJAJA/TRAJJAJJAJAJA/QUUIIKKKKK/QUUIIIIIK/ El agite de las vísceras contra el ventilador.

-¿Estás enfermo?- preguntó Juliana al llegar a la mesa. Traía dos cervezas frías.

– Sí, desde hace unos buenos días cargo con unos temblores asquerosos…- contesté, percatándome de que tenía una bonita sonrisa- y con fiebre, mareo, bueno, todo eso-.

-Deberías ir al médico- dijo,inclinándose un poco sobre el asiento.

-Sí… ya fui, al parecer es un simple virus. Pero la mierda tiene sus buenos días, y pareciera que me fuera a matar-.

-Jajajaja, ¡Qué exagerado!-.

– Jaja, no es broma…-.

Hablamos de todo un poco. De su vida, era estudiante de literatura, le gustaba Borges (viejo de mierda), pero también gozaba con Raymond Carver. Vivía sola, por aquello de que sus padres eran nativos de Cali, donde mantenían a su vez todos sus negocios. Le gustaba el alternativo, aunque aborrecía lo mierda que se había vuelto Metallica luego del Black album. “La voz de James ya no es la misma”, me dijo cuando le pregunté cuál era el miembro que más se había ido al traste en la banda. Concordamos, y bueno, así con muchas cosas. Por mi lado, le comenté que prefería Megadeth toda una vida a Metallica, que Phil Anselmo me daba miedo y que era el cantante más bestial que había escuchado, y que sí, como mi apodo indicaba, también me gustaba el glam metal. Me gustaba John Fante y Sallinger, entre muchos otros. Y sí, quería ser un escritor, o ya lo era, y no lo sabía. Perdía mi tiempo contra la pantalla del computador. Tenía un blog.

-¿Esa no es música de maricas?- me preguntó al indagar por el origen de Motley.

– Jajaja, bueno, no faltará el que la escuche sólo por eso-.

– Tú no tienes cara de eso…- dijo, sonriéndome lentamente. Sus ojos eran negros, demasiado negros. Su piel muy blanca.  Tenía unas pocas pecas en los pómulos.

Las cervezas corrieron, igual que las risas. Éramos un par de imbéciles desilusionados de la vida. Dos ratas más nadando en una alcantarilla que no parecía acabarse nunca, que no quería desembocar en el vertedero. Esperábamos el vertedero. Esperábamos el revolcón con la mierda, para ver si lo sucio nos hacía espabilar y coger un nuevo rumbo. ¿Había un nuevo rumbo?, no lo sabíamos. La cerveza nos lo había contado en un par de borracheras bestiales que se habían quedado en el olvido. Ambos teníamos veintidós años que habían desfigurado lentamente nuestros rostros. Ella aún se conservaba bella, me costaba verla a los ojos. Yo, por mi parte, tenía un tic en ambas piernas, que antes de los temblores, me hacía agitarlas rápidamente. Caminaba gibado, incordiado, con una sonrisa que era más falsa que un billete con la cara de Luigi.

Pero había algo que nos hacía estar juntos. Las sonrisas eran cálidas, sinceras. Poco más que luces en la oscuridad del bar. Las palabras eran sólo dilatadores de emociones, cables que servían para forjar un nexo metafísico incomprendido.

Duramos un buen rato hablando, hasta que, a eso de las tres de la mañana, nos sacaron a todos del bar. Decidí acompañarla a su casa, era tarde, y bueno, podía pasarle algo. Además, quería estar un rato más.

-¿Cómo te gustan las mujeres?- preguntó.

-Normal…con culo y tetas, supongo-.

-Jajaja, ¡Imbécil!, eso no es a lo que me refiero-.

– Jeje, bueno, no sé… siempre he sido torpe para eso. No busco nada en especial-.

– Ni que fueras marica-.

-BFFF, jeje, no. Bueno, me gusta el contraste del negro con el blanco- dije mientras me detenía en sus ojos y su cabello.

– ¿Me estás insinuando algo?-.

– Nada, nada…-.

Al llegar a su casa, ella aguardó. Me vio un rato. Buscaba sus llaves. Sabía que estaban en el bolsillo izquierdo. “Quiere algo más” pensé, pero esas cosas no pasan en la vida real. Abrió. Me miró con ojos que invitaban, pero la inercia me hizo darle un beso cerca de la boca y despedirme. Nos dimos nuestros números de celular. Me di media vuelta:

-¡Tenemos que seguir hablando!- me dijo, mientras cerraba la reja que daba contra la calle.

– ¡Claro, fue un gusto!- contesté.

Al llegar a casa, una fuerte cagada se asomó en mis intestinos. Me senté, y de ellos regurgitaban cavilaciones y demás esperpentos en guturales exclamaciones. Me limpié, y preparé una ducha con agua caliente. Hunter me miraba: ya no me tenía asco. No temblaba, y la garganta se había aclarado. Ya no tenía ese aliento a pastas rancias y a cadáver descompuesto. La boca me olía a cerveza, a vivo, a un tipo que anda con mujeres de cabello negro y piel blanca.

– Hunter, ya sé que me odias, o bueno, al menos te daba asco verme así. Pero bueno, eres mi hermano, ya sabes, y así como me joden tus vómitos de pelos; a ti te molesta mi tembladera. Ya no la tengo, o eso creo- le dije mientras le servía un poco más de agua.

-Hunter, conocí una vieja, y ya sabes, no es fácil. Creo que había química… Me anotó su número. Pero algo me dice- titubeé- que no la volveré a ver en la vida.

Y sí, al otro día la llamé. Al parecer, ella estaba prendida y no había anotado bien su número en mi celular. Unos pocos días después, decidí pasar por su casa: un enorme aviso rojo indicaba que ella se había ido, que el sitio estaba solo y “en arriendo”. O no quería volver a verme, yo que sé. Unos tres días, mas o menos a la misma hora del día del encuentro, fui con Hunter a ese parque. Los mismos niños, los mismos árboles, la misma gente apretujada en el restaurante, los mismos carros, el mismo smog. Pero nunca, nunca Juliana. Nunca la misma mujer.

Nunca más la volvería a ver.

Del viernes y demás películas no vistas.

Me encontraba algo cansado. El día había sido largo y sentía los pies bañados en acero. Cada paso era más lento, más denso. Necesitaba una cerveza y por suerte tenía varios colegas con los cuales disfrutar de una. Caminábamos con paso ligero en busca de la salida: aquella puerta iluminada de luces perdidas en la oscuridad de una ciudad que no parecía tener clemencia de sus residentes: oscura, cargada, demasiado atiborrada de edificios y restaurantes vacíos. La gente estaba muerta, y los muertos bailaban salsa en la calle.

O eso vi, y no de forma distraída.

Al pasar la salida, Molty me señaló un puesto ambulante que reposaba sobre unas pequeñas cajas de madera, similares a aquellas usadas en las plazas de mercado para guardar tomates. No entendí muy bien qué quería, pero algo en su forma de caminar reflejaba ansiedad. Al parecer, sentía el mismo cansancio represado del día: la misma mierda vivida. Detrás venía John, con gesto exhausto y sonrisa magullada, demasiado fingida como para postrarse en una cara a las 6 de la tarde.

– Eh… marica, necesito un cigarro- Dijo Molty mientras escarbaba en sus bolsillos.

– ¿ Y eso qué? ¿Es que acaso yo fumo?- contesté, intentando disimular el fastidio bajo un gesto de burla.

– ¡Ufff! cuidado pregunto algo…imbécil-.

– No, nada…perdón. Es que este día fue un pedazo de mierda-.

– Sí, para qué pero si- Exclamó Molty intercalando las palabras con varias caladas al cigarrillo.

Sabíamos cuál era el plan. Era demasiado obvio como para desconocerlo: un par de cervezas, unas risas, y una que otra estupidez para burlarse al otro día. Lo de siempre, pero con la alegría de pocos días. De repente, John se cruzó entre ambos y dijo lo que parecía ser la estrategia etílica de la noche.

– Maricas… vamos para mi casa. Me traje el carro y ustedes saben que con eso aquí no tomo-.

– Está bien, no hay problema- Dijo Molty tras una calada al último cigarrillo de la cajetilla.

-Bueno, yo voy un rato- Contesté intercalando los movimientos de la noche: Tatiana, cumpleaños, borrachera, amigos.

Pensamientos reposados en un cóctel de indecisión. 

Me preocupaba no llegar al cumpleaños de Tatiana. Llevábamos menos de un mes de novios, pero la cosa pintaba bien y no ir a su fiesta sería una de mis grandes canalladas habituales post-trago. La mierda era controlarse. Respirar. Bajarse unas cervezas sin necesidad de recurrir al aguardiente. Todo era control.

Calma, hijo de puta. Susurros de un imbécil tras el laberinto de sus deseos.

Caminamos hacía el parqueadero de la Universidad. A pesar de saber que el carro de John estaba en el segundo piso, la cuestión siempre era algo ritual: esperar, mirar para otra parte, desentenderse del lugar exacto. Molty y yo esperamos unos minutos, divagando torpemente sobre la relación entre el arte abstracto y Platón. La mierda de siempre, pero con otro color. No llegaríamos a ninguna parte, no importaba; es más, a veces creía que ese tipo de conversaciones sólo eran un placebo para evitar la miserableza del encuentro consigo mismo. La cosa nunca es tan sencilla, para nada. Nos mirábamos y sentíamos que de no hablar entraríamos en disputa con nuestros más profundos deseos, con ese sentimiento de angustia que embarga a los cretinos de veintidós años que no han encontrado un lugar en el mundo donde mear tranquilos, sin angustias.

Lo sabía, estaba seguro. Aquello era lo que pasaba. Me adentraba en ello cada vez que veía la libertad con la que los indigentes bajaban su bragueta y deslizaban su humanidad en cristalino chorro bajo la acera. Los enfermos eramos nosotros, que caminábamos con temor ante las facturas, el trabajo, el futuro/fracaso de haber nacido en el tercer mundo. Puede que mañana no pudiéramos ni vernos; es más, puede que huyamos ante los ojos que buscasen clavarse en el otro: seríamos el recuerdo de los sueños rotos.

PIJ/PIJ/Ehh, suban. Los aullidos del motor tras los gritos del hombre.

El carro de John siempre tenía ese aspecto extraño, tan personal que se sobreentendía a quién pertenecía. Pareciese que sus bujías hablasen, que el motor rugiera y el capó se abriera de rabia cada vez que alguien atribuyese su propiedad a otra persona. Todo tenía cierta colocación que se asimilaba directamente a su dueño: desde los libros de la silla de atrás (Hausser, Panofsky, algunos de Taschen sobre alguna corriente artística) hasta la sombrilla rota que se asomaba por debajo de la silla del piloto. Todo tenía su espacio, y tanto Molty como yo estábamos felices de ser allí recibidos.

– Motley, ¿Mas o menos hasta que hora se queda?- preguntó John con ojos inquisitivos clavados en el retrovisor.

– Ni idea, John… voy a ver si por ahí hasta las 10:30. Hoy cumple Tatiana y bueno, sino voy me joden-.

– ¡Ahh, marica! ¡Dígale a la brava que no friegue y nos pegamos unos tragos!- interrumpió Molty tras echar seguro a las puertas del auto.

– Está bien…yo no creo que joda. Al menos no antes de esa hora- contesté, observando el paisaje del centro.

Bogotá siempre me había parecido una ciudad curiosa; es más, sentía que tenía vida propia y que desplazaba a los que quería al lugar que a ella le parecía. Bastaba no más con mirar su centro: caótico, inundado de carros asustados en busca de la salida más cercana ( fuera la calle 26 o la cuarta…ojalá nunca la décima, ojalá), rostros confusos bañados en el rocío nocturno que se perdía tras la estela de humo de tabaco y marihuana, en confluencia con los gloriosos tragos baratos que vendían las pequeñas licoreras de la zona. Algunos bailaban, otros aprovechaban la oscuridad para distraerse de todo y dejar volar la cabeza ante las luces confusos que se desprendían de las retinas y bajaban cansadas a la bebida, al cigarrillo, al porro. A lo que se tuviera a la mano y sirviera de medida de todas las cosas: del cansancio, del aburrimiento, del desperdicio de los días marchitos en alguna oficina que servía una que otra migaja para la vida diaria. Los indigentes salían, recorrían la zona con gesto apesadumbrado, viendo como aquellos que de día ante sus ojos se asqueaban merodeaban la zona con paso trémulo y sonrisa apagada. “Tienen miedo” pensaban ellos, pensaba Victor, el que siempre me pedía una que otra moneda a la salida de la fotocopiadora y que alguna vez me había ayudado a coger el bus en la avenida 19. “Tienen miedo, hijos de puta”, lo piensan…y en su lugar a todos aquellos amedrentan. Roban, atracan, cuentan que a veces incluso matan.

El tercer mundo es tan cruel que no respeta los deseos; los compra y los asienta tras un estrato social, tras una cuenta bancaria rebosante. A los pobres les asignan la muerte como deseo tras una vida perdida en las necesidades de un sueldo insignificante. A los ricos les entregan los sueños hechos moneda y los condenan a la torpe existencia. A nosotros nos consuela la bebida. Mierda por donde se mire. Yo no sé, poco me importaba. Ya iba por la 26 bajando cuando me percaté de las estupideces que estaba pensando.

– Motley, marica… ¿Al fin viene con nosotros?- preguntó Molty.

– ¿Ah?- repliqué con tono de desentendimiento

-Que si viene al fin a la tienda que decía John…-

– ¡Ahh, si, claro!-. contesté mientras me percataba de que ya habíamos llegado a la casa de John.

Dejamos el carro en el estacionamiento frente a la casa y caminamos unas cuantas cuadras. Aquel barrio tenía cierto aire de nostalgia que me recordaba mi ciudad natal: las casas grandes y viejas, en medio de pequeños parques y tiendas que se mecían en el ambiente familiar que condensaba el lugar. Por algún motivo pensé en una tarde, probablemente del 95 o del 96, mientras aprendía a montar bicicleta y las piernas no terminaban de cuadrarse bajo unos pedales que se mecían rápidamente. Caídas, caídas; me recordaban que aún no conocía el mundo y que para aquello debía caer, recorrer mis dudas y dejarme llevar por unos pasos temblorosos que no parecían ir a ningún lugar, más allá de una pequeña intuición, de un pequeño desafío ante uno mismo.

No es sencillo, para nada. Recorrer aquellas calles me hacía pensar en todo: en la bicicleta, en la primera vez que sentí amor por una mujer, en las dudas que tenía ahora: ¿Qué sería de mí en unos años? ¿ a dónde me llevaría la marea de los días que iban pasando y que no acababan de dejarme transitar tranquilo?

¿Qué sería de toda esta mierda? ¿Vería en un futuro a John y a Molty?

Preguntas de ese estilo se colaban en mi cabeza y me guiaban por la inercia de los pasos perdidos tras el guía indeciso. Ya veía yo a John mirando para el cielo, divagando entre las estrellas que se esfumaban en el firmamento: enceguecidas, extraviadas. Como nosotros, tras el deseo de la cerveza. “A veces es bueno perderse un rato” pensé mientras divisaba en la distancia la tienda elegida para los primeros tragos.

-¿Qué se toma?- preguntó John desde el congelador del lugar. Era una nevera de esas viejas, repintadas constantemente a fin de no verse deterioradas por el óxido que se asomaba desde sus esquinas.

-Una Águila- contesté, mirando entre las opciones que tenía.

– ¿Y usted, Molty?-.

– Otra Águila, todo bien-.

Y así empezó la noche: sentados en unos pequeños taburetes de madera que se arrimaban en forma de círculo ante una desvencijada mesa. Toda una procesión en torno a las cervezas que desfilaban una a una; bajando desde la tráquea hasta el viejo orinal que se asomaba en una esquina del local. Hablábamos de todo un poco: del proceso de paz, de si la guerrilla sería sincera y dejaría el antifaz de paz tras el que se escuda, enarbolando una bandera de verdadera sinceridad, de cese al fuego y de redención. Ya era hora de dejar de matar, mierda. Todos coincidíamos, pero Molty destacó algo que entre nuestra ingenuidad obviábamos:

– Maricas… el problema no es sólo la guerrilla, es el puto Estado que coge esa mierda de la negociación como cortina de humo y como medio para ganar votos-.

– Sí… a mi el malparido de Santos me da mala espina- contesté, interrumpiendo la frase ante una inminente necesidad de bajar un sorbo- Si jodió a Uribe, que fue el que lo ayudó a posicionarse; no imagino la forma en que usará las conversaciones con las Farc-.

– Ojalá todo salga bien…- respondió John, bajando la cabeza y golpeando el suelo con la mirada.

Era momento de un trago más fuerte…

Pagamos la cuenta y salimos del lugar. Antes de eso, John y yo intentamos convencer al tendero de que nos vendiera una botella de aguardiente y unas cervezas; sin embargo, su rostro de furia y desconsuelo ante la proposición fueron suficientes para irnos para la casa de John. “¡Hijuemadres! ¡estudien, trabajen, alguna mierda, pero lárguense ya!” fue el aullido de aquel viejo tras el subir de la cortina metálica que sellaba aquel templo del licor.

En el camino, John había llamado a Joseph y a Gwoding: dos viejos colegas de extraños sucesos etílicos. Dos esbirros más de la botella, que junto a nosotros, deambulaban entre los rezagos de sucesos que se difuminaban bajo las luces que caían directo a la pupila. No sabíamos muy bien cómo era que todo sucedía, pero al final el resultado siempre era el mismo: guitarra, poesía, palabras fugaces al son de una armónica extraviada en los acordes. Cómo decía Joseph: “Así empezó Dylan putazo, y hoy mirálo, maricón”, después de que yo le dijera que no íbamos para ningún lado con toda esta mierda.

¿Qué era la mierda?, lo de siempre. Amigos que tras los tragos se daban cuenta de la extrañeza de sus andanzas, de la estupidez del instante y de la poca trascendencia de sus días: no éramos nadie, no eramos más que polvo hecho carne que regresaría a sus cimientos, al refugio de la tierra y al cielo de la inconsciencia. Y es que no pensar era mejor, no ver a la gente en la calle no era deshumanización; antes bien, era tan sólo un mecanismo de auto-protección  “Mirá, vivir en Colombia no es fácil, putazo” dijo alguna vez Joseph tras una discusión sobre la necesidad de hacer algo por los más desfavorecidos. Y tenía razón, esto era una mierda que a pocos le importaba.

Entramos. La casa de John parecía detestarnos, lo supe por el paisaje de sus fauces: oscura, atiborrada de trampas y muebles colocados para vernos caer sobre la madera, con un piso demasiado lustrado como para parecer real. Era una trampa diseñada para burlarse de los borrachos, y nosotros no seríamos la excepción a aquella regla.

Subimos y destapamos una botella que yo había comprado en el camino. Por suerte, John tenía unas cuantas cervezas en la nevera; no teniendo necesidad de conseguir algunas hasta dentro de un buen rato. De repente, un pito estruendoso sacudió las ventanas de aquel cuarto:

-¡Hey, putazo! ¡Ábreme malparido que quiero chupar!- gritó Joseph al verme asomado por la ventana.

– Ya va, ¡hijueputa!- dije mientras tomaba un sorbo de cerveza.

Al abrir la puerta, me percaté de una grata sorpresa: un par de cervezas y otra botellita de aguardiente. La mierda se componía tras el calor de una noche que se desvanecería en el anís de su madrugada.

Bebimos un buen rato, no sin antes poner algo de música. Por nuestros oídos desfiló desde Bob Dylan hasta The Clash: todo dependía del momento, de la necesidad del que tuviese el computador en sus manos y de la infinidad de mierda contenida en Youtube. Por cada canción tomábamos una tanda, y entre cada copa de aguardiente que desfilaba en la garganta aguantada bajo el sabor de la cerveza; nuestras miradas descendían a risas absurdas que se desdibujaban en una pugna con los más precarios absurdos.

– Ehh… Motley marica, quite esa mierda. Depeche Mode es un asco- Dijo Molty tras escupir un poco de cerveza a la alfombra del cuarto.- Ponga más bien alguna mierda de AC/DC, o de Maiden-.

– Sí putazo. Pon mejor alguna mierda de Dylan, que AC/DC es una mariconada- respondió Joseph.

– Coman mierda, ¡luego ponen sus pendejadas y ya!- dije tras una risa que se antojaba seca.

Brindamos por ello. En el roce de los cristales el aguardiente se deslizaba cuesta abajo, en dirección a la alfombra que parecía adquirir mayor espesura con cada brindis. La precisión se difuminaba tras las canciones, tras las risas y la falta de preocupación que en aquel cuarto se retrataba. Éramos felices en medio del descontento; de las preocupaciones que por un instante se alejaban de nuestras cabezas.

Pum/Plaj/¡Mierda/ Los gritos del cristal quebrado tras el lanzamiento de un imbécil.

Fue en aquel instante donde decidí voltear a mirar el reloj: 11:30 pm. Hace una hora debería de haber salido para el cumpleaños de Tatiana. Iba tarde, ¡puta vida! La misma mierda de siempre. Sentí cómo el licor se confundía con la lucidez de la inquietud repentina. Revisé el celular y habían 4 llamadas perdidas, todas de Tatiana. Tatiana, la morena que cumplía años y que por desgracia había acabado interesada en un imbécil como yo. Pero no importaba, ya podría yo intentar calmar las cosas mientras llegaba a aquel sitio:

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Tatiana?- dije entre pausas y suspiros.

– ¿Aló? ¿Aló?- contestó entre unos bajos perdidos tras las trompetas de una magullada salsa.

– Hola, ya salgo para allá… espérame en la entrada del bar- respondí.

– ¿Andrés? ¿Por qué no has venido?… mira que te estoy esperando desde hace un buen rato- replicó y tras una breve pausa sepultó cualquier aspiración de redención departe mía- ¿O es que acaso tú no te pones de mal genio cada vez que yo te hago esperar? ¿Ahh? ¿Dónde está la coherencia?-.

– Ya voy, tra-tr-anquila… es que me quedé tomando unas cervecitas. Ya salgo, no hay pr-oblema-.

– ¿Estás borracho?- preguntó con cierta malicia que se fundía bajo una voz aparentemente inocente.

– No…lo normal, ya estoy cogiendo el taxi. Ch-hao.

Tun/Tun/Tun/ Communication Breakdown.

Me despedí de todos luego de llamar un taxi por teléfono: las teclas, machacadas, inservibles, demasiado ajustadas para ser presa de la torpeza de unos dedos extraviados ante el veneno de la música.

Words like violence
Break the silence
Come crashing in
Into my little world
Painful to me
Pierce right through me
Can’t you understand
Oh my little girl

Y los bajos y el teclado retumbaban. Y estaba montado en aquel puto taxi y no entendía para donde iba. No sabía qué había dicho; pero un diálogo ensordecedor había roto el silencio de la canción: su brisa, la maldita ensoñación. Las luces se extraviaban en mi pupila y el ruido de los carros a mi alrededor me hizo clavar la mirada en los andenes; en las putas de la 53 con Caracas, en los mariachis, en un borracho que se vomitaba en una esquina, sin nadie a su lado. Y es que Bogotá era así: un desierto de cemento, un cementerio de alquitrán, licor y hachís diseñado para que los imbéciles conocieran el infierno. Estábamos perdidos, y todos reíamos, perdidos en la magia de la botella, en la intrascendencia de los vallenatos que se colaban ruidosos en nuestro ser. Eramos mierda que no podía tocar tierra:

ÉRAMOS LA MIERDA QUE NO PODÍA DESCOMPONERSE
QUE PERDURABA MARCHITA TRAS EL TRABAJO
TRAS LOS INSTANTES EXTRAVIADOS
EN LICORES BARATOS, TRAS LA ALGARAVÍA DE LOS MALOS RATOS

ERAMOS LOS HIJOS DE UN SIGLO QUE NACIÓ JODIDO
Y QUE NECESITABA DE SUS HIJOS PARA MANTENER EL PUTO SUPLICIO.

Lost in a dream
Nothing is what it seems
Searching my head
For the words that you said

Y ya no sabía dónde estaba. Y Megadeth sonaba, y mis ojos se habían llenado del negro de las luces manchadas ante la retina, cansadas para ser plenamente percibidas. Olía mal, a mierda, a desechos de un trago vomitado tras un diván: estaba ante el vivo retrato de esta maldita Bogotá; sucia, mancillada, quemada por el reflejo de las luces y la hostilidad.

SHHH/IJJJ/SON $38475775585/Y NO SÉ QUÉ MIERDA/ GRACIAS, TOME SUS VUELTAS, SEÑOR/ Sinestesia de un náufrago abandonando el barco, pisando la tierra.

-¡Hola! ¡Por fin llegaste!- exclamó una morena con tacones y pequeños senos.

– Hola…sí, cccasi que no- contesté.

– ¿Estás borracho?-

-No…para nada-

– Vale diez mil pesos la entrada…- dijo, indagando inmediatamente en mi semblante.

– No tengo…-.

No tenía dinero, pero no importaba. Una de las ventajas de los bares de Chapinero era que siempre iba demasiada gente, y no habían suficientes personas cuidando las entradas como para percatarse de algún “genio” que intentara entrar sin pagar. De repente, el tipo de los tickets  se volteó y me dejó el camino libre: “Entra, ¡imbécil!” me gritaba desde lo más profundo de mi subconsciente.

Me salté la baranda, no sin antes tropezar y caer directo contra el suelo de baldosa. Por suerte, la música estaba bastante fuerte, tanto que era difícil percatarse del estallido de 80 kilos contra la tierra. Sentí una leve irritación en la nariz, que se acrecentó tras el sabor a sangre que se colaba en mi boca y los gritos de Tatiana.

– ¡Andrés! ¡estás todo manchado! ¿Para qué saltabas? ¡Estás borracho!- gemía Tatiana, apretándome la nariz con un pañuelo.

– NO PIENSO PAGAR UNA MIEERRA PARA ENTRAR A ESTE ANTRO-.

-¡Imbécil!-.

Y allí estaba yo: genio de genios, pajuelo entre los señores. Otro soldado del nuevo siglo sepultado bajo la sangre de sus errores, bajo la estupidez de sus más pendejos anhelos: ¡OH! ¡Colombia! ¡En qué me has convertido!

Bailábamos. Sonaba un yo no sé qué que se dejaba al paso y los pies eran escaleras por las cuales subir, bajar, danzar entre el sudor y los giros fugaces que se dibujaban cual trazos surrealistas en un antro de Bogotá. Era Lavoe, ¡Lavoe de mierda, estoy aquí por fin bailando salsa y tú sólo suenas sin poder verme!

Pronto llegará, 
El día de mi suerte 
Sé que antes de mi muerte 
Seguro que mi suerte cambiará

Y la morena daba vueltas sobre su propio eje, conservando la cadencia en la soltura y la ligereza en los pasos. Me enfrentaba a ella: a la salsa, a la rapidez de las trompetas y el repique de los bajos. Era el hombre contra la bestia, contra el sonido rapaz que se desfiguraba en una nueva melodía tras el cambio de pista magullado de un DJ bastante borracho. Siguió otra salsa, luego un merengue, luego un reggaeton de mierda. Luego no me acuerdo. No me gustaba mucho la salsa, pero allí estaba y en su ritmo los tragos no alcanzaban.

Bailamos un buen rato, cuando a las tres de la mañana llegó lo esperado:

– Me tengo que ir, Andrés…Juliana me va a acercar a la casa- dijo la que hace unos instantes se deslizaba sin mayores trastes sobre la pista.

– Si quieres yo, yo te acerco- contesté mientras tomaba un trago de tequila que tenía sobre la mesa.

-No…tranquilo. Tú estás borracho, ni si quiera puedes ver bien- exclamó con cierto aire de tranquila tristeza.

– Estoy bien…¡todo está bien!- grité.

– Coge un taxi, vete a tu casa…por favor, duerme un rato- mencionó mientras se perdía en el tumulto de gente que abandonaba el lugar.

Eran las tres y media de la mañana, y aún faltaba varia mierda para completar la madrugada.

Al salir del sitio, noté cierto aire resentido de parte del vigilante que custodiaba la entrada:

– ¿Su manilla de ingreso?- preguntó con cierto tono burlón, viéndome la nariz.

– Ni mierda…¡me chupa el culo esa putada!- grité mientras escupía al suelo y abandonaba con paso rápido aquel sitio.

Bajé por la esquina hacía la Caracas: hacía las putas y los borrachos. Bogotá tenía ese no sé qué que entre cuadra y cuadra el paisaje cambiaba profundamente: nunca se sabía cuando se entraría en un “mal” lugar. Al otro costado de la acera, veía a un tipo que sostenía el cabello de su novia/amiga/polvo mientras sus entrañas se sacudían en guturales aullidos. Volteé a la izquierda, y mis ojos se fijaron en un tipo que gritaba a los cuatro vientos:

“HIERBA, BARATA, MARIMBA DE LA VACANA” y un sinfín más de drogas que mi cabeza no alcanzaba a captar entre su borrachera.

Compré un poco. Sorbía con fuerza, intentando que el humo se regara en mis pulmones. Tras unas cuantas inhaladas, me sentía cansado, con un sueño marrullero que quería verme caer en aquella calle asquerosa. No podía, no era el lugar. Veía las luces golpearme fuertemente, subsumirme en el frío de la noche y hacerme perder en meditaciones que se dilataban en la pesadez del momento, en la intranquilidad del pensar inconstante. El cuerpo  se tornaba difuso y apesadumbrado, viendo la carne convertirse en hierro y los pies en candados.

Estaba muerto, y en esa calle no festejaban la dicha del roce con el cemento.

Cogí un taxi, no sé cómo, ni cuando, pero le dije al tipo que me llevara de vuelta donde John. Lo supe al despertarme en Cafam Floresta, un viejo supermercado de la ciudad que quedaba a dos cuadras de mi destino. Revisé la billetera. Lo tenía todo: los papeles y un poco de dinero. Lo suficiente como para pagar el taxi y colocar un poco para otra botella.

Me bajé en una estación de policía que quedaba en la manzana siguiente a la casa de John. Tenía unas ganas incontrolables de mear que tuve que saciar frente a las rejas de una casa de familia. Un puto perro casi me arranca la pija de un mordisco, por suerte alcancé a correr y emprendí la huida.

Siempre huía, la situación no dejaba de ser la misma. Estar borracho era un paseo por la misma insolencia intrascendente de mi vida: ver las complicaciones, el malestar, los problemas irresolutos manchados bajo las capas de licor que los difuminaban en su precaria espesura. Había nacido para correr, y aquello no estaba del todo mal. Había nacido para correr, y en mi vida no había empezado siquiera a trotar. Lo sabía, ya mañana sería un día para actuar.

Corrí hasta que sentí algo de Metallica: había llegado. Grité un buen rato, sin respuesta. Lancé un par de piedras pequeñas a la ventana, que se estrellaban en un trac/trac lejano y discordante. Me estuve allí un buen rato, tomando un cuarto de una caja de aguardiente que traía en el bolsillo y que aún hoy me pregunto de dónde habrá salido. Estaba sellada, por suerte. Aún veo, por suerte.

-¡Malparido, vení que seguimos chupando!- gritó Joseph.

– Abra, imbécil- le dije tras un sorbo carrasposo.

Entré. Aparte de Joseph, John y Gwoding andaban sirviendo unos tragos. Tras acabarnos la botella que había quedado cuando me fui, decidimos comprar otra en conjunto con unas cervezas. ¡Gloriosos estancos 24 horas!

Dylan sonaba, y poco a poco se veían los rostros extraviados, confusos, demasiado atiborrados de licor como para calcular la madrugada siguiente. John se decidió a sacar algunos de sus libros, y a recitar algunos de sus poemas favoritos:

– Ehh… maricas, pillen este, escúchenlo que es bbbien du-duro- exclamó mientras sacaba un viejo libro de una estantería.

¡ESCUCHEN, MARICAS…ESCUCHEN QUE ESTO ES LO QUE VALE. USTEDES NO HAN LEÍDO POESÍA SINO CONOCEN A PESSOA!

AUTOPSICOGRAFÍA

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.

Silencio. Nadie puede hablar si alguien ha roto el ruido tras los huesos. Las mandíbulas rechinan, el cuerpo se hace denso y los líquidos inherentes al mismo se pierden en la mezcla de sensaciones. La vida no es igual  cuando tocan ciertas fibras; y Pessoa había quebrado la frágil tranquilidad que habitaba entre nosotros. ¿Qué mierda era la poesía, sino era eso?     ¿Qué era la poesía, si se había escrito para los tranquilos, para los no-vivos? ¿Para qué mierda escribíamos, si tal vez nunca llegaríamos a eso?; todo ello eran cuestiones que no estábamos dispuestos a responder.

– ¡Ve, malparidos…escuchen al viejo, que el sí sabe!- interrumpía el instante con ese acento caleño y reciclado. Puto Joseph.

Born into this
Walking and living through this
Dying because of this
Muted because of this
Castrated
Debauched
Disinherited
Because of this
Fooled by this
Used by this
Pissed on by this
Made crazy and sick by this
Made violent
Made inhuman

Aquel verso se repitió en mi cabeza… no sé cuántas veces, pero estaba vivo. Las lágrimas se escurrieron en la cara de todos, en la mía, en las luces que se desparramaban en centellas intranquilas que se mecían en aquel cuarto. El viejo había hablado, y sólo acudían tres borrachos para auxiliarlo. Éramos los elegidos por la bebida para estar hasta el final, acudir al encuentro con el mundo y mirarlo a los ojos…

Because of this
Fooled by this
Used by this
Pissed on by this
Made crazy and sick by this

Y se repetía. Las cabezas estaban gachas, y ya no teníamos la fuerza como para mirarnos directamente a los rostros. Los tragos bajaban escasos, incinerados y dejaban tras de sí una estela de rencor que ya no era susceptible de ser ocultado; es más, lo teníamos calcado en nuestros gestos, en una mueca que variaba entre una leve risa y la  decepción más profunda: No seríamos tan buenos como Bukowski, pero a pesar de ello teníamos a la noche y la bebida. Fue entonces cuando decidí apresurarme a recitar algo que no tenía mayor sentido, y cuya calidad no era comparable a los dos anteriores:

– Malparidos… aquí va, se los dedico:

No sé ustedes
Pero queda un poco menos de licor
Un poco más de risa
Y mantenemos las desdichas
Agendadas para mañana.

No sé ustedes
Pero hoy vivimos
Bajo el anís
Que se cuece lento
Y nos deja un paso más cerca,
Del infierno.

No sé ustedes, pero aquí, más lejos que cerca
Nos conocimos, en la distancia de la palabra
En la cercanía de las resacas
Estamos vivos
En las inmediaciones del cielo
Besando rostros de niños muertos
En lucha intempestiva
Contra la condena de la vida
Vivir contra el tiempo,
Que el verso sea el reverso
De la muerte y este infierno.

Lo dije, entre eructos y bufidos. Estaba allí, estaba vivo. Miré a Joseph: dormido. Volteé a ver a John: profundo, tras los porros y uno que otro sorbo. Me recosté un segundo: la madrugada se despertaba tras vomitivas ráfagas de luz que se colaban tras las persianas de mi humanidad.

– Ve… putazo, mirá, vamos para tu casa, malparido- dijo Joseph tras un largo bostezo.

– Está bien…ya amaneció- dije mirando hacía el sol.

– Dale, espera saco algo para el camino- exclamó mientras salía del cuarto con pasos apretujados, angostos, encogidos ante la casa que dejaba sus anzuelos. Nos estrellamos contra un par de muebles, fuimos peces seducidos por la carnada. Pero no caíamos, nos sostuvimos…así fuese en el hombro del otro.

– Ve, maricón, ¿querés maní?- preguntó tras indagar en la alacena.

-Está bien…-.

Y caminamos, con el sol golpeando a nuestras espaldas, con la resaca que aún no llegaba pero que ya empezaba a gotear bajo nuestras ropas. Los carros pasaban, rápidos, demasiado despiertos como para no ser inanimados. Los vimos, nos preguntamos, lo dijimos:

– Marica… rote maní-.

-Cogé maricón-.

Y lo lanzamos. Lo tirábamos a todas partes: a los carros, a las casas, a la gente que salía a pasear a sus perros y a todos los demás enfermos que no tenían tiempo para tomar un poco. El maní volaba sobre nuestras cabezas como esquirlas de granizo contra la pared, chocando con todo: contra nuestras vidas, contra la dicha que poco a poco en el calor del sol se diluía.

Basado en una historia post-delirio real.

Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

Loree y demás mierda. Vivencias de Motley.

 

Motley habla de las cosas que le pasan todo el tiempo. Se toma una cerveza y piensa que es tal vez es sólo un orgasmo la diferencia entre la realidad y la fantasía. Motley se pierde en los momentos en que tal vez todo fue mejor. Sin embargo, hay uno que se incrusta en su memoria y lo hace perderse en la infinidad del pasado:

– Hola…¿Cómo estás?- preguntaba una voz sumergida en las dudas.

– Bien, ¿y tú?- contestaba un imbécil sin sospecha.

– Nada… quería hablar contigo-.

– ¿Qué pasó?-.

– ¿Seguro que nunca me has puesto los cachos? ¿ Nunca me has mentido sobre alguna mujer?- casi que aseguraba la voz al otro lado del teléfono. De fondo Bon Jovi. De fondo pura mierda. Por mí que me maten, vida hija de perra.

– No…¿por qué preguntas eso?, no te entiendo-.

– Nada…tan sólo curiosidad- Exclamaba una voz suspirante tras la linea del teléfono.

– Nunca pasó, tranquila-.

– Sabes que te quiero, ¿no?-.

– Claro que lo sé, yo también te quiero… y mucho-.

– Pues… de eso quería hablarte-.

– ¿Ah?-.

– Ya no es lo mismo de antes…ya no te quiero- dice la voz distorsionada a las diez de la mañana. Un puto sábado. Maldita infame. 22 de Diciembre. A la mierda.

– Pero…- exhala un imbécil tras 45 grados de mierda. Traga el aire e intenta disimular la estupidez- ¡Yo te amo! ¡ Te quiero mucho! ¿Segura?-.

– Es mejor que terminemos, Motley- Asegura una voz imperturbable. Casi tan infranqueable como el puto desayuno que tuve esa mañana. Unos huevos con champiñones, como si el gourmet se cocinase bajo el mal gusto.

– ¡YO TE QUIERO!- grité ese día, como un imbécil. Como si la línea no captase mejor el mensaje en voz baja. Como si las palabras no se distorsionasen tras el umbral de la precaria irrealidad del teléfono.

– Es mejor que dejemos así, Motley…- dijo tras una bocanada de aire. La interlocutora tenía una puta voz hermosa, tan suave como los recuerdos que se destrozaban con cada remembranza instantánea en aquel instante.

– ¡Dímelo a la cara, MIERDA, DÍMELO EN LOS OJOS!- grité olvidando la cordura. Dije pensando en una paja. Perdí el tiempo pensando en un mañana.

– Es mejor así, Motley… Es lo mejor.-.

Y así terminó un puto ciclo de mi vida. En ese instante decidí bajarme una puta botella de aguardiente que tenía en la nevera. Recuerdo que tenía la mitad vacía porque el peludo se había mandado un buen sorbo la noche anterior. Me callé y decidí tomarme lo restante. Tras el sorbo, mi mente se perdía en el día de mi grado. Los 17 años habían sido un momento irreemplazable.

No deseaba sexo. No deseaba nada más que Loree. No quería más que sus ojos azules incrustados dos noches antes en mi vida. No pedía más que un instante donde pudiera besarla. Cosas que pasan, mierda que influye, vida que sigue y se jode al instante.

Decidí poner algo de música. Cambiar a Bon Jovi. Poner algo de Metallica, pero Nothing else matters sonó y mi mente se perdió. La guitarra acústica rememoraba los instantes. La guitarra era demasiado suave. Los momentos volvían mientras la mente retrocedía con furia.

Eterno Retorno.

Y allí lo perdí todo. No entendí muy bien. Creo que bajé a la cocina y preparé algo. Tal vez una carne con arroz. Lo supongo porque era de lo poco que había en la alacena. Lo pensaba mientras bajaba una cerveza cinco años después. Cinco putos años después y aún sin demasiada información.

Nunca volvimos a vernos. Loree siguió su vida y yo me perdí en la mía. No podía escuchar demasiada música. Todo era muy suave. Cada acorde era un instante en la fiesta de graduación de un imbécil que no superaba el hecho de ser tirado a un lado. Ella no volvería y yo cambiaría. Cinco putos años después lo notaría.

Varias veces quise buscarla. Las cuatro cuadras que nos separaban en distancia eran un obstáculo de dos minutos en la moto de mi hermano. Sin embargo, aquello era demasiada adrenalina para un prepuberto de 17. Demasiada aún para un pseudoabogado de veintidós  Demasiada mierda para el imbécil de los 17 y 22.

Nunca lo hice, pero en mi cabeza el instante se repitió muchas veces. Desde besos a cachetadas, desde instantes a sólo puñaladas. Divisé una vida con y sin ella. Pero nunca ocurrió. Nunca hice nada. Los días pasaron y yo tan sólo leía. No sé muy bien qué, no recuerdo ni mierda. Yo tan sólo estaba en la biblioteca de mi casa aguardando los días. Pensando en las noches y fornicando con los reproches.

No recuerdo un carajo.

A los días ( no sé cuantos), un amigo organizó una despedida en mi honor en su casa. Tenía que irme a Bogotá a estudiar y el detalle era tan sólo otro momento para recordar e intentar forjar una sonrisa. Acepté, como quien desea olvidar y retratar tan sólo la sonrisa.

Tras varias copas, Johny ( el organizador) me preguntó algo:

– Marica… no es para tanto.  Deje tanta mierda- Mencionó tras tomar un buen sorbo de cerveza.

– Marica…yo a esa vieja la amo- grité mientras el anís me bajaba espeso y directo al estómago.

– Igual está solo…supere eso. Ella no era para usted- dijo mientras observaba la luna. Una menguante tras un largo día caluroso. Recuerdos imborrables.

– Olvidarla es dejar atrás lo más bonito de mi vida…- dije titubeando, cuidando las palabras.-Y lo más hijo de puta, lo más duro-. exclamé tras varias lágrimas. La cerveza bajaba rancia y el aguardiente era tan sólo un pretexto para seguir allí.

Tras pocos sorbos salí de allí. Los pasos eran largos y en mi cabeza la distancia se acrecentaba tras cada pequeño trazo. Decidí guardar el aliento, pegarle una patada a un puto poste. Doblarme en varios pedazos.

– ¡MIERDA!- aulló un imbécil mientras recordaba el instante en que había adquirido su puta condición.

Neiva, 18 de Enero de 2007.