Boy’s don’t cry

Umberto_Boccioni_001

El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

Advertisements

El día de la muerte (toda una vida).

George Grosz. To Oskar Panizza

A veces pienso en el día
En el que estaré muerto.
Me los imagino a todos llorando,
Algunos riendo,
Otros mirando directo hacia el suelo.

Recordarán lo bueno que fui,
Dirán que nada fue justo conmigo,
Creerán que nunca hice nada malo,
Obviaran mis errores
Mis pesares,
Creerán en las mentiras
Y rellenarán los vacíos
Con tiernas palabras
Que desconozcan todo ese otro lado,
La belleza de la triste amargura,
El rencor de los días felices.

Me imagino a mi madre abrazando a mi padre,
Me imagino a mi hermano besando la frente
De un cuerpo gélido,
Que lentamente dejará de parecerse a mí.
Imagino a mis amigos,
A los lados,
Pensando en todo lo bueno,
Lo triste,
La pasión y la gloria de una vida,
Los lamentos de algo que ya no está allí.

Los recuerdo a todos;
Y los quiero borrachos.
Espero que así sea.

Mientras la vida termine por morir
Y no quede nada más para lamentar.
Y se haya quedado
Un cuerpo sin nada que sufrir.

He pensado en la muerte
Y no he visto nada más
Que la tristeza del hombre.
He respirado en la herida de la victoria
He querido con resentimiento
He añorado no tener que levantarme
He querido sembrar muerte y recoger vida.

He querido y he odiado lo que he podido,
Y, en los días,
Las caricias se pierden en un rostro
Que busca cariño
Y que no quiere,
Verse del todo perdido.

He pensado en la muerte
He querido no estar aquí,
He odiado mi vida,
He odiado lo que sido,
Me he contentado con palabras transparentes
Que se extravían en el níveo arrullo de la pared.
He extrañado los versos que no he escrito,

He querido ser mejor,
No he querido lo que he sido.

Con todo,
He visto a la muerte,
Y en noches como esta,
La he tenido entre los brazos.
Nos hemos besado,
Nos hemos querido,
No quisimos separarnos.

Pero queda seguir,
A pesar de todo,
Contra la furia de la vida,
Y el silencio de los pasos.

Toda una vida
Que no alcanza a ser vivida
Y que puede anticiparse.

Toda una vida…
Y no hay caminos
Sin luz que calcinen
Las estrellas.

De vuelta a vivir

oscar_munoz_4

La vida empezó como un camino en una sola dirección
Me lancé de lleno, creí confrontarlo,
Quise despacio y amé demasiado rápido,
Me entretuve en los escaparates
Cruce las calles sin pensar demasiado.

Hasta cierto punto
Todo se fue dando.

Con el tiempo
La vida se fue bifurcando
Habían calles y calles.

Calles demasiado iluminadas
Algunas otras solas
Había demasiado qué ver,
Había demasiado para llorar.

Intenté no afanarme demasiado
Quería todo despacio
Deseaba no tener que lamentarme
Quería transitar bajo la luna
Y que palabras llena de vida
Golpearan la carne.

En algún punto
La vida se volvió una calle sin retorno,
Sin salida,
Y me entretuve con las luces que roseaban de lleno
La pared,
Me entretuve con los ladridos de los perros
La magullada cercanía de la desidia de los postes
Las largas paredes infestadas de marcas de gente.

Me entretuve con un mundo que no entendía
Que no entenderé.

Me entretuve demasiado
Y en algún punto
Perdí la capacidad para reconocer los caminos,
Me vi sumergido en eso
No podía volver.

Con todo
A veces vislumbro estrellas
Que golpean de lleno contra las ventanas
Y la gente parece querer,
Siquiera,
Estar bien.

De vez en cuando transito con la cabeza agachada
Y me pesan los días
Los pasos surtidos
Los milímetros de dicha
Que escurren de la piel.

Con todo
Ya perdí el rumbo
Y, en la noche,
Procuro no detenerme demasiado.
Camino despacio,
Pero sin quedar estático.

Quiero tenerlo todo
Abrazarme a la vida y a la muerte
Besar de lleno el engaño
Dejarme arrastrar.

A veces
La felicidad se siente
En cada palabra.
Y no me queda otra cosa más
Que huir.

Aprendí a no querer demasiado
A preocuparme por los pasos,
A no desear los caminos recomendados,
Quise forjar el sendero
Y terminé queriendo retroceder.

Para nunca más volver.
Para tener que comenzar,
Para volver a vivir.

Encontré las palabras en los días perdidos
Las sonrisas gimiendo debajo de la ventana.
Y sólo tuve excusas
Para estar de vuelta,
Para que los miedos se hiciesen verdades,
Y sólo quedara,
Tener que vivir.

Tarde en la noche

Featured image

Es tarde en la noche
Y el frío empieza a entrar
Por la ventana.

Lo siento recorrer toda la habitación
Golpear directo contra la carne
Hasta hacerla crepitar.

Me detengo en los latidos del tiempo
En el sonido de la noche,
Que todo lo destruye,
Con su arrogante silencio.

De vez en cuando,
Suspiro y perforo
El cuerpo del viento,
Lo siento quebrarse ante
Mis párpados,
Como la luz de las farolas
Contra los charcos de la calle.

A veces me detengo
Y miro hacía el techo.
Su níveo resplandor
Enceguece los días
Que faltan por vivir.
Me hace retorcerme
Hasta querer roer el
Calendario,
Hasta querer penetrar
De lleno en el curso
De mi vida.

“¿En qué momento se perdió todo?”
Me pregunto,
Y afuera siento que el frío se aleja
Y la gente corre hacía algún lado.

“¿En qué momento se perdió todo?”
Me sigo preguntando,
Y siento la lengua temblar
Bajo el peso de las palabras dichas.

Toda una vida,
Todo el transcurrir
De una precaria desidia
Me ha hablado de mí.
Me ha dicho quién soy.

Me ha abrazado en las noches,
Me ha dado cobijo,
Me ha besado cuando más
Solo he estado.

He querido a quiénes me han odiado
Y he repudiado a mis seres más queridos.
He querido romper mis propias barreras
Para verme superado por mis propias metas.

He sido lo que no he querido,
A pulso,
Sin resquemor,
Como las luces perdidas
Que ya no se distinguen en el cielo.

Apunté demasiado lejos
Quise todo lo que estaba aquí
Y que nunca fue para mí.

Y a veces,
Sólo a veces,
Me quedo contemplando
El níveo cielo,
De un oscuro cuarto
En algún apartamento
Entre varias palabras
Fragmentos de vida
Arena que dice,

Que he estado aquí.
En medio de todos,
Buscando dónde,
Siquiera
Volver a vivir.

Cierro las ventanas,
Espero que nadie me vea,
Espero que todos estén durmiendo,
Que el mundo se quede
Tendido ante mí.

Vuelvo a soñar,
Me tocó la carne,
Y siento el temblor
Quedarse con todo.

Y sólo quiero
Detenerme en el suelo,
No murmurar
Ni afirmar nada.

Dejar que todo sea.
Dejar que, con todo,
Algo se muera,
Y la dicha se quede
Retorciendo el pasado,
Hasta hacerlo sangrar.

Y que todos,
De cuando en cuando,
Podamos reír.

Entre paredes

kentridge2

Tantas razones para querer la propia vida
Tantas razones para no matarse.
Tantos momentos para emprender la huida
Tantos instantes para terminar con todo.

Tantas razones he tenido
Para querer huir
Para querer despedazarlo
Todo,
Para sentarme a mirar a la pared
Y remendarlo
Todo,
No sé lo que he hecho.

Nadie sabe
Lo que ha sido
De sí.

Me desprendo de un par de pensamientos
Interrogo a las paredes,
Y todo rebota, rebota, rebota
Se estrella contra la cama
Me tiene de vuelta
Y vuelvo a comenzar.

En el transcurso de los años
He aprendido a odiar lo más querido
He querido odiar lo más querido
A veces puedo
Otras no.

Sin embargo,
A veces logro mirar por la ventana
Y de la gente,
Brota el murmullo.
No es lo mismo de siempre,
Es diferente.
No lo entiendo,
Vuelvo a la cama
Me hago una paja.

Espero estar bien.

En el curso del tiempo
He decidido hacer muchas cosas
No he logrado nada.
He remediado mis fracasos
Con un par de lamidas
A los vasos rotos,
Y mi lengua la he remendado
Con sal, mierda,
Y demás sentimientos
Encontrados.

No he logrado mucho,
La vida ha hecho
Lo que ha querido
De mí.

De mi vida he amado lo que no he hecho,
He despreciado lo que he sido
He querido volver a estar,
Volverlo a vivir,
Para que fuese diferente.
Empero, siempre fui “yo”,
Siempre ese yo, del momento,
El yo presente,

El que estuvo,
Ahí.

La edad me ha dejado con varias cicatrices
Un par de dedos sangrantes
Y las uñas enconadas.
Siempre quise saberlo antes,
Pero tuve que vivirlo
Para aprenderlo.

Nunca fui suficiente.
Nunca fui demasiado.
Eso sí, puedo decir,
“Estuve presente”.

De los años transcurridos
Con poco me he quedado:
Un par de películas
Un par de libros
Un par de retazos
Unos buenos amigos
Varios tragos
Recuerdos que se incineran
Tras la luz de la ventana.

Nada ha sido mío…
Pero lo he disfrutado.

De lo poco que he sido
Me he quedado con lo que no soy,
Con lo que no he podido ser.
El desprecio es el gas que hace que estallen
Las paredes,
Y los recuerdos
Y los instantes
Y las sonrisas
Y la ira
Y todo lo que hace
Bello al hombre.

Me quedo con todo,
Menos conmigo…
A pesar de mí.

Abro la llave
Y el grifo gotea…
Caen pedazos
Cae el agua
Se confunde con
Los gritos,
Con el sudor
De las manos.
Espero no verme.

Siento vivir.

 

Vacuidad

grosz

“¿Te has despertado sabiendo
Que habrás de morir?
¿ Te has despertado queriendo
Cerrar los ojos?”
Me pregunto,
Sé que no tengo tiempo
Para contestarlo.

Los esfuerzos del h0mbre
Son los dolores de niño.
Los lamentos de la mañana
Son los placeres de la noche.
Nada tiene sentido,
Nada.
Tan sólo volver a sí,
Sí mismo
y querer dormir
Hasta que ardan los días.

Las metas de hoy
Son las frustraciones de mañana.
Vivo queriendo lo que no soy
Para luego odiarme con más fuerza.
Las bebidas de hoy,
Son los vómitos de mañana.

Nada tiene sentido,
Nada.

El hombre que esto escribe,
se arrepiente con el tiempo,
Con el roce de la vida.
Vuelve a las palabras,
A estas,
Para reírse,
Arrancarse la cara
A carcajadas.

Lo que he sido
Es la muerte de lo que fui.
Es lo poco que queda.

He matado a mi madre a los 23,
La he amado a los 15.
Mi viejo me odia desde los 17
Sé que aún me desprecia.
Mi hermano me quiso a todo momento,
A mi hermana no la veo hace 4 años.
No me he visto al espejo desde hace tiempo,
Temo verme como antes,
O como ese que escribe esto.

Temo verme como lo que soy,
O lo que he sido.
Nada tiene sentido,
Nada.

¿Me habré querido en algún momento?
¿He sentido calor ante mi sonrisa?
¿He creído en mis palabras
Una vez lanzadas?
¿He mantenido la calma
Al cerrar los ojos?

No he podido con nada
No he ganado desde hace tiempo.
A los 24 he logrado poco menos que a los 15.

Andrés Mauricio no me dice nada.
Cabrera Díaz es una pared que debería ser puerta.

El reto del tiempo
Es la permanencia.
Aguantar al cerrar los ojos
Prender las luces al salir,
Hacer lo que sea por volver.
Hacer lo que sea…
Por nada.

 

El sonido de mis pasos

KIRCHNER AUTORETRATO CON MUCHACHAS 1914-15.EXPRESIONISMO

Cada vez que miro para atrás
La gente sigue con sus saltos
Y en los andenes,
Los pasos no retumban.

Cada vez que miro para atrás
La gente acelera,
Se siente el quiebre de sus piernas
Mientras perros orinan en las esquinas
Y alguien se detiene al pasar.

Cada vez que miro para atrás
Los pasos se apretujan sobre la baldosa
Y de vez en cuando una se levanta
escurre agua por los lados,
Como sangre a presión
Como saliva entre la risa
Como un abrazo de madre
Como el beso de un muerto
Como el lamido del perro
Como alguien que grita
Para no ser oído.

Cada vez que miro para atrás
me detengo en mis pasos,
miro hacia el suelo
Busco no quebrar las baldosas,
Que sustentan mi camino…
No quiero temblar.

Cuando miro para atrás
Y no hay nadie que me vea
(Nadie que me oiga)
Me detengo en el sonido de mis pasos
En el quiebre de mis hojas.

Dicen de dónde vengo
Saben adonde habré ido,
Se precipitan a la muerte
Me entregan un latido.

Sigo caminando
Recostándome a mis espaldas
Para no escuchar el ruido.

No sabía de qué estábamos hablando

Railroad Sunset Edward Hopper

Llevaba un buen rato hablando con mi padre y no sabía aún de qué estábamos hablando. Sus palabras se entrecortaban nada más al salir de la boca y, de vez en cuando, un grito llegaba desde afuera, anunciando alguna cosa que no tenía muy clara. Igual, era noche de viernes, y la gente va gritando sin más por la calle. Pero sí, llevaba un buen rato hablando con mi viejo, y no habíamos llegado a nada de mérito.

-Hijo, hijo…ponme atención- me dijo, tras moverme el hombre para que me levantara.

-¿Ah?

– Ponme atención, hijo. Hemos tenido nuestros problemas, pero…pero…ya sabes, todo se va a solucionar.

-Sí, claro, papá.

-Todo se soluciona. El problema es esa música que oyes, hijo…hijo, sí, esa música.

-La música no tiene ningún problema, papá.

– Claro que lo tiene. Suena demasiado… no sé, duro- Y mientras me iba sirviendo un poco más de ese viejo aguardiente añejado por el peso de los años.- Te pone intranquilo.

– Estoy cansado, viejo. Estoy tan jodido que ya no quiero seguir tranquilo.

Tras varias horas de diálogo, habíamos llegado al mismo monólogo etílico de todas las veces. No nos gustaba lo que veíamos. No nos gustaba saber que teníamos que convivir con alguien tan cercano, pero, a la vez, tan repudiable. Papá se estaba haciendo viejo….y yo, bueno, yo me estaba haciendo un zángano. Tenía veinticuatro años, y poco había hecho por mi vida. Aún seguía siendo un mantenido, con todo y que me esforzaba por labrar un buen camino.

-El problema es, y fue, esa música, hijo. Antes parecías más tranquilo, más calmado…ahora, no, ya no, ya no tienes esa calma. Estás jodido por esa música.

-El problema  no es de la música, papá.

-Sí lo es- dijo, tras interrumpirme y mandar  un largo vaso de aguardiente directo al estómago- lo es. Es esa música que no dice nada, esa música que está tan lejos…

-¿Lejos de qué?- le dije, y me arrimé un poco hacia la botella. Ya quedaba poco para pararme e irme.

-Lejos de lo que importa. Esa música fue la que te jodió la vida, hijo. Fue el comienzo de todo.- dijo, y en sus ojos se empezaba a vislumbrar el goteo de las lágrimas pasadas.

Todo nos había sido difícil. Si bien yo había rendido lo suficiente como hijo, siempre fui aquello que no se esperaba. Mis pasos habían sido zancadas directas al abismo o, al menos, así habían sido vistos por mis viejos. Me empecinaba por caminar en sentido contrario: batiéndome contra las paredes y tapándome la boca para no gritar. Pero el tiempo me había jugado un ultimátum: ya me quedaba poco para seguir así, para seguir siendo el mismo de todos estos años pasados. Ya tenía la edad suficiente como para hacer algo por mi propia cuenta. Lo sabía…lo sé. Y quisiera no tener que tomar decisiones en otra hoja en blanco. Ya duele suficiente tener que pasar de página.

Me despedí del viejo, y salí directo a la calle. Allí había lo mismo de siempre: gente que bebía en las viejas tiendas de mesas plásticas que habían sobre la avenida principal del barrio; mujeres esperando taxis hacia algún destino que no me incluía a mí, y que, de seguro, les traería de vuelta a sus casas tras varios días; autos con la música a tope, como si no importase nada más que lo que había dentro de ellos. Caminé. Caminé sin más que el peso de mi cuerpo y un par de lagañas que se me metían en los ojos y me hacían lagrimear.

-¡Miguel! ¡¿Qué haces?! ¡Vamos a hacer algo, imbécil!- gritó Francisco. Él había sido un viejo amigo de toda la vida: compañeros de colegio, compañeros de licor, compañeros de hazañas y de banda. Habíamos sido lo poco que quisimos ser. Pero, eso sí, Francisco sabía llevarlo con mucha más dignidad que yo. Sabía que había jugado sus cartas…que todo lo que había pasado en su vida, había sido suyo, siempre, a todo momento, como si nada ni nadie más importase. Su vida era suya…y sus ojos daban fe de ello. Brillaban entre más oscura estuviese la calle.

-Nada, Pacho. Acabo de salir de la casa. El viejo andaba diciendo un sermón de esos que no se le entiende nada. “El problema es esa música”, y mierda de esa. No sé qué mierda tendrá en contra del Hard-Rock, pero lo nombra a todo momento, como si vivir fuese cuestión de la música que se oye, mierda…

-Jajaja, ¡Pobre marica!, el Hard-Rock no es un problema. Pero no, tu problema es seguir en esa casa. Jugando a sus juegos de viejo acomodado. Deberías venirte para la calle. Acá se pasa mejor…

Miguel llevaba un buen tiempo viviendo de trabajos miserables. Tras fracasar en varias carreras y diferentes universidades, decidió largarse de la casa e intentar vivir de manera tranquila. De vez en cuando, pasaba por su casa  y hablaba con sus viejos. Era su prueba: ir a donde los viejos, verles la cara, ver la alacena, ver su antiguo cuarto. Luego, sólo se despedía gritando al cerrar la reja metálica de la casa: “No me verán volver, al menos no a vivir”. Su prueba era hasta que la muerte le llegase a alguno de los dos bandos: él o sus viejos. Y a ellos no les quedaba mucho.

-Hasta luego, Francisco- le dije, y sin más, decidí seguir caminando.

-Pero si apenas nos vemos, eh, Miguelín. Todavía podemos coger una buena juerga…

-No, hoy no.

Nos despedimos. Me costaba ver a alguien que podía tirar su pasado a la caneca para luego ir a retarlo, hacerle fieros, reírsele aún con miedo en la cara. Francisco, ese que antes podía correr sin miedo, ahora volvía a casa de vez en cuando…esperando, aguardando a que pasase algo. Estaba jodido de miedo, y sólo por eso, gritaba tan alto que los oídos de cualquiera no podían aguantarlo.

Neiva era una ciudad pequeña. Demasiado pequeña…angosta, llena de calles sin salida y luces intermitentes. Neiva era lo que había tenido toda mi vida, y luego había desechado nada más al irme a Bogotá. Lo que había amado con furia, ahora era tan sólo un apéndice, un pie de página en una vida que ya no tenía un sitio al cual llamar “casa”. Me fastidiaba su gente, tan conforme con cualquier mierda que se atravesase. Me jodía ver a mis antiguas amigas, con esos ojos atiborrados de maquillaje, y las sonrisas quebradas. Habían visto demasiado, y yo me había perdido en algún momento para ser tan sólo un pie de página en su pasado. Me jodía ver a mis viejos…cansados, jodidos, asustados de la vida que habían escogido y de lo poco que habían fallado. Creían saberlo todo, mas no sabían nada. Siempre creí que los viejos aprendían con los años… que la vida dejaba sus cicatrices, y que ya no bastaba con verlas para saber que se había vivido. Pero ellos las habían olvidado, y ahora se embadurnaban de crema para no dejar ver los años.

Caminaba. Sentía como los pasos se agujereaban sobre el cemento caliente. La gente empezaba a andar más rápido: hacia sus casas, hacia las fiestas…camino a lo mismo de todos los viernes, para luego volver a hacer lo mismo de todos los lunes. Con los años, la vida se iba haciendo la repetición de los días, y de las noches, y en las tardes se sentía la angustia, pues cada vez dormíamos más temprano. Hijos de puta…

Hijos de puta…

Había llegado al mirador de la Gaitana. Ahí estaba. En medio de una luz cansada por el peso de la noche. Olí unos buenos porros… y quise estar lejos, a pesar de sentirme tranquilo bajo ese aroma. Aquel no era un buen sitio para estar a esa hora.

-Pfff…….Pffff……… Uhj.

-¿Hmm?- Y miré hacía todas partes.

-¿Migue? ¿Miguelín? ¿Qué hace por acá, huevón?- y el aliento a mata golpeaba directo a la cara.

-Diego, ¿Pegándolo tan temprano?

-Nunca es tarde, Miguelín. Nunca es tarde…

Diego había sido el guitarrista de la banda que tuve hace varios años. La rompía…casi que podía sentirse miedo de escuchar sus acordes. La velocidad de sus dedos, de sus ojos, se había ido perdiendo con el tiempo. En algún punto, vendió su guitarra y decidió dedicarse de lleno a ingerir lo que fuese. Luego dejó la casa. Había robado demasiado como para seguir viviendo tranquilo.

-¿Qué hace acá?- Volvió a preguntar.

-Ni mierda… no sabía de qué estaba hablando con el viejo, y luego no supe cómo llegué aquí- contesté.

-Es mejor no hablar, marica. Es mejor no hablar. Termina uno por sentir dolor de las palabras…

– No sé, parce. No sé. Yo a veces creo que el problema es uno, y que los demás están muy bien, bastante bien. Tan bien que pueden vivir tranquilos y acostarse a dormir sin preguntarse vaina alguna.

-Los de nuestra generación quedamos jodidos, ¿No?, terminamos por ser lo que no habíamos querido- y las esquirlas del porro parecían querer hallar combustión en el asfalto.

– Terminamos…¡Uff! Esa palabra sí que es jodida.

-Nos hemos ido acabando de a poco- y Diego, ese que siempre había sonreído sin tener que volver a mirar sus pasos, ahora intentaba no llorar.

– Toca es seguir, y estar tranquilo.

-Yo siempre que sigo, lo vuelvo a prender- y en sus dedos ya se deslizaban varias pastas que se quebraban sobre la palma de su mano- No quiero dejar esta mierda.

-Yo no quisiera dejar la vida.

-Calmado…

-Nadie está lo suficientemente calmado.

– Respírelas, respírelas tranquilo. Ya luego todo se pasa. O, si no, la vida termina por pasar. Eso fresco- contestó entre risas.

Y ya casi que sentía la modorra que venía antes de la explosión. Había jurado no aguantar el día, quebrarme en algún punto. Pero todos ya estaban lo suficientemente quebrados, y no había suficiente campo como para poder dormir tranquilo. Me despedí, y caminé de vuelta hacia donde todo había comenzado.

Luego apagué la luz, y me recosté…esperando aguantar hasta que algo pasase. Hasta mañana, o hasta que me cansara. Dispuesto a no tener que hablar, y a  no encontrar respuestas.  A morder por los bordes el tiempo que me quedaba.

El llamado de la selva

kentridge

Hay veces que hace tanto frío
Que el televisor te habla directo al oído
Y te susurra que te quedes;
Y la pantalla titila sin nada más que gente
Gente matándose
Gente amándose
Gente haciendo de todo
Todo lo que no hago
Todo lo que no he sido
Y empiezo a disfrutarlo.

Hay veces que hace tanto frío
Que el teléfono tiembla sin ruido
Y siento la cercanía de la llamada
Miro hacia todos lados
Como si fuese la selva,
Y no hay nada,
No hay sitio, 
Ni rugido
Ni aullido
Que me salve
Que me saque de aquí.

Solo
Estoy solo.

Y hay veces que hace tanto frío
Que abrazo a las paredes
Para sentir el calor.

Habré tenido toda una vida
Bajo el calor de los días.
“¿Dónde se ha ido?”
Pregunto,
“¿Qué queda?”
Repito,
Para sentir el ardor en los huesos
Y matar lo que tengo.

Hay veces que hace tanto frío
Que ya no recuerdo qué es lo que
Ha sido,
Y en el televisor veo mi reflejo
Tras las caras de la gente,
Y al salir del cuarto,
Corro de vuelta,
Hacia la ventana,
Me quedo viendo
Hacia donde corren los niños
Y se escucha el aullido
“Aún queda selva”,
Y los huesos se quiebran
Y la vida
Se siente en la cara.
Los quejidos
Arrullan al silencio
Y en la boca 
Se quiebran las palabras.

Movimiento sin salida

Photos-inspired-by-Hopper-2

-No sé bien qué es lo que se mueve, pero créeme-me dijo, sin detenerse siquiera en intentar enforcarme- se mueve.

Llevábamos tiempo encerrados. Y el tiempo es algo que lentamente, y muy de repente, se disuelve. Ya no teníamos idea de lo que había sido, de lo que sería, y tan sólo nos teníamos el uno al otro para buscar algo en medio de aquel oscuro silencio. Pasábamos los días hablando…cada vez menos, cada vez de manera más distante. Las palabras se disolvían en cuanto recordábamos las salidas: esas salidas que, por desgracia, sabíamos que existían pero que no teníamos idea en dónde se encontrarían situadas. A veces, sentía la respiración de Juan atravesarme todo el cuerpo, corriendo desde las orejas hasta el cuello. Me besaba… me besaba lentamente, pero nunca pude sentir lujuria alguna en sus movimientos. Sus besos se desperdigaban sobre la rugosa piel…lentos, casi sin saliva. Eran los rastros de la vida: lo poco que quedaba de ambos…una seña tras la precaria luz que se colaba por la rendija.

– No sé, Juan. Ya hemos sentido lo mismo antes.

-¿Qué cosa?- dijo, acercándose un poco más hacia mí-¿Qué hemos sentido?

– Esto. El movimiento.

-No…esta vez es diferente.

-Siempre lo es, Juan- Contesté, acercándolo con el brazo.

-Confía- y se levantó. Llevaba varios días sin levantarse. Puede que años…meses, lo que fuese. Llevábamos tiempo estando allí, y ni siquiera recordábamos las razones que nos habían tirado en donde estábamos. Con el tiempo, la suerte se convirtió en una carcajada que se quebraba contra las paredes de aquel pequeño y húmedo cuarto. Las risas eran los estrépitos que quedaban a la nada…a ese instante de calma que sepulta cualquier forma de esperanza.

-¿Para qué te levantas? Antes lo intentamos, y nunca había nada allí: las mismas sombras, hombre…

– Estoy cansado…mierda.

-Yo igual, pero no tiene sentido levantarse para mirar la misma superficie. No hay nada nuevo.

-No, no lo hay…-y su cuerpo se empinaba, para ganar un poco más de altura y alcanzar la rendija- No hay nada nuevo.

Fue justo cuando Juan descendía que logré captar algo: no había mucho para ver, menos aún había manera de escapar de allí. En el transcurso de los días, habíamos palpado las paredes sin encontrar siquiera señal de material diferente. No había nada que indicase una puerta, una salida. ¿Qué había sido del “afuera”? ¿Qué quedaba de eso? No podía recordarlo. No tenía ni idea de qué había sido de todo eso…

-Juan-le dije, rodeándolo con los brazos- ¿Recuerdas algo? De antes, de lo que “éramos”, o, siquiera, si fuimos…

-Debió pasar algo, lo sé- y de sus ojos brotaban la ira y la impotencia de los años cansados- Debió pasar… no puede ser que llevemos tanto tiempo para nada.

-A veces creo que hemos vivido para morir, simplemente.

-¿Simplemente? ¿¡Te parece eso simple!?

-No sé…no sé. Tal vez es demasiado complicado. O sí, puede que sea sencillo. Tan sencillo como la muerte…como lo que hemos pasado aquí.

Podía sentir su mirada clavarse en mis ojos. Podía sentir el peso de los años, el ardor en las pupilas y los días que aún nos quedaban por vivir. Podía sentirlo todo…y, casi, sentía ganas de llorar. Las viejas tradiciones del sufrimiento habían hecho llaga en mi pecho, habían destrozado lo poco que nos quedaba:  lo que había sido de Juan…Pero no lloré, a pesar del abrazo silencioso de la muerte. No habíamos vivido mucho, pero, al menos, seguíamos vivos.

-¡Espera! ¡Espera!- me dijo, acercando su rostro contra mi pecho. La ira se estrujaba en tiernas gotas saladas que caían hacía la nada, hacía aquello que teníamos o nos tenía.

-¿Qué pasa?

-Espera…esperemos.

-¿Esperar a qué?

– A nada. Esperemos a la nada.

Me senté sobre el cemento mojado. Ya tendría tiempo para sopesar los días sin recurrir a Juan. Hasta que el tiempo terminase por matarse del aburrimiento.