Precario poema sobre la risa.

“Sonreír para joderme a las penas
Para burlarme del mundo que enferma
Para sentirme un poco menos mierda y para ser  cabrón” Konsumo Respeto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que te crujan los dientes
Y se desfonde la garganta
Sonríe hasta que el licor parezca una mentira
Y el mundo adquiera otro color.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que olvides los males, las penas,
El mundo con toda su mierda
Sonríe hasta que dejes de sentirte cojo
Y tus pies no fallezcan ante el choque con el asfalto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Cuando ya todo el mundo está dormido
Y eres el único loco, malherido
Que desfonda las botellas
Y se ríe de su trabajo, de su mujer, de su vida poco sincera.

Alcemos una voz en alto
Riamos hasta que la saliva se cuele seca
Tras los dientes, hasta que el aliento sea rancio
Y todo el mundo nos mire como unos despojos
Porque estamos tristes
Pero aún nos quedan instantes
De rebeldía, de redención
Sonríe como si no estuvieses en la calle
Que allí sólo hay máquinas, es tierra de nadie.

Lo real fue recuerdo. Otra botella de Jack.

– ¿Para qué mierda viniste si no haremos nada?- le pregunté mientras se acomodaba el brassier y las bragas.- Sabes que me emputa quedar iniciado…-.

– ¡Ah, fue tu culpa!, medio te toco y ya estás desabotonándote el jean… es como cuestión de calmarse- contestó aquella de ojos claros y piel nívea. Sus ojos se turnaban entre el azul y el verde con cada cambio de ánimo intempestivo que surgía del momento.

– ¡JUEPUTA, SI LO TOCAS ASÍ SEA MÁNDATELO A LA BOCA!- Gritó un imbécil que intentaba controlar una erección entre su furia.

– Ya…está bien. Siempre es lo mismo, sólo quieres sexo y ya- Decía tras dar varias caladas al cigarrillo. La habitación se hacía más pequeña tras el humo que parecía consumirlo todo. Sus ojos estaban extraviados, ausentes, lejanos.

Todo se había ido a la mierda, y el lo sabía.

Desde hacía varios días que nadie entendía muy bien lo que ocurría. La relación se suscribía a la costumbre y no parecía que ninguno de los dos estuviese inconforme con ello. De hecho, hasta hace unas dos semanas ambos parecían estar bastante contentos, tanto que sus cuerpos destilaban sexo y faltaba el tiempo para suplir los momentos. Ni Luisa ni Javier lo entendían muy bien. Pero era lo que había.

Aquel día habían decidido pasar una tarde juntos y conversar algunas cuestiones que parecían estar jodiendo la relación. Monotonía, distancia, lazos estropeados por el devenir del tiempo, etc. Tan sólo se habían dicho excusas estúpidas que ninguno iba a aceptar por su misma falta de coherencia. No era esa mierda y ambos lo sabían.

– Amor… ¿tú sabes que te amo, no?- preguntó Luisa.

– A veces pareciera que no- Contestó Javier mientras se abotonaba la bragueta.

– Es que no entiendes… todo estaba muy bien, pero de un momento a otro ya no me siento yo misma, pareciera que Luisa Correa se hubiese ido muy lejos y que ahora sólo quedase una extraña- Dijo tras un sorbo a la cerveza. Sus manos temblaban un poco, algo inquietas.

Paj/Shhh/El sonido de las latas al caer. 

– ¡MIERDA, LA CERVEZA!-.

– Disculpa… no ando pendiente. ¿Si ves?, es lo que te decía-.

– ¿Ahh?-.

– ¡POR ESO TE DIGO, NECESITO UN HOMBRE QUE ME ESCUCHE, QUE ME ENTIENDA Y ME VALORE!- Exclamó tras unos ojos verdes que poco a poco se llenaban de un tinte rojizo.

– Jajajajaja, ¡la mierda de siempre!. Tu no necesitas ni mierda, ¡ni siquiera hablas, carajo!. Supuestamente tenías algo que decirme, pero ni eso… al llegar me cogiste como si nada hubiera ocurrido y luego me frenaste cuando te bajé la mano a las bragas. ¡NO ENTIENDO UNA MIERDA!- Gritó mientras tiraba un vaso contra el suelo.

– ¡Si ves! ¡Ya estás gritando otra vez!- Dijo Luisa mientras una lágrima se dibujaba en su rostro.

Javier lo sabía. Todo era mierda/farsa/estupidez/hipocresía. Todo era tan sólo un show que la muy puta había previsto en el camino a su casa. Se notaba, ni siquiera le había tomado mucho tiempo. Todo era forzado, previsible. Bastante empalagoso.

Y entonces decidió perderse un instante en sus pensamientos. La cerveza bajaba espesa por su garganta mientras los recuerdos se dibujaban nuevamente en su memoria, como si fuese una realidad que aún hoy se seguía viviendo.

Diciembre 22 del 2007.

La bella y la bestia se sujetan de la mano mientras caminan por una pista de baile en la que ya no queda nadie. Al parecer todos se habían ido. El imbécil tomaba una botella de vino mientras la puta le recordaba que su traje era blanco y que cualquier mancha sobre el sería fatal. No importaba, eso era tan sólo un anexo de un gran instante. Lo importante era estar allí, sujetar su mano, verla a los ojos y disfrutar de la compañía mientras el licor hacía su efecto.

– ¿Me quieres?…-

-¿Ah? ¿Ah?-.

Septiembre 18 del 2012.

– Ya no me quieres, ¿no?- Preguntó Luisa mientras se acomodaba los pantalones. Estaba de pie y la historia ya necesitaba su desenlace.

– ¿No quieres bailar?- Indagó Javier tras un largo trago de cerveza. De la comisura de sus labios se escapaba una pequeña baba que ya empezaba a coger espesura.

– Ya estás borracho otra vez…-

1, 2, 3 pasos. 3 campanas. 2 Instantes.

– Adios, Javier…Espero seas feliz-.

– ¡Pero si aún nos queda el amanecer! ¡Mierda!…-.

La puerta se cerró. Nuevamente estaba allí, solo, perdido entre los recuerdos. Ya no había con quien bailar. Tomó otro sorbo de cerveza y decidió esperar.

“Tal vez en algún momento nos volvamos a encontrar” pensó mientras se servía un trago de whiskey. Lo odiaba, pero no le quedaba nada más. La odiaba, pero la necesitaba para continuar. Al final sólo tenía aquella botella de Jack.