Actualidad: otro llamado a la sinceridad.

Nadie es sincero
Lo siento cada vez que abren esas bocas
Tan grandes, tan apestosas
Palabras que surgen atosigadas ante el desespero
Pero todos parecen creer
Apariencia de estar bien.

Nadie es sincero
Lo pienso cada vez que veo a aquellos hijos de puta hablar de justicia
De derecho, de normas, de jurisprudencias y demás estulticias
Lo dicen con serenidad, con esa sapiencia que sólo otorga la inseguridad
La estupidez, los códigos y toda esa parafernalia
Frases insulsas que se desparraman en las calles
Sobre la cabeza de la gente, como el meo en las esquinas
Como la mierda en las avenidas.

Son unas ratas, nunca son sinceros
Lo saben, se ríen y de la boca cagan todas esas palabras
Se defienden con acápites e incisos
Nunca dan una posición por válida, de los extremos crean laberintos
Son eclécticos, y con cobardía creen en los puntos medios
En teoría, para siempre aprovecharse de lo impreciso de su palabrería
Defienden al más fuerte, a cambio de un gran montón:

De mierda
De mentira
De farsa
Desidia
Pedantería

Son unos hijos de puta
Que se protejen tras su jardín de delicias
Flores podridas
Que ojalá algún día la gente pueda arrancar,

A golpes, que sientan el puto malestar.

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El escritor…

Ralph Wickerman desgastaba su esfero Parker contra la hoja. La tinta brotaba de forma casi subliminal y una sonrisa se dibujaba de manera despiadada en su rostro. Desde que había ganado el Nobel su literatura estaba en alza y cualquier estupidez que pusiera sobre el papel se vendería como pan caliente. Era rico, y aquello lo motivaba mucho más que cualquier crítica o buen comentario sobre sus libros.

– Amor… está saliendo muy bueno, ¿te lo leo?- preguntó mientras se rascaba la entrepierna.

– Claro corazón…- contestó Laurie mientras prendía la TV de manera despreocupada.

– “Sonata de media noche/Polvo de madrugada /Eres una puta /Que vives arrastrada.”- Recitaba con soltura, en medio de aquel cuarto atestado de premios polvorientos.

– ¡Genuino, magnífico!, ¡eres el mejor Nobel de todos cariño!- gimió Laurie, mientras Ralph se desabotonaba la bragueta de manera súbita.

– Nos dará mucho dinero, que es lo que vale- contestó mientras su mano temblorosa luchaba contra un cierre que parecía no ceder ante sus impulsos.

Sabía lo que vendría. Era lo de siempre. Ralph se excitaba con sólo escucharse narrar cualquier mierda.  Desde que había ganado el premio, su vida se resumía a “columnas” escritas para el New York Times, que en realidad eran trabajos que sus alumnos realizaban para la clase. “Algún día llegarán lejos…y yo los nombraré como genios. Todo tiene su costo, chicos” respondía cada vez que alguno lo increpaba por la falta de crédito en la publicación de su trabajo.

Aquello le daba buen dinero, aparte de los libros que anualmente sacaba. Su buen amigo Steven Queen le enseñó la técnica: ” Colega… te emborrachas, escribes una mierda, consigues un personaje pseudo-misterioso, te masturbas, te pagas una puta, y luego se lo das a un editor para que alguien más lo redacte” fueron las sabias palabras de su amigo y mentor.

– Y, ¿qué me dices del vodka Steven?- preguntó mientras levantaba su copa aquella tarde del 22 de abril del 2005, cuando apenas había ganado el Pullitzer.

– El vodka es insustituible. Te lo tragas de un sorbo antes de llamar a la puta. No lo olvides, cabrón-.

Al prender la tv, Laurie había colocado Fix. En la pantalla, Bart Simpson se masturbaba mientras Homero rodaba por las escaleras atiborrado de cerveza. Marge le daba unos pesos a Maggie para que no dejara entrar más de un “cliente” a su cuarto mientras Lisa se dedicaba a filmar dos caballos en el jardín. “Será un éxito, papá” le decía a Homero mientras este vomitaba en el jardín luego de la caída.

Aquello lo excitaba aún más. No podía parar. El mundo confabulaba para mostrarle lo mejor de sí, atiborrarlo de lujuria y atormentarlo con eyaculaciones en cada escena que la caja maldita le mostrara en forma de canal. Fotogramas que se deslizaban a la velocidad de un orgasmo cayendo sobre el rostro de Avah Devine. Demasiada humanidad junta.

– Esto es como decía Nietzsche amor… “Humano, demasiado humano”- Croaban aquellos 110 kilos de purulenta grasa escribana.

– Ah… ¡Ah, Ah, Dale, sigue, no pares, Aww Ralph! ¡ERES UN TORO AHH!- gemía Laurie, aquella mujer de de cabello castaño ondulado y ojos azules.

– ¿Cuánto duramos?- indagó Ralph, desesperado mientras se ponía el jean. Le preocupaba la cantidad de orgasmos que producía en aquel abismal tiempo.

– Minuto y medio…- suspiró Laurie, intentando ocultar las lágrimas que se asomaban en sus ojos.

– Estamos sobre la media…esta vez fue brutal, amor-.

– Claro, si…claro-.

Siempre era lo mismo. Laurie se iría a la cocina y Ralph seguiría con su escritura. Igual no importaba, lo que valía la pena era el dinero y se tenía a montones. Su cuenta bancaria era como un pene que buscaba implosionar por la gran cantidad de esperma acumulada: de nada servía tener tanto.

De repente, un chillido destruía su concentración que confluía en el televisor y su poesía. Ralph se escarbaba los bolsillos de manera estrepitosa,  “mierda, hace días que no encuentro ese puto celular…” pensaba mientras su mirada se deslizaba por cada uno de los rincones plagados de premios que habían en aquel cuarto.

6:00 AM, Bogotá-Colombia.

“Mierda…” pensó Rafael al ver como sus dedos se perdían intentando encontrar el despertador.

-Otra vez a ese puto trabajo, ¡carajo!- exclamó a la vez que buscaba una corbata en el cajón de las bragas de su esposa. -Mierda…Laura, ¡que las corbatas son el cajón derecho, mierda!- gritó al compás de un pene que buscaba romper la ya templada tela de su pijama de rayas.

– Cállate Rafael, tu no sirves para nada…- Contestó Laura mientras sus ojos se deslizaban por un libro de Steven Queen.

– ¿Otra vez leyendo esa mierda?, ¡consigue un trabajo, que no hay para pagar la luz!- dijo Rafael mientras se afeitaba.

– No… ya quisieras tu poder ser Queen. Es un genio, un verdadero gladiador del siglo XXI. Hace lo que le gusta, y gana dinero… no como tu-.

– ¿ Qué quieres decir?- preguntó Rafael desde la taza del inodoro. Sus palabras salían al compás de unos aullidos que redoblaban desde lo más profundo de sus nalgas.

– Nada… nada.-.

– Mierda, yo sólo sé que tendré mucho dinero- Exclamó antes de entrar en la ducha. “Si escribir da, valdría la pena intentarlo…con eso salimos de esta situación de mierda” pensó mientras se masturbaba, como cualquier otra de esas mañanas sin gracia en las que la lluvia parecía querer quebrar las ventanas de su ya embargada casa.