De vuelta a vivir

oscar_munoz_4

La vida empezó como un camino en una sola dirección
Me lancé de lleno, creí confrontarlo,
Quise despacio y amé demasiado rápido,
Me entretuve en los escaparates
Cruce las calles sin pensar demasiado.

Hasta cierto punto
Todo se fue dando.

Con el tiempo
La vida se fue bifurcando
Habían calles y calles.

Calles demasiado iluminadas
Algunas otras solas
Había demasiado qué ver,
Había demasiado para llorar.

Intenté no afanarme demasiado
Quería todo despacio
Deseaba no tener que lamentarme
Quería transitar bajo la luna
Y que palabras llena de vida
Golpearan la carne.

En algún punto
La vida se volvió una calle sin retorno,
Sin salida,
Y me entretuve con las luces que roseaban de lleno
La pared,
Me entretuve con los ladridos de los perros
La magullada cercanía de la desidia de los postes
Las largas paredes infestadas de marcas de gente.

Me entretuve con un mundo que no entendía
Que no entenderé.

Me entretuve demasiado
Y en algún punto
Perdí la capacidad para reconocer los caminos,
Me vi sumergido en eso
No podía volver.

Con todo
A veces vislumbro estrellas
Que golpean de lleno contra las ventanas
Y la gente parece querer,
Siquiera,
Estar bien.

De vez en cuando transito con la cabeza agachada
Y me pesan los días
Los pasos surtidos
Los milímetros de dicha
Que escurren de la piel.

Con todo
Ya perdí el rumbo
Y, en la noche,
Procuro no detenerme demasiado.
Camino despacio,
Pero sin quedar estático.

Quiero tenerlo todo
Abrazarme a la vida y a la muerte
Besar de lleno el engaño
Dejarme arrastrar.

A veces
La felicidad se siente
En cada palabra.
Y no me queda otra cosa más
Que huir.

Aprendí a no querer demasiado
A preocuparme por los pasos,
A no desear los caminos recomendados,
Quise forjar el sendero
Y terminé queriendo retroceder.

Para nunca más volver.
Para tener que comenzar,
Para volver a vivir.

Encontré las palabras en los días perdidos
Las sonrisas gimiendo debajo de la ventana.
Y sólo tuve excusas
Para estar de vuelta,
Para que los miedos se hiciesen verdades,
Y sólo quedara,
Tener que vivir.

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El perseguidor.

william blake

I

Si hubiese hecho algo en aquel momento, seguramente ahora no estaría escribiendo. Seguramente estaría pensando, desgarrando la almohada con pensamientos vanos que se estrellarían contra el techo de la habitación. Seguramente, pero no fue así. No le dije nada en su momento. No le dije siquiera que me esperara, o que me diese una oportunidad de aclarar las cosas. No, no lo hice. Y así, ahora estoy sentado en esta silla, desparramando palabras contra la pantalla; con el dolor en las vísceras y el aroma a dolor que destila la resaca. Estoy aquí, no hice nada.

II

Si tuviera que hablar de mí, sería seguramente insoportable. Andrés, Andrés Herrera, veinticinco años, hombre, soltero. Más allá de eso, no sabría dar información precisa. Todo está ya en la cédula, en los diversos documentos que se desparraman en inhóspitas oficinas del Estado. Y a nadie le importan.  Todos estamos demasiado ocupados como para ocuparnos en otra cosa que no sea nosotros mismos.

Camino. Camino de vez en cuando, a falta de trabajo, a falta de tranquilidad…deslizo mis pies sobre la calle. El pavimento se tuerce en siluetas de furia tras mis pasos. Pero yo sigo caminando. “¿Por qué empecé, preguntas?” No lo sé. No sabría explicarlo. Pero un día ya estaba ahí, en la calle de enfrente de la casa, caminando. Al final, terminé siguiendo a la gente que me parecía interesante: mujeres recién casadas de cabello liso y ojos claros; jóvenes con ojos ansiosos y miradas lascivas en busca de droga…entretención, placebo, lo que fuese; oficinistas que en las noches, luego de salir de su trabajo, deslizan sus espesas cabelleras rubias al desatar los lazos, cambiando la mirada; hombres que se detienen en las esquinas a mirar a la nada…y se pierden en los colores, las faldas, sin siquiera percatarse del sol.

Y la lista podría continuar, pero no, no tiene sentido. Sólo puedo decir que me dediqué a eso por unos tres años. A falta de trabajo, a falta de esperanzas…bajo el vacío de la vida, mí propia vida, que no me ofrecía nada al final del día. “¿Cómo me mantuve, me dices?” De la renta. De los pocos ahorros que había cultivado en el pasado. Como te decía, caminar fue mi hábito.  Pum/pum/y la acera se clava en tus pies, y no hay destino fijo, y el cuerpo se desliza capturando rostros que se despedazan en la memoria para nunca más existir. Pero, muy de vez en cuando, surge alguien que refulge entre los avisos y las luces, y el rumor de los autos. Y algo cobra sentido, a pesar de mí, y de lo poco que me queda por hacer aquí.

Y entonces, lo sigo. Hasta que me canse, o alguien con más fulgor surja de entre las cenizas de los autos. Después me tengo a mí mismo… y lo que queda del vacío.

III

Al principio sólo era caminar. Ir de un lado a otro, de la casa al centro de la ciudad, pasando por avenidas de luces desteñidas y soledad, soledad absoluta. A veces torcía por calles desconocidas: sitios que parecieran extinguirse al caer la noche , para luego morir. Prostíbulos ubicados al final de una panadería…en donde, creías, era el baño de los propietarios; pequeñas librerías que se extinguen en medio del rugido de los motores, soportando el tiempo… como si las páginas de sus libros fuesen el último acto de emancipación posible; a veces, incluso, me encontraba con bares detrás de casas desvencijadas por los años. Sitios en ruinas al borde de la acera, con puertas blancas y oxidadas que, al mínimo golpe, se abrían. Y todo era un mundo nuevo, y parecía haber algo oculto detrás de la propia vida que se escondía en la ciudad, a los ojos de todos.

Náufragos. Sólo así podía describir a la gente que allí se veía: de tez blanca, demasiado blanca, y ojos felinos y brillantes. Miradas agotadas por la vida, mas no sin esperanza. Cuerpos delgados que se estremecían al más mínimo roce de vida: olfatos desarrollados para captar la furia existencial y recibirla con tranquilidad. Poco hablan, poco les importa lo que pasa “afuera” (como varias veces escuché mencionar a lo que existía más allá de estos sitios),  menos aún les importas tú. Están ahí, a la espera de “algo”. Y ese “algo” es diametralmente opuesto en todos los casos, dependiendo de la persona de la que se trate. Viven bajo la inercia, eso sí, sin simpatía por la estupidez. Y están ahí, como tú, y te conocen sin siquiera haberte hablado.

La ciudad esconde a sus muertos en estos sitios, sus náufragos, para que nunca hablen y sus “mensajes” queden sumergidos al final de la botella.

IV

Empecé a interesarme por las personas, antes que por los espacios, el día que conocí a M. Ustedes saben de quién hablo (la prensa se encargó de hacer más ruido del habitual con el caso). Y, aún así, las fotos del periódico nunca lograron captar su verdadera presencia: la tibieza de los ojos, la rudeza de los labios rojos que sonríen bajo el peso níveo de los dientes, la cintura delicada y los senos sencillos, no muy grandes, tampoco demasiado pequeños. Ella, sí, M. Fue ella la que me llevó a perseguir personas: esperaba encontrar “eso”; aquello que se agitaba al más mínimo roce de los ojos y que aturdía las vísceras hasta la implosión. Deseaba encontrarlo…mas no lo hallé en nadie más que ella, a pesar de un par de “falsas alarmas” que estremecieron mi vida por un par de días.

M. M. M, la mujer que caminaba con paso agitado y sin ninguna preocupación. La misma que se levantaba a las 6:00 am, para luego prender la televisión. Esa que, camino a la oficina, compraba el pan en la panadería francesa del centro de la ciudad. Ella, sí, ella. Alguna vez chocamos en la calle, y sentí el aroma de su perfume: de seguro Carolina Herrera, sí, de seguro. Tú, M, aquella que prefería desnudarse al entrar a casa. Lo supe todo de ti, todo lo que la distancia permite saber. Mas nunca te conocí. Sabía que te gustaba la comida japonesa (¿Cómo no suponerlo después de que ibas todos los fines de semana?), y que preferías a James Dean por encima de todos los mortales (¿Crees que nunca vi el afiche que estaba encima del televisor?). Supe todo lo que podía saber…así, a lo lejos, sumergido en la penumbra de algo que no merecía ver la luz.

Tal vez debí decírtelo. Me llamo Andrés, Andrés Herrera. Soltero, 25 años…

Pero no.

VI

La seguí hasta el hartazgo. Hasta saber todo lo que podía. Recopilé todos los datos que pude: Qué buscaba en un hombre, sus escritores favoritos (London, Poe, Baudelaire), sus películas favoritas (Apocalypse Now, Eraserhead, Barry Lyndon), sus más profundos miedos…y sí, la soledad, eso que le era tan propio, como todos los que transitábamos sin más por la ciudad. Olvidé decir que M era cliente habitual del Suburban, uno de estos lugares donde los náufragos encuentran navío hasta que llega la hora de volver a algún sitio. Ella era uno de ellos, pero tenía “hogar”. Sabía que, al final del día, siempre tenía su casa. Tenía un sitio a donde volver, amigos con los cuales hablar, un trabajo en el que se sentía satisfecha. Era parte de todos, pero sólo estaba ahí para observar. Observaba, desde el momento en que se sentaba en la barra hasta que decidía bailar con el primero que tuviese las agallas de pedirlo. Luego, sin más, se iba. Se iba para volver a donde siempre debía de haber estado. Aunque luego regresaba, y yo ya estaba allí.

Una de mis normas era nunca volver al mismo lugar…pero M me hizo revalidar aquella decisión. Sólo podía estar donde estaba ella, sólo allí. Solo, allí.

VII

Cualquiera hasta aquí creería que la amaba. Mas no. No la quería en lo más mínimo. No se puede amar si se olvida el propio rostro; menos aún, no se puede querer sino se tiene un lugar al cual volver al final del día. Tal vez la admiraba. Sí, “admiración” es la palabra. Ella estaba allí, como yo, tan sólo observando. Buscando algo que se extraña aún si nunca se ha tenido de frente. Pero seguía su vida, continuaba con el ritmo de una persona eminentemente productiva. Y yo no. Yo tan sólo caminaba, para luego regresar al viejo apartamento y dormir.

Por eso escribo ahora. Ayer, por fin, logré sentarme a su lado, y hablar:

-¿Vienes siempre, eh?- le dije, mientras señalaba al barman para que viniese hacia mí.

-¿Ah?- replicó, luego de volverse hacia donde yo estaba.

-Sí, te he visto un par de veces, aquí. En el bar…bailando, y tomando algunas copas.

-¿Te conozco?

-No, bueno, ttt-al vez. Te he visto un par de veces, aquí, y estuve tentado a hablarte- hice una seña de despedida, y me fui levantando del taburete.

-Tranquilo, quédate…-me dijo, sosteniendo mi muñeca con sus manos.

-Está bien.

-¿Sabes? Yo también te he visto. Aquí, y en muchos lugares.

-¿Ahh si?- contesté, sintiendo el ardor en la garganta y la sangre escurriéndose por los poros de la espalda.

-Sí. Te he visto desde mi ventana, mientras me quitaba la ropa o preparaba algo para comer. Te he visto en la esquina de mi oficina, sentado en el viejo parque. Siempre con gorra roja y gafas oscuras, ¿Eh?- y sonreía. Sonreía como si siempre lo hubiese sabido todo. Y no le importara, porque poco importa lo que alguien sin rostro puede llegar a observar.

-Mi-mmmierda.

-Siempre sales a las 4 de la mañana. Tomas una ducha rápida, cocinas un par de tostadas y luego te apuras a ir hacia mi casa. Esperas a que prenda la luz, y te asomas por el ventanal que da hacia la calle. Algunas veces entraste…dejé la puerta abierta de la ducha, nunca hiciste nada. Luego, tan sólo me seguías…y ese era tu día. ¿No es así?- y la memoria se empantanaba con viejos retazos de los días pasados. Allí estaba yo, viéndolo todo. Desde sus ojos, desde la nada que me señalaba sin recordarme siquiera quién era. ¿Acaso soy el espejo de los pasos de alguien más? ¡Puta vida! Y sí, ella sonreía…calculándolo todo.

-Sí…

-¿Sí qué?

-Soy yo.

-Siempre lo supe.

-Yo…

-Nada.

Y se fue, sin dejar siquiera rastro tras los strovers que se cruzaban en mis pupilas. Intenté volver a su casa, pero no…nunca pude volver. Los pasos se retrotraían al instante de empezar la marcha. Un par de veces, incluso, intenté llegar en un taxi. Pero fue imposible. Lo que había sido el edificio de M ahora era tan sólo un solar vacío en medio de una calle desolada. La vieja panadería y el restaurante japonés también se habían esfumado. Al preguntar a varios de los que, a mí juicio, parecían transeúntes habituales de la zona, me encontré con que nunca habían estado allí.

M no existía. Y no sé siquiera por qué le llamo así; si nunca conocí su nombre. M es la partícula de una vida que nunca existió: el retablo sobre el cual grabé los pasos de una vida que, siquiera, existió. Por eso escribo ahora, y por eso también los diarios escribieron sobre mí. “El hombre que deambula por el parque central”; “El loco de las avenidas de la muerte”; “M de Muerte”, rezaban los titulares de la prensa. Todos saben de mí, y yo soy parte de todos. Y no sé nada de mí. Y me llamo Andrés, Andrés Herrera…

Escribo, porque tal vez así encuentre algo sobre lo cual construir algo nuevo. Pero no, tan sólo soy Andrés, Andrés Herrera. 25 años, soltero. No sé a donde ir, ni siquiera  a donde volver. ¿Existió? ¿Fue real? ¿Qué mierda pasó aquí?

Y sigo escribiendo. Esperando a que sean las 10. Pero todo está muy blanco.

Y nunca.

Nunca

Entra la luz.

Baile en la noche.

Dance in the rain

La mano, contraída y desgarrada por la rabia, chocó directamente contra mi cachete. Estaba caliente…pesada. El aire se movía al compás de la fuerza: De esa fuerza que destruía la inacción propia de la vida. Los músculos se contraían tras el azote del aire. La masa se movía, convulsiva, casi al borde de dispersarse por el aire. Sangre. Sangre. Demasiada sangre fluyendo por la boca. El óxido se apoderaba de la lengua, y el sabor a plata empezaba a aparecer. Rabia. Rabia…el hijo de perra quería matarme. Vamos, que todo el mundo quiere matarse. Todo el mundo sale de la casa para matar y no terminar matándose. Es la ley de la vida: O matas, o te matan, o te suicidas. Pero se nace para morir, y la autodestrucción es el camino diario.

Aquel imbécil se retorcía en su propia eje. Movimientos convulsivos, pies separados…torax desajustado del movimiento de pies. Yo no sabía mucho de boxeo, pero el tipo tenía los pies bastante separados, igual estaban sus manos. Era mi momento, estaba confiado. Y la confianza es la peor consejera cuando se pelea. Cualquier pelea debe ser desconfiada: La agresividad y el miedo…el miedo sobre todo. Debe tenerse miedo para moverse con potencia y rabia. Y controlar la rabia, que si no se la lleva la confianza.

– ¡Vamos, maricón! ¡Alzando las manos, pues!-gritaba el tipo. Era un poco más alto que yo. Al rededor de 1.90 metros. Era acuerpado…músculos inflados. Arete en la oreja izquierda.

-Pl/lpluj- dije, sintiendo la sangre salir de la boca. Un gargajo rosado, incinerado, se salía de mis fauces y se estrellaba contra el pavimento. La luz le alumbraba directamente…y los colores se difuminaban y la esperanza se me iba perdiendo. Tenía el pecho caliente, pesado…sentía el fuego de algunos golpes incrustado bajo la piel. Ardía. La piel se movía perversa, en súbitos escapes de irreflexión y estupidez. Le señalaba a él donde golpear, donde seguir asestando…La supervivencia no se corresponde al dolor. El ser humano es débil: Se muestra temeroso, impaciente, ansioso…y su cuerpo lo denota también. Nacimos, evolucionamos para ir al médico. No nacimos para andar solos. Por eso es que no aguantamos sin aire acondicionado, sin loción…

No tenemos espacio para la reflexión.

Pum/Pum /Intermitencias fugaces/¡Mierda!/Los sonidos de la calle.

-¡Ven, ven, maricón!- gritaba el orangután.

-Maricón tu culo.

-¿Ah?- decía el tipo, mientras lanzaba algunas miradas al aire…mientras gritaba algunos chistes, mientras me acababa. -¿Qué mierda dijiste?

-¡MALPARIDO MARICÓN!-Grité, sintiendo el aire agitarse, las risas convulsionarse bajo los rostros amarillos, acariciados por la luz de la farola de aquella esquina. ¡UUUUUHHHHHHH! Gritaba la gente. Querían circo, y ya tenían domador y payaso.

Taj/Plaj/ Las sonrisas al atardecer/ Preludio de un relato no contado.

La cara me ardía. Y las piernas me temblaban, como una quinceañera que ha perdido su virginidad. Temblaban, como un acordeón, como el estómago de un borracho al borde de vomitar. Óxido. Óxido. Y el sabor amargo colándose entre las vísceras. Miedo, miedo de seguir ahí y terminar muerto. La fuerza de ese alguien, que se alzaba imbécil, estúpido, pero más apto…más fuerte. Podía con todo, lo esquivaba todo. Le lanzaba puños a la derecha, izquierda, a la cara, al torso, patadas…y una mierda. El cuerpo se me retorcía, y los ligamentos de mi rodilla izquierda bailaban y chocaban. El cruzado estaba extinto, y la rótula iba de adelante/atrás/adelante/atrás. El dolor era insoportable…

Mi mano se agitaba, como queriendo agarrarse de alguien. Recordaba los viejos Rings, las viejas peleas…ya no quedaba nada. Nunca fui bueno, nunca pude superar el miedo. No pude temer para superar el dolor. Y temer para esquivar. Temí para quedarme paralizado, y volver al rato luego de los puños. Peleaba recibiendo, recibiendo golpes y, tras un buen rato, contestando. El cuerpo renacía cuando más perdido me sentía, y la cabeza bombeaba y bombeaba palabras que se repetían en el aire, que se desprendían del agite intempestivo de las manos aprisionadas. La esperanza se contraía en los puños, y el guante empezaba a ser garante de libertad.

Pero en las calles no hay campanas, ni entrenadores, ni gente jugando a ser peligrosos…No hay nada de eso. Hay enemigos, trago, y miedo. Mucho miedo. Miedo a lo que uno no tiene, y lo que siempre otros tendrán.

Me levanté. Lancé dos golpes que se asemejaban a un jab: Un jab desesperado y flojo, recto, sin mucha fuerza. Directo al rostro/Esquivados. Lo esquivaba todo. Era una bestia.

-¿Pero qué pasa, eh? ¿Qué pasa, malparido?- gritaba, lanzando un par de golpes al aire- ¿Qué pasa, eh, maricón? ¿Qué pasa que ya no abres la geta, eh?

Patada. Esquivada, directo al pecho. El aire que estalla contra las cejas. Rojo. Rojo tan oscuro como el negro que se desparrama en el ojo izquierdo. Rojo…mierda, el rojo. El rojo que es naranja pero negro contra la luz. El piso que se descompone. Las piernas que tiemblan…

No había nada qué perder. Tampoco nada para ganar. No había nada. Un hombre, contra otro, y ya. Eso era la vida: Una lucha corriente, tan corriente que todos la tenían y nadie la aprovechaba. Sólo unos pocos…unos pocos que muchas veces eran llamados “locos”. Y si estar loco no era ser como todos, no entiendo la locura. Así la gente dijese lo contrario.

Tiré un par de golpes, y asesté uno a la cara. Sentí su piel tersa, sin rasguños, posarse contra mi mano. Una piel inmaculada que se desparramaba contra el aire, contra el puño que arrancaba desde abajo. Un gancho de derecha, o al menos un remedo de eso. Ahí estaba toda mi fuerza. Toda la voluntad de la vida se desperdigaba en una postura de pies, firmes, rectos… no muy separados. La espalda recta que se avecina con fuerza desde abajo. El torso inclinado, la cintura que gira hacia arriba…

Plaj/Plaj/PUM/La vida en sobremesa.

El Bum/Bum de los bajos se entrecruzaba con las luces desperdiciadas de los carros. Las farolas aullaban en contra de la brisa y los gritos de la gente. Ambos en el suelo. Aquel me miraba con rabia…pero con miedo. El golpe había dado de lleno. Sangraba por la nariz… y no estaba acostumbrado. Sus ojos alumbraban tras la luz que se colaba entre sus brazos. Brazos que se cruzaban en torno al rostro. El orgullo se desvanecía como el agua que se escurría tras las alcantarillas. Lo veía. Ahí, en medio de todos, viéndose caído…con las piernas temblando. No conocía que era eso: Le faltaban golpes. Le faltaba perder, y para perder hay que correr y pelear y seguir peleando hasta que algún día se gana, y luego se vuelve a perder. Y se pierde más de lo que se gana, y se vive con cierto miedo que sabe a óxido y sal. La sal que escurre de los poros y se estrella con los ojos, con la boca…y se mezcla y se cae, y se vierte sobre la calle. “Le faltaba perder”, pensé yo, viéndolo ahí.

Pero a mí eso no me faltaba. Había perdido con las mujeres. Había sepultado mis aspiraciones bajo un título/prospecto de abogado. Era lo que era: Un tipo incipiente, cobarde…que contrariaba todo y no actuaba para nada. Una rémora que vive de sus sueños y de sus inalcanzables aspiraciones. Cobardía.

Cobardía.

Me levanté, y caminé lo que más pude. Me alejé a paso rápido, con la sensación de sentir los cuerpos atiborrarse a mis espaldas. Persecución. El delirio de haber ganado cuando se debía haber perdido. “La vida no era justa, pero justa nunca será la vida” pensé, huyendo…buscando un sitio donde sentarme, comprar un trago. Tras varias cuadras, llegué a un estanco de neones verdes y rojos.

-Buenas noches-dije, mientras sentía la carga dispersarse en todos los músculos del cuerpo- ¿A cuánto el Doble Anís?

– 20 la media, 30 la botella- Contestó el vendedor. Un gordo de cabello largo. Tendría unos 20 o 30 años. Tal vez más, tal vez menos.

– La botella, por favor.

-O/ok Pp-ero ¿Qué mierda?- dijo el gordo.

-Nada… una pelea-contesté.

-Se nota.

– Creo que perdí.

-¿Cree?

-Sí, eso creo.

– Y el otro, ¿Ganó?

– No, creo que no…

De fondo, Pantera estallaba contra las botellas y las rejas del sitio. Sólo se necesitaban cinco minutos, cinco minutos a solas o con alguien o con todos para estallar. Para morir, renacer, o seguir estando igual. Se necesitaban cinco minutos… y todo podía cambiar. La vida era eso: Una oportunidad que se daba, se desechaba o se perdía. Y al final uno seguía allí, peleando contra nada, pretendiendo existir.

Tomé un sorbo de aguardiente, y me fui caminando. De lejos era cuando más terror causaba Phil:

Agony is the price 
that you’ll pay in the end 
domination consumes you 
then calls you a friend.

Y la bebida sabía a óxido, un poco de sal, y el dulce perdiéndose en la garganta. Con los pasos cortos y la cabeza refugiada en la distancia. La luz incineraba la mañana… y ya no tenía a dónde ir.