Un momento cualquiera

edward-hopper-casa-al-anochecer

Hoy he perdido y me reído
De mí mismo,
He perdido para recordarlo,
He visto mi rostro al entrar en la sala
De blancas paredes y rostros complacientes.

He tenido miedo de no lograrlo,
He sido temeroso de mis palabras.
He renegado de lo que no sabía,
Y los he visto a ellos, mirarme a los ojos,
Saben que estoy equivocado,
Olvidan la cara de esos
Que no esperan nada.

Hoy he perdido y no he entendido,
Por más que fallo no lo
Comprendo,
Las palabras se escupían solas
Y yo sabía que no había manera,
Que todo estaba escrito,
Que el balbuceo era sólo la postergación
De la derrota definitiva.

He sentido mi garganta crepitar
Ante rostros complacientes,
De gente que no conozco,
De gente que no entiendo,
De gente que es feliz,
De gente a quien
No le importo.

Ellos han sabido decidir por mí
En una sala blanca,
De techo bajo,
De rostros anodinos
Y sonrisas temblorosas,
Ellos lo saben:
Lo han vivido muchas veces,
Y olvidan con desinterés.

Fueron testigos de mi derrota
De una derrota como cualquier
Otra,
De una pérdida como la de cualquier
Día,
De un instante más
Que está llamado
A repetirse.

No lo saben,
No les es importante.
Han visto eso muchas veces,
Entienden que es así,
Para ellos nadie gana
Y todo se decide allí:

Es parte de la vida.
Están para eso,
Mientras no escucho
Mis palabras
Y sé que sigo
Justificándome ante
La mancha blanca,
Que se burla en la pared.

Advertisements

El baile de las mariposas

13696_Poppies_and_Butterflies_f

“A las mariposas
Que bailaban solas
Sin que nadie las tocara.

A la vida,
Que transcurre sola
Que se queda
En su deriva
Deviniendo
Tragando un poco más
De saliva.

A las mariposas
Que están solas
Que mueren solas
Sin que nadie las vea.

A los hombres
Que mueren acompañados
En la más tierna, remota,
Soledad.

Al padecimiento
A los días.

A ella
A todos ellos.

Mariposas que vomitan
Que gimen
Que viven
De noche,
Por la noche”

A las mariposas. Andrés Mauricio Cabrera Diaz.

I

Entonces éramos pequeños. Mirábamos hacia arriba, y nos encontrábamos con el cielo azul que lanzaba ráfagas de aire caliente. En el suelo no había más que tierra; tierra caliente que temblaba con cada paso que dábamos. Corríamos detrás de las mariposas. Miguel, Miguelito Zambrano, había dicho que esos animales iban a matarnos un día. Que por eso volaban tan cerca, casi rozándonos la cara. Yo no le creía de a mucho. Miguel decía muchas incoherencias, y, muchas veces, tan sólo parecía divagar con la voz en alto. Pero eso no nos importaba. Corríamos sin redes, sin más que nuestros pies deslizándose sobre la tierra y saltando al roce de cada piedra, de cada hierro natural que ardiese en el suelo.

-Son más rápidas- dijo Miguel, refiriéndose a las mariposas.

-Mucho más rápidas que nosotros- le contesté.

– Pero las tenemos que coger.

-Sí, algún día las cogeremos.

Así seguimos un par de años. Luego de jugar fútbol, al rededor de las seis de la tarde, salíamos a corretear mariposas. Con el tiempo, algunas personas se nos unieron. El mayor era Jaime, de unos diez años. De resto, éramos los mismos niños de aquella cuadra. Todos tendríamos unos siete años, puede que unos tuviesen un poco más. Pero ahí estábamos. Neiva era el pretexto que nos tenía reunidos, asidos a la vida con sonrisas que se reventaban tras las carcajadas. Las mandíbulas eran el recinto de las almas, y rara vez se escuchaba alguna réplica contra los días. Teníamos “eso”.  Teníamos todo lo que habíamos tenido; y lo habíamos querido.

Con el tiempo algo pasó. Las mariposas se hicieron aburridas. Las niñas se hicieron mujeres. Y los niños hombres. Yo, Enrique Salcedo, dejé de hablar con todos.

Ya no éramos parte de lo mismo.

II

Lo único que importaba era coger el balón. Ojalá no dejar rebote. La cancha era grande, sí, pero yo tampoco era tan pequeño. Medía un metro setenta. Suficiente como para no dejar pasar nada que no quisiera.

– Lo importante es que no se pongan adelante-dijo Daniel. Daniel era alto y rubio, debía de medir un metro ochenta. Hablaba con voz de mando, y se paraba en la media cancha sin dejar pasar a nadie. Un seis de los buenos.

-Sí, fresco- contesté- yo de estos no me dejo.

-De estos- contestó Daniel mientras sonreía- y de nadie.

Jugábamos contra el Instituto Técnico, asiduo rival en las semifinales de los torneos intercolegiados. Siempre nos habían ganado. Aquella gente corría como si no hubiese mañana, con esos viejo guayos “Maracaná” que se rompían tras las piedras, tras el golpeteo del balón contra los pies. Nosotros, gente de la Fragua, usábamos Nike o Adidas. Bueno, casi todos. Yo usaba unos Puma negros. Neiva lo era todo; y ahí estábamos nosotros: ellos, los que hablaban con voz chillona, recortando las sílabas finales a cada palabra. Nosotros, los que hablábamos como de otro sitio, pero que éramos de allí. Nos decían gomelos; mientras que a ellos, algunos (no me incluyo) les decían ñeros.  Éramos lo que nos habían enseñado a ser, los rezagos de lo que nos habían enseñado a amar y el resentimiento que nos habían inoculado al nacer. Éramos eso, eso y nada más. Y por eso la pelota saltaba más alto, y el sol acariciaba los rostros y las espaldas. Las yagas crecían por la fuerza del calor; que parecía traspasar la suela y los taches de goma. La arena se colaba tras la ropa, y parecía adherirse a la piel, recubriéndola. Protegiéndola de algo que no alcanzábamos a comprender.

-¡ Se fue!- gritó David.

– ¡Ufff!- sólo atiné a decir.

Me lancé al balón, más por la inercia que por cualquier otra cosa. El cuerpo chocó contra la carne, y el cuero de la pelota cedió ante mi estómago. Ahí había quedado. Sin aire, pero con vida. Tenía los ojos cerrados, y sólo escuchaba la respiración del delantero del Técnico. Al principio era sólida, constante. Ahora se había quebrado. Podía escuchar los sollozos. Habían perdido. Eso había sido todo. El aullido del árbitro había acabado con todo.

Habíamos aguantado el marcador. Uno a cero, al final.

-Buena, Mono- me dijo aquel. Era un moreno de un mero ochenta.

-Buen partido, hermano- contesté.

-Estuvo duro…pero ustedes metieron hasta el final.

-Ustedes también.

Y ahí se iban ellos. Algunos en moto; otros (la gran mayoría), alzaban la mano para intentar coger un bus. El cielo brillaba con furia. Y a nosotros nos esperaba un bus particular.

Ellos nos miraban. Un par de los nuestros sacaron la cara. Gritaron insultos. No había quedado nada de lo que había pasado en aquella cancha. Al final del día, nuestras vidas eran lo que nos había quedado de todo; al nacer, al vivir al aprender. Si algo tenía el Gimnasio la Fragua, era el resentimiento. Y el dinero, amo y señor de una sociedad en la que el prestigio se mide por la cantidad de acciones que se posean en el Club Campestre. Eso éramos nosotros: en eso terminó Neiva.

Al llegar a casa me duché. Las mariposas bailaban en la tarde. Eran negras; antes lo eran de colores.

Deposité en la cisterna una cagada, y salí a buscar comida.

III

Había vuelto a la ciudad luego de tres años de estar en Bogotá. El paisaje, en muchos sentidos, seguía siendo el mismo. Habían construido un par de centros comerciales, pero la vida seguía deteniéndose ante los mismos semáforos, los mismos cruces, las pocas (y cada vez más deterioradas) avenidas, y la gente, que se empecinaba en seguir saliendo de la casa a las doce del día. Hacía tres años allí lo tenía todo. Ahora, no me quedaba nada de eso. La gente había seguido, moviéndose, corriendo entre lo que quedaba y construyendo sobre lo que había sido. La universidad lo había cambiado todo; y yo ya no conocía a nadie, ni a nada. Me quedaba mi perro, Frupete, que batía la cola cada vez que yo entraba a la casa.

De vez en cuando el recuerdo de ella. De vez en cuando, casi sin darme cuenta, me llegaba; como si el aire lo trajese, como si algún narcótico me recordase lo que había sido. Entonces miraba por la ventana, y me parecía ver aquel árbol de hojas verdes y amarillas que se había caído por el peso de sus propios días. Ya no estaba. Ahora había un espacio en blanco, ahí, sometido por las hormigas. No mucho germinaba. Nada quería germinar.

Ring/Ring/El sonido de los otros al llegar.

-Tiempo sin hablar- era Juan, un viejo amigo del colegio.

-Es que ya todos viven ocupados…-contesté.

-No tanto. Más bien como que eso es lo que quisieran aparentar.

– Algo así.

– ¿Qué dice, nos tomamos algo?

-Me parece- contesté.

Habíamos quedado de vernos en un bar cerca a mi casa. Un sitio de mesas y sillas metálicas, color gris cromado. La decoración era algo caribeña, con hojas de palma seca que hacían las veces de tejas. Vendían el aguardiente barato. Y vendían buena cerveza. Yo no necesitaba más que eso.

Al llegar, me percaté de que Juan estaba un poco más gordo. También algo más calvo. El tiempo había pasado igual para todos.

-Ya no salgo con María.- me dijo, nada más al verme- Todo se acabó.

-Eso está bien, esa mujer no lo dejaba salir de la casa.

-Jajaja, tampoco eran tan así.

-Como sea. ¿Y la gente? Ya no se ve a nadie por acá.

-Ya casi nadie viene.- contestó, tras tomar un sorbo largo a su cerveza- aquí ya no hay nada para hacer.

Le pregunté por los demás. Por David, que se había casado y ya no hablaba con ninguno de sus amigos de soltería. Por Miguel, que andaba en Estados Unidos y no había vuelto. La ciudad se había ido diluyendo en los rostros que permanecían: los vendedores de lotería del parque Santander, el cuidador de carros del Peter Pan, la vendedora de tamales de la esquina del Éxito. Todos esos rostros que se extraviaban por su misma irrelevancia, pero que permanecían en el tiempo. En el recuerdo de todo, en memoria de los que se habían ido.

-¿Y Laura?- preguntó Juan.

-Bien, supongo.

-¿Supone?

-Sí, ni que viviera enterado de la vida de ella.

-Mmm…pero tranquilo.

-Estoy tranquilo.

-No parece.

-Ella está bien- conteste- Está más bonita, y sigue saliendo con sus amigas. Más hombres la miran.

-Le duele todavía…

-Ya pasaron tres años- conteste, tras tomar un trago largo de aguardiente- tocó seguir adelante.

Bebimos como pudimos la última botella. Los cuerpos destilaban sudor al compás del licor que hacía su entrada triunfal por las cavidades. Juan cogió un taxi. Yo seguí caminando. Recordé que hacía unos años había ido con ella por esas calles. Sonreía, y el azul de sus ojos se quebraba con cada palabra que pronunciaba. Lo medía todo, así sus pasos fuesen tranquilos y descuidados. Las baldosas parecían moverse por debajo de sus pasos, como si quisieran arrastrar su peso y no permitirle esfuerzos innecesarios. Era ella, lo era todo. Me había quedado el recuerdo. Por un momento, estuvimos juntos. Y se estuvo bien.

Ahora tocaba caminar solo.

IV

-¿Viejo, no se fuma uno?- me preguntó David, que había vuelto de USA más burro que nunca.

-No, yo casi no le jalo a eso- le contesté.

-Es puro creepy- replicó tras darle un sorbo a aquel cilindro- creepy del bueno.

-Me quedo con este aguardiente- y me tomé un buen trago.

Nadie entraba en la piscina, que tenía forma de guitarra. Sobre el mástil de la misma, se encontraba un pequeño cubículo de cemento que hacía las veces de balcón. Allí, la gente bailaba al compás de la música electrónica. No parecían disfrutarlo, pero eso era lo que había. La gente se movía, de manera sincrónica, siempre moviendo los pies de la misma manera. Todos hablaban. Se pasaban las pastas de una mano a otra. De vez en cuando, alguien prendía un porro. Fumaban rápido, sin retener el aire. Y entonces seguían hablando.

Yo estaba ahí, en una esquina, tomando un poco de aguardiente y hablando con Andrés, un amigo del equipo de fútbol del colegio.

-Ahora todo el mundo escucha esa mierda- dijo, luego de señalar al Dj.

-Sí, eso parece. Pero fíjese que nadie salta, ni cambia el paso.

– Eso es pura moda pasajera.

– De seguro.

-Igual pasa con la hierba- me dijo, tras ofrecerme un poco de mota- como que nadie la disfruta.

-Fuman muy rápido, casi no retienen el aire- dije, tras pasar un poco.

-Es que todo va como más ráp/pido, ¿Si me entiende?- contestó. Ya empezaba a golpearle un poco la noche.

-Algo.

– ¿No quiere pepas?- preguntó, tras depositar un par en mi mano- uno nunca sabe cuando le vayan a servir.

Tras discutir un rato, me fui cerca a los baños a esperar. Tenía ganas de mear, y bueno, era demasiada gente y poco espacio. Eso sí, siempre podría alejarme e irme al monte y hacer ahí lo que quisiese. Me senté ahí, con la botella en la mano y un cigarro en la otra. A lo lejos, los rostros de la gente se extraviaban tras las luces, que los ennegrecía a sus espaldas. Las farolas apuntaban en dirección contraria, y la noche parecía asomarse alumbrada por rezagos de otros días. Demasiadas estrellas, demasiadas para tan poca gente. Pero nadie veía hacia arriba. Todo estaba sobre la tierra: las mujeres, la mota, las pepas. Todo estaba ahí, y no había necesidad de sumergirse en otros recintos. Pero a mí me faltaba todo; me faltaba el calor de la soledad y el amor hacia algo, me faltaban los días que se habían quebrado tras algún sorbo de aguardiente, y me quedaba una sonrisa para todo aquel que se acercase. Me quedaba un cuerpo remendado, dispuesto a seguir, dispuesto a cavilar otro camino diferente al cimentado por la estupidez y la codicia. Me quedaban los recuerdos de esa gente, esos mismos con los que cazaba mariposas cuando pequeño. Aquellos que patearon la misma pelota que yo, en esas viejas canchas de arena municipales. Me quedaban los instantes de risa, de peleas con pistolas de agua. Pero ahora tenía esos cuerpos que ni se reían tras los porros. Esa gente que se mandaba pepas como si fuesen aspirinas; todo para que los vieran. Esto nos había quedado.

Meé en un árbol detrás de aquella casa. Los murmullos de la música explotaban contra mis oídos. Era un “beat” constante, un bajo que replicaba tras los strovers. Nadie oía nada. Al alzar la cabeza, vi las mariposas. Danzaban sobre el fondo negro, desfilando enmarañadas, revolcándose en sus propias telarañas. Se movían entre negros, algunos blancos, y, a veces, apuntaban hacia la luna. Bebí un poco más…y las ví, saltar sobre mis ojos, extraviarse detrás de mis pupilas. Recordé la casa. Los vi a todos ellos bailar, seguir, bailando. Quedaba menos gente. Un gato se asomaba tras los matorrales. Un perro alumbraba con sus pupilas la noche. Alguien gritaba desde algún sitio. El silencio se hizo carne; y caminaba desnudo sobre la piscina. Mis bolsillos vibraban. Las luces se refugiaban tras las pupilas, atizando cada recuerdo, cada nueva imagen que se posaba sobre el cuerpo.

Me quedé con las mariposas. Luego cogí un taxi. Las seguí viendo por el camino. Me decían que todo había cambiado; que ya no podía cazarlas. Me conformé con mí mismo. Me quedé con nada.

La danza de algún vivo.

duchamp1

Instantes
El instante en que se nace
Y al mismo tiempo se empieza a morir
No hay nada perfecto
La vida es así.

Instantes
Un ratón que camina entre mis piernas
El perro que ladra
Se levanta,
Luego vuelve a dormir
Y nada cambia
Todo sigue así
Y la vida 
Se escurre
Y se divierte
Sin mi.

Instantes
El sueño que desgasta
La sonrisa de ayer
Una botella de vodka 
Pimienta
Tragos largos,  sorbos cortos
Amigos,
Siguen vivos,
Pocos,
Cada día más curtidos
Y la pelea no termina
Y siempre pareciera
Estar por empezar.

Rostros cicatrizados
Una línea sobre mi ojo
Me golpeé a los tres años
La piel magullada y corroída
En las rodillas
Un cuerpo que sangra
La vida que no alcanza
Y el mañana ya no existe
No promete,
Y las marcas ya me marcan
Y no hay tiempo
Ni lugar
Ni momento
Ni gente
Para cambiar.

Para volver.

Para irse y nunca más volver
Y volver a lo que no se fue
Y arreglar algo
Levantarse ante los golpes
Hacer de la esperanza
Realidad.

Y no me calmo
Son esos instantes
Cortos, a veces calmos
En que el cuerpo se agita
Y se mira para arriba
Y en el techo no hay estrellas
Y no se tienen botellas
Y ya no se quiere a nadie
Y amarse a sí mismo es tan efímero
Como despertarse en la mañana
Y caminar ya duele
Y el perro me mira
Como quien dice,

“¿Qué nos queda?”

Y no hay nada.

Sólo queda un cuerpo
Desparramado
En su silencio.

Arañándose contra el silencio
Peleando contra los muertos
Jugando a sonreír.

Estos instantes
No tienen fin.