La guerra se está ganando.

Ejército

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- Gritaba un soldado de unos veinticinco años. Tal vez mayor, tal vez menor. Podría tener mi edad.

-Buenas, vengo a…

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- seguía gritando.

-Disculpe…- dije.

-No estorbe, siga la fila, fila derecha….

Me paré detrás de un señor con traje y corbata. Se le notaba agotado. El día era demasiado largo aún, y ya estaba cansado. Esto era la vida. Una fila a la derecha, unos papeles en la maleta, un paquete de galletas en el bolsillo, y nada más. Te quedas o te vas. Intenté hablar con otro soldado. Este parecía más joven. Era de la marina, lo supe por su escarapela. “Caballero”, decía la lengüeta que colgaba en su pecho.

-Disculpe, vengo a revisar un proceso disciplinario. Soy estudiante de la Universidad del…

-¿De dónde es estudiante?

-Del Rosario, Universidad del Rosario.

-¿A qué sección viene?

-Ministerio de Defensa.

-Haga la fila izquierda. Entregue todos los aparatos electrónicos que tenga antes de ingresar.

-Gracias- contesté.

Los de la Naval parecían más amables. Miraban a los ojos y prestaban atención. A diferencia de los miembros del Ejército Nacional, parecían más distendidos. Un poco más humanos. Su tiempo en el mar, usando gafas Ray Ban y pescando camarones de seguro los había suavizado. La vida les parecía sencilla. Una placa, condecoración, nada de trabajo. Poca guerrilla. Sobornos. Sobornos y más sobornos de todas las lanchas que escapaban a Centro América a dejar droga y seguir su rumbo a Estados Unidos. Estos tipos de seguro la pasaban bien. Se les notaba.

Avancé en la fila durante un buen rato. Tal vez dos horas. El sol caía espeso sobre la cara, y ya empezaba a sentirse el calor de la tarde sobre la chaqueta de cuero. Todos miraban hacia el suelo. Nadie quería subir la mirada. Esto era el ejército. Ser civil era ser un estorbo. El estorbo que les recriminaba a diario todos sus asesinatos. Personas dispuestas a ser disfrazadas y tiradas directo dentro de una fosa. Luego se diría que son guerrilleros. Guerrilleros peligrosos que han matado demasiados soldados. “La guerra se está ganando”, reza en todos los periódicos. Y los muertos se acumulan y la esperanza se pierde. No vamos para ningún lado. Colombia no va para ningún lado.

-Buenas, mire, vengo a la sección jurídica del…

-Entregue todo lo electrónico que tenga: Celular, USB, Ipod, computador, etc.

– ¿El celular también?- pregunté.

-¿Qué le dije? ¡También!

-Pero, venga, estoy esperando una llamada importante.

– ¡CELULARES TAMBIÉN!

– Mire, téngalo.

Le di el celular y me di la espalda. Ya habían pasado tres horas y ni siquiera había podido ingresar. ¿Qué era lo que tenía de especial este sitio? Los soldados marchaban de lado a lado. Todos alzaban la cabeza y miraban con zozobra a los que no fuesen uniformados. Se burlaban. Casi que se podía oír sus risas. No les importaba nada. Ya se les había olvidado la guerra. Todos eran gordos llenos de condecoraciones esperando a jubilarse. Gordos que vivían gracias a la sangre que se esparcía en los campos. Cerdos que poco les importaba el futuro, el presente; ni hablar del pasado. En un país donde morir es el refugio ante el dolor, los vivos siguen muertos y los muertos caminan a diario a sus trabajos. A nadie le importa lo que pasa. El futuro está en sobrevivir.

Entré después de mostrar mi identificación. “¿Qué era lo que me hacía tan peligroso?” me preguntaba a cada paso que daba. Ellos tenían las armas: Fusiles largos, cargados, entrenados para matar. Ellos eran los peligrosos. Y ellos son los que piden identificaciones. Las piden porque son la autoridad. Y a la autoridad hay que respetarla. Sino se respeta, se va preso y eso no es bueno. O se amanece muerto en Ocaña, disfrazado de guerrillero. La muerte no sería más que una medalla más en el prontuario de cualquier asesino “legal”. Y al otro día la prensa diría que soy uno de los hombres más peligrosos del país: Alto mando de las FARC, Lider del ELN. Y todos verán las noticias y serán felices.

La guerra se está ganando.

Odiaba no tener el teléfono. Mierda, sí que era útil en aquel sitio. Mis piernas se debilitaban con cada paso que daba más adentro de aquella oficina. Los militares pasaban a mi lado, cargando sus fusiles a paso rápido. Los Altos Mandos desenfundaban sus pistolas, se las mostraban entre ellos y sonreían. Todos estaban armados. Todos menos los civiles. Quise un Galil. Lo desee hasta que mis pasos se estrellaron con el temor. Estaba en Colombia. Estaba en un país donde el ejército tiene más poder que la gente. Y donde la gente le tiene miedo al ejército. Ellos tienen las armas. Nosotros el miedo. Y el miedo en Colombia es el motor de la vida. Se sale de casa con el, se vive con el, se muere con el. Se vive hasta el punto de olvidarlo todo y resignarse. Leer la prensa, agachar la cabeza, ir al trabajo. Empezar de nuevo. Empezar y morir de ceros. Y al otro día todo seguirá igual y nadie ni nada nunca va a cambiar.

Aquí se vive. Se muere, por igual.

-Disculpe, estoy buscando la oficina jurídica -le pregunté a otro soldado. Este parecía tener unos treinta años.

– ¿Oficina Jurídica?

-Sí, para allá voy.

– Piso tercero- contestó, y siguió caminando y saludando marcialmente a sus superiores.

Todo era bastante suntuoso. Sus ropas, sus oficinas. Todo reflejaba dinero. Y ellos lo sabían. Se enorgullecían de ello. En Colombia, los civiles se morían en la calle y a nadie le importaba. Siempre había más dinero para el Ejército. Siempre se podía subirle un poco más a los impuestos. Más vale tener a las ovejas gordas y contentas. A pesar de su gente. Por encima de su gente.

Al llegar a la oficina, una mujer de cabello teñido me habló. Era rubia. Tenía un tatuaje arriba de sus tetas. Parecía ser la zorra de algún militar. Todos la miraban con respeto. Casi con miedo. Estaba bastante bien. Muy bien para estar ahí. De seguro era la zorra de un militar…

-Buenas, mire, vengo buscando este caso- le dije, señalándole una hoja de papel donde tenía anotado el número del radicado.

– Ummm…Umm….Uff. Sí, ese lo llevo yo.

– Vengo a posesionarme, y a pedir las copias del proceso.

– Ok, firme aquí.

Esperé unas dos horas. Algunos militares pasaban cada tanto. Me veían con asco. El asco que se siente por la presa infecta. La presa que se pudre sin haberse comido. Me detestaban. Era un delincuente. Iba a la universidad. Ellos no, ellos eran mejores. Eran militares. Habían nacido para matar. Y nadie así puede pensar. ÓRDENES. ÓRDEN. Órdenes se escupían de todos los rincones: “Martínez, la solicitud”; “Comesaña, hable con mi general”; “Hernández, muévase, mire”…Y yo ahí. En medio de todo. TETAS. TETAS. Pensaba en las tetas de la rubia. Me las imaginé brincando, saltando. La veía sumisa. Demasiado sumisa. Como un militar ante un superior. Un Galil se asomaba ante mis ojos. Otro Galil. “Me van a matar”, pensé. Me van a matar. Me van a matar. Otro Galil. Me van a matar. ¿Dónde está mi Galil?, me van a matar. Me van a matar. Me van a matar.

Y el pensamiento se hilvanaba ante cada gota de sudor que se escurría por la garganta, por debajo de la chaqueta. Tenía miedo. Demasiado miedo. Esta gente podía torturarme toda una vida. Yo les pagaba para ello. Eso eran mis impuestos. Les pagaba para que se resolvieran una guerra en la que todos perdían, menos ellos. Ellos ganaban, ganaban todos los días. Vivían por ello. Mataban por ello.

Querían matarme.

Corrí. Cogí la carpeta, firmé y corrí. No sé si me despedí. Veía los fusiles bailar a mi lado. Corrí hasta que mi cuerpo se encontró con algo. Uniforme verde en el suelo. Miedo latente. Corrí. Salí. Gritos. Celular en una cesta. Coger. Corrí. Bus.

Me dolían las piernas. Sentía la garganta apretada. Algo estaba demasiado mal en todo esto. Todo estaba tan mal que había gente que entrenaban para matar.

Me bajé del bus enfrente de un supermercado. Unos ancianos compraban lo que parecía ser su almuerzo. Un niño señalaba dentro de una nevera. Quería una paleta. Todos parecían tan tranquilos, tan inofensivos. Todo parecía estar bien ahí. Así la gente se muriera en la selva. Así existiese el Ministerio de Defensa. Tranquilos. Compré una botella de aguardiente y salí de ahí.

Cerré con seguro. Nunca cerraba el apartamento con seguro. Pero hoy tenía que ser así. Podían venir. Tenían con qué venir y desaparecerme y todos estarían muy felices. Nadie se enteraría. La guerra se está ganando.

Me eché en la cama y bebí un trago. Me hice dos pajas. Otro trago. Al rato ya no recordaba nada. Las piernas aún temblaban.

Aún queda algo.

eunuco

De derecha a izquierda: Milton Valencia (Compañero de desgracia), Santiago Ramírez y Yo (Andrés Mauricio Cabrera).

Estaba ahí, en lo que era un día como cualquier otro. Siete de la mañana, sonido de la alarma, cagada rancia y semidormido. Baño sin refregarme lo suficiente. En especial los huevos. Café para despertarme, y espera por el bus. A las ocho en punto en la oficina.

– Cabrera- dijo la jefe del consultorio- ¿Ya presentó la demanda en el juzgado?

-¿Cuál, doctora?

-La del divorcio…-dijo mientras escarbaba unos papeles- El que era por mutuo acuerdo.

– ¿El de la señora Castro?

-Sí- respondió rápidamente- ese, o cualquiera. El del mutuo acuerdo.

Nunca se acordaba de los nombres. La gente eran pequeñas cifras que se escurrían en las estadísticas que se publicaban a final de año. Aquel era el consultorio que más consultas recibía entre todo el resto de universidades de la ciudad. Consultas mal llevadas, pero a la larga, el que más tenía. Parte de ir “Adelante en el tiempo” era acaparar. Acaparar, acaparar. Nunca dar nada. Mostrarse por encima del resto. A pesar del resto.

-Ehh..sí, es el de la señora Castro.

-Usted sabe que eso no me importa-contestó mientras lamía la punta de un lapicero- Lo que importa es llevar el caso.

– Está bien.

-Pero no me ha contestado…- replicó mientras veía mi expediente- ¿Ya llevó la demanda al juzgado?

-Pensaba ir ahora mismo.

-Tarde como siempre.

-Nunca es tarde para un juzgado colombiano.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ahora vuelvo.

Nunca era tarde. La justicia en Colombia estaba tan desarraigada que ni Nemqueteba (Dios Muisca de la justicia) ni Temis (Editorial de libros jurídicos) se sentían conformes en sus espacios. Todo era un asco. Ir a un juzgado era una experiencia de alto riesgo: No se sabía en qué momento un “colega” me robaría la billetera. O me dejaría sin casa. O jodería otra familia. Aquello era el patíbulo, y yo fungía de mensajero del más ramplón inquisidor.

Me dirigí allí con paso firme. No quería ver a ninguna parte. La garganta me quemaba, y el sudor se empezaba a escurrir por mi traje. La corbata era la cuerda que mantenía sujeto a todo ello: Aprisionado, desgastado. Sentía cómo la sangre hervía mientras cada pie se ponía en dirección a aquel sitio. Cada centímetro era una dosis pequeña de asco, de muerte lenta. Esto de ser un eunuco, vil practicante sin tarjeta profesional, era aún más nefasto que ser abogado. Al menos ellos tenían el privilegio de conocer las empanadas más grasosas de la ciudad.

-Disculpe- le dije a un tipo que estaba ahí sobre la calle- ¿Este es el Nemqueteba?- pregunté, señalando un edificio con cierto aspecto solemne.

-Jajaja, no, mire- contestó- es ese de ahí.

-¿Esa mierda?

-Esa misma, joven.

Era una porquería. Sabía que la justicia en Colombia era un invento, pero aquello era aún más risible: Un viejo edificio sostenido por mocos. Sus cimientos eran tan débiles como la “paz” o la “vida”, o demás derechos de mierda que se “respetan” en la “Constitución”. Y sí, como buen estudiante de derecho, en algún momento creí que los abogados eran gente decente, respetable. Me los imaginé en elegantes oficinas, con suntuosos trajes e ideales aún más grandes. Me los imaginé como en La Ley y El Orden, luchando contra los políticos corruptos. Me los imaginé intentando cambiar el estado de cosas nefasto que vivíamos. Pensé que aquellos vivían para buscar el bienestar de la comunidad. Eso pensé a los diecisiete años. A los veintidós, el paisaje era brutalmente contrario. Me encontraba en un ascensor que olía a mierda con pachulí, y la gente hablaba de la “carpintería” y “técnica” que se requería para llegar lejos en la profesión.

-¿Para cuál piso, joven?- me preguntó un viejo de corbata y bigote a lo Hitler.

– Diecisiete, por favor.

-Ah…va para donde el doctor González.

-Creo que sí.

-¿ No lo conoce?

-No…- contesté, mirando a una mujer acomodarse el escote para que se viese más abultado- De hecho, es la primera vez que vengo.

-Vea…pues lo más fácil es que le lleve una “cervecita”- contestó, con cierto tono servil y delincuencial que sólo un abogado podía conocer. Era como un sello en sus culos. La marca que debía mostrarse con más orgullo ante sus “colegas”.

– Jajaja, gracias, pero no.

-Créame…la va a necesitar.

Al bajarme, sentí un leve olor a mierda. Pero no era una mierda normal. Olía a MIERDA. Una especie de diarrea condensada tras el olor a alcohol y aceite para bebés. Aquello parecía más un campo de concentración para niños pequeños que una guardería. Tras unos vidrios, podían verse a diversos niños esperar a sus madres. Todos tenían esa cara que sólo se tiene en un juzgado: Cansancio, y más cansancio. Algo había mal en todo aquello. Los juguetes eran de colores, y pequeños televisores rompían el sonido de los pasos y las filas que se armaban para revisar la carpeta de notificaciones. Casi todos lloraban, buscando sin suerte a sus madres entre aquel tumulto de lascivos encorbatados y prostituidas secretarias. Los expedientes pasaban rodando en pequeños carritos de rodachines que golpeaban a la gente. Todos gritaban. Eso era el caos. Hobbes tuvo razón. El estado de naturaleza era el caos organizado. El estado de naturaleza era una jauría de abogados en un juzgado.

-¡Mamá! ¡Mamita!- gritaba un niño tras aquella jaula de cristal.

-¡Con permiso, con permiso, este es mi puesto!-gemía una abogada de abultadas tetas.

-¡Respete, malparido!- chillaba el que seguramente era el mejor abogado del piso.

Eso era la muerte. Todos contra todos. Todos con una gran cantidad de papeles untados de mierda en el maletín. Todos tenían maletín de cuero. El cuero caliente huele. Y huele al sudor acumulado. El sol penetraba por la ventana. Y la luz se refractaba contra los rostros de cada uno de los que allí hacían cola. Una mujer ponía sus tetas sobre mi espalda…calientes, calientes. Quería chuparlas. Quería romper ese escote. El imbécil de adelante restregaba su pene contra una gorda de falda. Todos contra todos. Un tipo gritaba las horas que llevaba allí parado. Yo no llevaba más de cinco minutos y ya estaba más adelante que el. Astucia. O más bien, insolencia. Insolencia y falta de cordura. Estar allí era de enfermos. El secretario del juzgado repartía los expedientes con la velocidad de un mandril entrenado a base de quemones de cigarrillo.  La vieja me seguía restregando las tetas, pero de seguro no quería tirar conmigo. Un hijo de puta hablaba de los mil procesos que llevaba. Todo era un asco. Mentira. Todo esto era la justa medida de lo que toda esta caterva de hijos de puta merecían. Esto era Colombia. Y nada más. Los niños gritaban. ¡Mamá! ¿Qué mierda hice para merecer esto? Y nadie se inmutaba. Llegó mi turno. El calor era insoportable. El aire se había hecho denso, cortante. Sentía mi nariz desprendida, desahuciada. El olor a colonia confulaba con el de la mierda de los niños para recrear el infierno.

“Dante no era colombiano. Dante era un hijo de puta italiano. Se la meneaba por Beatríz. Nunca conoció un juzgado. Dante no era colombiano…” repetía en mi cabeza con violencia. Sentí los ojos desviados. Las pupilas se habían derretido en el infierno. Unas tetas sobre mi espalda. El de enfrente meneándola contra un culo gordo.

-¿Qué necesita?

-Na..blr-contesté, viendo como se derretía- proceso 8475.

-Ya va- dijo el hijo de puta, sin inmutarse.

-¿Castro y Sánchez?

-Sí, mi-rrda. Ese.

-¿Qué le pasa?

– Nada.

Revisé lo más rápido que pude. No había nada. Una demanda que debía ser quemada. Un pedazo de papel que se le cagaría la vida a una pareja. El derecho en sí mismo. El mecanismo de regulación de la estupidez humana. Por y para la estupidez humana. Un discurso hecho dominación. Abolición. No había dignidad en eso. Se separarían, y todo sería una farsa. Aún se querían, yo lo sabía. Todo era por el dinero. Por esa mierda que se cambia en un supermercado. El papel higiénico de los bancos. Esto era justicia: Justa medida, inequidad.

BLRIUTYT/BURBHG/Los sonidos de la justicia.

-¿Qué putas le pasa?

– ¡Ajj, malparido! ¡Era mi traje Arturo Calle!

-¡No podré volver a la oficina!

Todos gritaban. Eso era el caos. El vómito era el desecho de mi alma. Estaba muerto. Pero al menos me les había cagado el día. Todo allí estaba mal. Todo merecía ser quemado. Eso, el consultorio, sus eunucos, los abogados. Pensar que los derechos duran hasta que el papel se extingue. Aquel edificio, lleno de grafitis y de papeles viejos, era el nido de la más alta “alcurnia” de hijos de puta que el país tenía. Casi todos nuestros presidentes habían sido abogados. Todo tenía sentido. La incoherencia tiene sentido, si se le ve a los ojos. Vomité, vomité hasta que mis intestinos implosionaron.

Al salir, vi mis zapatos manchados de vómito. Aún quedaba mucho de “Motley”: Aún debía vomitar más. Giré a la derecha, y en la esquina, recordé que no había conocido al juez. “Nunca le llevaré la cerveza, de eso estoy seguro”, pensé, mientras me quitaba la corbata.

Aceptación.

colegio

I

Pateaba un balón. Lo pateaba contra un muro, y aquel se devolvía. Era una de esas viejas pelotas Mikasa, de rombos negros y blancos. La mía ya no era ni blanca, ni negra. Era de un gris sucio, percudido por el roce con el pavimento. En ciertas zonas, una seña negra o roja se asomaba, como una ráfaga de fuerza impregnada en la esfera. De seguro eran las marcas del zapato.

Estaba solo. Y golpeaba aquel balón en medio de una cancha sin un alma para tirar un pase, o hacer una jugada. No era muy bueno. Nadie juega con los que no son buenos. Por aquel entonces, estaba empezando a comprender que la aceptación dependía de algo externo a mí: La gente. Lo que siempre había ignorado en mi pequeña burbuja de dibujos animados y comida chatarra me reclamaba su entendimiento. Me costó. Mucho. Me costó mucho más de lo que creí.

Por aquel entonces, acababa de ingresar a un colegio de curas del Opus Dei. La disciplina era absoluta, y mis compañeros eran viejos amigos del jardín. Yo había sido el infiltrado, el engendro que había ingresado en la probeta para infectarlo todo. Mi principal había sido llegar en cuarto de primaria a un colegio en el que todos ya eran amigos.

-¡Buenos días!- dijo el profesor, un tipo moreno y bajito, de peinado militar- Saluden a Andrés, su nuevo compañero de salón.

– ¡Hola!- gritaron todos con desgano. Un grito flojo, mañanero, adormecido.

– Hola…- contesté, mirando para el suelo.

– Espero lo traten muy bien…- dijo el profesor- Viene de un colegio más suave, más sencillo…necesita de su ayuda y amistad.

Mientras caminaba, todos aquellos niños de ojos saltones y mirada segura me examinaban de los pies a la cabeza. Algo en mí les causaba una sensación de asco e indecisión. La lástima era el componente principal del cóctel de emociones que se depositaba tras las pupilas de aquella jauría. Me había tocado avanzar hacia una silla ubicada en la última fila del salón, en toda la esquina junto a los casilleros. En el recorrido, ojos desafiantes se mantenían ante mi mirada inquieta. Bajé la cabeza. Sentí náuseas. Algo en aquel sitio no estaba bien. Me senté junto a un pálido niño de brackets rojos y mirada desorbitada. Mientras me acomodaba la maleta, aquel me abordó:

-¿Qué hay, nuevo?- me dijo con una sonrisa maliciosa.

– Bien…mucho gusto, Andrés- contesté.

– Ya nos dijeron. Tú mismo lo dijiste. ¿Acaso eres imbécil?- preguntó, haciendo especial énfasis en la última palabra.

Imbécil. Imbécil. Una de las tantas palabras mágicas que marcarían mi desgano.

– Sí, bueno…disculpa- dije mientras sacaba un cuaderno de la maleta.

– ¿Un cuaderno de los motorratones?- dijo mientras llamaba con señas al resto de niños- ¿Naciste el siglo pasado? ¡Esa mierda la veía mi hermano de veintitrés años!.

– Me gustan…- contesté, intentando mantenerle la mirada al tipo-los vi de pequeño con mi hermano.

PUM/PUM/Bienvenido a la vida.

– ¿Eres un mariquita, no?- exclamó mientras se revisaba los nudillos- ¡Párate, mariquita, párate, aquí no tienes hermanito que te salve el culo!

Los golpes habían sido secos. Duros. Directos a la oreja izquierda. Perdí el equilibrio. Caí. No los vi venir. El tipo había sido rápido. Era casi de mi estatura, pero el doble de rápido. Intenté pararme, pero el golpe me había dejado aturdido. Volví a caer. Sentí el peso de todo el cuerpo atornillarse a mis rodillas. Temblaba. Temblaba mucho, y aquellos niños se reían. Se reían y no paraban. Yo era el nuevo. El imbécil. Un mariquita incapaz de asestar un golpe, de restablecerse y salir a tumbar al otro al suelo y clavarle unos buenos directos al rostro. Aquello era la vida, el primer encuentro. La salida de la burbuja era una jauría de infelices escupiéndome en la cara.

II

Al cabo de un rato, me levanté con algunos problemas. Sentía que mi oreja implosionaría en cualquier momento. El golpe me había rozado parte de la cara, y ya empezaba a sentir la hinchazón por el lado de la mejilla y los labios. Pero eso no me dolía. Al menos no tanto. Más me ardía mi dignidad, y la impotencia. En efecto, era un mariquita. Sí, era un imbécil. No, no debía confiar en nadie. Sí, la gente no era buena. Había que andar con cuidado. ¿En dónde mierda me había metido?

¿Dónde carajos estaba?

La pregunta era fácil, su respuesta aún más. Mientras me limpiaba un poco de sangre que me brotaba de la oreja, un tipo de ojos verdes y cabello rubio me habló. Era mucho más alto que yo, y por algún motivo sonreía. Sonreía, como si fuésemos amigos.

– Tranquilo… así es al comienzo- me dijo mientras me estiraba una mano para apoyarme- luego ya te dejarán tranquilo.

– Sí, bueno…no esperé que algo así me pasara el primer día.

– Me llamo Daniel.

– Andrés, aunque creo que es imbécil que te lo repita.

Daniel fue mi primer amigo. Era un buen tipo. De los mejores del curso, pero también un seis excelente en la cancha de fútbol. Yo no era muy bueno, por aquel entonces jugaba de delantero y no podía hacerle un gol siquiera al arco iris  Pero Daniel me aguantaba. Me tiraba algunos pases en los descansos, antes de que los demás niños lo invitasen a jugar un partidito de microfútbol. Aquel era el adiós  y yo volvía a aquella vieja cafetería en la colina. Los veía jugar. Reían. Reían tan alto que sentía que los huesos se me quebraban por dentro. Estaban cerca, pero muy lejos. Eran parte de algo en lo que yo era un extraño, un infiltrado que buscaba entrar a golpes a un ring sin contrincante. El espectáculo estaba dado, y ya los espectadores conocían la obra. La comentaban fuerte, se reían. El comediante gritaba. Nadie escuchaba. El comediante era el imbécil que los miraba jugar desde la cafetería de la colina.

En algunas ocasiones, intenté acercarme, eso sí, siempre detrás de Daniel. José, el dueño de la pelota, saludaba a Daniel con un rápido movimiento de mano, y le decía que eligiese los equipos. Más de una vez, Daniel preguntó si yo podía jugar:

– Muchachos, nos falta uno para completar los dos equipos.

– Sí…pero no parece haber nadie- contestó José, viéndome mientras hacia algunas jugadas con la pelota.

– Invitemos a Andrés- aseguraba Daniel, viendo los rostros incrédulos de todos- al menos así estamos todos completos.

– ¿Andrés? ¿De verdad crees que voy a dejar que ese maricón le pegue a mi balón?- contestó José.

– Vamos… el tipo es buena gente, no se mete con ustedes.

– No, ninguno de nosotros juega con maricas. ¿Cierto, muchachos?.

-¡Sí!- contestaron algunos en coro.

– Dejen al nuevo solo…que juegue con el pasto de la cafetería- dijo un tipo de gafas y acné percudido por toda la cara.

Dejen al nuevo solo
Déjenlo
La mierda
Se deja 
Sola
Nadie la toca.

Sólo el que la tiene
En el culo
Atiborrada.

Ese día hacía un sol genial. Me había alistado para jugar, y por ello me había puesto los tenis Nike. Pero el sol se esconde cuando en lo oscuro se vive. Puto Opus Dei. Putos compañeros de mierda. No culpaba a Daniel, era un amigo. Pero jugar con el mismo imbécil todo el rato, a menos que seas marica, es desesperante. Fue en ese instante donde vi la biblioteca. En realidad, aquello era tan sólo un pequeño cuarto con algunos libros.

-¿Qué buscas?- me preguntó un viejo que esculcaba una repisa.

-Nada…no tengo qué hacer- contesté.

– ¿Te gusta leer?.

-No, o bueno, no sé.

– Mira…este te puede gustar.

En ese instante, el viejo subió a un butaco pequeño, desde donde me alcanzó una historieta de Ásterix y Óbelix. Me entretuve con los dibujos, y aunque era mucho mejor patear el balón, aquel instante hizo que el tiempo se desvaneciera sin necesidad de un minutero. La aguja se había extraviado en algún sucio rincón de aquel sitio. Sólo estaba Ásterix. Óbelix. Sólo habían un par de amigos, y bueno, estos no se irían al primer llamado a la cancha de microfútbol.

La soledad consiste en el hecho de observar y ver manchas. Percibir a la gente desde su misma animalidad: Pesados, descompuestos, extraviados. Soledad es estar en un sitio donde sólo se causa asco. Soledad es mirar para el techo para no escuchar, para perderse de los gritos y de las demás señas que el mundo agita ante los ojos. Estar solo es aprender a depender de sí mismo. Eso es lo que era.

Me levanté, y miré el reloj: 10:00 Am. Ya era hora de volver a clase.

III

La siguiente clase era la de Educación Física. El profesor era un viejo gordo, con aspecto cervecero y todo menos atlético. La gente se quitaba la sudadera y se quedaba en pantaloneta. Todos reían, comentaban algo acerca de una falta que había sido penal en el partido del descanso. Nadie sabía que yo estaba allí, o si lo sabían, les importaba un culo.

-¡Jóvenes, hagan chichí, popó, y nos vemos en la cancha!- gritó aquel viejo.

– ¡Síiiii!- gritaron todos.

Me alisté, y salí detrás del resto. Estaba asustado. O no, tal vez no era eso. Sentía un hormigueo extraño en el estómago. Sentía que era fuerte, que tal vez algo pasaría. No sabía qué, pero aquello me motivaba. También me asustaba. Sabía que sería un intento: 50-50. Si no era ahora, nunca sería aceptado. Los golpes serían diarios. Sería un marica. Nunca me respetarían. Ignorado, ignorado.

Ignorado.

– Daniel, Bernardo- dijo el viejo regordete- escojan equipos.

– ¿Quién elige primero?- preguntó Bernardo.

– Usted, dele- contestó Daniel.

– Listo…- dijo mientras su mirada recorría la cara de todos- Escojo a Iván.

– Miguel.

– José.

– David.

Y el décimo sería: Andrés. El último. Bernardo me había escogido.

-Nuevo…serás arquero, métele huevos- me dijo, viéndome a los ojos con una sonrisa.

– Nunca he tapado. Soy delantero.

– Eres una mierda, nuevo, no eres nadie. Serás arquero, y métele huevos, que ya sabemos que eres un marica.

Me planté. No tenía guantes. La pelota parecía de cuero de vaca: áspera, pesada, cuarteada. Me rajaría las manos. No importaba. Esos hijos de puta no me dejarían tranquilo si no hacía algo para que me respetasen. Cada partido era de cinco minutos: tres equipos. Treinta minutos de fútbol. Si ganábamos, tendríamos la posibilidad de ser los reyes de la cancha, y continuar contra otro de los equipos de Daniel. Podían cambiarme. Tenía que taparlas…tenía qu–

-¡GOOOOL HIJUEPUTA!- gritó José, segundos después de empezar el partido.

-¡Mierda nuevo, pendiente, que si nos hacen otro nos sacan!- gritó Bernardo.

-¡Está bien!- dije, enfocándome en el balón.

Seguía la pelota. La seguía como un perro tras el hueso. Como un vagabundo tras un porro. La seguía sin pestañear, me movía rápidamente, acomodándome, previendo posibles disparos. Algo fluía. Algo parecía ir bien..

-¡Se fue, nuevo, cógela!- dijo David.

Me estiré, mis pies volaron del piso en un leve salto. El sol me rastreaba las pupilas, me calcinaba la cabeza. No vi nada. Intuía que iría hacia aquel lado. Estiré los brazos.

Plaj/Tuc/¡BUEEEEENA!/El sonido de la aceptación.

La había sacado. El balón había ido hacia un lado, esquinado. Mi mano lo había tirado al corner. Sonreí. Sonreí mirando al cielo. Sonreí viendo al sol, veía luz, y un punto oscuro en el centro. Dios era el hueco del culo en medio del firmamento, ¿Cuándo cagaría otro meteorito?.

-¡Bieen nuevo, bien, la hiciste!- me dijo Bernardo, mientras me golpeaba un hombro.

Los otros me miraban. Confusos, extraños al momento. Algunos sonreían, pero les incomodaba verme contento.

-Fue suerte.

– Sí, pura suerte.

-Ya mañana será el mismo maricón de siempre.

Y sí, puede que hubiese sido suerte. Pero desde ese día, me le tiré a todos los balones. A todos los golpes. A todos los escupitajos. Me lancé a la deriva, asesté unos golpes. Siempre terminaba vapuleado. Pero al menos, después de todo, algunos me miraban diferente. Casi todos con  desprecio, asco, odio. Algunos pocos, con respeto. Y aquellos fueron mis amigos. Los que aún hoy mantengo quince años después.

Golpear, ser golpeado, perder…perder, caer, volver, estar de pie.

Bogotá, 8 de marzo de 2013.