La historia de Juan.

Llevaba caminando unas cuantas calles y aún no hallaba la dirección. Según Miguel, llegar allí era sencillo: dos cuadras a la derecha, luego una a la izquierda y después vería un restaurante japonés. Pero eso no era importante, el lugar era lo de menos y había una pregunta que se había incrustado en mi cabeza como la arena se cuela en los dedos: estorbosa, demasiado áspera.

“¿Qué mierda pasó?” me preguntaba mientras mis ojos buscaban un sitio que no existía; tal vez aún, tal vez nunca. De repente, sentí una leve sacudida: intempestiva, rápida, cortante. Sentía la garganta forrada en cuchillos y ante las palabras casi que veía brotar la sangre. Me vi cansado y decidí sentarme en una banca que vi a unos dos metros.

Cerré los ojos. Las náuseas se habían asomado a una garganta corroída por alguna mierda que no entendía muy bien, pero que se sentía en lo más hondo.

Pip/tun,tun/Track. El sonido de los pasos sobre el asfalto.

– ¿Qué haces ahí?- preguntó aquella que juré no volver a ver, y que se asomaba sin mayor desencanto frente a mí.

– Nada… me sentí un poco cansado, ya sabes…- dije intentando simular calma.

– Pero… no entiendo nada, fue todo tan intempestivo…-.

– ¿Te refieres a Juan?- pregunté, sintiendo la rabia.

Puta rabia/pobre Juan/¡vida de mierda!/Golfa asquerosa. Pensamientos intempestivos de un imbécil por la tarde.

Lo de Juan había sido repentino. Nunca nos imaginamos verle muerto, menos por su propia mano. Según Miguel, aquel llevaba varios días sin salir del cuarto. Al comienzo, el aroma era dulce, cargado; pero luego se hizo insostenible: amargo, nauseabundo. Miguel pensaba que Juan había vuelto a sus “tardes de película” y que por ello se había forrado unos cuantos porros mientras los fotogramas se deslizaban en la retina en consonancia con la velocidad de la adormidera. Pero luego el olor cambió, y con ello la determinación de Miguel:

– ¡Puta vida hermano!- me dijo aquel 23 de enero bajo una bocina desgastada por el tiempo.

– ¿Qué fue, mierda?-.

– Miguel no abre la puta puerta. Lleva encerrado varios días ahí y nada…-.

– Pues ábrela, imbécil. Igual debe andar en boxers con el televisor en algún canal muerto. Ya sabes que le encanta fumarse sus cuantos viendo “las estrellas” en la pantalla-.

-¡Eso creí, pero carajo! ¡no ha salido ya como en tres días y le golpeo y no dice una puta mierda!-.

– ¡Mierda, voy para allá!-…

Tun/Tun/Tun/ Las intermitencias de la muerte. ¿O del muerto?.

Recuerdo aquella conversación completamente. Juan se había ido y poco nos quedaba. “¡Puta jeringa! ¡Puto mundo lleno de mierda!” pensé al ver su cuerpo subyugado a la aguja, a la tentación de un pasaje rápido por el paraíso. Un momento de placer, lejos de toda la mierda.

Lejos de la hija de puta de María.

Y allí estaba aquella, con su sonrisa maliciosa y cabello rubio suelto. Demasiado distendida como para ser sí misma, demasiado alegre como para seguir en este mundo. Bastante tranquila para estar sentada junto a mí en esa banca. Ella lo sabía, había sido culpable. Ambos lo éramos. Lo recordábamos cada vez que veíamos a Miguel, cada vez que caminábamos cerca al garaje de Pussy-Conspiracy, cada vez que sentíamos la cabeza contra la almohada y nuestra consciencia nos recordaba lo bastardos que éramos. Un par de hijos de puta que habían tirado a un imbécil a la desesperación. Lo recordaba todo ¡mierda, mierda!..

– Sí… tú sabes que Juan lo era todo para mí- contestó la hija de perra mientras mandaba un mensaje de texto.

– ¿Y lo dices mientras escribes cualquier mierda ahí?- le contesté irritado. Quería irme… ¿qué carajos estaba haciendo Miguel?

– No es eso… ya sabes que no puedo decirlo mirándote a los ojos- exclamó mientras guardaba el teléfono en la cartera.

– Jajajaja, ¡ahora te importa! ¡ahora, cuando anda bien muerto!- dije tras una risa nerviosa que se colaba intermitente entre las palabras.

– No es eso, Andrés. Tú sabes que siempre lo quise…lo que ocurrió entre ambos fue un error. No debí hacerlo, tú tampoco… lo sabes-.

– ¿Ahora lloras? ¿Ahora vienes a culparnos? JAJAJAJAJAJA. ¡FUISTE TÚ, PERRA DE MIERDA! ¡NO SÓLO CONMIGO, CON TODA SU PUTA BANDA! ¡CON TODOS LOS HIJOS DE LA GRAN PUTA DE PUSSY-CONSPIRACY!-.

– ¡No digas cosas que no sabes! ¡eso fue un rumor, nunca se comprobó nada…!-dijo tras sacar nuevamente su teléfono. La muy puta.

Trr/Tata/Puj/ Lamentos machacados tras las teclas de un teléfono.

– Lo sé, todos lo dijeron. Rafael y Guillermo lo aseguraron. Ambos me contaron toda la mierda que le hiciste: las orgías con esos hijos de puta, los condones que le robabas de la billetera, las veces que le pedías dinero asegurando “no estar al día con el arriendo” para revolcarte en licor con esos imbéciles. ¡Sus amigos, su banda, su puta vida! ¿Y ahora yo también debo sentirme igual que tú? ¡Bajj!

Trajj/Plajj/El sonido de una palma abierta sobre la mejilla.

– ¡IMBÉCIL!- chilló mientras lanzaba arañazos al aire. Al verla, sentía la rabia tras el golpe, pero había algo que me causaba ternura…

– Jajajaja, ¡ahora sí jugamos a tu forma!- dije mientras me abalanzaba sobre su cuerpo. Forcejeaba con fuerza, pero al tocar sus tetas y apretarlas bajo el temblor del brazo sentí una calma extraña: rabiosa, desencantada.

Sabía lo que tenía que hacer.

– ¡Ahh si! ¡Eso si te gusta, golfa de mierda!- gritaba en medio de aquella banca, en el cemento. En un cuadro cualquiera de esa ciudad de mierda.

– ¡Pero cálmate! ¡tranquilo!… sabía que era eso- contestó con cierta mueca de placer en el rostro.

– ¿Qué cosa?-.

– Juan no importa. Te duele verme con más gente…eres un hijo de puta, un envidioso, un…-

Pum/Track/Crrjjjj/ Knockout.

– Ya me hacía falta sentir eso…- dijo aquella de ojos azules, demasiado azules. Sus pupilas se dilataban tras una sonrisa que me hacía sentir más calma.

– Podemos seguirlo en tu casa, si quieres- contestó un hijo de puta que había encontrado en aquella boca la tranquilidad que le había sido esquiva tras el disfraz de una muerte que poco había repercutido.

– Está bien…siempre podremos empezar. Siempre hay un amanecer después de rabiar-.

Y caminamos, y en mis pasos se dibujaban los trazos de los días pasados bajo nuevos colores. Las acuarelas de los días se esfumaban tras nuevos tonos que invadían la aparente historia que sucedía, que no terminaba, que en su línea poco a poco se volvía a identificar con nuevos símbolos: con otra realidad.

“Siempre habrá calma… siempre podré ser feliz entre mi puta oscuridad. Me encontraré tranquilo oliendo los vapores de mi rancia humanidad”. Repetía aquello mientras caminaba, sintiendo las palabras con cada paso que se anunciaba. Estaba vivo: había aceptado el asco de ser yo mismo.

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Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.