La guerra se está ganando.

Ejército

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- Gritaba un soldado de unos veinticinco años. Tal vez mayor, tal vez menor. Podría tener mi edad.

-Buenas, vengo a…

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- seguía gritando.

-Disculpe…- dije.

-No estorbe, siga la fila, fila derecha….

Me paré detrás de un señor con traje y corbata. Se le notaba agotado. El día era demasiado largo aún, y ya estaba cansado. Esto era la vida. Una fila a la derecha, unos papeles en la maleta, un paquete de galletas en el bolsillo, y nada más. Te quedas o te vas. Intenté hablar con otro soldado. Este parecía más joven. Era de la marina, lo supe por su escarapela. “Caballero”, decía la lengüeta que colgaba en su pecho.

-Disculpe, vengo a revisar un proceso disciplinario. Soy estudiante de la Universidad del…

-¿De dónde es estudiante?

-Del Rosario, Universidad del Rosario.

-¿A qué sección viene?

-Ministerio de Defensa.

-Haga la fila izquierda. Entregue todos los aparatos electrónicos que tenga antes de ingresar.

-Gracias- contesté.

Los de la Naval parecían más amables. Miraban a los ojos y prestaban atención. A diferencia de los miembros del Ejército Nacional, parecían más distendidos. Un poco más humanos. Su tiempo en el mar, usando gafas Ray Ban y pescando camarones de seguro los había suavizado. La vida les parecía sencilla. Una placa, condecoración, nada de trabajo. Poca guerrilla. Sobornos. Sobornos y más sobornos de todas las lanchas que escapaban a Centro América a dejar droga y seguir su rumbo a Estados Unidos. Estos tipos de seguro la pasaban bien. Se les notaba.

Avancé en la fila durante un buen rato. Tal vez dos horas. El sol caía espeso sobre la cara, y ya empezaba a sentirse el calor de la tarde sobre la chaqueta de cuero. Todos miraban hacia el suelo. Nadie quería subir la mirada. Esto era el ejército. Ser civil era ser un estorbo. El estorbo que les recriminaba a diario todos sus asesinatos. Personas dispuestas a ser disfrazadas y tiradas directo dentro de una fosa. Luego se diría que son guerrilleros. Guerrilleros peligrosos que han matado demasiados soldados. “La guerra se está ganando”, reza en todos los periódicos. Y los muertos se acumulan y la esperanza se pierde. No vamos para ningún lado. Colombia no va para ningún lado.

-Buenas, mire, vengo a la sección jurídica del…

-Entregue todo lo electrónico que tenga: Celular, USB, Ipod, computador, etc.

– ¿El celular también?- pregunté.

-¿Qué le dije? ¡También!

-Pero, venga, estoy esperando una llamada importante.

– ¡CELULARES TAMBIÉN!

– Mire, téngalo.

Le di el celular y me di la espalda. Ya habían pasado tres horas y ni siquiera había podido ingresar. ¿Qué era lo que tenía de especial este sitio? Los soldados marchaban de lado a lado. Todos alzaban la cabeza y miraban con zozobra a los que no fuesen uniformados. Se burlaban. Casi que se podía oír sus risas. No les importaba nada. Ya se les había olvidado la guerra. Todos eran gordos llenos de condecoraciones esperando a jubilarse. Gordos que vivían gracias a la sangre que se esparcía en los campos. Cerdos que poco les importaba el futuro, el presente; ni hablar del pasado. En un país donde morir es el refugio ante el dolor, los vivos siguen muertos y los muertos caminan a diario a sus trabajos. A nadie le importa lo que pasa. El futuro está en sobrevivir.

Entré después de mostrar mi identificación. “¿Qué era lo que me hacía tan peligroso?” me preguntaba a cada paso que daba. Ellos tenían las armas: Fusiles largos, cargados, entrenados para matar. Ellos eran los peligrosos. Y ellos son los que piden identificaciones. Las piden porque son la autoridad. Y a la autoridad hay que respetarla. Sino se respeta, se va preso y eso no es bueno. O se amanece muerto en Ocaña, disfrazado de guerrillero. La muerte no sería más que una medalla más en el prontuario de cualquier asesino “legal”. Y al otro día la prensa diría que soy uno de los hombres más peligrosos del país: Alto mando de las FARC, Lider del ELN. Y todos verán las noticias y serán felices.

La guerra se está ganando.

Odiaba no tener el teléfono. Mierda, sí que era útil en aquel sitio. Mis piernas se debilitaban con cada paso que daba más adentro de aquella oficina. Los militares pasaban a mi lado, cargando sus fusiles a paso rápido. Los Altos Mandos desenfundaban sus pistolas, se las mostraban entre ellos y sonreían. Todos estaban armados. Todos menos los civiles. Quise un Galil. Lo desee hasta que mis pasos se estrellaron con el temor. Estaba en Colombia. Estaba en un país donde el ejército tiene más poder que la gente. Y donde la gente le tiene miedo al ejército. Ellos tienen las armas. Nosotros el miedo. Y el miedo en Colombia es el motor de la vida. Se sale de casa con el, se vive con el, se muere con el. Se vive hasta el punto de olvidarlo todo y resignarse. Leer la prensa, agachar la cabeza, ir al trabajo. Empezar de nuevo. Empezar y morir de ceros. Y al otro día todo seguirá igual y nadie ni nada nunca va a cambiar.

Aquí se vive. Se muere, por igual.

-Disculpe, estoy buscando la oficina jurídica -le pregunté a otro soldado. Este parecía tener unos treinta años.

– ¿Oficina Jurídica?

-Sí, para allá voy.

– Piso tercero- contestó, y siguió caminando y saludando marcialmente a sus superiores.

Todo era bastante suntuoso. Sus ropas, sus oficinas. Todo reflejaba dinero. Y ellos lo sabían. Se enorgullecían de ello. En Colombia, los civiles se morían en la calle y a nadie le importaba. Siempre había más dinero para el Ejército. Siempre se podía subirle un poco más a los impuestos. Más vale tener a las ovejas gordas y contentas. A pesar de su gente. Por encima de su gente.

Al llegar a la oficina, una mujer de cabello teñido me habló. Era rubia. Tenía un tatuaje arriba de sus tetas. Parecía ser la zorra de algún militar. Todos la miraban con respeto. Casi con miedo. Estaba bastante bien. Muy bien para estar ahí. De seguro era la zorra de un militar…

-Buenas, mire, vengo buscando este caso- le dije, señalándole una hoja de papel donde tenía anotado el número del radicado.

– Ummm…Umm….Uff. Sí, ese lo llevo yo.

– Vengo a posesionarme, y a pedir las copias del proceso.

– Ok, firme aquí.

Esperé unas dos horas. Algunos militares pasaban cada tanto. Me veían con asco. El asco que se siente por la presa infecta. La presa que se pudre sin haberse comido. Me detestaban. Era un delincuente. Iba a la universidad. Ellos no, ellos eran mejores. Eran militares. Habían nacido para matar. Y nadie así puede pensar. ÓRDENES. ÓRDEN. Órdenes se escupían de todos los rincones: “Martínez, la solicitud”; “Comesaña, hable con mi general”; “Hernández, muévase, mire”…Y yo ahí. En medio de todo. TETAS. TETAS. Pensaba en las tetas de la rubia. Me las imaginé brincando, saltando. La veía sumisa. Demasiado sumisa. Como un militar ante un superior. Un Galil se asomaba ante mis ojos. Otro Galil. “Me van a matar”, pensé. Me van a matar. Me van a matar. Otro Galil. Me van a matar. ¿Dónde está mi Galil?, me van a matar. Me van a matar. Me van a matar.

Y el pensamiento se hilvanaba ante cada gota de sudor que se escurría por la garganta, por debajo de la chaqueta. Tenía miedo. Demasiado miedo. Esta gente podía torturarme toda una vida. Yo les pagaba para ello. Eso eran mis impuestos. Les pagaba para que se resolvieran una guerra en la que todos perdían, menos ellos. Ellos ganaban, ganaban todos los días. Vivían por ello. Mataban por ello.

Querían matarme.

Corrí. Cogí la carpeta, firmé y corrí. No sé si me despedí. Veía los fusiles bailar a mi lado. Corrí hasta que mi cuerpo se encontró con algo. Uniforme verde en el suelo. Miedo latente. Corrí. Salí. Gritos. Celular en una cesta. Coger. Corrí. Bus.

Me dolían las piernas. Sentía la garganta apretada. Algo estaba demasiado mal en todo esto. Todo estaba tan mal que había gente que entrenaban para matar.

Me bajé del bus enfrente de un supermercado. Unos ancianos compraban lo que parecía ser su almuerzo. Un niño señalaba dentro de una nevera. Quería una paleta. Todos parecían tan tranquilos, tan inofensivos. Todo parecía estar bien ahí. Así la gente se muriera en la selva. Así existiese el Ministerio de Defensa. Tranquilos. Compré una botella de aguardiente y salí de ahí.

Cerré con seguro. Nunca cerraba el apartamento con seguro. Pero hoy tenía que ser así. Podían venir. Tenían con qué venir y desaparecerme y todos estarían muy felices. Nadie se enteraría. La guerra se está ganando.

Me eché en la cama y bebí un trago. Me hice dos pajas. Otro trago. Al rato ya no recordaba nada. Las piernas aún temblaban.

Delirios, perdidos, jodidos.

Luces prendidas
Están perdidas
Las personas
Están idas
Las veo entre la maraña
En la telaraña quebrada
De los sueños, mucha rabia.

Mucha rabia y poca calma
Luces prendidas, sonrisas extraviadas
En un cuarto la gente se pierde
Tras una persiana mujeres se maquillan
Hombres tiran tragos al suelo
Quiebran la mirada
Rezagos de lunas marchitas
Que en algún momento
Fueron luz que guiaba el trayecto.

Y las farolas alumbran la nada
Las ratas las calles acompañan
Y la gente está extraviada
Miran por la ventana, no ven nada
Acarician la brisa con desdicha
“Está frío, estoy perdido” dice un tipo
De saco rojo y pijama de rayas
Que se asoma enfrente, que no quiere su presente
Fuma un cigarrillo, baja la cabeza
Desvía la mirada, no quiere mis ojos
Son bastante sosos, tristes, directos
Cargados de negro y apagados
La luz se quiebra, se difiere en un instante
Difuminada en la mirada
Cierro la ventana, bajo la persiana
No quiero nada, agacho la mirada
Prendo la TV, nada suena
Cierro los ojos, perdido en mi naufragio
Nadando en el día, sembrado en la noche
Me roe el miedo, me carcomen los reproches

¿Qué hice hoy? ¿Para dónde voy?
¿Qué hice hoy? ¿Dentro muerto, afuera perdido?
¿Dentro muerto? ¿Afuera marchito?
Lo repito mientras pienso, que detrás de todo:

La gente tiene miedo, la gente se retuerce
La gente roe, la gente miente
La gente es un invento, la gente es un jean desgastado en la vitrina
La gente es una enfermedad, la gente es la cura contra la humanidad
La gente es un incienso quemado tras un polvo mal echado
La gente es la mentira más grande de la estantería
Productos de su propia creación, benditos por su nombre
Son dioses en el infierno de las luces,
Y ahora con miedo, mañana con rabia
Mañana extraviado, hoy bien jodido
Soy gente, soy otro disfraz
Y ya conocen mi antifaz…

Ya conocen mi antifaz.

Estoy anclado, me vieron el rostro
No hay máscara que valga, será tragarme las palabras
Sinceridad es hablar sin pensar en el mañana
Sincero es el que ahora tiene miedo por lo que va a pasar
Son muchos, son todos
Son ratas, son mierda encerrada
Mierda tras las paredes, tras la tranquilidad de las ventanas
Vidrio que se rompe, vidas desahuciadas
Cuerpos que caminan, beben leche desde sus camas…

Bebo otro trago, me quemo tras vodka barato
Entra trancado, estoy llorando
¡MIERDA, BORRACHO!
¡MIERDA, BORRACHO!
NO TENGO UN AMIGO, AL MENOS NO CERCA
No tengo un amigo, al menos estoy lejos
De la gente, de las desgracias
Bebo otra copa, ya será mañana…

Me entrego a otra cerveza, ¡Puta arrogancia!
Que entre la gente, no hay cobija que valga
Que entre la gente, no hay loción que diga
“Mañana todo encaja, el futuro es sólo otro invento”
El futuro son varias pajas a Jenna Jameson
El futuro es otra mierda que no he pagado
Que me tiene embargado, y las facturas me tendrán cagado:

Cuando decida salir, cuando quiera escapar
Resurgir entre las cloacas, alzarme en mis alas
Quebrar la luz que me azota y me incita a quedarme de bruces al mundo
Sentir el beso del moribundo, sonreír sin tapujos
Abrazarlos a todos, los que están conmigo
Beber con los muertos, reír porque no nos queda menos

Que la compañía del recuerdo
Que los momentos de supervivencia
En los que vomitábamos, reíamos, tomábamos
Éramos varios, hoy somos todos…

Hoy somos pocos, los que aún nos tenemos a los otros
Los que aún no estamos solos
En estos cuartos, en estos ratos callados
Bebo intranquilo, Toso, quiebro el silencio
Me acuesto…cierro los ojos
Abro la ventana, están cerca… pijama de rayas/saco rojo/maquillaje/sólo otras ratas
Van y vienen, encerrado en mis vaivenes
Pienso en todo, me bajo otro trago
Me quiebro en pedazos
Escupo a la calle, santiguo los males
Me hago tres pajas
Apago la pantalla

¡MIERDA, QUE SEA MAÑANA!
No quiero morir de resaca
No quiero morir sin mearme en sus caras
Que mi chorro sea dinamita
Que mis palabras se escurran en napalm
Hoy marcho en el escuadrón,
Mañana estallaré dentro del pelotón.