Grises luces

03-m0009_0

La alegría está perdida
En una noche sin luces
Y estrellas oscuras.

De gente intranquila
Que camina decidida
Hacía ninguna parte.
Cada quién vive como
Puede,
Cada quien muere como
Vive.

Hoy ya nadie camina
En el azul intranquilo
De las grises luces,
En el negro de todos los
Días y el blanco de ningún
Cielo.

Hoy todo está en silencio,
Y la misma melodía
Se retuerce en su
Rojo trastabillar.

Nadie la oye,
Y la noche sigue impávida,
En el negro del
Recuerdo,
De nuestros
Mejores días.

Demasiado pronto

g007_pollock_no7,1951

Estábamos de frente a la luna
Y al mar de todas las luces
De toda la gente,
De la ciudad.

Bebíamos y reíamos, murmurábamos
En voz baja lo que seríamos en el mañana.
Nos abrazábamos de vez en cuando,
Cada uno de nosotros,
Nos decíamos que todo iba a salir bien.

Habíamos jurado no caer en la trampa
De todas las vidas,
A reír más que el resto
Y a no pensar con miedo.
Habíamos visto las estrellas de esa noche
Pulverizarse en las mañanas,
Habíamos querido ser más que esos niños
Haciéndole promesas a la caída de los astros.

Hoy,
El sol golpea contra la ventana
Y no hay nadie en la calle.
Y recuerdo esas noches,
En las que las tenues luces blancas
Iluminaban con furia
Cada paso transitado,
Cuando todo era nuestro:
La ciudad,
El ruido,
El calor del viejo río,
Esas promesas que marchitan sin morir
Para recordar lo que hemos sido,
Para servirnos de miedo,
Para defraudar y complacer
A todos y a ninguno.

Y tiendo a sentirme viejo
Demasiado pronto,
Entre calles que no he conocido
Y retratos de gente que
Aún extraño.

¿Dónde están?
¿A dónde hemos
Partido?

 

 

Lento caminar.

Paseo_Karl_Johann

He empezado a sentir
Que las cosas, las palabras,
Remiten a un vacío.
Y que el llanto habla de lo poco
Y los hombres tienden a conformarse
Con mucho.

He empezado a sentir,
Que no hay lugar para la risa,
Y que las tenues sonrisas
De los transeúntes,
Se vuelven abrazos lejanos,
Que infunden terror.

He visto los ojos de la gente
He sentido ternura y desidia
Y, casi siempre,
Me he detenido en mis zapatos,
Los veo trastabillar, ir de uno en uno,
Conducirse como pueden,
Entre infinidad de pasos
Que transitan las aceras.

A veces,
He sentido que vivir es un traspiés,
El caminar ebrio y desorientado
De los niños al crecer.
Y que las palabras no dicen nada,
Más allá del rostro de la gente
Al enunciarlas.

Así,
Me veo algunas veces hablando,
Riendo, llorando,
Caminando en círculos,
Buscando a la gente
En la infinidad de las paredes.
Veo sus retratos,
Y sigo con mis pasos,
Retando a la suerte,
Soñando vivir.

Las tenues luces

edvard-munch-kiss-by-the-window-1892

El cielo se muere en las aceras
En las tristes y solitarias sonrisas
De la gente en las avenidas.

El cielo no entiende de fronteras
Lo abarca todo,
El mundo se destruye
A sus pies.

Mientras tanto,
Algunos le suplican
Esperando respuesta
Viendo llover.

En la luz tenue
El cielo no dice nada,
Sus miles de ojos
Lloran,
Y multitud de palabras
Se dibujan sobre las ventanas.

Los niños esperan a sus madres,
Los padres castigan a sus hijos.
Los amantes se miran
A los ojos,
Sonríen.
Los desconocidos caminan deprisa
Y la calle está sola,
Como la gente en sus casas
Evitando vivir.

Con todo,
Las tenues luces
De la noche
Impregnan las vidas
Con su llanto:

No pretenden nada,
Sólo quieren que los sueños
Fracturen las paredes,
Y que las vidas sirvan de lienzos
Para poder existir.

Tedio

plazoleta del Rosario

El frío corroe los huesos
Y siento tiritar hasta las vísceras
La misma gente de todas las mañanas
Llega a la misma hora de todas las mañanas
Casi todos fuman,
Yo bebo un café, que sabe más a agua
Que a otra cosa.

Es el mismo camino de todos los días,
La gente aún puede sonreír…
No tiene miedo a sonreír…

Las palomas se retuercen a un lado de la plaza
Se comen la basura de los hombres.
Un par de mujeres hablan de los planes del día,
Harán lo mismo que el viernes pasado.

El humo de los cigarrillos se va como la vida
Directo hacia el cielo,
Y se pierde en el intento.

Tanta fuerza se requiere
Para que todo no se despedace,
Y es lo mismo de todos los días,
Y aún se mantiene.

Retuerzo unas hojas para mantener el calor
Y las lágrimas se agotan en un suspiro,
Me levanto y sigo con lo mismo.
Será el perro frío
Que quiere matarme.

No hay nadie aquí

Beckmannlanoche

No hay nadie aquí.
Se puede oír el latido de los carros
El traqueteo de la máquina engullendo gasolina,
También se puede oír el grito de la gente
Sordo, tumultuoso, distante
Pidiendo un momento a los oídos de los muertos.

No hay nadie aquí.
Y, a lo lejos, una mujer insulta a su marido,
Un niño patea una pelota de fútbol
Una mujer camina por un parque
Y alguien más, aparte de mí,
Escribe.

No hay nadie aquí
No hay tiempo para nadie.

Los supermercados se escuchan abarrotados
A pesar de no escucharse, a pesar de no tenerse
De frente,
Y alguien estará llorando,
Alguien estará muriendo,
Como también alguien estará amando
A otro,
En secreto…
Mientras los pájaros huyen en la ciudad de la carroña.

“No hay nadie aquí”
Repito
“Nadie aparte de mí”
Me digo,
Y sé que afuera,
La gente está viviendo.

No hay nadie aparte de mí
En estas cuatro paredes,
En mi propia jaula,
Ese sitio al que siempre vuelvo
Magullado o feliz,
Y que llamo “casa”.

No hay nadie…
Aparte de mí.
Eso es lo que digo cuando,
Al mirar a la pared,
Siento el reflejo de los ojos,
MIS ojos,
Golpeándome,
Queriendo verme caer.

Y de seguro afuera,
Alguien estará pagando una cuenta bancaria
O besando por primera vez.

Yo sigo aquí dentro
Imaginando…
Matando al tiempo con agujeros sobre la pantalla
Deseando en secreto y arrullando al silencio,
Meciendo recuerdos sobre quebradas fotos pasadas.

Mientras la gente vive.
Mientras la gente muere.
Mientras estoy muriendo,
Arrancándole secretos
Al nudo de mis pensamientos.

No me estremezco.
Concedo un minuto de vida
A los aullidos del silencio.

Gritos en la calle…

kokoschka

De vez en cuando escucho los gritos
De la gente en su silencio,
Aullidos que pesan en la conciencia
Y no revientan cristales.

De vez en cuando escucho la algarabía de la vida
De todos los marchantes,
Se escurren por las avenidas, por el transporte
En la fila de los bancos,
A veces en los restaurantes,
Se escuchan sus susurros
Se desvían las miradas.

Nadie quiere ver a nadie
Y al estrépito de los teléfonos acude la muerte:
Movimientos involuntarios,
Dedos apabullándose en bolsillos angostos
Quebrándose en convulsivo movimiento.

Nadie llega a nada.

Todos escarban en sitios ya recabados
Esperando encontrar algo.
Escarban cadáveres como si fuesen alimañas
Mordiendo carne que cada vez sabe más rancia.

Yo los acompaño
Soy la risa en el silencio
La voz que quiebra la marea,
El llanto en medio de la procesión.

Me detengo de vez en cuando a mirar,
Sólo a mirar,
Me detengo en sus ojos opacos,
No muy brillantes,
Ojos felices sin demasiadas lagañas
Ni lágrimas para contar.

Corto los recuerdos con pinceles bañados en gasolina
Esperando que el lienzo pruebe el fuego.
Y de vez en cuando los miro
A veces hablo,
Sonrío,
De la misma manera que, creo,
Ellos lo hacen.

No lo consigo.
Me voy solo.
Sigo solo.
A pesar de concurrir en las filas de los bancos
Asistir a los mismos restaurantes
Dormir en las mismas sillas
De los mismos precarios buses,

No soy de lo mismo,
Y a veces creo
Al mirarme al espejo,
Que los ojos me brillan
Y detrás del iris oscuro
Se dibuja el silencio…
Un grito que brilla, y busca,
El humo que apacigua el fuego.

Miro de cerca
Y sonrío.
Ojos quebrados reflejados
En un viejo espejo de baño.

Sigo así.

 

Sumérgete

Edward-Hopper-Girlie-show_carousel_large

Nunca lo sabrás
Es en el camino que se decide
Lo que ha de ocurrir.

Por eso,
Tan sólo por eso,
Toma un par de tragos
Mira hacia el cielo
Cuando sea de noche.

Puede que las estrellas
Lloren por ti,
Puede que las estrellas
Se fundan en el culo de la botella
Y la luz quede tras las pupilas.

Puede que se tenga un instante de paz
Aunque se esté a punto de morir.

Mirar hacia el cielo a falta de consuelo
A falta de personas
A falta de algo que otorgue un sentido
Un par de pálpitos,
Y una sonrisa
No necesitas más.

Por eso,
Mira hacia el cielo
Procura que arda
Que los ojos se fundan en el fuego
A pesar de las lágrimas
Que nunca podrán apagarlos.

Acostúmbrate a eso
Y enfoca la mirada,
Puede que la luz se disperse
En los ojos.

Puede que pase algo,
Luego.
O puede que nunca…

Pero eso es vivir
Bebe un sorbo
Puede que algún día
Tal vez,
Seas feliz.

O puede que no.

Levántate del banco
Y busca otro trago,
Sumérgete:
Así sea la muerte
Está por venir.

El baile de las mariposas

13696_Poppies_and_Butterflies_f

“A las mariposas
Que bailaban solas
Sin que nadie las tocara.

A la vida,
Que transcurre sola
Que se queda
En su deriva
Deviniendo
Tragando un poco más
De saliva.

A las mariposas
Que están solas
Que mueren solas
Sin que nadie las vea.

A los hombres
Que mueren acompañados
En la más tierna, remota,
Soledad.

Al padecimiento
A los días.

A ella
A todos ellos.

Mariposas que vomitan
Que gimen
Que viven
De noche,
Por la noche”

A las mariposas. Andrés Mauricio Cabrera Diaz.

I

Entonces éramos pequeños. Mirábamos hacia arriba, y nos encontrábamos con el cielo azul que lanzaba ráfagas de aire caliente. En el suelo no había más que tierra; tierra caliente que temblaba con cada paso que dábamos. Corríamos detrás de las mariposas. Miguel, Miguelito Zambrano, había dicho que esos animales iban a matarnos un día. Que por eso volaban tan cerca, casi rozándonos la cara. Yo no le creía de a mucho. Miguel decía muchas incoherencias, y, muchas veces, tan sólo parecía divagar con la voz en alto. Pero eso no nos importaba. Corríamos sin redes, sin más que nuestros pies deslizándose sobre la tierra y saltando al roce de cada piedra, de cada hierro natural que ardiese en el suelo.

-Son más rápidas- dijo Miguel, refiriéndose a las mariposas.

-Mucho más rápidas que nosotros- le contesté.

– Pero las tenemos que coger.

-Sí, algún día las cogeremos.

Así seguimos un par de años. Luego de jugar fútbol, al rededor de las seis de la tarde, salíamos a corretear mariposas. Con el tiempo, algunas personas se nos unieron. El mayor era Jaime, de unos diez años. De resto, éramos los mismos niños de aquella cuadra. Todos tendríamos unos siete años, puede que unos tuviesen un poco más. Pero ahí estábamos. Neiva era el pretexto que nos tenía reunidos, asidos a la vida con sonrisas que se reventaban tras las carcajadas. Las mandíbulas eran el recinto de las almas, y rara vez se escuchaba alguna réplica contra los días. Teníamos “eso”.  Teníamos todo lo que habíamos tenido; y lo habíamos querido.

Con el tiempo algo pasó. Las mariposas se hicieron aburridas. Las niñas se hicieron mujeres. Y los niños hombres. Yo, Enrique Salcedo, dejé de hablar con todos.

Ya no éramos parte de lo mismo.

II

Lo único que importaba era coger el balón. Ojalá no dejar rebote. La cancha era grande, sí, pero yo tampoco era tan pequeño. Medía un metro setenta. Suficiente como para no dejar pasar nada que no quisiera.

– Lo importante es que no se pongan adelante-dijo Daniel. Daniel era alto y rubio, debía de medir un metro ochenta. Hablaba con voz de mando, y se paraba en la media cancha sin dejar pasar a nadie. Un seis de los buenos.

-Sí, fresco- contesté- yo de estos no me dejo.

-De estos- contestó Daniel mientras sonreía- y de nadie.

Jugábamos contra el Instituto Técnico, asiduo rival en las semifinales de los torneos intercolegiados. Siempre nos habían ganado. Aquella gente corría como si no hubiese mañana, con esos viejo guayos “Maracaná” que se rompían tras las piedras, tras el golpeteo del balón contra los pies. Nosotros, gente de la Fragua, usábamos Nike o Adidas. Bueno, casi todos. Yo usaba unos Puma negros. Neiva lo era todo; y ahí estábamos nosotros: ellos, los que hablaban con voz chillona, recortando las sílabas finales a cada palabra. Nosotros, los que hablábamos como de otro sitio, pero que éramos de allí. Nos decían gomelos; mientras que a ellos, algunos (no me incluyo) les decían ñeros.  Éramos lo que nos habían enseñado a ser, los rezagos de lo que nos habían enseñado a amar y el resentimiento que nos habían inoculado al nacer. Éramos eso, eso y nada más. Y por eso la pelota saltaba más alto, y el sol acariciaba los rostros y las espaldas. Las yagas crecían por la fuerza del calor; que parecía traspasar la suela y los taches de goma. La arena se colaba tras la ropa, y parecía adherirse a la piel, recubriéndola. Protegiéndola de algo que no alcanzábamos a comprender.

-¡ Se fue!- gritó David.

– ¡Ufff!- sólo atiné a decir.

Me lancé al balón, más por la inercia que por cualquier otra cosa. El cuerpo chocó contra la carne, y el cuero de la pelota cedió ante mi estómago. Ahí había quedado. Sin aire, pero con vida. Tenía los ojos cerrados, y sólo escuchaba la respiración del delantero del Técnico. Al principio era sólida, constante. Ahora se había quebrado. Podía escuchar los sollozos. Habían perdido. Eso había sido todo. El aullido del árbitro había acabado con todo.

Habíamos aguantado el marcador. Uno a cero, al final.

-Buena, Mono- me dijo aquel. Era un moreno de un mero ochenta.

-Buen partido, hermano- contesté.

-Estuvo duro…pero ustedes metieron hasta el final.

-Ustedes también.

Y ahí se iban ellos. Algunos en moto; otros (la gran mayoría), alzaban la mano para intentar coger un bus. El cielo brillaba con furia. Y a nosotros nos esperaba un bus particular.

Ellos nos miraban. Un par de los nuestros sacaron la cara. Gritaron insultos. No había quedado nada de lo que había pasado en aquella cancha. Al final del día, nuestras vidas eran lo que nos había quedado de todo; al nacer, al vivir al aprender. Si algo tenía el Gimnasio la Fragua, era el resentimiento. Y el dinero, amo y señor de una sociedad en la que el prestigio se mide por la cantidad de acciones que se posean en el Club Campestre. Eso éramos nosotros: en eso terminó Neiva.

Al llegar a casa me duché. Las mariposas bailaban en la tarde. Eran negras; antes lo eran de colores.

Deposité en la cisterna una cagada, y salí a buscar comida.

III

Había vuelto a la ciudad luego de tres años de estar en Bogotá. El paisaje, en muchos sentidos, seguía siendo el mismo. Habían construido un par de centros comerciales, pero la vida seguía deteniéndose ante los mismos semáforos, los mismos cruces, las pocas (y cada vez más deterioradas) avenidas, y la gente, que se empecinaba en seguir saliendo de la casa a las doce del día. Hacía tres años allí lo tenía todo. Ahora, no me quedaba nada de eso. La gente había seguido, moviéndose, corriendo entre lo que quedaba y construyendo sobre lo que había sido. La universidad lo había cambiado todo; y yo ya no conocía a nadie, ni a nada. Me quedaba mi perro, Frupete, que batía la cola cada vez que yo entraba a la casa.

De vez en cuando el recuerdo de ella. De vez en cuando, casi sin darme cuenta, me llegaba; como si el aire lo trajese, como si algún narcótico me recordase lo que había sido. Entonces miraba por la ventana, y me parecía ver aquel árbol de hojas verdes y amarillas que se había caído por el peso de sus propios días. Ya no estaba. Ahora había un espacio en blanco, ahí, sometido por las hormigas. No mucho germinaba. Nada quería germinar.

Ring/Ring/El sonido de los otros al llegar.

-Tiempo sin hablar- era Juan, un viejo amigo del colegio.

-Es que ya todos viven ocupados…-contesté.

-No tanto. Más bien como que eso es lo que quisieran aparentar.

– Algo así.

– ¿Qué dice, nos tomamos algo?

-Me parece- contesté.

Habíamos quedado de vernos en un bar cerca a mi casa. Un sitio de mesas y sillas metálicas, color gris cromado. La decoración era algo caribeña, con hojas de palma seca que hacían las veces de tejas. Vendían el aguardiente barato. Y vendían buena cerveza. Yo no necesitaba más que eso.

Al llegar, me percaté de que Juan estaba un poco más gordo. También algo más calvo. El tiempo había pasado igual para todos.

-Ya no salgo con María.- me dijo, nada más al verme- Todo se acabó.

-Eso está bien, esa mujer no lo dejaba salir de la casa.

-Jajaja, tampoco eran tan así.

-Como sea. ¿Y la gente? Ya no se ve a nadie por acá.

-Ya casi nadie viene.- contestó, tras tomar un sorbo largo a su cerveza- aquí ya no hay nada para hacer.

Le pregunté por los demás. Por David, que se había casado y ya no hablaba con ninguno de sus amigos de soltería. Por Miguel, que andaba en Estados Unidos y no había vuelto. La ciudad se había ido diluyendo en los rostros que permanecían: los vendedores de lotería del parque Santander, el cuidador de carros del Peter Pan, la vendedora de tamales de la esquina del Éxito. Todos esos rostros que se extraviaban por su misma irrelevancia, pero que permanecían en el tiempo. En el recuerdo de todo, en memoria de los que se habían ido.

-¿Y Laura?- preguntó Juan.

-Bien, supongo.

-¿Supone?

-Sí, ni que viviera enterado de la vida de ella.

-Mmm…pero tranquilo.

-Estoy tranquilo.

-No parece.

-Ella está bien- conteste- Está más bonita, y sigue saliendo con sus amigas. Más hombres la miran.

-Le duele todavía…

-Ya pasaron tres años- conteste, tras tomar un trago largo de aguardiente- tocó seguir adelante.

Bebimos como pudimos la última botella. Los cuerpos destilaban sudor al compás del licor que hacía su entrada triunfal por las cavidades. Juan cogió un taxi. Yo seguí caminando. Recordé que hacía unos años había ido con ella por esas calles. Sonreía, y el azul de sus ojos se quebraba con cada palabra que pronunciaba. Lo medía todo, así sus pasos fuesen tranquilos y descuidados. Las baldosas parecían moverse por debajo de sus pasos, como si quisieran arrastrar su peso y no permitirle esfuerzos innecesarios. Era ella, lo era todo. Me había quedado el recuerdo. Por un momento, estuvimos juntos. Y se estuvo bien.

Ahora tocaba caminar solo.

IV

-¿Viejo, no se fuma uno?- me preguntó David, que había vuelto de USA más burro que nunca.

-No, yo casi no le jalo a eso- le contesté.

-Es puro creepy- replicó tras darle un sorbo a aquel cilindro- creepy del bueno.

-Me quedo con este aguardiente- y me tomé un buen trago.

Nadie entraba en la piscina, que tenía forma de guitarra. Sobre el mástil de la misma, se encontraba un pequeño cubículo de cemento que hacía las veces de balcón. Allí, la gente bailaba al compás de la música electrónica. No parecían disfrutarlo, pero eso era lo que había. La gente se movía, de manera sincrónica, siempre moviendo los pies de la misma manera. Todos hablaban. Se pasaban las pastas de una mano a otra. De vez en cuando, alguien prendía un porro. Fumaban rápido, sin retener el aire. Y entonces seguían hablando.

Yo estaba ahí, en una esquina, tomando un poco de aguardiente y hablando con Andrés, un amigo del equipo de fútbol del colegio.

-Ahora todo el mundo escucha esa mierda- dijo, luego de señalar al Dj.

-Sí, eso parece. Pero fíjese que nadie salta, ni cambia el paso.

– Eso es pura moda pasajera.

– De seguro.

-Igual pasa con la hierba- me dijo, tras ofrecerme un poco de mota- como que nadie la disfruta.

-Fuman muy rápido, casi no retienen el aire- dije, tras pasar un poco.

-Es que todo va como más ráp/pido, ¿Si me entiende?- contestó. Ya empezaba a golpearle un poco la noche.

-Algo.

– ¿No quiere pepas?- preguntó, tras depositar un par en mi mano- uno nunca sabe cuando le vayan a servir.

Tras discutir un rato, me fui cerca a los baños a esperar. Tenía ganas de mear, y bueno, era demasiada gente y poco espacio. Eso sí, siempre podría alejarme e irme al monte y hacer ahí lo que quisiese. Me senté ahí, con la botella en la mano y un cigarro en la otra. A lo lejos, los rostros de la gente se extraviaban tras las luces, que los ennegrecía a sus espaldas. Las farolas apuntaban en dirección contraria, y la noche parecía asomarse alumbrada por rezagos de otros días. Demasiadas estrellas, demasiadas para tan poca gente. Pero nadie veía hacia arriba. Todo estaba sobre la tierra: las mujeres, la mota, las pepas. Todo estaba ahí, y no había necesidad de sumergirse en otros recintos. Pero a mí me faltaba todo; me faltaba el calor de la soledad y el amor hacia algo, me faltaban los días que se habían quebrado tras algún sorbo de aguardiente, y me quedaba una sonrisa para todo aquel que se acercase. Me quedaba un cuerpo remendado, dispuesto a seguir, dispuesto a cavilar otro camino diferente al cimentado por la estupidez y la codicia. Me quedaban los recuerdos de esa gente, esos mismos con los que cazaba mariposas cuando pequeño. Aquellos que patearon la misma pelota que yo, en esas viejas canchas de arena municipales. Me quedaban los instantes de risa, de peleas con pistolas de agua. Pero ahora tenía esos cuerpos que ni se reían tras los porros. Esa gente que se mandaba pepas como si fuesen aspirinas; todo para que los vieran. Esto nos había quedado.

Meé en un árbol detrás de aquella casa. Los murmullos de la música explotaban contra mis oídos. Era un “beat” constante, un bajo que replicaba tras los strovers. Nadie oía nada. Al alzar la cabeza, vi las mariposas. Danzaban sobre el fondo negro, desfilando enmarañadas, revolcándose en sus propias telarañas. Se movían entre negros, algunos blancos, y, a veces, apuntaban hacia la luna. Bebí un poco más…y las ví, saltar sobre mis ojos, extraviarse detrás de mis pupilas. Recordé la casa. Los vi a todos ellos bailar, seguir, bailando. Quedaba menos gente. Un gato se asomaba tras los matorrales. Un perro alumbraba con sus pupilas la noche. Alguien gritaba desde algún sitio. El silencio se hizo carne; y caminaba desnudo sobre la piscina. Mis bolsillos vibraban. Las luces se refugiaban tras las pupilas, atizando cada recuerdo, cada nueva imagen que se posaba sobre el cuerpo.

Me quedé con las mariposas. Luego cogí un taxi. Las seguí viendo por el camino. Me decían que todo había cambiado; que ya no podía cazarlas. Me conformé con mí mismo. Me quedé con nada.

Tranquilidad…

escher

Ésta tranquilidad que calla
Y que algo mata
Bien adentro del alma.

La tranquilidad que pesa
Y quema
Lo que sigue vivo
Lo que no debiera conocer la calma
La tranquilidad que muere
Y que se lleva al ser consigo,
Esa misma que se pierde
Al primer desvío.

Tranquilidad condicional
Arresto permanente
Tranquilidad que muere
En su instante
En esa eterna,
Necesidad agobiante.

Yo por eso me angustio
Cuando estoy tranquilo
Hay algo que se muere
Poco sigue vivo
Y los sueños se enquistan
Y el cáncer pareciera
Estar vivo

Y lo que se quiso
Se ha ido
Y lo que se quiere
Ya esta.

Y eso nunca,
En la realidad,
Pareciera llegar.

La tranquilidad es la mentira
Las bombas subyacen al silencio
Y de la tierra a la sangre hay dos manos
El golpeteo…
El aullido de los miles
Que a puños se abren paso,
Las risas de los locos
Que truenan adentro en las entrañas,
Los niños que se mueren
Las madres que no callan
Gente que llora, al llegar a casa
Y los que estamos aquí:

Viendo a la pantalla
Susurrándole al pixel
Perdiendo el tiempo
Golpeando la pared
Y nada nunca pasa
Y todo sigue ahí

Y todos dicen
“Ten calma”,
“Ya te va a llegar a ti”
Y uno sabe, que de ser así

Algo se muere
Y todo tiene fin.