Nos parecemos…

Nos parecemos algunas veces
Y sentimos el puto desagrado
Cruzados nuestros brazos
Esperamos el momento
Para vernos como reses
Brutalmente asesinados.

Quisiéramos estar vivos
Llevar sueños, dormir tranquilos
Pero nos cuesta respirar
Y detrás de tanta mierda
Sólo queda un antifaz
Destinado a la caneca

Mientras nos parecemos…

“¿Cuándo será?¿Cuándo dejaremos de arrastrarnos para volar?”
Me pregunto rodando en mi cama
Sintiendo el calor en la garganta
¡Que el vino baja seco!
¡Y en la calle me estoy muriendo!
Porque nos parecemos
Tanto que nos asustamos al vernos al espejo
No somos más que otro soldado
Otro hijo de puta con los sueños destrozados

No somos más que otro reflejo
Otro cabrón sin deseos…
¿Por qué mierda nos parecemos?
No tenemos risa que estorbe
No tenemos otro gesto
Que la rabia y el desespero.

Precario poema sobre la risa.

“Sonreír para joderme a las penas
Para burlarme del mundo que enferma
Para sentirme un poco menos mierda y para ser  cabrón” Konsumo Respeto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que te crujan los dientes
Y se desfonde la garganta
Sonríe hasta que el licor parezca una mentira
Y el mundo adquiera otro color.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que olvides los males, las penas,
El mundo con toda su mierda
Sonríe hasta que dejes de sentirte cojo
Y tus pies no fallezcan ante el choque con el asfalto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Cuando ya todo el mundo está dormido
Y eres el único loco, malherido
Que desfonda las botellas
Y se ríe de su trabajo, de su mujer, de su vida poco sincera.

Alcemos una voz en alto
Riamos hasta que la saliva se cuele seca
Tras los dientes, hasta que el aliento sea rancio
Y todo el mundo nos mire como unos despojos
Porque estamos tristes
Pero aún nos quedan instantes
De rebeldía, de redención
Sonríe como si no estuvieses en la calle
Que allí sólo hay máquinas, es tierra de nadie.

Un buen momento.

Estamos pasando un buen momento
Nuestras mentes se pierden en la cerveza
Los pensamientos se hilvanan en la lucidez del instante
Con suficiencia
Sin mayores trastes.

Seguro que estamos bien
Lo pensamos mientras los sorbos bajan amargos
Y el frío de la cebada quema la garganta
Los ojos distraídos
Las pupilas se dilatan
El cuerpo se retuerce
Mientras nuestra alma calla

Todo está muy bien, genial
La luna alumbra el asfalto
De la esquina donde estamos
Perdidos ante el hallazgo
Del mugre, de tanto barro
Demasiado calor humano
En la calle otro asesinato
La brisa baja seca
Tras la lluvia que nos golpea el rostro
Mientras agachamos la cabeza
Y buscamos en el neón la salvación
Una luz en el callejón
Pero de seguro estamos bien.

De seguro estamos bien.

Puede que sigamos bien
En nuestras mentes ya se dilucida el hartazgo
Pensamientos difusos perdidos en el neón
En el frío de las luces
Caemos de bruces
El roce con el cemento
Imágenes que se sobreponen.

Nos levantamos
Al sentir la lágrima que se esconde
En la sonrisa
En el trago
En el puto asco
Mientras nos perdemos
En nuestros cuartos
Y nos quejamos del mundo
Que es sucio
Corrompido
Demasiado abstracto y jodídamente corroído
Decidido a destruirnos

Y bajamos otro trago
Anís incinerado
Quema la garganta
Odiamos los rezagos

“Mañana será otro día”
Nos repetimos cubriendo el rostro
Mintiendo ante la almohada
Los deseos de otra noche alcoholizada.

El parque.

Eramos yo y un cigarrillo que se diluía en una boca que parecía no desearlo. Aquel parque se había convertido en  el centro de operaciones de una organización que no pedía dinero sino tan sólo un escape. Eramos drogadictos, putas, indigentes, vagos y artistas confabulados en una cuadra que nos hacía olvidarnos de las calles plagadas de neón y avisos de cosméticos.

– Eh… otro cigarrillo, por favor- dije, intentando ocultar una chupón que tenía en el cuello.

– ¿ De los mismos?- preguntó aquel viejo que parecía haberse perdido de cuadra. Su mirada extraviada parecía constatarlo.

– Si, por favor-.

Caminé alrededor del parque, aspirando a intervalos entrecortados aquel cilindro de tabaco y otras mierdas que terminan de joderte. Pero no me sorprende, antes me relaja. A veces creo que la sociedad es tan sólo un cofre lleno de jeringas de varios tipos donde tu escoges aquel placebo que te aliviará el dolor de los días venideros. Al rato decidí sentarme. Las piernas me dolían, sentía como si mis venas fuesen a implosionar y tenía un dolor de garganta asqueroso.

Por un momento me vi perdido en los días en que el traje y la corbata habían sido una constante, donde el progreso se traducía en una cuenta bancaria rebosante y la estabilidad en unos recibos con un sello que decía “pagado”. Sí, era un buen ciudadano. Sí, otro hijo de puta y ya.

El mercenario del siglo XXI,
Que cambió el fusil por la corbata,
La eyaculación del sistema,
Otro cero en una cuenta.

– Hola…¿ quieres una chupada?- exclamó una pelirroja entre los 20 y 70 años. Es que la calle siempre deja sus estrías en la piel del jodido.

– ¿ A cuánto y por qué sólo chupada?- pregunte intentando plasmar mi indiferencia en aquellas palabras. Pero no era fácil, para nada. El verano friega a todos.

– Diez pesos o un buen matorro de hierba- dijo mientras prendía un porro. También parecía aparentar irrelevancia, pero sabía que no tenía un duro y quería pegarse una buena trabada.

– Cinco y antes de follar nos pegamos un armado decente- mencioné, concentrándome en los últimos aullidos del cigarrillo que tenía en la boca.

– Está bien- dijo, mientras se acomodaba la falda y me hacía una seña- Para allá, mi apartamento queda cerca-.

Bajamos dos calles y nos metimos por un callejón donde un hijo de puta intentó sacarme la billetera del bolsillo sin que me diese cuenta. Por suerte, la pelirroja se percató y le gritó. Al parecer eran amigos, lo digo porque los gestos de su rostro denotaban farsa.

Eres un payaso,
Maquillaje escurrido en tu rostro,
Sonrisas diluidas en alcohol,
Otro desempleado más.

Entramos. Un cuarto como cualquier otro. Un olor a vagina rancia se desparramaba por la habitación. Decidí prender un porro. Nos lo jodimos hasta el fondo, quemándonos los dedos mientras los besos corrían por aquellos labios cortados y sangrantes. El olor a nicotina fue el aderezo de nuestras bocas, y los gemidos ásperos de la pelirroja ambientaban aquella guitarra desafinada de un Mustaine algo fregado por las drogas.

El golpeteo de nuestros cuerpos era el redoblante de una lejana Hangar 18, y tan sólo queríamos ser la guitarra de Marty Friedman en los putos solos.

Impossible to break these walls
For you see the steel is much too strong

El sudor nos recorría y de repente vi como aquellos dedos pequeños se zambullían más allá de la bragueta, luchando contra unos calzoncillos que parecían ser la cárcel de una canción de los Ramones. Ambos sabíamos que no habría demasiada resistencia y que a la larga romperíamos las leyes de una situación que se nos había salido de las manos. Eso si, nunca de mi miembro.

– Pon Breaking the law, ¡carajo!- grité entre gemidos, intentando mantener el tono sexy a lo Brad Pitt.

– ¿Qué? ¿ no te gusta Megadeth?- Respondió aquella, intentando acomodar mi pene en su vagina.

– Si, pero que quiero romper…-

– Romper, ¿ qué mierda?, siente la guitarra, déjate llevar, que ya estás tieso- dijo masturbándome cada vez con más fuerza.

– Que si, pero no es eso. Mierda, ¡quiero ROMPERTE el culo!- grité sintiendo como la fuerza se concentraba en mi ariete.

– ¡ Hazlo, hazlo hijo de perra!- exclamó mientras ensartaba mi ariete en su vagina.

– Pon Breaking the law, Judas Priest, lo necesito, mierda.-.

– Es la siguiente, pero mételo despacio…¡ay!, mierda, ¡despacio!-.

Nuestros cuerpos eran los dos extremos de un acordeón que se desafinaba con la contracción del fuelle. El solo de guitarra de Mustaine en Cemetery Gates. Habíamos dejado el Hangar para someternos a la Isla del Demonio. Ambos sabíamos que era preferible una paja en ese instante.

– Pero cálmate…despacio, ¡ay!, ¡cálmate malparido!- gimió la pelirroja mientras masturbaba las inmediaciones de su sexo.

– Sí…pero es que no estás lubricada, me raspa..¡Ajj!-.

Intentamos acomodarnos. Las poses eran tan sólo un argumento más para retrasar lo inevitable. El último aullido de esperanza de una cama que necesitaba dos orgasmos.

El diario de Ana,
El orgasmo de Frank,
Otro libro más,
Un pretexto para no querer follar.

– Sácalo y lárgate,  ¡marica!- palabras que se pierden en la ira de un ego herido.

– ¡Ahhh…ahí te va perra!-.

Era el momento. Ya nada podría detenerme. Eramos una perra y yo escuchando Judas Priest mientras la esperma buscaba escapar de mi falo como la metralleta S del Contra de Super Nintento. Allí estaba Bill intentando destruir aquel alien viscoso que exhalaba vahos de aire infectado. Sujeté su rostro, nada podía detener la descarga.

Ahh/Plaj/ Ohh/Ohh/Siiiii…/ El sonido del Niágara al caer sobre las piedras.

There i was completely wasting, out of work and down
all inside it’s so frustrating as i drift from town to town

– No… ¡NO!, ¡ MIERDA, EL MAQUILLAJE!- gritó Salma Hayek en el Spá.

– Por puta, JAJAJAJAJAJA- Dijo Bill al ver los créditos del final.

– ¡HIJO DE PUTA, HIJO DE PUTA LÁRGATE!- gimió en sollozos una pelirroja de 20 años que  crecían exponencialmente con el maquillaje disuelto en la esperma.

Me largué, no sin antes orinarme en su puerta. Sabía que no volveríamos a vernos, que aquel parque ya no era un lugar para ambos. No fue nuestra culpa, tal vez nos faltó tiempo. “Todo fue rápido” me repetí a mi mismo, descendiendo por aquellas calles. La garganta me dolía y el sabor a nicotina que desprendían mis labios me había devuelto a la cotidiana calma. ” Necesito un cigarrillo”, pensé al sentarme en una banca de aquel parque.

Por la carretera…

Pasto y verdor camuflado de ese  dorado quemado, sonriéndome se encuentran los chamizos a lado y lado, ¿de dónde?, me preguntan aquellos que ya no se encuentran, ¿hacía dónde?, me pregunto, entre las señales que ya no dan tránsito a la existencia. Respiro, buscando algo que en la cornisa de la vida me abrigue bajo el calor de un manto. Y es que en el paisaje tan sólo la hierba se dibuja, bajo el sonido de la noche: aquel que sin reproche, adormece a los perdidos y desorienta a los prevenidos, como si no existiese más que el coche, y la carretera.

Son 80, ochenta pesares que oscurecen la vía, aquella que creímos construir en el transcurso de nuestras vidas, comprando, gastando, vendiendo, transmitiendo pesares y desdichas, placebos que no logran curar la palabra dicha, y que a la larga, se transforman en prisas ante los relojes que predican los finales, de la caricias, de las sonrisas.

“Compré una casa”, me decía, como si hubiese cumplido con todo: como si el cemento hubiese sepultado los anhelos, los sueños que se tuvieron pero que sucumbieron ante el coqueteo de la avaricia, de una sociedad facilista que pedía aceite, podrido, gastado, para el engranaje de una máquina que no retribuye, pero que engaña e ilusiona bajo los hilos de la vida simple, adormeciendo los brazos fuertes y destruyendo las convicciones que creen nadar contra-corriente.

80 kilómetros por hora, por minuto, por segundo. 80 tragos que supieron amargos, como cuando se toma whiskey caliente, como cuando el vodka se reposa bajo el sol, y carraspea la garganta, cuchillo para las entrañas. Y es que no se ve nada, la lluvia abruma y la carretera es oscura.  “La vida se me fue como el Mustang”, pienso, recordando cuando tenía el cabello para dejarme sorprender por el viento. 180 alegrías por minuto, por segundo, mientras el licor anudaba mi cabeza al volante y me recordaba agachar la cabeza, viendo morenas, rubias, sucumbiendo y rodeando mi sexo de caricias, de mordiscos, de furia. Era la juventud, aquel regalo que la existencia da para protegerte de la miseria, del futuro, de aquel momento con el que sueñas para luego querer despertar y romper con todo. Con el carro, con la casa, con tu esposa y con la perra de tu hija.

Y es que si, no sólo cambió el transcurrir de los días, también se fueron tu Mustang, el compañero de 180 vidas que no creíste cambiar pero que tu esposa, la que fue delgada pero ahora cree navegar entre faldas apretadas, mientras sus piernas escurren celulitis y el sexo ya no le agrada. Si, yace a un lado entre quejas y sollozos, esperando que los 20 de otro hombre la resuciten: que su cuerpo toquen y sus ojos desorbiten.

Y si, mi hija es una perra. Una golfa, de aquellas cuyo busto sirve para conquistar el mundo, que heredó aquellas miradas que su madre tenía cuando prometías más que un Mustang y un apartamento de soltero. Pero no vale la pena hablar de eso, cuando pequeñas luces oscurecen más la noche, como si el sólo centellear fuese suficiente para aplacar las ráfagas de miseria, de dolor, que crecen con cada kilómetro que se avanza: en el velocímetro, en la vida.

¡Maldita sea!, la vida avanza pero el tormento no descansa. 120 caminos destruidos, en los cuales crecieron los billetes que confundiste con destino. 120 historias, de aquellas ideadas bajo las noches en las que el sexo no era nada, y el cuerpo no yacía bajo la carroña de los placeres inconclusos, de los que tenían días para cumplirse y noches para afianzarse. 120 kilómetros, por hora, por minuto, por segundo, y no hay ya focos ni señales que indiquen camino distinto que el descanso, de aquel que muere, del que yace, del que ya nada espera más que el cierre de sus ojos, que el crujir de la carne bajo la llama, que muerde fuertemente al que vive acicalándose el aceite que le impide navegar, entre las dichas y caricias de las caídas, entre las grises praderas que en la noche la luna tiñe de azulado goce, descendiendo entre el negro de aquellos mares que el miedo no conoce. No se puede graznar cuando se tiene cuerpo de hombre, cuando la naturaleza no dotó con la elegancia de los gansos.

150, ciento cincuenta recuerdos, que recuerdan el vomitivo olor de la mancha que se esparce en la silla del copiloto.  “35 años de buen ciudadano para permitir que sea naranja y morado”, me digo, como si fuese aquel un rezago del alma, una exhalación de lo escrito y no dicho, de lo percibido y de lo que me creí prohibido. Es asco lo que se siente cuando se existe un día pero se respiran más de la cuenta.

Recto, entre la lluvia y el aullido de la tierra, entre el zumbido de las puertas que se desajustan como la existencia que se tuvo, y es que a la larga, los amigos terminan siendo réplicas entre el mar de sus defectos. Ya no hay Mustang, aquel deportivo que brillaba carmesí ante las avenidas dispuestas a sostenerte; con todo y la resaca, con todo y el desperdicio. Es una van de esas familiares, de aquellas que se compran cuando se aspira a vivir aburrido, entre la familia, bajo el peso del “trabajo duro”, y es que es duro por llenar de cobardía a los que de lleno a la vida sonreían. Nadie lo dice, pero cuando tienes vodka y vas a 150 en una van, la vida te lo cuenta, mordisqueándote el sexo toscamente, burlándose de las rubias de tu pasado.

– Conduzca despacio, curva a 300 metros-. Avisa la vida, a los que trabajaron “fuerte”, a los que no son escorias, a los que sin gallardía bajaron la cabeza y recibieron los golpes sin llanto. Sin fuerza, sin levantar los brazos. Y que entre la brisa y la lluvia, la última se lleve mis recuerdos y pesares, y que la recta que transcurre borre las desviaciones absurdas, las que se imponen sin reserva y por convención, bajo las cadenas de lo “socialmente permitido”. Que se joda, ¡que se joda la risa que no tuvo caricias que arrullasen su vigilia!.

170 despertares, 170 amaneceres, 170 sepulturas, para aquel que renunció a la risa y sacrificó las fantasías que desprendían a la vida de la carga de la monotonía, del mal del añorar prohibido: del refugio que bajo el pretexto de ser vigía, se encargó de destruir la esencia que su existencia protegía.

Que sea el último sorbo, de una vida que transcurrió bajo sumo reposo, siendo curvas las rectas que prometían riesgo, que prometían sueños y renunciaban al desprecio. Entre el negro y el más profundo silencio, hoy la curva fue recta, como los anhelos que esperaron atrás del trabajo duro, del sueldo agobiante, del matrimonio inconcluso, del morbo de lo cotidiano. Hoy salgo del sobre, vida, para existir como la brisa: ajena al tacto, rebelde al que no la acaricia…

Anders Marriuce, 1990-2012, rezaba el epitafio del futuro abogado…