El baile de las mariposas

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“A las mariposas
Que bailaban solas
Sin que nadie las tocara.

A la vida,
Que transcurre sola
Que se queda
En su deriva
Deviniendo
Tragando un poco más
De saliva.

A las mariposas
Que están solas
Que mueren solas
Sin que nadie las vea.

A los hombres
Que mueren acompañados
En la más tierna, remota,
Soledad.

Al padecimiento
A los días.

A ella
A todos ellos.

Mariposas que vomitan
Que gimen
Que viven
De noche,
Por la noche”

A las mariposas. Andrés Mauricio Cabrera Diaz.

I

Entonces éramos pequeños. Mirábamos hacia arriba, y nos encontrábamos con el cielo azul que lanzaba ráfagas de aire caliente. En el suelo no había más que tierra; tierra caliente que temblaba con cada paso que dábamos. Corríamos detrás de las mariposas. Miguel, Miguelito Zambrano, había dicho que esos animales iban a matarnos un día. Que por eso volaban tan cerca, casi rozándonos la cara. Yo no le creía de a mucho. Miguel decía muchas incoherencias, y, muchas veces, tan sólo parecía divagar con la voz en alto. Pero eso no nos importaba. Corríamos sin redes, sin más que nuestros pies deslizándose sobre la tierra y saltando al roce de cada piedra, de cada hierro natural que ardiese en el suelo.

-Son más rápidas- dijo Miguel, refiriéndose a las mariposas.

-Mucho más rápidas que nosotros- le contesté.

– Pero las tenemos que coger.

-Sí, algún día las cogeremos.

Así seguimos un par de años. Luego de jugar fútbol, al rededor de las seis de la tarde, salíamos a corretear mariposas. Con el tiempo, algunas personas se nos unieron. El mayor era Jaime, de unos diez años. De resto, éramos los mismos niños de aquella cuadra. Todos tendríamos unos siete años, puede que unos tuviesen un poco más. Pero ahí estábamos. Neiva era el pretexto que nos tenía reunidos, asidos a la vida con sonrisas que se reventaban tras las carcajadas. Las mandíbulas eran el recinto de las almas, y rara vez se escuchaba alguna réplica contra los días. Teníamos “eso”.  Teníamos todo lo que habíamos tenido; y lo habíamos querido.

Con el tiempo algo pasó. Las mariposas se hicieron aburridas. Las niñas se hicieron mujeres. Y los niños hombres. Yo, Enrique Salcedo, dejé de hablar con todos.

Ya no éramos parte de lo mismo.

II

Lo único que importaba era coger el balón. Ojalá no dejar rebote. La cancha era grande, sí, pero yo tampoco era tan pequeño. Medía un metro setenta. Suficiente como para no dejar pasar nada que no quisiera.

– Lo importante es que no se pongan adelante-dijo Daniel. Daniel era alto y rubio, debía de medir un metro ochenta. Hablaba con voz de mando, y se paraba en la media cancha sin dejar pasar a nadie. Un seis de los buenos.

-Sí, fresco- contesté- yo de estos no me dejo.

-De estos- contestó Daniel mientras sonreía- y de nadie.

Jugábamos contra el Instituto Técnico, asiduo rival en las semifinales de los torneos intercolegiados. Siempre nos habían ganado. Aquella gente corría como si no hubiese mañana, con esos viejo guayos “Maracaná” que se rompían tras las piedras, tras el golpeteo del balón contra los pies. Nosotros, gente de la Fragua, usábamos Nike o Adidas. Bueno, casi todos. Yo usaba unos Puma negros. Neiva lo era todo; y ahí estábamos nosotros: ellos, los que hablaban con voz chillona, recortando las sílabas finales a cada palabra. Nosotros, los que hablábamos como de otro sitio, pero que éramos de allí. Nos decían gomelos; mientras que a ellos, algunos (no me incluyo) les decían ñeros.  Éramos lo que nos habían enseñado a ser, los rezagos de lo que nos habían enseñado a amar y el resentimiento que nos habían inoculado al nacer. Éramos eso, eso y nada más. Y por eso la pelota saltaba más alto, y el sol acariciaba los rostros y las espaldas. Las yagas crecían por la fuerza del calor; que parecía traspasar la suela y los taches de goma. La arena se colaba tras la ropa, y parecía adherirse a la piel, recubriéndola. Protegiéndola de algo que no alcanzábamos a comprender.

-¡ Se fue!- gritó David.

– ¡Ufff!- sólo atiné a decir.

Me lancé al balón, más por la inercia que por cualquier otra cosa. El cuerpo chocó contra la carne, y el cuero de la pelota cedió ante mi estómago. Ahí había quedado. Sin aire, pero con vida. Tenía los ojos cerrados, y sólo escuchaba la respiración del delantero del Técnico. Al principio era sólida, constante. Ahora se había quebrado. Podía escuchar los sollozos. Habían perdido. Eso había sido todo. El aullido del árbitro había acabado con todo.

Habíamos aguantado el marcador. Uno a cero, al final.

-Buena, Mono- me dijo aquel. Era un moreno de un mero ochenta.

-Buen partido, hermano- contesté.

-Estuvo duro…pero ustedes metieron hasta el final.

-Ustedes también.

Y ahí se iban ellos. Algunos en moto; otros (la gran mayoría), alzaban la mano para intentar coger un bus. El cielo brillaba con furia. Y a nosotros nos esperaba un bus particular.

Ellos nos miraban. Un par de los nuestros sacaron la cara. Gritaron insultos. No había quedado nada de lo que había pasado en aquella cancha. Al final del día, nuestras vidas eran lo que nos había quedado de todo; al nacer, al vivir al aprender. Si algo tenía el Gimnasio la Fragua, era el resentimiento. Y el dinero, amo y señor de una sociedad en la que el prestigio se mide por la cantidad de acciones que se posean en el Club Campestre. Eso éramos nosotros: en eso terminó Neiva.

Al llegar a casa me duché. Las mariposas bailaban en la tarde. Eran negras; antes lo eran de colores.

Deposité en la cisterna una cagada, y salí a buscar comida.

III

Había vuelto a la ciudad luego de tres años de estar en Bogotá. El paisaje, en muchos sentidos, seguía siendo el mismo. Habían construido un par de centros comerciales, pero la vida seguía deteniéndose ante los mismos semáforos, los mismos cruces, las pocas (y cada vez más deterioradas) avenidas, y la gente, que se empecinaba en seguir saliendo de la casa a las doce del día. Hacía tres años allí lo tenía todo. Ahora, no me quedaba nada de eso. La gente había seguido, moviéndose, corriendo entre lo que quedaba y construyendo sobre lo que había sido. La universidad lo había cambiado todo; y yo ya no conocía a nadie, ni a nada. Me quedaba mi perro, Frupete, que batía la cola cada vez que yo entraba a la casa.

De vez en cuando el recuerdo de ella. De vez en cuando, casi sin darme cuenta, me llegaba; como si el aire lo trajese, como si algún narcótico me recordase lo que había sido. Entonces miraba por la ventana, y me parecía ver aquel árbol de hojas verdes y amarillas que se había caído por el peso de sus propios días. Ya no estaba. Ahora había un espacio en blanco, ahí, sometido por las hormigas. No mucho germinaba. Nada quería germinar.

Ring/Ring/El sonido de los otros al llegar.

-Tiempo sin hablar- era Juan, un viejo amigo del colegio.

-Es que ya todos viven ocupados…-contesté.

-No tanto. Más bien como que eso es lo que quisieran aparentar.

– Algo así.

– ¿Qué dice, nos tomamos algo?

-Me parece- contesté.

Habíamos quedado de vernos en un bar cerca a mi casa. Un sitio de mesas y sillas metálicas, color gris cromado. La decoración era algo caribeña, con hojas de palma seca que hacían las veces de tejas. Vendían el aguardiente barato. Y vendían buena cerveza. Yo no necesitaba más que eso.

Al llegar, me percaté de que Juan estaba un poco más gordo. También algo más calvo. El tiempo había pasado igual para todos.

-Ya no salgo con María.- me dijo, nada más al verme- Todo se acabó.

-Eso está bien, esa mujer no lo dejaba salir de la casa.

-Jajaja, tampoco eran tan así.

-Como sea. ¿Y la gente? Ya no se ve a nadie por acá.

-Ya casi nadie viene.- contestó, tras tomar un sorbo largo a su cerveza- aquí ya no hay nada para hacer.

Le pregunté por los demás. Por David, que se había casado y ya no hablaba con ninguno de sus amigos de soltería. Por Miguel, que andaba en Estados Unidos y no había vuelto. La ciudad se había ido diluyendo en los rostros que permanecían: los vendedores de lotería del parque Santander, el cuidador de carros del Peter Pan, la vendedora de tamales de la esquina del Éxito. Todos esos rostros que se extraviaban por su misma irrelevancia, pero que permanecían en el tiempo. En el recuerdo de todo, en memoria de los que se habían ido.

-¿Y Laura?- preguntó Juan.

-Bien, supongo.

-¿Supone?

-Sí, ni que viviera enterado de la vida de ella.

-Mmm…pero tranquilo.

-Estoy tranquilo.

-No parece.

-Ella está bien- conteste- Está más bonita, y sigue saliendo con sus amigas. Más hombres la miran.

-Le duele todavía…

-Ya pasaron tres años- conteste, tras tomar un trago largo de aguardiente- tocó seguir adelante.

Bebimos como pudimos la última botella. Los cuerpos destilaban sudor al compás del licor que hacía su entrada triunfal por las cavidades. Juan cogió un taxi. Yo seguí caminando. Recordé que hacía unos años había ido con ella por esas calles. Sonreía, y el azul de sus ojos se quebraba con cada palabra que pronunciaba. Lo medía todo, así sus pasos fuesen tranquilos y descuidados. Las baldosas parecían moverse por debajo de sus pasos, como si quisieran arrastrar su peso y no permitirle esfuerzos innecesarios. Era ella, lo era todo. Me había quedado el recuerdo. Por un momento, estuvimos juntos. Y se estuvo bien.

Ahora tocaba caminar solo.

IV

-¿Viejo, no se fuma uno?- me preguntó David, que había vuelto de USA más burro que nunca.

-No, yo casi no le jalo a eso- le contesté.

-Es puro creepy- replicó tras darle un sorbo a aquel cilindro- creepy del bueno.

-Me quedo con este aguardiente- y me tomé un buen trago.

Nadie entraba en la piscina, que tenía forma de guitarra. Sobre el mástil de la misma, se encontraba un pequeño cubículo de cemento que hacía las veces de balcón. Allí, la gente bailaba al compás de la música electrónica. No parecían disfrutarlo, pero eso era lo que había. La gente se movía, de manera sincrónica, siempre moviendo los pies de la misma manera. Todos hablaban. Se pasaban las pastas de una mano a otra. De vez en cuando, alguien prendía un porro. Fumaban rápido, sin retener el aire. Y entonces seguían hablando.

Yo estaba ahí, en una esquina, tomando un poco de aguardiente y hablando con Andrés, un amigo del equipo de fútbol del colegio.

-Ahora todo el mundo escucha esa mierda- dijo, luego de señalar al Dj.

-Sí, eso parece. Pero fíjese que nadie salta, ni cambia el paso.

– Eso es pura moda pasajera.

– De seguro.

-Igual pasa con la hierba- me dijo, tras ofrecerme un poco de mota- como que nadie la disfruta.

-Fuman muy rápido, casi no retienen el aire- dije, tras pasar un poco.

-Es que todo va como más ráp/pido, ¿Si me entiende?- contestó. Ya empezaba a golpearle un poco la noche.

-Algo.

– ¿No quiere pepas?- preguntó, tras depositar un par en mi mano- uno nunca sabe cuando le vayan a servir.

Tras discutir un rato, me fui cerca a los baños a esperar. Tenía ganas de mear, y bueno, era demasiada gente y poco espacio. Eso sí, siempre podría alejarme e irme al monte y hacer ahí lo que quisiese. Me senté ahí, con la botella en la mano y un cigarro en la otra. A lo lejos, los rostros de la gente se extraviaban tras las luces, que los ennegrecía a sus espaldas. Las farolas apuntaban en dirección contraria, y la noche parecía asomarse alumbrada por rezagos de otros días. Demasiadas estrellas, demasiadas para tan poca gente. Pero nadie veía hacia arriba. Todo estaba sobre la tierra: las mujeres, la mota, las pepas. Todo estaba ahí, y no había necesidad de sumergirse en otros recintos. Pero a mí me faltaba todo; me faltaba el calor de la soledad y el amor hacia algo, me faltaban los días que se habían quebrado tras algún sorbo de aguardiente, y me quedaba una sonrisa para todo aquel que se acercase. Me quedaba un cuerpo remendado, dispuesto a seguir, dispuesto a cavilar otro camino diferente al cimentado por la estupidez y la codicia. Me quedaban los recuerdos de esa gente, esos mismos con los que cazaba mariposas cuando pequeño. Aquellos que patearon la misma pelota que yo, en esas viejas canchas de arena municipales. Me quedaban los instantes de risa, de peleas con pistolas de agua. Pero ahora tenía esos cuerpos que ni se reían tras los porros. Esa gente que se mandaba pepas como si fuesen aspirinas; todo para que los vieran. Esto nos había quedado.

Meé en un árbol detrás de aquella casa. Los murmullos de la música explotaban contra mis oídos. Era un “beat” constante, un bajo que replicaba tras los strovers. Nadie oía nada. Al alzar la cabeza, vi las mariposas. Danzaban sobre el fondo negro, desfilando enmarañadas, revolcándose en sus propias telarañas. Se movían entre negros, algunos blancos, y, a veces, apuntaban hacia la luna. Bebí un poco más…y las ví, saltar sobre mis ojos, extraviarse detrás de mis pupilas. Recordé la casa. Los vi a todos ellos bailar, seguir, bailando. Quedaba menos gente. Un gato se asomaba tras los matorrales. Un perro alumbraba con sus pupilas la noche. Alguien gritaba desde algún sitio. El silencio se hizo carne; y caminaba desnudo sobre la piscina. Mis bolsillos vibraban. Las luces se refugiaban tras las pupilas, atizando cada recuerdo, cada nueva imagen que se posaba sobre el cuerpo.

Me quedé con las mariposas. Luego cogí un taxi. Las seguí viendo por el camino. Me decían que todo había cambiado; que ya no podía cazarlas. Me conformé con mí mismo. Me quedé con nada.

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Del viernes y demás películas no vistas.

Me encontraba algo cansado. El día había sido largo y sentía los pies bañados en acero. Cada paso era más lento, más denso. Necesitaba una cerveza y por suerte tenía varios colegas con los cuales disfrutar de una. Caminábamos con paso ligero en busca de la salida: aquella puerta iluminada de luces perdidas en la oscuridad de una ciudad que no parecía tener clemencia de sus residentes: oscura, cargada, demasiado atiborrada de edificios y restaurantes vacíos. La gente estaba muerta, y los muertos bailaban salsa en la calle.

O eso vi, y no de forma distraída.

Al pasar la salida, Molty me señaló un puesto ambulante que reposaba sobre unas pequeñas cajas de madera, similares a aquellas usadas en las plazas de mercado para guardar tomates. No entendí muy bien qué quería, pero algo en su forma de caminar reflejaba ansiedad. Al parecer, sentía el mismo cansancio represado del día: la misma mierda vivida. Detrás venía John, con gesto exhausto y sonrisa magullada, demasiado fingida como para postrarse en una cara a las 6 de la tarde.

– Eh… marica, necesito un cigarro- Dijo Molty mientras escarbaba en sus bolsillos.

– ¿ Y eso qué? ¿Es que acaso yo fumo?- contesté, intentando disimular el fastidio bajo un gesto de burla.

– ¡Ufff! cuidado pregunto algo…imbécil-.

– No, nada…perdón. Es que este día fue un pedazo de mierda-.

– Sí, para qué pero si- Exclamó Molty intercalando las palabras con varias caladas al cigarrillo.

Sabíamos cuál era el plan. Era demasiado obvio como para desconocerlo: un par de cervezas, unas risas, y una que otra estupidez para burlarse al otro día. Lo de siempre, pero con la alegría de pocos días. De repente, John se cruzó entre ambos y dijo lo que parecía ser la estrategia etílica de la noche.

– Maricas… vamos para mi casa. Me traje el carro y ustedes saben que con eso aquí no tomo-.

– Está bien, no hay problema- Dijo Molty tras una calada al último cigarrillo de la cajetilla.

-Bueno, yo voy un rato- Contesté intercalando los movimientos de la noche: Tatiana, cumpleaños, borrachera, amigos.

Pensamientos reposados en un cóctel de indecisión. 

Me preocupaba no llegar al cumpleaños de Tatiana. Llevábamos menos de un mes de novios, pero la cosa pintaba bien y no ir a su fiesta sería una de mis grandes canalladas habituales post-trago. La mierda era controlarse. Respirar. Bajarse unas cervezas sin necesidad de recurrir al aguardiente. Todo era control.

Calma, hijo de puta. Susurros de un imbécil tras el laberinto de sus deseos.

Caminamos hacía el parqueadero de la Universidad. A pesar de saber que el carro de John estaba en el segundo piso, la cuestión siempre era algo ritual: esperar, mirar para otra parte, desentenderse del lugar exacto. Molty y yo esperamos unos minutos, divagando torpemente sobre la relación entre el arte abstracto y Platón. La mierda de siempre, pero con otro color. No llegaríamos a ninguna parte, no importaba; es más, a veces creía que ese tipo de conversaciones sólo eran un placebo para evitar la miserableza del encuentro consigo mismo. La cosa nunca es tan sencilla, para nada. Nos mirábamos y sentíamos que de no hablar entraríamos en disputa con nuestros más profundos deseos, con ese sentimiento de angustia que embarga a los cretinos de veintidós años que no han encontrado un lugar en el mundo donde mear tranquilos, sin angustias.

Lo sabía, estaba seguro. Aquello era lo que pasaba. Me adentraba en ello cada vez que veía la libertad con la que los indigentes bajaban su bragueta y deslizaban su humanidad en cristalino chorro bajo la acera. Los enfermos eramos nosotros, que caminábamos con temor ante las facturas, el trabajo, el futuro/fracaso de haber nacido en el tercer mundo. Puede que mañana no pudiéramos ni vernos; es más, puede que huyamos ante los ojos que buscasen clavarse en el otro: seríamos el recuerdo de los sueños rotos.

PIJ/PIJ/Ehh, suban. Los aullidos del motor tras los gritos del hombre.

El carro de John siempre tenía ese aspecto extraño, tan personal que se sobreentendía a quién pertenecía. Pareciese que sus bujías hablasen, que el motor rugiera y el capó se abriera de rabia cada vez que alguien atribuyese su propiedad a otra persona. Todo tenía cierta colocación que se asimilaba directamente a su dueño: desde los libros de la silla de atrás (Hausser, Panofsky, algunos de Taschen sobre alguna corriente artística) hasta la sombrilla rota que se asomaba por debajo de la silla del piloto. Todo tenía su espacio, y tanto Molty como yo estábamos felices de ser allí recibidos.

– Motley, ¿Mas o menos hasta que hora se queda?- preguntó John con ojos inquisitivos clavados en el retrovisor.

– Ni idea, John… voy a ver si por ahí hasta las 10:30. Hoy cumple Tatiana y bueno, sino voy me joden-.

– ¡Ahh, marica! ¡Dígale a la brava que no friegue y nos pegamos unos tragos!- interrumpió Molty tras echar seguro a las puertas del auto.

– Está bien…yo no creo que joda. Al menos no antes de esa hora- contesté, observando el paisaje del centro.

Bogotá siempre me había parecido una ciudad curiosa; es más, sentía que tenía vida propia y que desplazaba a los que quería al lugar que a ella le parecía. Bastaba no más con mirar su centro: caótico, inundado de carros asustados en busca de la salida más cercana ( fuera la calle 26 o la cuarta…ojalá nunca la décima, ojalá), rostros confusos bañados en el rocío nocturno que se perdía tras la estela de humo de tabaco y marihuana, en confluencia con los gloriosos tragos baratos que vendían las pequeñas licoreras de la zona. Algunos bailaban, otros aprovechaban la oscuridad para distraerse de todo y dejar volar la cabeza ante las luces confusos que se desprendían de las retinas y bajaban cansadas a la bebida, al cigarrillo, al porro. A lo que se tuviera a la mano y sirviera de medida de todas las cosas: del cansancio, del aburrimiento, del desperdicio de los días marchitos en alguna oficina que servía una que otra migaja para la vida diaria. Los indigentes salían, recorrían la zona con gesto apesadumbrado, viendo como aquellos que de día ante sus ojos se asqueaban merodeaban la zona con paso trémulo y sonrisa apagada. “Tienen miedo” pensaban ellos, pensaba Victor, el que siempre me pedía una que otra moneda a la salida de la fotocopiadora y que alguna vez me había ayudado a coger el bus en la avenida 19. “Tienen miedo, hijos de puta”, lo piensan…y en su lugar a todos aquellos amedrentan. Roban, atracan, cuentan que a veces incluso matan.

El tercer mundo es tan cruel que no respeta los deseos; los compra y los asienta tras un estrato social, tras una cuenta bancaria rebosante. A los pobres les asignan la muerte como deseo tras una vida perdida en las necesidades de un sueldo insignificante. A los ricos les entregan los sueños hechos moneda y los condenan a la torpe existencia. A nosotros nos consuela la bebida. Mierda por donde se mire. Yo no sé, poco me importaba. Ya iba por la 26 bajando cuando me percaté de las estupideces que estaba pensando.

– Motley, marica… ¿Al fin viene con nosotros?- preguntó Molty.

– ¿Ah?- repliqué con tono de desentendimiento

-Que si viene al fin a la tienda que decía John…-

– ¡Ahh, si, claro!-. contesté mientras me percataba de que ya habíamos llegado a la casa de John.

Dejamos el carro en el estacionamiento frente a la casa y caminamos unas cuantas cuadras. Aquel barrio tenía cierto aire de nostalgia que me recordaba mi ciudad natal: las casas grandes y viejas, en medio de pequeños parques y tiendas que se mecían en el ambiente familiar que condensaba el lugar. Por algún motivo pensé en una tarde, probablemente del 95 o del 96, mientras aprendía a montar bicicleta y las piernas no terminaban de cuadrarse bajo unos pedales que se mecían rápidamente. Caídas, caídas; me recordaban que aún no conocía el mundo y que para aquello debía caer, recorrer mis dudas y dejarme llevar por unos pasos temblorosos que no parecían ir a ningún lugar, más allá de una pequeña intuición, de un pequeño desafío ante uno mismo.

No es sencillo, para nada. Recorrer aquellas calles me hacía pensar en todo: en la bicicleta, en la primera vez que sentí amor por una mujer, en las dudas que tenía ahora: ¿Qué sería de mí en unos años? ¿ a dónde me llevaría la marea de los días que iban pasando y que no acababan de dejarme transitar tranquilo?

¿Qué sería de toda esta mierda? ¿Vería en un futuro a John y a Molty?

Preguntas de ese estilo se colaban en mi cabeza y me guiaban por la inercia de los pasos perdidos tras el guía indeciso. Ya veía yo a John mirando para el cielo, divagando entre las estrellas que se esfumaban en el firmamento: enceguecidas, extraviadas. Como nosotros, tras el deseo de la cerveza. “A veces es bueno perderse un rato” pensé mientras divisaba en la distancia la tienda elegida para los primeros tragos.

-¿Qué se toma?- preguntó John desde el congelador del lugar. Era una nevera de esas viejas, repintadas constantemente a fin de no verse deterioradas por el óxido que se asomaba desde sus esquinas.

-Una Águila- contesté, mirando entre las opciones que tenía.

– ¿Y usted, Molty?-.

– Otra Águila, todo bien-.

Y así empezó la noche: sentados en unos pequeños taburetes de madera que se arrimaban en forma de círculo ante una desvencijada mesa. Toda una procesión en torno a las cervezas que desfilaban una a una; bajando desde la tráquea hasta el viejo orinal que se asomaba en una esquina del local. Hablábamos de todo un poco: del proceso de paz, de si la guerrilla sería sincera y dejaría el antifaz de paz tras el que se escuda, enarbolando una bandera de verdadera sinceridad, de cese al fuego y de redención. Ya era hora de dejar de matar, mierda. Todos coincidíamos, pero Molty destacó algo que entre nuestra ingenuidad obviábamos:

– Maricas… el problema no es sólo la guerrilla, es el puto Estado que coge esa mierda de la negociación como cortina de humo y como medio para ganar votos-.

– Sí… a mi el malparido de Santos me da mala espina- contesté, interrumpiendo la frase ante una inminente necesidad de bajar un sorbo- Si jodió a Uribe, que fue el que lo ayudó a posicionarse; no imagino la forma en que usará las conversaciones con las Farc-.

– Ojalá todo salga bien…- respondió John, bajando la cabeza y golpeando el suelo con la mirada.

Era momento de un trago más fuerte…

Pagamos la cuenta y salimos del lugar. Antes de eso, John y yo intentamos convencer al tendero de que nos vendiera una botella de aguardiente y unas cervezas; sin embargo, su rostro de furia y desconsuelo ante la proposición fueron suficientes para irnos para la casa de John. “¡Hijuemadres! ¡estudien, trabajen, alguna mierda, pero lárguense ya!” fue el aullido de aquel viejo tras el subir de la cortina metálica que sellaba aquel templo del licor.

En el camino, John había llamado a Joseph y a Gwoding: dos viejos colegas de extraños sucesos etílicos. Dos esbirros más de la botella, que junto a nosotros, deambulaban entre los rezagos de sucesos que se difuminaban bajo las luces que caían directo a la pupila. No sabíamos muy bien cómo era que todo sucedía, pero al final el resultado siempre era el mismo: guitarra, poesía, palabras fugaces al son de una armónica extraviada en los acordes. Cómo decía Joseph: “Así empezó Dylan putazo, y hoy mirálo, maricón”, después de que yo le dijera que no íbamos para ningún lado con toda esta mierda.

¿Qué era la mierda?, lo de siempre. Amigos que tras los tragos se daban cuenta de la extrañeza de sus andanzas, de la estupidez del instante y de la poca trascendencia de sus días: no éramos nadie, no eramos más que polvo hecho carne que regresaría a sus cimientos, al refugio de la tierra y al cielo de la inconsciencia. Y es que no pensar era mejor, no ver a la gente en la calle no era deshumanización; antes bien, era tan sólo un mecanismo de auto-protección  “Mirá, vivir en Colombia no es fácil, putazo” dijo alguna vez Joseph tras una discusión sobre la necesidad de hacer algo por los más desfavorecidos. Y tenía razón, esto era una mierda que a pocos le importaba.

Entramos. La casa de John parecía detestarnos, lo supe por el paisaje de sus fauces: oscura, atiborrada de trampas y muebles colocados para vernos caer sobre la madera, con un piso demasiado lustrado como para parecer real. Era una trampa diseñada para burlarse de los borrachos, y nosotros no seríamos la excepción a aquella regla.

Subimos y destapamos una botella que yo había comprado en el camino. Por suerte, John tenía unas cuantas cervezas en la nevera; no teniendo necesidad de conseguir algunas hasta dentro de un buen rato. De repente, un pito estruendoso sacudió las ventanas de aquel cuarto:

-¡Hey, putazo! ¡Ábreme malparido que quiero chupar!- gritó Joseph al verme asomado por la ventana.

– Ya va, ¡hijueputa!- dije mientras tomaba un sorbo de cerveza.

Al abrir la puerta, me percaté de una grata sorpresa: un par de cervezas y otra botellita de aguardiente. La mierda se componía tras el calor de una noche que se desvanecería en el anís de su madrugada.

Bebimos un buen rato, no sin antes poner algo de música. Por nuestros oídos desfiló desde Bob Dylan hasta The Clash: todo dependía del momento, de la necesidad del que tuviese el computador en sus manos y de la infinidad de mierda contenida en Youtube. Por cada canción tomábamos una tanda, y entre cada copa de aguardiente que desfilaba en la garganta aguantada bajo el sabor de la cerveza; nuestras miradas descendían a risas absurdas que se desdibujaban en una pugna con los más precarios absurdos.

– Ehh… Motley marica, quite esa mierda. Depeche Mode es un asco- Dijo Molty tras escupir un poco de cerveza a la alfombra del cuarto.- Ponga más bien alguna mierda de AC/DC, o de Maiden-.

– Sí putazo. Pon mejor alguna mierda de Dylan, que AC/DC es una mariconada- respondió Joseph.

– Coman mierda, ¡luego ponen sus pendejadas y ya!- dije tras una risa que se antojaba seca.

Brindamos por ello. En el roce de los cristales el aguardiente se deslizaba cuesta abajo, en dirección a la alfombra que parecía adquirir mayor espesura con cada brindis. La precisión se difuminaba tras las canciones, tras las risas y la falta de preocupación que en aquel cuarto se retrataba. Éramos felices en medio del descontento; de las preocupaciones que por un instante se alejaban de nuestras cabezas.

Pum/Plaj/¡Mierda/ Los gritos del cristal quebrado tras el lanzamiento de un imbécil.

Fue en aquel instante donde decidí voltear a mirar el reloj: 11:30 pm. Hace una hora debería de haber salido para el cumpleaños de Tatiana. Iba tarde, ¡puta vida! La misma mierda de siempre. Sentí cómo el licor se confundía con la lucidez de la inquietud repentina. Revisé el celular y habían 4 llamadas perdidas, todas de Tatiana. Tatiana, la morena que cumplía años y que por desgracia había acabado interesada en un imbécil como yo. Pero no importaba, ya podría yo intentar calmar las cosas mientras llegaba a aquel sitio:

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Tatiana?- dije entre pausas y suspiros.

– ¿Aló? ¿Aló?- contestó entre unos bajos perdidos tras las trompetas de una magullada salsa.

– Hola, ya salgo para allá… espérame en la entrada del bar- respondí.

– ¿Andrés? ¿Por qué no has venido?… mira que te estoy esperando desde hace un buen rato- replicó y tras una breve pausa sepultó cualquier aspiración de redención departe mía- ¿O es que acaso tú no te pones de mal genio cada vez que yo te hago esperar? ¿Ahh? ¿Dónde está la coherencia?-.

– Ya voy, tra-tr-anquila… es que me quedé tomando unas cervecitas. Ya salgo, no hay pr-oblema-.

– ¿Estás borracho?- preguntó con cierta malicia que se fundía bajo una voz aparentemente inocente.

– No…lo normal, ya estoy cogiendo el taxi. Ch-hao.

Tun/Tun/Tun/ Communication Breakdown.

Me despedí de todos luego de llamar un taxi por teléfono: las teclas, machacadas, inservibles, demasiado ajustadas para ser presa de la torpeza de unos dedos extraviados ante el veneno de la música.

Words like violence
Break the silence
Come crashing in
Into my little world
Painful to me
Pierce right through me
Can’t you understand
Oh my little girl

Y los bajos y el teclado retumbaban. Y estaba montado en aquel puto taxi y no entendía para donde iba. No sabía qué había dicho; pero un diálogo ensordecedor había roto el silencio de la canción: su brisa, la maldita ensoñación. Las luces se extraviaban en mi pupila y el ruido de los carros a mi alrededor me hizo clavar la mirada en los andenes; en las putas de la 53 con Caracas, en los mariachis, en un borracho que se vomitaba en una esquina, sin nadie a su lado. Y es que Bogotá era así: un desierto de cemento, un cementerio de alquitrán, licor y hachís diseñado para que los imbéciles conocieran el infierno. Estábamos perdidos, y todos reíamos, perdidos en la magia de la botella, en la intrascendencia de los vallenatos que se colaban ruidosos en nuestro ser. Eramos mierda que no podía tocar tierra:

ÉRAMOS LA MIERDA QUE NO PODÍA DESCOMPONERSE
QUE PERDURABA MARCHITA TRAS EL TRABAJO
TRAS LOS INSTANTES EXTRAVIADOS
EN LICORES BARATOS, TRAS LA ALGARAVÍA DE LOS MALOS RATOS

ERAMOS LOS HIJOS DE UN SIGLO QUE NACIÓ JODIDO
Y QUE NECESITABA DE SUS HIJOS PARA MANTENER EL PUTO SUPLICIO.

Lost in a dream
Nothing is what it seems
Searching my head
For the words that you said

Y ya no sabía dónde estaba. Y Megadeth sonaba, y mis ojos se habían llenado del negro de las luces manchadas ante la retina, cansadas para ser plenamente percibidas. Olía mal, a mierda, a desechos de un trago vomitado tras un diván: estaba ante el vivo retrato de esta maldita Bogotá; sucia, mancillada, quemada por el reflejo de las luces y la hostilidad.

SHHH/IJJJ/SON $38475775585/Y NO SÉ QUÉ MIERDA/ GRACIAS, TOME SUS VUELTAS, SEÑOR/ Sinestesia de un náufrago abandonando el barco, pisando la tierra.

-¡Hola! ¡Por fin llegaste!- exclamó una morena con tacones y pequeños senos.

– Hola…sí, cccasi que no- contesté.

– ¿Estás borracho?-

-No…para nada-

– Vale diez mil pesos la entrada…- dijo, indagando inmediatamente en mi semblante.

– No tengo…-.

No tenía dinero, pero no importaba. Una de las ventajas de los bares de Chapinero era que siempre iba demasiada gente, y no habían suficientes personas cuidando las entradas como para percatarse de algún “genio” que intentara entrar sin pagar. De repente, el tipo de los tickets  se volteó y me dejó el camino libre: “Entra, ¡imbécil!” me gritaba desde lo más profundo de mi subconsciente.

Me salté la baranda, no sin antes tropezar y caer directo contra el suelo de baldosa. Por suerte, la música estaba bastante fuerte, tanto que era difícil percatarse del estallido de 80 kilos contra la tierra. Sentí una leve irritación en la nariz, que se acrecentó tras el sabor a sangre que se colaba en mi boca y los gritos de Tatiana.

– ¡Andrés! ¡estás todo manchado! ¿Para qué saltabas? ¡Estás borracho!- gemía Tatiana, apretándome la nariz con un pañuelo.

– NO PIENSO PAGAR UNA MIEERRA PARA ENTRAR A ESTE ANTRO-.

-¡Imbécil!-.

Y allí estaba yo: genio de genios, pajuelo entre los señores. Otro soldado del nuevo siglo sepultado bajo la sangre de sus errores, bajo la estupidez de sus más pendejos anhelos: ¡OH! ¡Colombia! ¡En qué me has convertido!

Bailábamos. Sonaba un yo no sé qué que se dejaba al paso y los pies eran escaleras por las cuales subir, bajar, danzar entre el sudor y los giros fugaces que se dibujaban cual trazos surrealistas en un antro de Bogotá. Era Lavoe, ¡Lavoe de mierda, estoy aquí por fin bailando salsa y tú sólo suenas sin poder verme!

Pronto llegará, 
El día de mi suerte 
Sé que antes de mi muerte 
Seguro que mi suerte cambiará

Y la morena daba vueltas sobre su propio eje, conservando la cadencia en la soltura y la ligereza en los pasos. Me enfrentaba a ella: a la salsa, a la rapidez de las trompetas y el repique de los bajos. Era el hombre contra la bestia, contra el sonido rapaz que se desfiguraba en una nueva melodía tras el cambio de pista magullado de un DJ bastante borracho. Siguió otra salsa, luego un merengue, luego un reggaeton de mierda. Luego no me acuerdo. No me gustaba mucho la salsa, pero allí estaba y en su ritmo los tragos no alcanzaban.

Bailamos un buen rato, cuando a las tres de la mañana llegó lo esperado:

– Me tengo que ir, Andrés…Juliana me va a acercar a la casa- dijo la que hace unos instantes se deslizaba sin mayores trastes sobre la pista.

– Si quieres yo, yo te acerco- contesté mientras tomaba un trago de tequila que tenía sobre la mesa.

-No…tranquilo. Tú estás borracho, ni si quiera puedes ver bien- exclamó con cierto aire de tranquila tristeza.

– Estoy bien…¡todo está bien!- grité.

– Coge un taxi, vete a tu casa…por favor, duerme un rato- mencionó mientras se perdía en el tumulto de gente que abandonaba el lugar.

Eran las tres y media de la mañana, y aún faltaba varia mierda para completar la madrugada.

Al salir del sitio, noté cierto aire resentido de parte del vigilante que custodiaba la entrada:

– ¿Su manilla de ingreso?- preguntó con cierto tono burlón, viéndome la nariz.

– Ni mierda…¡me chupa el culo esa putada!- grité mientras escupía al suelo y abandonaba con paso rápido aquel sitio.

Bajé por la esquina hacía la Caracas: hacía las putas y los borrachos. Bogotá tenía ese no sé qué que entre cuadra y cuadra el paisaje cambiaba profundamente: nunca se sabía cuando se entraría en un “mal” lugar. Al otro costado de la acera, veía a un tipo que sostenía el cabello de su novia/amiga/polvo mientras sus entrañas se sacudían en guturales aullidos. Volteé a la izquierda, y mis ojos se fijaron en un tipo que gritaba a los cuatro vientos:

“HIERBA, BARATA, MARIMBA DE LA VACANA” y un sinfín más de drogas que mi cabeza no alcanzaba a captar entre su borrachera.

Compré un poco. Sorbía con fuerza, intentando que el humo se regara en mis pulmones. Tras unas cuantas inhaladas, me sentía cansado, con un sueño marrullero que quería verme caer en aquella calle asquerosa. No podía, no era el lugar. Veía las luces golpearme fuertemente, subsumirme en el frío de la noche y hacerme perder en meditaciones que se dilataban en la pesadez del momento, en la intranquilidad del pensar inconstante. El cuerpo  se tornaba difuso y apesadumbrado, viendo la carne convertirse en hierro y los pies en candados.

Estaba muerto, y en esa calle no festejaban la dicha del roce con el cemento.

Cogí un taxi, no sé cómo, ni cuando, pero le dije al tipo que me llevara de vuelta donde John. Lo supe al despertarme en Cafam Floresta, un viejo supermercado de la ciudad que quedaba a dos cuadras de mi destino. Revisé la billetera. Lo tenía todo: los papeles y un poco de dinero. Lo suficiente como para pagar el taxi y colocar un poco para otra botella.

Me bajé en una estación de policía que quedaba en la manzana siguiente a la casa de John. Tenía unas ganas incontrolables de mear que tuve que saciar frente a las rejas de una casa de familia. Un puto perro casi me arranca la pija de un mordisco, por suerte alcancé a correr y emprendí la huida.

Siempre huía, la situación no dejaba de ser la misma. Estar borracho era un paseo por la misma insolencia intrascendente de mi vida: ver las complicaciones, el malestar, los problemas irresolutos manchados bajo las capas de licor que los difuminaban en su precaria espesura. Había nacido para correr, y aquello no estaba del todo mal. Había nacido para correr, y en mi vida no había empezado siquiera a trotar. Lo sabía, ya mañana sería un día para actuar.

Corrí hasta que sentí algo de Metallica: había llegado. Grité un buen rato, sin respuesta. Lancé un par de piedras pequeñas a la ventana, que se estrellaban en un trac/trac lejano y discordante. Me estuve allí un buen rato, tomando un cuarto de una caja de aguardiente que traía en el bolsillo y que aún hoy me pregunto de dónde habrá salido. Estaba sellada, por suerte. Aún veo, por suerte.

-¡Malparido, vení que seguimos chupando!- gritó Joseph.

– Abra, imbécil- le dije tras un sorbo carrasposo.

Entré. Aparte de Joseph, John y Gwoding andaban sirviendo unos tragos. Tras acabarnos la botella que había quedado cuando me fui, decidimos comprar otra en conjunto con unas cervezas. ¡Gloriosos estancos 24 horas!

Dylan sonaba, y poco a poco se veían los rostros extraviados, confusos, demasiado atiborrados de licor como para calcular la madrugada siguiente. John se decidió a sacar algunos de sus libros, y a recitar algunos de sus poemas favoritos:

– Ehh… maricas, pillen este, escúchenlo que es bbbien du-duro- exclamó mientras sacaba un viejo libro de una estantería.

¡ESCUCHEN, MARICAS…ESCUCHEN QUE ESTO ES LO QUE VALE. USTEDES NO HAN LEÍDO POESÍA SINO CONOCEN A PESSOA!

AUTOPSICOGRAFÍA

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.

Silencio. Nadie puede hablar si alguien ha roto el ruido tras los huesos. Las mandíbulas rechinan, el cuerpo se hace denso y los líquidos inherentes al mismo se pierden en la mezcla de sensaciones. La vida no es igual  cuando tocan ciertas fibras; y Pessoa había quebrado la frágil tranquilidad que habitaba entre nosotros. ¿Qué mierda era la poesía, sino era eso?     ¿Qué era la poesía, si se había escrito para los tranquilos, para los no-vivos? ¿Para qué mierda escribíamos, si tal vez nunca llegaríamos a eso?; todo ello eran cuestiones que no estábamos dispuestos a responder.

– ¡Ve, malparidos…escuchen al viejo, que el sí sabe!- interrumpía el instante con ese acento caleño y reciclado. Puto Joseph.

Born into this
Walking and living through this
Dying because of this
Muted because of this
Castrated
Debauched
Disinherited
Because of this
Fooled by this
Used by this
Pissed on by this
Made crazy and sick by this
Made violent
Made inhuman

Aquel verso se repitió en mi cabeza… no sé cuántas veces, pero estaba vivo. Las lágrimas se escurrieron en la cara de todos, en la mía, en las luces que se desparramaban en centellas intranquilas que se mecían en aquel cuarto. El viejo había hablado, y sólo acudían tres borrachos para auxiliarlo. Éramos los elegidos por la bebida para estar hasta el final, acudir al encuentro con el mundo y mirarlo a los ojos…

Because of this
Fooled by this
Used by this
Pissed on by this
Made crazy and sick by this

Y se repetía. Las cabezas estaban gachas, y ya no teníamos la fuerza como para mirarnos directamente a los rostros. Los tragos bajaban escasos, incinerados y dejaban tras de sí una estela de rencor que ya no era susceptible de ser ocultado; es más, lo teníamos calcado en nuestros gestos, en una mueca que variaba entre una leve risa y la  decepción más profunda: No seríamos tan buenos como Bukowski, pero a pesar de ello teníamos a la noche y la bebida. Fue entonces cuando decidí apresurarme a recitar algo que no tenía mayor sentido, y cuya calidad no era comparable a los dos anteriores:

– Malparidos… aquí va, se los dedico:

No sé ustedes
Pero queda un poco menos de licor
Un poco más de risa
Y mantenemos las desdichas
Agendadas para mañana.

No sé ustedes
Pero hoy vivimos
Bajo el anís
Que se cuece lento
Y nos deja un paso más cerca,
Del infierno.

No sé ustedes, pero aquí, más lejos que cerca
Nos conocimos, en la distancia de la palabra
En la cercanía de las resacas
Estamos vivos
En las inmediaciones del cielo
Besando rostros de niños muertos
En lucha intempestiva
Contra la condena de la vida
Vivir contra el tiempo,
Que el verso sea el reverso
De la muerte y este infierno.

Lo dije, entre eructos y bufidos. Estaba allí, estaba vivo. Miré a Joseph: dormido. Volteé a ver a John: profundo, tras los porros y uno que otro sorbo. Me recosté un segundo: la madrugada se despertaba tras vomitivas ráfagas de luz que se colaban tras las persianas de mi humanidad.

– Ve… putazo, mirá, vamos para tu casa, malparido- dijo Joseph tras un largo bostezo.

– Está bien…ya amaneció- dije mirando hacía el sol.

– Dale, espera saco algo para el camino- exclamó mientras salía del cuarto con pasos apretujados, angostos, encogidos ante la casa que dejaba sus anzuelos. Nos estrellamos contra un par de muebles, fuimos peces seducidos por la carnada. Pero no caíamos, nos sostuvimos…así fuese en el hombro del otro.

– Ve, maricón, ¿querés maní?- preguntó tras indagar en la alacena.

-Está bien…-.

Y caminamos, con el sol golpeando a nuestras espaldas, con la resaca que aún no llegaba pero que ya empezaba a gotear bajo nuestras ropas. Los carros pasaban, rápidos, demasiado despiertos como para no ser inanimados. Los vimos, nos preguntamos, lo dijimos:

– Marica… rote maní-.

-Cogé maricón-.

Y lo lanzamos. Lo tirábamos a todas partes: a los carros, a las casas, a la gente que salía a pasear a sus perros y a todos los demás enfermos que no tenían tiempo para tomar un poco. El maní volaba sobre nuestras cabezas como esquirlas de granizo contra la pared, chocando con todo: contra nuestras vidas, contra la dicha que poco a poco en el calor del sol se diluía.

Basado en una historia post-delirio real.

San Pedro: Poema dedicado a Neiva.

Dicen que llegó Junio,
Hay aromas venideros,
Las calles impacientes,
Retumban a un son guarapero,
La gente lo saluda,
Con rostro sincero,
Y le gritan ¡Venga compadre emborrachamos a San Pedro!.

Sírvame el asado,
Con insulso y oreja e’ perro,
Pero deme un verraco trago,
¡Un aguardiente para el voleo!

Las mujeres en los balcones,
La riata y un sombrero,
Que me ensillen el caballo,
¡Que el anís anuncia  el festejo!.

Bajemos el guayabo,
Con cerveza y aún más guaro,
Que la garganta sienta el anisado,
Al son de un Sanjuanero.

Y que al llegar Julio,
Desprendiéndose en silencio,
Retumbe tiple y tambora,
Para decir que allí estuvo San Pedro.