Actualidad: otro llamado a la sinceridad.

Nadie es sincero
Lo siento cada vez que abren esas bocas
Tan grandes, tan apestosas
Palabras que surgen atosigadas ante el desespero
Pero todos parecen creer
Apariencia de estar bien.

Nadie es sincero
Lo pienso cada vez que veo a aquellos hijos de puta hablar de justicia
De derecho, de normas, de jurisprudencias y demás estulticias
Lo dicen con serenidad, con esa sapiencia que sólo otorga la inseguridad
La estupidez, los códigos y toda esa parafernalia
Frases insulsas que se desparraman en las calles
Sobre la cabeza de la gente, como el meo en las esquinas
Como la mierda en las avenidas.

Son unas ratas, nunca son sinceros
Lo saben, se ríen y de la boca cagan todas esas palabras
Se defienden con acápites e incisos
Nunca dan una posición por válida, de los extremos crean laberintos
Son eclécticos, y con cobardía creen en los puntos medios
En teoría, para siempre aprovecharse de lo impreciso de su palabrería
Defienden al más fuerte, a cambio de un gran montón:

De mierda
De mentira
De farsa
Desidia
Pedantería

Son unos hijos de puta
Que se protejen tras su jardín de delicias
Flores podridas
Que ojalá algún día la gente pueda arrancar,

A golpes, que sientan el puto malestar.

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Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

Tuve un sueño…lo de siempre.

Tuve un sueño en el que nada tenía sentido. Bueno, para eso son los sueños. O para eso el licor, o las mujeres, o las facturas. Nada tiene sentido, pero es necesario. Todo fue súbito, intento recordarlo pero sólo me vienen imágenes fugaces. Como si hubiese estado demasiado borracho. Como si fuese demasiado bochornoso para ser recordado.

Recuerdo un cuarto bañado en sangre. Las paredes tenían ese moho pesado que se incrusta como una capa sobre el blanco que algún día tuvieron los muros, y que se camufla junto al rojo oscuro de la sangre podrida.

Escenas que sólo se ven en un matadero o en una vagina con periodo. O en mi sueño, mierda.

Estaba allí y no entendía nada. Sentía unos gritos a lo lejos, como si alguien más estuviese muriendo en aquel sitio. Pensé en una calle y era casi lo mismo. La gente gritaba y se perdía en sus lamentos, otros sólo corrían de lado a lado sin pensar en nada. Demasiado asco, demasiadas preocupaciones.

Me encontraba con un tipo de bata blanca y un tapabocas de metal, que por algún extraño motivo, era el que más me inspiraba confianza del lugar. Todos eran iguales. Sólo se veían sus rostros blancos ( demasiado pálidos) y sus cabellos canosos. Rezagos de un negro que alguna vez se tuvo, tal vez. Debajo de la bata se asomaban un par de gastados tenis Nike. Esa referencia de Michael Jordan que ni con la estrella de los Bulls vigentes pudieron ser vendidos.

Todos los tenían. Muchas camillas. Mucha gente. Demasiada sangre.

No encontré, ojos así, como los que tienes tú/ Baby, Baby, Baby Oh!/ Seré tu amante bandido, ¡bandido!/Aullidos del infierno.

Todos cantaban. Absolutamente todos, excepto el tipo de la bata blanca y el tapabocas de metal. Aquel sólo me veía, indagando en mi rostro con cierta curiosidad. No había pensado en ello, pero yo era el único que no estaba en una camilla. Tampoco tenía zapatos Nike y mi bata era de un rojo oscuro que se asemejaba a la sangre.

– ¿Qué es esto?- pregunté.

– Nada. Lo de siempre.-Contestó el tipo de la bata blanca.

Lo de siempre. Y bueno, tenía sentido. Ahora que lo pienso puede que lo tenga. El gran supermercado social se descomponía ante mis ojos y yo no me daba cuenta. Todos cantaban mierda que no es buena pero que en algún lado sonó muchas veces y que ahora todos asumen como verdad revelada.  Daba asco.

Intenté hablar con uno de aquellos imbéciles, pero al intentar hacerlo me desperté en otra sala. Al parecer estaba durmiendo, o dormitando, o quien sabe qué putas hacía ahí. Puede que una paja con los ojos cerrados. Yo que sé.

– ¿Qué pasó?- le pregunté al tipo de la bata blanca, que ya no estaba.

– Nada. Lo de siempre.- Contestó una enfermera que de la cadera hacía arriba estaba bestial. Digna de un sueño, la muy puta. Lástima que sus pies eran una especie de tentáculos que botaban una baba extraña.

Nada es perfecto. Todo es lo de siempre. ¡Ah, usaba Nike!

Intenté levantarme pero no podía. Los ojos se me cerraron luego de la aguja. Supe que era una aguja porque sentía un pinchazo en el cuello. No podía hablar.

Luego sólo vi una imagen, que se repitió hasta que me desperté e intenté calmarme con algo de cerveza. Había un imbécil que repetía algo frenéticamente, sin inmutarse por la sangre que le salía de la boca.

Preámbulo de la constitución: Colombia es un Estado social de derecho en forma de República unitaria…/ El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte/ Paris Hilton tuvo una erección luego de comprar un perro. Dicen que el can la tenía tan seducida que al final desistió de usarlo para su nuevo traje/ Nadie será sometido a torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes. -Gritaba un imbécil que sangraba, en algún lugar de una habitación. Su rostro era igual que el de los anteriores: pálido y de cabellos canosos.

Luego tan sólo escuché: “Ahh..es el nuevo, quítenle el nombre. No lo necesita. Tan sólo que repita…lo de siempre”. Creo que era el hijo de puta del tapabocas metálico. Ya no era necesario.

Me desperté, y busqué una cerveza en la nevera. Estaba, por algún extraño motivo, demasiado asustado. Casi temblando. Demasiado vivo. Al final sólo sería lo de siempre.