Mercenario no remunerado.

mercenario no remunerdao

Demasiado trabajo
Demasiadas hojas
Sobre la mesa.

No hay mañana,
Sólo presente.

Trabajo,
Y más trabajo,
Nada más.

El reloj se pierde
Y los suspiros se cuecen
En la cafetería,
Todos miran distraídos
Hacia el techo
De vez en cuando bajan la cabeza
Tienen miedo,
No quieren que los vean
Perdiendo el tiempo.

Esta es mi vida,
Nunca lo deseé,
Me han faltado huevos
Muchos huevos
Para no caer en esto.

Aún puedo escapar,
Abro la puerta,
Todos salen detrás.

Aún puedo escapar,
Me queda tiempo
Lo entiendo,
De todo esto,
Saldré,
Escaparé
Con los cuervos mordiendo
La espalda,
Y las heridas abiertas,
Para llenarlas de sal.

Dispararé a la ventana
No habrá reflejo,
Me incendiaré la cabeza
En la peor de las resacas.
Estaré solo
Habré perdido,
Habré seguido
Resucitaré.

Beberé unos tragos
Recordaré la época
En que fui mercenario
No remunerado.

A nadie le ayudé.

Menos mal los perros
Mordemos,
Así sea  a las patadas,
O quizás de un golpe,
De rabia.

Nadie destruye a un hombre
Si no es escupiendo
Sus migajas.

Yo me las como
Hasta que explote el vómito,
Y nada siga igual.

¿Qué harán los demás?

Desterrados

código de barras

Demasiado sucios para ser vistos
Parados en medio de la calle,
Pasan desapercibidos
Ahí están los que ayuda necesitan,
No tienen nada, sólo les queda la esperanza
Hacen cola fuera del edificio,
Me ven entrar…
Yo entro, ellos no. Aún no.
Puede que nunca entren.

Sus ojos, extraviados,
Miran hacia el suelo
No me determinan
Revisan sus zapatos
No hablan,
Están cansados
De ellos, de todos,
Cansados de no ser admitidos
Aburridos de ser rechazados
Demasiado atareados como para hablar
No se miran
No se hablan
Sólo caminan
Un paso tras otro
Uno tras otro…
Sin siquiera tocarse.

No se quieren
Se desprecian
El odio al parecido
Lo odian todo
Y no odian nada,
Están ahí por inercia
Nada les queda
Excepto la esperanza.

Nada les queda,
Excepto ellos mismos
Voluntad hecha ceniza
Un cuerpo derramado en migajas.

Subo por el ascensor
Los miro desde arriba
Sólo sé que sintieron mi olor
El olor débil
El olor de la desigualdad
Loción
No es sudor
Ni su sudor,
No es un cuerpo vivo
Fue un muñeco el que pasaba
Por el mostrador.

Los veo desde arriba
No miran hacia el cielo
No les interesa
Dios no ha muerto,
Para ellos no.

Yo sigo sin entenderlo.

Entran despacio
Agachan la cabeza
La agachan y se quitan los sombreros
Las gorras, los pasamontañas
Se quitan todo,
Casi al descubierto,
Se detienen
No los requisan,
Sienten que está mal
Acostumbrados a la desidia
Transitan,
Sean hombres o mujeres
Su propia fuerza los sostiene.

Son los olvidados
Esos que van allí
Al lugar donde estoy
Donde me piden estar
Donde no quiero estar,
Van allí en busca de lo que todos
Les han quitado atrás,
Buscan el consuelo,
De saber que hicieron algo más
Que lo hicieron todo,
Siguen luchando
Sin final
Sin armas
Sin balas
Con el cuerpo hecho cenizas
Y el alma que se agita entre las vísceras.

Se colocan de nuevo en fila
Uno tras otro
Como hormigas
Como cerdos dispuestos a morir
Agachan las cabezas
Sus nombres se pierden
Se espantan
Tras la boca de la secretaria.
No hablan
Asienten
Al llamado
Como si fuese
Su propia muerte.

Me llaman a mí
“Cabrera Andrés”
“Cabrera Andrés”
Turno 28
28 es un turno
28 es un número
Hecho de carne
Y con más espíritu
Que todos los que ayudan
En este sitio.

“¿Podrá ayudarme?”
Pregunta,
“No lo sé”,
“Intentaré”
Le contesto.

Y nadie nunca sabe
Lo que terminará de pasar.

“¿Podrá ayudarme?”
Nunca me contestará.

Aún queda algo.

eunuco

De derecha a izquierda: Milton Valencia (Compañero de desgracia), Santiago Ramírez y Yo (Andrés Mauricio Cabrera).

Estaba ahí, en lo que era un día como cualquier otro. Siete de la mañana, sonido de la alarma, cagada rancia y semidormido. Baño sin refregarme lo suficiente. En especial los huevos. Café para despertarme, y espera por el bus. A las ocho en punto en la oficina.

– Cabrera- dijo la jefe del consultorio- ¿Ya presentó la demanda en el juzgado?

-¿Cuál, doctora?

-La del divorcio…-dijo mientras escarbaba unos papeles- El que era por mutuo acuerdo.

– ¿El de la señora Castro?

-Sí- respondió rápidamente- ese, o cualquiera. El del mutuo acuerdo.

Nunca se acordaba de los nombres. La gente eran pequeñas cifras que se escurrían en las estadísticas que se publicaban a final de año. Aquel era el consultorio que más consultas recibía entre todo el resto de universidades de la ciudad. Consultas mal llevadas, pero a la larga, el que más tenía. Parte de ir “Adelante en el tiempo” era acaparar. Acaparar, acaparar. Nunca dar nada. Mostrarse por encima del resto. A pesar del resto.

-Ehh..sí, es el de la señora Castro.

-Usted sabe que eso no me importa-contestó mientras lamía la punta de un lapicero- Lo que importa es llevar el caso.

– Está bien.

-Pero no me ha contestado…- replicó mientras veía mi expediente- ¿Ya llevó la demanda al juzgado?

-Pensaba ir ahora mismo.

-Tarde como siempre.

-Nunca es tarde para un juzgado colombiano.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ahora vuelvo.

Nunca era tarde. La justicia en Colombia estaba tan desarraigada que ni Nemqueteba (Dios Muisca de la justicia) ni Temis (Editorial de libros jurídicos) se sentían conformes en sus espacios. Todo era un asco. Ir a un juzgado era una experiencia de alto riesgo: No se sabía en qué momento un “colega” me robaría la billetera. O me dejaría sin casa. O jodería otra familia. Aquello era el patíbulo, y yo fungía de mensajero del más ramplón inquisidor.

Me dirigí allí con paso firme. No quería ver a ninguna parte. La garganta me quemaba, y el sudor se empezaba a escurrir por mi traje. La corbata era la cuerda que mantenía sujeto a todo ello: Aprisionado, desgastado. Sentía cómo la sangre hervía mientras cada pie se ponía en dirección a aquel sitio. Cada centímetro era una dosis pequeña de asco, de muerte lenta. Esto de ser un eunuco, vil practicante sin tarjeta profesional, era aún más nefasto que ser abogado. Al menos ellos tenían el privilegio de conocer las empanadas más grasosas de la ciudad.

-Disculpe- le dije a un tipo que estaba ahí sobre la calle- ¿Este es el Nemqueteba?- pregunté, señalando un edificio con cierto aspecto solemne.

-Jajaja, no, mire- contestó- es ese de ahí.

-¿Esa mierda?

-Esa misma, joven.

Era una porquería. Sabía que la justicia en Colombia era un invento, pero aquello era aún más risible: Un viejo edificio sostenido por mocos. Sus cimientos eran tan débiles como la “paz” o la “vida”, o demás derechos de mierda que se “respetan” en la “Constitución”. Y sí, como buen estudiante de derecho, en algún momento creí que los abogados eran gente decente, respetable. Me los imaginé en elegantes oficinas, con suntuosos trajes e ideales aún más grandes. Me los imaginé como en La Ley y El Orden, luchando contra los políticos corruptos. Me los imaginé intentando cambiar el estado de cosas nefasto que vivíamos. Pensé que aquellos vivían para buscar el bienestar de la comunidad. Eso pensé a los diecisiete años. A los veintidós, el paisaje era brutalmente contrario. Me encontraba en un ascensor que olía a mierda con pachulí, y la gente hablaba de la “carpintería” y “técnica” que se requería para llegar lejos en la profesión.

-¿Para cuál piso, joven?- me preguntó un viejo de corbata y bigote a lo Hitler.

– Diecisiete, por favor.

-Ah…va para donde el doctor González.

-Creo que sí.

-¿ No lo conoce?

-No…- contesté, mirando a una mujer acomodarse el escote para que se viese más abultado- De hecho, es la primera vez que vengo.

-Vea…pues lo más fácil es que le lleve una “cervecita”- contestó, con cierto tono servil y delincuencial que sólo un abogado podía conocer. Era como un sello en sus culos. La marca que debía mostrarse con más orgullo ante sus “colegas”.

– Jajaja, gracias, pero no.

-Créame…la va a necesitar.

Al bajarme, sentí un leve olor a mierda. Pero no era una mierda normal. Olía a MIERDA. Una especie de diarrea condensada tras el olor a alcohol y aceite para bebés. Aquello parecía más un campo de concentración para niños pequeños que una guardería. Tras unos vidrios, podían verse a diversos niños esperar a sus madres. Todos tenían esa cara que sólo se tiene en un juzgado: Cansancio, y más cansancio. Algo había mal en todo aquello. Los juguetes eran de colores, y pequeños televisores rompían el sonido de los pasos y las filas que se armaban para revisar la carpeta de notificaciones. Casi todos lloraban, buscando sin suerte a sus madres entre aquel tumulto de lascivos encorbatados y prostituidas secretarias. Los expedientes pasaban rodando en pequeños carritos de rodachines que golpeaban a la gente. Todos gritaban. Eso era el caos. Hobbes tuvo razón. El estado de naturaleza era el caos organizado. El estado de naturaleza era una jauría de abogados en un juzgado.

-¡Mamá! ¡Mamita!- gritaba un niño tras aquella jaula de cristal.

-¡Con permiso, con permiso, este es mi puesto!-gemía una abogada de abultadas tetas.

-¡Respete, malparido!- chillaba el que seguramente era el mejor abogado del piso.

Eso era la muerte. Todos contra todos. Todos con una gran cantidad de papeles untados de mierda en el maletín. Todos tenían maletín de cuero. El cuero caliente huele. Y huele al sudor acumulado. El sol penetraba por la ventana. Y la luz se refractaba contra los rostros de cada uno de los que allí hacían cola. Una mujer ponía sus tetas sobre mi espalda…calientes, calientes. Quería chuparlas. Quería romper ese escote. El imbécil de adelante restregaba su pene contra una gorda de falda. Todos contra todos. Un tipo gritaba las horas que llevaba allí parado. Yo no llevaba más de cinco minutos y ya estaba más adelante que el. Astucia. O más bien, insolencia. Insolencia y falta de cordura. Estar allí era de enfermos. El secretario del juzgado repartía los expedientes con la velocidad de un mandril entrenado a base de quemones de cigarrillo.  La vieja me seguía restregando las tetas, pero de seguro no quería tirar conmigo. Un hijo de puta hablaba de los mil procesos que llevaba. Todo era un asco. Mentira. Todo esto era la justa medida de lo que toda esta caterva de hijos de puta merecían. Esto era Colombia. Y nada más. Los niños gritaban. ¡Mamá! ¿Qué mierda hice para merecer esto? Y nadie se inmutaba. Llegó mi turno. El calor era insoportable. El aire se había hecho denso, cortante. Sentía mi nariz desprendida, desahuciada. El olor a colonia confulaba con el de la mierda de los niños para recrear el infierno.

“Dante no era colombiano. Dante era un hijo de puta italiano. Se la meneaba por Beatríz. Nunca conoció un juzgado. Dante no era colombiano…” repetía en mi cabeza con violencia. Sentí los ojos desviados. Las pupilas se habían derretido en el infierno. Unas tetas sobre mi espalda. El de enfrente meneándola contra un culo gordo.

-¿Qué necesita?

-Na..blr-contesté, viendo como se derretía- proceso 8475.

-Ya va- dijo el hijo de puta, sin inmutarse.

-¿Castro y Sánchez?

-Sí, mi-rrda. Ese.

-¿Qué le pasa?

– Nada.

Revisé lo más rápido que pude. No había nada. Una demanda que debía ser quemada. Un pedazo de papel que se le cagaría la vida a una pareja. El derecho en sí mismo. El mecanismo de regulación de la estupidez humana. Por y para la estupidez humana. Un discurso hecho dominación. Abolición. No había dignidad en eso. Se separarían, y todo sería una farsa. Aún se querían, yo lo sabía. Todo era por el dinero. Por esa mierda que se cambia en un supermercado. El papel higiénico de los bancos. Esto era justicia: Justa medida, inequidad.

BLRIUTYT/BURBHG/Los sonidos de la justicia.

-¿Qué putas le pasa?

– ¡Ajj, malparido! ¡Era mi traje Arturo Calle!

-¡No podré volver a la oficina!

Todos gritaban. Eso era el caos. El vómito era el desecho de mi alma. Estaba muerto. Pero al menos me les había cagado el día. Todo allí estaba mal. Todo merecía ser quemado. Eso, el consultorio, sus eunucos, los abogados. Pensar que los derechos duran hasta que el papel se extingue. Aquel edificio, lleno de grafitis y de papeles viejos, era el nido de la más alta “alcurnia” de hijos de puta que el país tenía. Casi todos nuestros presidentes habían sido abogados. Todo tenía sentido. La incoherencia tiene sentido, si se le ve a los ojos. Vomité, vomité hasta que mis intestinos implosionaron.

Al salir, vi mis zapatos manchados de vómito. Aún quedaba mucho de “Motley”: Aún debía vomitar más. Giré a la derecha, y en la esquina, recordé que no había conocido al juez. “Nunca le llevaré la cerveza, de eso estoy seguro”, pensé, mientras me quitaba la corbata.