La guerra se está ganando.

Ejército

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- Gritaba un soldado de unos veinticinco años. Tal vez mayor, tal vez menor. Podría tener mi edad.

-Buenas, vengo a…

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- seguía gritando.

-Disculpe…- dije.

-No estorbe, siga la fila, fila derecha….

Me paré detrás de un señor con traje y corbata. Se le notaba agotado. El día era demasiado largo aún, y ya estaba cansado. Esto era la vida. Una fila a la derecha, unos papeles en la maleta, un paquete de galletas en el bolsillo, y nada más. Te quedas o te vas. Intenté hablar con otro soldado. Este parecía más joven. Era de la marina, lo supe por su escarapela. “Caballero”, decía la lengüeta que colgaba en su pecho.

-Disculpe, vengo a revisar un proceso disciplinario. Soy estudiante de la Universidad del…

-¿De dónde es estudiante?

-Del Rosario, Universidad del Rosario.

-¿A qué sección viene?

-Ministerio de Defensa.

-Haga la fila izquierda. Entregue todos los aparatos electrónicos que tenga antes de ingresar.

-Gracias- contesté.

Los de la Naval parecían más amables. Miraban a los ojos y prestaban atención. A diferencia de los miembros del Ejército Nacional, parecían más distendidos. Un poco más humanos. Su tiempo en el mar, usando gafas Ray Ban y pescando camarones de seguro los había suavizado. La vida les parecía sencilla. Una placa, condecoración, nada de trabajo. Poca guerrilla. Sobornos. Sobornos y más sobornos de todas las lanchas que escapaban a Centro América a dejar droga y seguir su rumbo a Estados Unidos. Estos tipos de seguro la pasaban bien. Se les notaba.

Avancé en la fila durante un buen rato. Tal vez dos horas. El sol caía espeso sobre la cara, y ya empezaba a sentirse el calor de la tarde sobre la chaqueta de cuero. Todos miraban hacia el suelo. Nadie quería subir la mirada. Esto era el ejército. Ser civil era ser un estorbo. El estorbo que les recriminaba a diario todos sus asesinatos. Personas dispuestas a ser disfrazadas y tiradas directo dentro de una fosa. Luego se diría que son guerrilleros. Guerrilleros peligrosos que han matado demasiados soldados. “La guerra se está ganando”, reza en todos los periódicos. Y los muertos se acumulan y la esperanza se pierde. No vamos para ningún lado. Colombia no va para ningún lado.

-Buenas, mire, vengo a la sección jurídica del…

-Entregue todo lo electrónico que tenga: Celular, USB, Ipod, computador, etc.

– ¿El celular también?- pregunté.

-¿Qué le dije? ¡También!

-Pero, venga, estoy esperando una llamada importante.

– ¡CELULARES TAMBIÉN!

– Mire, téngalo.

Le di el celular y me di la espalda. Ya habían pasado tres horas y ni siquiera había podido ingresar. ¿Qué era lo que tenía de especial este sitio? Los soldados marchaban de lado a lado. Todos alzaban la cabeza y miraban con zozobra a los que no fuesen uniformados. Se burlaban. Casi que se podía oír sus risas. No les importaba nada. Ya se les había olvidado la guerra. Todos eran gordos llenos de condecoraciones esperando a jubilarse. Gordos que vivían gracias a la sangre que se esparcía en los campos. Cerdos que poco les importaba el futuro, el presente; ni hablar del pasado. En un país donde morir es el refugio ante el dolor, los vivos siguen muertos y los muertos caminan a diario a sus trabajos. A nadie le importa lo que pasa. El futuro está en sobrevivir.

Entré después de mostrar mi identificación. “¿Qué era lo que me hacía tan peligroso?” me preguntaba a cada paso que daba. Ellos tenían las armas: Fusiles largos, cargados, entrenados para matar. Ellos eran los peligrosos. Y ellos son los que piden identificaciones. Las piden porque son la autoridad. Y a la autoridad hay que respetarla. Sino se respeta, se va preso y eso no es bueno. O se amanece muerto en Ocaña, disfrazado de guerrillero. La muerte no sería más que una medalla más en el prontuario de cualquier asesino “legal”. Y al otro día la prensa diría que soy uno de los hombres más peligrosos del país: Alto mando de las FARC, Lider del ELN. Y todos verán las noticias y serán felices.

La guerra se está ganando.

Odiaba no tener el teléfono. Mierda, sí que era útil en aquel sitio. Mis piernas se debilitaban con cada paso que daba más adentro de aquella oficina. Los militares pasaban a mi lado, cargando sus fusiles a paso rápido. Los Altos Mandos desenfundaban sus pistolas, se las mostraban entre ellos y sonreían. Todos estaban armados. Todos menos los civiles. Quise un Galil. Lo desee hasta que mis pasos se estrellaron con el temor. Estaba en Colombia. Estaba en un país donde el ejército tiene más poder que la gente. Y donde la gente le tiene miedo al ejército. Ellos tienen las armas. Nosotros el miedo. Y el miedo en Colombia es el motor de la vida. Se sale de casa con el, se vive con el, se muere con el. Se vive hasta el punto de olvidarlo todo y resignarse. Leer la prensa, agachar la cabeza, ir al trabajo. Empezar de nuevo. Empezar y morir de ceros. Y al otro día todo seguirá igual y nadie ni nada nunca va a cambiar.

Aquí se vive. Se muere, por igual.

-Disculpe, estoy buscando la oficina jurídica -le pregunté a otro soldado. Este parecía tener unos treinta años.

– ¿Oficina Jurídica?

-Sí, para allá voy.

– Piso tercero- contestó, y siguió caminando y saludando marcialmente a sus superiores.

Todo era bastante suntuoso. Sus ropas, sus oficinas. Todo reflejaba dinero. Y ellos lo sabían. Se enorgullecían de ello. En Colombia, los civiles se morían en la calle y a nadie le importaba. Siempre había más dinero para el Ejército. Siempre se podía subirle un poco más a los impuestos. Más vale tener a las ovejas gordas y contentas. A pesar de su gente. Por encima de su gente.

Al llegar a la oficina, una mujer de cabello teñido me habló. Era rubia. Tenía un tatuaje arriba de sus tetas. Parecía ser la zorra de algún militar. Todos la miraban con respeto. Casi con miedo. Estaba bastante bien. Muy bien para estar ahí. De seguro era la zorra de un militar…

-Buenas, mire, vengo buscando este caso- le dije, señalándole una hoja de papel donde tenía anotado el número del radicado.

– Ummm…Umm….Uff. Sí, ese lo llevo yo.

– Vengo a posesionarme, y a pedir las copias del proceso.

– Ok, firme aquí.

Esperé unas dos horas. Algunos militares pasaban cada tanto. Me veían con asco. El asco que se siente por la presa infecta. La presa que se pudre sin haberse comido. Me detestaban. Era un delincuente. Iba a la universidad. Ellos no, ellos eran mejores. Eran militares. Habían nacido para matar. Y nadie así puede pensar. ÓRDENES. ÓRDEN. Órdenes se escupían de todos los rincones: “Martínez, la solicitud”; “Comesaña, hable con mi general”; “Hernández, muévase, mire”…Y yo ahí. En medio de todo. TETAS. TETAS. Pensaba en las tetas de la rubia. Me las imaginé brincando, saltando. La veía sumisa. Demasiado sumisa. Como un militar ante un superior. Un Galil se asomaba ante mis ojos. Otro Galil. “Me van a matar”, pensé. Me van a matar. Me van a matar. Otro Galil. Me van a matar. ¿Dónde está mi Galil?, me van a matar. Me van a matar. Me van a matar.

Y el pensamiento se hilvanaba ante cada gota de sudor que se escurría por la garganta, por debajo de la chaqueta. Tenía miedo. Demasiado miedo. Esta gente podía torturarme toda una vida. Yo les pagaba para ello. Eso eran mis impuestos. Les pagaba para que se resolvieran una guerra en la que todos perdían, menos ellos. Ellos ganaban, ganaban todos los días. Vivían por ello. Mataban por ello.

Querían matarme.

Corrí. Cogí la carpeta, firmé y corrí. No sé si me despedí. Veía los fusiles bailar a mi lado. Corrí hasta que mi cuerpo se encontró con algo. Uniforme verde en el suelo. Miedo latente. Corrí. Salí. Gritos. Celular en una cesta. Coger. Corrí. Bus.

Me dolían las piernas. Sentía la garganta apretada. Algo estaba demasiado mal en todo esto. Todo estaba tan mal que había gente que entrenaban para matar.

Me bajé del bus enfrente de un supermercado. Unos ancianos compraban lo que parecía ser su almuerzo. Un niño señalaba dentro de una nevera. Quería una paleta. Todos parecían tan tranquilos, tan inofensivos. Todo parecía estar bien ahí. Así la gente se muriera en la selva. Así existiese el Ministerio de Defensa. Tranquilos. Compré una botella de aguardiente y salí de ahí.

Cerré con seguro. Nunca cerraba el apartamento con seguro. Pero hoy tenía que ser así. Podían venir. Tenían con qué venir y desaparecerme y todos estarían muy felices. Nadie se enteraría. La guerra se está ganando.

Me eché en la cama y bebí un trago. Me hice dos pajas. Otro trago. Al rato ya no recordaba nada. Las piernas aún temblaban.

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Communication Breakdown.

De vez en cuando me surge una ira que no logro canalizar muy bien. Es más, siempre me pregunto: ¿puede la ira canalizarse? ¿no será otra mentira de otro publicista,  de esos que busca vender unos zapatos a cambio de felicidad? No lo sé, no me queda claro. Pero era allí cuando entendía algunas cuestiones.

Ring/Ring/El sonido de la rabia a punto de esparcirse.

-¿Sí, hola?- pregunté mientras acomodaba unos libros en un estante.

– Hola…¿Cómo estás?- preguntó Lorena, una amiga con la que últimamente tenía un trato algo más intimo de lo normal. Sexo a cambio de felicidad, ¡Blah!.

– Bien ¿y tú?-.

– Aquí cepillándome los dientes…- dijo mientras el cepillo se revolcaba entre sus dientes, tal vez en una orgía con el mugre- ¿No lo recuerdas?-.

– Ahh… ¿te vas al aeropuerto, no?-.

– Sí, ahora llega Javier y lo vamos a esperar…-

-Ahh… bien.

Javier era el novio de su hermana. No lo conozco, tampoco me importa hacerlo. Debe ser un tipo como cualquier otro: imbécil, aburrido. Alguien casi tan parecido a mí que de seguro me daría rabia sólo verlo. Como Dorian ante el espejo, me daría asco concebirme a mí mismo allí parado. Demasiado pretencioso, demasiado seguro de sí mismo, a pesar de temblar en las noches. Demasiado frágil, simplemente repulsivo.

Sin embargo, había una diferencia, o puede que no. Quien sabe, tal vez sea sólo mi maldita pretensión: valiente arrogancia que me lleva a reconocer que soy como cualquier otro pero un poco mejor, sólo por el hecho de saberlo. Sé que soy como todos, ¿acaso no soy mejor?.

No, no lo eres/Puede que sí/Shh, ¡imbécil!/Hazte una paja y deja de joder/Meditaciones sobre la filosofía primera. ¡A que no te la sabías, Descartes!

-¿Ah, estás ahí?- preguntó luego de escupir al lavamanos. Tal vez una baba negra, tal vez una blanca. Tal vez sólo fue un gargajo.

– Sí, perdón… estaba acomodando una cosa aquí- contesté intentando mostrar algo de atención.

-No puedo creer que de verdad te hayan mandado esa carta del trabajo- me dijo con un puto tono de regaño que casi me imaginé de 12 años encerrado en mi cuarto por no hacer las tareas- Ponte serio con eso, no te falta nada para acabar consultorio…-.

Plaj/Trrrr/Shsss/Los aullidos de la mierda saliendo por la boca.

-¡AHH, VIDA HIJA DE PUTA! ¿OTRA CON LA MISMA MIERDA?-.

– Ya…ushh ¡tranquilo! ¡no es para tanto!-.

– Sí claro, no es para tanto. Nada es para tanto. Pero todo el mundo jode, y uno dice que no quiere hablar de esa mierda y todo el mundo pone el dedo en la puta yaga: ¿Fuiste a consultorio? ¿Fuiste al médico? ¿Te hiciste mil pajas? ¿Te salió la esperma roja?. ¡Pero qué putas les importa!- grité, intentando calmarme. Lo necesitaba. No tenía por qué tratarla así. Sabía que ella se preocupaba, que quería ayudarme a resolver mis problemas, pero hay cosas que sólo pueden resolverse a solas, en diálogo con uno mismo.

Cosas que sólo uno las entiende/o destruye.

– ¡Cálmate!…sólo te estaba preguntando por eso. Disculpa, ¡ya sé que te molesta!… pero no es para tanto, no tienes por qué ponerte así. ¡No te puedo decir nada!- dijo con un tono de ira que me supo a mierda. Lo sentí como esos que algunas malditas profieren cuando tienen sexo, buscando que uno cambie de posición pero sin que ellas muevan un puto dedo. Aunque sabía que no era así, al menos no en este caso.

– Hasta luego… hablamos en otro momento-.

– Pero mira, yo sólo quiero ayudarte… ¿Qué puedo hacer para hacerte sentir bien?-exclamó de forma tan dulce que sólo pude atinar a ser sincero.

– Ni mierda…hablamos luego-.

Tun/Tun/Tun/Communication Breakdown. Lo decía Zeppelin, lo decía el tipo del bar.

La pregunta estuvo martillándome un buen rato. “¿Qué puedo hacer para hacerme sentir bien?” “¿Qué putas puedo hacer para no alejar a los que me dan la mano y ser feliz?” me preguntaba mientras sacaba una lata de cerveza de la nevera. Me quedé en ello, sintiendo varios sorbos caer espesos, fríos. Temblé un poco, estaba vivo.

Estaba vivo. 

Mire por la ventana y habían unos niños pateando un balón. A lo lejos, un árbol se mecía con la tranquilidad que está el estar aferrado a tierra. “Ni mierda”, fue lo último que pensé antes de salir a comprar alguna botella. Antes de verme allí bebiendo las respuestas.

Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

Tuve un sueño…lo de siempre.

Tuve un sueño en el que nada tenía sentido. Bueno, para eso son los sueños. O para eso el licor, o las mujeres, o las facturas. Nada tiene sentido, pero es necesario. Todo fue súbito, intento recordarlo pero sólo me vienen imágenes fugaces. Como si hubiese estado demasiado borracho. Como si fuese demasiado bochornoso para ser recordado.

Recuerdo un cuarto bañado en sangre. Las paredes tenían ese moho pesado que se incrusta como una capa sobre el blanco que algún día tuvieron los muros, y que se camufla junto al rojo oscuro de la sangre podrida.

Escenas que sólo se ven en un matadero o en una vagina con periodo. O en mi sueño, mierda.

Estaba allí y no entendía nada. Sentía unos gritos a lo lejos, como si alguien más estuviese muriendo en aquel sitio. Pensé en una calle y era casi lo mismo. La gente gritaba y se perdía en sus lamentos, otros sólo corrían de lado a lado sin pensar en nada. Demasiado asco, demasiadas preocupaciones.

Me encontraba con un tipo de bata blanca y un tapabocas de metal, que por algún extraño motivo, era el que más me inspiraba confianza del lugar. Todos eran iguales. Sólo se veían sus rostros blancos ( demasiado pálidos) y sus cabellos canosos. Rezagos de un negro que alguna vez se tuvo, tal vez. Debajo de la bata se asomaban un par de gastados tenis Nike. Esa referencia de Michael Jordan que ni con la estrella de los Bulls vigentes pudieron ser vendidos.

Todos los tenían. Muchas camillas. Mucha gente. Demasiada sangre.

No encontré, ojos así, como los que tienes tú/ Baby, Baby, Baby Oh!/ Seré tu amante bandido, ¡bandido!/Aullidos del infierno.

Todos cantaban. Absolutamente todos, excepto el tipo de la bata blanca y el tapabocas de metal. Aquel sólo me veía, indagando en mi rostro con cierta curiosidad. No había pensado en ello, pero yo era el único que no estaba en una camilla. Tampoco tenía zapatos Nike y mi bata era de un rojo oscuro que se asemejaba a la sangre.

– ¿Qué es esto?- pregunté.

– Nada. Lo de siempre.-Contestó el tipo de la bata blanca.

Lo de siempre. Y bueno, tenía sentido. Ahora que lo pienso puede que lo tenga. El gran supermercado social se descomponía ante mis ojos y yo no me daba cuenta. Todos cantaban mierda que no es buena pero que en algún lado sonó muchas veces y que ahora todos asumen como verdad revelada.  Daba asco.

Intenté hablar con uno de aquellos imbéciles, pero al intentar hacerlo me desperté en otra sala. Al parecer estaba durmiendo, o dormitando, o quien sabe qué putas hacía ahí. Puede que una paja con los ojos cerrados. Yo que sé.

– ¿Qué pasó?- le pregunté al tipo de la bata blanca, que ya no estaba.

– Nada. Lo de siempre.- Contestó una enfermera que de la cadera hacía arriba estaba bestial. Digna de un sueño, la muy puta. Lástima que sus pies eran una especie de tentáculos que botaban una baba extraña.

Nada es perfecto. Todo es lo de siempre. ¡Ah, usaba Nike!

Intenté levantarme pero no podía. Los ojos se me cerraron luego de la aguja. Supe que era una aguja porque sentía un pinchazo en el cuello. No podía hablar.

Luego sólo vi una imagen, que se repitió hasta que me desperté e intenté calmarme con algo de cerveza. Había un imbécil que repetía algo frenéticamente, sin inmutarse por la sangre que le salía de la boca.

Preámbulo de la constitución: Colombia es un Estado social de derecho en forma de República unitaria…/ El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte/ Paris Hilton tuvo una erección luego de comprar un perro. Dicen que el can la tenía tan seducida que al final desistió de usarlo para su nuevo traje/ Nadie será sometido a torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes. -Gritaba un imbécil que sangraba, en algún lugar de una habitación. Su rostro era igual que el de los anteriores: pálido y de cabellos canosos.

Luego tan sólo escuché: “Ahh..es el nuevo, quítenle el nombre. No lo necesita. Tan sólo que repita…lo de siempre”. Creo que era el hijo de puta del tapabocas metálico. Ya no era necesario.

Me desperté, y busqué una cerveza en la nevera. Estaba, por algún extraño motivo, demasiado asustado. Casi temblando. Demasiado vivo. Al final sólo sería lo de siempre.