Noche

Kirchner (15)

Empieza a resultarme extraña
Esta calle, sus esquinas,
La transito rápido e indistinto
Cada paso es un reclamo contra el tiempo,
Cada suspiro es un insulto contra mí mismo.

Desespero, arranco con la boca la hiel
De mis orillas,
La piel, cercenada y rojiza,
Estalla entre mis dientes:
No sabe a nada,
A nada más que risa.

Camino de frente al cielo
Piso estrellas y girasoles,
Son baldosas que no conocen mi fiesta,
Mi baile particular,
Y mis pies se deslizan sobre el viejo
Tapete negro,
Que no alcanzaban mis ojos.

Soy otra luz en el firmamento,
El dolor de una madrugada,
El aullido de un perro que ya
Se ha ido, que no
encuentra su casa.

Ladro de cara a las estrellas,
Mi rostro se baña en rocío,
Espero a que amanezca,
Mis palabras son fuego que
Escribe crepitando,
Riendo y llorando mientras
Siento la madera.

Y sé que, en algún momento,
Hasta la noche teme,
Su suspiro es el abrazo del
Sonámbulo,
Que se estrella con la almohada.

La noche sabrá vencerme,
Sus besos serán fríos.
Cuando ya no hayan estrellas,
Buscaré cobijo en las esquinas
Del corazón,
Ladrando y mordiendo basura
Seré querido.

Esperaré el fin de mi baile,
Las estrellas me conocen
Solo,
Mis ojos serpentean su brillo
Ninguno sabe de alegría.

Boy’s don’t cry

Umberto_Boccioni_001

El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

Tedio

plazoleta del Rosario

El frío corroe los huesos
Y siento tiritar hasta las vísceras
La misma gente de todas las mañanas
Llega a la misma hora de todas las mañanas
Casi todos fuman,
Yo bebo un café, que sabe más a agua
Que a otra cosa.

Es el mismo camino de todos los días,
La gente aún puede sonreír…
No tiene miedo a sonreír…

Las palomas se retuercen a un lado de la plaza
Se comen la basura de los hombres.
Un par de mujeres hablan de los planes del día,
Harán lo mismo que el viernes pasado.

El humo de los cigarrillos se va como la vida
Directo hacia el cielo,
Y se pierde en el intento.

Tanta fuerza se requiere
Para que todo no se despedace,
Y es lo mismo de todos los días,
Y aún se mantiene.

Retuerzo unas hojas para mantener el calor
Y las lágrimas se agotan en un suspiro,
Me levanto y sigo con lo mismo.
Será el perro frío
Que quiere matarme.

A pesar del tiempo

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Seguro no conozco el final del infierno
Ni el comienzo del cielo,
Tampoco he visto a los ojos del mendigo
(Detenidamente)
Menos aún he caminado sin mirar atrás.

No habré ido intranquilo por los cementerios
No seré ese cuyos ojos brillan
Así esté triste,
Nunca me entendí con la gente feliz
Me impacienta,
Me jode.

Seguro no sé una mierda de la vida
Sí, seguro,
Nunca he querido vivir hasta el fin de los sueños
Nunca he sentido demasiada simpatía,
Por mí
Por los días.

No he consumido lo que he podido
Tampoco me he emborrachado lo suficiente
No he leído lo que he querido
Y no voy para ningún sitio.

He vivido estancado por varios años
Lanzando palos de ciego a la vida,
Sintiendo el caminar pesado y palabras trastabillantes
Con la corbata ciñéndose al cuello
Hasta no dejarme respirar.

He sentido miedo
Al dormir, al caminar, al mirar atrás
Y no tengo consuelo
Cuando veo hacia el frente:
Sé que no viene nada bueno
No tiene por qué
No tengo un por qué.

Aún así
No conozco el infierno, aunque debe ser una iglesia
Y el cielo sólo existe para atormentarme…

Nada existe
Nada más que seguir.

Con todo,
De vez en cuando me agarro a la venda
Que cargo en los ojos
Y deseo no estrellarme,
Sembrando flores que nunca recogeré
Dejando sonrisas que nunca serán escritas
Transitando los valles de neón donde la gente
Come carne de otra gente,
Y los perros deambulan con miedo,
Y sabiduría furiosa
Tras sus pupilas malheridas.

No sabré una mierda de la vida
Pero sé vivir,
Mal, demasiado mal,
Pero he vivido…
Más de lo que quisiera,
Más de lo que hubiese podido.

Siembro lágrimas de vez en cuando
Y las confundo con la caída del sol
Contra la ventana,
Y a veces me tiro hacía atrás
Y me cubro la cara
Para que todo quede oscuro
Y no exista nada más…

Será el tiempo
Pero a veces siento orgullo
De ser esto,
Con todo…
A pesar de todo.

Remuevo las palabras contra la almohada
Para que nada amanezca.

A propósito del discurso de Vallejo

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Fernando Vallejo ha recitado palabras contundentes:

“Los campesinos de Colombia atropellados por todos:
por el ejército,
por las guerrillas,
por los paramilitares,
por los mayoristas,
por los minoristas.
Engañados por los políticos,
por los curas,
por los santos: por vos.
Abandonados
a su suerte
por esta mala patria.”

Tras escucharlo me pregunto:
¿Qué queda de Colombia?
Cadáveres disolutos en mareas de sangre
Intestinos aferrados a los marcos de las iglesias de los pueblos
Rostros percudidos por el paso del tiempo, por la ingratitud,
Muerte tras muerte sepultada bajo nuestra comida
(Sí, abono, para nuestra comida)
Colombia es todo lo que se quiso de ella:
Un estado de caos permanente
El llanto de una madre al llegar a casa:
Ver que sus hijos han partido,
Se han ido,
Sea con el ejército
O la guerrilla,
A morir;

Colombia es lo que es, a pesar de todos,
Y gracias a todos:
La avaricia de los pocos que se ríen de los muchos,
La mediocridad: siglos y siglos de lo mismo,
Por lo mismo,
Gracias a los mismos.

Y pensamos que todo va a cambiar,
Que la juventud, sí, esa misma juventud
Que por más de doscientos años ha luchado
Por todo,
Y ha terminado siendo,
La causa de todos los problemas
En su madurez,
Cambiará.

Somos los errores de nuestros padres
El llanto de nuestras madres
La desesperanza de nuestros niños
La modorra de nuestros adultos.

Nada nos importa,

Vivimos entre la muerte
Con fusiles al hombro
E historias de guerra para contar
Cargamos con nuestros muertos
Como si del amor se tratase.

Aquí sólo germina la violencia…
Aquí, y más allá de las fronteras:
Somos el cáncer de una tierra sin madres
Precarios,
Deficientes
Furiosos
Hasta la médula.

De la madremonte, el mohán
El Poira, la Patasola,
Y demás mitos,
Sólo quedaron las historias de muerte
De guerras, de juventudes convalecientes
Y ancianos apaciguados,
Nos quedan doscientos años más de barbarie,
Hacia delante
“Con mano firme
Corazón grande”.

Los mitos de la selva ahora son las andanzas de rostros confusos
Atragantados por la violencia
Que vomitan balas que se estrellan a la nada:

Se mueren los de siempre.
Los que no han debido ser
Los que siguen siendo.

Y a pesar de todo,
Vallejo,
Y yo,
Y los que sean,
No tienen palabras suficientes para decirlo:
La locura es aún mantenerse,
Esperar algo,
Sentir amor por los símbolos patrios.

Locura es no huir…
Repartimos los muertos como si de pan se tratase,
Y santiguamos a los héroes antes de matar.

Somos esto:
Y lo que el sufrimiento calla,
No es capaz de hablar.

¿Hay alguien que de verdad crea
Que deseamos la paz?
Seguimos matando,
Siendo que nunca
Aprendimos a amar.

Dispuesto a reír.

Warhol Elvis

Con todo lo que la vida tiene a disposición
Me lanzo a la nada
Para nunca más volver.

Sin embargo,
Sigo viniendo
Recorriendo la vida con los mismos pies
Dejando las mismas huellas sobre el asfalto
Y el fuego en la garganta que me tiene con sed.

Será la desidia
O simple masoquismo,
Pero aún sigo de pie.

Será la desidia, de seguro…
Pero sigo de pie,
Y con todo
Juego en la nada a ser alguien en la vida:
Como los niños que se lanzan al barro queriendo estar limpios,
Como la mujer que se lava la cara luego de tener sexo,
Como los hombres que comen la basura de otros hombres.

Demasiado limpio…
Demasiada desidia
Aún así,
Sigo con vida
Por los días
Y con todo,
Dispuesto a reír.

Como los perros tras las patadas…
Esquivando golpes a la nada:
Dispuesto a reír.

Gritos en la calle…

kokoschka

De vez en cuando escucho los gritos
De la gente en su silencio,
Aullidos que pesan en la conciencia
Y no revientan cristales.

De vez en cuando escucho la algarabía de la vida
De todos los marchantes,
Se escurren por las avenidas, por el transporte
En la fila de los bancos,
A veces en los restaurantes,
Se escuchan sus susurros
Se desvían las miradas.

Nadie quiere ver a nadie
Y al estrépito de los teléfonos acude la muerte:
Movimientos involuntarios,
Dedos apabullándose en bolsillos angostos
Quebrándose en convulsivo movimiento.

Nadie llega a nada.

Todos escarban en sitios ya recabados
Esperando encontrar algo.
Escarban cadáveres como si fuesen alimañas
Mordiendo carne que cada vez sabe más rancia.

Yo los acompaño
Soy la risa en el silencio
La voz que quiebra la marea,
El llanto en medio de la procesión.

Me detengo de vez en cuando a mirar,
Sólo a mirar,
Me detengo en sus ojos opacos,
No muy brillantes,
Ojos felices sin demasiadas lagañas
Ni lágrimas para contar.

Corto los recuerdos con pinceles bañados en gasolina
Esperando que el lienzo pruebe el fuego.
Y de vez en cuando los miro
A veces hablo,
Sonrío,
De la misma manera que, creo,
Ellos lo hacen.

No lo consigo.
Me voy solo.
Sigo solo.
A pesar de concurrir en las filas de los bancos
Asistir a los mismos restaurantes
Dormir en las mismas sillas
De los mismos precarios buses,

No soy de lo mismo,
Y a veces creo
Al mirarme al espejo,
Que los ojos me brillan
Y detrás del iris oscuro
Se dibuja el silencio…
Un grito que brilla, y busca,
El humo que apacigua el fuego.

Miro de cerca
Y sonrío.
Ojos quebrados reflejados
En un viejo espejo de baño.

Sigo así.

 

Al salir a vivir

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Foto del barrio “La Candelaria”, en el centro de Bogotá. (La foto, como toda imagen de éste blog, al menos hasta ahora,
no es mía)

Desde hacía un tiempo desconfiaba de todo. Salía de la casa rápido, casi sin saludar al portero, si acaso un ademán con la mano, y me erguía y caminaba. Miraba hacia delante porque atrás venían los ladrones, o venía mi sombra, y algo quedaba ahí que me hacía darle con más fuerza y llevar cada paso hasta la elongación total de mis piernas.

Me ponía los audífonos por debajo de la chaqueta, buscando que no se viesen mucho, que la gente no supiera que estaban ahí. Y a veces me los guardaba tras un pasamontañas, que cargaba siempre dentro de la maleta. La cosa no estaba para chistes, y Bogotá está lejos de ser siquiera una pésima broma. Aquí la gente se mata por lo que sea, porque morir y matar son las condiciones de la vida. Y la ciudad pide a gritos que alguien termine de hablar, y que el silencio pueble las avenidas y los semáforos. Y por eso es que yo caminaba, sin mirar mucho hacía donde iba, ni pensarlo demasiado. “La inercia te va cargando”, suelo pensar, y entonces agito el paso y cambio de canción y todo vuelve a estar mejor.

Llevaba un par de cuadras transitadas. Siempre dos cuadras para la estación. Dos cuadras que se difuminaban tras la lluvia y los negros nubarrones que poblaban el cielo. Y ahí estaba yo, pasando una tarjeta por la registradora, corriendo al vagón que era, dirigiéndome con tedio a la muerte con cada paso. Luego esperar, esperar…esperar hasta que llegase, y todos se agolpasen y la inercia me tirase contra el bus. Y ya estaba dentro. Perdido entre la música que no terminaba de decir mucho.

Don’t talk to strangers, ’cause they’re only there, to do you harm/Pum/pum/Próxima parada/ y ahí voy yo.

– Quiubo, no lo vi en el bus…¿Qué cuenta?- preguntó una voz conocida. Me quito los audífonos y contesto.

-Nada, marica…aquí, en esto. ¿Y usted qué?

-Nada, nada…ahí.

– Es que uno en esos buses como que ni piensa, ¿no?

– Ufff…- soltó aquel en consonancia con un suspiro- no, parce, no. Uno ya no está como para pensar.

Caminamos algunos pasos. Diego me hablaba de sus problemas. Su papá estaba muy mal, y en la casa todo se había ido al traste. Sólo tenía la Universidad, por muy precario e insustancial que aquello fuese. Los libros eran su remedio, y el fastidio se le extinguía frente al arrume de trabajo. Pero no, no se sentía alienado. Estudiar filosofía no podía alienar a nadie.

-Eso es maricada suya- me dijo mientras caminábamos- la filosofía enriquece…no jode.

-La filosofía es de lo más burgués que hay, así le duela- y sí, le dolió. Ser de izquierda y no ser obrero era una cagada. Las muecas en su rostro lo delataron.

-Pero se requiere de teoría para cambiar la realidad- dijo, después de un rato y un par de sorbos al cigarrillo.

-Esta mierda no la cambia nadie- contesté, viendo a una mujer de unos setenta años vender dulces y demás en un pequeño estante ambulante. Las venas de sus piernas se refugiaban tras las arrugas…azules, de un azul tan amoratado como el cielo que yacía empañado sobre nosotros.

– Pero, ¿y entonces para qué estudia? ¿para ser como los demás?

-No sé…pero toca hacer algo.

-Y para eso es filósofo.

– Nunca lo seré, hombre. Para eso se requiere de estudio, dedicación…y la vida es demasiado complicada como para dedicarse a algo diferente a uno mismo.

-Burgués…

– No, hombre, se llama envidia, y todos la tienen y por ella matan a diario.

Nos despedimos y cada quien siguió por su lado. Diego era un gran tipo, pero el marxismo académico termina por ser oximorónico: se habla desde la legitimación de un sistema que no se quiere. Y aquí, en el tercer mundo, donde toca lo peor de todo y la basura de nadie, la gente vive demasiado preocupada como para no salir de la modorra. Las necesidades son muchas, y siempre son insanables. El estado de necesidad es el motor; aquello que lo mueve todo. Y por eso es que nadie se mata: hace falta algo antes de partir.

Caminé, pensando en mis zapatos azules y en los charcos que pisaba. Pensando en todo, en poco, a la larga, en nada. La gente caminaba a mi lado y se perdía. Sus rostros se encaminaban hacia algo que era diferente; así todos se viesen iguales. Los trabajos, la vida…la ciudad que nunca duerme, y el descanso, el descanso…eso que nunca llega, y uno sigue ahí. Esperando.

– Quiubo,

-¿Ah? ¡Ah!- era Miguel, un viejo amigo de la facultad también- ¿Qué más, parce?

– Nada…aquí, dándole. Esta mierda como que nunca se acaba.

-¿Y para qué quiere que se acabe? A fin de cuentas, luego sólo queda trabajar, y ahí si paila.

– Ni tanto…yo ya quiero dejar a los viejos tranquilos. Y bueno, independizarme.

Miguel vivía con sus viejos. Un par de señores de unos 70 años que padecían todas las enfermedades habidas y por haber. Bueno, casi todas. Se salvaban de las venéreas, aún no se sabe si por piedad, o por cuestión temporal, ahí se entiende. Estaba cansado…como todos, pero aún mantenía la esperanza de hacer algo. Quería ser profesor de colegio, se había matado estos cinco años para eso…y nadie lo entendía. Aquel era el único que deseaba salir de lleno al mundo y darlo todo por una horda de niños desagradecidos. Niños que, seguramente, lo masacrarían al mínimo atisbo de debilidad ( o humanidad, como sea y lo que sea que sean esas cosas). Todos queríamos seguir, especializarnos en algún tema de interés y volver a la universidad a dar clases. O al menos, eso decíamos. Muy en el fondo siempre he creído que lo único que quiero es emborracharme…y que nadie me joda. Y estar ahí, y ver una película, y masturbarme un rato. Y seguir en eso y de vez en cuando escribir y estar ahí. Por que estando ahí es la única manera de no perderse.

Al final todos queríamos un placebo. Un pedazo de calma que entrase y dejase al cuerpo sin aliento. Algunos lo tenían en el sexo, otros lo teníamos en el trago. Otros con la yerba, y así, como todo, cada quién tenía su pequeño espacio, su instante de incapacidad que lo hacía capaz y le ayudaba a seguir.

Hablamos un poco más, pero Miguel siempre se lamentaba demasiado, y yo ya tenía sólo el espacio de mis lamentos. Me despedí, y seguí con los pasos.  Y ahí la tenía enfrente. La universidad. Ese edificio que nos congregaba a todos, y nos dejaba un poco más imbéciles pero sincrónicos con las expectativas sociales. Ahí estaba ese claustro inmundo. Y ahí estaba su hijo, yo, que lo miraba con cierta rabia tierna, con el consuelo de al menos estar ahí y no estar en otro sitio peor. Aunque peor es la vida, y ahí dentro se discutía lo de Europa como si europeos fuésemos los chibchas. Y no, aquí los problemas eran de la carne y de la raza, de la estupidez y de la desidia, y de todo eso que uno vive en el tercer mundo y lo que no alcanza a vivir porque es del 5% que puede ir a una universidad. El resto de la gente come mierda, se la traga y no se atraganta. La saborea, y poco a poco va bajando la cabeza. Luego sólo le quedan los pies, y los arrastra…y no pregunta.

Taj/Taj/los sonidos de la furia/Anyway you want it, that’s the way you need it/ ¡Mauro!/ De nuevo a la ciudad.

Y ahí estaba ella. Tenía una falda negra, y una blusa de igual tono. Su piel blanca alumbraba en medio de la oscuridad de aquel día. Y me saludaba, siempre sonriendo, como si no hubiese pasado nada. Esa era su facultad: ir por ahí, sonriendo. Y de verdad. No como yo; que siempre que lo hacía recordaba el poema de Miguel Hernández. “Eludiendo por eso al mal presagio, de qué ni en ti siquiera habré seguro/voy entre pena y pena sonriendo”. Y así iba, y ella no. Y así habían sido las cosas.

-¡Mauro! ¿Cómo estás? ¡Hace mucho no te veía!- dijo, tras darme un largo abrazo.

-Todo bien, aquí…en lo de siempre. ¿Tú qué, cómo estás?

-Bien, mira que hace poco te llamé y…

-Y no me encontraste. Sí, es que el teléfono ha estado molestando.

-Ahhh, veo. ¿Qué harás ahora? ¿Tienes clase o hueco?

Tenía clase, pero pocas cosas había tenido y muchas me habían tenido.

-No…andaba vagando por ahí.

-¿Te parece si vamos a tomar algo?

-Dale.

Caminamos un par de calles. Ella hablaba, y hablaba…y me contaba de todo, de su vida, de la felicidad, y de lo bien que las cosas le habían ido después de “eso”. “Eso” no era más que un rótulo para nuestra relación; un instante de su vida que había transcurrido hacia cinco años. Y que, en la mía, aún seguía contando.

Nos sentamos en una cafetería. Ella pidió un café, yo…bueno, pedí una cerveza. La necesitaba.

-Y sí, como te venía diciendo… -dijo ella. Sonriendo. Y apuñalando.

-¿Te acuerdas del poema ese? , “El rayo que no cesa”, el de Miguel Hernández- pregunté.

-Sí, tu me lo mostraste hace un tiempo…

-Ajá. Hoy no he parado de pensar en un par de versos.

-¿Cuáles?

– Sólo me sé dos estrofas. Pero hay una que me pesa siempre…

-¿Cuál?

-“Me voy, me voy, me voy pero me quedo/pero me voy, desierto y sin arena/adiós amor…”- dije, tras tomar aire- y ahí sigue.

– Ese verso es bonito. A mí siempre se me quedó ese pedazo que decía “una querencia tengo por tu afecto/ una querencia de tu compañía”…

-“Y una dolencia de melancolía/por la ausencia del aire de tu viento”.

-Sí, pero te sabes más de dos…

-Más o menos. Es que es bien bonito.

– Pero ven, ¿Cómo siguió todo? ¿Estás bien?

-Sí, ahí voy…

Hablamos de todo. De nada, porque la incomodidad podía y tan sólo queríamos levantarnos. Ella se fue a clase, o al menos eso dijo. Yo me quedé ahí, debajo de un parasol, viendo a la gente transcurrir y perderse en sus preocupaciones. Todo era tan artificial que ya el fuego no podía quemar nada. Pedí otra cerveza, y seguí ahí sentado.

-Me voy, me voy…pero me quedo. Pero me voy.

El cielo se abrió, y brotó lluvia. Y en La Candelaria los carros esquivaban los charcos que descendían por la montaña. La gente corría por las aceras, refugiándose de todo. Nadie quería mojarse. Se estaba bien así. “Todo está muy bien así…para ellos”, repetí para mis adentros. Me bajé la cerveza de un sorbo, y pedí otra. Ya tendría tiempo, o puede que no. Y seguiría estando aquí. Pendiente de nada, pero pendiente.

La gente corría con cierto gesto malhumorado. Nadie quería estar ahí. Por un momento, la ciudad había muerto. Ella se había ido, junto a todo lo demás, y sólo quedaba el lamento del silencio, que se escurría por las calles llevándose la basura. Yo estaba ahí, viéndolo todo.

Diario de un imbécil.

sauza

“Ay, acaso el cañón de la escopeta influyera en la brújula desviándola.
Me ha ocurrido también este año. No sé qué pensar. Tal vez fuera el destino”
Knut Hamsun.

Aquí de nuevo. Sin hambre, sin sueño, con todo en la cabeza y nada para hacer. Bueno, más bien, mucho para hacer. Intentaba escribir algo sobre un tipo. Vamos, uno de esos a los que todo les sale bien. Pero me sentí falso, muy falso, y me hice una paja y me acosté un rato en la cama. A lo lejos, sonaban alto y fuerte unas campanas. El sonido rebotaba contra las ventanas, y la vida y lo demás parecía estrellarse contra todo. La cabeza era una manzana roída por gusanos. O bueno, un queso despedazado por ratas. Así está mejor.

Lunes. Mañana martes. Luego miércoles. Jueves. Viernes. Y así todo sigue.

Me estremecía ver esto: una cama, el televisor, algunos libros regados por ahí…y la botella, lejos, en la nevera. Había perdido mi capacidad con el tiempo. Antes podía aguantarlo todo: un tipo de mil resacas. Ahora, un par de tragos ya me ponían a vomitar. A veces creía que alguien se burlaba de mí en la distancia…lejos, sentado en su sofá, prendía la televisión y ahí estaba yo: lleno de todo, absorto ante nada, cansado de ir por ahí y de morbosear mujeres y decir más de una estupidez. Ese nunca se aburría. Mi estupidez duraba bastante rato. Y yo no sabía cuándo era que se iba a terminar.

7:00 AM. Madrugada/Cagar/Bañarme/Dientes/Ropa/Juzgados/Reporte/casa/una mierda. Se escribía en alguna parte.

Me levanté de la cama. Fui a la nevera. Jim Bean, o Sauza. “Sauza está bien”, pensé. Me serví un vaso, y volví a esta puta silla. Las palabras se estrellan contra la cabeza, y mañana hay trabajo, y clases, y demasiada mierda para hacer que ya ni sé por qué carajos es que la hago. Nada tiene sentido. Sólo el licor, y el te hace perder el sentido. De resto todo puede irse. Incluyendo las mujeres. Pero que me dejen el recuerdo, así sea. A veces, sentado en esta silla, viendo hacia la ventana, subiendo los ojos hacia el techo, estrellándome contra las paredes, pensando en nada, la brisa se me escurre por las manos y del baño de al lado se asoma una cagada por el escape de olores interconectado. Las cagadas de mi amigo son tan fuertes que me río. Y luego pienso en mañana, y me callo, y sigo escribiendo todo esto.

Antes escribía sobre algo. Un tipo que salía de la casa, se encontraba con una mujer, la invitaba a salir, y luego tenían sexo. Todo demasiado espectacular. Tan falso que me sentí tan lejos de Colombia, tan opuesto a mí, que me dolió todo. Hay que ser demasiado imbécil para confiar en esto. Demasiado fuerte para seguir viviéndolo, y aún más recio como para no renunciar.

El desespero me pudo, y ahí fue cuando fui a la cocina. Escribí un par de palabras más, y me pudo el desespero. Llamé a un amigo:

-Imbécil…-dije.

-¿Qué hacés, escoria?

-Nada, aquí…

-No empecés con tus estupideces.

-No, no es eso…sólo estaba aquí- dije, mientras tomaba un trago- haciendo ni mierda.

-Vos no hacés un culo nunca.

-No, pero bueno…hoy sí como que todo se me fue a la mierda.

-¿Qué te pasó?

-Nada. No sé…¡mierda!

-Tenés que calmarte.

-Sí, pero no es tan fácil.

– Mirá, vos necesitás más marihuana…y ya. Tenés que calmarte.

-No, no es eso…

-Llámame ahora, putazo.

-Hablamos pues…

Tun/Tun/Tun/La vida yéndose por el sifón/Ring/Ring/Algo que despierta.

-¿Haló?

-¿Andrés?

-Sí- contesté- ¿Quién es?

-Mira, hablas con Juanita- dijo, tras tomar un respiro que colmó todo el auricular- la de Estética.

-¡Ah, sí! ¿Cómo estás?

-Bien, mira, te llamaba a preguntarte por el trabajo.

– No han dicho nada. Al menos dentro de lo que sé.

-Ok, bueno…

-O/oye, Juanita.

-¿Si?

-¿Alguna vez te has despertado y visto directo la pared?

-¿Qué me dijiste?

-Que si alguna vez te has despertado y has visto directo a la pared.

– No te entiendo bien- dijo, mientras algún ruido se asomaba por la bocina.

-Te decía que tuvieras feliz noche-grité.

-¡Gracias! ¡Descansa!

Tun/tun/tun/de vuelta a esto.

Me quedé ahí sentado. Viendo directo la pared. Blanca, de un blanco negro que sólo podía darlo la noche. Nunca gris. Era blanca, y contrastaba con el negro y me dejaba ahí frente a la pantalla titilante. “La gente escribe sobre cosas impresionantes”, pensé, mientras veía La peste de Camus sobre la mesa. Y sí, todos los grandes escribían sobre cosas brutales. Excepto si se era Bukowski, que podía escribir cualquier estupidez y hacerla vibrar bien adentro. Pero yo no soy Bukowski, y tampoco me interesa serlo. Soy demasiado débil como para serlo. Pero aún tengo colmillos, y no he perdido todo. Tengo estas palabras que se vomitan sobre el teclado, y la gente, y los amigos, y todo el resto de hijos de perra que me joden a diario y me recuerdan mi precaria condición.

Apagué el televisor, y me asomé por la ventana.

Un perro. Una mujer. Un parque solo. Un balón que se revienta contra las paredes de una cancha de microfútbol. Años que vienen y que nunca regresarán. “Se era más feliz cuando era niño”, volví a pensar. Y me mandé otro trago como para dejar de pensar y dedicarme a esto. A todo esto, y dormir, y hacerme tres pajas, y de pronto mañana sonreír como un imbécil y estudiar lógica, y aparentar que todo va a estar bien.

Respiro.

Un hombre se asoma con una linterna por el parque. Mira hacia todas las direcciones. Se sienta. Apaga la luz. Se acuesta sobre la hierba y de sus labios se asoma una chispa. Un porro, tal vez. Sonríe. Siento que sonríe. Mira al cielo. Todo le parece poco. O al menos eso veo. Tal vez soy yo el que le falta mucho. O demasiado poco. Cierro la persiana.

Miro el reloj. 10:10. Toda una vida que no termina de correr. Intento seguir con la historia que escribía, pero Francisco (así se llama el maricón perfecto) es demasiado estilizado como para ser descrito por mi absoluta tosquedad. Bebo otro sorbo.

“Pienso en mañana.

Abro la persiana.

Cuento las estrellas, como si fuesen mis ganas.

“Quedan pocas”.

Desciendo.

Pum/Pum/Pum.

Ya diré mañana.

Me lanzo sobre la cama.”

Nadie jamás escribió esto. Miro al suelo, y bebo otro sorbo.

Baile en la noche.

Dance in the rain

La mano, contraída y desgarrada por la rabia, chocó directamente contra mi cachete. Estaba caliente…pesada. El aire se movía al compás de la fuerza: De esa fuerza que destruía la inacción propia de la vida. Los músculos se contraían tras el azote del aire. La masa se movía, convulsiva, casi al borde de dispersarse por el aire. Sangre. Sangre. Demasiada sangre fluyendo por la boca. El óxido se apoderaba de la lengua, y el sabor a plata empezaba a aparecer. Rabia. Rabia…el hijo de perra quería matarme. Vamos, que todo el mundo quiere matarse. Todo el mundo sale de la casa para matar y no terminar matándose. Es la ley de la vida: O matas, o te matan, o te suicidas. Pero se nace para morir, y la autodestrucción es el camino diario.

Aquel imbécil se retorcía en su propia eje. Movimientos convulsivos, pies separados…torax desajustado del movimiento de pies. Yo no sabía mucho de boxeo, pero el tipo tenía los pies bastante separados, igual estaban sus manos. Era mi momento, estaba confiado. Y la confianza es la peor consejera cuando se pelea. Cualquier pelea debe ser desconfiada: La agresividad y el miedo…el miedo sobre todo. Debe tenerse miedo para moverse con potencia y rabia. Y controlar la rabia, que si no se la lleva la confianza.

– ¡Vamos, maricón! ¡Alzando las manos, pues!-gritaba el tipo. Era un poco más alto que yo. Al rededor de 1.90 metros. Era acuerpado…músculos inflados. Arete en la oreja izquierda.

-Pl/lpluj- dije, sintiendo la sangre salir de la boca. Un gargajo rosado, incinerado, se salía de mis fauces y se estrellaba contra el pavimento. La luz le alumbraba directamente…y los colores se difuminaban y la esperanza se me iba perdiendo. Tenía el pecho caliente, pesado…sentía el fuego de algunos golpes incrustado bajo la piel. Ardía. La piel se movía perversa, en súbitos escapes de irreflexión y estupidez. Le señalaba a él donde golpear, donde seguir asestando…La supervivencia no se corresponde al dolor. El ser humano es débil: Se muestra temeroso, impaciente, ansioso…y su cuerpo lo denota también. Nacimos, evolucionamos para ir al médico. No nacimos para andar solos. Por eso es que no aguantamos sin aire acondicionado, sin loción…

No tenemos espacio para la reflexión.

Pum/Pum /Intermitencias fugaces/¡Mierda!/Los sonidos de la calle.

-¡Ven, ven, maricón!- gritaba el orangután.

-Maricón tu culo.

-¿Ah?- decía el tipo, mientras lanzaba algunas miradas al aire…mientras gritaba algunos chistes, mientras me acababa. -¿Qué mierda dijiste?

-¡MALPARIDO MARICÓN!-Grité, sintiendo el aire agitarse, las risas convulsionarse bajo los rostros amarillos, acariciados por la luz de la farola de aquella esquina. ¡UUUUUHHHHHHH! Gritaba la gente. Querían circo, y ya tenían domador y payaso.

Taj/Plaj/ Las sonrisas al atardecer/ Preludio de un relato no contado.

La cara me ardía. Y las piernas me temblaban, como una quinceañera que ha perdido su virginidad. Temblaban, como un acordeón, como el estómago de un borracho al borde de vomitar. Óxido. Óxido. Y el sabor amargo colándose entre las vísceras. Miedo, miedo de seguir ahí y terminar muerto. La fuerza de ese alguien, que se alzaba imbécil, estúpido, pero más apto…más fuerte. Podía con todo, lo esquivaba todo. Le lanzaba puños a la derecha, izquierda, a la cara, al torso, patadas…y una mierda. El cuerpo se me retorcía, y los ligamentos de mi rodilla izquierda bailaban y chocaban. El cruzado estaba extinto, y la rótula iba de adelante/atrás/adelante/atrás. El dolor era insoportable…

Mi mano se agitaba, como queriendo agarrarse de alguien. Recordaba los viejos Rings, las viejas peleas…ya no quedaba nada. Nunca fui bueno, nunca pude superar el miedo. No pude temer para superar el dolor. Y temer para esquivar. Temí para quedarme paralizado, y volver al rato luego de los puños. Peleaba recibiendo, recibiendo golpes y, tras un buen rato, contestando. El cuerpo renacía cuando más perdido me sentía, y la cabeza bombeaba y bombeaba palabras que se repetían en el aire, que se desprendían del agite intempestivo de las manos aprisionadas. La esperanza se contraía en los puños, y el guante empezaba a ser garante de libertad.

Pero en las calles no hay campanas, ni entrenadores, ni gente jugando a ser peligrosos…No hay nada de eso. Hay enemigos, trago, y miedo. Mucho miedo. Miedo a lo que uno no tiene, y lo que siempre otros tendrán.

Me levanté. Lancé dos golpes que se asemejaban a un jab: Un jab desesperado y flojo, recto, sin mucha fuerza. Directo al rostro/Esquivados. Lo esquivaba todo. Era una bestia.

-¿Pero qué pasa, eh? ¿Qué pasa, malparido?- gritaba, lanzando un par de golpes al aire- ¿Qué pasa, eh, maricón? ¿Qué pasa que ya no abres la geta, eh?

Patada. Esquivada, directo al pecho. El aire que estalla contra las cejas. Rojo. Rojo tan oscuro como el negro que se desparrama en el ojo izquierdo. Rojo…mierda, el rojo. El rojo que es naranja pero negro contra la luz. El piso que se descompone. Las piernas que tiemblan…

No había nada qué perder. Tampoco nada para ganar. No había nada. Un hombre, contra otro, y ya. Eso era la vida: Una lucha corriente, tan corriente que todos la tenían y nadie la aprovechaba. Sólo unos pocos…unos pocos que muchas veces eran llamados “locos”. Y si estar loco no era ser como todos, no entiendo la locura. Así la gente dijese lo contrario.

Tiré un par de golpes, y asesté uno a la cara. Sentí su piel tersa, sin rasguños, posarse contra mi mano. Una piel inmaculada que se desparramaba contra el aire, contra el puño que arrancaba desde abajo. Un gancho de derecha, o al menos un remedo de eso. Ahí estaba toda mi fuerza. Toda la voluntad de la vida se desperdigaba en una postura de pies, firmes, rectos… no muy separados. La espalda recta que se avecina con fuerza desde abajo. El torso inclinado, la cintura que gira hacia arriba…

Plaj/Plaj/PUM/La vida en sobremesa.

El Bum/Bum de los bajos se entrecruzaba con las luces desperdiciadas de los carros. Las farolas aullaban en contra de la brisa y los gritos de la gente. Ambos en el suelo. Aquel me miraba con rabia…pero con miedo. El golpe había dado de lleno. Sangraba por la nariz… y no estaba acostumbrado. Sus ojos alumbraban tras la luz que se colaba entre sus brazos. Brazos que se cruzaban en torno al rostro. El orgullo se desvanecía como el agua que se escurría tras las alcantarillas. Lo veía. Ahí, en medio de todos, viéndose caído…con las piernas temblando. No conocía que era eso: Le faltaban golpes. Le faltaba perder, y para perder hay que correr y pelear y seguir peleando hasta que algún día se gana, y luego se vuelve a perder. Y se pierde más de lo que se gana, y se vive con cierto miedo que sabe a óxido y sal. La sal que escurre de los poros y se estrella con los ojos, con la boca…y se mezcla y se cae, y se vierte sobre la calle. “Le faltaba perder”, pensé yo, viéndolo ahí.

Pero a mí eso no me faltaba. Había perdido con las mujeres. Había sepultado mis aspiraciones bajo un título/prospecto de abogado. Era lo que era: Un tipo incipiente, cobarde…que contrariaba todo y no actuaba para nada. Una rémora que vive de sus sueños y de sus inalcanzables aspiraciones. Cobardía.

Cobardía.

Me levanté, y caminé lo que más pude. Me alejé a paso rápido, con la sensación de sentir los cuerpos atiborrarse a mis espaldas. Persecución. El delirio de haber ganado cuando se debía haber perdido. “La vida no era justa, pero justa nunca será la vida” pensé, huyendo…buscando un sitio donde sentarme, comprar un trago. Tras varias cuadras, llegué a un estanco de neones verdes y rojos.

-Buenas noches-dije, mientras sentía la carga dispersarse en todos los músculos del cuerpo- ¿A cuánto el Doble Anís?

– 20 la media, 30 la botella- Contestó el vendedor. Un gordo de cabello largo. Tendría unos 20 o 30 años. Tal vez más, tal vez menos.

– La botella, por favor.

-O/ok Pp-ero ¿Qué mierda?- dijo el gordo.

-Nada… una pelea-contesté.

-Se nota.

– Creo que perdí.

-¿Cree?

-Sí, eso creo.

– Y el otro, ¿Ganó?

– No, creo que no…

De fondo, Pantera estallaba contra las botellas y las rejas del sitio. Sólo se necesitaban cinco minutos, cinco minutos a solas o con alguien o con todos para estallar. Para morir, renacer, o seguir estando igual. Se necesitaban cinco minutos… y todo podía cambiar. La vida era eso: Una oportunidad que se daba, se desechaba o se perdía. Y al final uno seguía allí, peleando contra nada, pretendiendo existir.

Tomé un sorbo de aguardiente, y me fui caminando. De lejos era cuando más terror causaba Phil:

Agony is the price 
that you’ll pay in the end 
domination consumes you 
then calls you a friend.

Y la bebida sabía a óxido, un poco de sal, y el dulce perdiéndose en la garganta. Con los pasos cortos y la cabeza refugiada en la distancia. La luz incineraba la mañana… y ya no tenía a dónde ir.