Un amigo

van-gogh-los-pobres-com-iendo-patatas-03

Solía venir por las tardes a hablarme,
Era un tipo de esos que
No esperan mucho,
Que se han conformado
Con lo que les toca.

Venía por las tardes y hablábamos,
No recuerdo cuándo ni dónde
Nos conocimos.
Pero empezamos a hablar,
A contarnos nuestras vidas,
A jugar.

En esa época jugábamos,
Eludíamos el presente
Y las pocas responsabilidades.
Creíamos que podríamos
Con todo,
Que no había nada
Difícil o imposible.

No buscábamos vernos,
Pero lo hacíamos de vez
En cuando.
Normalmente, el venía
A mi casa,
Me contaba sus problemas.

Solía inventar mucho.
En su vida,
No había nada difícil
Ni imposible,
Todo le era dado.
Yo hacía que le creía
Y le contestaba sonriente.

Solía hablarme de sus
proezas femeninas,
De sus primeros pasos
En las eternas jornadas
Del cortejo.
Me contaba de sus
Primeros tragos,
De todo lo que bebía
Y follaba,
Lo hacía con gracia.
Yo sonreía y
A veces asentía.

Sabía que me mentía
Pero no solíamos
Hablar de eso.
Todas esas historias
Eran tan sólo un escape:
Una elusión al presente,
Un paraíso al que no
Teníamos entrada,
Pero que podíamos imaginar.

Con el tiempo,
Mi amigo dejó de ir a mi casa.
Ya no reíamos juntos,
No nos decíamos nada.
A veces,
Solíamos vernos y
Recordar el pasado:
Nos reíamos de las verdades
Hechas mentiras,
Y de las mentiras que,
Por conveniencia,
Convertimos en verdades.

Sé que aún podríamos hablar
De lo mismo,
De lo que querríamos
Y de lo que conseguiríamos.
Aún aspiraríamos a los
Regojos que otros han logrado.

Hace tiempo que no sé de él,
Y espero siempre
Recordar su nombre.
Reírme de sus mentiras
Para no recordar las mías,
Y que todo le salga bien.

Para que nunca más
Desee hablar conmigo,
Y yo no tenga que imaginar
Nada aparte de lo
Que ya tengo.

Amistoso desvarío

matisse-la-danza1910

Todo lo que pienso contar
Es la ficción de los ojos.
Lo que ellos vieron
Cuando ya no veía
Lo que ellos dijeron,
Cuando no podían hablar.

Eso es lo que pienso contar.

En medio de todos
Con las copas en las manos
Con la risa estrujándose en las vísceras
Con las estrellas al fondo
En el tejado del edificio.

Todos hablábamos
De lo que había sido,
De lo que sería.

Hablábamos rápido, dándonos la mano
Chocando los puños
Mandando tragos, ensangrentados
Así el anís permaneciera incoloro.

Bebíamos,
Bebíamos con la tranquilidad que da la cercanía
Con eso que se pierde y renace, a cada tiempo,
A cada momento, cuando se tiene el espacio.

Ese espacio lejos de vacío
Ese espacio en el que éramos todos
Habíamos sido “todo”
En algún momento
Para todo momento.

Y entonces, de vez en cuando, alguien hacía un brindis
Retozaban las copas plásticas
Se caía un poco de licor,
Se iba por el sifón
Como los días que quedan
Como el tiempo, que, en algún momento, pasó.

A los lados las luces, la ciudad que dormía,
O que moría despierta.
Cerca la gente, esa poca gente que vale más
Que merece disfrutar mientras estén.

Soy ese que se emborracha
Para luego escribir.
Soy ese que narra lo que otros capturan en una foto.
Soy ese que termina por beberse las amistades
Por saludar al fondo
Por sonreír de frente.

Soy ese, que, puede que al final
Los recuerde a todos ustedes,
Así sea en estas letras
Que la vida se encargará de extraviar.

Soy ese que dibuja perros con las estrellas titilantes
El mismo que extrae sonrisas a costa de su vida,
Ese que cuenta las luces para  recordar la noche
El mismo que termina por llorar, al final.

Algún día.

Me conformo con esto
Que no es mucho.

Me conformo por concederles la volátil inmortalidad
La superflua calma ancestral
En esta cárcel de letras.

Me levanto. Abro la nevera. Escribo palabras con un hielo
Que luego tiraré al vaso. Lo beberé. Abriré los ojos.

Los tendré abiertos.

Escribiré algo, puede que esto. Me acostaré a dormir.

Me vuelvo a levantar. Vivir, algunas veces,
Es enfrentarse a las imágenes,
Verse a sí mismo
En un amistoso desvarío
Contra todos
Por todos
Frente a todos.

Sigo siendo ese que le canta a las avenidas lo que otros enseñaron a callar.
Sigo siendo, eso sí, el mismo.

Cuando todo vuelve a empezar, y ya no hay vodka
Ni anís
Ni gente
Con quien brindar.

Brindo por eso.
Vuelvo a empezar.

Eso que no se pudo escribir.

Grosz

Hace unos días había intentado escribir algo. Me senté, con varios tragos en la cabeza, y lo escupí. Tenía huevos, bastantes huevos…pero no los había batido lo suficiente. En vez de ser mierda sólida, aquello no era más que polvo licuado en el agua. Similar, pero diferente, a una cagada de borracho.

Había intentado escribir sobre una fiesta de hace unos tres años. Esa vez, me emborraché de tal manera que me oriné desde el balcón. Tuve la mala suerte de que el chorro le cayó directo en la cabeza a un hijo de puta bien grande y su novia. Ella gritó. Los del apartamento gritaron. Todos gritaban. Yo grité. Grité riendo. JAJAJA. Hijos de puta. Luego me molieron a golpes. Y me levanté y fui por un taxi. Fin del día.

No pude escribir sobre aquello. Me costó. Me costó como si hubiese estado escribiendo en alemán. Las palabras se entrecortaban, y todo iba muy mal ahí. Un par de frases ingeniosas le daban algo de sentido al texto. Pero nunca lo suficiente. Siempre, en esto de escribir, termina faltando algo. No es que yo sea bueno, creo que tengo cierto talento, pero creo que lo importante son los huevos. Meterle huevos hasta que las paredes se rompan y uno esté ahí, viendo y leyendo. Leyendo sin vergüenza, y con dolor. Si no duele, nunca ocurrió.

Últimamente me jodía la cuestión del trago. Desde mi cumpleaños, la cosa se había agravado. Un par de escupitajos sanguinolentos, y unas resacas bestiales. Cosas anormales. Nunca me pasaba. Eso nunca me pasaba. La resaca era lo de menos. Nunca dejaría el licor, ya lo tenía más que decidido. Sin licor es imposible sonreír. Y sin sonrisas, difícilmente hay vida. A menos que se sea oficinista. Pero aquellos gargajos rosados me asustaban. Era poca la sangre, pero sabía como si de allí brotase un manantial. Sabía que eso no estaba bien, pero también sabía que de ninguna otra manera podía estarlo. Nunca se está del todo bien, a veces se aguanta, otras sencillamente se derrumba. Aquí estoy yo, vida hija de puta.

Hace dos días, antes de intentar escribir eso, había estado en una fiesta. Una de esas fiestas del “Campestre”. La mayor cloaca de la ciudad. El sitio donde se fraguaban las conversaciones más insulsas e imbéciles del planeta. El epicentro de la idiotez y la adulación. La miseria y la ignorancia se acrecentaban con el costo del vehículo, de igual manera que con el tamaño de la silicona. Nunca se tiene suficiente esposa. Nunca. Siempre le cabe un poco más de silicona. Sino es en el culo, es en las tetas. Pero siempre cabe.

Ahí estaba yo. Que no era ni mejor ni peor que ellos. Sólo uno de otra especie diferente. Ellos se habían conformado. Yo seguía peleando, y pelearía hasta que la sangre que escupiera fuese más que la saliva.

-¡Tiempo sin verlo!- gritó una voz conocida- ¡Como a usted no le gusta nada!

-¡Jajaja! ¡Donde hay trago estoy yo!- dije.

-¿Qué más? ¿Qué ha hecho?

Daniel. Un viejo amigo del colegio. Estudiaba derecho en la misma universidad a la que yo iba. Tipos diferentes…bastante. Pero amigos. Y aquel siempre había estado en los momentos jodidos, a pesar de no ser de los más cercanos. Fue al velorio de mi hermana, y sólo por haberme saludado ese día, merece mi respeto por el resto de mi vida. Era un buen tipo. Diferente, eso sí.

-Nada…-contesté- aquí, con los viejos.

-¡Ahh! Yo si dije- contestó mientras me servía una copa- A usted no le gustan estas vainas.

-Este circo no es lo mío.

– Jajaja ¡Relájese y ya!

-No puedo- contesté, tras bajarme aquel guaro caliente- No con tantos  perros de estos  por aquí sueltos.

Me senté con el. Siempre me recibía con agrado. Tenía su propio trago, y me servía. A veces whiskey, a veces aguardiente. Siempre servía. No importaba cuánto le hubiese costado. Y sonreía. Sonreía con verdadero agrado de verme. A mí me agradaba eso. El tipo siempre había sido un gran amigo. Me sirvió otra copa, y me presentó a los mismos imbéciles que todos los años me presentaba:

-Andrés- dijo, tras chocar las copas- le presento a Guarno.

– Qué hay, Guarno.

– Y este es Felipe.

– Todo bien, viejo.

– Y este…

Y así con todos. Hasta llegar a las mujeres. Algunas estaban bastante bien. Pero sabía de entrada que no se fijarían en mí. Yo sobraba allí. Resaltaba en ese ambiente. No era mi espacio, y ellas lo sabían. Lo sabían hasta el punto de despreciarme. Me preguntaron un par de cosas (Qué hacía, a qué me dedicaba, qué me gustaba…) y mis respuestas no ayudaron mucho. Quería el trago, y hablar un rato con Daniel. Preguntarle por el resto de gente, qué se habían hecho…para dónde habían ido.

– Diego está bien- me dijo- atareado con el trabajo, la clínica…toda esa mierda.

-¿Ya se graduó?- pregunté.

-Si, ya. Está ganando muy bien.

– ¿Y el negro?

– Bien- me dijo, rellenándome la copa- Ese sigue igual.

-¿Igual?

-Sí, igual.

-¿Cómo así?

-Pues igual- me dijo, mostrándome el culo de una de sus amigas- Ese sólo sirve para comer viejas buenas. Y ser mantenido.

-Grande el negrito.

-Eso dicen.

Seguimos hablando. Le pregunté por los suyos, y el por los míos. Habíamos sido amigos de colegio. De hecho, el fue mi primer amigo en el colegio. Un tipo amable y servicial. Buen central y seis. Igual de confiable dentro y fuera de la cancha.

Diferente.

Y ya.

Estuve así un buen rato hasta que decidí volver a mi mesa. Había dejado una de las dos botellas que había comprado. La otra ya me la había bebido hace un buen rato. Me senté. Bebí, bebí hasta que los ojos empezaban a cansarse y el calor azotaba con más fuerza. Sentía mi cuerpo hervir a más de 50 grados. A pesar de que el clima estaba a unos 40 apenas. 40 en la noche. Neiva es el infierno. Y yo soy feliz, así sea por un instante, ahí. Siempre ahí. La negra no lo entendía. Ninguna de las anteriores lo entendían. Las mujeres poco entendían de la tierra…y de la calma. Las mujeres no conocen la calma.

-¡Malparido!- grito otra voz familiar- ¡Siempre tomando solo!

-Jajaja, hijo de puta, siéntese y afinamos esta mierda.

-Vale- contestó, mostrando lo más hermoso de la creación- Y aquí traigo esta.

Gigante el Jack Daniel’s. Gigante. Simplemente brutal. Sabía que iba a terminar bien. Rodrigo. Siempre buen tipo. Habíamos tocado juntos en una banda de hard rock hacia unos siete años. Virtuoso en la guitarra, estúpido en el resto de cosas. Su vida iba…era feliz. O al menos eso me dijo, y le creí. Le creí. Un tipo como el merecía ser feliz.

-Todo bien…-me dijo, tras mandarnos una copa de mi aguardiente- Pues en la Universidad, también. Pero nada raro.

-Marica…usted debió irse a USA también. Aprender guitarra a fondo.

-Ya fue…

-Sí, pero ahora va a ser administrador.

-Tampoco es tan malo.

-Podía ser guitarrista…

-Ya fue…

Y ya había sido. Hablamos de todo. De Carlos Hernán (que incluso se sentó un rato con ambos, y regaló tequila a fondo), del negro, del Manri. Ya poco sabíamos de todos. Poco sabía de la mejor gente que había conocido en la vida. Poco me había importado los mejores momentos de mi vida. Poco me importó el futuro. Y ahora, este presente. Este presente ante el cual las lágrimas brotan, y la saliva se baña en sangre. El presente que no conoce futuro. Pero que conoce la lucha. Luchar hasta romperlo todo. Hasta que levante la cabeza y sólo quede el sol. Y no tenga que ver para abajo.

Compré otra botella de aguardiente, me despedí de Rodrigo, y caminé. Caminé. Caminé dándome tumbos con todos. Un par de hijos de puta me buscaron pelea. No ocurrió nada. Habían conocidos por todas partes. Y algunos me salvaron el culo. Seguí, pensando…en nada, en algo. Pensé en todo. Pensé en Laura. En el presente. En Tatiana. En lo que me quedaba. Lo que ya no tenía.

Al menos hoy, ese día, sonreía. Luego, no sé cómo, lo olvidé.

Desierto.

la tatacoa

Habíamos comprado unas quince medias de aguardiente y una tres canastas de cerveza. Laura llevaba una media de Smirnoff, y Juan se había robado una botella de Whiskey de su abuelo. Todo pintaba bien. Yo traía conmigo unos cuantos cunchos de aguardiente, que sabía, no harían ninguna falta. Habíamos quedado de vernos en el terminal de buses a las 2. Los únicos puntuales habíamos sido Felipe, un amigo de la universidad, y yo. Tras media hora de indagar por el pasaje más barato hacia el desierto; Juan, Laura, Paola y Luisa llegaron.

-Qué pena… nos demoramos bastante en salir de mi casa- dijo Juan.

– No importa-le dije, mientras mis ojos se deslizaban tras las bolsas de mercado-¿Trajeron todo?

– Sí…ahí viene todo.

-¿Seguro?- pregunté.

-Jajaja, ¡Claro que sí! Nunca sería tan imbécil de dejar el trago.

-Jajaja, eso me gusta- contesté.

Decidimos montarnos en una vieja van intermunicipal. Tras veinte minutos de “negociación”, el dueño, un viejo gordo de unos 65 años, había decidido llevarnos por cinco mil pesos. En el camino, le pregunté si era posible que nos recogiese al otro día.

-¿A qué hora?- preguntó.

– A las diez de la mañana, creo yo- contesté, mirando al resto en busca de aprobación.

-Está bien…- contestó, mientras se acomodaba los calzoncillos con la mano derecha- esa es la hora perfecta para irse de La Tatacoa…

-¿Por qué lo dice?

-Jajaja, un guayabo, bajo ese sol…- contestó mientras miraba por la ventana- Nadie lo aguanta.

-Jeje, tiene razón.

Tras media hora de viaje, llegamos a nuestro destino. El desierto se mecía imponente ante nuestros ojos. Los cardos, la maleza y los cactus sucumbían inertes ante la mirada inquieta de todos nosotros. Aquello era hermoso. La precariedad, en su estado natural, es hermosa. Eso sí, nunca deseable. La tierra erosionada se levantaba inmensa, magnánima. Mientras veíamos aquello, decidimos acampar frente a un pequeño risco, de tal manera que pudiésemos ver a cada momento la inmensidad del desierto. Colocamos las carpas formando un círculo, y decidimos caminar un poco en busca de madera y piedras. De alguna manera debíamos hacer una fogata. El frío en la noche podía joder las hazañas etílicas. Luisa, Paola y Laura se quedaron acomodando las carpas, y las neveras con comida y trago. Nosotros trajimos algunas piedras, y sobretodo, bastantes palos.

A las 6 de la tarde, los chamizos y demás palos se quemaban con furia. El fuego incineraba nuestros pensamientos, nuestra risa. Reíamos, reíamos como si aquello fuese parte de la vida. Juan tomaba algunas fotos: “Parceros, para el recuerdo”, decía. Nos agrupábamos  alrededor del círculo, y comíamos algunos masmelos levemente quemados. El licor iba y venía, y de las gargantas ya empezaban a desprenderse aquellas muestras de ensoñación, de locura. Decidí sacar la guitarra. Toqué, toqué hasta que mis dedos sangraron y Paola decidió reconectar la grabadora. De fondo, Peter Garret entonaba viejos himnos de los 80’s. Fue allí cuando, en medio de la algarabía, me levanté y grité:

-¡Estoy vivo! ¡Mierda! ¡ESTAMOS VIVOS!

-Jajaja, To-doss lo estamos- contestó Juan.

– ¿Y Felipe?-pregunté.

-Está tirando en una carpa…

-Mierda…¡Hijo de puta!

-Jajaja, parcero…usted ya sabe, lo quiero mucho- dijo el mismo Juan, intentando ocultar la borrachera.

-Yo tam-bién…

Caminé. Me fui lo más cerca del risco que pude. Me saqué el pene, y oriné. Oriné viendo cómo el chorro caía. Caía como los pesares, y la rabia que siempre tenía. Se deslizaba indiferente, bastante lejano…como si nunca hubiese sido mío. Me despreciaba, igual que yo a la vida. Me odiaba tanto que salía sin ninguna clase de despedida. Y eso que habíamos compartido buenos ratos…

-¿Andrés? ¿Qué haces ahí?- me preguntó Luisa, tocándome el hombro.

-Nada…nada. Estaba viendo el paisaje…- le dije, moviendo el brazo en un gesto de querer abarcarlo todo- y pensando…bebiendo.

– Pero no te vayas solo…¿No ves que estás borracho?

– Jajaja, borracho nunca- contesté, alzando una pierna e intentando hacer el “4”. Me caí.

– ¡Quédate quieto! ¡Te lastimaste!- replicó, limpiándome la arena que me había quedado en el rostro.

-¿Sabes algo?- le dije, mientras me bajaba un buen trago- Todo termina por quebrarse.

-¿Qué dices?

– Que todo se quiebra. Todo termina por destruirse.

-¿P-pero qué dices? ¿No ves que estás borracho?

– Todo se termina…y sé que en algún momento, nadie nos va a extrañar.

Tiré la botella. La lancé tan lejos como el alma pudo. Sentí los músculos estirarse en forma de parábola. Sentí dolor…sentí que la vida había vuelto. La botella se despedazaba contra las piedras de aquel risco. “En algún momento, todo se quiebra…”, pensé, mientras sacaba otra botella.

Eso que llamo hogar.

Motley-Crue-Home-Sweet-Home-330486

Estoy aquí
Con Motley Crüe
De fondo
Viendo las estrellas
Viendo la vida
Pasar ante los ojos.

El cielo está
Rojo
Tanto que
Pareciera sangrar
Y eso es lo que
Hacen los vivos
Los que beben un trago
Y escuchan
Motley Crüe
Cuando todos
Duermen.

La ciudad muere
Pero aún así
Algunos gritamos
Escupimos
Sangramos
Celebramos
Que la mierda no tiene
Sentido
Ni lugar
Pero que sigue.

Vivir es sangrar
Y llorar
Cuando se está feliz
Vivir es perder
Y recordar
Para luego
Vengar
Lo que no fue
Lo que debe ser.

Y por eso
Escucho Motley
Y pienso en mi casa
Varios kilómetros
Al sur
En el prado amarillo
En los arrozales
En el Doble Anís
En mis perros
En las mujeres
Buenos culos
Hermosas tetas
Y en las calles
En las que bebí,
Bebo
Y pienso
Morir
En etílica
Ensoñación.

Recuerdo al Peludo
A Romero
Al Pastuso
Fabio
Vanegas
La gente
Con la que
Crecí
Y viví
Lo que aún sigue:

Y es que no soy
Feliz
Ni estoy
Tranquilo
Pero la casa,
Neiva
Tiene eso
Que pareciera diluir
La frialdad
Del alma
Que en las noches
Estalla
Y quiere
Avanzar
Hacia el otro lugar.

Ese del que muchos
Hablan
Pero que nadie conoce
Bien.

Y aquí estoy
Escuchando Motley Crüe
Home Sweet home
En mi camino
Trastabillando
Pero de pie
Siempre de pie
Y viendo las luces
De la ciudad
Las que no tiene
Bogotá
Las que sus nubes
Ocultan
Y nunca se verán.

Y yo que les digo
No soy feliz
Tampoco estoy
Tranquilo
Pero es esta mierda
La que sigue
Y mientras tenga
La casa
Los perros
Los amigos
Mujeres
Con bellas tetas
Y grandes culos
Estaré allí

Desviando las balas
Escapándome
De las miradas
Encerrado
Tras las persianas.

Escribiendo.
Escribiendo.
Dos pajas.
Sigo
Escribiendo
Con la botella
Estallando
En mi garganta.

Y esta risa
Que no es
Alegría
Pero si
Alivio
Para seguir
En el camino.

En la casa de J.

candelariaBogotaNoche

Estábamos bebiendo
Con J.
Me decía
Algunas cosas
Sobre la fatalidad.

“Vos ya entendiste”, me decía
Mientras servía
El viejo Fernet
“Nos vamos a morir
Cualquier día
En cualquier momento”.

Yo sabía que sí
Nos íbamos a morir
Y estábamos
Allí
Para beber
Y seguir
Viviendo
Hasta que el sol llegase
Y rompiera
La cordura.

“Sí, por eso hay que beber”
Le dije
Y me tomaba otro trago
De ese licor amargo
“Nos vamos a morir,
Puto”
Contestaba
Aquel
Que había perdido
Sus mierdas más
Preciadas.

Yo lo tenía
Todo
Pero podía
Entenderlo
Algo había allí
Algo
No sé si era la perra
Ramona
O el Fernet
O el aguardiente
O la botella
Que estaba vacía
En una esquina
Pero podía
Comprenderlo.

Estábamos vivos
Con la garganta
Descocida
Y los ojos
Calcinados
Estábamos
Sobre el infierno
Dando pasos
Ensangrentados
Y aún éramos
Dos jóvenes
Y ya sabíamos
Que íbamos
A morir
Y no hay consuelo
Que calme
La rabia
Y la desolación
Que eso causa.

“Mejor sirve otra copa”
Le dije
Y tomé lo que más pude
“Nos vamos a morir,
Puto”
Me repitió
“Nos vamos a morir,
Y por eso es que
Vos sos mi hermano”
Y yo
Siempre
Intranquilo
Le dije
“Vivir es perder”.

“Vivir es perder”
“Vivir es perder”

Vivir es perder
Siempre
Un poco
Hasta morir.

Y ahí fue que cada quien
Se acostó a dormir
Mientras el sol
Incineraba
Aquella sala.

De las pajas y otras amistades.

barbet bukowski

“Joder, Allen,la vida no vale la pena, todos lo sabemos, y casi todo está mal, pero no podemos hacer nada al respecto, y vivir es el paraíso” Carta de Ginsberg a Jack Kerouac.

Acababa de perder un amigo. Lo sabía, esas mierdas nunca antes habían pasado. Yo nunca pensé en convertirme en una rata que apuñala por la espalda, menos aún con alguien que es como mi hermano. Menos pensé que todo se debiese a mi imprudencia, y en especial, a la vacía y vana “confianza” que creí existir entre Paola y yo. Paola, mi “gran” novia…

Me desperté con un calor asqueroso. Los rayos del sol parecían descomponerse con ira contra mi ventana, dejando un tenue vaho que con el tiempo se asemejaba al leve roce de un pedo hirviendo en una sala de sauna. Unas espesas gotas de sudor caían de mi espalda, tan espesas, que alcancé a creer que un adolescente celebrando sus quince se había venido en cálido y fuerte chorro sobre mi cuerpo. Menos mal no había sido así.

Caminé hacia la cocina, necesitaba un poco de agua. Sentía que mi garganta era una pared erosionada, irritada por la ingratitud del paisaje que la circundaba. Bebí…bebí un buen chorro, hasta que un fuerte terremoto sacudió mis entrañas. Sentí que andaba en una montaña rusa, y que los carritos chocaban contra las paredes de mi estómago, rebotando para todas partes. Como un buen puño, de esos que estallan los pulmones contra los huesos y lo dejan a uno tirado en el piso como un perro.

-UFFF…MIERDA. Casi muero.- dije luego de correr por toda la sala y depositar un hermoso mojón en la tasa del inodoro.

Ring/Ring/Ring/¡Quién será!/ Bruuu/ Los sonidos del culo en pleno ascenso.

– ¡Malparido! ¡Nunca pensé que me pudiera hacer eso! ¡Hijo de puta!- gritaba una voz conocida, corroída por la ira…por una rabia que yo no entendía, pero que luego compartiría. Era un hijo de puta, lo había sido, lo soy.

-¿Qué fue huevón? ¿Qué pasó? ¿Por qué está tan puto?- dije, intentando calmar a mi amigo- ¿Qué hice?.

– ¡Hágase el imbécil! ¡Usted sabe bien qué hizo!…- contestó, mientras golpeaba algo que parecía a madera. Si, seguramente era madera- ¿Por qué putas le contó eso a Paola?-.

-Pero qué- pregunté, mientras me subía los pantalones- ¿Qué fue lo que le conté a ella?-.

– Mis vainas…lo de Sofía. ¡Usted sabe que a mí esa mierda me parte el culo!- gritó, estallando en llanto. Le había dolido…yo era su único amigo, su hermano, y la había cagado.

Un sórdido silencio se apoderó de la conversación. Nadie hablaba, casi parecía que la línea se hubiese caído, que los teléfonos se  hubiesen perdido en el más alucinante trance y que necesitasen de un polo a tierra: un exorcista, siquiera un chamán que los trajera de vuelta. En el mundo todo seguía, mi cabeza era un laberinto de retazos: me veía tomando nuevamente en el jardín, gritando mierdas al cielo, abrazado a mi amigo en beodo afecto:

Noviembre 25 del 2005

-¡Imbécil…usted es co-como mi hermano!- gritaba, mientras se bajaba un largo sorbo de aguardiente.

-¡Usted también…en esto estamos juntos! ¡Para lo que necesite, ahí estaré!- contesté aquella noche, preso en la sinceridad que sólo el licor sabe brindar.

Enero 27 del 2007

– Ya, por fin se acabó esa mierda- dijo Miguel, mientras miraba el cartón de grado- Ahora toca trabajar, ver qué carajos hacemos en la vida…-.

-Si, bueno…igual ahí toca seguir, luchando contracorriente, como siempre- le dije, mientras las esquirlas de hielo del aguardiente rozaban con contundencia las paredes de mi garganta- ¡bruhghgh! ¡Ah-jhora nos toca seguir…el mundo siempre está bien, siempre, desde que uno esté con los hermanos!…

Y no me equivoqué. Aún creo que estoy en lo cierto.

Nunca fui un tipo de muchos amigos, pero Miguel siempre me había dado su mano. Fuera en las buenas, o en las malas, siempre había estado cerca brindándome su apoyo. Nunca pensé en cagarla, pero en la vida muchas son las acciones que, previsibles o imprevisibles, terminan por romper la frágil burbuja de afecto que ata a los más cercanos seres. Constantemente he pensado que la amistad, lejos de ser algo místico, es el nexo que une a dos personas que decidieron seguir su vida, sin más promesas que las acciones que se ejecutan en beneficio de ambos; curiosamente, de manera desinteresada. Sin esperar más que un buen insulto, o una buena cerveza de vez en cuando.

Diciembre 24 del 2011

– ¡Yo a esa hiju-jueputa la amo!- dije tras un corto sorbo de whiskey que acababa de sepultarme esa noche.

-¡Frress-co, igual el tiempo pasa…igual LAS PUTAS ZORRAS! ¡ESAS PASSAN, SE PASEAN POR MIL VERGAS DIFERENTES-.

– ¿Eso e-es consuel-o?- pregunté, intentando calmar el mareo.

– ¡Jaajj! ¡El mejor de to-oodos!-.

– ¡Lo mejor si-m-empre serán las pajas!- grité, alzando la cerveza. Viendo como la espuma chorreaba las paredes del apartamento… sin que me importara.

BRUUHHHJJJ/AJJUAJJ/¡ME VOMITÓ LA PUTA CHAQUETA!/¡Que pena, Mig-uburuty/ ¡JUUUEPUTA!/El peso de los recuerdos lacerando con fuerza.

Domingo 13 del 2013

-¿Para qué mierda le dijiste eso a Sofía?- pregunté, sintiendo como de mi boca se desprendían pequeñas esquirlas de saliva golpeaban el teléfono.

-¡No lo dije con mala fe… pero entiende, Andrés, ella es mi amiga! ¡Tenía que contarle!-Respondió aquella morena de sonrisa cálida, pero para mi desgracia, poco sincera.

-¡Jajajajaja! ¡Y yo le cuento a Miguel las mordidas que le pegas a mi puta verga! ¿Acaso le cuento esa mierda?- grité.

– No, pero no es eso..- respondió con cierto deje en la voz, como si fuese a llorar- ¡No seas así!-.

– ¡SOY COMO SE ME DA LA PUTA GANA, Y TÚ LO SABES, MIERDA!-.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la rabia rompiendo las paredes.

Me senté, tiré el teléfono hacia un lado. “A la mierda los celulares, sólo sirven para joderle a uno la vida” pensé, mientras aquel aparato se desparramaba contra la pared. Los pedazos volaban, y con cada trozo que caía al suelo, un nuevo recuerdo afloraba. Sentía unas ganas asquerosas de cerveza, ojalá de un licor más fuerte. No tenía, no lo había.

Ring/Ring/¿Quién mierda llama al teléfono de la casa?/La duda ante la realidad.

-¿Haló?-.

– Quiubo…- Respondió Miguel.

-¿Qué más?-.

– Ya más tranquilo…-.

– Que pena, de verdad, la cagué… no debí haber dicho eso-.

– Sí, bueno… ya pasó-.

-Me alegra escuchar eso-.

– ¿Qué, hoy unas cervezas?-.

-¡De una!-.

Y me levanté. Al final, uno siempre está solo, inserto en los problemas y aturdido por los golpes que a la mandíbula le profiere la vida y sus víboras, esas que con gesto amable se acercan, con palabras bonitas, maquillaje que se borra con la mínima gota de agua, como mierda que se esparce en una noche lluviosa. Después de todo, sólo se tiene el afecto de las cervezas, de las incontables acciones que suceden entre dos sujetos que, para su gracia o desgracia, se conocieron en el camino. En el camino que nadie quiere…pero que es el que se transita. El que toca transitar. “Al final, un amigo es como una buena paja: es lo único que queda”, me dije para mis adentros. Y entonces vi  a Jenna saltar sobre un negro, y me metí a bañar. “Ojalá hoy tengamos buen trago”, pensé, mientras el agua caía. Mientras con ella, al menos un problema se diluía.

Neiva es otra sucursal del infierno.

madridsereno2

Estábamos ya algo borrachos y Juan Diego ya no hablaba. Las botellas de aguardiente habían desfilado por nuestras manos sin mayor detención. No teníamos mucho dinero, tampoco trago que aguantase los ánimos que se tenían. Bebimos, bebimos de un sorbo hasta que el licor rebosase nuestras bocas y los ojos se dilataran y cerraran en breves e intempestivos aullidos.

– ¡Marica! ¡Miren las luces!- dije, poniéndome de pie, trastabillando un poco.

– ¡Jajajaja! ¿Otra vez la misma emoción?- preguntó Filip, tras tomar un leve sorbo de cerveza.

-Jajajaja ¡Marica, miren…todos, vengan, se ve toda la ciudad!- seguí repitiendo, como un niño de 5 años en una tienda de juguetes.

Todos se levantaron. El primero en hacerlo fue Filip, que casi se cae tras pisar la esquina de un escalón. Luego vino Mario, que tras intentar no parecer borracho ante Paula, pisó mal y su culo se hizo uno con el pavimento. Juan no se movía, estaba ya jodido por el trago y su cuerpo se había flexionado en una posición de meditación profunda: cabeza gacha, manos juntas, ojos desorbitados, rodillas cruzadas…y un olor a licor y fríjoles que empezaba a anunciar que pronto un nuevo niño vendría al mundo: uno verdoso y corrosivo.

Blaj/Ugruttug/El sonido de la revelación.

-¡PUTA VIDA! ¡MALPARIDO! ¡AJJ!- gritó Filip, retorciéndose súbitamente.

-¿Qué fue? ¿Qué pasó?- pregunté asustado, devorando con mis ojos la escena en busca de una posible respuesta.

– ¡MALPARIDO JUAN, ME VOMITÓ, MIERDA!-.

– JAJAJAJAJAAJAJAJAJA, ¡imbécil! ¿para qué le da más trago?- indagó Mario mientras deslizaba su mano sobre la cintura de Paula.

– NO CREÍ, EL HIJUEPUTA ME PIDIÓ Y LO VI BIEN-.

– Bien vuelto mierda…será- contesté, mirando de nuevo la ciudad.

Neiva siempre sería un lugar mejor. Allí, en medio de aquella terraza, había visto tantas veces mi cabeza catapultada sobre lo vivido, como si las luces fueran pequeños cofres donde hubiese guardado los mejores años de mi vida. De repente, una ráfaga de aire con sabor a Doritos amargos me trajo de vuelta al presente. Volteé a mirar, y me encontré con Filip saltando de un lado a otro, quitándose la camisa para meterla en un grifo a toda presión.

– ¿Qué tal anda, Juan?- pregunté, intentando denotar alguna mejoría tras el vómito.

– Uff…perrita, pues bien. Siempre luego de vomitar uno como que vuelve a renacer-.

– Sí…bueno, me alegra-.

-¿Y qué, cogemos para el mirador de Los Lagos?- dijo Mario.

– ¿Ahora?- respondió Filip.

– No, marica…ojalá el próximo año- contestó Mario.

– ¡De una! ¡Aguanta mucho!- dije mientras ayudaba a Juan a levantarse.

– Sí… eso vamos y luego llevamos a Juan a la casa en el carro de Filip- respondió Mario nuevamente.

– Está bien, vamos… ¡Pero ustedes se cargan a ese hijueputa!- gritó Filip señalando a Juan.

-JAJAJA, ¡ESO!!- dije mientras me tomaba de un sorbo el resto de la botella.

En el camino, decidimos hacer una breve parada a un estanco que había cerca de la casa de Paula. Tras esculcar todos los bolsillos, billeteras, y rincones de ambos carros (“uno no sabe, tal vez pudiese haber una moneda” había dicho Filip) encontramos lo suficiente como para otras dos botellas de aguardiente y tres cervezas. Nada menos, nada mal. Aquello era suficiente como para llegar al mirador y perdernos un rato, viendo las luces…buscando unas buenas risas. Filip y yo íbamos en la parte delantera, mientras que Mario y Paula discutían algo en la parte de atrás. De vez en cuando, todos nos congregábamos alrededor de la botella y nos bajábamos un trago, a veces corto, casi siempre largo.

-¡Uff!.. ¡nos vendieron esa mierda hirviendo!- exclamó Filip, intentando mantener el volante derecho mientras se retorcía.

– Sí, yo no sé cómo es que sigo tomando… ¡ustedes me quieren emborrachar! jajaja- dijo Paula, alejando a Mario con su brazo.

– Mierda, sí- dije mientras me percataba de que andábamos saliendo de la ciudad-vengan, ¿acaso donde queda ese sitio?-.

– Por el lado de los moteles, ahí uno sube a una colina y se ve todo…- me contestó Filip.

-Brutal…-.

Seguimos otro buen rato, mirándonos y riéndonos como unos imbéciles. De un rato para acá, Paula hablaba de algún tipo con el que siempre había querido tener sexo. Mario la interrumpía de vez en cuando, intentando que aquella se fijase en el. Filip y yo sólo nos reíamos. Ambos conocíamos bien a Paula y sabíamos que aquella mujer era de esas que te calienta un rato y luego te deja con los huevos a punto de implosionar.

Puros huevos fritos.

-Llegamos- dijo Filip, señalando la ciudad.

-Bestial-.

-¡Se ve hermosa!-.

– Mierda, sí..-.

Y todos corrimos. Nos hicimos en la parte más alta, y nos dedicamos a ver las luces mientras lo que quedaba de ambas botellas corría por nuestros cuerpos. Los sorbos eran largos, las pupilas se dilataban y las risas rompían directamente la calma que desprendía aquel lugar: en medio del monte, rodeado de los árboles y unas pocas casas…

UNAS PUTAS CASAS.

– ¡MARIHUANEROS! ¡DROGADICTOS! ¡VAYAN A FUMAR  A OTRO LADO!- gritó, de repente, bien de repente, una vieja imbécil en bata.

– Señora, tranquila…no estamos metiendo nada, estamos aquí viendo las estrellas, nada más. No tenemos música siquiera, tranquila…- dije, intentando calmar un poco el ambiente.

– ¡SÍ, CLARO…YO LOS ESCUCHÉ HABLANDO DE METER MARIHUANA! ¡DE MATAR GENTE! ¡VIOLAR, MATAR! ¡DELINCUENTES!- gritaba, escupiendo hacia todas partes, con los ojos desorbitados, presa del más profundo pánico.

-Tranquila, ¡Nadie ha dicho eso!- contesté, viendo que la imbécil repetía constantemente lo mismo, sin siquiera escucharme- ¡mierda! ¿acaso de qué putada tenemos cara?-.

– ¡ASESINOS! ¡JUAN, AMOR, VEN, VEN! ¡HAY UNOS HIJUEPUTAS DROGADICTOS EN LA PUERTA DE LA CASA!-.

– Señora, mire…yo no me he tomado un trago, y estoy con ellos. Ya nos íbamos a ir cuando usted salió y dijo todo eso, de verdad, tranquila- dijo Paula, intentando calmar la situación. De repente, un imbécil un poco más alto que yo (tal vez de un metro ochenta y cinco) salió de la casa. Traía una guayabera blanca, y sandalias. Tenía cierto aire de narcotraficante barato, mejor dicho, de traqueto de pueblo inocultable.

– ¡QUIÉN HIJUEPUTAS INSULTÓ A MI MUJER! ¡QUIÉN, QUIÉN FUE EL HIJUEPUTA DROGO QUE ANDABA GRITANDO!-.

– Yo… y la cosa es que esa vieja sale, nos insulta, y luego quiere que le de un beso en la puta vagina y me largue- contesté, parándome de frente a el- y ni imbécil que yo fuese…-.

– ¡Malparido, esto es propiedad privada, yo compré todo…no pueden estar aquí!-.

– Propiedad privada es de la reja para allá, que es su casa; de resto es vía pública y podemos estar- repliqué.

– ¡NI MIERDA, NO PUEDEN ESTAR AQUÍ, ESTO ES PROPIEDAD PRIVADA!-.

Fue en ese instante cuando Juan, Filip y Mario reaccionaron. Paula estaba temblando, aquellos sencillamente estaban callados. Di media vuelta, y busqué en ellos un signo de respaldo a mis palabras. Estaban pálidos…como si la muerte se les hubiera aparecido y les hubiese besado lentamente los labios. Giré rápidamente  viendo a aquel imbécil desenfundar un arma y apuntarme. Recordé las palabras de mi viejo, que siempre las ha usado: “las armas son para matar…el que las saca y no las usa, tiene miedo…”

“Tiene miedo”, me dije a mí mismo. Disimulando el puto miedo. Tenía ganas de estallar a llorar y arrancar el carro. No podía, el imbécil estaba igual. Recordé el boxeo, pensé en mi máxima, la de todo buen perdedor: “me levanto, caigo…siempre hay otro round”. Tal vez no vería el otro, pero salté hacía el, poniéndome a un paso de su cara.

– IMBÉCIL DE MIERDA, MÁTEME- grité, mirándolo a los ojos. Veía sus pupilas dilatarse, su frente sudaba frenéticamente.-.

– ¡MALPARIDO, ME HE CARGADO MIL CAGONES COMO USTED-.

– JAJAJAJA, pedazo de mierda… ¿quién es el que necesita un arma para hacerse respetar de unos universitarios?- le dije, viendo su rostro retorcerse entre la furia y el miedo. Sentí miedo, me vi muerto. Vi a mi madre llorar frente al féretro, a mi viejo jurar matar a aquel hijo de perra. Estaba muerto…o eso creí.

– Motley, nos vamos- dijo Filip.

– Está bien…igual este imbécil ya se meó en los pantalones-.

Dije sin pensar, creyendo que todo seguiría igual: sin problemas, en la misma conformidad. El imbécil enfundó el revolver, mientras todos nos enfilábamos hacia los carros. El mundo seguía igual, con el imbécil sin ganas de matar. No había meado. Fue allí cuando corrimos hacia los autos. El silencio se rompió hasta que Filip habló.

-Marica…casi nos matan. En especial a Motley-.

– Ufff, sí..- contestó Mario.

– Menos mal calmé algo a la señora- dijo Paula, bostezando un poco.

Y el sol salió. Y en aquellos carros nos desfilábamos con alguna cercanía al infierno: inquietos, pesados. Casi extraviados. Ya era de mañana, ya era el otro día, y yo seguía en mi madrugada. Filip me dejó en mi casa, me despedí de Paula y de Mario. Me hice tres pajas. “Ya mañana la cosa cambia”, pensé, mientras un porro fumaba.

Recuerdos: otro epitafio.

casa-abandonada

Volver siempre había sido una cuestión vital: volver a un trago, volver a la casa, volver al trabajo, volver a mí mismo. Sobretodo a mí mismo. Volver a Neiva, mi ciudad natal, me reportaba siempre una especie de dejo tranquilo que me sometía a los vapores de mis más oscuros miedos. Hoy no era la excepción.

Me levanté de la cama con algo de resaca, la noche pasada se incrustaba en mi cabeza como una fugaz brisa. Caminé hacia la cocina y me tomé una jarra de agua de un sorbo. Fue allí cuando intenté por primera vez en el día sentirme acompañado:

-¿ Mamá?- grité, no sin antes rellenar la jarra nuevamente.

– ¿Mamá? ¿Papá?-.

“¿Mamá? ¿Papá?” me pregunté. No sabía qué significaba aquello, pero lo sentí como una puñalada directamente al corazón, al principio afilada, luego bastante oxidada. Allí, en medio de aquella casa, recordé un instante que nunca dejaría de machacarme la cabeza cada vez que llegaba, de vuelta, a aquel lugar. Me había despertado, y había intentado llamar a mis papás. Por aquel entonces tenía unos siete años, y siendo franco, me costaba bastante estar solo. La soledad era para mi como una caja de juguetes desconocidos, o puede que un cajón atestado de teléfonos celulares. Me incomodaba, me hacía percibir más de cerca la luz oscura que reposaba sobre la vieja sala de muebles de madera corroídos por el tiempo…

Grité, grité un buen rato. Luego vi llegar a los viejos en la desvencijada camioneta Nissan que teníamos por aquel entonces. La luz de sus farolas golpeaba de lleno, y de los ventanales de la entrada, una luz serena se posaba sobre mi rostro y me secaba las lágrimas. Sonreí, estaba vivo, de vuelta con ellos.

“¿Mamá? ¿Papá?” me volví a preguntar, para mis adentros, como si el roce de las palabras con la vida fuera una señal más de mi estúpida inseguridad. Tenía veintidós años, y no podía creer de qué manera aquellas dos palabras, en medio de esa casa, mi puta casa paterna, me hacían estremecer. Mi garganta se oxidaba, mis pupilas se dilataban y se desenfocaban, no pude ver… me senté. Allí, en medio de todo. Allí, atrapado entre mis recuerdos, dilatado en mis más profundos pesares sin siquiera poder identificarlos.

Pensé en todo, en cuando tenía 16 años y el mundo parecía un sitio amable, tranquilo, con sonrisas para todos lados. Había sido un imbécil, pero había sido feliz. “Tal vez el requisito para la felicidad sea ser un cretino” pensé, mirando para el techo, enfocándome en la antigua lámpara de la sala. En aquella casa, en aquella ciudad…había sido un tipo congraciado con su puta existencia, que estaba llena: que estuvo llena por un breve instante. La recordé a ella, con esos ojos que desfilaban entre el verde y el azul, a veces grises, a veces tiernos, a veces con ganas de arrancarme los huevos. La vi, la sentí por un breve momento en el sofá de la sala, volteé la cabeza, la vi en el sillón del segundo piso, junto a la biblioteca. Sentí su boca por un breve, tal vez un largo, instante…

Trak/trak/ El sonido de la memoria ante el espejo.

Llamé a Juan, un viejo amigo del colegio que vivía a unas cuantas cuadras de mi casa. Deseé estar lejos, tomarme unas cuantos aguardientes y bajarlos con cerveza. Necesitaba licor, necesitaba largarme de aquel puto sitio que antes me había dado paz. Necesitaba estar lejos…

– ¡Imbécil!- grité, sin lograr ocultar la emoción que suponía encontrarme con aquella voz, así fuese en la distancia del teléfono.

– ¡Ehhh! ¡Malparido! ¡Milagro que llama!- dijo con cierta alegría.- ¿Ya está en Neiva?-.

– Sí…ando en mi casa- contesté, intentando calmar la voz.- que, ¿hoy unos tragos?-.

– No puedo…- replicó con cierto desdén.- Ahora me voy con los viejos a una comida.

– Ok, está bien… ¡Estamos hablando, hermano!- le dije.

– ¡Sí! ¡Mañana hablamos para hacer algo!- respondió.

Tun/Tun/Tun/ El sonido de la soledad.

Allí, en medio de todo. Adentro, lejos de cuanta mierda pasaba fuera; como si la tranquilidad fuera un estado inherente a cuatro paredes circundantes, como si los problemas no se guiasen por la magnitud que otorga el que los tiene. Me sentí un imbécil aún más grande: ¿A qué le huía?.

¿A qué le huía?…

A nada, a mí mismo, a mis recuerdos: aquellos que en cobarde arrebato había sepultado para luego erigirlos bajo el monumento del pasado. Afuera, la gente se moría, trabajaba, pagaba facturas, se moría, los mataban, caían bombas, los jodían…y yo, adentro, tirado en la mitad de la sala de la casa, viendo hacia el techo, suplicando no recordar una mierda más…

Puto cobarde. 

Lloré, lloré como nunca. Me sentí solo, y el verme allí adentro, inmerso entre las fotos, entre los imágenes que se trasponían en mi cabeza, me hizo sentirme aún más imbécil. Intenté hacerme una paja, pero no pude… era difícil, el pene no se paraba, como si una inercia superior lo sujetase en su minúscula presentación. El porno no servía, y ante la luz de la pantalla la noche ya empezaba a atacar. Miré el sillón que tenía a un lado, la recordé, enfundada en una camisa azul que hacía juego con sus ojos, la besé, le pregunté nuevamente lo que en aquel dos mil siete me había sido negado:

– ¿No quisieras seguir?…-

-No, tú te vas… y bueno, las relaciones de lejos no funcionan- su voz se entrecortó, miró al suelo, sostuvo de nuevo su cerveza- Luego conocerás más gente… y puede que ya no me mires de la misma forma.

– No es eso…¿Cómo puedes decir eso, sin siquiera intentarlo?- pregunté, bajándome un buen sorbo de cerveza que pasó caliente. Aquello me hizo desear un poco de aguardiente, que por desgracia ni hoy, ni ese día, tenía.

– Ya lo decidí… lo siento- dijo, mientras se iba. Su cabello se agitaba conforme a una leve brisa que se colaba por el ventanal. Con cada paso que daba, las escaleras rechinaban, como si al irse hasta la puta casa llorara.

– Adios…-contesté- te quiero.

– Tranquilo…- replicó, deteniéndose sobre uno de los escalones- siempre podemos ser amigos, ¿no?-.

– Si…¡Claro!- dije mientras una sonrisa se posaba sobre mi cara.

Pum/Pum/Too young, to fall in love, too young to fall in love/ El despertar bajo la guitarra de Nikki Six.

Nunca cambiaría, el resultado siempre sería el mismo. Aquella casa se había transformado en un ajedrez cuya partida estaba destinada a repetirse eternamente; dejándome a mí como perdedor perpetuo. Aquello era la vida, aquello era el recuerdo. Me sequé las lágrimas y reí como un niño: me reía de todo, de los cuadros, del computador, del sillón que antes me había dejado con los recuerdos atiborrados dentro del culo, siendo que aquel era el mancillado por mis hermosos pedos.

Aquello era la vida, y yo había decidido ser su amigo:
Cobarde, Imbécil.

Me reí…y luego de un rato me hice una paja, como en el 2007: llena de mierda, viendo a las maduras que nunca me soltarían un beso, siquiera una cogida de teta… dormí un buen rato, y llamé al Peludo, otro viejo amigo:

– Que, ¿hoy unos tragos, hijueputa?- pregunté.

-¡Claro perra! ¡Ya paso por ti para que nos peguemos una rasquita! ¡Como los viejos tiempos!

– ¿Pura old school?-.

– ¡Claro marica! ¡Ya voy y llevo unas perras para que dejes de hacerte tanto la paja!-.

– ¡Esooo!! ¡Aquí nos vemos!- contesté.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la noche, el sonido de las fichas saliéndose del tablero. El sonido de la risa, del licor y de la resaca vespertina  El sonido de la vida…navegando otra vez fuera del carril.

Neiva, 28 de diciembre de 2012.

Delirios, perdidos, jodidos.

Luces prendidas
Están perdidas
Las personas
Están idas
Las veo entre la maraña
En la telaraña quebrada
De los sueños, mucha rabia.

Mucha rabia y poca calma
Luces prendidas, sonrisas extraviadas
En un cuarto la gente se pierde
Tras una persiana mujeres se maquillan
Hombres tiran tragos al suelo
Quiebran la mirada
Rezagos de lunas marchitas
Que en algún momento
Fueron luz que guiaba el trayecto.

Y las farolas alumbran la nada
Las ratas las calles acompañan
Y la gente está extraviada
Miran por la ventana, no ven nada
Acarician la brisa con desdicha
“Está frío, estoy perdido” dice un tipo
De saco rojo y pijama de rayas
Que se asoma enfrente, que no quiere su presente
Fuma un cigarrillo, baja la cabeza
Desvía la mirada, no quiere mis ojos
Son bastante sosos, tristes, directos
Cargados de negro y apagados
La luz se quiebra, se difiere en un instante
Difuminada en la mirada
Cierro la ventana, bajo la persiana
No quiero nada, agacho la mirada
Prendo la TV, nada suena
Cierro los ojos, perdido en mi naufragio
Nadando en el día, sembrado en la noche
Me roe el miedo, me carcomen los reproches

¿Qué hice hoy? ¿Para dónde voy?
¿Qué hice hoy? ¿Dentro muerto, afuera perdido?
¿Dentro muerto? ¿Afuera marchito?
Lo repito mientras pienso, que detrás de todo:

La gente tiene miedo, la gente se retuerce
La gente roe, la gente miente
La gente es un invento, la gente es un jean desgastado en la vitrina
La gente es una enfermedad, la gente es la cura contra la humanidad
La gente es un incienso quemado tras un polvo mal echado
La gente es la mentira más grande de la estantería
Productos de su propia creación, benditos por su nombre
Son dioses en el infierno de las luces,
Y ahora con miedo, mañana con rabia
Mañana extraviado, hoy bien jodido
Soy gente, soy otro disfraz
Y ya conocen mi antifaz…

Ya conocen mi antifaz.

Estoy anclado, me vieron el rostro
No hay máscara que valga, será tragarme las palabras
Sinceridad es hablar sin pensar en el mañana
Sincero es el que ahora tiene miedo por lo que va a pasar
Son muchos, son todos
Son ratas, son mierda encerrada
Mierda tras las paredes, tras la tranquilidad de las ventanas
Vidrio que se rompe, vidas desahuciadas
Cuerpos que caminan, beben leche desde sus camas…

Bebo otro trago, me quemo tras vodka barato
Entra trancado, estoy llorando
¡MIERDA, BORRACHO!
¡MIERDA, BORRACHO!
NO TENGO UN AMIGO, AL MENOS NO CERCA
No tengo un amigo, al menos estoy lejos
De la gente, de las desgracias
Bebo otra copa, ya será mañana…

Me entrego a otra cerveza, ¡Puta arrogancia!
Que entre la gente, no hay cobija que valga
Que entre la gente, no hay loción que diga
“Mañana todo encaja, el futuro es sólo otro invento”
El futuro son varias pajas a Jenna Jameson
El futuro es otra mierda que no he pagado
Que me tiene embargado, y las facturas me tendrán cagado:

Cuando decida salir, cuando quiera escapar
Resurgir entre las cloacas, alzarme en mis alas
Quebrar la luz que me azota y me incita a quedarme de bruces al mundo
Sentir el beso del moribundo, sonreír sin tapujos
Abrazarlos a todos, los que están conmigo
Beber con los muertos, reír porque no nos queda menos

Que la compañía del recuerdo
Que los momentos de supervivencia
En los que vomitábamos, reíamos, tomábamos
Éramos varios, hoy somos todos…

Hoy somos pocos, los que aún nos tenemos a los otros
Los que aún no estamos solos
En estos cuartos, en estos ratos callados
Bebo intranquilo, Toso, quiebro el silencio
Me acuesto…cierro los ojos
Abro la ventana, están cerca… pijama de rayas/saco rojo/maquillaje/sólo otras ratas
Van y vienen, encerrado en mis vaivenes
Pienso en todo, me bajo otro trago
Me quiebro en pedazos
Escupo a la calle, santiguo los males
Me hago tres pajas
Apago la pantalla

¡MIERDA, QUE SEA MAÑANA!
No quiero morir de resaca
No quiero morir sin mearme en sus caras
Que mi chorro sea dinamita
Que mis palabras se escurran en napalm
Hoy marcho en el escuadrón,
Mañana estallaré dentro del pelotón.