Demasiado pronto

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Estábamos de frente a la luna
Y al mar de todas las luces
De toda la gente,
De la ciudad.

Bebíamos y reíamos, murmurábamos
En voz baja lo que seríamos en el mañana.
Nos abrazábamos de vez en cuando,
Cada uno de nosotros,
Nos decíamos que todo iba a salir bien.

Habíamos jurado no caer en la trampa
De todas las vidas,
A reír más que el resto
Y a no pensar con miedo.
Habíamos visto las estrellas de esa noche
Pulverizarse en las mañanas,
Habíamos querido ser más que esos niños
Haciéndole promesas a la caída de los astros.

Hoy,
El sol golpea contra la ventana
Y no hay nadie en la calle.
Y recuerdo esas noches,
En las que las tenues luces blancas
Iluminaban con furia
Cada paso transitado,
Cuando todo era nuestro:
La ciudad,
El ruido,
El calor del viejo río,
Esas promesas que marchitan sin morir
Para recordar lo que hemos sido,
Para servirnos de miedo,
Para defraudar y complacer
A todos y a ninguno.

Y tiendo a sentirme viejo
Demasiado pronto,
Entre calles que no he conocido
Y retratos de gente que
Aún extraño.

¿Dónde están?
¿A dónde hemos
Partido?

 

 

Canciones en la noche

klee-thun

He visto al sol desparramarse
Bajo el viento que se estrella
Sobre las cunetas.

Y en la calle, la gente
Divaga entre pasos y carcajadas
Entre el llanto y la misericordia
Ese odio tan querido
Por el hecho de sentirse vivo.

He visto las palabras atragantadas,
Las vidas que cambian
Al compás de ladridos
De bocas humanas.

Y me he visto a mí mismo
Al final de los días
Al principio de mis noches
En el medio de las risas:
Buscando en el sol
Un refugio a la tierra,
Y abrazando el polvo
Para no terminar dormido.

Entre aullidos que ya la noche
No espera, y el calor
De la hierba ensangrentada,
Siento las magulladuras
De la vida,
De un trastabillar como
Cualquier otro,
Y un tierno existir
Que no puede ser de nadie,
Que es sólo mío
Que rasga una canción en las noches
Y no pretende decir mucho.

He visto las palabras
Morir contra las tristes farolas
De las calles solitarias.
Cuando ya no hay nadie
Y los que mueren
Quieren vivir,
Suelto al viento mis murmullos
Hasta sentirme feliz.

Y espero ese
Triste soliloquio de todos,
Las breves promesas
Que gimen en el viento
Y se retuercen bajo el sol.

Negro sobre negro

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A veces sueño
Con un barco meciéndose
En la arena.

De vez en cuando
Cierro los ojos y veo metáforas
De la vida, que terminan
En soliloquios de muerte.

Palabras que se agitan en gargantas
De viejo roídos por el tiempo,
Versos que no dicen nada y
Que no traen más que el dolor
Tras el sufrimiento,
Negro sobre negro,
Cuerpos inertes de
Personas aún vivas.

A veces sueño,
Y me veo sentado
Acariciándome el cabello,
Sintiendo el palpitar del sol,
La fría caricia del silencio.

Y los gritos de mi madre
Ya no me alivian,
Y las viejas memorias
De los días pasados ya no
Se materializan:
No encuentro los lugares
Y los rostros son
costras que arden
Bajo la piel.

A veces río
Para rimar con la calma
Muerta de los versos,
Como los recuerdos
Alegres que
Trastabillan en balbuceos.

Como anteriores esperanzas
Que no significan nada.

Y todo es más que
Negro sobre negro,
Pero no lo comprendo,
Como el hogar que ya
Entre pasos que se pierden
No encuentro.

Desmiembro el silencio en tiernas palabras
En breves quejidos,
Que superen las carencias
De los días pasados,
De alegrías futuras,
Cuando todo no sea más que
Cualquier cosa,
Y no queramos
Decirnos nada.

Lento caminar.

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He empezado a sentir
Que las cosas, las palabras,
Remiten a un vacío.
Y que el llanto habla de lo poco
Y los hombres tienden a conformarse
Con mucho.

He empezado a sentir,
Que no hay lugar para la risa,
Y que las tenues sonrisas
De los transeúntes,
Se vuelven abrazos lejanos,
Que infunden terror.

He visto los ojos de la gente
He sentido ternura y desidia
Y, casi siempre,
Me he detenido en mis zapatos,
Los veo trastabillar, ir de uno en uno,
Conducirse como pueden,
Entre infinidad de pasos
Que transitan las aceras.

A veces,
He sentido que vivir es un traspiés,
El caminar ebrio y desorientado
De los niños al crecer.
Y que las palabras no dicen nada,
Más allá del rostro de la gente
Al enunciarlas.

Así,
Me veo algunas veces hablando,
Riendo, llorando,
Caminando en círculos,
Buscando a la gente
En la infinidad de las paredes.
Veo sus retratos,
Y sigo con mis pasos,
Retando a la suerte,
Soñando vivir.

Las tenues luces

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El cielo se muere en las aceras
En las tristes y solitarias sonrisas
De la gente en las avenidas.

El cielo no entiende de fronteras
Lo abarca todo,
El mundo se destruye
A sus pies.

Mientras tanto,
Algunos le suplican
Esperando respuesta
Viendo llover.

En la luz tenue
El cielo no dice nada,
Sus miles de ojos
Lloran,
Y multitud de palabras
Se dibujan sobre las ventanas.

Los niños esperan a sus madres,
Los padres castigan a sus hijos.
Los amantes se miran
A los ojos,
Sonríen.
Los desconocidos caminan deprisa
Y la calle está sola,
Como la gente en sus casas
Evitando vivir.

Con todo,
Las tenues luces
De la noche
Impregnan las vidas
Con su llanto:

No pretenden nada,
Sólo quieren que los sueños
Fracturen las paredes,
Y que las vidas sirvan de lienzos
Para poder existir.

La furia y el ruido

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Sigo el sonido de los leves pasos
Trastabillando sobre las aceras
Siento el ir y venir de los niños,
La angustia de sus madres,
Como aves que se pierden,
Dormitando en el infinito.

Veo la vida transitar por las calles
Entre farolas blancas, a veces amarillas,
Que lo ven todo y no tienen palabras.

Siento a mi madre sobar mis cabellos,
Las caricias de mi padre en una tarde calurosa,
El abrazo que esperé de mi hermano cuando ya no
Teníamos hermana.

Siento el peso de los días,
Desbordándose por las cunetas.
A veces, el sonido de toda una vida,
Arrecia con toda su furia
Para no decir nada,
Para entender que nada
Significa.

Carritos contra el pavimento

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Me encontraba sentado allí desde hace un par de horas. Enfrente, tenía una pared blanca que se encontraba en directa colisión con una luz nívea que le daba de lleno. De vez en cuando, me veía alzando la cabeza del diario que tenía entre las manos y veía de frente aquel muro infranqueable, tan absolutamente claro que me ardían los ojos nada más al verlo. Si intentaba mirarlo de manera plena,  sentía que una leve mancha negra se iba apoderando de aquella pared hasta el punto de sumergirla en la más absoluta oscuridad. Cuando sentía que aquello iba a ocurrir, intentaba seguir con el crucigrama que estaba completando. Sólo necesitaba distraerme un poco, saber que todo iba a estar bien, que era lo normal que ella se estuviese demorando tanto en ese recinto de mierda. Un niño no viene al mundo en un abrir y cerrar de ojos; antes bien, nacer tiene que ser de las cosas más difíciles que pueden llegar a vivirse. Incluso, podía llegar a ser un evento absolutamente traumático, pues nadie lograba recordar en lo más mínimo nada de lo vivido en ese momento. Capaz que el cuerpo humano se había preparado durante siglos para olvidar todo aquello, al igual que la muerte.

Fumé un poco a escondidas de la enfermera del piso y me levanté de allí.

“Seguro que hay un momento en la vida de todo hombre que es mejor no recordar” Me vi pensando mientras avanzaba por ese pasillo angosto y repleto de camillas y demás instrumentos e insumos médicos. “Quiero decir, pareciera como si hubiese instantes en los que recordar fuese algo absolutamente prohibido”, pensé, mientras me veía hundiendo el botón número 1 de aquel viejo ascensor. No sé por qué era que estaba pensando en algo así, más aún cuando, en cualquier momento, mi niño abriría los ojos en esa pequeña salita en la que se encontraba. Pensé en María, María Ré, mi esposa. Ella había sido la que había tenido la idea de tener al niño. Recuerdo cómo me dijo que un niño sería aquello que nos ayudaría a sobreponernos a la carencia de sentido que experimentábamos con respecto a nuestra relación.

Lo recuerdo perfecto.

– Ale, yo sé que te amo, que aún te amo- me dijo, tras apagar el cigarrillo contra el cenicero de la encimera.

– Yo lo sé, María. Pero siento que, tal vez, ya no deberíamos seguir juntos.- me detuve un instante y la miré directo a los ojos- Siento como si ya hubiésemos vivido muchísimo tiempo, como si ya no nos quedara mucho más para vivir. Como si estuviésemos aguardando el cajón cada uno, ¿Sabes?

Se sentó. Bebió un poco de café y me observó detenidamente con aquellos grandes ojos negros en un gesto que me pareció que oscilaba entre el desprecio y el cariño absolutos.

– ¡Pero si sólo tenemos 30 años! ¿Cómo puedes decir algo así?- gimió.

-Así me siento. Sentí que debía decirlo.

– A veces es bueno tomar un nuevo aire…- contestó luego de beber un poco más de café- No sé, encontrar un nuevo trabajo, irnos a otra ciudad, puede que, incluso…

-¿Incluso?

– Puede que tener un niño nos sirviera. Llevamos demasiado tiempo intentando. El doctor dijo que, tras el tratamiento, era un poco más probable que se logre la fecundación…

-Creo que eso del niño es de las cosas que más nos ha afectado. ¿Sabes? A veces me pregunto cómo es que existe tanto niño que no recibe amor, que es abandonado en basureros, que es golpeado u obligado a trabajar…mierda- Me veía en el reflejo del vidrio de la encimera- Mierda. Nosotros sólo queremos traer a un niño para que sea feliz al mundo- me detuve, buscando las palabras que se adecuaran al peso de esa idea que tanto me corroía- Para que fuese feliz junto a nosotros. ¿No? Sólo de eso se trataba.

Sólo de eso.

Bajé del ascensor y enfilé los pies en dirección a uno de los bares que se encontraban a un par de cuadras de la avenida principal sobre la cual se encontraba el hospital. No importaba cuál fuese. Sólo quería estar allí, leer otro periódico, no pensar demasiado. Tal vez beber un par de Vodkas. De tanto en tanto, alzaba la cabeza para cerciorarme que iba en la dirección correcta. Si bien había visto un par de veces aquellos bares, no sabía si, en efecto, quedaban tan cerca como los recordaba. Caminé…hasta que me vi enfrente de una juguetería. En aquel momento, recordé aquello que María constantemente decía: “faltan demasiadas cosas para atender al bebé. Cosas que iremos comprando de a poco”. Si bien nos habíamos acondicionado lo suficientemente bien para atender al niño una vez naciese, éramos conscientes que aún le faltaban un par de juguetes y, tal vez, un par de prendas más. Decidí ver si había algo a precio decente y fui hacía allí.

-Hola,-me vi diciéndole a una joven rubia de unos 23 años- quisiera ver los juguetes para bebés que tienen aquí.

-Claro, venga por este lado- me dijo para luego dejarme allí solo.

Allí estaba enfrente de todos esos carritos y cajas de cubos para los niños. En la esquina de la estantería, había un par de libros para colorear y unos juegos de herramientas. Todos esos juguetes estaban dentro de sus cajas. Cajas en las que bebés, casi siempre blancos, jugaban y sonreían con profunda alegría. “¿Cómo es que puede uno llegar a sonreír así?” pensé tras intentar seleccionar alguno. “Y todo tan pronto. Como si luego ya no se pudiese seguir así”. Quise un trago. Quise salir de allí y no tener que ver volver al hospital. No quería que María me sonriese con el niño entre los brazos. No quería verlo llorar. No quería verlo sufrir. No quería saber que, en algún momento, ese niño tendría que ser alguien como yo.

Alguien como yo. Vida hija de perra.

Como yo.

Me decanté por un par de carritos y salí de allí en dirección a uno de esos bares. Por momentos, me preguntaba si de verdad esos bares se encontraban en algún sitio cercano. Ya iba siendo necesario tomarse un vodka. Tal vez dos o tres. No sabía bien por qué lo necesitaba, pero veía mis piernas temblar tras cada paso y sentía la necesidad. “Tener un niño debería alegrarme. Debería llenarme de seguridad” me vi susurrando a la espera del cambio del semáforo. “Todos los padres que buscan tener un niño asumen los momentos previos con una sonrisa en la puta cara. Yo debería estar así”.

Tras un par de cuadras, me vi enfrente de un antro pequeño de sillas de plástico en el que sólo tenían cerveza y aguardiente. Decidí comprar una media y una cerveza. El tiempo transcurrió, y no recuerdo demasiado bien en qué momento fue que terminé con aquello. Sólo puedo decir que, de vuelta al hospital, la luna se posaba de frente a mi cara y me señalaba el camino. Miré el reloj de pulsera que tiempo atrás María me había dado. Eran las 7 y 30 de la noche. Presioné el botón y, súbitamente, las puertas se abrieron para escupirme de vuelta a esa pequeña sala de espera de paredes blancas que se hacían negras. Me senté y vi de lleno la bolsa con los carritos. Se veían bien. Tras un breve instante, imaginé al niño reír mientras chocaba esos carritos sobre la mesa de la sala del apartamento. Tal vez María lo regañase, aunque, probablemente, eso no ocurriese. Ambos sonreirían. Serían más felices.

Pensaba en todo ello hasta que, de un momento a otro, una mano se posó súbitamente sobre mi hombro. Subí el rostro. Era un doctor de unos 50 años. De rostro afable, con canas y la piel algo curtida por el paso del tiempo. Sonrió sin demasiado ánimo. Se le veía cansado.

-¿El señor Alejandro Fresneda?- preguntó.

-Sí, ese soy yo.- contesté con torpeza mientras me levantaba de la silla.

-Hicimos lo que pudimos.

-¿Qué ocurrió?

-Hicimos lo que pudimos-repitió-. Fue una operación difícil. Como usted sabe, algunos embarazos llevan consigo ciertas complicaciones. Aunque ese no era el caso de su esposa. Todo parecía bien, no sabemos con certeza qué fue lo que ocurrió…

-¿Intenta decirme que murió?- pregunté.

-Sí…por desgracia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

-¿Y el niño?- articulé tras intentar en vano aclararme la garganta.

-También murió.

Me desplomé sobre una de esas sillas. Aquel viejo decidió sentarse a mi lado y consolarme. Un par de enfermeras vinieron e hicieron lo suyo. Todo esto era una mierda. Pregunté qué era exactamente lo que la había matado, pero nadie parecía tener una respuesta de fondo. Al parecer, el viejo que tenía a mi lado no había sido el cirujano de María. Aquel todavía estaba en la sala de partos.

Me levanté. No sabía qué haría, ni hacía donde iría. Tal vez fuese a ducharme al apartamento. Hace días que no lo hacía. Puede que fuese donde Miguel. La verdad, ya no sabía qué hacer. “Tal vez lo más duro de la muerte era que unos sufrían mientras los otros ya no tenían qué pensar” susurré mientras introducía la llave del carro. “Seguro están mejor”. “Sí, seguro”.

Salí del parqueadero y aceleré por toda la autopista. En algún momento, lancé los carritos contra el pavimento y cerré los ojos. Los sentía despedazarse contra las ruedas, volar y golpear directo contra el parabrisas. Todo se estaba rompiendo y yo sólo podía acelerar. Imaginé los pedazos luego de que yo hubiese pasado por allí, y ya nadie supiese qué era aquello que estaba estrellado de lleno contra el pavimento.

Boy’s don’t cry

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El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

El día de la muerte (toda una vida).

George Grosz. To Oskar Panizza

A veces pienso en el día
En el que estaré muerto.
Me los imagino a todos llorando,
Algunos riendo,
Otros mirando directo hacia el suelo.

Recordarán lo bueno que fui,
Dirán que nada fue justo conmigo,
Creerán que nunca hice nada malo,
Obviaran mis errores
Mis pesares,
Creerán en las mentiras
Y rellenarán los vacíos
Con tiernas palabras
Que desconozcan todo ese otro lado,
La belleza de la triste amargura,
El rencor de los días felices.

Me imagino a mi madre abrazando a mi padre,
Me imagino a mi hermano besando la frente
De un cuerpo gélido,
Que lentamente dejará de parecerse a mí.
Imagino a mis amigos,
A los lados,
Pensando en todo lo bueno,
Lo triste,
La pasión y la gloria de una vida,
Los lamentos de algo que ya no está allí.

Los recuerdo a todos;
Y los quiero borrachos.
Espero que así sea.

Mientras la vida termine por morir
Y no quede nada más para lamentar.
Y se haya quedado
Un cuerpo sin nada que sufrir.

He pensado en la muerte
Y no he visto nada más
Que la tristeza del hombre.
He respirado en la herida de la victoria
He querido con resentimiento
He añorado no tener que levantarme
He querido sembrar muerte y recoger vida.

He querido y he odiado lo que he podido,
Y, en los días,
Las caricias se pierden en un rostro
Que busca cariño
Y que no quiere,
Verse del todo perdido.

He pensado en la muerte
He querido no estar aquí,
He odiado mi vida,
He odiado lo que sido,
Me he contentado con palabras transparentes
Que se extravían en el níveo arrullo de la pared.
He extrañado los versos que no he escrito,

He querido ser mejor,
No he querido lo que he sido.

Con todo,
He visto a la muerte,
Y en noches como esta,
La he tenido entre los brazos.
Nos hemos besado,
Nos hemos querido,
No quisimos separarnos.

Pero queda seguir,
A pesar de todo,
Contra la furia de la vida,
Y el silencio de los pasos.

Toda una vida
Que no alcanza a ser vivida
Y que puede anticiparse.

Toda una vida…
Y no hay caminos
Sin luz que calcinen
Las estrellas.

De vuelta a vivir

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La vida empezó como un camino en una sola dirección
Me lancé de lleno, creí confrontarlo,
Quise despacio y amé demasiado rápido,
Me entretuve en los escaparates
Cruce las calles sin pensar demasiado.

Hasta cierto punto
Todo se fue dando.

Con el tiempo
La vida se fue bifurcando
Habían calles y calles.

Calles demasiado iluminadas
Algunas otras solas
Había demasiado qué ver,
Había demasiado para llorar.

Intenté no afanarme demasiado
Quería todo despacio
Deseaba no tener que lamentarme
Quería transitar bajo la luna
Y que palabras llena de vida
Golpearan la carne.

En algún punto
La vida se volvió una calle sin retorno,
Sin salida,
Y me entretuve con las luces que roseaban de lleno
La pared,
Me entretuve con los ladridos de los perros
La magullada cercanía de la desidia de los postes
Las largas paredes infestadas de marcas de gente.

Me entretuve con un mundo que no entendía
Que no entenderé.

Me entretuve demasiado
Y en algún punto
Perdí la capacidad para reconocer los caminos,
Me vi sumergido en eso
No podía volver.

Con todo
A veces vislumbro estrellas
Que golpean de lleno contra las ventanas
Y la gente parece querer,
Siquiera,
Estar bien.

De vez en cuando transito con la cabeza agachada
Y me pesan los días
Los pasos surtidos
Los milímetros de dicha
Que escurren de la piel.

Con todo
Ya perdí el rumbo
Y, en la noche,
Procuro no detenerme demasiado.
Camino despacio,
Pero sin quedar estático.

Quiero tenerlo todo
Abrazarme a la vida y a la muerte
Besar de lleno el engaño
Dejarme arrastrar.

A veces
La felicidad se siente
En cada palabra.
Y no me queda otra cosa más
Que huir.

Aprendí a no querer demasiado
A preocuparme por los pasos,
A no desear los caminos recomendados,
Quise forjar el sendero
Y terminé queriendo retroceder.

Para nunca más volver.
Para tener que comenzar,
Para volver a vivir.

Encontré las palabras en los días perdidos
Las sonrisas gimiendo debajo de la ventana.
Y sólo tuve excusas
Para estar de vuelta,
Para que los miedos se hiciesen verdades,
Y sólo quedara,
Tener que vivir.