Grises luces

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La alegría está perdida
En una noche sin luces
Y estrellas oscuras.

De gente intranquila
Que camina decidida
Hacía ninguna parte.
Cada quién vive como
Puede,
Cada quien muere como
Vive.

Hoy ya nadie camina
En el azul intranquilo
De las grises luces,
En el negro de todos los
Días y el blanco de ningún
Cielo.

Hoy todo está en silencio,
Y la misma melodía
Se retuerce en su
Rojo trastabillar.

Nadie la oye,
Y la noche sigue impávida,
En el negro del
Recuerdo,
De nuestros
Mejores días.

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Un amigo

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Solía venir por las tardes a hablarme,
Era un tipo de esos que
No esperan mucho,
Que se han conformado
Con lo que les toca.

Venía por las tardes y hablábamos,
No recuerdo cuándo ni dónde
Nos conocimos.
Pero empezamos a hablar,
A contarnos nuestras vidas,
A jugar.

En esa época jugábamos,
Eludíamos el presente
Y las pocas responsabilidades.
Creíamos que podríamos
Con todo,
Que no había nada
Difícil o imposible.

No buscábamos vernos,
Pero lo hacíamos de vez
En cuando.
Normalmente, el venía
A mi casa,
Me contaba sus problemas.

Solía inventar mucho.
En su vida,
No había nada difícil
Ni imposible,
Todo le era dado.
Yo hacía que le creía
Y le contestaba sonriente.

Solía hablarme de sus
proezas femeninas,
De sus primeros pasos
En las eternas jornadas
Del cortejo.
Me contaba de sus
Primeros tragos,
De todo lo que bebía
Y follaba,
Lo hacía con gracia.
Yo sonreía y
A veces asentía.

Sabía que me mentía
Pero no solíamos
Hablar de eso.
Todas esas historias
Eran tan sólo un escape:
Una elusión al presente,
Un paraíso al que no
Teníamos entrada,
Pero que podíamos imaginar.

Con el tiempo,
Mi amigo dejó de ir a mi casa.
Ya no reíamos juntos,
No nos decíamos nada.
A veces,
Solíamos vernos y
Recordar el pasado:
Nos reíamos de las verdades
Hechas mentiras,
Y de las mentiras que,
Por conveniencia,
Convertimos en verdades.

Sé que aún podríamos hablar
De lo mismo,
De lo que querríamos
Y de lo que conseguiríamos.
Aún aspiraríamos a los
Regojos que otros han logrado.

Hace tiempo que no sé de él,
Y espero siempre
Recordar su nombre.
Reírme de sus mentiras
Para no recordar las mías,
Y que todo le salga bien.

Para que nunca más
Desee hablar conmigo,
Y yo no tenga que imaginar
Nada aparte de lo
Que ya tengo.

Un momento cualquiera

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Hoy he perdido y me reído
De mí mismo,
He perdido para recordarlo,
He visto mi rostro al entrar en la sala
De blancas paredes y rostros complacientes.

He tenido miedo de no lograrlo,
He sido temeroso de mis palabras.
He renegado de lo que no sabía,
Y los he visto a ellos, mirarme a los ojos,
Saben que estoy equivocado,
Olvidan la cara de esos
Que no esperan nada.

Hoy he perdido y no he entendido,
Por más que fallo no lo
Comprendo,
Las palabras se escupían solas
Y yo sabía que no había manera,
Que todo estaba escrito,
Que el balbuceo era sólo la postergación
De la derrota definitiva.

He sentido mi garganta crepitar
Ante rostros complacientes,
De gente que no conozco,
De gente que no entiendo,
De gente que es feliz,
De gente a quien
No le importo.

Ellos han sabido decidir por mí
En una sala blanca,
De techo bajo,
De rostros anodinos
Y sonrisas temblorosas,
Ellos lo saben:
Lo han vivido muchas veces,
Y olvidan con desinterés.

Fueron testigos de mi derrota
De una derrota como cualquier
Otra,
De una pérdida como la de cualquier
Día,
De un instante más
Que está llamado
A repetirse.

No lo saben,
No les es importante.
Han visto eso muchas veces,
Entienden que es así,
Para ellos nadie gana
Y todo se decide allí:

Es parte de la vida.
Están para eso,
Mientras no escucho
Mis palabras
Y sé que sigo
Justificándome ante
La mancha blanca,
Que se burla en la pared.

Demasiado pronto

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Estábamos de frente a la luna
Y al mar de todas las luces
De toda la gente,
De la ciudad.

Bebíamos y reíamos, murmurábamos
En voz baja lo que seríamos en el mañana.
Nos abrazábamos de vez en cuando,
Cada uno de nosotros,
Nos decíamos que todo iba a salir bien.

Habíamos jurado no caer en la trampa
De todas las vidas,
A reír más que el resto
Y a no pensar con miedo.
Habíamos visto las estrellas de esa noche
Pulverizarse en las mañanas,
Habíamos querido ser más que esos niños
Haciéndole promesas a la caída de los astros.

Hoy,
El sol golpea contra la ventana
Y no hay nadie en la calle.
Y recuerdo esas noches,
En las que las tenues luces blancas
Iluminaban con furia
Cada paso transitado,
Cuando todo era nuestro:
La ciudad,
El ruido,
El calor del viejo río,
Esas promesas que marchitan sin morir
Para recordar lo que hemos sido,
Para servirnos de miedo,
Para defraudar y complacer
A todos y a ninguno.

Y tiendo a sentirme viejo
Demasiado pronto,
Entre calles que no he conocido
Y retratos de gente que
Aún extraño.

¿Dónde están?
¿A dónde hemos
Partido?

 

 

Canciones en la noche

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He visto al sol desparramarse
Bajo el viento que se estrella
Sobre las cunetas.

Y en la calle, la gente
Divaga entre pasos y carcajadas
Entre el llanto y la misericordia
Ese odio tan querido
Por el hecho de sentirse vivo.

He visto las palabras atragantadas,
Las vidas que cambian
Al compás de ladridos
De bocas humanas.

Y me he visto a mí mismo
Al final de los días
Al principio de mis noches
En el medio de las risas:
Buscando en el sol
Un refugio a la tierra,
Y abrazando el polvo
Para no terminar dormido.

Entre aullidos que ya la noche
No espera, y el calor
De la hierba ensangrentada,
Siento las magulladuras
De la vida,
De un trastabillar como
Cualquier otro,
Y un tierno existir
Que no puede ser de nadie,
Que es sólo mío
Que rasga una canción en las noches
Y no pretende decir mucho.

He visto las palabras
Morir contra las tristes farolas
De las calles solitarias.
Cuando ya no hay nadie
Y los que mueren
Quieren vivir,
Suelto al viento mis murmullos
Hasta sentirme feliz.

Y espero ese
Triste soliloquio de todos,
Las breves promesas
Que gimen en el viento
Y se retuercen bajo el sol.

Negro sobre negro

lastfut

A veces sueño
Con un barco meciéndose
En la arena.

De vez en cuando
Cierro los ojos y veo metáforas
De la vida, que terminan
En soliloquios de muerte.

Palabras que se agitan en gargantas
De viejo roídos por el tiempo,
Versos que no dicen nada y
Que no traen más que el dolor
Tras el sufrimiento,
Negro sobre negro,
Cuerpos inertes de
Personas aún vivas.

A veces sueño,
Y me veo sentado
Acariciándome el cabello,
Sintiendo el palpitar del sol,
La fría caricia del silencio.

Y los gritos de mi madre
Ya no me alivian,
Y las viejas memorias
De los días pasados ya no
Se materializan:
No encuentro los lugares
Y los rostros son
costras que arden
Bajo la piel.

A veces río
Para rimar con la calma
Muerta de los versos,
Como los recuerdos
Alegres que
Trastabillan en balbuceos.

Como anteriores esperanzas
Que no significan nada.

Y todo es más que
Negro sobre negro,
Pero no lo comprendo,
Como el hogar que ya
Entre pasos que se pierden
No encuentro.

Desmiembro el silencio en tiernas palabras
En breves quejidos,
Que superen las carencias
De los días pasados,
De alegrías futuras,
Cuando todo no sea más que
Cualquier cosa,
Y no queramos
Decirnos nada.

Lento caminar.

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He empezado a sentir
Que las cosas, las palabras,
Remiten a un vacío.
Y que el llanto habla de lo poco
Y los hombres tienden a conformarse
Con mucho.

He empezado a sentir,
Que no hay lugar para la risa,
Y que las tenues sonrisas
De los transeúntes,
Se vuelven abrazos lejanos,
Que infunden terror.

He visto los ojos de la gente
He sentido ternura y desidia
Y, casi siempre,
Me he detenido en mis zapatos,
Los veo trastabillar, ir de uno en uno,
Conducirse como pueden,
Entre infinidad de pasos
Que transitan las aceras.

A veces,
He sentido que vivir es un traspiés,
El caminar ebrio y desorientado
De los niños al crecer.
Y que las palabras no dicen nada,
Más allá del rostro de la gente
Al enunciarlas.

Así,
Me veo algunas veces hablando,
Riendo, llorando,
Caminando en círculos,
Buscando a la gente
En la infinidad de las paredes.
Veo sus retratos,
Y sigo con mis pasos,
Retando a la suerte,
Soñando vivir.

Las tenues luces

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El cielo se muere en las aceras
En las tristes y solitarias sonrisas
De la gente en las avenidas.

El cielo no entiende de fronteras
Lo abarca todo,
El mundo se destruye
A sus pies.

Mientras tanto,
Algunos le suplican
Esperando respuesta
Viendo llover.

En la luz tenue
El cielo no dice nada,
Sus miles de ojos
Lloran,
Y multitud de palabras
Se dibujan sobre las ventanas.

Los niños esperan a sus madres,
Los padres castigan a sus hijos.
Los amantes se miran
A los ojos,
Sonríen.
Los desconocidos caminan deprisa
Y la calle está sola,
Como la gente en sus casas
Evitando vivir.

Con todo,
Las tenues luces
De la noche
Impregnan las vidas
Con su llanto:

No pretenden nada,
Sólo quieren que los sueños
Fracturen las paredes,
Y que las vidas sirvan de lienzos
Para poder existir.

La furia y el ruido

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Sigo el sonido de los leves pasos
Trastabillando sobre las aceras
Siento el ir y venir de los niños,
La angustia de sus madres,
Como aves que se pierden,
Dormitando en el infinito.

Veo la vida transitar por las calles
Entre farolas blancas, a veces amarillas,
Que lo ven todo y no tienen palabras.

Siento a mi madre sobar mis cabellos,
Las caricias de mi padre en una tarde calurosa,
El abrazo que esperé de mi hermano cuando ya no
Teníamos hermana.

Siento el peso de los días,
Desbordándose por las cunetas.
A veces, el sonido de toda una vida,
Arrecia con toda su furia
Para no decir nada,
Para entender que nada
Significa.

Carritos contra el pavimento

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Me encontraba sentado allí desde hace un par de horas. Enfrente, tenía una pared blanca que se encontraba en directa colisión con una luz nívea que le daba de lleno. De vez en cuando, me veía alzando la cabeza del diario que tenía entre las manos y veía de frente aquel muro infranqueable, tan absolutamente claro que me ardían los ojos nada más al verlo. Si intentaba mirarlo de manera plena,  sentía que una leve mancha negra se iba apoderando de aquella pared hasta el punto de sumergirla en la más absoluta oscuridad. Cuando sentía que aquello iba a ocurrir, intentaba seguir con el crucigrama que estaba completando. Sólo necesitaba distraerme un poco, saber que todo iba a estar bien, que era lo normal que ella se estuviese demorando tanto en ese recinto de mierda. Un niño no viene al mundo en un abrir y cerrar de ojos; antes bien, nacer tiene que ser de las cosas más difíciles que pueden llegar a vivirse. Incluso, podía llegar a ser un evento absolutamente traumático, pues nadie lograba recordar en lo más mínimo nada de lo vivido en ese momento. Capaz que el cuerpo humano se había preparado durante siglos para olvidar todo aquello, al igual que la muerte.

Fumé un poco a escondidas de la enfermera del piso y me levanté de allí.

“Seguro que hay un momento en la vida de todo hombre que es mejor no recordar” Me vi pensando mientras avanzaba por ese pasillo angosto y repleto de camillas y demás instrumentos e insumos médicos. “Quiero decir, pareciera como si hubiese instantes en los que recordar fuese algo absolutamente prohibido”, pensé, mientras me veía hundiendo el botón número 1 de aquel viejo ascensor. No sé por qué era que estaba pensando en algo así, más aún cuando, en cualquier momento, mi niño abriría los ojos en esa pequeña salita en la que se encontraba. Pensé en María, María Ré, mi esposa. Ella había sido la que había tenido la idea de tener al niño. Recuerdo cómo me dijo que un niño sería aquello que nos ayudaría a sobreponernos a la carencia de sentido que experimentábamos con respecto a nuestra relación.

Lo recuerdo perfecto.

– Ale, yo sé que te amo, que aún te amo- me dijo, tras apagar el cigarrillo contra el cenicero de la encimera.

– Yo lo sé, María. Pero siento que, tal vez, ya no deberíamos seguir juntos.- me detuve un instante y la miré directo a los ojos- Siento como si ya hubiésemos vivido muchísimo tiempo, como si ya no nos quedara mucho más para vivir. Como si estuviésemos aguardando el cajón cada uno, ¿Sabes?

Se sentó. Bebió un poco de café y me observó detenidamente con aquellos grandes ojos negros en un gesto que me pareció que oscilaba entre el desprecio y el cariño absolutos.

– ¡Pero si sólo tenemos 30 años! ¿Cómo puedes decir algo así?- gimió.

-Así me siento. Sentí que debía decirlo.

– A veces es bueno tomar un nuevo aire…- contestó luego de beber un poco más de café- No sé, encontrar un nuevo trabajo, irnos a otra ciudad, puede que, incluso…

-¿Incluso?

– Puede que tener un niño nos sirviera. Llevamos demasiado tiempo intentando. El doctor dijo que, tras el tratamiento, era un poco más probable que se logre la fecundación…

-Creo que eso del niño es de las cosas que más nos ha afectado. ¿Sabes? A veces me pregunto cómo es que existe tanto niño que no recibe amor, que es abandonado en basureros, que es golpeado u obligado a trabajar…mierda- Me veía en el reflejo del vidrio de la encimera- Mierda. Nosotros sólo queremos traer a un niño para que sea feliz al mundo- me detuve, buscando las palabras que se adecuaran al peso de esa idea que tanto me corroía- Para que fuese feliz junto a nosotros. ¿No? Sólo de eso se trataba.

Sólo de eso.

Bajé del ascensor y enfilé los pies en dirección a uno de los bares que se encontraban a un par de cuadras de la avenida principal sobre la cual se encontraba el hospital. No importaba cuál fuese. Sólo quería estar allí, leer otro periódico, no pensar demasiado. Tal vez beber un par de Vodkas. De tanto en tanto, alzaba la cabeza para cerciorarme que iba en la dirección correcta. Si bien había visto un par de veces aquellos bares, no sabía si, en efecto, quedaban tan cerca como los recordaba. Caminé…hasta que me vi enfrente de una juguetería. En aquel momento, recordé aquello que María constantemente decía: “faltan demasiadas cosas para atender al bebé. Cosas que iremos comprando de a poco”. Si bien nos habíamos acondicionado lo suficientemente bien para atender al niño una vez naciese, éramos conscientes que aún le faltaban un par de juguetes y, tal vez, un par de prendas más. Decidí ver si había algo a precio decente y fui hacía allí.

-Hola,-me vi diciéndole a una joven rubia de unos 23 años- quisiera ver los juguetes para bebés que tienen aquí.

-Claro, venga por este lado- me dijo para luego dejarme allí solo.

Allí estaba enfrente de todos esos carritos y cajas de cubos para los niños. En la esquina de la estantería, había un par de libros para colorear y unos juegos de herramientas. Todos esos juguetes estaban dentro de sus cajas. Cajas en las que bebés, casi siempre blancos, jugaban y sonreían con profunda alegría. “¿Cómo es que puede uno llegar a sonreír así?” pensé tras intentar seleccionar alguno. “Y todo tan pronto. Como si luego ya no se pudiese seguir así”. Quise un trago. Quise salir de allí y no tener que ver volver al hospital. No quería que María me sonriese con el niño entre los brazos. No quería verlo llorar. No quería verlo sufrir. No quería saber que, en algún momento, ese niño tendría que ser alguien como yo.

Alguien como yo. Vida hija de perra.

Como yo.

Me decanté por un par de carritos y salí de allí en dirección a uno de esos bares. Por momentos, me preguntaba si de verdad esos bares se encontraban en algún sitio cercano. Ya iba siendo necesario tomarse un vodka. Tal vez dos o tres. No sabía bien por qué lo necesitaba, pero veía mis piernas temblar tras cada paso y sentía la necesidad. “Tener un niño debería alegrarme. Debería llenarme de seguridad” me vi susurrando a la espera del cambio del semáforo. “Todos los padres que buscan tener un niño asumen los momentos previos con una sonrisa en la puta cara. Yo debería estar así”.

Tras un par de cuadras, me vi enfrente de un antro pequeño de sillas de plástico en el que sólo tenían cerveza y aguardiente. Decidí comprar una media y una cerveza. El tiempo transcurrió, y no recuerdo demasiado bien en qué momento fue que terminé con aquello. Sólo puedo decir que, de vuelta al hospital, la luna se posaba de frente a mi cara y me señalaba el camino. Miré el reloj de pulsera que tiempo atrás María me había dado. Eran las 7 y 30 de la noche. Presioné el botón y, súbitamente, las puertas se abrieron para escupirme de vuelta a esa pequeña sala de espera de paredes blancas que se hacían negras. Me senté y vi de lleno la bolsa con los carritos. Se veían bien. Tras un breve instante, imaginé al niño reír mientras chocaba esos carritos sobre la mesa de la sala del apartamento. Tal vez María lo regañase, aunque, probablemente, eso no ocurriese. Ambos sonreirían. Serían más felices.

Pensaba en todo ello hasta que, de un momento a otro, una mano se posó súbitamente sobre mi hombro. Subí el rostro. Era un doctor de unos 50 años. De rostro afable, con canas y la piel algo curtida por el paso del tiempo. Sonrió sin demasiado ánimo. Se le veía cansado.

-¿El señor Alejandro Fresneda?- preguntó.

-Sí, ese soy yo.- contesté con torpeza mientras me levantaba de la silla.

-Hicimos lo que pudimos.

-¿Qué ocurrió?

-Hicimos lo que pudimos-repitió-. Fue una operación difícil. Como usted sabe, algunos embarazos llevan consigo ciertas complicaciones. Aunque ese no era el caso de su esposa. Todo parecía bien, no sabemos con certeza qué fue lo que ocurrió…

-¿Intenta decirme que murió?- pregunté.

-Sí…por desgracia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

-¿Y el niño?- articulé tras intentar en vano aclararme la garganta.

-También murió.

Me desplomé sobre una de esas sillas. Aquel viejo decidió sentarse a mi lado y consolarme. Un par de enfermeras vinieron e hicieron lo suyo. Todo esto era una mierda. Pregunté qué era exactamente lo que la había matado, pero nadie parecía tener una respuesta de fondo. Al parecer, el viejo que tenía a mi lado no había sido el cirujano de María. Aquel todavía estaba en la sala de partos.

Me levanté. No sabía qué haría, ni hacía donde iría. Tal vez fuese a ducharme al apartamento. Hace días que no lo hacía. Puede que fuese donde Miguel. La verdad, ya no sabía qué hacer. “Tal vez lo más duro de la muerte era que unos sufrían mientras los otros ya no tenían qué pensar” susurré mientras introducía la llave del carro. “Seguro están mejor”. “Sí, seguro”.

Salí del parqueadero y aceleré por toda la autopista. En algún momento, lancé los carritos contra el pavimento y cerré los ojos. Los sentía despedazarse contra las ruedas, volar y golpear directo contra el parabrisas. Todo se estaba rompiendo y yo sólo podía acelerar. Imaginé los pedazos luego de que yo hubiese pasado por allí, y ya nadie supiese qué era aquello que estaba estrellado de lleno contra el pavimento.