Metrópolis (1926), de Fritz Lang

Metrópolis: la humanidad a la deriva y
las cárceles del pensamiento

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera Díaz

Título original: Metropolis.
Año: 1927.
Duración: 153 min.
País: Alemania Alemania.
Dirección: Fritz Lang.
Guion: Thea von Harbou.
Música: Bernd Schultheis, Gottfried Huppertz.
Fotografía: Karl Freund, Günther Rittau (B&W).
Reparto:
Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Alfred Abel, Rudolf Klein-Rogge, Fritz Rasp, Theodor Loos, Heinrich George, Fritz Alberti, Grete Berger, Heinrich Gotho, Georg John, Olaf Storm
Productora: U.F.A
Género: Ciencia ficción. Drama | Distopía. Steampunk. Robots. Expresionismo alemán. Película de culto. Cine mudo.
Sinopsis:
Futuro, año 2000. En la megalópolis de Metrópolis la sociedad se divide en dos clases, los ricos que tienen el poder y los medios de producción, rodeados de lujos, espacios amplios y jardines, y los obreros, condenados a vivir en condiciones dramáticas recluidos en un gueto subterráneo, donde se encuentra el corazón industrial de la ciudad. Un día Freder (Alfred Abel), el hijo del todoperoso Joh Fredersen (Gustav Frohlich), el hombre que controla la ciudad, descubre los duros aspectos laborales de los obreros tras enamorarse de María (Brigitte Helm), una muchacha de origen humilde, venerada por las clases bajas y que predica los buenos sentimientos y al amor. El hijo entonces advierte a su padre que los trabajadores podrían rebelarse.

Ficha y datos de la película extráidos de Filmaffinity.

 

“…y habrá un día en que la humanidad
se arrodillará ante sus pecados”

 

metro-cruces

 

 

El ser humano desafía a la naturaleza: la condena a ser eso que él ha deseado. La justa medida de sus necesidades e ilusiones… la necedad de su pensamiento. Marx recordaba que el capitalismo devoraba la naturaleza: la explotaba y el resultado de la expoliación terminaba en mercaderías ilusorias; meras imágenes de algo que nunca era. El fetiche, esa expresión del deseo inoculado a la mercancía que hace que se pague más allá del valor de su producción para conseguirla, cuya metástasis es el plusvalor, hace que unos y otros devoren el entorno para algún día conseguir otra cosa.

Si el capitalismo es ilusorio, lo es porque ha sabido ocupar el lugar que antaño ocuparon otras formas de pensamiento: la magia, la religión, la historia, etc. Nuestros devaneos por vivir están dados por el hecho de que siempre esperamos que un día la humanidad redima la miseria de mundo a la que ha sido arrojada.  Sin responsabilidad alguna, nos arrojamos a la esperanza vana de que algún día un tercero, lo que sea, llegará para redimirnos de todos nuestros pecados y garantizará una mejor existencia.

Habitamos el circunloquio hegeliano: somos lo que somos y nuestra esperanza es la de un día ser otra cosa; cuando se cumpla la historia, cuando seamos conscientes. Pero nuestra inconsciencia hace que el mundo se pierda en el intento, que los humanos se maten unos a otros en aras de llegar a algún otro sitio…en busca de redención. Y, cada tanto, la promesa cambia: será la ciencia, será la religión, será la historia misma y la evolución humana, etc. En últimas, somos portadores de un testigo que es entregado al abismo. Morimos y renacemos para habitar el mundo de miseria que otros supieron entregarnos. Y así nos resignamos.

A la base de todo esto, yace una estructura de pensamiento particular: creemos que llegará un día en que un ser que encarne todos los sufrimientos de los que somos capaces llegará y nos salvará de la ruina. Ese ser o creencia, llámese ciencia o Jesucristo, arribará a la tierra para recordarnos la verdad que hemos olvidado. Nos dirá que un día fuimos mejores que los pensamientos que nos roen pero olvidamos el sentido fundamental de todo nuestro quehacer. Recobraremos la práctica originaria, el ser-en-el-mundo auténtico, y nos salvaremos una vez más de la barbarie. Ese día, un mediador entre el pensamiento y la técnica llegará, sea el corazón u otra cosa, y hará que el mundo se reconstruya sobre sus ruinas.

O eso es lo que cada tanto pensamos. La estructura del pensamiento teleológico es el vicio primero: la ausencia de autoconsciencia en el abismo del mundo inconsciente. Vivimos lanzados hacia afuera, sujetos a las pasiones y las ilusiones de- dígase mercancía, Dios, etc- que cada tanto ideamos para justificar nuestra desgracia en esta tierra. Ya sea como monos o hijos de la deidad, somos una mancha de sangre en la tierra de otras especies. Y morimos y revivimos y cada tanto mandamos a otros seres a morir definitivamente. En nuestro recuerdo, en la nada de la irresponsabilidad que reconoce que hubo otros como nosotros que fueron los que mataron. Pero nosotros no fuimos; no vivíamos, no tenemos la culpa de haber nacido en este mundo. La carencia de responsabilidad subyacente a la estructura del pensamiento teleológico, arrodillado ante el mundo por-venir, justifica la muerte y la redime. Hace que ella sea un hecho más en la escalera a la salvación.

Sea esa fauna devota de la ciencia y el capital o el irredento asesino que confía en la llegada de Cristo para dejar de matar, se trata de lo mismo: son dos seres arrastrados por el huracán de barbarie. “Metrópolis”, la hermosa película de Fritz Lang, muestra precisamente eso: es el pensamiento teleológico lo que sirve de cimiento de catedrales y fábricas. Creemos superar el mundo, hallar “el corazón” entre el pensamiento y la técnica, entre las manos y la razón que las dirige. Pero morimos. Cada tanto, somos enredos de Dios en las manos de científicos. Otras veces, monos atrapados en la telaraña divina. Pero morimos.

 

 

Fallecemos.

Nos perdemos en

Medio de esto.

Y otros nacen y se levantan y vuelven a morir.

 

Y el huracán sonríe.

 

Doña ciencia ríe,

Y Dios calla

Para no reír.

 

¿Habrá diablo que cuente
Las monedas,
en los bolsillos de la muerte?

 

Calificación: 10 de 10.

“El hombre que cuida”, de Alejandro Andújar

Título original: El hombre que cuida.

Año: 2017.

Duración: 85 min.

País: Rep. Dominicana.

Dirección: Alejandro Andújar.

Guion: Alejandro Andújar, Amelia del Mar Hernández.

Música: Omar Silva.

Fotografía: Gabriel Valencia.

Reparto: Héctor Aníbal, Fiora Cruz, Paula Ferry, Eyra Aguero Joubert, Archie Lopez, Héctor Medina, Yasser Michelén, Julietta Rodriguez.

Productora: Coproducción Rep. Dominicana-Puerto Rico-Brasil; Cultura Capital / El Balcón Producciones / Tempero Filmes do Brasil. Distribuida por Caribbean Films Distribution.

Género: Drama.

Sinopsis

Juan es el hazmerreír del pequeño pueblo de pescadores de Palmar de Ocoa, desde el día que su mujer le pego los tarros. Ya no se dedica a la pesca, si no, a cuidar una ostentosa mansión de una familia adinerada de la capital. Encerrado en esa casa, Juan se ha aislado del mundo y no quiere salir de ahí, para no encontrarse con su mujer. Una tarde, el joven hijo del dueño, se aparece junto a un amigo extranjero y una chica del pueblo que acaban de conocer. Durante el transcurso del fin de semana, Juan se ve obligado a tomar decisiones que afectarán el resto de su vida. (FILMAFFINITY).

Ficha extraída de Filmaffinity.

 

El hombre que cuida

 

El hombre que cuida

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

 

“El hombre que cuida” viene siendo una película sencilla, lineal, que pareciera pretender emular la cotidianidad y sus reveces. Su premisa es sencilla: un joven llega a la casa de verano de su familia para pasar un fin de semana en compañía de un amigo y unas muchachas. Tras ver que tan sólo una muchacha arriba al lugar, lo que pretendía ser una fiesta frente al mar termina por ser mera bebida y conversación. El joven, arquetipo del “yuppie” sin encanto, resiente la situación: ¿cómo es que él, el estudiante de universidad norteamericana, vuelve a República Dominicana para saberse solo? ¿Es que no es suficiente con lo que él significa? Porque, a veces, hay gente que cree que por el hecho de existir en una nube de privilegios su existencia es privilegiada. Y no, ni mucho menos. La lotería natural concede muchas otras cosas; pero no hace que una vida valga más que otra.

En este escenario, dos personajes son fundamentales: Juan, el vigilante de la casa, y Karen, una muchacha de la zona a la que aparentemente el dueño de casa y su amigo conocieron de camino al lugar. Antes que cualquier cosa, “El hombre que cuida” es un retrato de la opresión cotidiana: a todo momento, la figura del “patrón”, del hombre que manda en una casa que no habita pero posee, en contraposición al cuidandero, ese que tan sólo habita en el espacio de forma instrumental, se manifiesta para evidenciar que existen voces que merecen ser escuchadas y otras que no; con todo y que su único valor radique en el dinero. Desde un primer momento, Juan se preocupa por la situación: no es bueno ingerir tanto licor; menos aún con gente que parece ser desconocida. Pero no es escuchado. Su palabra es burla; su presencia, un vilipendio: estar allí es indiscreto; a menos que sea llamado para realizar una labor. Juan es un instrumento; no un ser humano digno de respeto, al igual que Karen.

Ahora bien, la función de la muchacha es otra bien distinta: si Juan está para complacer al propietario con los quehaceres de la casa y la comida, Karen está para ser consumida. Su existencia es la del objeto que, fetichizado por la industria de la cultura (su imagen es la de la muchacha exuberante, carente de recursos, que está para un “one night stand” y nada más que eso), se complace en exhibirse para luego ser devorado. Tras esto, a ella tan sólo le resta ser desechada. En este punto, la película evidencia la gran distancia que existe entre el mundo que habitan Juan y Karen, oriundos de la zona, y Richi y sus amigos (después arribará otra muchacha, amiga de Juan desde la infancia, a la residencia): unos están para ejercer la libertad; mientras que otros, los oprimidos, están para ofrecer aquello que les es solicitado. En este contrapunto, la libertad debe comprenderse como un ejercicio irreflexivo, caprichoso, sin consecuencias: la riqueza se permite la ligereza de la extravagancia, el jolgorio de la excentricidad. Si para el pobre un gesto implica derroche, para el rico es falta de decoro; si una palabra ofende, el rico la concibe como excentricidad; si el exceso lleva al desastre, el rico considera que la basura debe limpiarse. La cárcel no es una opción; como tampoco lo es el hecho de hacerse responsable. El mundo fue hecho para aquellos que son dueños de la tierra. No se paga por cadáver ajeno en residencia propia.

Por el contrario, la pobreza acarrea responsabilidades; además de las apetencias que son propias de dicha condición. Al respecto, el personaje de Juan resulta interesante: recluido a las afueras de su pueblo, deambulando entre pasillos solitarios de una casa que no le es propia, trabaja esperando algún día tener una casa propia para él y su esposa. Sin embargo, su reclusión trae consigo la pérdida de su matrimonio. Juan, figura ausente de la vida del pueblo, ve cómo sus ilusiones se marchitan una a una: la casa, que debía ser de ambos, ya no será para el matrimonio. Su esposa le ha sido infiel con otro hombre del pueblo y ha dejado sus enseres en la puerta de la casa de recreo en la que trabaja. De ser un hombre trabajador, Juan pasa a ser el hazmerreír del lugar: es un “cornudo”, un vago que vive en las montañas, ermitaño de la nada, de la vida de otra gente que lo desprecia.

Sobre esto último, reconozco haberme sido difícil dejar de pensar en Iris Marion Young y sus caras de la opresión: Juan se ve oprimido por el empleo que tiene. En medio de su soledad, las palabras que suele escuchar vienen de las bocas de sus patrones, quienes aprovechan para ordenarle cada cosa que se les ocurre. Las constantes órdenes que recibe, además del abandono que es propio de su trabajo, lo condenan a ir perdiendo lentamente la expresión y la capacidad para tomar decisiones fundamentales para la vida. En los momentos críticos, Juan suele mantener una postura acorde a las circunstancias. Ahora bien, sus acciones, siempre titubeantes, dependen de la aprobación de los dueños de la casa; para quienes, en últimas, Juan siempre será el responsable de los males ocurridos. Asimismo, la película enfatiza en los titubeos del protagonista: las palabras parecieran no existir al momento en que la adversidad adviene; sea porque la vida se derrumba en la soledad del paraíso ajeno, o fuese el caso que el lenguaje se extravía al momento en que es necesario contradecir a quien paga el salario. Juan, carente de poder, no decide, no habla: su existencia está condenada a la servidumbre, y los siervos, para sus patrones, no piensan; tan sólo obedecen. Tal vez sea la honestidad que desborda el personaje de Juan la que salve la película. De lo contrario, estaríamos frente a otro drama juvenil sin mayor fundamento que la entretención.

Calificación: 4 de 10.

Fugitivos en la noche (Roberto Rossellini)

Título original: Era notte a Roma
Año: 1960
Duración: 150 min.
País: Italia
Dirección: Roberto Rossellini
Guion: Roberto Rossellini, Sergio Amidei, Diego Fabbri, Brunello Rondi.
Música: Renzo Rossellini.

Fotografía: Carlo Carlini (B&W).

Reparto: Leo Genn, Giovanna Ralli, Sergei Bondarchuk, Hannes Messemer, Peter Baldwin, Sergio Fantoni, Enrico Maria Salerno, Paolo Stoppa, Renato Salvatori, Laura Betti, Rosalba Neri.

Sinopsis:

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, en una tumultuosa Roma, infestada de nazis, una joven italiana hospeda a tres soldados aliados de tres nacionalidades diferentes: un inglés, un americano y un ruso. Le son confiados por una familia de campesinos, a cuya casa había ido a buscar provisiones. Los tres se ocultan en una buhardilla, y el novio de la muchacha hace amistad con ellos y se arriesga muchas veces para llevarles alimentos. Pero el portero les dice que han de marcharse, y entonces comienzan las peripecias.

Ficha extraída de Filmaffinity: https://www.filmaffinity.com/es/film789620.html

Fugitivos en la noche

 

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla” (Smith, La teoría de los sentimientos morales, Ed. Alianza, 2012, Pág. 49).

Existe un relato, incrustado en el seno de nuestra cultura, que sirve de preludio a la historia de Rosselini: la torre de Babel. En dicho lugar, todas las lenguas del mundo se entremezclaban, y la incapacidad para comunicarse era tal que las personas apelaban a los reveces de cada gesto para mostrar lo evidente. Y fue así como la humanidad entera se enfrentó a la incomprensión de lo divino, primero que nada, entregándose al balbuceo… a la expresión que no dice nada. Como corolario de la historia, subsistió la creencia de que la humanidad no puede rechazar su esencia; es decir, que no podremos dejar de ser esto que somos: seres de carne y hueso, finitos, atados a las vicisitudes de una vida que no se dirige a ninguna parte. A pesar de Dios. Por honra y beneplácito suyo. Sea dicho que, según el libro, vivimos por y para otra cosa; enraizados en una creencia que nos sobrepasa.

Algo así pareciera sugerir la fábula de Rosselini, para quien el reconocimiento de la humanidad del otro persiste por encima de cualquier bandera, raza e idioma. En “Fugitivos en la noche”, las estrellas cobijan la amistad; sea en mera clave política, como ese aliado al que no asesinaré (C. Schmitt); o como aquel humano que respeto en su integridad tanto física como moral, volcando mis esfuerzos en aras de garantizar su bienestar. La película resalta la vulnerabilidad de sus protagonistas, sobre todo en la apelación a los rostros y la gestualidad en primer plano, sugiriendo al espectador que las palabras no son más que rezagos de una separación artificiosa, convencional; y que, incluso, capaz hubo un día en que todos hablamos una misma lengua…esa que, trastabillante, se alza por encima del murmullo del idioma para suplicar o reafirmar el amor por la existencia. Más allá de las palabras, de su comprensión, habita un ser humano: aferrado a la vida, sepultado por la miseria del mundo, que aún persiste en su propósito de ver los campos bañados por la sangre de desconocidos que empuñaron sus armas contra otros. Sin pretender heroísmo, los personajes de Rossellini comprenden que la guerra, tal como dijo Céline- alguien que supo admirar desde el balcón ajeno el desenlace de la barbarie-, es uno de los espectáculos más estúpidos y carentes de sentido que un hombre puede presenciar.

Un recurso del que se vale Rossellini para manifestar la posibilidad la vulnerabilidad de sus personajes, aparte del primer plano a sus protagonistas cuando de cada uno cuando regurgita su voz, es el de no traducir la lengua de los soldados: el extranjero habla por sus gestos, en la calidez de su expresión. La tierra que nos fue dada es toda aquella que reposa bajo nuestros pies. Respecto a esto último, resulta conmovedor el momento en que el soldado ruso (Sergei Bondarchurk, que aparte de ser un actor consagrado también dirigió obras maestras como la adaptación de “La guerra y la paz”) agradece a sus compañeros de desgracia; al tiempo que a la pareja italiana que los supo esconder de los alemanes. Su rostro, tensionado por las emociones que se amontonan en cada pliegue, desciende y se levanta cada tanto, en el afán por encontrar la palabra precisa en cada uno de los tres idiomas de sus interlocutores (inglés, italiano y, por qué no, ruso. La rusticidad del personaje sugiere no poseer un léxico que abarque la magnitud de los acontecimientos, que lo sobrepasan de manera evidente). Este momento rememora los instantes iniciales de la película, en los que el personaje interpretado por Giovanna Ralli, la propietaria del apartamento en que residen los fugitivos, intenta por todos los medios darse a entender y hacer que ellos huyan lo más pronto posible. En el esplendor de su actuación, bajo la hoguera de las emociones que vienen y van en el afán de la lucha por la vida, la existencia encuentra su lenguaje.

Se encuentra una oración a la orilla de la vida, en el rio del que beben los que sobreviven a la barbarie. Hay un lugar en que el fragor de la batalla sucumbe a la calidez del abrazo. Y allí, en medio de eso, residen todos esos que actúan por deber: a la estela de las estrellas que no dejan de parpadear sobre la planicie de la tierra. Fábula kantiana, alegato por la simpatía: Rossellini ha hecho que ciertos rostros se incrusten en la pupila de sus espectadores. Para no volver. Para no sepultar en un futuro los sueños de los que, por azar y ventura, siembran con fuego los padecimientos y alegrías a los que la vida los ha condenado.

Calificación: 7, 2 de 10.

 

 

“Todo va a estar bien”, de Wim Wenders

Todo va a estar bien

Título original

Everything Will Be Fine (Every Thing Will Be Fine)

Año

2015

Duración

118 min.

País

Alemania

Dirección

Wim Wenders

Guion

Bjørn Olaf Johannessen

Música

Alexandre Desplat

Fotografía

Benoît Debie

Reparto

James Franco, Rachel McAdams, Charlotte Gainsbourg, Marie-Josée Croze, Julia Sarah Stone, Patrick Bauchau, Robert Naylor, Lilah Fitzgerald, Jack Fulton, Peter Stormare

Productora

Co-producción Alemania-Canadá-Noruega; Neue Road Movies

Género

Drama | 3-D (Ficha técnica extraída de IMDB).

 

Todo va a estar bien

Hecho por:
Andrés Mauricio Cabrera Díaz.

 

Un hombre, en el afán por llegar a casa, observa un atardecer tras la densa nieve. Reflexivo, sus pensamientos hilvanan un libro que aún no se ha escrito (“ayer escribí dos páginas”, se repite a sí mismo). En otra esquina del paisaje, un trineo avanza a una velocidad insospechada. A sus hombros, carga a dos niños que poco intuyen el futuro. En una casa, una mujer lee a Faulkner: devora el libro como si no existiese otra posibilidad más que justifique la existencia. Pero sí la hay.

Todos tienen una justificación para vivir.

Con los años, el hombre arrastra la pena de asesinar un niño en medio de un atardecer de densa nieve. Mientras tanto, una mujer incinera el viejo libro que hizo que se retrasase antes de llamar a sus hijos a casa. Las casualidades, como la vida, se surten sin avisar. Y es que cada persona lleva tañida al alma sus preocupaciones y ausencias. En últimas, todo hombre es una isla cuando se le observan de lleno sus pupilas. Carecemos de continente.

A pesar de que todo nos constituye. A pesar de que la vida de unos se vive a pesar de la de otros.

Los años vienen y se van. El hombre mejora su escritura a partir del suceso que derribó su horizonte existencial. Mientras tanto, la mujer- que ya intuyen que es la madre a la que refiero- devora la asistencia divina, llamando constantemente a ese cielo que no contesta, que no escucha los padecimientos de la tierra, mientras su hijo ya es joven y se va haciendo adulto, muriendo. Todos los caminos conducen a ninguna parte. Nadie sonríe. No hay tiempo para risas cuando se arrastra tras de sí una vida que no supo vivirse.

En el interludio de los días, la mujer y el hombre se conocen. El niño, asimismo, lee con fruición las obras de aquel que un día durmió en su casa sin que él lo notase. Mientras tanto, hay algo que se dibuja tras cada palabra y gesto que ellos derraman. Aunque pueda reírse de dientes para afuera, existe un vacío que retumba en cada árbol y rio que desfila en el paisaje. No hay lugar para la tristeza en este mundo. Hay cosas de las que es mejor no hablar. Muchos sabrían decirle a aquel que padece el mundo que se guarde para sí sus sentimientos. Pero, para su desgracia- sea por un tiempo o tras cierta distancia-, esa persona seguirá viviendo; afilando sus ademanes y sonriendo a la nada, esculpiendo en sus ojos la brisa que no llega, la felicidad que no se habita.

Somos, como dijera el poeta, nada. “Somos nada”, y a pesar de eso, “cargamos con nosotros todos los sueños del mundo”.

 

Un hombre descubre a aquel que lo ha acechado en la distancia. Ya no es niño; es hombre. Uno de esos que sufre la piel que carga. Hablan. Se conocen. Un abrazo cierra el pasado y lo reescribe. El desasosiego se transforma en bruma, y el dolor se convierte en suceso asimilado. Ambos lloran, ríen en medio del llanto.

“Todo va a estar bien”, se ha repetido cada uno de ellos en la soledad de las paredes blancas. “Todo va a estar bien”, promulga cualquier persona en la quietud del pensamiento.

Padecemos la tristeza que a cada uno nos constituye. A pesar de la esperanza. Por ella misma.

 

Comentarios sobre la película:

El cine de Wenders se caracteriza por convocar los afectos. Sus imágenes arrastran la gestualidad de cada personaje; siendo la corporalidad de la escena- sea porque la cámara se fije en un árbol, un animal o un humano- aquello que evoca las sensaciones que cabalgan sobre cada una de las palabras que se esgrimen en el transcurso del filme. Sin actores, el cine de Wenders yace desnudo. Esto puede verse, sobre todo, en películas como “Tierra de abundancia” o “El fin de la violencia”. Allí, el afán del director por “captar la realidad” destruye la ilusión misma de la pantalla; provocando que la precariedad actoral sea una constante.

Pero este no es el caso en “Todo va a estar bien”; por el contrario, James Franco se muestra en cierta “calma tranquila” que pareciera rememorar esa “noble serenidad y callada grandeza” que Winckelmann atribuye a los griegos. Aunque su actuación no sea memorable; sobre todo al inicio de la película, cuando el personaje de Franco interactúa con Rachel McAdams y algunos diálogos se sienten forzados y rompen con la soledad del personaje (trayendo de vuelto aquel arquetipo de “Ladies man” que Franco pareciera no poder reprimir), la película va “en crescendo”. Lentamente, Wenders desliza a partir de imágenes-afecto (paisajes tranquilos, vidrios que reflejan rostros resquebrajados, primeros planos al rostro que se eleva a la nada, abrazos en segundo plano que no terminan de darse, etc) una búsqueda constante: ese deambular interior que pretende modificar algo del estado de cosas que se tiene. Esto puede verse en el contrapunto que se da entre la historia de la madre (Charlotte Gainsbourg, a quien se le cree cada palabra y caricia que emana de su personaje) y la de Franco; además de la escena en que Adams se reencuentra con el escritor para, así, cerrar ese ciclo de su vida.

Como en otras de sus películas más vivenciales, como pueden ser “Alicia en las ciudades” y “En el curso del tiempo”, Wenders vuelve a la angustia que roe los corredores de la existencia de cada ser. Si bien en las dos primeras la carga afectiva trascienda la palabra empeñada y los motivos que la suscitan (que muchas veces parecieran ser atmosféricos, propios de esa Alemania que ya no espera nada tras la vergüenza y culpa que produjo la Segunda Guerra; enajenada tras el velo del cine norteamericano y el afán por devorar la cultura estadounidense), la indagación interior que se proyecta al sinsentido exterior es evidente. Aunque en “Todo va a estar bien”, valga decirlo, la carga atmosférica no logra surtirse del todo; dependiendo demasiado de los motivos que roen a cada uno de los personajes. Sea este, tal vez, el principal inconveniente que veo en la película.

Calificación: 5 de 10.