Carritos contra el pavimento

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Me encontraba sentado allí desde hace un par de horas. Enfrente, tenía una pared blanca que se encontraba en directa colisión con una luz nívea que le daba de lleno. De vez en cuando, me veía alzando la cabeza del diario que tenía entre las manos y veía de frente aquel muro infranqueable, tan absolutamente claro que me ardían los ojos nada más al verlo. Si intentaba mirarlo de manera plena,  sentía que una leve mancha negra se iba apoderando de aquella pared hasta el punto de sumergirla en la más absoluta oscuridad. Cuando sentía que aquello iba a ocurrir, intentaba seguir con el crucigrama que estaba completando. Sólo necesitaba distraerme un poco, saber que todo iba a estar bien, que era lo normal que ella se estuviese demorando tanto en ese recinto de mierda. Un niño no viene al mundo en un abrir y cerrar de ojos; antes bien, nacer tiene que ser de las cosas más difíciles que pueden llegar a vivirse. Incluso, podía llegar a ser un evento absolutamente traumático, pues nadie lograba recordar en lo más mínimo nada de lo vivido en ese momento. Capaz que el cuerpo humano se había preparado durante siglos para olvidar todo aquello, al igual que la muerte.

Fumé un poco a escondidas de la enfermera del piso y me levanté de allí.

“Seguro que hay un momento en la vida de todo hombre que es mejor no recordar” Me vi pensando mientras avanzaba por ese pasillo angosto y repleto de camillas y demás instrumentos e insumos médicos. “Quiero decir, pareciera como si hubiese instantes en los que recordar fuese algo absolutamente prohibido”, pensé, mientras me veía hundiendo el botón número 1 de aquel viejo ascensor. No sé por qué era que estaba pensando en algo así, más aún cuando, en cualquier momento, mi niño abriría los ojos en esa pequeña salita en la que se encontraba. Pensé en María, María Ré, mi esposa. Ella había sido la que había tenido la idea de tener al niño. Recuerdo cómo me dijo que un niño sería aquello que nos ayudaría a sobreponernos a la carencia de sentido que experimentábamos con respecto a nuestra relación.

Lo recuerdo perfecto.

– Ale, yo sé que te amo, que aún te amo- me dijo, tras apagar el cigarrillo contra el cenicero de la encimera.

– Yo lo sé, María. Pero siento que, tal vez, ya no deberíamos seguir juntos.- me detuve un instante y la miré directo a los ojos- Siento como si ya hubiésemos vivido muchísimo tiempo, como si ya no nos quedara mucho más para vivir. Como si estuviésemos aguardando el cajón cada uno, ¿Sabes?

Se sentó. Bebió un poco de café y me observó detenidamente con aquellos grandes ojos negros en un gesto que me pareció que oscilaba entre el desprecio y el cariño absolutos.

– ¡Pero si sólo tenemos 30 años! ¿Cómo puedes decir algo así?- gimió.

-Así me siento. Sentí que debía decirlo.

– A veces es bueno tomar un nuevo aire…- contestó luego de beber un poco más de café- No sé, encontrar un nuevo trabajo, irnos a otra ciudad, puede que, incluso…

-¿Incluso?

– Puede que tener un niño nos sirviera. Llevamos demasiado tiempo intentando. El doctor dijo que, tras el tratamiento, era un poco más probable que se logre la fecundación…

-Creo que eso del niño es de las cosas que más nos ha afectado. ¿Sabes? A veces me pregunto cómo es que existe tanto niño que no recibe amor, que es abandonado en basureros, que es golpeado u obligado a trabajar…mierda- Me veía en el reflejo del vidrio de la encimera- Mierda. Nosotros sólo queremos traer a un niño para que sea feliz al mundo- me detuve, buscando las palabras que se adecuaran al peso de esa idea que tanto me corroía- Para que fuese feliz junto a nosotros. ¿No? Sólo de eso se trataba.

Sólo de eso.

Bajé del ascensor y enfilé los pies en dirección a uno de los bares que se encontraban a un par de cuadras de la avenida principal sobre la cual se encontraba el hospital. No importaba cuál fuese. Sólo quería estar allí, leer otro periódico, no pensar demasiado. Tal vez beber un par de Vodkas. De tanto en tanto, alzaba la cabeza para cerciorarme que iba en la dirección correcta. Si bien había visto un par de veces aquellos bares, no sabía si, en efecto, quedaban tan cerca como los recordaba. Caminé…hasta que me vi enfrente de una juguetería. En aquel momento, recordé aquello que María constantemente decía: “faltan demasiadas cosas para atender al bebé. Cosas que iremos comprando de a poco”. Si bien nos habíamos acondicionado lo suficientemente bien para atender al niño una vez naciese, éramos conscientes que aún le faltaban un par de juguetes y, tal vez, un par de prendas más. Decidí ver si había algo a precio decente y fui hacía allí.

-Hola,-me vi diciéndole a una joven rubia de unos 23 años- quisiera ver los juguetes para bebés que tienen aquí.

-Claro, venga por este lado- me dijo para luego dejarme allí solo.

Allí estaba enfrente de todos esos carritos y cajas de cubos para los niños. En la esquina de la estantería, había un par de libros para colorear y unos juegos de herramientas. Todos esos juguetes estaban dentro de sus cajas. Cajas en las que bebés, casi siempre blancos, jugaban y sonreían con profunda alegría. “¿Cómo es que puede uno llegar a sonreír así?” pensé tras intentar seleccionar alguno. “Y todo tan pronto. Como si luego ya no se pudiese seguir así”. Quise un trago. Quise salir de allí y no tener que ver volver al hospital. No quería que María me sonriese con el niño entre los brazos. No quería verlo llorar. No quería verlo sufrir. No quería saber que, en algún momento, ese niño tendría que ser alguien como yo.

Alguien como yo. Vida hija de perra.

Como yo.

Me decanté por un par de carritos y salí de allí en dirección a uno de esos bares. Por momentos, me preguntaba si de verdad esos bares se encontraban en algún sitio cercano. Ya iba siendo necesario tomarse un vodka. Tal vez dos o tres. No sabía bien por qué lo necesitaba, pero veía mis piernas temblar tras cada paso y sentía la necesidad. “Tener un niño debería alegrarme. Debería llenarme de seguridad” me vi susurrando a la espera del cambio del semáforo. “Todos los padres que buscan tener un niño asumen los momentos previos con una sonrisa en la puta cara. Yo debería estar así”.

Tras un par de cuadras, me vi enfrente de un antro pequeño de sillas de plástico en el que sólo tenían cerveza y aguardiente. Decidí comprar una media y una cerveza. El tiempo transcurrió, y no recuerdo demasiado bien en qué momento fue que terminé con aquello. Sólo puedo decir que, de vuelta al hospital, la luna se posaba de frente a mi cara y me señalaba el camino. Miré el reloj de pulsera que tiempo atrás María me había dado. Eran las 7 y 30 de la noche. Presioné el botón y, súbitamente, las puertas se abrieron para escupirme de vuelta a esa pequeña sala de espera de paredes blancas que se hacían negras. Me senté y vi de lleno la bolsa con los carritos. Se veían bien. Tras un breve instante, imaginé al niño reír mientras chocaba esos carritos sobre la mesa de la sala del apartamento. Tal vez María lo regañase, aunque, probablemente, eso no ocurriese. Ambos sonreirían. Serían más felices.

Pensaba en todo ello hasta que, de un momento a otro, una mano se posó súbitamente sobre mi hombro. Subí el rostro. Era un doctor de unos 50 años. De rostro afable, con canas y la piel algo curtida por el paso del tiempo. Sonrió sin demasiado ánimo. Se le veía cansado.

-¿El señor Alejandro Fresneda?- preguntó.

-Sí, ese soy yo.- contesté con torpeza mientras me levantaba de la silla.

-Hicimos lo que pudimos.

-¿Qué ocurrió?

-Hicimos lo que pudimos-repitió-. Fue una operación difícil. Como usted sabe, algunos embarazos llevan consigo ciertas complicaciones. Aunque ese no era el caso de su esposa. Todo parecía bien, no sabemos con certeza qué fue lo que ocurrió…

-¿Intenta decirme que murió?- pregunté.

-Sí…por desgracia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

-¿Y el niño?- articulé tras intentar en vano aclararme la garganta.

-También murió.

Me desplomé sobre una de esas sillas. Aquel viejo decidió sentarse a mi lado y consolarme. Un par de enfermeras vinieron e hicieron lo suyo. Todo esto era una mierda. Pregunté qué era exactamente lo que la había matado, pero nadie parecía tener una respuesta de fondo. Al parecer, el viejo que tenía a mi lado no había sido el cirujano de María. Aquel todavía estaba en la sala de partos.

Me levanté. No sabía qué haría, ni hacía donde iría. Tal vez fuese a ducharme al apartamento. Hace días que no lo hacía. Puede que fuese donde Miguel. La verdad, ya no sabía qué hacer. “Tal vez lo más duro de la muerte era que unos sufrían mientras los otros ya no tenían qué pensar” susurré mientras introducía la llave del carro. “Seguro están mejor”. “Sí, seguro”.

Salí del parqueadero y aceleré por toda la autopista. En algún momento, lancé los carritos contra el pavimento y cerré los ojos. Los sentía despedazarse contra las ruedas, volar y golpear directo contra el parabrisas. Todo se estaba rompiendo y yo sólo podía acelerar. Imaginé los pedazos luego de que yo hubiese pasado por allí, y ya nadie supiese qué era aquello que estaba estrellado de lleno contra el pavimento.

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Boy’s don’t cry

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El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

Quince minutos

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Llevo un par de minutos viéndome frente al espejo. Unos quince minutos…sí, quince minutos. O tal vez un poco más. Llevo suspendido frente al espejo y no encuentro palabra alguna. Las manos tiemblan sobre la madera de la cómoda del baño, y los dientes rechinan sin acorde ni constancia. De vez en cuando, siento que las lágrimas se me diluyen detrás de los ojos, aunque no entiendo a qué se debe: no me siento mal. No tengo por qué sentirme mal. He llevado una vida tranquila durante bastantes años. Una vida tranquila…mientras los dedos tiemblan en un lapso de quince minutos. Quince minutos en que la mirada ha estado totalmente perdida frente al espejo. Quince minutos…quince minutos que no han dejado de transcurrir. El tiempo que se ha ido congelando…congelando mientras sigo viéndome en el espejo.

No entiendo lo que pasa.

Toda mi vida ha sido fructífera. He logrado lo que he querido: nací para ganar, para robarle risas a las lámparas furiosas que me alumbraban en la cara en las noches de insomnio, para atosigarme de todos los triunfos que un empresario con mi ambición podría llegar a ganar. He logrado lo que he querido. Lo he logrado…pero algo no ha salido del todo bien.

Mi nombre es Juan, Juan Fernando Cañizares Giarde. Me críe en medio de todas las comodidades posibles. En medio de todo lo que era considerado como lo “mejor”. Mis padres eran dos inmigrantes: el viejo, español de pura cepa, recio y fuerte. Trabajador empedernido. Mi madre, bueno…mi madre, vivía mejor que todos. Vivía ebria de risa, alegre de vino y dispuesta a lo que fuese. Nada le importaba. Se suicidó cuando tenía veinticinco años. Se suicidó como cualquier italiano que ya no quiere saber nada más de espaguetis.

Hoy en día, siento las manos temblar con el peso del tiempo. Siento el aire cargado. Fumo cigarrillos que se esparcen por la habitación, cigarrillos que no parecen llegar a nada. Veo las boronas de nicotina y alquitrán deshacerse sobre la almohada…las veo, y me pregunto si no debería beber un trago más. No quiero seguir viéndome en el espejo. No quiero ver el humo perderse entre los rincones del cuarto. Quisiera que la almohada se incendiase. Preferiría no tener que ver las líneas sobre el vidrio. Quisiera no vivir la vida que estoy viviendo.

¿Qué mierda pasa?

¿Qué mierda está pasando?

¿Qué estoy haciendo aquí?

Las palabras se me quedan estampadas contra el espejo. El mismo espejo que vengo viendo desde hace quince minutos. No encuentro causa alguna para verme así. Pero sólo siento que Daniela Garay tiene la culpa. Daniela y yo fuimos amigos durante varios años. Incluso, habíamos sido compañeros anteriormente en la universidad y en nuestro primer trabajo. Al comienzo, poco hablábamos: sentíamos que ninguno tenía algo para decirle al otro. O, al menos, eso fue lo que ella me dijo, y yo sólo atiné a corroborar su relato. Siempre esperábamos a que el otro saliese de la habitación en la que nos encontrábamos: luego de las clases en la facultad, luego del trabajo. Esperábamos a que el otro saliese para no tener que hablarnos. Esto lo sé porque ella atinó a decirlo. Yo, como siempre supe hacer inconscientemente, asentí sin mayores reparos. Con el tiempo, ya en las reuniones y eventos de “integración” de la empresa en la que trabajábamos, Daniela y yo hablamos muchísimo más que lo que lo habíamos hecho en años anteriores. Supe, en medio de una de las borracheras más bestiales que sólo un jefe hijo de perra puede llegar a costear, que ella odiaba su vida: su trabajo le parecía una mierda, su vida, una mentira. Sentía que había vivido todos los días enfrascada en algo que le había robado el tiempo. Se sentía vieja, machacada por las aspiraciones de una vida que había sido planeada sin que se le hubiese consultado al respecto. Se sentía una mierda. Así me lo dijo.

Yo sólo asentí.

-Todo esto es una porquería- me había dicho, tras tomar un largo vaso de tequila- todo esto es una mierda. Toda esta gente aquí, aparentando sonreír. Aparentando quererse los unos a los otros. Sonriendo en las perras fotos. Todos se odian. Todos quisieran matar al que está arriba de ellos en el escalafón. Quieren su lugar. Desean llevar sus vidas. Desean escalar y escalar, hasta un techo que desconocen y que no han asimilado como verdaderamente propio. ¿Me entiendes? Odio a todos estos hipócritas.

-No creo que las cosas sean tan catastróficas como las narras- le dije, meditando sobre si servir más licor o beberme el sorbo tibio que tenía servido desde hace tiempo- la gente siempre ha sido así. Siempre ha querido vivir mejor…a costa de lo que sea.

-No es tan fácil como eso. No es tan sólo el hecho de pensar: “¡Quisiera vivir mejor! ¡Quisiera tener una vida mejor!” No, no es tan sencillo como eso.- y mientras hablaba, podía seguir sus ojos por toda la habitación. Buscaba algún sitio en el cual reposarlos, en el cual encontrar cierto silencio que tanto esperaba- En realidad, la gente espera ver mal a los otros. Les jode saber que hay que luchar por algo a lo que todo el resto de las personas aspira. Todo es demencial.

Tras el cruce de palabras, bailamos y bebimos un par de trago más. Al ver que la gente se iba despidiendo, decidimos coger un taxi juntos. Al llegar a su casa, nos despedimos con un beso en la boca. Fue rápido, fugaz, casi como una foto que ha salido borrosa, que no merece ser vista de nuevo. Nos despedimos de esa manera, y la pude ver entrar a su casa. Algo me decía que no volveríamos a hablar. Que aquello había sido un “hasta luego”. Sabía que ella quería irse de la empresa. Conocía de un par de propuestas que le habían llegado. Ya poco valía cuestionarse sobre las posibilidades ” a futuro”.

Tras abrir la puerta de mi apartamento, sentí la gélida luz blanca de las farolas  golpearme directo a la cara. Casi como un haz de luz que reclamaba mi presencia. Me quité la ropa rápidamente, y me senté sobre el sofá de la sala. Era el viejo sofá de la familia: el mismo viejo sofá que estaba destinado a ser regalado al “hijo que ha dejado la casa”. Prendí una vela. Crucé un par de líneas sobre el vidrio de la mesa que tenía enfrente. Esnifé con fuerza. Sentí un bajón…un bajón como ninguno que hubiese tenido antes. No percibí fuerza en mis músculos, ni calor en la sangre. No sentí el sabor amargo en la garganta, ni el sudor corriendo por debajo del cabello. No sentí una mierda. Sólo pude mirar las estalactitas de luz que se quebraban contra la ventana del apartamento. Quise salir…quise escuchar algo diferente a mi respiración. Estaba solo. Y no deseaba encontrarme en ningún sitio en especial. Sobre la mesa, podía ver un poco de sangre con flemasobre el polvo blanco. Era de un verde rojizo, cristalino…tan cristalino que podía ver el suelo detrás del vidrio. Aquella masa se disgregaba sin ningún propósito, sin destino alguno.

Tomé unos cinco vasos de agua, y decidí acostarme en la cama. Dormí como si nada hubiese pasado.

Los días siguieron, y en algún punto dejé de ver a Daniela en la oficina. Su puesto, anteriormente decorado con imitaciones de Hopper y colores grises, se veía ahora  teñido de colores pastel y fotos de niños en pañales. La nueva “colega” de piso, Alejandra Fonseca, era una vieja cuarentona que poco y nada tenía que decir. Se limitaba tan sólo a cumplir con las órdenes que le eran encomendadas y, sobre todo, a asentir con la cabeza. Su vida era un constante “sí, señor”. Al verla, sólo podía agachar mi cabeza y asentir. Sólo podía asentir.

Tras preguntar por Daniela, varias compañeras manifestaron no saber nada de ella. Incluso Carmen Alicia, su mejor amiga del trabajo, reconoció que ambas habían perdido bastante trato desde hace días. Tan sólo habían hablado un par de palabras sin demasiado sentido, cosas como: “¿Cómo estás? ¿Qué has hecho?” y no mucho más.  Afirmó que, tras haberla visitado en varias ocasiones, nunca había encontrado respuesta al timbre. Aunque sabía, por lo que la misma Daniela le había contado en esos días, que su estado no era el mejor posible.

Ahí fue cuando decidí ir a buscarla esa misma noche. De seguro la encontraría en casa.

Tras varios golpes sin resultado, decidí colarme por una ventana cercana. Nada más al entrar a la sala, sentí un leve aroma a incienso y marihuana. La televisión estaba encendida. Sabía por la música que tenía que ser “Paris, Texas”, la película de Wenders. Casi que podía ver la cara de Harry Dean Stanton apuntándome directo a los ojos. No quise ver el televisor. Iba demasiado jodido como para pretender mirar aquellos negros puntos fijos. Sentí miedo…no debía estar allí. Quise salir corriendo, atravesar la ciudad y perderme en algún momento. Amanecer muerto. No volver a ningún sitio que me hubiese conocido. Huir de lo que había construido, de todo eso que podía dar muestras de mis rastros por la vida. Temí volver a ver las viejas muescas sobre la tierra: ya no tenían demasiado para decirme, aparte del hecho de que ya no me pertenecían. Pero ya estaba allí, y sólo tenía que avanzar por aquel pasillo angosto junto a la cocina para estar en el cuarto de Daniela. No sabía por qué mierda me encontraba allí. Pero me sentía jodido…y no quería terminar de joderlo todo. Ya no tenía mucho para perder.

Corrí por el pasillo, hasta que volteé justo una puerta antes de la habitación, y me vi frente al espejo del baño. Este puto espejo que me ha tenido quince minutos viéndome directo a los ojos. Escuchando de fondo a Stanton. Sintiendo la guitarra de Cooder perforar hasta el último resquicio de mi consciencia. Me sentía caminando por ese desierto de Texas que no conozco, pero que puedo sentir tras el leve almizcle que suelta la hierba. “¿Qué pasa con Daniela? ¿¡Por qué mierda vine aquí!?”, me preguntaba, sin atreverme a dar respuesta. Había querido mirar de lleno en los ojos a alguien que había visto las cosas por mí. Lo había entendido todo. Aún tenía muchísimas cosas para decir.

Sólo quería hablar. Hablar, y que ella nunca supiese que yo estaba allí. Que hablaba conmigo, que hablábamos sobre ella, sobre mí. Sobre el pasado y el futuro, esquivando siempre el presente. Me acerqué de frente al espejo. El frío del reflejo se me vino de lleno a la cara. Dibujé un par de palabras que no tenían por qué estar allí, ni en ningún sitio. Las dibujé con tiza blanca. Como los niños cuando no saben qué hacer frente al tablero verde.

Apagué el televisor. No quería saber nada de Wenders. No quería saber nada de gente que corre por la vida sin saber para dónde va, buscando el pasado y el futuro, desconociendo su presente. Hablando como extraño. Buscando a los extraños entre las caras conocidas. No quería perder la cercanía con mi vida. Yo soy Juan Fernando, y nunca me faltó nada. Lo he tenido todo. Todavía…lo tengo todo.

Pum. Pum. Pum.

Pum

Pum

Pum

Podía sentir el ruido colarse desde algún sitio. Caminé por todo el apartamento, hasta darme cuenta de que aquel retumbar similar a un bajo provenía del cuarto de Daniela. Golpeé. Grité un par de veces. “¡Daniela!” “¡Daniela!”, y nunca encontré respuesta. Sentía la guitarra de Cooder. Podía ver los ojos de Stanton en ese espejo. Retrocedí un par de pasos. Dibujé un par de letras más que no tenían por qué decir algo: “Aquí, ni en ninguna parte. Ni en ningún lugar. Ni en ningún pasado, ni presente. Sólo aquí, solos, aquí. De frente y sin reconocernos”.

Leí el mensaje en tiza blanca. Esnifé las esquinas de la letra “A”. No quería que no quedase claro el lugar. Que no supieras donde encontrarme.

Pum

Pum…

No sabía de qué estábamos hablando

Railroad Sunset Edward Hopper

Llevaba un buen rato hablando con mi padre y no sabía aún de qué estábamos hablando. Sus palabras se entrecortaban nada más al salir de la boca y, de vez en cuando, un grito llegaba desde afuera, anunciando alguna cosa que no tenía muy clara. Igual, era noche de viernes, y la gente va gritando sin más por la calle. Pero sí, llevaba un buen rato hablando con mi viejo, y no habíamos llegado a nada de mérito.

-Hijo, hijo…ponme atención- me dijo, tras moverme el hombre para que me levantara.

-¿Ah?

– Ponme atención, hijo. Hemos tenido nuestros problemas, pero…pero…ya sabes, todo se va a solucionar.

-Sí, claro, papá.

-Todo se soluciona. El problema es esa música que oyes, hijo…hijo, sí, esa música.

-La música no tiene ningún problema, papá.

– Claro que lo tiene. Suena demasiado… no sé, duro- Y mientras me iba sirviendo un poco más de ese viejo aguardiente añejado por el peso de los años.- Te pone intranquilo.

– Estoy cansado, viejo. Estoy tan jodido que ya no quiero seguir tranquilo.

Tras varias horas de diálogo, habíamos llegado al mismo monólogo etílico de todas las veces. No nos gustaba lo que veíamos. No nos gustaba saber que teníamos que convivir con alguien tan cercano, pero, a la vez, tan repudiable. Papá se estaba haciendo viejo….y yo, bueno, yo me estaba haciendo un zángano. Tenía veinticuatro años, y poco había hecho por mi vida. Aún seguía siendo un mantenido, con todo y que me esforzaba por labrar un buen camino.

-El problema es, y fue, esa música, hijo. Antes parecías más tranquilo, más calmado…ahora, no, ya no, ya no tienes esa calma. Estás jodido por esa música.

-El problema  no es de la música, papá.

-Sí lo es- dijo, tras interrumpirme y mandar  un largo vaso de aguardiente directo al estómago- lo es. Es esa música que no dice nada, esa música que está tan lejos…

-¿Lejos de qué?- le dije, y me arrimé un poco hacia la botella. Ya quedaba poco para pararme e irme.

-Lejos de lo que importa. Esa música fue la que te jodió la vida, hijo. Fue el comienzo de todo.- dijo, y en sus ojos se empezaba a vislumbrar el goteo de las lágrimas pasadas.

Todo nos había sido difícil. Si bien yo había rendido lo suficiente como hijo, siempre fui aquello que no se esperaba. Mis pasos habían sido zancadas directas al abismo o, al menos, así habían sido vistos por mis viejos. Me empecinaba por caminar en sentido contrario: batiéndome contra las paredes y tapándome la boca para no gritar. Pero el tiempo me había jugado un ultimátum: ya me quedaba poco para seguir así, para seguir siendo el mismo de todos estos años pasados. Ya tenía la edad suficiente como para hacer algo por mi propia cuenta. Lo sabía…lo sé. Y quisiera no tener que tomar decisiones en otra hoja en blanco. Ya duele suficiente tener que pasar de página.

Me despedí del viejo, y salí directo a la calle. Allí había lo mismo de siempre: gente que bebía en las viejas tiendas de mesas plásticas que habían sobre la avenida principal del barrio; mujeres esperando taxis hacia algún destino que no me incluía a mí, y que, de seguro, les traería de vuelta a sus casas tras varios días; autos con la música a tope, como si no importase nada más que lo que había dentro de ellos. Caminé. Caminé sin más que el peso de mi cuerpo y un par de lagañas que se me metían en los ojos y me hacían lagrimear.

-¡Miguel! ¡¿Qué haces?! ¡Vamos a hacer algo, imbécil!- gritó Francisco. Él había sido un viejo amigo de toda la vida: compañeros de colegio, compañeros de licor, compañeros de hazañas y de banda. Habíamos sido lo poco que quisimos ser. Pero, eso sí, Francisco sabía llevarlo con mucha más dignidad que yo. Sabía que había jugado sus cartas…que todo lo que había pasado en su vida, había sido suyo, siempre, a todo momento, como si nada ni nadie más importase. Su vida era suya…y sus ojos daban fe de ello. Brillaban entre más oscura estuviese la calle.

-Nada, Pacho. Acabo de salir de la casa. El viejo andaba diciendo un sermón de esos que no se le entiende nada. “El problema es esa música”, y mierda de esa. No sé qué mierda tendrá en contra del Hard-Rock, pero lo nombra a todo momento, como si vivir fuese cuestión de la música que se oye, mierda…

-Jajaja, ¡Pobre marica!, el Hard-Rock no es un problema. Pero no, tu problema es seguir en esa casa. Jugando a sus juegos de viejo acomodado. Deberías venirte para la calle. Acá se pasa mejor…

Miguel llevaba un buen tiempo viviendo de trabajos miserables. Tras fracasar en varias carreras y diferentes universidades, decidió largarse de la casa e intentar vivir de manera tranquila. De vez en cuando, pasaba por su casa  y hablaba con sus viejos. Era su prueba: ir a donde los viejos, verles la cara, ver la alacena, ver su antiguo cuarto. Luego, sólo se despedía gritando al cerrar la reja metálica de la casa: “No me verán volver, al menos no a vivir”. Su prueba era hasta que la muerte le llegase a alguno de los dos bandos: él o sus viejos. Y a ellos no les quedaba mucho.

-Hasta luego, Francisco- le dije, y sin más, decidí seguir caminando.

-Pero si apenas nos vemos, eh, Miguelín. Todavía podemos coger una buena juerga…

-No, hoy no.

Nos despedimos. Me costaba ver a alguien que podía tirar su pasado a la caneca para luego ir a retarlo, hacerle fieros, reírsele aún con miedo en la cara. Francisco, ese que antes podía correr sin miedo, ahora volvía a casa de vez en cuando…esperando, aguardando a que pasase algo. Estaba jodido de miedo, y sólo por eso, gritaba tan alto que los oídos de cualquiera no podían aguantarlo.

Neiva era una ciudad pequeña. Demasiado pequeña…angosta, llena de calles sin salida y luces intermitentes. Neiva era lo que había tenido toda mi vida, y luego había desechado nada más al irme a Bogotá. Lo que había amado con furia, ahora era tan sólo un apéndice, un pie de página en una vida que ya no tenía un sitio al cual llamar “casa”. Me fastidiaba su gente, tan conforme con cualquier mierda que se atravesase. Me jodía ver a mis antiguas amigas, con esos ojos atiborrados de maquillaje, y las sonrisas quebradas. Habían visto demasiado, y yo me había perdido en algún momento para ser tan sólo un pie de página en su pasado. Me jodía ver a mis viejos…cansados, jodidos, asustados de la vida que habían escogido y de lo poco que habían fallado. Creían saberlo todo, mas no sabían nada. Siempre creí que los viejos aprendían con los años… que la vida dejaba sus cicatrices, y que ya no bastaba con verlas para saber que se había vivido. Pero ellos las habían olvidado, y ahora se embadurnaban de crema para no dejar ver los años.

Caminaba. Sentía como los pasos se agujereaban sobre el cemento caliente. La gente empezaba a andar más rápido: hacia sus casas, hacia las fiestas…camino a lo mismo de todos los viernes, para luego volver a hacer lo mismo de todos los lunes. Con los años, la vida se iba haciendo la repetición de los días, y de las noches, y en las tardes se sentía la angustia, pues cada vez dormíamos más temprano. Hijos de puta…

Hijos de puta…

Había llegado al mirador de la Gaitana. Ahí estaba. En medio de una luz cansada por el peso de la noche. Olí unos buenos porros… y quise estar lejos, a pesar de sentirme tranquilo bajo ese aroma. Aquel no era un buen sitio para estar a esa hora.

-Pfff…….Pffff……… Uhj.

-¿Hmm?- Y miré hacía todas partes.

-¿Migue? ¿Miguelín? ¿Qué hace por acá, huevón?- y el aliento a mata golpeaba directo a la cara.

-Diego, ¿Pegándolo tan temprano?

-Nunca es tarde, Miguelín. Nunca es tarde…

Diego había sido el guitarrista de la banda que tuve hace varios años. La rompía…casi que podía sentirse miedo de escuchar sus acordes. La velocidad de sus dedos, de sus ojos, se había ido perdiendo con el tiempo. En algún punto, vendió su guitarra y decidió dedicarse de lleno a ingerir lo que fuese. Luego dejó la casa. Había robado demasiado como para seguir viviendo tranquilo.

-¿Qué hace acá?- Volvió a preguntar.

-Ni mierda… no sabía de qué estaba hablando con el viejo, y luego no supe cómo llegué aquí- contesté.

-Es mejor no hablar, marica. Es mejor no hablar. Termina uno por sentir dolor de las palabras…

– No sé, parce. No sé. Yo a veces creo que el problema es uno, y que los demás están muy bien, bastante bien. Tan bien que pueden vivir tranquilos y acostarse a dormir sin preguntarse vaina alguna.

-Los de nuestra generación quedamos jodidos, ¿No?, terminamos por ser lo que no habíamos querido- y las esquirlas del porro parecían querer hallar combustión en el asfalto.

– Terminamos…¡Uff! Esa palabra sí que es jodida.

-Nos hemos ido acabando de a poco- y Diego, ese que siempre había sonreído sin tener que volver a mirar sus pasos, ahora intentaba no llorar.

– Toca es seguir, y estar tranquilo.

-Yo siempre que sigo, lo vuelvo a prender- y en sus dedos ya se deslizaban varias pastas que se quebraban sobre la palma de su mano- No quiero dejar esta mierda.

-Yo no quisiera dejar la vida.

-Calmado…

-Nadie está lo suficientemente calmado.

– Respírelas, respírelas tranquilo. Ya luego todo se pasa. O, si no, la vida termina por pasar. Eso fresco- contestó entre risas.

Y ya casi que sentía la modorra que venía antes de la explosión. Había jurado no aguantar el día, quebrarme en algún punto. Pero todos ya estaban lo suficientemente quebrados, y no había suficiente campo como para poder dormir tranquilo. Me despedí, y caminé de vuelta hacia donde todo había comenzado.

Luego apagué la luz, y me recosté…esperando aguantar hasta que algo pasase. Hasta mañana, o hasta que me cansara. Dispuesto a no tener que hablar, y a  no encontrar respuestas.  A morder por los bordes el tiempo que me quedaba.

Movimiento sin salida

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-No sé bien qué es lo que se mueve, pero créeme-me dijo, sin detenerse siquiera en intentar enforcarme- se mueve.

Llevábamos tiempo encerrados. Y el tiempo es algo que lentamente, y muy de repente, se disuelve. Ya no teníamos idea de lo que había sido, de lo que sería, y tan sólo nos teníamos el uno al otro para buscar algo en medio de aquel oscuro silencio. Pasábamos los días hablando…cada vez menos, cada vez de manera más distante. Las palabras se disolvían en cuanto recordábamos las salidas: esas salidas que, por desgracia, sabíamos que existían pero que no teníamos idea en dónde se encontrarían situadas. A veces, sentía la respiración de Juan atravesarme todo el cuerpo, corriendo desde las orejas hasta el cuello. Me besaba… me besaba lentamente, pero nunca pude sentir lujuria alguna en sus movimientos. Sus besos se desperdigaban sobre la rugosa piel…lentos, casi sin saliva. Eran los rastros de la vida: lo poco que quedaba de ambos…una seña tras la precaria luz que se colaba por la rendija.

– No sé, Juan. Ya hemos sentido lo mismo antes.

-¿Qué cosa?- dijo, acercándose un poco más hacia mí-¿Qué hemos sentido?

– Esto. El movimiento.

-No…esta vez es diferente.

-Siempre lo es, Juan- Contesté, acercándolo con el brazo.

-Confía- y se levantó. Llevaba varios días sin levantarse. Puede que años…meses, lo que fuese. Llevábamos tiempo estando allí, y ni siquiera recordábamos las razones que nos habían tirado en donde estábamos. Con el tiempo, la suerte se convirtió en una carcajada que se quebraba contra las paredes de aquel pequeño y húmedo cuarto. Las risas eran los estrépitos que quedaban a la nada…a ese instante de calma que sepulta cualquier forma de esperanza.

-¿Para qué te levantas? Antes lo intentamos, y nunca había nada allí: las mismas sombras, hombre…

– Estoy cansado…mierda.

-Yo igual, pero no tiene sentido levantarse para mirar la misma superficie. No hay nada nuevo.

-No, no lo hay…-y su cuerpo se empinaba, para ganar un poco más de altura y alcanzar la rendija- No hay nada nuevo.

Fue justo cuando Juan descendía que logré captar algo: no había mucho para ver, menos aún había manera de escapar de allí. En el transcurso de los días, habíamos palpado las paredes sin encontrar siquiera señal de material diferente. No había nada que indicase una puerta, una salida. ¿Qué había sido del “afuera”? ¿Qué quedaba de eso? No podía recordarlo. No tenía ni idea de qué había sido de todo eso…

-Juan-le dije, rodeándolo con los brazos- ¿Recuerdas algo? De antes, de lo que “éramos”, o, siquiera, si fuimos…

-Debió pasar algo, lo sé- y de sus ojos brotaban la ira y la impotencia de los años cansados- Debió pasar… no puede ser que llevemos tanto tiempo para nada.

-A veces creo que hemos vivido para morir, simplemente.

-¿Simplemente? ¿¡Te parece eso simple!?

-No sé…no sé. Tal vez es demasiado complicado. O sí, puede que sea sencillo. Tan sencillo como la muerte…como lo que hemos pasado aquí.

Podía sentir su mirada clavarse en mis ojos. Podía sentir el peso de los años, el ardor en las pupilas y los días que aún nos quedaban por vivir. Podía sentirlo todo…y, casi, sentía ganas de llorar. Las viejas tradiciones del sufrimiento habían hecho llaga en mi pecho, habían destrozado lo poco que nos quedaba:  lo que había sido de Juan…Pero no lloré, a pesar del abrazo silencioso de la muerte. No habíamos vivido mucho, pero, al menos, seguíamos vivos.

-¡Espera! ¡Espera!- me dijo, acercando su rostro contra mi pecho. La ira se estrujaba en tiernas gotas saladas que caían hacía la nada, hacía aquello que teníamos o nos tenía.

-¿Qué pasa?

-Espera…esperemos.

-¿Esperar a qué?

– A nada. Esperemos a la nada.

Me senté sobre el cemento mojado. Ya tendría tiempo para sopesar los días sin recurrir a Juan. Hasta que el tiempo terminase por matarse del aburrimiento.

El perseguidor.

william blake

I

Si hubiese hecho algo en aquel momento, seguramente ahora no estaría escribiendo. Seguramente estaría pensando, desgarrando la almohada con pensamientos vanos que se estrellarían contra el techo de la habitación. Seguramente, pero no fue así. No le dije nada en su momento. No le dije siquiera que me esperara, o que me diese una oportunidad de aclarar las cosas. No, no lo hice. Y así, ahora estoy sentado en esta silla, desparramando palabras contra la pantalla; con el dolor en las vísceras y el aroma a dolor que destila la resaca. Estoy aquí, no hice nada.

II

Si tuviera que hablar de mí, sería seguramente insoportable. Andrés, Andrés Herrera, veinticinco años, hombre, soltero. Más allá de eso, no sabría dar información precisa. Todo está ya en la cédula, en los diversos documentos que se desparraman en inhóspitas oficinas del Estado. Y a nadie le importan.  Todos estamos demasiado ocupados como para ocuparnos en otra cosa que no sea nosotros mismos.

Camino. Camino de vez en cuando, a falta de trabajo, a falta de tranquilidad…deslizo mis pies sobre la calle. El pavimento se tuerce en siluetas de furia tras mis pasos. Pero yo sigo caminando. “¿Por qué empecé, preguntas?” No lo sé. No sabría explicarlo. Pero un día ya estaba ahí, en la calle de enfrente de la casa, caminando. Al final, terminé siguiendo a la gente que me parecía interesante: mujeres recién casadas de cabello liso y ojos claros; jóvenes con ojos ansiosos y miradas lascivas en busca de droga…entretención, placebo, lo que fuese; oficinistas que en las noches, luego de salir de su trabajo, deslizan sus espesas cabelleras rubias al desatar los lazos, cambiando la mirada; hombres que se detienen en las esquinas a mirar a la nada…y se pierden en los colores, las faldas, sin siquiera percatarse del sol.

Y la lista podría continuar, pero no, no tiene sentido. Sólo puedo decir que me dediqué a eso por unos tres años. A falta de trabajo, a falta de esperanzas…bajo el vacío de la vida, mí propia vida, que no me ofrecía nada al final del día. “¿Cómo me mantuve, me dices?” De la renta. De los pocos ahorros que había cultivado en el pasado. Como te decía, caminar fue mi hábito.  Pum/pum/y la acera se clava en tus pies, y no hay destino fijo, y el cuerpo se desliza capturando rostros que se despedazan en la memoria para nunca más existir. Pero, muy de vez en cuando, surge alguien que refulge entre los avisos y las luces, y el rumor de los autos. Y algo cobra sentido, a pesar de mí, y de lo poco que me queda por hacer aquí.

Y entonces, lo sigo. Hasta que me canse, o alguien con más fulgor surja de entre las cenizas de los autos. Después me tengo a mí mismo… y lo que queda del vacío.

III

Al principio sólo era caminar. Ir de un lado a otro, de la casa al centro de la ciudad, pasando por avenidas de luces desteñidas y soledad, soledad absoluta. A veces torcía por calles desconocidas: sitios que parecieran extinguirse al caer la noche , para luego morir. Prostíbulos ubicados al final de una panadería…en donde, creías, era el baño de los propietarios; pequeñas librerías que se extinguen en medio del rugido de los motores, soportando el tiempo… como si las páginas de sus libros fuesen el último acto de emancipación posible; a veces, incluso, me encontraba con bares detrás de casas desvencijadas por los años. Sitios en ruinas al borde de la acera, con puertas blancas y oxidadas que, al mínimo golpe, se abrían. Y todo era un mundo nuevo, y parecía haber algo oculto detrás de la propia vida que se escondía en la ciudad, a los ojos de todos.

Náufragos. Sólo así podía describir a la gente que allí se veía: de tez blanca, demasiado blanca, y ojos felinos y brillantes. Miradas agotadas por la vida, mas no sin esperanza. Cuerpos delgados que se estremecían al más mínimo roce de vida: olfatos desarrollados para captar la furia existencial y recibirla con tranquilidad. Poco hablan, poco les importa lo que pasa “afuera” (como varias veces escuché mencionar a lo que existía más allá de estos sitios),  menos aún les importas tú. Están ahí, a la espera de “algo”. Y ese “algo” es diametralmente opuesto en todos los casos, dependiendo de la persona de la que se trate. Viven bajo la inercia, eso sí, sin simpatía por la estupidez. Y están ahí, como tú, y te conocen sin siquiera haberte hablado.

La ciudad esconde a sus muertos en estos sitios, sus náufragos, para que nunca hablen y sus “mensajes” queden sumergidos al final de la botella.

IV

Empecé a interesarme por las personas, antes que por los espacios, el día que conocí a M. Ustedes saben de quién hablo (la prensa se encargó de hacer más ruido del habitual con el caso). Y, aún así, las fotos del periódico nunca lograron captar su verdadera presencia: la tibieza de los ojos, la rudeza de los labios rojos que sonríen bajo el peso níveo de los dientes, la cintura delicada y los senos sencillos, no muy grandes, tampoco demasiado pequeños. Ella, sí, M. Fue ella la que me llevó a perseguir personas: esperaba encontrar “eso”; aquello que se agitaba al más mínimo roce de los ojos y que aturdía las vísceras hasta la implosión. Deseaba encontrarlo…mas no lo hallé en nadie más que ella, a pesar de un par de “falsas alarmas” que estremecieron mi vida por un par de días.

M. M. M, la mujer que caminaba con paso agitado y sin ninguna preocupación. La misma que se levantaba a las 6:00 am, para luego prender la televisión. Esa que, camino a la oficina, compraba el pan en la panadería francesa del centro de la ciudad. Ella, sí, ella. Alguna vez chocamos en la calle, y sentí el aroma de su perfume: de seguro Carolina Herrera, sí, de seguro. Tú, M, aquella que prefería desnudarse al entrar a casa. Lo supe todo de ti, todo lo que la distancia permite saber. Mas nunca te conocí. Sabía que te gustaba la comida japonesa (¿Cómo no suponerlo después de que ibas todos los fines de semana?), y que preferías a James Dean por encima de todos los mortales (¿Crees que nunca vi el afiche que estaba encima del televisor?). Supe todo lo que podía saber…así, a lo lejos, sumergido en la penumbra de algo que no merecía ver la luz.

Tal vez debí decírtelo. Me llamo Andrés, Andrés Herrera. Soltero, 25 años…

Pero no.

VI

La seguí hasta el hartazgo. Hasta saber todo lo que podía. Recopilé todos los datos que pude: Qué buscaba en un hombre, sus escritores favoritos (London, Poe, Baudelaire), sus películas favoritas (Apocalypse Now, Eraserhead, Barry Lyndon), sus más profundos miedos…y sí, la soledad, eso que le era tan propio, como todos los que transitábamos sin más por la ciudad. Olvidé decir que M era cliente habitual del Suburban, uno de estos lugares donde los náufragos encuentran navío hasta que llega la hora de volver a algún sitio. Ella era uno de ellos, pero tenía “hogar”. Sabía que, al final del día, siempre tenía su casa. Tenía un sitio a donde volver, amigos con los cuales hablar, un trabajo en el que se sentía satisfecha. Era parte de todos, pero sólo estaba ahí para observar. Observaba, desde el momento en que se sentaba en la barra hasta que decidía bailar con el primero que tuviese las agallas de pedirlo. Luego, sin más, se iba. Se iba para volver a donde siempre debía de haber estado. Aunque luego regresaba, y yo ya estaba allí.

Una de mis normas era nunca volver al mismo lugar…pero M me hizo revalidar aquella decisión. Sólo podía estar donde estaba ella, sólo allí. Solo, allí.

VII

Cualquiera hasta aquí creería que la amaba. Mas no. No la quería en lo más mínimo. No se puede amar si se olvida el propio rostro; menos aún, no se puede querer sino se tiene un lugar al cual volver al final del día. Tal vez la admiraba. Sí, “admiración” es la palabra. Ella estaba allí, como yo, tan sólo observando. Buscando algo que se extraña aún si nunca se ha tenido de frente. Pero seguía su vida, continuaba con el ritmo de una persona eminentemente productiva. Y yo no. Yo tan sólo caminaba, para luego regresar al viejo apartamento y dormir.

Por eso escribo ahora. Ayer, por fin, logré sentarme a su lado, y hablar:

-¿Vienes siempre, eh?- le dije, mientras señalaba al barman para que viniese hacia mí.

-¿Ah?- replicó, luego de volverse hacia donde yo estaba.

-Sí, te he visto un par de veces, aquí. En el bar…bailando, y tomando algunas copas.

-¿Te conozco?

-No, bueno, ttt-al vez. Te he visto un par de veces, aquí, y estuve tentado a hablarte- hice una seña de despedida, y me fui levantando del taburete.

-Tranquilo, quédate…-me dijo, sosteniendo mi muñeca con sus manos.

-Está bien.

-¿Sabes? Yo también te he visto. Aquí, y en muchos lugares.

-¿Ahh si?- contesté, sintiendo el ardor en la garganta y la sangre escurriéndose por los poros de la espalda.

-Sí. Te he visto desde mi ventana, mientras me quitaba la ropa o preparaba algo para comer. Te he visto en la esquina de mi oficina, sentado en el viejo parque. Siempre con gorra roja y gafas oscuras, ¿Eh?- y sonreía. Sonreía como si siempre lo hubiese sabido todo. Y no le importara, porque poco importa lo que alguien sin rostro puede llegar a observar.

-Mi-mmmierda.

-Siempre sales a las 4 de la mañana. Tomas una ducha rápida, cocinas un par de tostadas y luego te apuras a ir hacia mi casa. Esperas a que prenda la luz, y te asomas por el ventanal que da hacia la calle. Algunas veces entraste…dejé la puerta abierta de la ducha, nunca hiciste nada. Luego, tan sólo me seguías…y ese era tu día. ¿No es así?- y la memoria se empantanaba con viejos retazos de los días pasados. Allí estaba yo, viéndolo todo. Desde sus ojos, desde la nada que me señalaba sin recordarme siquiera quién era. ¿Acaso soy el espejo de los pasos de alguien más? ¡Puta vida! Y sí, ella sonreía…calculándolo todo.

-Sí…

-¿Sí qué?

-Soy yo.

-Siempre lo supe.

-Yo…

-Nada.

Y se fue, sin dejar siquiera rastro tras los strovers que se cruzaban en mis pupilas. Intenté volver a su casa, pero no…nunca pude volver. Los pasos se retrotraían al instante de empezar la marcha. Un par de veces, incluso, intenté llegar en un taxi. Pero fue imposible. Lo que había sido el edificio de M ahora era tan sólo un solar vacío en medio de una calle desolada. La vieja panadería y el restaurante japonés también se habían esfumado. Al preguntar a varios de los que, a mí juicio, parecían transeúntes habituales de la zona, me encontré con que nunca habían estado allí.

M no existía. Y no sé siquiera por qué le llamo así; si nunca conocí su nombre. M es la partícula de una vida que nunca existió: el retablo sobre el cual grabé los pasos de una vida que, siquiera, existió. Por eso escribo ahora, y por eso también los diarios escribieron sobre mí. “El hombre que deambula por el parque central”; “El loco de las avenidas de la muerte”; “M de Muerte”, rezaban los titulares de la prensa. Todos saben de mí, y yo soy parte de todos. Y no sé nada de mí. Y me llamo Andrés, Andrés Herrera…

Escribo, porque tal vez así encuentre algo sobre lo cual construir algo nuevo. Pero no, tan sólo soy Andrés, Andrés Herrera. 25 años, soltero. No sé a donde ir, ni siquiera  a donde volver. ¿Existió? ¿Fue real? ¿Qué mierda pasó aquí?

Y sigo escribiendo. Esperando a que sean las 10. Pero todo está muy blanco.

Y nunca.

Nunca

Entra la luz.

From Neiva, con amor.

Neiva

I

Tengo quince años, o bueno, eso al menos es lo que me han dicho. Quince recién cumplidos. Según el cálculo, debo de tenerlos. Nací el 2 de Junio de 1990, y es el año 2005. Debo tenerlos. Pero poco se recuerda cuando se empieza a vivir, igual que se imposibilita el recordar los días que siguen a la muerte. Entonces digo que tengo quince años, para no entrar en dudas que no puedo contestar.

El verdadero problema está cuando se quiere licor.

-¿Cédula de ciudadanía?- pregunta el tendero. Un tipo de unos veinticinco años, de piel morena y barba espesa.

Lo miro a los ojos. Lo suelto sin más:

-Dieciocho-digo, tras un terremoto en el “ocho”. La garganta ha fallado. -No, mierda…

-Es menor de edad- contesta.

-Sí.

– Bueno, son quince mil.

Desembolso el dinero, y me alejo contento.

La botella ha costado cinco mil pesos más, pero bueno, eso no importa. Somos varios, y la ansiedad se ciñe a los rostros. La gente mece las piernas, las sacude con la fuerza de mil cucarachas asesinándose entre sí. Me miran. Me miran con aparente calma. Los dientes les rechinan como si fuesen a implosionar. Todo es cuestión de tiempo. Los miro, y lo suelto sin más:

-Costó quince mil…subió de precio hace poco.

-¡Qué va!- contesta Julián.

Lo miro, y bajo la cabeza.

-Sin barba no creen una mierda- replica Juan Diego.

– Sin barba…- contesto.

Nos quedamos en silencio. Las mariposas danzan en la noche, tocándose y apartándose, como si fuese la corriente del viento la que las alejase de manera constante. Miramos hacia el cielo. Un par de estrellas. Demasiadas. Demasiadas estrellas. La luna pareciera querer absorberlas a todas. Miramos hacia allí. Nos quedamos un buen rato en eso, hasta que Juan interrumpe:

-¡Puta! ¿Alguien sabe abrir esta mierda?

Y entonces volvemos a la botella.

II

“Todo sea por la cerveza”, gime Daniel. Lo grita como si fuese a morir tras las palabras. Necesitamos anotar tres goles. Tres goles, y ganaremos una canasta de cerveza. Treinta botellas sudando bajo el peso de su propia temperatura. Pienso en eso, hasta que Bernardo desenfunda un tiro desde la esquina izquierda de la cancha. Me lanzo sin pensar en la caída, con los ojos fijos en la pelota y la mente puesta en la cerveza. Me la imagino cayendo por la garganta. Estiro un poco más los brazos.

PUM.

PUM.

CLOKJJ.

-¡UFF!-grita Daniel.

-Mierda…-atina a decir Gustavo.

-Nos salvamos- contesto. De manera maquinal. La pelota se desliza por el lado contrario de la cancha. El palo retumba… como si el peso de sus días fuese a desmoronarlo.

Perdemos el partido. Lo perdemos por tres goles más. Nos miramos a los rostros.

-Bueno…otra vez será- dice Daniel. Mira hacia el suelo. Es demasiado bueno para el resto de nosotros.

-No tuvimos suerte- contesto.

-Sí… como que últimamente no tenemos suerte.

-Sí…

Y pienso en ella. Hace unos días la había invitado a salir. Me rechazó, y siguió bailando. Me sentí un imbécil. Perder es siempre ceder…hasta que uno ya no se acuerda de qué era ganar. Pero eso es la vida: se va moldeando el carácter, se va perdiendo el ímpetu…hasta que, un día,  ya no se recuerda nada más; aparte de  lo que debe hacerse al día siguiente. Y se sonríe…para no llorar.

Un perro ladra en la calle. Me pregunto por la sencillez de los días pasados. “Diecisiete”, repito, de manera maquinal.

“Diecisiete”.

“Diecisiete”.

Y vengo perdiendo desde hace tiempo, y debo escoger qué haré por el resto de mi vida. La universidad será una mierda, si ni siquiera puedo ganar un partido de micro-fútbol.

De seguro me voy a equivocar. De seguro.

Guardo los guantes, y me alejo caminando. La noche me cobija y el sudor se escurre por el cuerpo. He tirado el dinero de la apuesta sobre la maleta de Gustavo. Me tiemblan las piernas. Me tiemblan… como si fuesen mi consciencia.

III

Escojo ser abogado a falta de talento alguno. Siempre quise ser cantante, pero no, mi voz era el resultado de mi pereza: lánguida, desgastada por un rasgado que en nada se asemejaba al de Axel Rose, siquiera al de Belladona.  También quise estudiar literatura, o filosofía, pero mis padres esperaban que yo fuese alguien con mucho dinero y poder. “Escojo ser abogado a falta de dignidad”, pienso, mientras termino de llenar el formulario de inscripción.

Lo relleno sin pensar demasiado. Todo conduce a mis padres: sus ocupaciones, edades, capacidad para pagar la matrícula…

No preguntan por mí. Y está bien.

Lo dejo sobre la mesa. Una señora me mira. La miro. Nos miramos. Tiene una verruga en la cara. Nota mi fijación en aquel punto negro, rodeado de pelos aún más negros. Se retuerce, centra sus ojos en mi acné. Sonríe.

-Entrevista a las dos de la tarde- contesta. El estrépito del sello contra la hoja me dice que algo está ocurriendo. Que ya no hay vuelta atrás.

Sonríe.

Sonrío.

Me alejo corriendo. Tomo el bus.

Lanzo todo nada más entrar al apartamento: la maleta, un par de avisos publicitarios que se desparraman sobre el suelo de madera. Aún no es mi casa, pero tendré que acostumbrarme a llamarle así. Aunque sea a fuerza de la costumbre. Me bajo la bragueta, y la sujeto con fuerza. Sé qué va a llegar.

Me limpio con los avisos. Bajo el líquido, una mujer sonríe. Me ama. Me invita a amar la universidad.

IV

Han pasado 5 años desde que entré a la Universidad. Tengo 23, o bueno, eso creo, a falta de información más precisa. La edad no dice mucho: una talla más de pantalón, un par de vellos negros sobre la cara. El cabello más corto. Y nada más para contar.

Ahora estudio Filosofía, Filosofía y Derecho. Juré graduarme algún día, y me levanto con la firme convicción de lograrlo, al menos, la mayoría de los días. Es domingo…en la noche, y sí, mañana será complicado. La semana siempre es complicada…sobre todo si se tienen que llevar casos judiciales. El derecho, lejos de legitimar la vida del hombre, lo enfrenta a lo que no debiese ver: burocracia estúpida, gente estúpida, casos estúpidos, problemas estúpidos…y nada de inconformidad. La gente está contenta, porque es más fácil ser estúpido y llevar esa clase de problemas, que lidiar con cuestiones más complicadas.

Porque me complico demasiado, tiendo a perder. Y pierdo desde hace un buen tiempo. Pierdo los casos a sabiendas de lo fácil que es. Y entonces, al mirar a los ojos a los jefes, a esa gente que pierde sus días encerrados en esa oficina, mirando para el techo, meciéndose en medio de casos que poco importan, de gente que nada vale, de gente como yo… sin mirar siquiera a la calle, repito: “yo soy el error”.

“Yo soy el error”.

Tal vez, seguramente, yo seré el imbécil. Y en una sociedad de ganadores, soy un perdedor.

“Soy el error”.

Reviso la carpeta de los procesos…y me propongo hacerlo bien esta vez.

Ring/Ring/Conmoción

-¿Haló?- exclamo.

-Sí, ¿David?

-Sí, con el.

-Ah…-replica, tras sorber un poco de aire- ¿Todo bien?

-Sí…

-Quería saludarte. Saber cómo estabas.

Ella. Sonrío. De vez en cuando, se tiene una buena oportunidad. Y el mundo pareciera sonreír, y la gente pareciera ser un poco más amable, y los perros ya no muerden, y los gatos no se cagan sobre la ventana de la habitación. Y entonces, uno siente que es momento de reivindicación, y sonríe, esperando que pase algo más, y que los días devuelvan algo que disuelva la inconformidad.

Nunca ocurre, pero se sigue esperando. “Esperar, del sustantivo esperanza”.

-Todo bien-contesto- Sí…pues he estado ocupado.

-Claro…debe ser difícil estudiar dos carreras.

-Bueno, no tanto…cualquiera es abogado.

-Pero filosofía debe ser pesadísima, ¿no?

-Uno termina por acostumbrarse…

-Qué bueno…

Hablamos de todo un poco. De nada. Hablamos de nada a falta de un todo que respalde las palabras. La quiero, la quiero más que cualquier recuerdo que haya tenido antes. La quiero a falta de un suceso más dignificante en una vida diluida por grises pálidos. Por un par de mordidas y un par de risas estruendosas. La quiero como si fuese de día. La quiero a falta de un momento de tranquilidad. Beso sus labios, a pesar de no haberlos tocado nunca. Los beso, recordando. Y la quiero con eso, y con todo lo que nunca pude vivir.

– Te quiero- le digo, justo antes de colgar.

-Y-yo también- contesta, a falta de algo mejor qué decir.

Me quedo con eso. Me quedo con eso. A pesar de todo, y gracias a todo. La quiero. Sonrío. De vez en cuando sonrío. Y entonces la vida me devuelve algo. Y dejo de pensar. Y vuelvo a vivir.

Salgo de la casa en busca de cerveza. En busca de la risa, que de vez en cuando adormece la conciencia.

Me pierdo en eso. Así nunca logre nada. Así, cada día, me sienta más lejos de todo, y me encuentre en un sitio donde sólo las cucarachas me saludan. La gente va demasiado deprisa. La gente se masacra todos los días. Y yo, que sólo río, confío. Confío en que le vaya bien.

Así a mí no me vaya mejor.

VI

Y pienso:

Soy todo eso
Y lo que no hicieron de mí.

El baile de las mariposas

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“A las mariposas
Que bailaban solas
Sin que nadie las tocara.

A la vida,
Que transcurre sola
Que se queda
En su deriva
Deviniendo
Tragando un poco más
De saliva.

A las mariposas
Que están solas
Que mueren solas
Sin que nadie las vea.

A los hombres
Que mueren acompañados
En la más tierna, remota,
Soledad.

Al padecimiento
A los días.

A ella
A todos ellos.

Mariposas que vomitan
Que gimen
Que viven
De noche,
Por la noche”

A las mariposas. Andrés Mauricio Cabrera Diaz.

I

Entonces éramos pequeños. Mirábamos hacia arriba, y nos encontrábamos con el cielo azul que lanzaba ráfagas de aire caliente. En el suelo no había más que tierra; tierra caliente que temblaba con cada paso que dábamos. Corríamos detrás de las mariposas. Miguel, Miguelito Zambrano, había dicho que esos animales iban a matarnos un día. Que por eso volaban tan cerca, casi rozándonos la cara. Yo no le creía de a mucho. Miguel decía muchas incoherencias, y, muchas veces, tan sólo parecía divagar con la voz en alto. Pero eso no nos importaba. Corríamos sin redes, sin más que nuestros pies deslizándose sobre la tierra y saltando al roce de cada piedra, de cada hierro natural que ardiese en el suelo.

-Son más rápidas- dijo Miguel, refiriéndose a las mariposas.

-Mucho más rápidas que nosotros- le contesté.

– Pero las tenemos que coger.

-Sí, algún día las cogeremos.

Así seguimos un par de años. Luego de jugar fútbol, al rededor de las seis de la tarde, salíamos a corretear mariposas. Con el tiempo, algunas personas se nos unieron. El mayor era Jaime, de unos diez años. De resto, éramos los mismos niños de aquella cuadra. Todos tendríamos unos siete años, puede que unos tuviesen un poco más. Pero ahí estábamos. Neiva era el pretexto que nos tenía reunidos, asidos a la vida con sonrisas que se reventaban tras las carcajadas. Las mandíbulas eran el recinto de las almas, y rara vez se escuchaba alguna réplica contra los días. Teníamos “eso”.  Teníamos todo lo que habíamos tenido; y lo habíamos querido.

Con el tiempo algo pasó. Las mariposas se hicieron aburridas. Las niñas se hicieron mujeres. Y los niños hombres. Yo, Enrique Salcedo, dejé de hablar con todos.

Ya no éramos parte de lo mismo.

II

Lo único que importaba era coger el balón. Ojalá no dejar rebote. La cancha era grande, sí, pero yo tampoco era tan pequeño. Medía un metro setenta. Suficiente como para no dejar pasar nada que no quisiera.

– Lo importante es que no se pongan adelante-dijo Daniel. Daniel era alto y rubio, debía de medir un metro ochenta. Hablaba con voz de mando, y se paraba en la media cancha sin dejar pasar a nadie. Un seis de los buenos.

-Sí, fresco- contesté- yo de estos no me dejo.

-De estos- contestó Daniel mientras sonreía- y de nadie.

Jugábamos contra el Instituto Técnico, asiduo rival en las semifinales de los torneos intercolegiados. Siempre nos habían ganado. Aquella gente corría como si no hubiese mañana, con esos viejo guayos “Maracaná” que se rompían tras las piedras, tras el golpeteo del balón contra los pies. Nosotros, gente de la Fragua, usábamos Nike o Adidas. Bueno, casi todos. Yo usaba unos Puma negros. Neiva lo era todo; y ahí estábamos nosotros: ellos, los que hablaban con voz chillona, recortando las sílabas finales a cada palabra. Nosotros, los que hablábamos como de otro sitio, pero que éramos de allí. Nos decían gomelos; mientras que a ellos, algunos (no me incluyo) les decían ñeros.  Éramos lo que nos habían enseñado a ser, los rezagos de lo que nos habían enseñado a amar y el resentimiento que nos habían inoculado al nacer. Éramos eso, eso y nada más. Y por eso la pelota saltaba más alto, y el sol acariciaba los rostros y las espaldas. Las yagas crecían por la fuerza del calor; que parecía traspasar la suela y los taches de goma. La arena se colaba tras la ropa, y parecía adherirse a la piel, recubriéndola. Protegiéndola de algo que no alcanzábamos a comprender.

-¡ Se fue!- gritó David.

– ¡Ufff!- sólo atiné a decir.

Me lancé al balón, más por la inercia que por cualquier otra cosa. El cuerpo chocó contra la carne, y el cuero de la pelota cedió ante mi estómago. Ahí había quedado. Sin aire, pero con vida. Tenía los ojos cerrados, y sólo escuchaba la respiración del delantero del Técnico. Al principio era sólida, constante. Ahora se había quebrado. Podía escuchar los sollozos. Habían perdido. Eso había sido todo. El aullido del árbitro había acabado con todo.

Habíamos aguantado el marcador. Uno a cero, al final.

-Buena, Mono- me dijo aquel. Era un moreno de un mero ochenta.

-Buen partido, hermano- contesté.

-Estuvo duro…pero ustedes metieron hasta el final.

-Ustedes también.

Y ahí se iban ellos. Algunos en moto; otros (la gran mayoría), alzaban la mano para intentar coger un bus. El cielo brillaba con furia. Y a nosotros nos esperaba un bus particular.

Ellos nos miraban. Un par de los nuestros sacaron la cara. Gritaron insultos. No había quedado nada de lo que había pasado en aquella cancha. Al final del día, nuestras vidas eran lo que nos había quedado de todo; al nacer, al vivir al aprender. Si algo tenía el Gimnasio la Fragua, era el resentimiento. Y el dinero, amo y señor de una sociedad en la que el prestigio se mide por la cantidad de acciones que se posean en el Club Campestre. Eso éramos nosotros: en eso terminó Neiva.

Al llegar a casa me duché. Las mariposas bailaban en la tarde. Eran negras; antes lo eran de colores.

Deposité en la cisterna una cagada, y salí a buscar comida.

III

Había vuelto a la ciudad luego de tres años de estar en Bogotá. El paisaje, en muchos sentidos, seguía siendo el mismo. Habían construido un par de centros comerciales, pero la vida seguía deteniéndose ante los mismos semáforos, los mismos cruces, las pocas (y cada vez más deterioradas) avenidas, y la gente, que se empecinaba en seguir saliendo de la casa a las doce del día. Hacía tres años allí lo tenía todo. Ahora, no me quedaba nada de eso. La gente había seguido, moviéndose, corriendo entre lo que quedaba y construyendo sobre lo que había sido. La universidad lo había cambiado todo; y yo ya no conocía a nadie, ni a nada. Me quedaba mi perro, Frupete, que batía la cola cada vez que yo entraba a la casa.

De vez en cuando el recuerdo de ella. De vez en cuando, casi sin darme cuenta, me llegaba; como si el aire lo trajese, como si algún narcótico me recordase lo que había sido. Entonces miraba por la ventana, y me parecía ver aquel árbol de hojas verdes y amarillas que se había caído por el peso de sus propios días. Ya no estaba. Ahora había un espacio en blanco, ahí, sometido por las hormigas. No mucho germinaba. Nada quería germinar.

Ring/Ring/El sonido de los otros al llegar.

-Tiempo sin hablar- era Juan, un viejo amigo del colegio.

-Es que ya todos viven ocupados…-contesté.

-No tanto. Más bien como que eso es lo que quisieran aparentar.

– Algo así.

– ¿Qué dice, nos tomamos algo?

-Me parece- contesté.

Habíamos quedado de vernos en un bar cerca a mi casa. Un sitio de mesas y sillas metálicas, color gris cromado. La decoración era algo caribeña, con hojas de palma seca que hacían las veces de tejas. Vendían el aguardiente barato. Y vendían buena cerveza. Yo no necesitaba más que eso.

Al llegar, me percaté de que Juan estaba un poco más gordo. También algo más calvo. El tiempo había pasado igual para todos.

-Ya no salgo con María.- me dijo, nada más al verme- Todo se acabó.

-Eso está bien, esa mujer no lo dejaba salir de la casa.

-Jajaja, tampoco eran tan así.

-Como sea. ¿Y la gente? Ya no se ve a nadie por acá.

-Ya casi nadie viene.- contestó, tras tomar un sorbo largo a su cerveza- aquí ya no hay nada para hacer.

Le pregunté por los demás. Por David, que se había casado y ya no hablaba con ninguno de sus amigos de soltería. Por Miguel, que andaba en Estados Unidos y no había vuelto. La ciudad se había ido diluyendo en los rostros que permanecían: los vendedores de lotería del parque Santander, el cuidador de carros del Peter Pan, la vendedora de tamales de la esquina del Éxito. Todos esos rostros que se extraviaban por su misma irrelevancia, pero que permanecían en el tiempo. En el recuerdo de todo, en memoria de los que se habían ido.

-¿Y Laura?- preguntó Juan.

-Bien, supongo.

-¿Supone?

-Sí, ni que viviera enterado de la vida de ella.

-Mmm…pero tranquilo.

-Estoy tranquilo.

-No parece.

-Ella está bien- conteste- Está más bonita, y sigue saliendo con sus amigas. Más hombres la miran.

-Le duele todavía…

-Ya pasaron tres años- conteste, tras tomar un trago largo de aguardiente- tocó seguir adelante.

Bebimos como pudimos la última botella. Los cuerpos destilaban sudor al compás del licor que hacía su entrada triunfal por las cavidades. Juan cogió un taxi. Yo seguí caminando. Recordé que hacía unos años había ido con ella por esas calles. Sonreía, y el azul de sus ojos se quebraba con cada palabra que pronunciaba. Lo medía todo, así sus pasos fuesen tranquilos y descuidados. Las baldosas parecían moverse por debajo de sus pasos, como si quisieran arrastrar su peso y no permitirle esfuerzos innecesarios. Era ella, lo era todo. Me había quedado el recuerdo. Por un momento, estuvimos juntos. Y se estuvo bien.

Ahora tocaba caminar solo.

IV

-¿Viejo, no se fuma uno?- me preguntó David, que había vuelto de USA más burro que nunca.

-No, yo casi no le jalo a eso- le contesté.

-Es puro creepy- replicó tras darle un sorbo a aquel cilindro- creepy del bueno.

-Me quedo con este aguardiente- y me tomé un buen trago.

Nadie entraba en la piscina, que tenía forma de guitarra. Sobre el mástil de la misma, se encontraba un pequeño cubículo de cemento que hacía las veces de balcón. Allí, la gente bailaba al compás de la música electrónica. No parecían disfrutarlo, pero eso era lo que había. La gente se movía, de manera sincrónica, siempre moviendo los pies de la misma manera. Todos hablaban. Se pasaban las pastas de una mano a otra. De vez en cuando, alguien prendía un porro. Fumaban rápido, sin retener el aire. Y entonces seguían hablando.

Yo estaba ahí, en una esquina, tomando un poco de aguardiente y hablando con Andrés, un amigo del equipo de fútbol del colegio.

-Ahora todo el mundo escucha esa mierda- dijo, luego de señalar al Dj.

-Sí, eso parece. Pero fíjese que nadie salta, ni cambia el paso.

– Eso es pura moda pasajera.

– De seguro.

-Igual pasa con la hierba- me dijo, tras ofrecerme un poco de mota- como que nadie la disfruta.

-Fuman muy rápido, casi no retienen el aire- dije, tras pasar un poco.

-Es que todo va como más ráp/pido, ¿Si me entiende?- contestó. Ya empezaba a golpearle un poco la noche.

-Algo.

– ¿No quiere pepas?- preguntó, tras depositar un par en mi mano- uno nunca sabe cuando le vayan a servir.

Tras discutir un rato, me fui cerca a los baños a esperar. Tenía ganas de mear, y bueno, era demasiada gente y poco espacio. Eso sí, siempre podría alejarme e irme al monte y hacer ahí lo que quisiese. Me senté ahí, con la botella en la mano y un cigarro en la otra. A lo lejos, los rostros de la gente se extraviaban tras las luces, que los ennegrecía a sus espaldas. Las farolas apuntaban en dirección contraria, y la noche parecía asomarse alumbrada por rezagos de otros días. Demasiadas estrellas, demasiadas para tan poca gente. Pero nadie veía hacia arriba. Todo estaba sobre la tierra: las mujeres, la mota, las pepas. Todo estaba ahí, y no había necesidad de sumergirse en otros recintos. Pero a mí me faltaba todo; me faltaba el calor de la soledad y el amor hacia algo, me faltaban los días que se habían quebrado tras algún sorbo de aguardiente, y me quedaba una sonrisa para todo aquel que se acercase. Me quedaba un cuerpo remendado, dispuesto a seguir, dispuesto a cavilar otro camino diferente al cimentado por la estupidez y la codicia. Me quedaban los recuerdos de esa gente, esos mismos con los que cazaba mariposas cuando pequeño. Aquellos que patearon la misma pelota que yo, en esas viejas canchas de arena municipales. Me quedaban los instantes de risa, de peleas con pistolas de agua. Pero ahora tenía esos cuerpos que ni se reían tras los porros. Esa gente que se mandaba pepas como si fuesen aspirinas; todo para que los vieran. Esto nos había quedado.

Meé en un árbol detrás de aquella casa. Los murmullos de la música explotaban contra mis oídos. Era un “beat” constante, un bajo que replicaba tras los strovers. Nadie oía nada. Al alzar la cabeza, vi las mariposas. Danzaban sobre el fondo negro, desfilando enmarañadas, revolcándose en sus propias telarañas. Se movían entre negros, algunos blancos, y, a veces, apuntaban hacia la luna. Bebí un poco más…y las ví, saltar sobre mis ojos, extraviarse detrás de mis pupilas. Recordé la casa. Los vi a todos ellos bailar, seguir, bailando. Quedaba menos gente. Un gato se asomaba tras los matorrales. Un perro alumbraba con sus pupilas la noche. Alguien gritaba desde algún sitio. El silencio se hizo carne; y caminaba desnudo sobre la piscina. Mis bolsillos vibraban. Las luces se refugiaban tras las pupilas, atizando cada recuerdo, cada nueva imagen que se posaba sobre el cuerpo.

Me quedé con las mariposas. Luego cogí un taxi. Las seguí viendo por el camino. Me decían que todo había cambiado; que ya no podía cazarlas. Me conformé con mí mismo. Me quedé con nada.

Al salir a vivir

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Foto del barrio “La Candelaria”, en el centro de Bogotá. (La foto, como toda imagen de éste blog, al menos hasta ahora,
no es mía)

Desde hacía un tiempo desconfiaba de todo. Salía de la casa rápido, casi sin saludar al portero, si acaso un ademán con la mano, y me erguía y caminaba. Miraba hacia delante porque atrás venían los ladrones, o venía mi sombra, y algo quedaba ahí que me hacía darle con más fuerza y llevar cada paso hasta la elongación total de mis piernas.

Me ponía los audífonos por debajo de la chaqueta, buscando que no se viesen mucho, que la gente no supiera que estaban ahí. Y a veces me los guardaba tras un pasamontañas, que cargaba siempre dentro de la maleta. La cosa no estaba para chistes, y Bogotá está lejos de ser siquiera una pésima broma. Aquí la gente se mata por lo que sea, porque morir y matar son las condiciones de la vida. Y la ciudad pide a gritos que alguien termine de hablar, y que el silencio pueble las avenidas y los semáforos. Y por eso es que yo caminaba, sin mirar mucho hacía donde iba, ni pensarlo demasiado. “La inercia te va cargando”, suelo pensar, y entonces agito el paso y cambio de canción y todo vuelve a estar mejor.

Llevaba un par de cuadras transitadas. Siempre dos cuadras para la estación. Dos cuadras que se difuminaban tras la lluvia y los negros nubarrones que poblaban el cielo. Y ahí estaba yo, pasando una tarjeta por la registradora, corriendo al vagón que era, dirigiéndome con tedio a la muerte con cada paso. Luego esperar, esperar…esperar hasta que llegase, y todos se agolpasen y la inercia me tirase contra el bus. Y ya estaba dentro. Perdido entre la música que no terminaba de decir mucho.

Don’t talk to strangers, ’cause they’re only there, to do you harm/Pum/pum/Próxima parada/ y ahí voy yo.

– Quiubo, no lo vi en el bus…¿Qué cuenta?- preguntó una voz conocida. Me quito los audífonos y contesto.

-Nada, marica…aquí, en esto. ¿Y usted qué?

-Nada, nada…ahí.

– Es que uno en esos buses como que ni piensa, ¿no?

– Ufff…- soltó aquel en consonancia con un suspiro- no, parce, no. Uno ya no está como para pensar.

Caminamos algunos pasos. Diego me hablaba de sus problemas. Su papá estaba muy mal, y en la casa todo se había ido al traste. Sólo tenía la Universidad, por muy precario e insustancial que aquello fuese. Los libros eran su remedio, y el fastidio se le extinguía frente al arrume de trabajo. Pero no, no se sentía alienado. Estudiar filosofía no podía alienar a nadie.

-Eso es maricada suya- me dijo mientras caminábamos- la filosofía enriquece…no jode.

-La filosofía es de lo más burgués que hay, así le duela- y sí, le dolió. Ser de izquierda y no ser obrero era una cagada. Las muecas en su rostro lo delataron.

-Pero se requiere de teoría para cambiar la realidad- dijo, después de un rato y un par de sorbos al cigarrillo.

-Esta mierda no la cambia nadie- contesté, viendo a una mujer de unos setenta años vender dulces y demás en un pequeño estante ambulante. Las venas de sus piernas se refugiaban tras las arrugas…azules, de un azul tan amoratado como el cielo que yacía empañado sobre nosotros.

– Pero, ¿y entonces para qué estudia? ¿para ser como los demás?

-No sé…pero toca hacer algo.

-Y para eso es filósofo.

– Nunca lo seré, hombre. Para eso se requiere de estudio, dedicación…y la vida es demasiado complicada como para dedicarse a algo diferente a uno mismo.

-Burgués…

– No, hombre, se llama envidia, y todos la tienen y por ella matan a diario.

Nos despedimos y cada quien siguió por su lado. Diego era un gran tipo, pero el marxismo académico termina por ser oximorónico: se habla desde la legitimación de un sistema que no se quiere. Y aquí, en el tercer mundo, donde toca lo peor de todo y la basura de nadie, la gente vive demasiado preocupada como para no salir de la modorra. Las necesidades son muchas, y siempre son insanables. El estado de necesidad es el motor; aquello que lo mueve todo. Y por eso es que nadie se mata: hace falta algo antes de partir.

Caminé, pensando en mis zapatos azules y en los charcos que pisaba. Pensando en todo, en poco, a la larga, en nada. La gente caminaba a mi lado y se perdía. Sus rostros se encaminaban hacia algo que era diferente; así todos se viesen iguales. Los trabajos, la vida…la ciudad que nunca duerme, y el descanso, el descanso…eso que nunca llega, y uno sigue ahí. Esperando.

– Quiubo,

-¿Ah? ¡Ah!- era Miguel, un viejo amigo de la facultad también- ¿Qué más, parce?

– Nada…aquí, dándole. Esta mierda como que nunca se acaba.

-¿Y para qué quiere que se acabe? A fin de cuentas, luego sólo queda trabajar, y ahí si paila.

– Ni tanto…yo ya quiero dejar a los viejos tranquilos. Y bueno, independizarme.

Miguel vivía con sus viejos. Un par de señores de unos 70 años que padecían todas las enfermedades habidas y por haber. Bueno, casi todas. Se salvaban de las venéreas, aún no se sabe si por piedad, o por cuestión temporal, ahí se entiende. Estaba cansado…como todos, pero aún mantenía la esperanza de hacer algo. Quería ser profesor de colegio, se había matado estos cinco años para eso…y nadie lo entendía. Aquel era el único que deseaba salir de lleno al mundo y darlo todo por una horda de niños desagradecidos. Niños que, seguramente, lo masacrarían al mínimo atisbo de debilidad ( o humanidad, como sea y lo que sea que sean esas cosas). Todos queríamos seguir, especializarnos en algún tema de interés y volver a la universidad a dar clases. O al menos, eso decíamos. Muy en el fondo siempre he creído que lo único que quiero es emborracharme…y que nadie me joda. Y estar ahí, y ver una película, y masturbarme un rato. Y seguir en eso y de vez en cuando escribir y estar ahí. Por que estando ahí es la única manera de no perderse.

Al final todos queríamos un placebo. Un pedazo de calma que entrase y dejase al cuerpo sin aliento. Algunos lo tenían en el sexo, otros lo teníamos en el trago. Otros con la yerba, y así, como todo, cada quién tenía su pequeño espacio, su instante de incapacidad que lo hacía capaz y le ayudaba a seguir.

Hablamos un poco más, pero Miguel siempre se lamentaba demasiado, y yo ya tenía sólo el espacio de mis lamentos. Me despedí, y seguí con los pasos.  Y ahí la tenía enfrente. La universidad. Ese edificio que nos congregaba a todos, y nos dejaba un poco más imbéciles pero sincrónicos con las expectativas sociales. Ahí estaba ese claustro inmundo. Y ahí estaba su hijo, yo, que lo miraba con cierta rabia tierna, con el consuelo de al menos estar ahí y no estar en otro sitio peor. Aunque peor es la vida, y ahí dentro se discutía lo de Europa como si europeos fuésemos los chibchas. Y no, aquí los problemas eran de la carne y de la raza, de la estupidez y de la desidia, y de todo eso que uno vive en el tercer mundo y lo que no alcanza a vivir porque es del 5% que puede ir a una universidad. El resto de la gente come mierda, se la traga y no se atraganta. La saborea, y poco a poco va bajando la cabeza. Luego sólo le quedan los pies, y los arrastra…y no pregunta.

Taj/Taj/los sonidos de la furia/Anyway you want it, that’s the way you need it/ ¡Mauro!/ De nuevo a la ciudad.

Y ahí estaba ella. Tenía una falda negra, y una blusa de igual tono. Su piel blanca alumbraba en medio de la oscuridad de aquel día. Y me saludaba, siempre sonriendo, como si no hubiese pasado nada. Esa era su facultad: ir por ahí, sonriendo. Y de verdad. No como yo; que siempre que lo hacía recordaba el poema de Miguel Hernández. “Eludiendo por eso al mal presagio, de qué ni en ti siquiera habré seguro/voy entre pena y pena sonriendo”. Y así iba, y ella no. Y así habían sido las cosas.

-¡Mauro! ¿Cómo estás? ¡Hace mucho no te veía!- dijo, tras darme un largo abrazo.

-Todo bien, aquí…en lo de siempre. ¿Tú qué, cómo estás?

-Bien, mira que hace poco te llamé y…

-Y no me encontraste. Sí, es que el teléfono ha estado molestando.

-Ahhh, veo. ¿Qué harás ahora? ¿Tienes clase o hueco?

Tenía clase, pero pocas cosas había tenido y muchas me habían tenido.

-No…andaba vagando por ahí.

-¿Te parece si vamos a tomar algo?

-Dale.

Caminamos un par de calles. Ella hablaba, y hablaba…y me contaba de todo, de su vida, de la felicidad, y de lo bien que las cosas le habían ido después de “eso”. “Eso” no era más que un rótulo para nuestra relación; un instante de su vida que había transcurrido hacia cinco años. Y que, en la mía, aún seguía contando.

Nos sentamos en una cafetería. Ella pidió un café, yo…bueno, pedí una cerveza. La necesitaba.

-Y sí, como te venía diciendo… -dijo ella. Sonriendo. Y apuñalando.

-¿Te acuerdas del poema ese? , “El rayo que no cesa”, el de Miguel Hernández- pregunté.

-Sí, tu me lo mostraste hace un tiempo…

-Ajá. Hoy no he parado de pensar en un par de versos.

-¿Cuáles?

– Sólo me sé dos estrofas. Pero hay una que me pesa siempre…

-¿Cuál?

-“Me voy, me voy, me voy pero me quedo/pero me voy, desierto y sin arena/adiós amor…”- dije, tras tomar aire- y ahí sigue.

– Ese verso es bonito. A mí siempre se me quedó ese pedazo que decía “una querencia tengo por tu afecto/ una querencia de tu compañía”…

-“Y una dolencia de melancolía/por la ausencia del aire de tu viento”.

-Sí, pero te sabes más de dos…

-Más o menos. Es que es bien bonito.

– Pero ven, ¿Cómo siguió todo? ¿Estás bien?

-Sí, ahí voy…

Hablamos de todo. De nada, porque la incomodidad podía y tan sólo queríamos levantarnos. Ella se fue a clase, o al menos eso dijo. Yo me quedé ahí, debajo de un parasol, viendo a la gente transcurrir y perderse en sus preocupaciones. Todo era tan artificial que ya el fuego no podía quemar nada. Pedí otra cerveza, y seguí ahí sentado.

-Me voy, me voy…pero me quedo. Pero me voy.

El cielo se abrió, y brotó lluvia. Y en La Candelaria los carros esquivaban los charcos que descendían por la montaña. La gente corría por las aceras, refugiándose de todo. Nadie quería mojarse. Se estaba bien así. “Todo está muy bien así…para ellos”, repetí para mis adentros. Me bajé la cerveza de un sorbo, y pedí otra. Ya tendría tiempo, o puede que no. Y seguiría estando aquí. Pendiente de nada, pero pendiente.

La gente corría con cierto gesto malhumorado. Nadie quería estar ahí. Por un momento, la ciudad había muerto. Ella se había ido, junto a todo lo demás, y sólo quedaba el lamento del silencio, que se escurría por las calles llevándose la basura. Yo estaba ahí, viéndolo todo.

Diario de un imbécil.

sauza

“Ay, acaso el cañón de la escopeta influyera en la brújula desviándola.
Me ha ocurrido también este año. No sé qué pensar. Tal vez fuera el destino”
Knut Hamsun.

Aquí de nuevo. Sin hambre, sin sueño, con todo en la cabeza y nada para hacer. Bueno, más bien, mucho para hacer. Intentaba escribir algo sobre un tipo. Vamos, uno de esos a los que todo les sale bien. Pero me sentí falso, muy falso, y me hice una paja y me acosté un rato en la cama. A lo lejos, sonaban alto y fuerte unas campanas. El sonido rebotaba contra las ventanas, y la vida y lo demás parecía estrellarse contra todo. La cabeza era una manzana roída por gusanos. O bueno, un queso despedazado por ratas. Así está mejor.

Lunes. Mañana martes. Luego miércoles. Jueves. Viernes. Y así todo sigue.

Me estremecía ver esto: una cama, el televisor, algunos libros regados por ahí…y la botella, lejos, en la nevera. Había perdido mi capacidad con el tiempo. Antes podía aguantarlo todo: un tipo de mil resacas. Ahora, un par de tragos ya me ponían a vomitar. A veces creía que alguien se burlaba de mí en la distancia…lejos, sentado en su sofá, prendía la televisión y ahí estaba yo: lleno de todo, absorto ante nada, cansado de ir por ahí y de morbosear mujeres y decir más de una estupidez. Ese nunca se aburría. Mi estupidez duraba bastante rato. Y yo no sabía cuándo era que se iba a terminar.

7:00 AM. Madrugada/Cagar/Bañarme/Dientes/Ropa/Juzgados/Reporte/casa/una mierda. Se escribía en alguna parte.

Me levanté de la cama. Fui a la nevera. Jim Bean, o Sauza. “Sauza está bien”, pensé. Me serví un vaso, y volví a esta puta silla. Las palabras se estrellan contra la cabeza, y mañana hay trabajo, y clases, y demasiada mierda para hacer que ya ni sé por qué carajos es que la hago. Nada tiene sentido. Sólo el licor, y el te hace perder el sentido. De resto todo puede irse. Incluyendo las mujeres. Pero que me dejen el recuerdo, así sea. A veces, sentado en esta silla, viendo hacia la ventana, subiendo los ojos hacia el techo, estrellándome contra las paredes, pensando en nada, la brisa se me escurre por las manos y del baño de al lado se asoma una cagada por el escape de olores interconectado. Las cagadas de mi amigo son tan fuertes que me río. Y luego pienso en mañana, y me callo, y sigo escribiendo todo esto.

Antes escribía sobre algo. Un tipo que salía de la casa, se encontraba con una mujer, la invitaba a salir, y luego tenían sexo. Todo demasiado espectacular. Tan falso que me sentí tan lejos de Colombia, tan opuesto a mí, que me dolió todo. Hay que ser demasiado imbécil para confiar en esto. Demasiado fuerte para seguir viviéndolo, y aún más recio como para no renunciar.

El desespero me pudo, y ahí fue cuando fui a la cocina. Escribí un par de palabras más, y me pudo el desespero. Llamé a un amigo:

-Imbécil…-dije.

-¿Qué hacés, escoria?

-Nada, aquí…

-No empecés con tus estupideces.

-No, no es eso…sólo estaba aquí- dije, mientras tomaba un trago- haciendo ni mierda.

-Vos no hacés un culo nunca.

-No, pero bueno…hoy sí como que todo se me fue a la mierda.

-¿Qué te pasó?

-Nada. No sé…¡mierda!

-Tenés que calmarte.

-Sí, pero no es tan fácil.

– Mirá, vos necesitás más marihuana…y ya. Tenés que calmarte.

-No, no es eso…

-Llámame ahora, putazo.

-Hablamos pues…

Tun/Tun/Tun/La vida yéndose por el sifón/Ring/Ring/Algo que despierta.

-¿Haló?

-¿Andrés?

-Sí- contesté- ¿Quién es?

-Mira, hablas con Juanita- dijo, tras tomar un respiro que colmó todo el auricular- la de Estética.

-¡Ah, sí! ¿Cómo estás?

-Bien, mira, te llamaba a preguntarte por el trabajo.

– No han dicho nada. Al menos dentro de lo que sé.

-Ok, bueno…

-O/oye, Juanita.

-¿Si?

-¿Alguna vez te has despertado y visto directo la pared?

-¿Qué me dijiste?

-Que si alguna vez te has despertado y has visto directo a la pared.

– No te entiendo bien- dijo, mientras algún ruido se asomaba por la bocina.

-Te decía que tuvieras feliz noche-grité.

-¡Gracias! ¡Descansa!

Tun/tun/tun/de vuelta a esto.

Me quedé ahí sentado. Viendo directo la pared. Blanca, de un blanco negro que sólo podía darlo la noche. Nunca gris. Era blanca, y contrastaba con el negro y me dejaba ahí frente a la pantalla titilante. “La gente escribe sobre cosas impresionantes”, pensé, mientras veía La peste de Camus sobre la mesa. Y sí, todos los grandes escribían sobre cosas brutales. Excepto si se era Bukowski, que podía escribir cualquier estupidez y hacerla vibrar bien adentro. Pero yo no soy Bukowski, y tampoco me interesa serlo. Soy demasiado débil como para serlo. Pero aún tengo colmillos, y no he perdido todo. Tengo estas palabras que se vomitan sobre el teclado, y la gente, y los amigos, y todo el resto de hijos de perra que me joden a diario y me recuerdan mi precaria condición.

Apagué el televisor, y me asomé por la ventana.

Un perro. Una mujer. Un parque solo. Un balón que se revienta contra las paredes de una cancha de microfútbol. Años que vienen y que nunca regresarán. “Se era más feliz cuando era niño”, volví a pensar. Y me mandé otro trago como para dejar de pensar y dedicarme a esto. A todo esto, y dormir, y hacerme tres pajas, y de pronto mañana sonreír como un imbécil y estudiar lógica, y aparentar que todo va a estar bien.

Respiro.

Un hombre se asoma con una linterna por el parque. Mira hacia todas las direcciones. Se sienta. Apaga la luz. Se acuesta sobre la hierba y de sus labios se asoma una chispa. Un porro, tal vez. Sonríe. Siento que sonríe. Mira al cielo. Todo le parece poco. O al menos eso veo. Tal vez soy yo el que le falta mucho. O demasiado poco. Cierro la persiana.

Miro el reloj. 10:10. Toda una vida que no termina de correr. Intento seguir con la historia que escribía, pero Francisco (así se llama el maricón perfecto) es demasiado estilizado como para ser descrito por mi absoluta tosquedad. Bebo otro sorbo.

“Pienso en mañana.

Abro la persiana.

Cuento las estrellas, como si fuesen mis ganas.

“Quedan pocas”.

Desciendo.

Pum/Pum/Pum.

Ya diré mañana.

Me lanzo sobre la cama.”

Nadie jamás escribió esto. Miro al suelo, y bebo otro sorbo.