“El hombre que cuida”, de Alejandro Andújar

Título original: El hombre que cuida.

Año: 2017.

Duración: 85 min.

País: Rep. Dominicana.

Dirección: Alejandro Andújar.

Guion: Alejandro Andújar, Amelia del Mar Hernández.

Música: Omar Silva.

Fotografía: Gabriel Valencia.

Reparto: Héctor Aníbal, Fiora Cruz, Paula Ferry, Eyra Aguero Joubert, Archie Lopez, Héctor Medina, Yasser Michelén, Julietta Rodriguez.

Productora: Coproducción Rep. Dominicana-Puerto Rico-Brasil; Cultura Capital / El Balcón Producciones / Tempero Filmes do Brasil. Distribuida por Caribbean Films Distribution.

Género: Drama.

Sinopsis

Juan es el hazmerreír del pequeño pueblo de pescadores de Palmar de Ocoa, desde el día que su mujer le pego los tarros. Ya no se dedica a la pesca, si no, a cuidar una ostentosa mansión de una familia adinerada de la capital. Encerrado en esa casa, Juan se ha aislado del mundo y no quiere salir de ahí, para no encontrarse con su mujer. Una tarde, el joven hijo del dueño, se aparece junto a un amigo extranjero y una chica del pueblo que acaban de conocer. Durante el transcurso del fin de semana, Juan se ve obligado a tomar decisiones que afectarán el resto de su vida. (FILMAFFINITY).

Ficha extraída de Filmaffinity.

 

El hombre que cuida

 

El hombre que cuida

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

 

“El hombre que cuida” viene siendo una película sencilla, lineal, que pareciera pretender emular la cotidianidad y sus reveces. Su premisa es sencilla: un joven llega a la casa de verano de su familia para pasar un fin de semana en compañía de un amigo y unas muchachas. Tras ver que tan sólo una muchacha arriba al lugar, lo que pretendía ser una fiesta frente al mar termina por ser mera bebida y conversación. El joven, arquetipo del “yuppie” sin encanto, resiente la situación: ¿cómo es que él, el estudiante de universidad norteamericana, vuelve a República Dominicana para saberse solo? ¿Es que no es suficiente con lo que él significa? Porque, a veces, hay gente que cree que por el hecho de existir en una nube de privilegios su existencia es privilegiada. Y no, ni mucho menos. La lotería natural concede muchas otras cosas; pero no hace que una vida valga más que otra.

En este escenario, dos personajes son fundamentales: Juan, el vigilante de la casa, y Karen, una muchacha de la zona a la que aparentemente el dueño de casa y su amigo conocieron de camino al lugar. Antes que cualquier cosa, “El hombre que cuida” es un retrato de la opresión cotidiana: a todo momento, la figura del “patrón”, del hombre que manda en una casa que no habita pero posee, en contraposición al cuidandero, ese que tan sólo habita en el espacio de forma instrumental, se manifiesta para evidenciar que existen voces que merecen ser escuchadas y otras que no; con todo y que su único valor radique en el dinero. Desde un primer momento, Juan se preocupa por la situación: no es bueno ingerir tanto licor; menos aún con gente que parece ser desconocida. Pero no es escuchado. Su palabra es burla; su presencia, un vilipendio: estar allí es indiscreto; a menos que sea llamado para realizar una labor. Juan es un instrumento; no un ser humano digno de respeto, al igual que Karen.

Ahora bien, la función de la muchacha es otra bien distinta: si Juan está para complacer al propietario con los quehaceres de la casa y la comida, Karen está para ser consumida. Su existencia es la del objeto que, fetichizado por la industria de la cultura (su imagen es la de la muchacha exuberante, carente de recursos, que está para un “one night stand” y nada más que eso), se complace en exhibirse para luego ser devorado. Tras esto, a ella tan sólo le resta ser desechada. En este punto, la película evidencia la gran distancia que existe entre el mundo que habitan Juan y Karen, oriundos de la zona, y Richi y sus amigos (después arribará otra muchacha, amiga de Juan desde la infancia, a la residencia): unos están para ejercer la libertad; mientras que otros, los oprimidos, están para ofrecer aquello que les es solicitado. En este contrapunto, la libertad debe comprenderse como un ejercicio irreflexivo, caprichoso, sin consecuencias: la riqueza se permite la ligereza de la extravagancia, el jolgorio de la excentricidad. Si para el pobre un gesto implica derroche, para el rico es falta de decoro; si una palabra ofende, el rico la concibe como excentricidad; si el exceso lleva al desastre, el rico considera que la basura debe limpiarse. La cárcel no es una opción; como tampoco lo es el hecho de hacerse responsable. El mundo fue hecho para aquellos que son dueños de la tierra. No se paga por cadáver ajeno en residencia propia.

Por el contrario, la pobreza acarrea responsabilidades; además de las apetencias que son propias de dicha condición. Al respecto, el personaje de Juan resulta interesante: recluido a las afueras de su pueblo, deambulando entre pasillos solitarios de una casa que no le es propia, trabaja esperando algún día tener una casa propia para él y su esposa. Sin embargo, su reclusión trae consigo la pérdida de su matrimonio. Juan, figura ausente de la vida del pueblo, ve cómo sus ilusiones se marchitan una a una: la casa, que debía ser de ambos, ya no será para el matrimonio. Su esposa le ha sido infiel con otro hombre del pueblo y ha dejado sus enseres en la puerta de la casa de recreo en la que trabaja. De ser un hombre trabajador, Juan pasa a ser el hazmerreír del lugar: es un “cornudo”, un vago que vive en las montañas, ermitaño de la nada, de la vida de otra gente que lo desprecia.

Sobre esto último, reconozco haberme sido difícil dejar de pensar en Iris Marion Young y sus caras de la opresión: Juan se ve oprimido por el empleo que tiene. En medio de su soledad, las palabras que suele escuchar vienen de las bocas de sus patrones, quienes aprovechan para ordenarle cada cosa que se les ocurre. Las constantes órdenes que recibe, además del abandono que es propio de su trabajo, lo condenan a ir perdiendo lentamente la expresión y la capacidad para tomar decisiones fundamentales para la vida. En los momentos críticos, Juan suele mantener una postura acorde a las circunstancias. Ahora bien, sus acciones, siempre titubeantes, dependen de la aprobación de los dueños de la casa; para quienes, en últimas, Juan siempre será el responsable de los males ocurridos. Asimismo, la película enfatiza en los titubeos del protagonista: las palabras parecieran no existir al momento en que la adversidad adviene; sea porque la vida se derrumba en la soledad del paraíso ajeno, o fuese el caso que el lenguaje se extravía al momento en que es necesario contradecir a quien paga el salario. Juan, carente de poder, no decide, no habla: su existencia está condenada a la servidumbre, y los siervos, para sus patrones, no piensan; tan sólo obedecen. Tal vez sea la honestidad que desborda el personaje de Juan la que salve la película. De lo contrario, estaríamos frente a otro drama juvenil sin mayor fundamento que la entretención.

Calificación: 4 de 10.

La luz roja

bosque-pinos-klimt

Arrastro los pies sobre piedra
Y piedra,
Aguardando que la tierra
Sepa recibirme.

De vez en cuando la grama
Amortigua cada paso,
Y mis ojos,
transeúntes de otras calles,
Retornan al espejo de siempre,
A la vitrina de la calle octava…
Y suben y bajan y el niño que ahí
Estaba,
Va dando paso a otro,
Que no se reconoce.

Su mirada ya está
En otra parte.

Sea en el campo, o en el afán de las esquinas
De las calles frías en las que me tuvo Bogotá,
Aguardo la luz del semáforo.

La vida parece teñirse de rojo,
Y el suelo pareciera
No querer recibirme
En el siguiente recuadro.

Poema animal

Guernica Picasso

 

Adiós,
Todo será en otra
Vida.

El viento traerá remanso,
Los pájaros nadarán sobre el mar
De niebla,
Que es el cielo.

Hablarán con nosotros,
Nos incrustarán sus alas:
Trazarán el vuelo para llevarnos
A otra parte,
A otro tiempo,
Lejos de aquí.

Los perros cainarán sobre dos patas
Y pronunciarán nuestro nombre.
Seremos ciegos y sus ladridos
Asegurarán cada paso.

Los gatos, a lo lejos,
Cerciorarán que no nos
Perdamos,
Que cada latido lleve consigo
El camino a casa.

Todo esto será así,
Cuando estemos muertos.
Y en la tierra, siempre a lo lejos,
Los girasoles devuelvan la calma.

Fugitivos en la noche (Roberto Rossellini)

Título original: Era notte a Roma
Año: 1960
Duración: 150 min.
País: Italia
Dirección: Roberto Rossellini
Guion: Roberto Rossellini, Sergio Amidei, Diego Fabbri, Brunello Rondi.
Música: Renzo Rossellini.

Fotografía: Carlo Carlini (B&W).

Reparto: Leo Genn, Giovanna Ralli, Sergei Bondarchuk, Hannes Messemer, Peter Baldwin, Sergio Fantoni, Enrico Maria Salerno, Paolo Stoppa, Renato Salvatori, Laura Betti, Rosalba Neri.

Sinopsis:

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, en una tumultuosa Roma, infestada de nazis, una joven italiana hospeda a tres soldados aliados de tres nacionalidades diferentes: un inglés, un americano y un ruso. Le son confiados por una familia de campesinos, a cuya casa había ido a buscar provisiones. Los tres se ocultan en una buhardilla, y el novio de la muchacha hace amistad con ellos y se arriesga muchas veces para llevarles alimentos. Pero el portero les dice que han de marcharse, y entonces comienzan las peripecias.

Ficha extraída de Filmaffinity: https://www.filmaffinity.com/es/film789620.html

Fugitivos en la noche

 

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla” (Smith, La teoría de los sentimientos morales, Ed. Alianza, 2012, Pág. 49).

Existe un relato, incrustado en el seno de nuestra cultura, que sirve de preludio a la historia de Rosselini: la torre de Babel. En dicho lugar, todas las lenguas del mundo se entremezclaban, y la incapacidad para comunicarse era tal que las personas apelaban a los reveces de cada gesto para mostrar lo evidente. Y fue así como la humanidad entera se enfrentó a la incomprensión de lo divino, primero que nada, entregándose al balbuceo… a la expresión que no dice nada. Como corolario de la historia, subsistió la creencia de que la humanidad no puede rechazar su esencia; es decir, que no podremos dejar de ser esto que somos: seres de carne y hueso, finitos, atados a las vicisitudes de una vida que no se dirige a ninguna parte. A pesar de Dios. Por honra y beneplácito suyo. Sea dicho que, según el libro, vivimos por y para otra cosa; enraizados en una creencia que nos sobrepasa.

Algo así pareciera sugerir la fábula de Rosselini, para quien el reconocimiento de la humanidad del otro persiste por encima de cualquier bandera, raza e idioma. En “Fugitivos en la noche”, las estrellas cobijan la amistad; sea en mera clave política, como ese aliado al que no asesinaré (C. Schmitt); o como aquel humano que respeto en su integridad tanto física como moral, volcando mis esfuerzos en aras de garantizar su bienestar. La película resalta la vulnerabilidad de sus protagonistas, sobre todo en la apelación a los rostros y la gestualidad en primer plano, sugiriendo al espectador que las palabras no son más que rezagos de una separación artificiosa, convencional; y que, incluso, capaz hubo un día en que todos hablamos una misma lengua…esa que, trastabillante, se alza por encima del murmullo del idioma para suplicar o reafirmar el amor por la existencia. Más allá de las palabras, de su comprensión, habita un ser humano: aferrado a la vida, sepultado por la miseria del mundo, que aún persiste en su propósito de ver los campos bañados por la sangre de desconocidos que empuñaron sus armas contra otros. Sin pretender heroísmo, los personajes de Rossellini comprenden que la guerra, tal como dijo Céline- alguien que supo admirar desde el balcón ajeno el desenlace de la barbarie-, es uno de los espectáculos más estúpidos y carentes de sentido que un hombre puede presenciar.

Un recurso del que se vale Rossellini para manifestar la posibilidad la vulnerabilidad de sus personajes, aparte del primer plano a sus protagonistas cuando de cada uno cuando regurgita su voz, es el de no traducir la lengua de los soldados: el extranjero habla por sus gestos, en la calidez de su expresión. La tierra que nos fue dada es toda aquella que reposa bajo nuestros pies. Respecto a esto último, resulta conmovedor el momento en que el soldado ruso (Sergei Bondarchurk, que aparte de ser un actor consagrado también dirigió obras maestras como la adaptación de “La guerra y la paz”) agradece a sus compañeros de desgracia; al tiempo que a la pareja italiana que los supo esconder de los alemanes. Su rostro, tensionado por las emociones que se amontonan en cada pliegue, desciende y se levanta cada tanto, en el afán por encontrar la palabra precisa en cada uno de los tres idiomas de sus interlocutores (inglés, italiano y, por qué no, ruso. La rusticidad del personaje sugiere no poseer un léxico que abarque la magnitud de los acontecimientos, que lo sobrepasan de manera evidente). Este momento rememora los instantes iniciales de la película, en los que el personaje interpretado por Giovanna Ralli, la propietaria del apartamento en que residen los fugitivos, intenta por todos los medios darse a entender y hacer que ellos huyan lo más pronto posible. En el esplendor de su actuación, bajo la hoguera de las emociones que vienen y van en el afán de la lucha por la vida, la existencia encuentra su lenguaje.

Se encuentra una oración a la orilla de la vida, en el rio del que beben los que sobreviven a la barbarie. Hay un lugar en que el fragor de la batalla sucumbe a la calidez del abrazo. Y allí, en medio de eso, residen todos esos que actúan por deber: a la estela de las estrellas que no dejan de parpadear sobre la planicie de la tierra. Fábula kantiana, alegato por la simpatía: Rossellini ha hecho que ciertos rostros se incrusten en la pupila de sus espectadores. Para no volver. Para no sepultar en un futuro los sueños de los que, por azar y ventura, siembran con fuego los padecimientos y alegrías a los que la vida los ha condenado.

Calificación: 7, 2 de 10.

 

 

“Todo va a estar bien”, de Wim Wenders

Todo va a estar bien

Título original

Everything Will Be Fine (Every Thing Will Be Fine)

Año

2015

Duración

118 min.

País

Alemania

Dirección

Wim Wenders

Guion

Bjørn Olaf Johannessen

Música

Alexandre Desplat

Fotografía

Benoît Debie

Reparto

James Franco, Rachel McAdams, Charlotte Gainsbourg, Marie-Josée Croze, Julia Sarah Stone, Patrick Bauchau, Robert Naylor, Lilah Fitzgerald, Jack Fulton, Peter Stormare

Productora

Co-producción Alemania-Canadá-Noruega; Neue Road Movies

Género

Drama | 3-D (Ficha técnica extraída de IMDB).

 

Todo va a estar bien

Hecho por:
Andrés Mauricio Cabrera Díaz.

 

Un hombre, en el afán por llegar a casa, observa un atardecer tras la densa nieve. Reflexivo, sus pensamientos hilvanan un libro que aún no se ha escrito (“ayer escribí dos páginas”, se repite a sí mismo). En otra esquina del paisaje, un trineo avanza a una velocidad insospechada. A sus hombros, carga a dos niños que poco intuyen el futuro. En una casa, una mujer lee a Faulkner: devora el libro como si no existiese otra posibilidad más que justifique la existencia. Pero sí la hay.

Todos tienen una justificación para vivir.

Con los años, el hombre arrastra la pena de asesinar un niño en medio de un atardecer de densa nieve. Mientras tanto, una mujer incinera el viejo libro que hizo que se retrasase antes de llamar a sus hijos a casa. Las casualidades, como la vida, se surten sin avisar. Y es que cada persona lleva tañida al alma sus preocupaciones y ausencias. En últimas, todo hombre es una isla cuando se le observan de lleno sus pupilas. Carecemos de continente.

A pesar de que todo nos constituye. A pesar de que la vida de unos se vive a pesar de la de otros.

Los años vienen y se van. El hombre mejora su escritura a partir del suceso que derribó su horizonte existencial. Mientras tanto, la mujer- que ya intuyen que es la madre a la que refiero- devora la asistencia divina, llamando constantemente a ese cielo que no contesta, que no escucha los padecimientos de la tierra, mientras su hijo ya es joven y se va haciendo adulto, muriendo. Todos los caminos conducen a ninguna parte. Nadie sonríe. No hay tiempo para risas cuando se arrastra tras de sí una vida que no supo vivirse.

En el interludio de los días, la mujer y el hombre se conocen. El niño, asimismo, lee con fruición las obras de aquel que un día durmió en su casa sin que él lo notase. Mientras tanto, hay algo que se dibuja tras cada palabra y gesto que ellos derraman. Aunque pueda reírse de dientes para afuera, existe un vacío que retumba en cada árbol y rio que desfila en el paisaje. No hay lugar para la tristeza en este mundo. Hay cosas de las que es mejor no hablar. Muchos sabrían decirle a aquel que padece el mundo que se guarde para sí sus sentimientos. Pero, para su desgracia- sea por un tiempo o tras cierta distancia-, esa persona seguirá viviendo; afilando sus ademanes y sonriendo a la nada, esculpiendo en sus ojos la brisa que no llega, la felicidad que no se habita.

Somos, como dijera el poeta, nada. “Somos nada”, y a pesar de eso, “cargamos con nosotros todos los sueños del mundo”.

 

Un hombre descubre a aquel que lo ha acechado en la distancia. Ya no es niño; es hombre. Uno de esos que sufre la piel que carga. Hablan. Se conocen. Un abrazo cierra el pasado y lo reescribe. El desasosiego se transforma en bruma, y el dolor se convierte en suceso asimilado. Ambos lloran, ríen en medio del llanto.

“Todo va a estar bien”, se ha repetido cada uno de ellos en la soledad de las paredes blancas. “Todo va a estar bien”, promulga cualquier persona en la quietud del pensamiento.

Padecemos la tristeza que a cada uno nos constituye. A pesar de la esperanza. Por ella misma.

 

Comentarios sobre la película:

El cine de Wenders se caracteriza por convocar los afectos. Sus imágenes arrastran la gestualidad de cada personaje; siendo la corporalidad de la escena- sea porque la cámara se fije en un árbol, un animal o un humano- aquello que evoca las sensaciones que cabalgan sobre cada una de las palabras que se esgrimen en el transcurso del filme. Sin actores, el cine de Wenders yace desnudo. Esto puede verse, sobre todo, en películas como “Tierra de abundancia” o “El fin de la violencia”. Allí, el afán del director por “captar la realidad” destruye la ilusión misma de la pantalla; provocando que la precariedad actoral sea una constante.

Pero este no es el caso en “Todo va a estar bien”; por el contrario, James Franco se muestra en cierta “calma tranquila” que pareciera rememorar esa “noble serenidad y callada grandeza” que Winckelmann atribuye a los griegos. Aunque su actuación no sea memorable; sobre todo al inicio de la película, cuando el personaje de Franco interactúa con Rachel McAdams y algunos diálogos se sienten forzados y rompen con la soledad del personaje (trayendo de vuelto aquel arquetipo de “Ladies man” que Franco pareciera no poder reprimir), la película va “en crescendo”. Lentamente, Wenders desliza a partir de imágenes-afecto (paisajes tranquilos, vidrios que reflejan rostros resquebrajados, primeros planos al rostro que se eleva a la nada, abrazos en segundo plano que no terminan de darse, etc) una búsqueda constante: ese deambular interior que pretende modificar algo del estado de cosas que se tiene. Esto puede verse en el contrapunto que se da entre la historia de la madre (Charlotte Gainsbourg, a quien se le cree cada palabra y caricia que emana de su personaje) y la de Franco; además de la escena en que Adams se reencuentra con el escritor para, así, cerrar ese ciclo de su vida.

Como en otras de sus películas más vivenciales, como pueden ser “Alicia en las ciudades” y “En el curso del tiempo”, Wenders vuelve a la angustia que roe los corredores de la existencia de cada ser. Si bien en las dos primeras la carga afectiva trascienda la palabra empeñada y los motivos que la suscitan (que muchas veces parecieran ser atmosféricos, propios de esa Alemania que ya no espera nada tras la vergüenza y culpa que produjo la Segunda Guerra; enajenada tras el velo del cine norteamericano y el afán por devorar la cultura estadounidense), la indagación interior que se proyecta al sinsentido exterior es evidente. Aunque en “Todo va a estar bien”, valga decirlo, la carga atmosférica no logra surtirse del todo; dependiendo demasiado de los motivos que roen a cada uno de los personajes. Sea este, tal vez, el principal inconveniente que veo en la película.

Calificación: 5 de 10.

Semblanza (I)

Miró

Crecí de cara a la noche,
En la incertidumbre de un 2 de junio
Arropado por Gladys y
Abrazado por Alejandro,
Que esperaban a alguien
Sin que yo me hubiese encontrado.
Como no pedir nacer,
La vida fue la primera
De mis excepciones.

Arrastré los pasos por dieciocho años,
Caminé levantando el polvo
Y el rojo de la sangre fue tiñendo
El fondo de los párpados:
Como si de un ciego se tratase,
Caminaba con recelo,
Aguantando, aguantando
Reclinado en la punta del bastón,
Añorando suelo firme
Que me resistiese en la caída.

Y fui cayendo y cayendo,
En la marea de la roja noche
De estrellas blancas,
Y el cielo se fue manchando de fuego
Entre más despierta estaba Bogotá.

Caí, caí. Continué para no
Seguir perdiendo.
Pero las apuestas estaban dadas,
Y mis dados no querían moverse
Al caer sobre la mesa:
Su centro yacía roído,
Hace tiempo que rasgué mis uñas
Contra los dientes.

Fueron años duros, los más difíciles.
Leí a Céline y a Hamsun,
Devoré cada letra de Fante e intenté
Escribir como Bukowski y Pessoa.
El tiempo fue devorando cada rastro,
Cada vestigio y poema
Que supo ser mío,
Que trastabilló en mi boca,
Y cada palabra empezó a irse
Por la puerta del apartamento,
Y me fui quedando solo,
En esta soledad de blancas paredes
De salones de clase,
En los que nadie quiere
hablar conmigo.

Intento vencer el silencio
Mientras corro por este mundo.
Entre espasmos,
Procuro ver qué yace
Más allá del negro
de la almohada,
Y entre sueños que olvido
Y recuerdos que perecen,
Camino con el peso del viento
Y el afán de las aceras
Mordiéndome los pies.

 

A veces creo que me he ido,
Otras veces, tan sólo,
Aguardo y deseo.

Aguardo y deseo.
Aguardo y deseo.
Mientras rosas azules brotan
De mis manos,
Para no dejarme morir.

 

 

 

Abraza la noche

Odilion redon

A Julio Flórez.

Siento la brisa agitando mi cara,
Y, en medio de este sitio,
Las ventanas están cerradas,
No hay indicios de nadie,
Ni la certeza del que aguarda.

Espero.
Espero a que anochezca,
Y su rostro se muestre.
Ya decía Goethe que él
Sólo quería el mal
Pero terminaba
haciendo el bien.

¿Por qué será que abrazo
Su presencia?
¿Qué hará que los ángeles sean esquivos
Y Dios tan precario?
El cielo es una cárcel,
La carcel de los muertos,
Y la carencia de espíritu
La regla de sus huestes:

Nadie grita a la vida el infortunio
De la muerte;
Nadie añora los días pasados
Ni los sueños del poniente;
Todos ríen bajo una ensoñación falsa,
Todos quieren a alguien que no los
Quiere,
Y no se percatan.

Ahora, mientras las persianas cobran vida,
Y su temblor acaricia mi cara,
La carne se agrieta
Esperando su llegada:
Y sé que estará riendo,
Que de su boca lloverá la calma,
Del que vive sembrando flores,
Hortalizas de sueños,
En calles de luces blancas.

Y ya llega,
Y ríe, ríe y su boca es fuego,
Inciera mis temores,
Afirma que la muerte es temprana
Para el que ama.

“He amado la vida
A pesar de mi muerte”, le digo,
“He vivido mucho tiempo
Esperando nada”.

Él ríe. Sabe que yo poco entiendo,
Que mis temores infantiles
Son costras en la piel humana.

Temprana será mi muerte,
A pesar de no ver nada:
“Vivir es estar ciego,
Poco sabe quien transita
El camino que sus pies arrastran”.

Y empiezo a creer que estuvo,
Que ya se ha ido,
La noche gime,
Las estrellas bailan solas,
Y el reflejo de mi mano
Se posa en una lata:
El líquido se esparce
Como un beso en la mañana.

Arde el cielo y tirito de frío,
Sólo sabe el sol
Cuál de todas mis penas
Es la que arrastra.

Vuelvo a reír.

Noches blancas

Noches blancas

“No hay esperanza
En estas noches blancas”,
Susurran las estrellas
Sosteniendo los labios
De la luna.

Remiendo sus palabras:
Hablan de lleno al cielo,
Y su mensaje hiere la noche,
Y se vierte sobre la tierra:
Es el llanto que conocemos,
El de las noches blancas,
El de los amantes
que carecen de sosiego.

Y ahora, en la quietud de las pisadas,
Alguien más espera
una madrugada;
El instante de los sueños cortos
De la desazón callada:

Siembro en el firmamento
La esperanza que aguarda
En la tristeza de mil y un
Noches blancas…

Es sólo otra estrella
Que nadie toca,
Que tirita en la noche,
Y arde en la ciudad.

Girasoles grises

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Sigo el caudal de aves
Que surcan el cielo.
En el horizonte,
Sus alas tejen remolinos
Y la noche se curva bajo su peso,
Como si la tierra besase las estrellas
Y estuviésemos ascendiendo.

Lamo la superficie de las nubes,
Recorro el cristal de la luna,
Su superficie, áspera y frágil,
No reconoce mis dedos.

Cierro los ojos en espera
De la noche.
El día empieza a hacerse largo,
Y no entiendo a las personas
Que me salen al camino;
Murmuran expectantes
Un secreto que no conozco,
Reconocen la soledad
En mis aullidos.

Siembro una lágrima a la comisura
De mis párpados,
Y aguardo a que la sal cubra
Mis mejillas.

He recorrido esta ciudad durante mucho tiempo,
Tanto que he olvidado sus calles, sus esquinas,
Y su cielo se abre de cara a mis pensamientos,
Revolotean mis sueños como estrellas en el cielo,

Me siento caer.

Ya pronto será de noche.
Saltaré entre las estrellas
En busca de mi sombra,
Atenazaré mis pasos
Para no sentir su ruido.

Caminaré de cara a la luna
Sin ver al suelo,
Recogeré las lágrimas
Que olvidé
Quemar en el camino.

Al final de la noche,
Todos duermen sobre
Girasoles grises,
Cenizas agujerean sus alas:
No es más que la estela
de los pétalos carbonizados.

Su vuelo es aparente,
Como incipiente la risa:

Esperan vivir.

 

Feliz (al tenerme cerca)

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“Quiero ser feliz. Brutalmente feliz.
Como un ser humano” Roberto Arlt.

Feliz,
Brutalmente feliz,
Como si de cualquier ser humano
Se tratase,
Como si las luces serpentearan el cielo
Y mi sombra fuese fuego,
En busca de mí.

Feliz,
Bestialmente feliz,
Como los perros en la noche
Acurrucados en sus sábanas,
Ladrando a la vida como si de
Seres humanos se tratase.

Feliz,
Como el recuerdo de medianoche,
A la espero del niño que deambula
Por la calle soleada,
Huyéndole al tiempo,
Posponiendo el deber.

Y toda esa vida, todo ese tiempo,
Toda la calma de la hierba amarilla
Incinerando los prados,
De cara al viento,
De frente al dolor,
Me recuerda la alegría
Que no tengo,
Que no habito,
Que otros conocen y
Comparten,
Como si de seres humanos se tratase.

Por eso vivo con los dientes puestos
Sobre mi propia carne,
Con el azadón incrustado
En mi propia tierra,
Sembrando sangre en el cielo
Para que lluevan estrellas,

Esperando a vivir,
Siendo feliz,
Brutalmente,
Inocentemente,
Como el perro que gime
Y bate la cola,
Al tener miedo,
Al sentirse vivo,
Al tenerme cerca.