Metrópolis (1926), de Fritz Lang


Metrópolis: la humanidad a la deriva y
las cárceles del pensamiento

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera Díaz

Título original: Metropolis.
Año: 1927.
Duración: 153 min.
País: Alemania Alemania.
Dirección: Fritz Lang.
Guion: Thea von Harbou.
Música: Bernd Schultheis, Gottfried Huppertz.
Fotografía: Karl Freund, Günther Rittau (B&W).
Reparto:
Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Alfred Abel, Rudolf Klein-Rogge, Fritz Rasp, Theodor Loos, Heinrich George, Fritz Alberti, Grete Berger, Heinrich Gotho, Georg John, Olaf Storm
Productora: U.F.A
Género: Ciencia ficción. Drama | Distopía. Steampunk. Robots. Expresionismo alemán. Película de culto. Cine mudo.
Sinopsis:
Futuro, año 2000. En la megalópolis de Metrópolis la sociedad se divide en dos clases, los ricos que tienen el poder y los medios de producción, rodeados de lujos, espacios amplios y jardines, y los obreros, condenados a vivir en condiciones dramáticas recluidos en un gueto subterráneo, donde se encuentra el corazón industrial de la ciudad. Un día Freder (Alfred Abel), el hijo del todoperoso Joh Fredersen (Gustav Frohlich), el hombre que controla la ciudad, descubre los duros aspectos laborales de los obreros tras enamorarse de María (Brigitte Helm), una muchacha de origen humilde, venerada por las clases bajas y que predica los buenos sentimientos y al amor. El hijo entonces advierte a su padre que los trabajadores podrían rebelarse.

Ficha y datos de la película extráidos de Filmaffinity.

 

“…y habrá un día en que la humanidad
se arrodillará ante sus pecados”

 

metro-cruces

 

 

El ser humano desafía a la naturaleza: la condena a ser eso que él ha deseado. La justa medida de sus necesidades e ilusiones… la necedad de su pensamiento. Marx recordaba que el capitalismo devoraba la naturaleza: la explotaba y el resultado de la expoliación terminaba en mercaderías ilusorias; meras imágenes de algo que nunca era. El fetiche, esa expresión del deseo inoculado a la mercancía que hace que se pague más allá del valor de su producción para conseguirla, cuya metástasis es el plusvalor, hace que unos y otros devoren el entorno para algún día conseguir otra cosa.

Si el capitalismo es ilusorio, lo es porque ha sabido ocupar el lugar que antaño ocuparon otras formas de pensamiento: la magia, la religión, la historia, etc. Nuestros devaneos por vivir están dados por el hecho de que siempre esperamos que un día la humanidad redima la miseria de mundo a la que ha sido arrojada.  Sin responsabilidad alguna, nos arrojamos a la esperanza vana de que algún día un tercero, lo que sea, llegará para redimirnos de todos nuestros pecados y garantizará una mejor existencia.

Habitamos el circunloquio hegeliano: somos lo que somos y nuestra esperanza es la de un día ser otra cosa; cuando se cumpla la historia, cuando seamos conscientes. Pero nuestra inconsciencia hace que el mundo se pierda en el intento, que los humanos se maten unos a otros en aras de llegar a algún otro sitio…en busca de redención. Y, cada tanto, la promesa cambia: será la ciencia, será la religión, será la historia misma y la evolución humana, etc. En últimas, somos portadores de un testigo que es entregado al abismo. Morimos y renacemos para habitar el mundo de miseria que otros supieron entregarnos. Y así nos resignamos.

A la base de todo esto, yace una estructura de pensamiento particular: creemos que llegará un día en que un ser que encarne todos los sufrimientos de los que somos capaces llegará y nos salvará de la ruina. Ese ser o creencia, llámese ciencia o Jesucristo, arribará a la tierra para recordarnos la verdad que hemos olvidado. Nos dirá que un día fuimos mejores que los pensamientos que nos roen pero olvidamos el sentido fundamental de todo nuestro quehacer. Recobraremos la práctica originaria, el ser-en-el-mundo auténtico, y nos salvaremos una vez más de la barbarie. Ese día, un mediador entre el pensamiento y la técnica llegará, sea el corazón u otra cosa, y hará que el mundo se reconstruya sobre sus ruinas.

O eso es lo que cada tanto pensamos. La estructura del pensamiento teleológico es el vicio primero: la ausencia de autoconsciencia en el abismo del mundo inconsciente. Vivimos lanzados hacia afuera, sujetos a las pasiones y las ilusiones de- dígase mercancía, Dios, etc- que cada tanto ideamos para justificar nuestra desgracia en esta tierra. Ya sea como monos o hijos de la deidad, somos una mancha de sangre en la tierra de otras especies. Y morimos y revivimos y cada tanto mandamos a otros seres a morir definitivamente. En nuestro recuerdo, en la nada de la irresponsabilidad que reconoce que hubo otros como nosotros que fueron los que mataron. Pero nosotros no fuimos; no vivíamos, no tenemos la culpa de haber nacido en este mundo. La carencia de responsabilidad subyacente a la estructura del pensamiento teleológico, arrodillado ante el mundo por-venir, justifica la muerte y la redime. Hace que ella sea un hecho más en la escalera a la salvación.

Sea esa fauna devota de la ciencia y el capital o el irredento asesino que confía en la llegada de Cristo para dejar de matar, se trata de lo mismo: son dos seres arrastrados por el huracán de barbarie. “Metrópolis”, la hermosa película de Fritz Lang, muestra precisamente eso: es el pensamiento teleológico lo que sirve de cimiento de catedrales y fábricas. Creemos superar el mundo, hallar “el corazón” entre el pensamiento y la técnica, entre las manos y la razón que las dirige. Pero morimos. Cada tanto, somos enredos de Dios en las manos de científicos. Otras veces, monos atrapados en la telaraña divina. Pero morimos.

 

 

Fallecemos.

Nos perdemos en

Medio de esto.

Y otros nacen y se levantan y vuelven a morir.

 

Y el huracán sonríe.

 

Doña ciencia ríe,

Y Dios calla

Para no reír.

 

¿Habrá diablo que cuente
Las monedas,
en los bolsillos de la muerte?

 

Calificación: 10 de 10.

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