Poema animal

Guernica Picasso

 

Adiós,
Todo será en otra
Vida.

El viento traerá remanso,
Los pájaros nadarán sobre el mar
De niebla,
Que es el cielo.

Hablarán con nosotros,
Nos incrustarán sus alas:
Trazarán el vuelo para llevarnos
A otra parte,
A otro tiempo,
Lejos de aquí.

Los perros cainarán sobre dos patas
Y pronunciarán nuestro nombre.
Seremos ciegos y sus ladridos
Asegurarán cada paso.

Los gatos, a lo lejos,
Cerciorarán que no nos
Perdamos,
Que cada latido lleve consigo
El camino a casa.

Todo esto será así,
Cuando estemos muertos.
Y en la tierra, siempre a lo lejos,
Los girasoles devuelvan la calma.

Fugitivos en la noche (Roberto Rossellini)

Título original: Era notte a Roma
Año: 1960
Duración: 150 min.
País: Italia
Dirección: Roberto Rossellini
Guion: Roberto Rossellini, Sergio Amidei, Diego Fabbri, Brunello Rondi.
Música: Renzo Rossellini.

Fotografía: Carlo Carlini (B&W).

Reparto: Leo Genn, Giovanna Ralli, Sergei Bondarchuk, Hannes Messemer, Peter Baldwin, Sergio Fantoni, Enrico Maria Salerno, Paolo Stoppa, Renato Salvatori, Laura Betti, Rosalba Neri.

Sinopsis:

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, en una tumultuosa Roma, infestada de nazis, una joven italiana hospeda a tres soldados aliados de tres nacionalidades diferentes: un inglés, un americano y un ruso. Le son confiados por una familia de campesinos, a cuya casa había ido a buscar provisiones. Los tres se ocultan en una buhardilla, y el novio de la muchacha hace amistad con ellos y se arriesga muchas veces para llevarles alimentos. Pero el portero les dice que han de marcharse, y entonces comienzan las peripecias.

Ficha extraída de Filmaffinity: https://www.filmaffinity.com/es/film789620.html

Fugitivos en la noche

 

Hecho por: Andrés Mauricio Cabrera.

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla” (Smith, La teoría de los sentimientos morales, Ed. Alianza, 2012, Pág. 49).

Existe un relato, incrustado en el seno de nuestra cultura, que sirve de preludio a la historia de Rosselini: la torre de Babel. En dicho lugar, todas las lenguas del mundo se entremezclaban, y la incapacidad para comunicarse era tal que las personas apelaban a los reveces de cada gesto para mostrar lo evidente. Y fue así como la humanidad entera se enfrentó a la incomprensión de lo divino, primero que nada, entregándose al balbuceo… a la expresión que no dice nada. Como corolario de la historia, subsistió la creencia de que la humanidad no puede rechazar su esencia; es decir, que no podremos dejar de ser esto que somos: seres de carne y hueso, finitos, atados a las vicisitudes de una vida que no se dirige a ninguna parte. A pesar de Dios. Por honra y beneplácito suyo. Sea dicho que, según el libro, vivimos por y para otra cosa; enraizados en una creencia que nos sobrepasa.

Algo así pareciera sugerir la fábula de Rosselini, para quien el reconocimiento de la humanidad del otro persiste por encima de cualquier bandera, raza e idioma. En “Fugitivos en la noche”, las estrellas cobijan la amistad; sea en mera clave política, como ese aliado al que no asesinaré (C. Schmitt); o como aquel humano que respeto en su integridad tanto física como moral, volcando mis esfuerzos en aras de garantizar su bienestar. La película resalta la vulnerabilidad de sus protagonistas, sobre todo en la apelación a los rostros y la gestualidad en primer plano, sugiriendo al espectador que las palabras no son más que rezagos de una separación artificiosa, convencional; y que, incluso, capaz hubo un día en que todos hablamos una misma lengua…esa que, trastabillante, se alza por encima del murmullo del idioma para suplicar o reafirmar el amor por la existencia. Más allá de las palabras, de su comprensión, habita un ser humano: aferrado a la vida, sepultado por la miseria del mundo, que aún persiste en su propósito de ver los campos bañados por la sangre de desconocidos que empuñaron sus armas contra otros. Sin pretender heroísmo, los personajes de Rossellini comprenden que la guerra, tal como dijo Céline- alguien que supo admirar desde el balcón ajeno el desenlace de la barbarie-, es uno de los espectáculos más estúpidos y carentes de sentido que un hombre puede presenciar.

Un recurso del que se vale Rossellini para manifestar la posibilidad la vulnerabilidad de sus personajes, aparte del primer plano a sus protagonistas cuando de cada uno cuando regurgita su voz, es el de no traducir la lengua de los soldados: el extranjero habla por sus gestos, en la calidez de su expresión. La tierra que nos fue dada es toda aquella que reposa bajo nuestros pies. Respecto a esto último, resulta conmovedor el momento en que el soldado ruso (Sergei Bondarchurk, que aparte de ser un actor consagrado también dirigió obras maestras como la adaptación de “La guerra y la paz”) agradece a sus compañeros de desgracia; al tiempo que a la pareja italiana que los supo esconder de los alemanes. Su rostro, tensionado por las emociones que se amontonan en cada pliegue, desciende y se levanta cada tanto, en el afán por encontrar la palabra precisa en cada uno de los tres idiomas de sus interlocutores (inglés, italiano y, por qué no, ruso. La rusticidad del personaje sugiere no poseer un léxico que abarque la magnitud de los acontecimientos, que lo sobrepasan de manera evidente). Este momento rememora los instantes iniciales de la película, en los que el personaje interpretado por Giovanna Ralli, la propietaria del apartamento en que residen los fugitivos, intenta por todos los medios darse a entender y hacer que ellos huyan lo más pronto posible. En el esplendor de su actuación, bajo la hoguera de las emociones que vienen y van en el afán de la lucha por la vida, la existencia encuentra su lenguaje.

Se encuentra una oración a la orilla de la vida, en el rio del que beben los que sobreviven a la barbarie. Hay un lugar en que el fragor de la batalla sucumbe a la calidez del abrazo. Y allí, en medio de eso, residen todos esos que actúan por deber: a la estela de las estrellas que no dejan de parpadear sobre la planicie de la tierra. Fábula kantiana, alegato por la simpatía: Rossellini ha hecho que ciertos rostros se incrusten en la pupila de sus espectadores. Para no volver. Para no sepultar en un futuro los sueños de los que, por azar y ventura, siembran con fuego los padecimientos y alegrías a los que la vida los ha condenado.

Calificación: 7, 2 de 10.

 

 

“Todo va a estar bien”, de Wim Wenders

Todo va a estar bien

Título original

Everything Will Be Fine (Every Thing Will Be Fine)

Año

2015

Duración

118 min.

País

Alemania

Dirección

Wim Wenders

Guion

Bjørn Olaf Johannessen

Música

Alexandre Desplat

Fotografía

Benoît Debie

Reparto

James Franco, Rachel McAdams, Charlotte Gainsbourg, Marie-Josée Croze, Julia Sarah Stone, Patrick Bauchau, Robert Naylor, Lilah Fitzgerald, Jack Fulton, Peter Stormare

Productora

Co-producción Alemania-Canadá-Noruega; Neue Road Movies

Género

Drama | 3-D (Ficha técnica extraída de IMDB).

 

Todo va a estar bien

Hecho por:
Andrés Mauricio Cabrera Díaz.

 

Un hombre, en el afán por llegar a casa, observa un atardecer tras la densa nieve. Reflexivo, sus pensamientos hilvanan un libro que aún no se ha escrito (“ayer escribí dos páginas”, se repite a sí mismo). En otra esquina del paisaje, un trineo avanza a una velocidad insospechada. A sus hombros, carga a dos niños que poco intuyen el futuro. En una casa, una mujer lee a Faulkner: devora el libro como si no existiese otra posibilidad más que justifique la existencia. Pero sí la hay.

Todos tienen una justificación para vivir.

Con los años, el hombre arrastra la pena de asesinar un niño en medio de un atardecer de densa nieve. Mientras tanto, una mujer incinera el viejo libro que hizo que se retrasase antes de llamar a sus hijos a casa. Las casualidades, como la vida, se surten sin avisar. Y es que cada persona lleva tañida al alma sus preocupaciones y ausencias. En últimas, todo hombre es una isla cuando se le observan de lleno sus pupilas. Carecemos de continente.

A pesar de que todo nos constituye. A pesar de que la vida de unos se vive a pesar de la de otros.

Los años vienen y se van. El hombre mejora su escritura a partir del suceso que derribó su horizonte existencial. Mientras tanto, la mujer- que ya intuyen que es la madre a la que refiero- devora la asistencia divina, llamando constantemente a ese cielo que no contesta, que no escucha los padecimientos de la tierra, mientras su hijo ya es joven y se va haciendo adulto, muriendo. Todos los caminos conducen a ninguna parte. Nadie sonríe. No hay tiempo para risas cuando se arrastra tras de sí una vida que no supo vivirse.

En el interludio de los días, la mujer y el hombre se conocen. El niño, asimismo, lee con fruición las obras de aquel que un día durmió en su casa sin que él lo notase. Mientras tanto, hay algo que se dibuja tras cada palabra y gesto que ellos derraman. Aunque pueda reírse de dientes para afuera, existe un vacío que retumba en cada árbol y rio que desfila en el paisaje. No hay lugar para la tristeza en este mundo. Hay cosas de las que es mejor no hablar. Muchos sabrían decirle a aquel que padece el mundo que se guarde para sí sus sentimientos. Pero, para su desgracia- sea por un tiempo o tras cierta distancia-, esa persona seguirá viviendo; afilando sus ademanes y sonriendo a la nada, esculpiendo en sus ojos la brisa que no llega, la felicidad que no se habita.

Somos, como dijera el poeta, nada. “Somos nada”, y a pesar de eso, “cargamos con nosotros todos los sueños del mundo”.

 

Un hombre descubre a aquel que lo ha acechado en la distancia. Ya no es niño; es hombre. Uno de esos que sufre la piel que carga. Hablan. Se conocen. Un abrazo cierra el pasado y lo reescribe. El desasosiego se transforma en bruma, y el dolor se convierte en suceso asimilado. Ambos lloran, ríen en medio del llanto.

“Todo va a estar bien”, se ha repetido cada uno de ellos en la soledad de las paredes blancas. “Todo va a estar bien”, promulga cualquier persona en la quietud del pensamiento.

Padecemos la tristeza que a cada uno nos constituye. A pesar de la esperanza. Por ella misma.

 

Comentarios sobre la película:

El cine de Wenders se caracteriza por convocar los afectos. Sus imágenes arrastran la gestualidad de cada personaje; siendo la corporalidad de la escena- sea porque la cámara se fije en un árbol, un animal o un humano- aquello que evoca las sensaciones que cabalgan sobre cada una de las palabras que se esgrimen en el transcurso del filme. Sin actores, el cine de Wenders yace desnudo. Esto puede verse, sobre todo, en películas como “Tierra de abundancia” o “El fin de la violencia”. Allí, el afán del director por “captar la realidad” destruye la ilusión misma de la pantalla; provocando que la precariedad actoral sea una constante.

Pero este no es el caso en “Todo va a estar bien”; por el contrario, James Franco se muestra en cierta “calma tranquila” que pareciera rememorar esa “noble serenidad y callada grandeza” que Winckelmann atribuye a los griegos. Aunque su actuación no sea memorable; sobre todo al inicio de la película, cuando el personaje de Franco interactúa con Rachel McAdams y algunos diálogos se sienten forzados y rompen con la soledad del personaje (trayendo de vuelto aquel arquetipo de “Ladies man” que Franco pareciera no poder reprimir), la película va “en crescendo”. Lentamente, Wenders desliza a partir de imágenes-afecto (paisajes tranquilos, vidrios que reflejan rostros resquebrajados, primeros planos al rostro que se eleva a la nada, abrazos en segundo plano que no terminan de darse, etc) una búsqueda constante: ese deambular interior que pretende modificar algo del estado de cosas que se tiene. Esto puede verse en el contrapunto que se da entre la historia de la madre (Charlotte Gainsbourg, a quien se le cree cada palabra y caricia que emana de su personaje) y la de Franco; además de la escena en que Adams se reencuentra con el escritor para, así, cerrar ese ciclo de su vida.

Como en otras de sus películas más vivenciales, como pueden ser “Alicia en las ciudades” y “En el curso del tiempo”, Wenders vuelve a la angustia que roe los corredores de la existencia de cada ser. Si bien en las dos primeras la carga afectiva trascienda la palabra empeñada y los motivos que la suscitan (que muchas veces parecieran ser atmosféricos, propios de esa Alemania que ya no espera nada tras la vergüenza y culpa que produjo la Segunda Guerra; enajenada tras el velo del cine norteamericano y el afán por devorar la cultura estadounidense), la indagación interior que se proyecta al sinsentido exterior es evidente. Aunque en “Todo va a estar bien”, valga decirlo, la carga atmosférica no logra surtirse del todo; dependiendo demasiado de los motivos que roen a cada uno de los personajes. Sea este, tal vez, el principal inconveniente que veo en la película.

Calificación: 5 de 10.