Carritos contra el pavimento

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Me encontraba sentado allí desde hace un par de horas. Enfrente, tenía una pared blanca que se encontraba en directa colisión con una luz nívea que le daba de lleno. De vez en cuando, me veía alzando la cabeza del diario que tenía entre las manos y veía de frente aquel muro infranqueable, tan absolutamente claro que me ardían los ojos nada más al verlo. Si intentaba mirarlo de manera plena,  sentía que una leve mancha negra se iba apoderando de aquella pared hasta el punto de sumergirla en la más absoluta oscuridad. Cuando sentía que aquello iba a ocurrir, intentaba seguir con el crucigrama que estaba completando. Sólo necesitaba distraerme un poco, saber que todo iba a estar bien, que era lo normal que ella se estuviese demorando tanto en ese recinto de mierda. Un niño no viene al mundo en un abrir y cerrar de ojos; antes bien, nacer tiene que ser de las cosas más difíciles que pueden llegar a vivirse. Incluso, podía llegar a ser un evento absolutamente traumático, pues nadie lograba recordar en lo más mínimo nada de lo vivido en ese momento. Capaz que el cuerpo humano se había preparado durante siglos para olvidar todo aquello, al igual que la muerte.

Fumé un poco a escondidas de la enfermera del piso y me levanté de allí.

“Seguro que hay un momento en la vida de todo hombre que es mejor no recordar” Me vi pensando mientras avanzaba por ese pasillo angosto y repleto de camillas y demás instrumentos e insumos médicos. “Quiero decir, pareciera como si hubiese instantes en los que recordar fuese algo absolutamente prohibido”, pensé, mientras me veía hundiendo el botón número 1 de aquel viejo ascensor. No sé por qué era que estaba pensando en algo así, más aún cuando, en cualquier momento, mi niño abriría los ojos en esa pequeña salita en la que se encontraba. Pensé en María, María Ré, mi esposa. Ella había sido la que había tenido la idea de tener al niño. Recuerdo cómo me dijo que un niño sería aquello que nos ayudaría a sobreponernos a la carencia de sentido que experimentábamos con respecto a nuestra relación.

Lo recuerdo perfecto.

– Ale, yo sé que te amo, que aún te amo- me dijo, tras apagar el cigarrillo contra el cenicero de la encimera.

– Yo lo sé, María. Pero siento que, tal vez, ya no deberíamos seguir juntos.- me detuve un instante y la miré directo a los ojos- Siento como si ya hubiésemos vivido muchísimo tiempo, como si ya no nos quedara mucho más para vivir. Como si estuviésemos aguardando el cajón cada uno, ¿Sabes?

Se sentó. Bebió un poco de café y me observó detenidamente con aquellos grandes ojos negros en un gesto que me pareció que oscilaba entre el desprecio y el cariño absolutos.

– ¡Pero si sólo tenemos 30 años! ¿Cómo puedes decir algo así?- gimió.

-Así me siento. Sentí que debía decirlo.

– A veces es bueno tomar un nuevo aire…- contestó luego de beber un poco más de café- No sé, encontrar un nuevo trabajo, irnos a otra ciudad, puede que, incluso…

-¿Incluso?

– Puede que tener un niño nos sirviera. Llevamos demasiado tiempo intentando. El doctor dijo que, tras el tratamiento, era un poco más probable que se logre la fecundación…

-Creo que eso del niño es de las cosas que más nos ha afectado. ¿Sabes? A veces me pregunto cómo es que existe tanto niño que no recibe amor, que es abandonado en basureros, que es golpeado u obligado a trabajar…mierda- Me veía en el reflejo del vidrio de la encimera- Mierda. Nosotros sólo queremos traer a un niño para que sea feliz al mundo- me detuve, buscando las palabras que se adecuaran al peso de esa idea que tanto me corroía- Para que fuese feliz junto a nosotros. ¿No? Sólo de eso se trataba.

Sólo de eso.

Bajé del ascensor y enfilé los pies en dirección a uno de los bares que se encontraban a un par de cuadras de la avenida principal sobre la cual se encontraba el hospital. No importaba cuál fuese. Sólo quería estar allí, leer otro periódico, no pensar demasiado. Tal vez beber un par de Vodkas. De tanto en tanto, alzaba la cabeza para cerciorarme que iba en la dirección correcta. Si bien había visto un par de veces aquellos bares, no sabía si, en efecto, quedaban tan cerca como los recordaba. Caminé…hasta que me vi enfrente de una juguetería. En aquel momento, recordé aquello que María constantemente decía: “faltan demasiadas cosas para atender al bebé. Cosas que iremos comprando de a poco”. Si bien nos habíamos acondicionado lo suficientemente bien para atender al niño una vez naciese, éramos conscientes que aún le faltaban un par de juguetes y, tal vez, un par de prendas más. Decidí ver si había algo a precio decente y fui hacía allí.

-Hola,-me vi diciéndole a una joven rubia de unos 23 años- quisiera ver los juguetes para bebés que tienen aquí.

-Claro, venga por este lado- me dijo para luego dejarme allí solo.

Allí estaba enfrente de todos esos carritos y cajas de cubos para los niños. En la esquina de la estantería, había un par de libros para colorear y unos juegos de herramientas. Todos esos juguetes estaban dentro de sus cajas. Cajas en las que bebés, casi siempre blancos, jugaban y sonreían con profunda alegría. “¿Cómo es que puede uno llegar a sonreír así?” pensé tras intentar seleccionar alguno. “Y todo tan pronto. Como si luego ya no se pudiese seguir así”. Quise un trago. Quise salir de allí y no tener que ver volver al hospital. No quería que María me sonriese con el niño entre los brazos. No quería verlo llorar. No quería verlo sufrir. No quería saber que, en algún momento, ese niño tendría que ser alguien como yo.

Alguien como yo. Vida hija de perra.

Como yo.

Me decanté por un par de carritos y salí de allí en dirección a uno de esos bares. Por momentos, me preguntaba si de verdad esos bares se encontraban en algún sitio cercano. Ya iba siendo necesario tomarse un vodka. Tal vez dos o tres. No sabía bien por qué lo necesitaba, pero veía mis piernas temblar tras cada paso y sentía la necesidad. “Tener un niño debería alegrarme. Debería llenarme de seguridad” me vi susurrando a la espera del cambio del semáforo. “Todos los padres que buscan tener un niño asumen los momentos previos con una sonrisa en la puta cara. Yo debería estar así”.

Tras un par de cuadras, me vi enfrente de un antro pequeño de sillas de plástico en el que sólo tenían cerveza y aguardiente. Decidí comprar una media y una cerveza. El tiempo transcurrió, y no recuerdo demasiado bien en qué momento fue que terminé con aquello. Sólo puedo decir que, de vuelta al hospital, la luna se posaba de frente a mi cara y me señalaba el camino. Miré el reloj de pulsera que tiempo atrás María me había dado. Eran las 7 y 30 de la noche. Presioné el botón y, súbitamente, las puertas se abrieron para escupirme de vuelta a esa pequeña sala de espera de paredes blancas que se hacían negras. Me senté y vi de lleno la bolsa con los carritos. Se veían bien. Tras un breve instante, imaginé al niño reír mientras chocaba esos carritos sobre la mesa de la sala del apartamento. Tal vez María lo regañase, aunque, probablemente, eso no ocurriese. Ambos sonreirían. Serían más felices.

Pensaba en todo ello hasta que, de un momento a otro, una mano se posó súbitamente sobre mi hombro. Subí el rostro. Era un doctor de unos 50 años. De rostro afable, con canas y la piel algo curtida por el paso del tiempo. Sonrió sin demasiado ánimo. Se le veía cansado.

-¿El señor Alejandro Fresneda?- preguntó.

-Sí, ese soy yo.- contesté con torpeza mientras me levantaba de la silla.

-Hicimos lo que pudimos.

-¿Qué ocurrió?

-Hicimos lo que pudimos-repitió-. Fue una operación difícil. Como usted sabe, algunos embarazos llevan consigo ciertas complicaciones. Aunque ese no era el caso de su esposa. Todo parecía bien, no sabemos con certeza qué fue lo que ocurrió…

-¿Intenta decirme que murió?- pregunté.

-Sí…por desgracia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

-¿Y el niño?- articulé tras intentar en vano aclararme la garganta.

-También murió.

Me desplomé sobre una de esas sillas. Aquel viejo decidió sentarse a mi lado y consolarme. Un par de enfermeras vinieron e hicieron lo suyo. Todo esto era una mierda. Pregunté qué era exactamente lo que la había matado, pero nadie parecía tener una respuesta de fondo. Al parecer, el viejo que tenía a mi lado no había sido el cirujano de María. Aquel todavía estaba en la sala de partos.

Me levanté. No sabía qué haría, ni hacía donde iría. Tal vez fuese a ducharme al apartamento. Hace días que no lo hacía. Puede que fuese donde Miguel. La verdad, ya no sabía qué hacer. “Tal vez lo más duro de la muerte era que unos sufrían mientras los otros ya no tenían qué pensar” susurré mientras introducía la llave del carro. “Seguro están mejor”. “Sí, seguro”.

Salí del parqueadero y aceleré por toda la autopista. En algún momento, lancé los carritos contra el pavimento y cerré los ojos. Los sentía despedazarse contra las ruedas, volar y golpear directo contra el parabrisas. Todo se estaba rompiendo y yo sólo podía acelerar. Imaginé los pedazos luego de que yo hubiese pasado por allí, y ya nadie supiese qué era aquello que estaba estrellado de lleno contra el pavimento.