Boy’s don’t cry

Umberto_Boccioni_001

El rápido sonido del bajo se escurre por el cuarto. Veo hacía el techo. Bajo la cabeza, volteo. Me quedo en la ventana. No hay nadie caminando. Nadie ha decidido volver a caminar. Desde hace días, me pregunto por el blanco de las paredes, por su significado. Por el trinar de los autos y el cansancio de los niños. Desde hace días que no quiero salir de casa. Desde hace días estoy aquí, pensando en el blanco, deteniéndome con cada rugido del televisor. Nadie ha vuelto a preguntar por mí. Desde hace tiempo, desde hace una infinidad de tiempo. Y no sé si siquiera quiero volver a hablar con alguien.

De vez en cuando, pienso en mamá. Me pregunto si estará bien. Me pregunto si querrá volver a saber de mí. Lo pienso mientras me detengo en tiernas imágenes de la niñez: los días felices, los sueños que surgieron para romperse luego, en la tierna soledad de la adultez. Ahora, me encuentro en un cuarto de paredes blancas escuchando The Cure. Es lo único que oigo desde hace un par de meses. Es lo único que tolero, aparte del ruido de la gente que se filtra sin preguntar por las paredes del apartamento. “The Cure, ¿La cura? ¿Cura para qué?” me he preguntado un par de veces. Bueno, debo decir que me pregunto eso todo el tiempo. La música es la cura para los días infelices.

Y yo me siento así desde hace un buen tiempo: desde toda una vida y para todos los días que quedan por venir.

I

He querido preguntarle a mi hermano por el significado de sus 36 años: “¿Qué tal ha sido vivir todo ese tiempo? ¿Qué ha logrado tras aguantar todo? ¿Cuántas vidas alcanzan a vivirse en 36 miserables idas y venidas?”, lo he pensado. Además, quisiera saber si es feliz. No sé si la gente es feliz. Creo que mamá es feliz…creo que sí. O, siquiera, lo aparenta muy bien. Su vida es la columna vertebral de toda una familia que no quiere escucharse los 24 y 31 de diciembre. Una familia cuyos lazos son tan aparentes como las gotas que veo caer derecho contra la ventana. De papá poco puedo decir: creo que la felicidad ya no es un valor en su vida. Eso sí, no por ello podría decir que es infeliz. Sencillamente, la felicidad ya no es una preocupación que guíe el resto de su vida: se está vivo, y ya está. Y hay gente que come de su trabajo. Como yo, su hijo.

He querido preguntarles todo eso. Y no sé muy bien por qué. Me intriga en sobremanera la gente que puede vivir demasiado tiempo, esa gente que espera seguir con vida en el fin de los tiempos. Parecieran no querer despertarse, y seguir así.

Mientras tanto, me alisto para salir de casa. No he querido salir en varios días…me cuesta saber que tendré que ver más personas. Los imagino saltando, esquivando los huecos de las calles, hablando por sus celulares y preguntándose por cuál será la razón última de sus vidas: esa razón que se extingue y se renueva tras cada fin de semana que pasa. Pero no somos diferentes; ellos y yo. Somos demasiado parecidos. Todos agotamos hasta el último suspiro de vida aguantando que llegue el momento en que habrá silencio absoluto, en que nadie tendrá que pronunciar palabra y los sonidos que salgan de las bocas no tengan un sentido, ni significado. He soñado con el día en que mis palabras sean pura expresión, puro deseo de vida, sin nada más que pueda llegar a entenderse de ellas. He soñado con el día en que mis gestos hablen más que el lento callar de los sonidos en busca de los aullidos necesarios, superficiales, que confieren un sentido.

Desde hace días que siento que hablar pierde todo significado: la gente es exigua, y mi vida no tiene nada relevante. Vivo y aguanto la semana…la aguanto como puedo, suspirando de vez en cuando y mirando con frecuencia a las blancas paredes. Todo es demasiado níveo en la sociedad de los deseos vacuos. Todo es demasiado níveo cuando no se tiene un deseo diferente a ver de lleno la luz.

II

Salir de casa implica saber que habrá gente que querrá entablar una conversación. Ante el más mínimo gesto de vida, las personas se abalanzan las unas sobre las otras en busca de algún gesto de cordialidad que los haga sentir menos solitarios. Pienso en ello mientras veo de lejos a Catherine. No nos habíamos visto desde hace unos tres años. Tiene un gabán negro y se ha pintado el cabello de rojo. Mientras se acerca, me mira de lleno a los ojos, esbozando una sonrisa con cada paso que apunta hacia mi dirección.

De repente, la tengo enfrente y no deseo hablar con ella.

-¿¡Mauricio?!- afirma con fuerza.-¿Eres tú? ¡Cuánto tiempo!

-Sí…soy yo. Desde hace un buen tiempo que no te veía- le respondo tras esbozar un intento de sonrisa.

-¿Cómo va todo? ¿Ya eres abogado? ¿Al fin te dedicaste a la filosofía?- pregunta mientras cuestiona su alrededor en un gesto de sorpresa- ¡Ojalá todo esté bien!

-Sí, todo está bien. Todo está bien…-respondo, intentando calcular una pregunta cuya respuesta no sea demasiado larga…demasiado precisa- ahí sigo, intentando salir de todo.

-¿Qué es salir de todo? ¡Ya deberías ser abogado! De Filosofía ni te pregunto. Eso era lo que te gustaba.

-Sí, sí. Al final logré salir de ambas carreras. Me demoré más intentando sacar todas las mierdas de derecho. Como que entre más estúpidas son las cosas, más cuestan al final.

-No tiene por qué ser así. -contesta, pensando cada palabra- De algo tiene puede llegar a servir.

-¿Y tú? ¿Qué haces ahora?- digo rápidamente, evadiendo cualquier posible respuesta demasiado personal.

– Nada…nada raro.

Se mira directamente a los zapatos por un momento cercano a un minuto. Sube la cabeza y me mira de lleno. Está triste. Sé que lo está. Cada uno de sus gestos apunta a aquel dolor que se cuela directamente en los huesos, ese dolor que se quiebra en las noches y no desea ser escuchado por nadie. El dolor de los que han vivido y desean estar muertos. El dolor de la sensatez.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen día y prometernos volver a vernos.

Aspiro que no sea así.

III

Camino un par de calles en busca del bus que me dejará en la universidad. Debo presentar un adelanto de tesis, discutir un par de problemas…saber si me graduaré o perderé seis años de mi vida. Seis años que se fueron demasiado rápido y que cada vez tienen menos importancia. Seis años que deberían aprovecharse para estar mejor “calificado”. “¿A quién mierda le importa eso?”, pienso mientras veo cómo el bus pasa frente a mis ojos sin detenerse. “¿A quién putas le importa estar calificado?”, vuelvo a preguntarme. La respuesta es demasiado clara, pero no quiero soltarla demasiado alto. No quiero que nadie me oiga…no quiero sentir el frío de las palabras.  La respuesta es sencilla: “A cualquiera que quiera vivir”.

“A cualquiera que pretenda vivir”, repito. Lo siento en cada uno de los huesos del cuerpo, y me lamo los labios para no tener qué pensar demasiado en ello. Me detengo en la gente, en sus gestos extraviados y en cada una de las miradas perdidas que lanzan de lleno contra el rostro del otro. En algún momento, creí que los ojos de la gente significaban algo; que sus vidas no eran tan tristes y vacías como la mía, y que, en algún momento, yo también podría ser feliz. Los miraba sonreír frente a las pantallas de sus celulares…sonreír ante el más mínimo gesto que un extraño hiciese. Con el tiempo, me detuve en la comisura de sus labios: en aquel pequeño recinto en que la violencia de lo vivido se hace tangible, y entendí que todos eran unos farsantes a quienes su vida les parecía lamentable.

“Nadie es feliz”, tarareo mientras veo de lleno en la cara de un niño moreno de unos trece años. “Y, sin embargo, todos pretenden serlo”. Con el tiempo, aprendí a fingir mis más sinceros sentimientos hasta el punto de ya no querer reconocerlos. He sido feliz mientras he sentido el vacío.

El niño al que veía desvía su mirada. Se detiene un gran aviso de neón rojo cuyo slogan pareciera querer decir algo para nadie y para todos: “Abierto las 24 horas. Pase y diviértase con lo mejor de Chapinero”. Mujeres salen de aquel sitio seguidas de hombres demasiado gordos y cansados.  se miran en señal de asentimiento: cada uno lo sabe. Todos terminan por entenderlo.

Una de esas mujeres me sonríe. Me dice que me baje, que en Chapinero la gente termina por sentirse “bien”. Veo sus labios: movimientos exacerbados por el perico. No quiero hablar con ellas. Deseo estar en casa.

No entiendo qué quiere decir con estar bien.

IV

Me veo enfrente de la universidad y, rápidamente, presionó el botón para salir del bus. “Hijo de perra”, dice alguien a mi lado. Salgo y no volteo a mirar. Camino un par de calles que señalan cada uno de mis pasos. “Mierda…demasiado tiempo pasando por aquí”, pienso mientras miro hacia todos los lados. La gente corre distraída, esperando a que algo pase. Todos parecen sentirse “calificados” para vivir así. Todo parece estar demasiado bien sin mí. Giro a la derecha, esperando no tener que volver a ver la universidad. Esperando que nunca más ese edificio siga allí.

Al cumplir los diecisiete, sentía que podía tragarme el mundo y que todo lo que quisiese se haría realidad. A los veinticinco, ya me encontraba demasiado cansado como para poder afrontar el destino de una prescindible vida “calificada”. Los papeles se habían invertido, y ya no quería saber sobre mis posibilidades y las de los demás. Quería escuchar The Cure, beber y ver directamente el blanco de la pared. Me jodía tener que estar allí. Me jodía saber que me había preparado siete años para toda una vida. Me dolía saber que no habían sido las mejores decisiones. Lamenté tener que verme allí, hablando con la gente, sonriendo a la nada y esperando asentimiento. “Quiero estar en casa”, dije. “No quiero volver aquí”.

VI

The Cure. La pared. La gente. Mamá, papá, mi hermano, mis amigos, Catherine/filosofía/derecho/universidad. The Cure.

Veo el blanco de la pared y reconstruyo los pedazos de algo que se ha caído en el suelo de madera. Siento leves cortadas en los dedos. Subo la cabeza. No quiero llorar, pero no hay nada que me incite a desear lo contrario. Siento los pies bañarse de lleno en algún tipo de espuma. No quiero llorar. No deseo seguir aquí. Me veo escribiendo de lleno contra una hoja, sin distinguir demasiado bien qué quiere decir cada una de las palabras que están allí. Escribo…escribo. Escribo a la velocidad que puedo, intentando que todo salga bien. Que algo cambie al salir de aquí.

“Mientras todo se quiebra
Y ya no pretendo ser feliz”.

Leo. Releo. Escribo de vuelta cada palabra. “Diría que estoy apenado, si eso te hiciese cambiar de  opinión” gime una mala traducción de Boy’s don’t cry, la mierda que suena justo mientras el viento golpea de lleno en la ventana, y los pensamientos de un día pretenden ser silenciados cuando ya nada puede estar mejor.

Y, muy de vez en cuando, alguien me dice que sea feliz. Agacho la cabeza. Sólo queda sonreír.

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