Quince minutos

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Llevo un par de minutos viéndome frente al espejo. Unos quince minutos…sí, quince minutos. O tal vez un poco más. Llevo suspendido frente al espejo y no encuentro palabra alguna. Las manos tiemblan sobre la madera de la cómoda del baño, y los dientes rechinan sin acorde ni constancia. De vez en cuando, siento que las lágrimas se me diluyen detrás de los ojos, aunque no entiendo a qué se debe: no me siento mal. No tengo por qué sentirme mal. He llevado una vida tranquila durante bastantes años. Una vida tranquila…mientras los dedos tiemblan en un lapso de quince minutos. Quince minutos en que la mirada ha estado totalmente perdida frente al espejo. Quince minutos…quince minutos que no han dejado de transcurrir. El tiempo que se ha ido congelando…congelando mientras sigo viéndome en el espejo.

No entiendo lo que pasa.

Toda mi vida ha sido fructífera. He logrado lo que he querido: nací para ganar, para robarle risas a las lámparas furiosas que me alumbraban en la cara en las noches de insomnio, para atosigarme de todos los triunfos que un empresario con mi ambición podría llegar a ganar. He logrado lo que he querido. Lo he logrado…pero algo no ha salido del todo bien.

Mi nombre es Juan, Juan Fernando Cañizares Giarde. Me críe en medio de todas las comodidades posibles. En medio de todo lo que era considerado como lo “mejor”. Mis padres eran dos inmigrantes: el viejo, español de pura cepa, recio y fuerte. Trabajador empedernido. Mi madre, bueno…mi madre, vivía mejor que todos. Vivía ebria de risa, alegre de vino y dispuesta a lo que fuese. Nada le importaba. Se suicidó cuando tenía veinticinco años. Se suicidó como cualquier italiano que ya no quiere saber nada más de espaguetis.

Hoy en día, siento las manos temblar con el peso del tiempo. Siento el aire cargado. Fumo cigarrillos que se esparcen por la habitación, cigarrillos que no parecen llegar a nada. Veo las boronas de nicotina y alquitrán deshacerse sobre la almohada…las veo, y me pregunto si no debería beber un trago más. No quiero seguir viéndome en el espejo. No quiero ver el humo perderse entre los rincones del cuarto. Quisiera que la almohada se incendiase. Preferiría no tener que ver las líneas sobre el vidrio. Quisiera no vivir la vida que estoy viviendo.

¿Qué mierda pasa?

¿Qué mierda está pasando?

¿Qué estoy haciendo aquí?

Las palabras se me quedan estampadas contra el espejo. El mismo espejo que vengo viendo desde hace quince minutos. No encuentro causa alguna para verme así. Pero sólo siento que Daniela Garay tiene la culpa. Daniela y yo fuimos amigos durante varios años. Incluso, habíamos sido compañeros anteriormente en la universidad y en nuestro primer trabajo. Al comienzo, poco hablábamos: sentíamos que ninguno tenía algo para decirle al otro. O, al menos, eso fue lo que ella me dijo, y yo sólo atiné a corroborar su relato. Siempre esperábamos a que el otro saliese de la habitación en la que nos encontrábamos: luego de las clases en la facultad, luego del trabajo. Esperábamos a que el otro saliese para no tener que hablarnos. Esto lo sé porque ella atinó a decirlo. Yo, como siempre supe hacer inconscientemente, asentí sin mayores reparos. Con el tiempo, ya en las reuniones y eventos de “integración” de la empresa en la que trabajábamos, Daniela y yo hablamos muchísimo más que lo que lo habíamos hecho en años anteriores. Supe, en medio de una de las borracheras más bestiales que sólo un jefe hijo de perra puede llegar a costear, que ella odiaba su vida: su trabajo le parecía una mierda, su vida, una mentira. Sentía que había vivido todos los días enfrascada en algo que le había robado el tiempo. Se sentía vieja, machacada por las aspiraciones de una vida que había sido planeada sin que se le hubiese consultado al respecto. Se sentía una mierda. Así me lo dijo.

Yo sólo asentí.

-Todo esto es una porquería- me había dicho, tras tomar un largo vaso de tequila- todo esto es una mierda. Toda esta gente aquí, aparentando sonreír. Aparentando quererse los unos a los otros. Sonriendo en las perras fotos. Todos se odian. Todos quisieran matar al que está arriba de ellos en el escalafón. Quieren su lugar. Desean llevar sus vidas. Desean escalar y escalar, hasta un techo que desconocen y que no han asimilado como verdaderamente propio. ¿Me entiendes? Odio a todos estos hipócritas.

-No creo que las cosas sean tan catastróficas como las narras- le dije, meditando sobre si servir más licor o beberme el sorbo tibio que tenía servido desde hace tiempo- la gente siempre ha sido así. Siempre ha querido vivir mejor…a costa de lo que sea.

-No es tan fácil como eso. No es tan sólo el hecho de pensar: “¡Quisiera vivir mejor! ¡Quisiera tener una vida mejor!” No, no es tan sencillo como eso.- y mientras hablaba, podía seguir sus ojos por toda la habitación. Buscaba algún sitio en el cual reposarlos, en el cual encontrar cierto silencio que tanto esperaba- En realidad, la gente espera ver mal a los otros. Les jode saber que hay que luchar por algo a lo que todo el resto de las personas aspira. Todo es demencial.

Tras el cruce de palabras, bailamos y bebimos un par de trago más. Al ver que la gente se iba despidiendo, decidimos coger un taxi juntos. Al llegar a su casa, nos despedimos con un beso en la boca. Fue rápido, fugaz, casi como una foto que ha salido borrosa, que no merece ser vista de nuevo. Nos despedimos de esa manera, y la pude ver entrar a su casa. Algo me decía que no volveríamos a hablar. Que aquello había sido un “hasta luego”. Sabía que ella quería irse de la empresa. Conocía de un par de propuestas que le habían llegado. Ya poco valía cuestionarse sobre las posibilidades ” a futuro”.

Tras abrir la puerta de mi apartamento, sentí la gélida luz blanca de las farolas  golpearme directo a la cara. Casi como un haz de luz que reclamaba mi presencia. Me quité la ropa rápidamente, y me senté sobre el sofá de la sala. Era el viejo sofá de la familia: el mismo viejo sofá que estaba destinado a ser regalado al “hijo que ha dejado la casa”. Prendí una vela. Crucé un par de líneas sobre el vidrio de la mesa que tenía enfrente. Esnifé con fuerza. Sentí un bajón…un bajón como ninguno que hubiese tenido antes. No percibí fuerza en mis músculos, ni calor en la sangre. No sentí el sabor amargo en la garganta, ni el sudor corriendo por debajo del cabello. No sentí una mierda. Sólo pude mirar las estalactitas de luz que se quebraban contra la ventana del apartamento. Quise salir…quise escuchar algo diferente a mi respiración. Estaba solo. Y no deseaba encontrarme en ningún sitio en especial. Sobre la mesa, podía ver un poco de sangre con flemasobre el polvo blanco. Era de un verde rojizo, cristalino…tan cristalino que podía ver el suelo detrás del vidrio. Aquella masa se disgregaba sin ningún propósito, sin destino alguno.

Tomé unos cinco vasos de agua, y decidí acostarme en la cama. Dormí como si nada hubiese pasado.

Los días siguieron, y en algún punto dejé de ver a Daniela en la oficina. Su puesto, anteriormente decorado con imitaciones de Hopper y colores grises, se veía ahora  teñido de colores pastel y fotos de niños en pañales. La nueva “colega” de piso, Alejandra Fonseca, era una vieja cuarentona que poco y nada tenía que decir. Se limitaba tan sólo a cumplir con las órdenes que le eran encomendadas y, sobre todo, a asentir con la cabeza. Su vida era un constante “sí, señor”. Al verla, sólo podía agachar mi cabeza y asentir. Sólo podía asentir.

Tras preguntar por Daniela, varias compañeras manifestaron no saber nada de ella. Incluso Carmen Alicia, su mejor amiga del trabajo, reconoció que ambas habían perdido bastante trato desde hace días. Tan sólo habían hablado un par de palabras sin demasiado sentido, cosas como: “¿Cómo estás? ¿Qué has hecho?” y no mucho más.  Afirmó que, tras haberla visitado en varias ocasiones, nunca había encontrado respuesta al timbre. Aunque sabía, por lo que la misma Daniela le había contado en esos días, que su estado no era el mejor posible.

Ahí fue cuando decidí ir a buscarla esa misma noche. De seguro la encontraría en casa.

Tras varios golpes sin resultado, decidí colarme por una ventana cercana. Nada más al entrar a la sala, sentí un leve aroma a incienso y marihuana. La televisión estaba encendida. Sabía por la música que tenía que ser “Paris, Texas”, la película de Wenders. Casi que podía ver la cara de Harry Dean Stanton apuntándome directo a los ojos. No quise ver el televisor. Iba demasiado jodido como para pretender mirar aquellos negros puntos fijos. Sentí miedo…no debía estar allí. Quise salir corriendo, atravesar la ciudad y perderme en algún momento. Amanecer muerto. No volver a ningún sitio que me hubiese conocido. Huir de lo que había construido, de todo eso que podía dar muestras de mis rastros por la vida. Temí volver a ver las viejas muescas sobre la tierra: ya no tenían demasiado para decirme, aparte del hecho de que ya no me pertenecían. Pero ya estaba allí, y sólo tenía que avanzar por aquel pasillo angosto junto a la cocina para estar en el cuarto de Daniela. No sabía por qué mierda me encontraba allí. Pero me sentía jodido…y no quería terminar de joderlo todo. Ya no tenía mucho para perder.

Corrí por el pasillo, hasta que volteé justo una puerta antes de la habitación, y me vi frente al espejo del baño. Este puto espejo que me ha tenido quince minutos viéndome directo a los ojos. Escuchando de fondo a Stanton. Sintiendo la guitarra de Cooder perforar hasta el último resquicio de mi consciencia. Me sentía caminando por ese desierto de Texas que no conozco, pero que puedo sentir tras el leve almizcle que suelta la hierba. “¿Qué pasa con Daniela? ¿¡Por qué mierda vine aquí!?”, me preguntaba, sin atreverme a dar respuesta. Había querido mirar de lleno en los ojos a alguien que había visto las cosas por mí. Lo había entendido todo. Aún tenía muchísimas cosas para decir.

Sólo quería hablar. Hablar, y que ella nunca supiese que yo estaba allí. Que hablaba conmigo, que hablábamos sobre ella, sobre mí. Sobre el pasado y el futuro, esquivando siempre el presente. Me acerqué de frente al espejo. El frío del reflejo se me vino de lleno a la cara. Dibujé un par de palabras que no tenían por qué estar allí, ni en ningún sitio. Las dibujé con tiza blanca. Como los niños cuando no saben qué hacer frente al tablero verde.

Apagué el televisor. No quería saber nada de Wenders. No quería saber nada de gente que corre por la vida sin saber para dónde va, buscando el pasado y el futuro, desconociendo su presente. Hablando como extraño. Buscando a los extraños entre las caras conocidas. No quería perder la cercanía con mi vida. Yo soy Juan Fernando, y nunca me faltó nada. Lo he tenido todo. Todavía…lo tengo todo.

Pum. Pum. Pum.

Pum

Pum

Pum

Podía sentir el ruido colarse desde algún sitio. Caminé por todo el apartamento, hasta darme cuenta de que aquel retumbar similar a un bajo provenía del cuarto de Daniela. Golpeé. Grité un par de veces. “¡Daniela!” “¡Daniela!”, y nunca encontré respuesta. Sentía la guitarra de Cooder. Podía ver los ojos de Stanton en ese espejo. Retrocedí un par de pasos. Dibujé un par de letras más que no tenían por qué decir algo: “Aquí, ni en ninguna parte. Ni en ningún lugar. Ni en ningún pasado, ni presente. Sólo aquí, solos, aquí. De frente y sin reconocernos”.

Leí el mensaje en tiza blanca. Esnifé las esquinas de la letra “A”. No quería que no quedase claro el lugar. Que no supieras donde encontrarme.

Pum

Pum…