Vacuidad

grosz

“¿Te has despertado sabiendo
Que habrás de morir?
¿ Te has despertado queriendo
Cerrar los ojos?”
Me pregunto,
Sé que no tengo tiempo
Para contestarlo.

Los esfuerzos del h0mbre
Son los dolores de niño.
Los lamentos de la mañana
Son los placeres de la noche.
Nada tiene sentido,
Nada.
Tan sólo volver a sí,
Sí mismo
y querer dormir
Hasta que ardan los días.

Las metas de hoy
Son las frustraciones de mañana.
Vivo queriendo lo que no soy
Para luego odiarme con más fuerza.
Las bebidas de hoy,
Son los vómitos de mañana.

Nada tiene sentido,
Nada.

El hombre que esto escribe,
se arrepiente con el tiempo,
Con el roce de la vida.
Vuelve a las palabras,
A estas,
Para reírse,
Arrancarse la cara
A carcajadas.

Lo que he sido
Es la muerte de lo que fui.
Es lo poco que queda.

He matado a mi madre a los 23,
La he amado a los 15.
Mi viejo me odia desde los 17
Sé que aún me desprecia.
Mi hermano me quiso a todo momento,
A mi hermana no la veo hace 4 años.
No me he visto al espejo desde hace tiempo,
Temo verme como antes,
O como ese que escribe esto.

Temo verme como lo que soy,
O lo que he sido.
Nada tiene sentido,
Nada.

¿Me habré querido en algún momento?
¿He sentido calor ante mi sonrisa?
¿He creído en mis palabras
Una vez lanzadas?
¿He mantenido la calma
Al cerrar los ojos?

No he podido con nada
No he ganado desde hace tiempo.
A los 24 he logrado poco menos que a los 15.

Andrés Mauricio no me dice nada.
Cabrera Díaz es una pared que debería ser puerta.

El reto del tiempo
Es la permanencia.
Aguantar al cerrar los ojos
Prender las luces al salir,
Hacer lo que sea por volver.
Hacer lo que sea…
Por nada.

 

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El sonido de mis pasos

KIRCHNER AUTORETRATO CON MUCHACHAS 1914-15.EXPRESIONISMO

Cada vez que miro para atrás
La gente sigue con sus saltos
Y en los andenes,
Los pasos no retumban.

Cada vez que miro para atrás
La gente acelera,
Se siente el quiebre de sus piernas
Mientras perros orinan en las esquinas
Y alguien se detiene al pasar.

Cada vez que miro para atrás
Los pasos se apretujan sobre la baldosa
Y de vez en cuando una se levanta
escurre agua por los lados,
Como sangre a presión
Como saliva entre la risa
Como un abrazo de madre
Como el beso de un muerto
Como el lamido del perro
Como alguien que grita
Para no ser oído.

Cada vez que miro para atrás
me detengo en mis pasos,
miro hacia el suelo
Busco no quebrar las baldosas,
Que sustentan mi camino…
No quiero temblar.

Cuando miro para atrás
Y no hay nadie que me vea
(Nadie que me oiga)
Me detengo en el sonido de mis pasos
En el quiebre de mis hojas.

Dicen de dónde vengo
Saben adonde habré ido,
Se precipitan a la muerte
Me entregan un latido.

Sigo caminando
Recostándome a mis espaldas
Para no escuchar el ruido.

No sabía de qué estábamos hablando

Railroad Sunset Edward Hopper

Llevaba un buen rato hablando con mi padre y no sabía aún de qué estábamos hablando. Sus palabras se entrecortaban nada más al salir de la boca y, de vez en cuando, un grito llegaba desde afuera, anunciando alguna cosa que no tenía muy clara. Igual, era noche de viernes, y la gente va gritando sin más por la calle. Pero sí, llevaba un buen rato hablando con mi viejo, y no habíamos llegado a nada de mérito.

-Hijo, hijo…ponme atención- me dijo, tras moverme el hombre para que me levantara.

-¿Ah?

– Ponme atención, hijo. Hemos tenido nuestros problemas, pero…pero…ya sabes, todo se va a solucionar.

-Sí, claro, papá.

-Todo se soluciona. El problema es esa música que oyes, hijo…hijo, sí, esa música.

-La música no tiene ningún problema, papá.

– Claro que lo tiene. Suena demasiado… no sé, duro- Y mientras me iba sirviendo un poco más de ese viejo aguardiente añejado por el peso de los años.- Te pone intranquilo.

– Estoy cansado, viejo. Estoy tan jodido que ya no quiero seguir tranquilo.

Tras varias horas de diálogo, habíamos llegado al mismo monólogo etílico de todas las veces. No nos gustaba lo que veíamos. No nos gustaba saber que teníamos que convivir con alguien tan cercano, pero, a la vez, tan repudiable. Papá se estaba haciendo viejo….y yo, bueno, yo me estaba haciendo un zángano. Tenía veinticuatro años, y poco había hecho por mi vida. Aún seguía siendo un mantenido, con todo y que me esforzaba por labrar un buen camino.

-El problema es, y fue, esa música, hijo. Antes parecías más tranquilo, más calmado…ahora, no, ya no, ya no tienes esa calma. Estás jodido por esa música.

-El problema  no es de la música, papá.

-Sí lo es- dijo, tras interrumpirme y mandar  un largo vaso de aguardiente directo al estómago- lo es. Es esa música que no dice nada, esa música que está tan lejos…

-¿Lejos de qué?- le dije, y me arrimé un poco hacia la botella. Ya quedaba poco para pararme e irme.

-Lejos de lo que importa. Esa música fue la que te jodió la vida, hijo. Fue el comienzo de todo.- dijo, y en sus ojos se empezaba a vislumbrar el goteo de las lágrimas pasadas.

Todo nos había sido difícil. Si bien yo había rendido lo suficiente como hijo, siempre fui aquello que no se esperaba. Mis pasos habían sido zancadas directas al abismo o, al menos, así habían sido vistos por mis viejos. Me empecinaba por caminar en sentido contrario: batiéndome contra las paredes y tapándome la boca para no gritar. Pero el tiempo me había jugado un ultimátum: ya me quedaba poco para seguir así, para seguir siendo el mismo de todos estos años pasados. Ya tenía la edad suficiente como para hacer algo por mi propia cuenta. Lo sabía…lo sé. Y quisiera no tener que tomar decisiones en otra hoja en blanco. Ya duele suficiente tener que pasar de página.

Me despedí del viejo, y salí directo a la calle. Allí había lo mismo de siempre: gente que bebía en las viejas tiendas de mesas plásticas que habían sobre la avenida principal del barrio; mujeres esperando taxis hacia algún destino que no me incluía a mí, y que, de seguro, les traería de vuelta a sus casas tras varios días; autos con la música a tope, como si no importase nada más que lo que había dentro de ellos. Caminé. Caminé sin más que el peso de mi cuerpo y un par de lagañas que se me metían en los ojos y me hacían lagrimear.

-¡Miguel! ¡¿Qué haces?! ¡Vamos a hacer algo, imbécil!- gritó Francisco. Él había sido un viejo amigo de toda la vida: compañeros de colegio, compañeros de licor, compañeros de hazañas y de banda. Habíamos sido lo poco que quisimos ser. Pero, eso sí, Francisco sabía llevarlo con mucha más dignidad que yo. Sabía que había jugado sus cartas…que todo lo que había pasado en su vida, había sido suyo, siempre, a todo momento, como si nada ni nadie más importase. Su vida era suya…y sus ojos daban fe de ello. Brillaban entre más oscura estuviese la calle.

-Nada, Pacho. Acabo de salir de la casa. El viejo andaba diciendo un sermón de esos que no se le entiende nada. “El problema es esa música”, y mierda de esa. No sé qué mierda tendrá en contra del Hard-Rock, pero lo nombra a todo momento, como si vivir fuese cuestión de la música que se oye, mierda…

-Jajaja, ¡Pobre marica!, el Hard-Rock no es un problema. Pero no, tu problema es seguir en esa casa. Jugando a sus juegos de viejo acomodado. Deberías venirte para la calle. Acá se pasa mejor…

Miguel llevaba un buen tiempo viviendo de trabajos miserables. Tras fracasar en varias carreras y diferentes universidades, decidió largarse de la casa e intentar vivir de manera tranquila. De vez en cuando, pasaba por su casa  y hablaba con sus viejos. Era su prueba: ir a donde los viejos, verles la cara, ver la alacena, ver su antiguo cuarto. Luego, sólo se despedía gritando al cerrar la reja metálica de la casa: “No me verán volver, al menos no a vivir”. Su prueba era hasta que la muerte le llegase a alguno de los dos bandos: él o sus viejos. Y a ellos no les quedaba mucho.

-Hasta luego, Francisco- le dije, y sin más, decidí seguir caminando.

-Pero si apenas nos vemos, eh, Miguelín. Todavía podemos coger una buena juerga…

-No, hoy no.

Nos despedimos. Me costaba ver a alguien que podía tirar su pasado a la caneca para luego ir a retarlo, hacerle fieros, reírsele aún con miedo en la cara. Francisco, ese que antes podía correr sin miedo, ahora volvía a casa de vez en cuando…esperando, aguardando a que pasase algo. Estaba jodido de miedo, y sólo por eso, gritaba tan alto que los oídos de cualquiera no podían aguantarlo.

Neiva era una ciudad pequeña. Demasiado pequeña…angosta, llena de calles sin salida y luces intermitentes. Neiva era lo que había tenido toda mi vida, y luego había desechado nada más al irme a Bogotá. Lo que había amado con furia, ahora era tan sólo un apéndice, un pie de página en una vida que ya no tenía un sitio al cual llamar “casa”. Me fastidiaba su gente, tan conforme con cualquier mierda que se atravesase. Me jodía ver a mis antiguas amigas, con esos ojos atiborrados de maquillaje, y las sonrisas quebradas. Habían visto demasiado, y yo me había perdido en algún momento para ser tan sólo un pie de página en su pasado. Me jodía ver a mis viejos…cansados, jodidos, asustados de la vida que habían escogido y de lo poco que habían fallado. Creían saberlo todo, mas no sabían nada. Siempre creí que los viejos aprendían con los años… que la vida dejaba sus cicatrices, y que ya no bastaba con verlas para saber que se había vivido. Pero ellos las habían olvidado, y ahora se embadurnaban de crema para no dejar ver los años.

Caminaba. Sentía como los pasos se agujereaban sobre el cemento caliente. La gente empezaba a andar más rápido: hacia sus casas, hacia las fiestas…camino a lo mismo de todos los viernes, para luego volver a hacer lo mismo de todos los lunes. Con los años, la vida se iba haciendo la repetición de los días, y de las noches, y en las tardes se sentía la angustia, pues cada vez dormíamos más temprano. Hijos de puta…

Hijos de puta…

Había llegado al mirador de la Gaitana. Ahí estaba. En medio de una luz cansada por el peso de la noche. Olí unos buenos porros… y quise estar lejos, a pesar de sentirme tranquilo bajo ese aroma. Aquel no era un buen sitio para estar a esa hora.

-Pfff…….Pffff……… Uhj.

-¿Hmm?- Y miré hacía todas partes.

-¿Migue? ¿Miguelín? ¿Qué hace por acá, huevón?- y el aliento a mata golpeaba directo a la cara.

-Diego, ¿Pegándolo tan temprano?

-Nunca es tarde, Miguelín. Nunca es tarde…

Diego había sido el guitarrista de la banda que tuve hace varios años. La rompía…casi que podía sentirse miedo de escuchar sus acordes. La velocidad de sus dedos, de sus ojos, se había ido perdiendo con el tiempo. En algún punto, vendió su guitarra y decidió dedicarse de lleno a ingerir lo que fuese. Luego dejó la casa. Había robado demasiado como para seguir viviendo tranquilo.

-¿Qué hace acá?- Volvió a preguntar.

-Ni mierda… no sabía de qué estaba hablando con el viejo, y luego no supe cómo llegué aquí- contesté.

-Es mejor no hablar, marica. Es mejor no hablar. Termina uno por sentir dolor de las palabras…

– No sé, parce. No sé. Yo a veces creo que el problema es uno, y que los demás están muy bien, bastante bien. Tan bien que pueden vivir tranquilos y acostarse a dormir sin preguntarse vaina alguna.

-Los de nuestra generación quedamos jodidos, ¿No?, terminamos por ser lo que no habíamos querido- y las esquirlas del porro parecían querer hallar combustión en el asfalto.

– Terminamos…¡Uff! Esa palabra sí que es jodida.

-Nos hemos ido acabando de a poco- y Diego, ese que siempre había sonreído sin tener que volver a mirar sus pasos, ahora intentaba no llorar.

– Toca es seguir, y estar tranquilo.

-Yo siempre que sigo, lo vuelvo a prender- y en sus dedos ya se deslizaban varias pastas que se quebraban sobre la palma de su mano- No quiero dejar esta mierda.

-Yo no quisiera dejar la vida.

-Calmado…

-Nadie está lo suficientemente calmado.

– Respírelas, respírelas tranquilo. Ya luego todo se pasa. O, si no, la vida termina por pasar. Eso fresco- contestó entre risas.

Y ya casi que sentía la modorra que venía antes de la explosión. Había jurado no aguantar el día, quebrarme en algún punto. Pero todos ya estaban lo suficientemente quebrados, y no había suficiente campo como para poder dormir tranquilo. Me despedí, y caminé de vuelta hacia donde todo había comenzado.

Luego apagué la luz, y me recosté…esperando aguantar hasta que algo pasase. Hasta mañana, o hasta que me cansara. Dispuesto a no tener que hablar, y a  no encontrar respuestas.  A morder por los bordes el tiempo que me quedaba.