Movimiento sin salida

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-No sé bien qué es lo que se mueve, pero créeme-me dijo, sin detenerse siquiera en intentar enforcarme- se mueve.

Llevábamos tiempo encerrados. Y el tiempo es algo que lentamente, y muy de repente, se disuelve. Ya no teníamos idea de lo que había sido, de lo que sería, y tan sólo nos teníamos el uno al otro para buscar algo en medio de aquel oscuro silencio. Pasábamos los días hablando…cada vez menos, cada vez de manera más distante. Las palabras se disolvían en cuanto recordábamos las salidas: esas salidas que, por desgracia, sabíamos que existían pero que no teníamos idea en dónde se encontrarían situadas. A veces, sentía la respiración de Juan atravesarme todo el cuerpo, corriendo desde las orejas hasta el cuello. Me besaba… me besaba lentamente, pero nunca pude sentir lujuria alguna en sus movimientos. Sus besos se desperdigaban sobre la rugosa piel…lentos, casi sin saliva. Eran los rastros de la vida: lo poco que quedaba de ambos…una seña tras la precaria luz que se colaba por la rendija.

– No sé, Juan. Ya hemos sentido lo mismo antes.

-¿Qué cosa?- dijo, acercándose un poco más hacia mí-¿Qué hemos sentido?

– Esto. El movimiento.

-No…esta vez es diferente.

-Siempre lo es, Juan- Contesté, acercándolo con el brazo.

-Confía- y se levantó. Llevaba varios días sin levantarse. Puede que años…meses, lo que fuese. Llevábamos tiempo estando allí, y ni siquiera recordábamos las razones que nos habían tirado en donde estábamos. Con el tiempo, la suerte se convirtió en una carcajada que se quebraba contra las paredes de aquel pequeño y húmedo cuarto. Las risas eran los estrépitos que quedaban a la nada…a ese instante de calma que sepulta cualquier forma de esperanza.

-¿Para qué te levantas? Antes lo intentamos, y nunca había nada allí: las mismas sombras, hombre…

– Estoy cansado…mierda.

-Yo igual, pero no tiene sentido levantarse para mirar la misma superficie. No hay nada nuevo.

-No, no lo hay…-y su cuerpo se empinaba, para ganar un poco más de altura y alcanzar la rendija- No hay nada nuevo.

Fue justo cuando Juan descendía que logré captar algo: no había mucho para ver, menos aún había manera de escapar de allí. En el transcurso de los días, habíamos palpado las paredes sin encontrar siquiera señal de material diferente. No había nada que indicase una puerta, una salida. ¿Qué había sido del “afuera”? ¿Qué quedaba de eso? No podía recordarlo. No tenía ni idea de qué había sido de todo eso…

-Juan-le dije, rodeándolo con los brazos- ¿Recuerdas algo? De antes, de lo que “éramos”, o, siquiera, si fuimos…

-Debió pasar algo, lo sé- y de sus ojos brotaban la ira y la impotencia de los años cansados- Debió pasar… no puede ser que llevemos tanto tiempo para nada.

-A veces creo que hemos vivido para morir, simplemente.

-¿Simplemente? ¿¡Te parece eso simple!?

-No sé…no sé. Tal vez es demasiado complicado. O sí, puede que sea sencillo. Tan sencillo como la muerte…como lo que hemos pasado aquí.

Podía sentir su mirada clavarse en mis ojos. Podía sentir el peso de los años, el ardor en las pupilas y los días que aún nos quedaban por vivir. Podía sentirlo todo…y, casi, sentía ganas de llorar. Las viejas tradiciones del sufrimiento habían hecho llaga en mi pecho, habían destrozado lo poco que nos quedaba:  lo que había sido de Juan…Pero no lloré, a pesar del abrazo silencioso de la muerte. No habíamos vivido mucho, pero, al menos, seguíamos vivos.

-¡Espera! ¡Espera!- me dijo, acercando su rostro contra mi pecho. La ira se estrujaba en tiernas gotas saladas que caían hacía la nada, hacía aquello que teníamos o nos tenía.

-¿Qué pasa?

-Espera…esperemos.

-¿Esperar a qué?

– A nada. Esperemos a la nada.

Me senté sobre el cemento mojado. Ya tendría tiempo para sopesar los días sin recurrir a Juan. Hasta que el tiempo terminase por matarse del aburrimiento.

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A través del espejo

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Te veo mirándote al espejo de reojo
Sin mucho más que el reflejo
De las sombras
A tus espaldas.
No sabes que te miro
Y si lo sabes,
Te encargas de ocultarlo.

Me visto rápidamente
Sintiendo el peso de la ropa
Comiéndome la carne,
Asaltando hasta el último
Rincón del vacío.
Ojalá no lo notes…

Luego caminamos
Sentimos la brisa gélida
sobre los rostros,
Las manos se ocultan una encima
De la otra,
Y hablamos de un par de canciones
Y de un par de poemas
Y de un par de cosas cualquiera
Que nos lleven a pensar en otras
Cosas.

Me dices que me amas
Que valoras cada segundo
Conmigo.
Y en mi cabeza las palabras se
Estrellan y los pensamientos
Se hilvanan sin mayor
Coherencia.
No te imaginas cuanto te quiero,
Seguramente te quiero más que a mí
Más que a cualquier cosa que tenga que ver
Directamente conmigo.

Mientras tanto,
Las nubes se pierden las unas contra las otras
Las estrellas pequeñas se ocultan detrás de las grandes
Como si no hubiese sitio para nada
Como si la noche tuviese que extraviarse
Para que nosotros sigamos caminando.

“¿Te sientes a gusto conmigo?”
“¿Estarás satisfecha
De lo poco
Y de lo triste?”
Y las preguntas se arrinconan
En un beso de despedida.
“Buenas noches”,
Me dices
Y en la esquina la noche se hace más oscura
Y ya no llega la luz.

Te siento lejos…
Las manos sobre mis bolsillos indican que es
Momento de irse rápido,
El tintineo de las llaves
Marca el frío de los pasos.

Siento el ardor en la palma
Cierro los ojos
Camino de memoria
De vuelta a casa.