El perseguidor.


william blake

I

Si hubiese hecho algo en aquel momento, seguramente ahora no estaría escribiendo. Seguramente estaría pensando, desgarrando la almohada con pensamientos vanos que se estrellarían contra el techo de la habitación. Seguramente, pero no fue así. No le dije nada en su momento. No le dije siquiera que me esperara, o que me diese una oportunidad de aclarar las cosas. No, no lo hice. Y así, ahora estoy sentado en esta silla, desparramando palabras contra la pantalla; con el dolor en las vísceras y el aroma a dolor que destila la resaca. Estoy aquí, no hice nada.

II

Si tuviera que hablar de mí, sería seguramente insoportable. Andrés, Andrés Herrera, veinticinco años, hombre, soltero. Más allá de eso, no sabría dar información precisa. Todo está ya en la cédula, en los diversos documentos que se desparraman en inhóspitas oficinas del Estado. Y a nadie le importan.  Todos estamos demasiado ocupados como para ocuparnos en otra cosa que no sea nosotros mismos.

Camino. Camino de vez en cuando, a falta de trabajo, a falta de tranquilidad…deslizo mis pies sobre la calle. El pavimento se tuerce en siluetas de furia tras mis pasos. Pero yo sigo caminando. “¿Por qué empecé, preguntas?” No lo sé. No sabría explicarlo. Pero un día ya estaba ahí, en la calle de enfrente de la casa, caminando. Al final, terminé siguiendo a la gente que me parecía interesante: mujeres recién casadas de cabello liso y ojos claros; jóvenes con ojos ansiosos y miradas lascivas en busca de droga…entretención, placebo, lo que fuese; oficinistas que en las noches, luego de salir de su trabajo, deslizan sus espesas cabelleras rubias al desatar los lazos, cambiando la mirada; hombres que se detienen en las esquinas a mirar a la nada…y se pierden en los colores, las faldas, sin siquiera percatarse del sol.

Y la lista podría continuar, pero no, no tiene sentido. Sólo puedo decir que me dediqué a eso por unos tres años. A falta de trabajo, a falta de esperanzas…bajo el vacío de la vida, mí propia vida, que no me ofrecía nada al final del día. “¿Cómo me mantuve, me dices?” De la renta. De los pocos ahorros que había cultivado en el pasado. Como te decía, caminar fue mi hábito.  Pum/pum/y la acera se clava en tus pies, y no hay destino fijo, y el cuerpo se desliza capturando rostros que se despedazan en la memoria para nunca más existir. Pero, muy de vez en cuando, surge alguien que refulge entre los avisos y las luces, y el rumor de los autos. Y algo cobra sentido, a pesar de mí, y de lo poco que me queda por hacer aquí.

Y entonces, lo sigo. Hasta que me canse, o alguien con más fulgor surja de entre las cenizas de los autos. Después me tengo a mí mismo… y lo que queda del vacío.

III

Al principio sólo era caminar. Ir de un lado a otro, de la casa al centro de la ciudad, pasando por avenidas de luces desteñidas y soledad, soledad absoluta. A veces torcía por calles desconocidas: sitios que parecieran extinguirse al caer la noche , para luego morir. Prostíbulos ubicados al final de una panadería…en donde, creías, era el baño de los propietarios; pequeñas librerías que se extinguen en medio del rugido de los motores, soportando el tiempo… como si las páginas de sus libros fuesen el último acto de emancipación posible; a veces, incluso, me encontraba con bares detrás de casas desvencijadas por los años. Sitios en ruinas al borde de la acera, con puertas blancas y oxidadas que, al mínimo golpe, se abrían. Y todo era un mundo nuevo, y parecía haber algo oculto detrás de la propia vida que se escondía en la ciudad, a los ojos de todos.

Náufragos. Sólo así podía describir a la gente que allí se veía: de tez blanca, demasiado blanca, y ojos felinos y brillantes. Miradas agotadas por la vida, mas no sin esperanza. Cuerpos delgados que se estremecían al más mínimo roce de vida: olfatos desarrollados para captar la furia existencial y recibirla con tranquilidad. Poco hablan, poco les importa lo que pasa “afuera” (como varias veces escuché mencionar a lo que existía más allá de estos sitios),  menos aún les importas tú. Están ahí, a la espera de “algo”. Y ese “algo” es diametralmente opuesto en todos los casos, dependiendo de la persona de la que se trate. Viven bajo la inercia, eso sí, sin simpatía por la estupidez. Y están ahí, como tú, y te conocen sin siquiera haberte hablado.

La ciudad esconde a sus muertos en estos sitios, sus náufragos, para que nunca hablen y sus “mensajes” queden sumergidos al final de la botella.

IV

Empecé a interesarme por las personas, antes que por los espacios, el día que conocí a M. Ustedes saben de quién hablo (la prensa se encargó de hacer más ruido del habitual con el caso). Y, aún así, las fotos del periódico nunca lograron captar su verdadera presencia: la tibieza de los ojos, la rudeza de los labios rojos que sonríen bajo el peso níveo de los dientes, la cintura delicada y los senos sencillos, no muy grandes, tampoco demasiado pequeños. Ella, sí, M. Fue ella la que me llevó a perseguir personas: esperaba encontrar “eso”; aquello que se agitaba al más mínimo roce de los ojos y que aturdía las vísceras hasta la implosión. Deseaba encontrarlo…mas no lo hallé en nadie más que ella, a pesar de un par de “falsas alarmas” que estremecieron mi vida por un par de días.

M. M. M, la mujer que caminaba con paso agitado y sin ninguna preocupación. La misma que se levantaba a las 6:00 am, para luego prender la televisión. Esa que, camino a la oficina, compraba el pan en la panadería francesa del centro de la ciudad. Ella, sí, ella. Alguna vez chocamos en la calle, y sentí el aroma de su perfume: de seguro Carolina Herrera, sí, de seguro. Tú, M, aquella que prefería desnudarse al entrar a casa. Lo supe todo de ti, todo lo que la distancia permite saber. Mas nunca te conocí. Sabía que te gustaba la comida japonesa (¿Cómo no suponerlo después de que ibas todos los fines de semana?), y que preferías a James Dean por encima de todos los mortales (¿Crees que nunca vi el afiche que estaba encima del televisor?). Supe todo lo que podía saber…así, a lo lejos, sumergido en la penumbra de algo que no merecía ver la luz.

Tal vez debí decírtelo. Me llamo Andrés, Andrés Herrera. Soltero, 25 años…

Pero no.

VI

La seguí hasta el hartazgo. Hasta saber todo lo que podía. Recopilé todos los datos que pude: Qué buscaba en un hombre, sus escritores favoritos (London, Poe, Baudelaire), sus películas favoritas (Apocalypse Now, Eraserhead, Barry Lyndon), sus más profundos miedos…y sí, la soledad, eso que le era tan propio, como todos los que transitábamos sin más por la ciudad. Olvidé decir que M era cliente habitual del Suburban, uno de estos lugares donde los náufragos encuentran navío hasta que llega la hora de volver a algún sitio. Ella era uno de ellos, pero tenía “hogar”. Sabía que, al final del día, siempre tenía su casa. Tenía un sitio a donde volver, amigos con los cuales hablar, un trabajo en el que se sentía satisfecha. Era parte de todos, pero sólo estaba ahí para observar. Observaba, desde el momento en que se sentaba en la barra hasta que decidía bailar con el primero que tuviese las agallas de pedirlo. Luego, sin más, se iba. Se iba para volver a donde siempre debía de haber estado. Aunque luego regresaba, y yo ya estaba allí.

Una de mis normas era nunca volver al mismo lugar…pero M me hizo revalidar aquella decisión. Sólo podía estar donde estaba ella, sólo allí. Solo, allí.

VII

Cualquiera hasta aquí creería que la amaba. Mas no. No la quería en lo más mínimo. No se puede amar si se olvida el propio rostro; menos aún, no se puede querer sino se tiene un lugar al cual volver al final del día. Tal vez la admiraba. Sí, “admiración” es la palabra. Ella estaba allí, como yo, tan sólo observando. Buscando algo que se extraña aún si nunca se ha tenido de frente. Pero seguía su vida, continuaba con el ritmo de una persona eminentemente productiva. Y yo no. Yo tan sólo caminaba, para luego regresar al viejo apartamento y dormir.

Por eso escribo ahora. Ayer, por fin, logré sentarme a su lado, y hablar:

-¿Vienes siempre, eh?- le dije, mientras señalaba al barman para que viniese hacia mí.

-¿Ah?- replicó, luego de volverse hacia donde yo estaba.

-Sí, te he visto un par de veces, aquí. En el bar…bailando, y tomando algunas copas.

-¿Te conozco?

-No, bueno, ttt-al vez. Te he visto un par de veces, aquí, y estuve tentado a hablarte- hice una seña de despedida, y me fui levantando del taburete.

-Tranquilo, quédate…-me dijo, sosteniendo mi muñeca con sus manos.

-Está bien.

-¿Sabes? Yo también te he visto. Aquí, y en muchos lugares.

-¿Ahh si?- contesté, sintiendo el ardor en la garganta y la sangre escurriéndose por los poros de la espalda.

-Sí. Te he visto desde mi ventana, mientras me quitaba la ropa o preparaba algo para comer. Te he visto en la esquina de mi oficina, sentado en el viejo parque. Siempre con gorra roja y gafas oscuras, ¿Eh?- y sonreía. Sonreía como si siempre lo hubiese sabido todo. Y no le importara, porque poco importa lo que alguien sin rostro puede llegar a observar.

-Mi-mmmierda.

-Siempre sales a las 4 de la mañana. Tomas una ducha rápida, cocinas un par de tostadas y luego te apuras a ir hacia mi casa. Esperas a que prenda la luz, y te asomas por el ventanal que da hacia la calle. Algunas veces entraste…dejé la puerta abierta de la ducha, nunca hiciste nada. Luego, tan sólo me seguías…y ese era tu día. ¿No es así?- y la memoria se empantanaba con viejos retazos de los días pasados. Allí estaba yo, viéndolo todo. Desde sus ojos, desde la nada que me señalaba sin recordarme siquiera quién era. ¿Acaso soy el espejo de los pasos de alguien más? ¡Puta vida! Y sí, ella sonreía…calculándolo todo.

-Sí…

-¿Sí qué?

-Soy yo.

-Siempre lo supe.

-Yo…

-Nada.

Y se fue, sin dejar siquiera rastro tras los strovers que se cruzaban en mis pupilas. Intenté volver a su casa, pero no…nunca pude volver. Los pasos se retrotraían al instante de empezar la marcha. Un par de veces, incluso, intenté llegar en un taxi. Pero fue imposible. Lo que había sido el edificio de M ahora era tan sólo un solar vacío en medio de una calle desolada. La vieja panadería y el restaurante japonés también se habían esfumado. Al preguntar a varios de los que, a mí juicio, parecían transeúntes habituales de la zona, me encontré con que nunca habían estado allí.

M no existía. Y no sé siquiera por qué le llamo así; si nunca conocí su nombre. M es la partícula de una vida que nunca existió: el retablo sobre el cual grabé los pasos de una vida que, siquiera, existió. Por eso escribo ahora, y por eso también los diarios escribieron sobre mí. “El hombre que deambula por el parque central”; “El loco de las avenidas de la muerte”; “M de Muerte”, rezaban los titulares de la prensa. Todos saben de mí, y yo soy parte de todos. Y no sé nada de mí. Y me llamo Andrés, Andrés Herrera…

Escribo, porque tal vez así encuentre algo sobre lo cual construir algo nuevo. Pero no, tan sólo soy Andrés, Andrés Herrera. 25 años, soltero. No sé a donde ir, ni siquiera  a donde volver. ¿Existió? ¿Fue real? ¿Qué mierda pasó aquí?

Y sigo escribiendo. Esperando a que sean las 10. Pero todo está muy blanco.

Y nunca.

Nunca

Entra la luz.

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