Amistoso desvarío

matisse-la-danza1910

Todo lo que pienso contar
Es la ficción de los ojos.
Lo que ellos vieron
Cuando ya no veía
Lo que ellos dijeron,
Cuando no podían hablar.

Eso es lo que pienso contar.

En medio de todos
Con las copas en las manos
Con la risa estrujándose en las vísceras
Con las estrellas al fondo
En el tejado del edificio.

Todos hablábamos
De lo que había sido,
De lo que sería.

Hablábamos rápido, dándonos la mano
Chocando los puños
Mandando tragos, ensangrentados
Así el anís permaneciera incoloro.

Bebíamos,
Bebíamos con la tranquilidad que da la cercanía
Con eso que se pierde y renace, a cada tiempo,
A cada momento, cuando se tiene el espacio.

Ese espacio lejos de vacío
Ese espacio en el que éramos todos
Habíamos sido “todo”
En algún momento
Para todo momento.

Y entonces, de vez en cuando, alguien hacía un brindis
Retozaban las copas plásticas
Se caía un poco de licor,
Se iba por el sifón
Como los días que quedan
Como el tiempo, que, en algún momento, pasó.

A los lados las luces, la ciudad que dormía,
O que moría despierta.
Cerca la gente, esa poca gente que vale más
Que merece disfrutar mientras estén.

Soy ese que se emborracha
Para luego escribir.
Soy ese que narra lo que otros capturan en una foto.
Soy ese que termina por beberse las amistades
Por saludar al fondo
Por sonreír de frente.

Soy ese, que, puede que al final
Los recuerde a todos ustedes,
Así sea en estas letras
Que la vida se encargará de extraviar.

Soy ese que dibuja perros con las estrellas titilantes
El mismo que extrae sonrisas a costa de su vida,
Ese que cuenta las luces para  recordar la noche
El mismo que termina por llorar, al final.

Algún día.

Me conformo con esto
Que no es mucho.

Me conformo por concederles la volátil inmortalidad
La superflua calma ancestral
En esta cárcel de letras.

Me levanto. Abro la nevera. Escribo palabras con un hielo
Que luego tiraré al vaso. Lo beberé. Abriré los ojos.

Los tendré abiertos.

Escribiré algo, puede que esto. Me acostaré a dormir.

Me vuelvo a levantar. Vivir, algunas veces,
Es enfrentarse a las imágenes,
Verse a sí mismo
En un amistoso desvarío
Contra todos
Por todos
Frente a todos.

Sigo siendo ese que le canta a las avenidas lo que otros enseñaron a callar.
Sigo siendo, eso sí, el mismo.

Cuando todo vuelve a empezar, y ya no hay vodka
Ni anís
Ni gente
Con quien brindar.

Brindo por eso.
Vuelvo a empezar.

El baile de las mariposas

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“A las mariposas
Que bailaban solas
Sin que nadie las tocara.

A la vida,
Que transcurre sola
Que se queda
En su deriva
Deviniendo
Tragando un poco más
De saliva.

A las mariposas
Que están solas
Que mueren solas
Sin que nadie las vea.

A los hombres
Que mueren acompañados
En la más tierna, remota,
Soledad.

Al padecimiento
A los días.

A ella
A todos ellos.

Mariposas que vomitan
Que gimen
Que viven
De noche,
Por la noche”

A las mariposas. Andrés Mauricio Cabrera Diaz.

I

Entonces éramos pequeños. Mirábamos hacia arriba, y nos encontrábamos con el cielo azul que lanzaba ráfagas de aire caliente. En el suelo no había más que tierra; tierra caliente que temblaba con cada paso que dábamos. Corríamos detrás de las mariposas. Miguel, Miguelito Zambrano, había dicho que esos animales iban a matarnos un día. Que por eso volaban tan cerca, casi rozándonos la cara. Yo no le creía de a mucho. Miguel decía muchas incoherencias, y, muchas veces, tan sólo parecía divagar con la voz en alto. Pero eso no nos importaba. Corríamos sin redes, sin más que nuestros pies deslizándose sobre la tierra y saltando al roce de cada piedra, de cada hierro natural que ardiese en el suelo.

-Son más rápidas- dijo Miguel, refiriéndose a las mariposas.

-Mucho más rápidas que nosotros- le contesté.

– Pero las tenemos que coger.

-Sí, algún día las cogeremos.

Así seguimos un par de años. Luego de jugar fútbol, al rededor de las seis de la tarde, salíamos a corretear mariposas. Con el tiempo, algunas personas se nos unieron. El mayor era Jaime, de unos diez años. De resto, éramos los mismos niños de aquella cuadra. Todos tendríamos unos siete años, puede que unos tuviesen un poco más. Pero ahí estábamos. Neiva era el pretexto que nos tenía reunidos, asidos a la vida con sonrisas que se reventaban tras las carcajadas. Las mandíbulas eran el recinto de las almas, y rara vez se escuchaba alguna réplica contra los días. Teníamos “eso”.  Teníamos todo lo que habíamos tenido; y lo habíamos querido.

Con el tiempo algo pasó. Las mariposas se hicieron aburridas. Las niñas se hicieron mujeres. Y los niños hombres. Yo, Enrique Salcedo, dejé de hablar con todos.

Ya no éramos parte de lo mismo.

II

Lo único que importaba era coger el balón. Ojalá no dejar rebote. La cancha era grande, sí, pero yo tampoco era tan pequeño. Medía un metro setenta. Suficiente como para no dejar pasar nada que no quisiera.

– Lo importante es que no se pongan adelante-dijo Daniel. Daniel era alto y rubio, debía de medir un metro ochenta. Hablaba con voz de mando, y se paraba en la media cancha sin dejar pasar a nadie. Un seis de los buenos.

-Sí, fresco- contesté- yo de estos no me dejo.

-De estos- contestó Daniel mientras sonreía- y de nadie.

Jugábamos contra el Instituto Técnico, asiduo rival en las semifinales de los torneos intercolegiados. Siempre nos habían ganado. Aquella gente corría como si no hubiese mañana, con esos viejo guayos “Maracaná” que se rompían tras las piedras, tras el golpeteo del balón contra los pies. Nosotros, gente de la Fragua, usábamos Nike o Adidas. Bueno, casi todos. Yo usaba unos Puma negros. Neiva lo era todo; y ahí estábamos nosotros: ellos, los que hablaban con voz chillona, recortando las sílabas finales a cada palabra. Nosotros, los que hablábamos como de otro sitio, pero que éramos de allí. Nos decían gomelos; mientras que a ellos, algunos (no me incluyo) les decían ñeros.  Éramos lo que nos habían enseñado a ser, los rezagos de lo que nos habían enseñado a amar y el resentimiento que nos habían inoculado al nacer. Éramos eso, eso y nada más. Y por eso la pelota saltaba más alto, y el sol acariciaba los rostros y las espaldas. Las yagas crecían por la fuerza del calor; que parecía traspasar la suela y los taches de goma. La arena se colaba tras la ropa, y parecía adherirse a la piel, recubriéndola. Protegiéndola de algo que no alcanzábamos a comprender.

-¡ Se fue!- gritó David.

– ¡Ufff!- sólo atiné a decir.

Me lancé al balón, más por la inercia que por cualquier otra cosa. El cuerpo chocó contra la carne, y el cuero de la pelota cedió ante mi estómago. Ahí había quedado. Sin aire, pero con vida. Tenía los ojos cerrados, y sólo escuchaba la respiración del delantero del Técnico. Al principio era sólida, constante. Ahora se había quebrado. Podía escuchar los sollozos. Habían perdido. Eso había sido todo. El aullido del árbitro había acabado con todo.

Habíamos aguantado el marcador. Uno a cero, al final.

-Buena, Mono- me dijo aquel. Era un moreno de un mero ochenta.

-Buen partido, hermano- contesté.

-Estuvo duro…pero ustedes metieron hasta el final.

-Ustedes también.

Y ahí se iban ellos. Algunos en moto; otros (la gran mayoría), alzaban la mano para intentar coger un bus. El cielo brillaba con furia. Y a nosotros nos esperaba un bus particular.

Ellos nos miraban. Un par de los nuestros sacaron la cara. Gritaron insultos. No había quedado nada de lo que había pasado en aquella cancha. Al final del día, nuestras vidas eran lo que nos había quedado de todo; al nacer, al vivir al aprender. Si algo tenía el Gimnasio la Fragua, era el resentimiento. Y el dinero, amo y señor de una sociedad en la que el prestigio se mide por la cantidad de acciones que se posean en el Club Campestre. Eso éramos nosotros: en eso terminó Neiva.

Al llegar a casa me duché. Las mariposas bailaban en la tarde. Eran negras; antes lo eran de colores.

Deposité en la cisterna una cagada, y salí a buscar comida.

III

Había vuelto a la ciudad luego de tres años de estar en Bogotá. El paisaje, en muchos sentidos, seguía siendo el mismo. Habían construido un par de centros comerciales, pero la vida seguía deteniéndose ante los mismos semáforos, los mismos cruces, las pocas (y cada vez más deterioradas) avenidas, y la gente, que se empecinaba en seguir saliendo de la casa a las doce del día. Hacía tres años allí lo tenía todo. Ahora, no me quedaba nada de eso. La gente había seguido, moviéndose, corriendo entre lo que quedaba y construyendo sobre lo que había sido. La universidad lo había cambiado todo; y yo ya no conocía a nadie, ni a nada. Me quedaba mi perro, Frupete, que batía la cola cada vez que yo entraba a la casa.

De vez en cuando el recuerdo de ella. De vez en cuando, casi sin darme cuenta, me llegaba; como si el aire lo trajese, como si algún narcótico me recordase lo que había sido. Entonces miraba por la ventana, y me parecía ver aquel árbol de hojas verdes y amarillas que se había caído por el peso de sus propios días. Ya no estaba. Ahora había un espacio en blanco, ahí, sometido por las hormigas. No mucho germinaba. Nada quería germinar.

Ring/Ring/El sonido de los otros al llegar.

-Tiempo sin hablar- era Juan, un viejo amigo del colegio.

-Es que ya todos viven ocupados…-contesté.

-No tanto. Más bien como que eso es lo que quisieran aparentar.

– Algo así.

– ¿Qué dice, nos tomamos algo?

-Me parece- contesté.

Habíamos quedado de vernos en un bar cerca a mi casa. Un sitio de mesas y sillas metálicas, color gris cromado. La decoración era algo caribeña, con hojas de palma seca que hacían las veces de tejas. Vendían el aguardiente barato. Y vendían buena cerveza. Yo no necesitaba más que eso.

Al llegar, me percaté de que Juan estaba un poco más gordo. También algo más calvo. El tiempo había pasado igual para todos.

-Ya no salgo con María.- me dijo, nada más al verme- Todo se acabó.

-Eso está bien, esa mujer no lo dejaba salir de la casa.

-Jajaja, tampoco eran tan así.

-Como sea. ¿Y la gente? Ya no se ve a nadie por acá.

-Ya casi nadie viene.- contestó, tras tomar un sorbo largo a su cerveza- aquí ya no hay nada para hacer.

Le pregunté por los demás. Por David, que se había casado y ya no hablaba con ninguno de sus amigos de soltería. Por Miguel, que andaba en Estados Unidos y no había vuelto. La ciudad se había ido diluyendo en los rostros que permanecían: los vendedores de lotería del parque Santander, el cuidador de carros del Peter Pan, la vendedora de tamales de la esquina del Éxito. Todos esos rostros que se extraviaban por su misma irrelevancia, pero que permanecían en el tiempo. En el recuerdo de todo, en memoria de los que se habían ido.

-¿Y Laura?- preguntó Juan.

-Bien, supongo.

-¿Supone?

-Sí, ni que viviera enterado de la vida de ella.

-Mmm…pero tranquilo.

-Estoy tranquilo.

-No parece.

-Ella está bien- conteste- Está más bonita, y sigue saliendo con sus amigas. Más hombres la miran.

-Le duele todavía…

-Ya pasaron tres años- conteste, tras tomar un trago largo de aguardiente- tocó seguir adelante.

Bebimos como pudimos la última botella. Los cuerpos destilaban sudor al compás del licor que hacía su entrada triunfal por las cavidades. Juan cogió un taxi. Yo seguí caminando. Recordé que hacía unos años había ido con ella por esas calles. Sonreía, y el azul de sus ojos se quebraba con cada palabra que pronunciaba. Lo medía todo, así sus pasos fuesen tranquilos y descuidados. Las baldosas parecían moverse por debajo de sus pasos, como si quisieran arrastrar su peso y no permitirle esfuerzos innecesarios. Era ella, lo era todo. Me había quedado el recuerdo. Por un momento, estuvimos juntos. Y se estuvo bien.

Ahora tocaba caminar solo.

IV

-¿Viejo, no se fuma uno?- me preguntó David, que había vuelto de USA más burro que nunca.

-No, yo casi no le jalo a eso- le contesté.

-Es puro creepy- replicó tras darle un sorbo a aquel cilindro- creepy del bueno.

-Me quedo con este aguardiente- y me tomé un buen trago.

Nadie entraba en la piscina, que tenía forma de guitarra. Sobre el mástil de la misma, se encontraba un pequeño cubículo de cemento que hacía las veces de balcón. Allí, la gente bailaba al compás de la música electrónica. No parecían disfrutarlo, pero eso era lo que había. La gente se movía, de manera sincrónica, siempre moviendo los pies de la misma manera. Todos hablaban. Se pasaban las pastas de una mano a otra. De vez en cuando, alguien prendía un porro. Fumaban rápido, sin retener el aire. Y entonces seguían hablando.

Yo estaba ahí, en una esquina, tomando un poco de aguardiente y hablando con Andrés, un amigo del equipo de fútbol del colegio.

-Ahora todo el mundo escucha esa mierda- dijo, luego de señalar al Dj.

-Sí, eso parece. Pero fíjese que nadie salta, ni cambia el paso.

– Eso es pura moda pasajera.

– De seguro.

-Igual pasa con la hierba- me dijo, tras ofrecerme un poco de mota- como que nadie la disfruta.

-Fuman muy rápido, casi no retienen el aire- dije, tras pasar un poco.

-Es que todo va como más ráp/pido, ¿Si me entiende?- contestó. Ya empezaba a golpearle un poco la noche.

-Algo.

– ¿No quiere pepas?- preguntó, tras depositar un par en mi mano- uno nunca sabe cuando le vayan a servir.

Tras discutir un rato, me fui cerca a los baños a esperar. Tenía ganas de mear, y bueno, era demasiada gente y poco espacio. Eso sí, siempre podría alejarme e irme al monte y hacer ahí lo que quisiese. Me senté ahí, con la botella en la mano y un cigarro en la otra. A lo lejos, los rostros de la gente se extraviaban tras las luces, que los ennegrecía a sus espaldas. Las farolas apuntaban en dirección contraria, y la noche parecía asomarse alumbrada por rezagos de otros días. Demasiadas estrellas, demasiadas para tan poca gente. Pero nadie veía hacia arriba. Todo estaba sobre la tierra: las mujeres, la mota, las pepas. Todo estaba ahí, y no había necesidad de sumergirse en otros recintos. Pero a mí me faltaba todo; me faltaba el calor de la soledad y el amor hacia algo, me faltaban los días que se habían quebrado tras algún sorbo de aguardiente, y me quedaba una sonrisa para todo aquel que se acercase. Me quedaba un cuerpo remendado, dispuesto a seguir, dispuesto a cavilar otro camino diferente al cimentado por la estupidez y la codicia. Me quedaban los recuerdos de esa gente, esos mismos con los que cazaba mariposas cuando pequeño. Aquellos que patearon la misma pelota que yo, en esas viejas canchas de arena municipales. Me quedaban los instantes de risa, de peleas con pistolas de agua. Pero ahora tenía esos cuerpos que ni se reían tras los porros. Esa gente que se mandaba pepas como si fuesen aspirinas; todo para que los vieran. Esto nos había quedado.

Meé en un árbol detrás de aquella casa. Los murmullos de la música explotaban contra mis oídos. Era un “beat” constante, un bajo que replicaba tras los strovers. Nadie oía nada. Al alzar la cabeza, vi las mariposas. Danzaban sobre el fondo negro, desfilando enmarañadas, revolcándose en sus propias telarañas. Se movían entre negros, algunos blancos, y, a veces, apuntaban hacia la luna. Bebí un poco más…y las ví, saltar sobre mis ojos, extraviarse detrás de mis pupilas. Recordé la casa. Los vi a todos ellos bailar, seguir, bailando. Quedaba menos gente. Un gato se asomaba tras los matorrales. Un perro alumbraba con sus pupilas la noche. Alguien gritaba desde algún sitio. El silencio se hizo carne; y caminaba desnudo sobre la piscina. Mis bolsillos vibraban. Las luces se refugiaban tras las pupilas, atizando cada recuerdo, cada nueva imagen que se posaba sobre el cuerpo.

Me quedé con las mariposas. Luego cogí un taxi. Las seguí viendo por el camino. Me decían que todo había cambiado; que ya no podía cazarlas. Me conformé con mí mismo. Me quedé con nada.

De qué hablábamos cuando hablábamos de amor.

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Yo sé de que hablábamos
Cuando hablábamos de amor,
Cuando recordábamos el cuento de Carver
Y yo te decía, que, al menos en esos casos
Tocaba estar mejor,
Tocaba seguir, tomárselo con calma
Y tú me decías, que, bueno, puede que sí
Pero que ya habías lastimado,
Y entonces se te asomaba,
Un leve suspiro
Y de los labios, brotaba una sonrisa.

Mirabas al cielo
Con asomo de llanto.

Los dedos se mecían sobre las palmas
Y se caían al tocarse,
Y yo seguía recordando a Carver.

Luego nos levantamos
Nos fuimos
Seguí solo
Caminé unas calles
Miré hacia el cielo
Puede que lloviera
Puede que llorara
El cielo.

Me despedí de todo
Y me fui pensando
En eso que hablábamos
Cuando hablábamos de amor.

Prendí un cigarrillo que destripé en la calle.
Y quedé solo
Con la esquirla apagándose
Tras el viento.