Al salir a vivir


candelaria5

Foto del barrio “La Candelaria”, en el centro de Bogotá. (La foto, como toda imagen de éste blog, al menos hasta ahora,
no es mía)

Desde hacía un tiempo desconfiaba de todo. Salía de la casa rápido, casi sin saludar al portero, si acaso un ademán con la mano, y me erguía y caminaba. Miraba hacia delante porque atrás venían los ladrones, o venía mi sombra, y algo quedaba ahí que me hacía darle con más fuerza y llevar cada paso hasta la elongación total de mis piernas.

Me ponía los audífonos por debajo de la chaqueta, buscando que no se viesen mucho, que la gente no supiera que estaban ahí. Y a veces me los guardaba tras un pasamontañas, que cargaba siempre dentro de la maleta. La cosa no estaba para chistes, y Bogotá está lejos de ser siquiera una pésima broma. Aquí la gente se mata por lo que sea, porque morir y matar son las condiciones de la vida. Y la ciudad pide a gritos que alguien termine de hablar, y que el silencio pueble las avenidas y los semáforos. Y por eso es que yo caminaba, sin mirar mucho hacía donde iba, ni pensarlo demasiado. “La inercia te va cargando”, suelo pensar, y entonces agito el paso y cambio de canción y todo vuelve a estar mejor.

Llevaba un par de cuadras transitadas. Siempre dos cuadras para la estación. Dos cuadras que se difuminaban tras la lluvia y los negros nubarrones que poblaban el cielo. Y ahí estaba yo, pasando una tarjeta por la registradora, corriendo al vagón que era, dirigiéndome con tedio a la muerte con cada paso. Luego esperar, esperar…esperar hasta que llegase, y todos se agolpasen y la inercia me tirase contra el bus. Y ya estaba dentro. Perdido entre la música que no terminaba de decir mucho.

Don’t talk to strangers, ’cause they’re only there, to do you harm/Pum/pum/Próxima parada/ y ahí voy yo.

– Quiubo, no lo vi en el bus…¿Qué cuenta?- preguntó una voz conocida. Me quito los audífonos y contesto.

-Nada, marica…aquí, en esto. ¿Y usted qué?

-Nada, nada…ahí.

– Es que uno en esos buses como que ni piensa, ¿no?

– Ufff…- soltó aquel en consonancia con un suspiro- no, parce, no. Uno ya no está como para pensar.

Caminamos algunos pasos. Diego me hablaba de sus problemas. Su papá estaba muy mal, y en la casa todo se había ido al traste. Sólo tenía la Universidad, por muy precario e insustancial que aquello fuese. Los libros eran su remedio, y el fastidio se le extinguía frente al arrume de trabajo. Pero no, no se sentía alienado. Estudiar filosofía no podía alienar a nadie.

-Eso es maricada suya- me dijo mientras caminábamos- la filosofía enriquece…no jode.

-La filosofía es de lo más burgués que hay, así le duela- y sí, le dolió. Ser de izquierda y no ser obrero era una cagada. Las muecas en su rostro lo delataron.

-Pero se requiere de teoría para cambiar la realidad- dijo, después de un rato y un par de sorbos al cigarrillo.

-Esta mierda no la cambia nadie- contesté, viendo a una mujer de unos setenta años vender dulces y demás en un pequeño estante ambulante. Las venas de sus piernas se refugiaban tras las arrugas…azules, de un azul tan amoratado como el cielo que yacía empañado sobre nosotros.

– Pero, ¿y entonces para qué estudia? ¿para ser como los demás?

-No sé…pero toca hacer algo.

-Y para eso es filósofo.

– Nunca lo seré, hombre. Para eso se requiere de estudio, dedicación…y la vida es demasiado complicada como para dedicarse a algo diferente a uno mismo.

-Burgués…

– No, hombre, se llama envidia, y todos la tienen y por ella matan a diario.

Nos despedimos y cada quien siguió por su lado. Diego era un gran tipo, pero el marxismo académico termina por ser oximorónico: se habla desde la legitimación de un sistema que no se quiere. Y aquí, en el tercer mundo, donde toca lo peor de todo y la basura de nadie, la gente vive demasiado preocupada como para no salir de la modorra. Las necesidades son muchas, y siempre son insanables. El estado de necesidad es el motor; aquello que lo mueve todo. Y por eso es que nadie se mata: hace falta algo antes de partir.

Caminé, pensando en mis zapatos azules y en los charcos que pisaba. Pensando en todo, en poco, a la larga, en nada. La gente caminaba a mi lado y se perdía. Sus rostros se encaminaban hacia algo que era diferente; así todos se viesen iguales. Los trabajos, la vida…la ciudad que nunca duerme, y el descanso, el descanso…eso que nunca llega, y uno sigue ahí. Esperando.

– Quiubo,

-¿Ah? ¡Ah!- era Miguel, un viejo amigo de la facultad también- ¿Qué más, parce?

– Nada…aquí, dándole. Esta mierda como que nunca se acaba.

-¿Y para qué quiere que se acabe? A fin de cuentas, luego sólo queda trabajar, y ahí si paila.

– Ni tanto…yo ya quiero dejar a los viejos tranquilos. Y bueno, independizarme.

Miguel vivía con sus viejos. Un par de señores de unos 70 años que padecían todas las enfermedades habidas y por haber. Bueno, casi todas. Se salvaban de las venéreas, aún no se sabe si por piedad, o por cuestión temporal, ahí se entiende. Estaba cansado…como todos, pero aún mantenía la esperanza de hacer algo. Quería ser profesor de colegio, se había matado estos cinco años para eso…y nadie lo entendía. Aquel era el único que deseaba salir de lleno al mundo y darlo todo por una horda de niños desagradecidos. Niños que, seguramente, lo masacrarían al mínimo atisbo de debilidad ( o humanidad, como sea y lo que sea que sean esas cosas). Todos queríamos seguir, especializarnos en algún tema de interés y volver a la universidad a dar clases. O al menos, eso decíamos. Muy en el fondo siempre he creído que lo único que quiero es emborracharme…y que nadie me joda. Y estar ahí, y ver una película, y masturbarme un rato. Y seguir en eso y de vez en cuando escribir y estar ahí. Por que estando ahí es la única manera de no perderse.

Al final todos queríamos un placebo. Un pedazo de calma que entrase y dejase al cuerpo sin aliento. Algunos lo tenían en el sexo, otros lo teníamos en el trago. Otros con la yerba, y así, como todo, cada quién tenía su pequeño espacio, su instante de incapacidad que lo hacía capaz y le ayudaba a seguir.

Hablamos un poco más, pero Miguel siempre se lamentaba demasiado, y yo ya tenía sólo el espacio de mis lamentos. Me despedí, y seguí con los pasos.  Y ahí la tenía enfrente. La universidad. Ese edificio que nos congregaba a todos, y nos dejaba un poco más imbéciles pero sincrónicos con las expectativas sociales. Ahí estaba ese claustro inmundo. Y ahí estaba su hijo, yo, que lo miraba con cierta rabia tierna, con el consuelo de al menos estar ahí y no estar en otro sitio peor. Aunque peor es la vida, y ahí dentro se discutía lo de Europa como si europeos fuésemos los chibchas. Y no, aquí los problemas eran de la carne y de la raza, de la estupidez y de la desidia, y de todo eso que uno vive en el tercer mundo y lo que no alcanza a vivir porque es del 5% que puede ir a una universidad. El resto de la gente come mierda, se la traga y no se atraganta. La saborea, y poco a poco va bajando la cabeza. Luego sólo le quedan los pies, y los arrastra…y no pregunta.

Taj/Taj/los sonidos de la furia/Anyway you want it, that’s the way you need it/ ¡Mauro!/ De nuevo a la ciudad.

Y ahí estaba ella. Tenía una falda negra, y una blusa de igual tono. Su piel blanca alumbraba en medio de la oscuridad de aquel día. Y me saludaba, siempre sonriendo, como si no hubiese pasado nada. Esa era su facultad: ir por ahí, sonriendo. Y de verdad. No como yo; que siempre que lo hacía recordaba el poema de Miguel Hernández. “Eludiendo por eso al mal presagio, de qué ni en ti siquiera habré seguro/voy entre pena y pena sonriendo”. Y así iba, y ella no. Y así habían sido las cosas.

-¡Mauro! ¿Cómo estás? ¡Hace mucho no te veía!- dijo, tras darme un largo abrazo.

-Todo bien, aquí…en lo de siempre. ¿Tú qué, cómo estás?

-Bien, mira que hace poco te llamé y…

-Y no me encontraste. Sí, es que el teléfono ha estado molestando.

-Ahhh, veo. ¿Qué harás ahora? ¿Tienes clase o hueco?

Tenía clase, pero pocas cosas había tenido y muchas me habían tenido.

-No…andaba vagando por ahí.

-¿Te parece si vamos a tomar algo?

-Dale.

Caminamos un par de calles. Ella hablaba, y hablaba…y me contaba de todo, de su vida, de la felicidad, y de lo bien que las cosas le habían ido después de “eso”. “Eso” no era más que un rótulo para nuestra relación; un instante de su vida que había transcurrido hacia cinco años. Y que, en la mía, aún seguía contando.

Nos sentamos en una cafetería. Ella pidió un café, yo…bueno, pedí una cerveza. La necesitaba.

-Y sí, como te venía diciendo… -dijo ella. Sonriendo. Y apuñalando.

-¿Te acuerdas del poema ese? , “El rayo que no cesa”, el de Miguel Hernández- pregunté.

-Sí, tu me lo mostraste hace un tiempo…

-Ajá. Hoy no he parado de pensar en un par de versos.

-¿Cuáles?

– Sólo me sé dos estrofas. Pero hay una que me pesa siempre…

-¿Cuál?

-“Me voy, me voy, me voy pero me quedo/pero me voy, desierto y sin arena/adiós amor…”- dije, tras tomar aire- y ahí sigue.

– Ese verso es bonito. A mí siempre se me quedó ese pedazo que decía “una querencia tengo por tu afecto/ una querencia de tu compañía”…

-“Y una dolencia de melancolía/por la ausencia del aire de tu viento”.

-Sí, pero te sabes más de dos…

-Más o menos. Es que es bien bonito.

– Pero ven, ¿Cómo siguió todo? ¿Estás bien?

-Sí, ahí voy…

Hablamos de todo. De nada, porque la incomodidad podía y tan sólo queríamos levantarnos. Ella se fue a clase, o al menos eso dijo. Yo me quedé ahí, debajo de un parasol, viendo a la gente transcurrir y perderse en sus preocupaciones. Todo era tan artificial que ya el fuego no podía quemar nada. Pedí otra cerveza, y seguí ahí sentado.

-Me voy, me voy…pero me quedo. Pero me voy.

El cielo se abrió, y brotó lluvia. Y en La Candelaria los carros esquivaban los charcos que descendían por la montaña. La gente corría por las aceras, refugiándose de todo. Nadie quería mojarse. Se estaba bien así. “Todo está muy bien así…para ellos”, repetí para mis adentros. Me bajé la cerveza de un sorbo, y pedí otra. Ya tendría tiempo, o puede que no. Y seguiría estando aquí. Pendiente de nada, pero pendiente.

La gente corría con cierto gesto malhumorado. Nadie quería estar ahí. Por un momento, la ciudad había muerto. Ella se había ido, junto a todo lo demás, y sólo quedaba el lamento del silencio, que se escurría por las calles llevándose la basura. Yo estaba ahí, viéndolo todo.

Advertisements

2 responses

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s