Aires cansados.

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Ahora que llegan
Estos tiempos de aires
Pesados, cansados,
En medio del mismo cuarto,
De la misma casa,
De las mismas cosas y personas,
No queda de otra,
No queda más que,
Levantar el brazo,
Llevar  la copa
A los labios,
Y quedarse ahí.

Esperando,
Esperando a que pase algo.

Como si algún día,
Algo pasase.
Como si algún día
Las cosas cambiasen
Y todo fuese mejor.

Y ahí vuelvo a levantar la copa,
Y todo parece dilatarse,
Hasta que no hay ruido,
Hasta que no quedan juzgados,
Ni mujeres, ni trabajo,
Ni gente, ni carros,
Ni viajes, ni Neiva,
Ni nada.

Y sólo queda el dolor,
Inerte, en esa misma posición
Clavándose adentro,
Sirviendo otro trago
Riendo en el silencio,

Y estoy ahí,
En la sala,
Con todo,
Para nada.

Y vuelvo a empezar
Para nunca morir.

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Ellos vinieron.

 

ELN

Un día llegaron
Estaban armados,
Prendieron las alarmas
Venían por nosotros, ellos, los “otros”,
Se escuchaban disparados,
Desgarrándose en gritos,
Tenía un bate en las manos, se mecía compulsivo
Las uñas se deslizaban, en la boca, en los labios,
Se rompían al quiebre,
De la quijada contra la mente,
Sangre en los labios,
Era el momento,
De la derrota,
Era el momento,
No nos quedaba de otra.

Mi padre, grande, viejo
Escopeta en sus hombros,
El peso del alma en su arma,
Mujer con revólver, solloza y tira palabras,
Más rápidas que las propias balas,
Y el silencio.

Se oyeron aullidos
El ruido perdido,
En el frío,
Frío de Neiva,
Frío caliente, agresivo.

Luego fue silencio, y la ventana,
La luz sobre la ventana,
Ellos saltaban,
Sin verme,
Oculto,
Tras la persiana,
Eran de carne,
Carne que mata.

No quedaba nada.

 

Baile en la noche.

Dance in the rain

La mano, contraída y desgarrada por la rabia, chocó directamente contra mi cachete. Estaba caliente…pesada. El aire se movía al compás de la fuerza: De esa fuerza que destruía la inacción propia de la vida. Los músculos se contraían tras el azote del aire. La masa se movía, convulsiva, casi al borde de dispersarse por el aire. Sangre. Sangre. Demasiada sangre fluyendo por la boca. El óxido se apoderaba de la lengua, y el sabor a plata empezaba a aparecer. Rabia. Rabia…el hijo de perra quería matarme. Vamos, que todo el mundo quiere matarse. Todo el mundo sale de la casa para matar y no terminar matándose. Es la ley de la vida: O matas, o te matan, o te suicidas. Pero se nace para morir, y la autodestrucción es el camino diario.

Aquel imbécil se retorcía en su propia eje. Movimientos convulsivos, pies separados…torax desajustado del movimiento de pies. Yo no sabía mucho de boxeo, pero el tipo tenía los pies bastante separados, igual estaban sus manos. Era mi momento, estaba confiado. Y la confianza es la peor consejera cuando se pelea. Cualquier pelea debe ser desconfiada: La agresividad y el miedo…el miedo sobre todo. Debe tenerse miedo para moverse con potencia y rabia. Y controlar la rabia, que si no se la lleva la confianza.

– ¡Vamos, maricón! ¡Alzando las manos, pues!-gritaba el tipo. Era un poco más alto que yo. Al rededor de 1.90 metros. Era acuerpado…músculos inflados. Arete en la oreja izquierda.

-Pl/lpluj- dije, sintiendo la sangre salir de la boca. Un gargajo rosado, incinerado, se salía de mis fauces y se estrellaba contra el pavimento. La luz le alumbraba directamente…y los colores se difuminaban y la esperanza se me iba perdiendo. Tenía el pecho caliente, pesado…sentía el fuego de algunos golpes incrustado bajo la piel. Ardía. La piel se movía perversa, en súbitos escapes de irreflexión y estupidez. Le señalaba a él donde golpear, donde seguir asestando…La supervivencia no se corresponde al dolor. El ser humano es débil: Se muestra temeroso, impaciente, ansioso…y su cuerpo lo denota también. Nacimos, evolucionamos para ir al médico. No nacimos para andar solos. Por eso es que no aguantamos sin aire acondicionado, sin loción…

No tenemos espacio para la reflexión.

Pum/Pum /Intermitencias fugaces/¡Mierda!/Los sonidos de la calle.

-¡Ven, ven, maricón!- gritaba el orangután.

-Maricón tu culo.

-¿Ah?- decía el tipo, mientras lanzaba algunas miradas al aire…mientras gritaba algunos chistes, mientras me acababa. -¿Qué mierda dijiste?

-¡MALPARIDO MARICÓN!-Grité, sintiendo el aire agitarse, las risas convulsionarse bajo los rostros amarillos, acariciados por la luz de la farola de aquella esquina. ¡UUUUUHHHHHHH! Gritaba la gente. Querían circo, y ya tenían domador y payaso.

Taj/Plaj/ Las sonrisas al atardecer/ Preludio de un relato no contado.

La cara me ardía. Y las piernas me temblaban, como una quinceañera que ha perdido su virginidad. Temblaban, como un acordeón, como el estómago de un borracho al borde de vomitar. Óxido. Óxido. Y el sabor amargo colándose entre las vísceras. Miedo, miedo de seguir ahí y terminar muerto. La fuerza de ese alguien, que se alzaba imbécil, estúpido, pero más apto…más fuerte. Podía con todo, lo esquivaba todo. Le lanzaba puños a la derecha, izquierda, a la cara, al torso, patadas…y una mierda. El cuerpo se me retorcía, y los ligamentos de mi rodilla izquierda bailaban y chocaban. El cruzado estaba extinto, y la rótula iba de adelante/atrás/adelante/atrás. El dolor era insoportable…

Mi mano se agitaba, como queriendo agarrarse de alguien. Recordaba los viejos Rings, las viejas peleas…ya no quedaba nada. Nunca fui bueno, nunca pude superar el miedo. No pude temer para superar el dolor. Y temer para esquivar. Temí para quedarme paralizado, y volver al rato luego de los puños. Peleaba recibiendo, recibiendo golpes y, tras un buen rato, contestando. El cuerpo renacía cuando más perdido me sentía, y la cabeza bombeaba y bombeaba palabras que se repetían en el aire, que se desprendían del agite intempestivo de las manos aprisionadas. La esperanza se contraía en los puños, y el guante empezaba a ser garante de libertad.

Pero en las calles no hay campanas, ni entrenadores, ni gente jugando a ser peligrosos…No hay nada de eso. Hay enemigos, trago, y miedo. Mucho miedo. Miedo a lo que uno no tiene, y lo que siempre otros tendrán.

Me levanté. Lancé dos golpes que se asemejaban a un jab: Un jab desesperado y flojo, recto, sin mucha fuerza. Directo al rostro/Esquivados. Lo esquivaba todo. Era una bestia.

-¿Pero qué pasa, eh? ¿Qué pasa, malparido?- gritaba, lanzando un par de golpes al aire- ¿Qué pasa, eh, maricón? ¿Qué pasa que ya no abres la geta, eh?

Patada. Esquivada, directo al pecho. El aire que estalla contra las cejas. Rojo. Rojo tan oscuro como el negro que se desparrama en el ojo izquierdo. Rojo…mierda, el rojo. El rojo que es naranja pero negro contra la luz. El piso que se descompone. Las piernas que tiemblan…

No había nada qué perder. Tampoco nada para ganar. No había nada. Un hombre, contra otro, y ya. Eso era la vida: Una lucha corriente, tan corriente que todos la tenían y nadie la aprovechaba. Sólo unos pocos…unos pocos que muchas veces eran llamados “locos”. Y si estar loco no era ser como todos, no entiendo la locura. Así la gente dijese lo contrario.

Tiré un par de golpes, y asesté uno a la cara. Sentí su piel tersa, sin rasguños, posarse contra mi mano. Una piel inmaculada que se desparramaba contra el aire, contra el puño que arrancaba desde abajo. Un gancho de derecha, o al menos un remedo de eso. Ahí estaba toda mi fuerza. Toda la voluntad de la vida se desperdigaba en una postura de pies, firmes, rectos… no muy separados. La espalda recta que se avecina con fuerza desde abajo. El torso inclinado, la cintura que gira hacia arriba…

Plaj/Plaj/PUM/La vida en sobremesa.

El Bum/Bum de los bajos se entrecruzaba con las luces desperdiciadas de los carros. Las farolas aullaban en contra de la brisa y los gritos de la gente. Ambos en el suelo. Aquel me miraba con rabia…pero con miedo. El golpe había dado de lleno. Sangraba por la nariz… y no estaba acostumbrado. Sus ojos alumbraban tras la luz que se colaba entre sus brazos. Brazos que se cruzaban en torno al rostro. El orgullo se desvanecía como el agua que se escurría tras las alcantarillas. Lo veía. Ahí, en medio de todos, viéndose caído…con las piernas temblando. No conocía que era eso: Le faltaban golpes. Le faltaba perder, y para perder hay que correr y pelear y seguir peleando hasta que algún día se gana, y luego se vuelve a perder. Y se pierde más de lo que se gana, y se vive con cierto miedo que sabe a óxido y sal. La sal que escurre de los poros y se estrella con los ojos, con la boca…y se mezcla y se cae, y se vierte sobre la calle. “Le faltaba perder”, pensé yo, viéndolo ahí.

Pero a mí eso no me faltaba. Había perdido con las mujeres. Había sepultado mis aspiraciones bajo un título/prospecto de abogado. Era lo que era: Un tipo incipiente, cobarde…que contrariaba todo y no actuaba para nada. Una rémora que vive de sus sueños y de sus inalcanzables aspiraciones. Cobardía.

Cobardía.

Me levanté, y caminé lo que más pude. Me alejé a paso rápido, con la sensación de sentir los cuerpos atiborrarse a mis espaldas. Persecución. El delirio de haber ganado cuando se debía haber perdido. “La vida no era justa, pero justa nunca será la vida” pensé, huyendo…buscando un sitio donde sentarme, comprar un trago. Tras varias cuadras, llegué a un estanco de neones verdes y rojos.

-Buenas noches-dije, mientras sentía la carga dispersarse en todos los músculos del cuerpo- ¿A cuánto el Doble Anís?

– 20 la media, 30 la botella- Contestó el vendedor. Un gordo de cabello largo. Tendría unos 20 o 30 años. Tal vez más, tal vez menos.

– La botella, por favor.

-O/ok Pp-ero ¿Qué mierda?- dijo el gordo.

-Nada… una pelea-contesté.

-Se nota.

– Creo que perdí.

-¿Cree?

-Sí, eso creo.

– Y el otro, ¿Ganó?

– No, creo que no…

De fondo, Pantera estallaba contra las botellas y las rejas del sitio. Sólo se necesitaban cinco minutos, cinco minutos a solas o con alguien o con todos para estallar. Para morir, renacer, o seguir estando igual. Se necesitaban cinco minutos… y todo podía cambiar. La vida era eso: Una oportunidad que se daba, se desechaba o se perdía. Y al final uno seguía allí, peleando contra nada, pretendiendo existir.

Tomé un sorbo de aguardiente, y me fui caminando. De lejos era cuando más terror causaba Phil:

Agony is the price 
that you’ll pay in the end 
domination consumes you 
then calls you a friend.

Y la bebida sabía a óxido, un poco de sal, y el dulce perdiéndose en la garganta. Con los pasos cortos y la cabeza refugiada en la distancia. La luz incineraba la mañana… y ya no tenía a dónde ir.